La aptitud poética es tan connatural a la gente española, que nunca ha dejado de manifestarse desde los primeros momentos de su vida. En medio de las nieblas que envuelven la historia de la España anterromana, por cuyos laberintos va penetrando con lento pero seguro paso la crítica moderna, todavía podemos discernir en aquellos remotísimos pobladores de nuestra Península aptitudes y tendencias estéticas. [1] Abandonada hoy la teoría del euscarismo primitivo, a la cual sólo el gran nombre de Guillermo de Humboldt pudo dar autoridad y prestigio, todo nos induce a suponer en la España primitiva variedad de centros de población, y variedad también de razas, de religiones y de lenguas. El canto de Lelo y los demás fragmentos de su clase han pasado definitivamente al panteón de las ficciones; pero nada puede debilitar la fuerza de aquel texto de Estrabón, que nos muestra en los turdetanos de Andalucía una cultura literaria antiquísima, la cual había producido leyes y poemas. Ni en buena crítica puede dudarse tampoco de la existencia de cierta poesía bárbara en las tribus célticas del Noroeste de España, barbara nunc patriis ululantem carmina linguis. Una [p. 36] erudición ingeniosa ha pretendido en nuestros días encontrar algún vestigio de las primitivas epopeyas turdetanas en aquellos relatos esencialmente poéticos que los historiadores y geógrafos clásicos nos han transmitido sobre el tríplice Gerión, sobre Gargoris y su nieto Abidis, sobre el rey Argantonio y su pacífico imperio en la Bética. El libro tan original y erudito de D. Joaquín Costa, Poesía polular y Mitología Celto-Hispana (1881) , contiene, a la vez que una indicación exacta de los textos antiguos que directa o indirectamente se refieren a la poesía primitiva de España, un ensayo de reconstrucción conjetural de algunos de sus temas.
El período propiamente histórico empieza para nuestras letras con la invasión de la cultura romana, cuyo rápido arraigo y desarrollo puede explicarse por anteriores analogías de raza y de lengua, especialmente en aquellas regiones como la Bética y el litoral del Mediterráneo, donde la civilización clásica no pareció importada, sino nativa. [1] La edad de plata de la literatura romana es casi totalmente española, no sólo por el número y calidad de nuestros ingenios, sino por el carácter especial que en ella imprimieron, y por aquella especie de dictadura literaria, cuyo cetro estuvo en la familia de los Sénecas. Quizá los coros de las tragedias atribuídas a Séneca el Filósolo, algunas de las cuales indisputablemente le pertenecen, sean las más notables muestras de la poesía lírica posterior a Horacio, a quien en la parte métrica y aun en ciertos procedimientos de estilo procura imitar, si bien sustituyendo al plácido contentamiento de la vida o al suave reflejo de la melancolía epicúrea, cierta rigidez estoica, pomposa y teatral, que sirve de máscara a una desalentada misantropía y a cierto amargo y turbulento escepticismo, donde por intervalos nos parece sorprender las violentas palpitaciones del alma moderna. En cuanto a Lucano, es cierto que no poseemos de él versos líricos, sino un largo poema histórico; pero es condición inevitable de las epopeyas nacidas en edades cultas el tener mucho más de líricas o personales que de épicas, y aun el deber al estro lírico la mayor parte de sus [p. 37] peculiares bellezas. Son las de Lucano muy distintas de las de Virgilio, pero son también esencialmente líricas, en cuanto uno y otro poeta manifiestan y trasladan a sus versos su especial modo de contemplar y de sentir el mundo y las cosas humanas, muy al revés de la divina ingenuidad del primitivo cantor épico, que apenas es persona, y no parece tener otra alma que el alma de su pueblo. Tal género de espontaneidad era imposible así en los tiempos de Augusto como en los de Nerón; pero aun dentro del arte de las edades cultas, muy divergente tenía que ser, y fué, en efecto, la inspiración de ambos poetas, ya por el medio histórico, ya por impulsos de raza o por la educación primera. Es claro que Virgilio llevó la mejor parte, dotado como estaba del don de lágrimas y de una inmensa simpatía, que a través de los siglos nos enternece y conmueve como si fuera la voz eterna del sentimiento humano. Pero todavía fué noble la parte de Lucano, gran poeta a su modo, aunque poeta de decadencia, monótono y fatigosísimo de leer por la continua afectación declamatoria de su estilo, aprendido en las tristes y caliginosas escuelas de su tiempo. Así y todo, ¿quién ha de negar que la Farsalia, además de haber sido para los modernos el tipo de la epopeya histórico-política, era un poema novísimo por el alarde y el abuso del detalle pintoresco, por la entonación solemne y enfática, por el pesimismo sentencioso y principalmente por la concepción de lo divino, tan diversa de la concepción homérica y virgiliana? Poema abstracto y triste el de Lucano, árido en medio de la afectada prodigalidad de color; poema sin dioses ni ciudad romana, pero henchido de misteriosos presentimientos románticos, y alumbrado de vez en cuando por la misteriosa luz de las supersticiones druídicas y orientates. Recuérdense los terribles cuadros de la hechicera de Tesalia y de la evocación del cuerpo muerto, o bien los prodigios del bosque sagrado de Marsella, y se comprenderá hasta qué punto es poeta moderno Lucano, y que no ha sido mera ingeniosidad de la crítica el suponer que, no ya sólo el arte de Góngora, sino el arte de Víctor Hugo se hallan en él en germen.
Muy diverso poeta fué el bilbilitano Marcial, pero no menos original, y en cierto sentido no menos moderno. De Marcial puede decirse tanto bueno como malo, y para todo habría textos en el inmenso fárrago de sus epigramas, elegantes y donosos muchas veces, brutales otras con el último grado de cinismo; interesantes [p. 38] todos para el historiador, deliciosos algunos para el crítico de buen gusto. Es cierto que no hay inclinación perversa de la naturaleza humana caída y degradada; no hay bestialidad de la carne que el poeta celtibérico no haya convertido en materia de chiste, sin intención de justificarlas, es verdad, sin tratar de hermosearlas tampoco, pero con la curiosidad malsana de quien junta piezas raras para un museo secreto. En esta galería de torpezas, que podemos considerar como un inmenso periódico satírico, o como un álbum de caricaturas de la Roma de Domiciano, lo que sobra es ingenio y agudeza; lo que falta es respeto del poeta a sí mismo, a su arte y a la posteridad. Toda esta crónica escandalosa, recogida al pasar en el foro, en el baño, y versificada luego con tan curioso y refinado primor, no es en último resultado más que un arte de parásito, un arte de sportulario. Pero esto mismo que le rebaja en el concepto moral, hace del epigramatario aragonés el único poeta sincero, el único poeta enteramente contemporáneo de la edad en que vivió. Copia con exactitud fotográfica lo que sus ojos ven, y condimenta con romana sal sus libelos, para que Roma se regocije con su propio retrato. No alcanza la verdad humana universal y profunda, pero sí la verdad histórica, del lugar y del momento, el rasgo fugaz de costumbres. ¡Lástima de poeta! A lo menos, no le faltó casi nunca la mica salis, ni en ocasiones la gota de amarga hiel, ni en sus momentos más felices la morbidez y gracia del estilo. Él, poeta verdadero, aunque en un género que los preceptistas declaran inferior, vale y representa más para la posteridad que Valerio Flaco, Silio Itálico, Stacio y los demás fabricantes de epopeyas que pululaban en la Roma de los Flavios.
Mostróse Marcial, siempre que quiso, ingenio elegante, culto, urbano, capaz de singulares delicadezas artísticas, y émulo a veces de Horacio en la felicidad de la expresión, si bien el estrecho marco en que deliberadamente encerró sus inspiraciones, corta y circunscribe los vuelos de su estro lírico, haciéndole parecer mucho más tímido de lo que realmente es. Ama y siente la naturaleza como muy pocos antiguos: las fuentes vivas y la hierba ruda, la viva o lánguida quietud del mar, los rosales de Pesto dos veces floridos en el año, la ávida piel que embebe por todos sus poros el calor del sol, las ecuóreas ondas del espléndido Anxur, el arduo monte de la estrecha Bílbilis, y las aguas del Jalón que dan tan recio [p. 39] temple a las espadas, tienen en sus versos un hechizo casi virgiliano. Su sincero hispanismo, el sentimiento de raza, y el amor, mezclado de orgullo, con que habló siempre de su patria celtíbera y del municipio que él iba a hacer glorioso; la delicada galantería, enteramente moderna, de algunos epigramas a Marcela, y de aquel otro madrigal insuperable a Pola (a te vexatas malo tenere rosas): aquella índole de poeta, tan sencilla y tan candorosa en el fondo, como Plinio el Joven reconoció ( nec candoris minus) cierta honradez nativa y serenidad y templanza en los deseos, son méritos sin duda, no para absolver a Marcial, sino para mirar con menos enfado aquella sección demasiado voluminosa de sus obras, donde su descompuesta musa hizo resonar con tanta algazara los crótalos de Tarteso:
Et Tartessiaca concrepat aera manu.
Séneca el Trágico, Lucano y Marcial, son, así por sus cualidades como por sus defectos, los tres más calificados representantes de la genialidad española, dentro de la literatura latina. Pero aunque fueron los principales, no fueron los únicos, ni fué siempre su manera, que pudiéramos decir, respecto del arte antiguo, innovadora y romántica, la que prevaleció en los nuestros. El estilo acendrado y purísimo de las Geórgicas tuvo en el poema de Los Huertos, de Columela, un eco algo apagado y tenue, pero todavía agradable al oído y al alma. Y aun saliendo de los poetas famosos, basta pasar la vista por el Corpus Inscriptionum, de Hübner, [1] para encontrar [p. 40] versos tan dignos de vivir en la memoria, tan tersos y clásicos, como el epitafio del auriga de Tarragona, a quien no fué [p. 41] concedida la gloria de morir en el circo, o las elegantes inscripciones del ara de León, con que Tulio, rector o jefe de la legión [p. 42] ibera, ofreció a Diana los despojos de los ciervos muertos en sus cacerías:
Quos vicit in parami
aequore,
Vectus feroci
sonipede.
Todo ello prueba el universal y floreciente cultivo de la poesía latina en nuestro suelo [1] y explica también el hecho curiosísimo de haber sido español el que por mucho tiempo ha sido tenido [p. 43] como el más antiguo de los poetas latino-cristianos, [1] y el iniciador de la transformación del arte antiguo a impulsos de la religión nueva. Fué éste el Presbítero Cayo Vecio Aquilino Juvenco, que en los cuatro libros de su Historia Evangélica, sigue paso a paso; y no sin elegancia, el texto de los Evangelios, salpicándole con reminiscencias virgilianas. El prefacio, notable por la alteza de su estilo, muestra que Juvenco sentía toda la magnitud de su empresa, y saludaba alborozado la aurora de la nueva poesía, bautizada en el Jordán, exaltada en el Tabor, y triunfante en el Calvario:
Quod si tam longam
meruerunt carmina famam,
Quae veterum gestis
hominum mendacia nectunt,
Nobis certa fides
aeternae in saecula laudis
Inmortale decus
tribuet, meritumque rependet.
Nam mihi carmen
erit Christi vitalia gesta.
Hoc opus: hoc
etenim forsan me subtrahet igni,
Tunc, quum
flammivoma descendet nube coruscans
Iudex, altilhroni
genitoris gloria, Christus.
Ergo, age;
sanctificus adsit mihi carminis auctor
Spiritus, et puro
mentem riget amne canentis
Dulcis Iordanis, ut
Christo digna loquamur.
[p. 44] Juvenco escribía hacia el año 330 de la era cristiana. Poco más de doce años después, un Papa, también español, San Dámaso, daba nuevo impulso al arte cristiano, mandando cantar el Salterio en las horas canónicas, y enriqueciendo con mármoles e inscripciones (tituli) las catacumbas. Él fué el primero en celebrar en forma poética los triunfos de los confesores y de los mártires, abriendo el camino a la poderosa musa de Prudencio. Por obra de San Dámaso empezó también a correr en el canto eclesiástico la vena de la poesía hebraica, cuyo estudio recomienda en estos términos:
Nunc Damasi monitis
aures praebete benignas:
Sordibus depositis
purgant penetralia cordis.
Prophetam Christi
sanctum cognoscere debes.
...........................................
Quisquis sitit,
veniat cupiens haurire fluenta,
Invenient latices
servant qui dulcia mella.
Los himnos heréticos de los priscilianistas de Galicia, de los cuales todavía nos resta algún fragmento en el atribuído por San Agustín a Argirio: las nuevas melodías del palentino Conancio, ordenador de la música eclesiástica (según San Isidoro), fueron manifestaciones diversas del lirismo en los primeros siglos de nuestra Iglesia. Pero todo se oscurece ante la poesía sublime del Peristephanon y del Cathemerinon, que han dado la palma entre los poetas de la Iglesia occidental al español Aurelio Prudencio (de Zaragoza, según unos; de Calahorra, según otros), cantor del cristianismo heroico y militante, de los ecúleos y de los aparatos de tortura, ennoblecidos y consagrados por el martirio. «Nadie se ha empapado como él en la bendita eficacia de la sangre esparcida y de los miembros destrozados. Si hay poesía que levante y temple y vigorice el alma, y la disponga para el martirio, es aquélla sin duda. Los corceles que arrastran a San Hipólito, el lecho de ascuas de San Lorenzo, el desgarrado pecho de Santa Engracia, las llamas que envuelven el cuerpo y los cabellos de la emeritense Eulalia, mientras su espíritu huye a los cielos en forma de cándida paloma; [p. 45] los agudos guijarros, que al contacto de las carnes de San Vicente se truecan en fragantes rosas; el ensangrentado circo de Tarragona, adonde descienden como gladiadores de Cristo San Fructuoso y sus dos diáconos; la nívea estola con que en Zaragoza sube triunfante al Empíreo la mitrada estirpe de los Valerios... esto canta Prudencio, y por esto es grande. No le pidamos ternuras ni misticismos: si algún rasgo elegante y gracioso se le ocurre, siempre irá mezclado con imágenes de martirio: serán los santos Inocentes, jugando con las palomas y coronas ante el ara de Cristo, o tronchados por el torbellino como rosas en su nacer. En vano quiere Prudencio ser fiel a la escuela antigua, a lo menos en el estilo y en los metros, porque la hirviente lava de su poesía naturalista y adoradora de la sangre, se desborda del cauce horaciano. Para él, la vida es campo de pelea, certamen y corona de atletas, y el granizo de la persecución es semilla de mártires, y los nombres que aquí se escriben con sangre, los escribe Cristo con áureas letras en el cielo, y los leerán los ángeles en el día tremendo, cuando vengan todas las ciudades del orbe a presentar al Señor, en canastillos de oro, cual prenda de alianza, los huesos y las cenizas de sus Santos». [1]
Además de sus dos colecciones de poesías propiamente líricas, nos ha dejado Prudencio extensos poemas didáctico-teológicos, sobre el origen del pecado (Hamartigenia), sobre la Divinidad de Cristo (Apotheosis), sobre la idolatría (dos libros contra Simmaco), sobre el conflicto de vicios y virtudes (Psycomachia), esta última en forma alegórica, que había de tener tan rico desarrollo durante la Edad Media. Hay en todos estos poemas, en medio de cierta aridez consiguiente a la materia y al tono polémico, una precisión áspera, un arte de dar cuerpo a las abstracciones, y un vigor de frase que recuerdan la enérgica manera de Lucrecio. [2]
[p. 46] Nada encontramos en la era visigótica que pueda ponerse, ni remotamente, en comparación con los versos de este sublime poeta. Harto se hizo en aquella época de epítomes y de residuos con no dejar morir del todo la luz de la civilización latino-cristiana. Verdadero lírico, no puede decirse que floreciera ninguno; versificadores hábiles y elegantes si los hubo, aunque en corto número, descollando entre todos San Eugenio, metropolitano de Toledo, cuyas obras [p. 47] son dignas de estudiarse, no solamente por la variedad de combinaciones rítmicas, sino también por algunos rasgos ingenuos y agradables en que se transparenta la simpática personalidad del autor, que fué además de Santo, hombre de ingenio fácil y ameno. [1]
Es de presumir que el mismo San Eugenio y otros Padres de aquella nuestra gloriosísima Iglesia, tales como San Braulio, de [p. 48] quien conservamos un himno a San Millán; [1] y San Isidoro, a quien se atribuye, con más o menos verosimilitud, un fragmento poético De fabrica Mundi, y una serie de dísticos no inelegantes destinados a ser puestos en las thecae o cajas que encerraban los códices de su biblioteca, [2] contribuyesen a la formación del rico himnario [p. 49] latino-visigodo, que es una de las joyas de nuestra primitiva liturgia. [1] Más que los himnos dedicados a algunos santos, llaman en él la atención, por su mérito poético y por su interés histórico, los que pudiéramos llamar himnos generales, adecuados a diversas [p. 50] situaciones de la vida y manifestación de un lirismo social y colectivo. Así el Pro Nubentibus, lozano epitalamio, interesante entre otras cosas por la enumeracion de instrumentos músicos que contiene: asi la impetuosa marcha guerrera que se intitula De profectione exercitus: así los dos contrapuestos himnos De sterilitate pluviae y De ubertate pluviae, en ninguno de los cuales faltan felices rasgos descriptivos. [1]
[p. 51] Los autores de himnos de la Iglesia procuraban todavía en este tiempo mantenerse fieles a las leyes de la prosodia clásica; pero el ritmo moderno tendía manifiestamente a abrirse paso, no ya sólo con infracciones y negligencias continuas, sino infiltrándose en las venas de la prosa misma, como si quisiera conquistar en ella el terreno que todavía le disputaba en los versos la métrica cuantitativa. El uso y abuso de los dos procedimientos retóricos conocidos con los nombres de similiter cadens y similiter desinens, había llenado la prosa de San Agustín y otros Doctores de la Iglesia de verdaderas rimas y asonancias, las cuales, acrecentándose conforme iba siendo mayor la decadencia del gusto y se extendía más la afición a todo género de pueriles artificios de forma, llegaron a producir en ciertas obras de los Padres visigodos, especialmente en las de índole elocuente y afectiva, y en aquéllas en que por una u otra razón querían sus autores levantar el tono, una especie de prosa poética, tejida con largas series ritmoides y rimadas, dispuestas a veces por un plan bastante simétrico. A este género singular de literatura, el cual ha de tenerse muy en cuenta al estudiar los orígenes de la rítmica vulgar, pertenecen el diálogo de San Isidoro, titulado Synonima , donde se introducen el Hombre y la Razón, con artificio imitado del famoso libro de Boecio; [1] la ardorosa declamación de San Ildefonso contra los negadores de la perpetua virginidad de Nuestra Señora; algunos trozos de la historia de la rebelión de Paulo contra Wamba, compuesta por San Julián, especialmente la invectiva [p. 52] contra los franceses, con que termina; y finalmente, casi todas las interesantes producciones del abad del Bierzo, San Valerio, personaje tan original, y que pudiéramos llamar en cierto sentido un romántico de la literatura hispano-visigótica, ya se le considere en sus visiones apocalípticas y efusiones místicas, ya en las íntimas y personales confidencias de su trabajosa vida (Ordo querimoniae). [1]
Heredera de esta tradición literaria de nuestra Iglesia fué la España cristiana de los primeros siglos de la Reconquista, y heredera también la España cristiana de los mozárabes, y heredera, finalmente, a lo menos en alguna parte, la Francia Carolingia. La influencia isidonana, I'ardente spiro d'Isidoro, que decía Dante, prosigue velando sobre nuestra raza desde el siglo VIII hasta el XI. Sólo a fines de aquella centuna entraron los reinos cristianos de la Península en el general movimiento de Europa, renunciando a muchas de sus tradiciones eclesiásticas que les daban nota de peculiar cultura. Primero la reforma cluniacense, después el cambio de rito, finalmente el cambio de letra, determinaron esta trascendental innovación, sobre cuyas ventajas o inconvenientes no parece oportuno insistir aquí. [2] Baste dejar sentado, como hecho inconcuso, que los cuatro primeros siglos de la Reconquista son, bajo el aspecto intelectual, mera prolongación de la cultura visigótica, cada día más empobrecida y degenerada, pero nunca extinguida del todo. El fondo antiguo no se acrecentaba en cosa alguna, pero a lo menos se guardaba intacto. Los libros del gran Doctor de las Españas continuaban siendo texto de enseñanza en los atrios episcopales y en los monasterios, y conservaban gran número de fragmentos, extractos y noticias de la tradición clásica. Por la fe y por la ciencia de San Isidoro, beatus, et lumen, noster Isidorus, como decía Álvaro Cordobés, escribieron y murieron heroicamente los mozárabes andaluces, [p. 53] a quienes la proximidad del martirio dictó más de una vez acentos de trágica elocuencia, que en boca de San Eulogio, y del mismo Álvaro, recuerdan el férreo y candente modo de decir de Tertuliano. Arroyuelos derivados de la inexhausta fuente isidoriana, son la escuela del abad Esperaindeo y el Apologético del abad Samsón. A San Isidoro quiere falsificar, en apoyo de su herética tesis, el arzobispo Elipando, y con armas de San Isidoro trituran y deshacen sus errores nuestros controversistas Heterio y San Beato de Liébana. Los historiadores de la Reconquista calcan servilmente las formas del Cronicón isidoriano. Y finalmente, aquella ciencia española, luz eminente de un siglo bárbaro, esparce sus rayos desde la cumbre del Pirineo sobre otro pueblo más inculto todavía, y la semilla isidoriana, cultivada por Alcuino, es árbol frondoso en la corte de Carlo-Magno, y provoca allí una especie de renacimiento literario, cuya gloria, exclusiva e injustamente, se ha querido atribuir a los monjes de las escuelas irlandesas. Y sin embargo, españoles son la mitad de los que le promueven: Felix de Urgel, el adopcionista, Claudio de Turín, el iconoclasta, y más que todos, y no envueltos como los dos primeros en las sombras del error y de la herejía, el insigne poeta Teodulfo, autor del himno de las Palmas , Gloria, laus et honor, y el obispo de Troyes, Prudencio Galindo, adversario valiente del panteísmo de Escoto Erigena. Aún era el libro de las Etimologías texto principal de nuestras escuelas, allá por los ásperos días del siglo X, cuando florecían en Cataluña matemáticos como Lupito, Bonfilio y Joseph, y cuando venía a adquirir Gerberto (luego Silvestre II), bajo la disciplina de Atón, obispo deVich, y no en las escuelas sarracenas, como por tanto tiempo se ha creído, aquella ciencia, para su tiempo extraordinaria, que le elevó a la tiara y le dió, después de su muerte, misteriosa reputación de nigromante. [1]
[p. 54] Sea cualquiera el juicio que formemos sobre el valor de estos restos de cultura, tan loablemente conservados en siglos que suelen estimarse por de tinieblas visibles y palpables, no hay duda que la poesía tenía que ser y fué, en efecto, de todas las manifestaciones del espíritu, la que menos preocupara el ánimo de aquellos ilustres varones, y por consiguiente la más desfavorecida y desmedrada. Los versos que tenemos de poetas mozárabes, tales como Álvaro Cordobes [1] y el arcipreste Cipriano, trabajosa y toscamente labrados a imitación de los de San Eugenio, son meros ejercicios de clase, rapsodias o centones, que parecerían pueriles si no los santificase la consideración de que fueron muchos de ellos compuestos [p. 55] entre los hierros de la cárcel y en vísperas del martirio. [1] Sabemos que el mismo San Eulogio divertía en esto sus ocios, aunque sus poemas no han llegado a nuestro tiempo. ¡Admirable ejemplo de serenidad y fortaleza de ánimo! La prosodia en los versos de los mozárabes es sobre manera imperfecta. Un curiosísimo pasaje, muchas veces citado, del Indículo luminoso de Álvaro, nos indica una de las razones de esto; es a saber: la difusión cada día creciente [p. 56] de la lengua árabe entre los cristianos, y el empeño que muchos de ellos ponían en imitar los caprichosos giros de la versificación [p. 57] oriental. [1] Pero aun sin esto, la sustitución de la poesía métrica por la rítmica tenía que cumplirse fatalmente, así entre los mozárabes como entre los demás pueblos de lengua latina, y en vano intentaba por su parte atajarla San Eulogio componiendo hexámetros y pentámetros, y difundiendo el estudio de Virgilio, Horacio [p. 58] y Juvenal, de quienes en su excursión a los monasterios del país de los Vascones había obtenido algunos códices. [1]
El único poeta español digno de memoria durante este largo período es el ya citado Teodulfo, a quien la crítica considera unánimemente como el príncipe de los ingenios de la corte Carolingia. [2] El historiador encuentra en sus versos preciosas revelaciones sobre el estado social de aquella época, especialmente en su Paraenesis ad Judices y en los versos que aluden al cargo que tuvo de missus dominicus. Admírase en algunos de sus cuadros de fiestas y solemnidades imperiales una brillantez de color y libertad de pincel, absolutamente desusados en la mayor parte de los poetas latino-eclesiásticos. Sus versos nos interesan doblemente en cuanto se enlazan de un modo estrecho con los principales acontecimientos de su vida, lo cual les quita mucho del amaneramiento retórico. Teodulfo era hombre de acción, personaje político, amante y protector de las Bellas Artes, bienhechor de la general cultura, y bajo todos estos aspectos se nos presenta en su poesía. Su magnificencia igualó a su gusto, y quedó perpetuada en soberbias construcciones como la iglesia de Germiny, edificada sobre el modelo de la de Aquisgram; en suntuosos altares, como el de Saint Aignan, y en códices bíblicos de los más preciosos y opulentos, exornados con iniciales áureas y brillantes iluminaciones. Fué muy amante de la antigüedad clásica, y la había estudiado con [p. 59] fruto. Virgilio y Ovidio, con el comentador y gramático Donato, hacían sus delicias; y para salvar los pasajes que le parecían de mal ejemplo, acudía al recurso alegórico y a la doctrina del sentido esotérico, considerando la poesía como una fermosa cobertura que encubre útiles verdades: idea tantas veces reproducida en la Edad Media, y que puede considerarse como una de las bases de la poética de entonces:
In quorum dictis,
quamquam sint frivola multa,
Plurima sub falso
tegmine vera latent.
Así en el Carmen I del libro IV hace la exposición alegórica de los atributos del amor. En otra poesía consagrada a las alabanzas de las artes liberales, sigue al pie de la letra la enseñanza de las Etimologías. El Carmen III del libro IV contiene la descripción enteramente clásica, y para aquella edad muy elegante, de una estatua de la Tierra que el docto Obispo de Orleans había mandado labrar a ignorado escultor, dándole el asunto de ella. Representaba una mujer amamantando un niño, y llevando en la mano una cesta llena de flores: en la cabeza una torre; en la mano una llave, címbalos y armas. A sus pies, humillados gallos, bueyes y leones. Cerca de ella, un gran carro de ruedas circulares. Teodulfo va explicando la significación alegórica de todos estos atributos, y la composición no parece mero juego de ingenio, sino descripción de un objeto artístico que tuvo existencia, a lo menos en proyecto, el cual basta para mostrar en Teodulfo una inclinación muy decidida a otro arte de carácter más clásico que el latino-bizantino, dominante entonces en España. [1]
[p. 60] Fuera de algunas inscripciones semibárbaras y algunos alardes métricos, que de vez en cuando, al principio o al fin de algunos códices de gran lujo y mucho empeño, se permitían los escribas monacales, por ejemplo Vigila, copista del famoso códice de concilios que lleva su nombre, la poesía latina es casi completamente nula en los reinos cristianos de España durante los siglos VIII, IX, X y la mayor parte del XI. [1] Nada hubo aquí semejante al espléndido [p. 61] renacimiento alemán de la corte de los Otones. Y sin embargo, algunos episodios de nuestra guerra de reconquista dieron noble [p. 62] empleo a la musa erudita de varios poetas extraños a la Península. Así, Ermoldo Nigello celebró con no vulgar estro la conquista de [p. 63] Barcelona por Ludovico Pío. [1] Poemas latinos tenemos también en que se narra la triunfante expedíción de los pisanos a las Islas [p. 64] Baleares, [1] y el asedio y toma de Alcacer de la Sal, en que los portugueses se vieron ayudados por huestes cruzadas. [2] La monja Hrosvitha de Gandersheim, tan célebre por sus ensayos dramáticos, hizo materia de un poema en hexámetros el martirio del niño Pelayo en Córdoba. [3] Es cierto también que no eran desconocidas en los monasterios de España, principalmente en aquellas regiones [p. 65] que más de cerca sintieron la influencia franca, las más notables muestras que en otras partes de Europa daba de sí la versificación latino-eclesiástica. Por un códice existente en nuestra Península y al parecer copiado aquí, ha llegado a nosotros el interesante poema de Rangerio Vita Sti. Anselmi Lucensis, tan curioso para la historia del gran Pontífice Gregorio VII, y de la Condesa Matilde. [1] Tales modelos hubieron de despertar, andando el tiempo, cierta emulación entre nuestros clerici y scholastici, llevándolos al cultivo de la poesía histórica. Las muestras que tenemos no son muchas, pero su misma rareza las hace curiosas. El canto fúnebre dedicado a la memoria del Conde de Barcelona Borrell III, es sin duda de las más antiguas, y los versos no pueden calificarse enteramente de bárbaros. [2] Más adelante encontramos el animado y vigoroso cantar latino del Campeador, escrito en versos sáfico-adónicos, curiosísimo [p. 66] (aunque incompleto) por muy diversas circunstancias: por ser hasta ahora la más antigua composición poética conocida en loor del héroe castellano: por el contraste singular y no desagradable entre lo clásico del metro y el fondo épico y medioeval del asunto; y finalmente, porque tiene todas las trazas de ser refundición hecha por poeta erudito de algún canto en lengua vulgar, destinado a sonar en las plazas y a ser oído por los mismos que habían sido testigos de las hazañas del Campeador y habían confiado en su ayuda:
Eia, laetando, populi
catervae,
Campidoctoris hoc
carmen audite...
Magis qui ejus
freti estis ope,
Cuncti
venite.
[1]
[p. 67] De carácter algo diverso, pero no menos digno de atención, es el largo fragmento poético sobre el sitio y conquista de Almería, inserto al fin de la crónica latina del Emperador Alfonso VII. Versos bárbaros y notables los llamó Fray Prudencio de Sandoval, y para uno y otro calificativo tuvo razón sobrada. Lo más curioso que en ellos observamos es la influencia de aquella lengua vulgar que había roto ya las ligaduras de la infancia y sonaba como voz de trompeta; y la resonancia también de la epopeya castellana, del [p. 68] rudo cantar de gesta, cuyos procedimientos imita a veces el cantor de Almería, y de cuya existencia él mismo nos da testimonio, refiriéndose al Cid precisamente:
Ipse Rodericus, de quo
cantatur.
[1]
...................................................
[p. 69] Algunos poemas didácticos o alegóricos como el De Consolatione Rationis, de Pedro Compostelano, compuesto evidentemente a imitación del libro de Boecio, tan gustado en toda la Edad Media: [1] algunos himnos nuevos, como los de Santo Domingo de Silos, añadidos al rico tesoro del himnario antiguo: algún fragmento satírico o picaresco, como las sátiras del clérigo Adán contra las mujeres y sobre las virtudes del dinero, donde parece anunciarse ya la cáustica inspiración del Arcipreste de Hita, [2] es todo lo que la diligencia de los más curiosos investigadores ha podido rastrear hasta [p. 70] ahora por lo tocante a nuestra poesía latina de la primera Edad Media. De estos documentos hizo una discreta selección el señor Amador de los Ríos en el segundo tomo de su Historia Crítica de la Literatura Española, [1] por lo cual parece superfluo insistir en este punto.
Pero simultáneamente con esta poesía latino-monacal, por lo [p. 71] común tan pobre [1] y tan inferior a la fecundidad que mostraban los versificadores latinos del centro de Europa, y con entera independencia de los rumbos que siguió el arte moderno en todos los pueblos nacidos de la ruina del imperio romano, florecieron en España dos riquísimas y espléndidas manifestaciones líricas, formuladas en lenguas bien diversas de la lengua clásica. Estas dos poesías tan exóticas en Europa, pertenecen a las dos más ilustres ramas del tronco semítico, la árabe y la hebrea. Su influencia en nuestro arte nacional fué escasa sin duda, pero sería temeridad decir que fué nula. En este punto, como en tantos otros, hemos venido a caer de una exageración en la contraria; de atribuírselo todo a los árabes, incluso el origen de los romances populares y del espíritu caballeresco, hasta negárselo todo, y suponer una incomunicación intelectual absoluta entre los dos pueblos que convivieron en el suelo peninsular por espacio de ocho siglos. A priori habría que negar tal afirmación, aunque no hubiese, como hay, tantas pruebas históricas en contra. Por una parte, resulta hoy fuera de duda (y es gloria de nuestro ilustre orientalista Simonet el haberlo puesto en claro, aunque exagerando su punto de vista), la influencia del elemento español indígena, representado, ya por los mozárabes o cristianos fieles, ya por los muladíes o cristianos renegados, en el brillante y original desarrollo de la civilización hispano-arábiga. Así lo comprueban géneros tan importantes como la historiografía, y ciertas ramas de la ciencia, tales como la botánica y la materia médica, en [p. 72] que más descollaron nuestros musulmanes, y lo confirma también el gran número de vocablos de origen latino introducidos en el dialecto que pudiéramos llamar arábigo-hispano. Y por otra parte, es punto de toda evidencia que, andando el tiempo, y sobre todo después de la conquista de Toledo por Alfonso VI (1085), fué acentuándose la influencia contraria, recibiendo los nuestros, y transmitiendo al resto de Europa el rico legado de la cultura oriental, que tanto habían contribuído a acaudalar sirios, persas y andaluces. Pero esta influencia fué predominantemente científica.
La ciencia se transmite y difunde siempre con más facilidad y rapidez que el arte, porque no está sujeta en el mismo grado que él, a condiciones de raza, de religión y de lengua. No llegó a los árabes ni un solo destello de la cultura helénica literaria, pero fueron legítimos herederos de las tradiciones científicas de la escuela de Alejandría. No fueron discípulos de Homero, de Píndaro ni de Sófocles, pero sí lo fueron de Tolomeo y Euclides, de Hiparco y Eratóstenes, de Galeno, de Dioscórides, de Porfirio y Proclo, y más que de otro alguno, de aquel sublime déspota de la ciencia humana, que todavía nos domina con los cuadros de su asombrosa enciclopedia. Ni de los árabes pasó en rigor otra cosa a los cristianos, en los siglos XII y XIII, sino esta misma ciencia de origen helénico, cuyo fondo venía a ser por lo tanto idéntico al que servía de base a la cultura occidental, si bien ésta, por causas diversas, aparecía en ciertos estudios inferior y rezagada, viviendo más bien de compendios y resúmenes que de propia y experimental indagación. Las cosas empezaron a cambiar de aspecto, merced a la fecunda iniciativa del glorioso Arzobispo de Toledo D. Raimundo, canciller del Emperador Alfonso VII, y merced también a los estudios, viajes científicos y traducciones diversas de Plato Tiburtinus, Gerardo de Cremona, Miguel Escoto y otros extranjeros, que durante los dos siglos antes mencionados acudieron a nuestro suelo a recoger ávidamente los despojos de aquella ciencia que, próxima a extinguirse en el suelo calcinado del islamismo, donde nunca pudo echar verdaderas raíces ni pasó de un accidente o episodio brillante, parecía cobrar nueva vida en las escuelas cristianas, y sobrevivirse a sí misma en el colegio de traductores de Toledo, en las producciones del segoviano Gundisalvo y de Juan Hispalense, en el observatorio astronómico de Alfonso el Sabio, y entre los [p. 73] averroístas de la Universidad de París y de la corte siciliana del Emperador Federico II. Avicena, Albucassis, Abenzoar, eran las grandes autoridades en medicina: el mismo Avicena, y Alquindi, y Alfarabi, y Avempace y Averroes lo eran en Filosofía; Azarquel, Alpetragio y Aben-Ragel imperaban en los estudios astronómicos; los alquimistas invocaban la autoridad de Geber; por todas partes, en suma, algún nombre, algún texto árabe, era fuente, inspiración o modelo. Tal estado de cosas, en lo que atañe a las ciencias experimentales, continuó hasta el Renacimiento, que por un lado se remontó a la pura tradición de la antigüedad, haciendo caer en descrédito como infieles y viciosas las traducciones y comentos de los árabes, y por otro lado avivó la observación directa, volviendo a poner el espíritu humano en consorcio íntimo con la naturaleza. En los estudios de Filosofía, la influencia oriental, desde el siglo XIII al XV, se vió reducida a límites más estrechos, merced a la enérgica reacción que dentro de la escolástica cristiana determinaron Alberto el Magno y su discípulo Santo Tomás, aprovechando algunos elementos de la escolástica árabe y judía, pero rechazando los gérmenes de panteísmo que iban envueltos en la teoría averroísta de la unidad intelectual. Con todo eso el averroísmo, aunque maltrecho en las controversias y tenido por herético y sospechoso, prolongó oscuramente su vida en las escuelas de Italia, no menos que hasta el siglo XVII, siendo la Universidad de Padua su último refugio, y Cremonini su postrer representante. [1]
Júzguese como se quiera del valor intrínseco de la ciencia hispano-arábiga e hispano-judaica, un hecho hay de toda evidencia, y es su acción directa y profunda sobre Europa en toda la segunda Edad Media. Sus mayores adversarios le prestaron tributo de atento estudio y discusión plena. Algunos de ellos, como el sintético filósofo Ramón Lull, y el incomparable hebraizante Fr. Ramón Martí, supieron las lenguas semíticas hasta el punto de hablarlas y escribirlas como su lengua propia y nativa.
Pero toda esta difusión de la cultura científica forma visible [p. 74] contraste con los pobres límites en que se movió la corriente literaria. A duras penas se advierte en nuestra literatura (y por de contado, mucho menos en las restantes de Europa) estudio ni aun conocimiento de los historiadores y de los poetas orientales. Sólo el Arzobispo D. Rodrigo escribió con plena competencia, pero en forma demasiado sucinta, su Historia Arabum. Algunas páginas de la Crónica general de Alfonso el Sabio (las que se refieren a la conquista de Valencia por el Cid) son manifiesta traducción del árabe, y contrastan con el estilo de lo restante y con las habituales fuentes de dicha Crónica, basada casi toda en historias latinas o en cantares de gesta. Una parte de la crónica, asimismo arábiga, de Ahmed Arrazi, pasó al castellano en tiempo de Fernando IV con título de Crónica del Moro Rasis. [1] A esto y poco más se reduce la influencia de la historiografía mahometana, [2] con ser, de todos [p. 75] los géneros literarios que los muslimes cultivaron, el más interesante para nosotros por su contenido y el de acceso menos difícil. [1]
Otro género hubo, sin embargo, en que cupo a los árabes un grado de acción muy importante, no precisamente como inventores (que nunca fué la fantasía creadora su cualidad dominante), pero sí como intérpretes y propagadores. Me refiero al cuento, al apólogo, a la narración novelesca breve, cuya remotísima cuna y sucesivas transmigraciones podemos seguir hoy desde el Indostán al Irán y desde el Irán a Siria. [2] Por los árabes se hicieron familiares a los pueblos occidentales innumerables relatos que procedían, más o menos lejanamente, del Pantcha-Tantra, del Sendebar y del Hitopadesa. Los dos famosos libros Calila y Dimna y Engaños de mujeres, son los más importantes de esta dilatada familia, o al menos los que fueron más leídos e imitados en Europa, desde que el converso aragonés Pedro Alfonso, nacido en 1062, apadrinado en el bautismo por Alfonso el Batallador en 1106, recogió una parte de esas historias en su famosa Disciplina Clericalis. Luego vinieron traducciones más completas, ya en lengua vulgar, como el Calila y Dimna, que mandó verter Alfonso el Sabio, o el Sendebar, [p. 76] que hizo traer a nuestro romance su hermano el infante D. Fadrique. Al mismo tiempo, y por otros diversos caminos, entre los cuales no ha de olvidarse el de las traducciones hechas por los hebreos, estos mismos cuentos, y otros de procedencia también asiática, penetraron en los Fabliaux franceses, acrecentaron las distintas versiones del Libro de los Siete Sabios, del Dolopathos, etc., que tanto abundan en las literaturas de la Edad Media; y acabaron por regar copiosamente los amenos huertos del Decamerón y los que con harta profusión cultivaron los novellieri italianos del primero y del segundo Renacimiento. Hasta en el tronco de la poesía heroico-caballeresca llegaron a injertarse, como es de ver en algunos episodios del Orlando Furioso. No hay cuentista moderno, en prosa o en verso, desde Bandello y Straparola, hasta Juan de Timoneda, Lafontaine y Perrault, que no sea deudor al remoto Oriente de alguna de sus ficciones. También el teatro las ha explotado con fortuna, así en comedias de Lope de Vega, como en las fiabbe de Carlos Gozzi y en óperas y representaciones fantásticas de toda especie, llamadas por los franceses féeries, basadas, ora en los cuentos que conoció la Edad Media, ora en el inmenso caudal de ellos que nuevamente trajo la colección de Las mil y una noches, no conocida íntegramente en Europa hasta el siglo XVII. Si obras de arte dramático tan admirables como La vida es sueño y cuentos tan famosos como el de Zadig tienen su germen en algún apólogo de las colecciones asiáticas, ¿cómo negar por sistema o restringir arbitrariamente una influencia de la cual no se libraron Calderón ni Voltaire? Es seguro que el mismo apólogo clásico, la fábula esópica, ha tenido menos parte en la educación del mundo moderno que el apólogo de la India, conservado y transmitido por los árabes. [1]
Pero a esto se reduce su verdadera acción literaria. De la poesía [p. 77] lírica nada pasó ni pudo pasar en la Edad Media: nada ha pasado después, como no sea por capricho fugaz de eruditos o de artistas, y aun esto en tiempos modernísimos, como vemos en el seudo-orientalismo romántico, cuyo primero y no igualado ensayo fué el Diván, de Goethe, que debe mucho más a la poesía de los persas, a las gacelas de Hafiz, por ejemplo, que no a la poesía de los árabes. [1] Pártese ésta en dos períodos claramente distintos: el [p. 78] de la poesía ante-islámica, donde a la rudeza habitual de los sentimientos se mezclan excepcionales rasgos de cortesía caballeresca, y a la monotonía de las imágenes, comúnmente tomadas de la vida del desierto, se junta un singular refinamiento de lengua y de ritmo que recuerda los procedimientos de las escuelas más convencionales y artificiosas de los tiempos modernos (raro contraste de una poesía que aparece a un mismo tiempo bárbara y amanerada); y el de la poesía posterior al Islam, la cual, fuera de lo que pudo recibir de savia coránica, imitó y calcó servilmente las formas de los poetas del tiempo del paganismo, tenidos por modelos insuperables, y se obstinó en conservar y reproducir enfadosa y mecánicamente, dentro de un medio social tan complicado y de una cultura tan varia y rica como la de las espléndidas cortes de Bagdad y de Córdoba, el mismo fondo, naturalmente limitado, de sentimientos, de ideas y de imágenes que había bastado a los antiguos cantores del camello, de la espada y de la tienda, a los autores de los Moallacas y del Diván de los Hudseilitas. [1]
[p. 79] Pensar que de la poesía de los artificiosísimos retóricos del tiempo de! Califato andaluz y de los reyes de Taifas, podía pasar cosa alguna al arte simple y rudo, si es que arte puede llamarse, de los primitivos castellanos, ha sido un inexplicable delirio, que únicamente a la sombra de la ignorancia y de la preocupación pudo acreditarse. [1] Todo contribuía a aislar la poesía de los árabes y hacerla incomunicable: su carácter cortesano y aristocrático, su [p. 80] refinamiento académico, su languidez sensual, y sobre todo sus mil artificios de forma, que aun para los orientalistas más probados la convierten muchas veces en un verdadero logogrifo. Lo que hoy con grandísima fatiga llegan a entender los discípulos de Silvestre de Sacy, de Dozy o de Slane, contando con todos los recursos de una filología tan adelantada como lo está la semítica y de una disciplina gramatical tan exacta y severa, ¡se quiere que lo hayan adivinado por ciencia infusa, y no ya adivinado, sino comprendido e imitado los humildes rapsodas del mester de juglaría! Basta leer las eruditas memorias de Garcin de Tassy sobre la Retórica y Poética de los musulmanes, para quedarse atónito ante el cúmulo de pedanterías y extrañas recetas de estilo que constituyen la técnica literaria entre los árabes y demás pueblos de Oriente. [1] En muchos [p. 81] casos esta poesía nada dice, ni aspira a decir nada: carece, no ya de fondo, sino de sentido literal; todo el esfuerzo del autor se cifra en una pueril combinación de sonidos, que naturalmente es imposible hacer pasar a otra lengua. No hay poesía que se resista a la imitación tanto como ésta. Las escuelas donde la afectación del versificador y el desprecio de la forma íntima han llegado más lejos, la escuela de los trovadores provenzales, el culteranismo español del siglo XVII, los modernos cenáculos parisienses de parnasistas, decadentistas y simbolistas, todavía se quedan a larga distancia de tan inestricable rompecabezas, de tan voluntario y estéril enervamiento.
Hay excepciones, sin embargo; y con estar tan poco explorada la poesía de nuestros árabes españoles, de la cual solamente han llegado a los profanos aquellas escasas muestras que han querido intercalar en sus libros de crítica y de historia Conde, [1] [p. 82] Gayangos, [1] Dozy, [2] Schack y algún otro, sin que hasta el presente ningún poeta árabe nacido en España haya logrado la honra de ser traducido íntegro, ni se haya impreso tampoco especial antología de ellos; [3] todavía, y haciéndonos cargo de la diferencia que ha de mediar siempre entre la traducción y el original, podemos afirmar, [p. 83] sin gran recelo de equivocarnos, que muchas de las poesías arábigo-hispanas son bonitas, elegantes y graciosas, y que algunas pueden ser calificadas hasta de bellas. Yo no vacilaría en dar semejante epíteto a las elegías tan naturales y sentidas que en su destierro y cautividad de África compuso el simpático y desdichado Almotamid, rey de Sevilla, que a juzgar por lo que conocemos hasta hoy, bien merece igualmente el título de rey de nuestros poetas hispano-musulmanes. Admirables son también algunas elegías o lamentaciones, inspiradas por la pérdida de ciudades y por otros grandes desastres históricos; sobresaliendo entre ellas la del rondeño Abul-Beca, que la compuso cuando las armas vencedoras de San Fernando y de Don Jaime el Conquistador arrancaban del poder de la morisma los ricos territorios de Córdoba, Sevilla, Jaén, Valencia y Murcia. La poesía árabe andaluza, especialmente la que floreció en las pequeñas cortes de los reinos de Taifas, en Sevilla o en Almería, bajo el cetro de tan cultos y hospitalarios monarcas como Almotamid y Almotacín, respondió no pocas veces a la grandeza del sentimiento histórico, pero todavía con más frecuencia gustó de coronarse de rosas y de cantar los halagos de la vida risueña y fácil, con acentos que por extraña coincidencia recuerdan los de la poesía anacreóntica. Es incalculable el número de composiciones amorosas y báquicas que, rompiendo con todas las prescripciones del Corán, produjo la musa mahometana en España y en Sicilia como antes las había producido en Persia, modificándose a tenor del clima y amoldándose a las costumbres de los pueblos islamizados, siquiera en ellos el islamismo no pasase muchas veces de la corteza, como lo prueba sin réplica el hecho de haber encontrado suelo dispuesto para arraigarse, lo mismo en Persia que en España, la filosofía racionalista y nada piadosa de los Avicenas y Averroes, Avempaces y Tofaïles. De ellos parece haber pasado a los poetas cierto [p. 84] escepticismo y licencia de pensar, que fué uno de los caracteres de la brillante y efímera civilización arábigo-española, antes que pereciese ahogada por las hordes fanáticas venidas de las vertientes del Atlas.
Aun el mero aficionado puede ya formarse alguna idea de este movimiento poético, leyendo el ameno libro de vulgarización, compuesto en alemán por el baron Adolfo Federico de Schack, y admirablemente naturalizado en nuestra lengua por el exquisito gusto de D. Juan Valera, con el título de Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia. [1] Gran parte del contexto de esta obra son poesías árabes traducidas en verso con acendrada elegancia, y ¿quién sabe si algo habrán ganado al entrar en los moldes de una lengua moderna, por obra de tan discretos artistas como el romántico Schack y el clásico Valera? Lo cierto es que algunas de ellas se leen con singular deleite y contienen materia altamente poética, y bastan para rectificar la opinión durísima que suelen tener de la lírica de los árabes los que únicamente la juzgan por los documentos de su extrema decadencia, y por la pobreza conceptuosa de las inscripciones de la Alhambra. [2] Pero si la consideramos en mejores tiempos, ¿quién no ha de estimar y tener en mucho precio una literatura que en pleno siglo X era capaz de ofrecernos una página de psicología íntima, tan viva, tan actual, tan moderna como el suave y delicado cuento de amores del cordobés Aben Hazam? [3] ¡Cuántos siglos había de tardar la musa amatoria de los pueblos occidentales en alcanzar este grado de melancolía y de espiritualismo! Se [p. 85] dirá con razón, y el mismo Dozy lo ha dicho, que Aben Hazam, español de raza pura, muladí o renegado, era una excepción en el modo de sentir del pueblo cuya religión había adoptado; pero aun siendo esto verdad, algo había de valer y alguna consideración merece una cultura en que tales excepciones eran posibles. [1]
Algunos orientalistas han negado rotundamente que los musulmanes de España conocieran otro género de poesía que la culta, artística o erudita, de la cual ciertamente nada pasó, como queda dicho, a las lenguas vulgares de la Península, exceptuando si acaso algún fragmento contenido en los libros históricos; v. g.: la elegía del moro de Valencia que figura en el texto de la Crónica general. Pero investigaciones posteriores parece que han comprobado la existencia de ciertos géneros de poesía popular o popularizada; como el zéjel (himno sonoro) y la muwaxaha (cantar del cinturón), [2] [p. 86] y la existencia también de cantores ambulantes y de juglaresas que penetraban en los reinos cristianos y que habiendo influído, como notoriamente influyeron, en la música y en la danza, también es [p. 87] de suponer que algún cantarcillo debieron de transmitirnos. El Arcipreste de Hita es en esto autoridad muy abonada . Él nos declara [p. 88] los instrumentos que convienen o no convienen a los cantares de arábigo, curiosísima página de arqueología musical:
Arauigo
non quiere la viuela de arco
Çinfonia, guitarra
non son de aqueste marco,
Cítola, odrecillo,
non amar
caguyl hallaco,
Mas aman la taberna
e sotar con vellaco.
Albogues
e mandurria, caramillo e çampoña
Non se pagan de
arauigo quanto dellos Boloña.
. . . . . . . . . .
. . . .. .. .. . . . . . . . . . ... ... . . . . .
(Coplas 1516-17, ed. Ducamin).
El mismo Arcipreste confiesa haber hecho muchas cantigas de danza e troteras para judías et moras, et para entendederas (¿para mujeres que curaban con ensalmos?) Y de su no vulgar conocimiento de la lengua arábiga, dan testimonio las palabras que con singular efecto cómico pone en boca de una mora, a quien requirió inútilmente de amores por mediación de Trotaconventos:
Dixo Trotaconventos a la mora por mi:
¡Ya amiga, ya
amiga, quánto ha que non vos vy!
Non es quien ver
vos pueda; y ¿cómo sodes ansí?
Saluda vos amor
nueuo; dixo la mora:
ysnedri.
Fija,
mucho vos saluda uno que es de Alcalá,
Enbía vos vna çydra
con aqueste alvalá,
El Criador es con
vusco, que desto tal mucho ha,
Tomaldo, fija
sennora; dixo la mora:
le alá.
Fija,
¡si el Criador vos dé pas con salud!
Que non gelo
desdeñedes, pues que mas traher non pud;
Aducho bueno vos
adugo, fablad me alaud,
Non vaya de vos tan
muda; dixo la mora:
asaut.
Desque
vido la vieja, que non recabdaua y,
Dis: quanto vos he
dicho bien tanto me perdi,
Pues que al non me
desides, quierome yr de aqui,
Cabeceó la mora,
díxole:
amxy, amxy.
(Coplas 1509-1512).
[p. 89] Ni era el Arcipreste el único de nuestros ingenios del siglo XIV que estuviese familiarizado con el árabe vulgar, y acaso con el literario. Aquel egregio príncipe y admirable moralista práctico que con él comparte la mayor gloria literaria de dicho período, D. Juan Manuel, en suma, no sólo tomó de los libros de cuentos orientates traídos antes de su tiempo al latín o al castellano buena parte de los apólogos de su Conde Lucanor, sino que insertó en él algunas anécdotas de inmediata procedencia arábiga, cuyas fuentes podemos determinar todavía, aun cuando no las indicasen ciertos arabismos en ellas contenidos. Tal origen reconocen sin duda los cuentos relativos a los caprichos de la reina Romaiquía y al añadimiento de aquel rey moro que perfeccionó el albogón. [1]
A fines del mismo siglo XIV floreció en Castilla un trovador de aventurera y azarosa vida, «el qual por sus pecados e grand desaventura enamorose de una juglara que avia sido mora, pensando que ella tenia mucho tesoro e otrosy porque era muger vistosa: pidiola por muger al Rey e diogela; pero despues falló que non tenia nada». Este rasgo de costumbres consignado en las rúbricas del Cancionero de Baena [2] al frente de las poesías de Garci Ferrandes de Gerena [p. 90] (que así se llamaba este pecador, ermitaño después, luego renegado, y, finalmente, arrepentido) es un nuevo y fehaciente dato que confirma [p. 91] la existencia de clases poéticas populares entre los árabes, y sus íntimas y familiares relaciones con los poetas cristianos de vida airada, especialmente en el siglo XIV, época de gran confusión moral y política. A promover este contacto entre ambas razas contribuyó sin duda la existencia de los vasallos mudejares, es decir, de aquellos moros que mediante ciertos pactos, y conservando su religión y costumbres, y en parte su legislación, moraban en las ciudades castellanas, en condición social muy análoga a la que en los reinos mahometanos habían tenido los mozárabes. [1] De la singular acción que en nuestro arte arquitectónico ejercieron los alarifes mudejares, creando quizá el único género de construcción propiamente español, se ha escrito bastante. De su literatura sabemos mucho menos, pero no hay duda que la tuvieron (como más adelante los moriscos) y que en ella emplearon la lengua castellana con preferencia a la suya nativa, si bien escribiéndola con las letras de su propio alfabeto, tenido siempre por cosa venerable y sagrada entre los pueblos semíticos. Y es muy de notar que no se limitó a la lengua el influjo de la literatura cristiana en la suya, sino que transcendió al metro y a los procedimientos de estilo, como lo prueba el curiosísimo Poema de Jusuf (quizá no tan antiguo como se supone, porque la literatura castellana de mudejares, moriscos y judíos ha mostrado siempre carácter muy arcaico), poema en que una leyenda coránica está referida en tetrástrofos monorrimos alejandrinos, conforme a las leyes del mester de clerecía usado por Berceo para celebrar los milagros de la Virgen y los triunfos de los confesores. Otro poeta mudéjar, Mahomat el Xartosi, de Guadalajara, aparece en el Cancionero de Baena tomando parte, sin escrúpulo ni repugnancia de nadie, en la grave discusión teológica sobre precitos y predestinados: [2] rasgo de increíble tolerancia, que [p. 92] recuerda el de aquel Maestre de Calatrava D. Luis Núñez de Guzmán, [1] que encargó en 1422 la traducción de la Biblia hebrea al judío Moseh Arragel, también de Guadalajara, dándole asesores cristianos.
Pero por lo mismo que a tal grado de intimidad y buena armonía habían llegado mudejares y cristianos, resulta evidente que los mudejares iban perdiendo a toda prisa su lengua y su peculiar literatura, y tendían a confundirse cada vez más, como al fin se confundieron muchos de ellos, con la población española. Lo verosímil es que no conocieran ni entendieran la antigua poesía árabe erudita, puesto que nada de ella comunicaron a los castellanos. Ni en las juglaresas moras [2] hemos de suponer más cultura que la que permitía su condición ínfima y abatida, siquiera de alguna de ellas pudiera creerse que con buenas o malas artes había reunido gran tesoro. Ni la noticia del árabe que pudieron lograr en la frontera de Granada D. Juan Manuel, o en sus tratos picarescos y amatorios el maleante y goliardesco Arcipreste de Hita, es cosa que imprima carácter en sus obras, y aunque los hiciera dueños del lenguaje de la conversación, nunca pudo llegar a tanto que les entregase la clave de todas las delicadezas gramaticales y retóricas encerradas en los oscurísimos textos líricos. En otro caso, sus obras darían testimonio de ello. Creemos firmemente que en este punto la incomunicación fué total, y sólo admitimos, dentro de ciertos límites, una influencia, por decirlo así, general y difusa de la poesía y de la música popular de los árabes en aquellos géneros, no épicos, sino puramente líricos, en que la musa de nuestro pueblo vuela en las alas del canto y de la danza. Determinar el grado y modo de esta influencia es hoy por hoy imposible, puesto que uno de los términos [p. 93] de la comparación nos falta. De la música de los árabes españoles sólo conocemos los nombres de algunos instrumentos: de su poesía popular apenas se ha publicado cosa alguna, y sabe Dios cómo habrán sido entendidos esos zégeles y esas muwaxahas. Quizá el Diván, todavía inédito, del poeta muladí Mohammad ben Abdelmélic Aben Cuzman o Guzmán, de Córdoba, que según parece contiene trozos de índole popular y hasta entreverados de palabras latinas o castellanas, nos dé la solución de alguno de estos enigmas cuando haya algún arabista de buena voluntad que quiera traducirle y comentarle. [1]
Simultáneamente con la poesía de los árabes floreció en nuestra Península otra escuela de lírica, precio muy superior, y que forma con ella notable contraste. Me refiero a la poesía de los hebreos españoles, escrita por lo común en la lengua santa o en su dialecto rabínico, y alguna vez, aunque por excepción, en árabe. Al revés de la cultura científica de los judíos españoles, que viene a ser una misma con la de nuestros musulmanes (salvo la ventaja de haberla conservado los israelitas mucho más tiempo y haber iniciado en ella a los cristianos), la cultura filosófica y la cultura literaria desarrolladas en el seno de la sinagoga, difieren profundamente de las que en el suelo ingrato del Islam tuvieron transitoria vida. Verdad es que la filosofía de los judíos, lo mismo que la de los árabes, procede casi por partes iguales de Aristóteles y de la escuela neoplatónica de Alejandría. Pero como el talento metafísico y la aptitud [p. 94] para las sublimes especulaciones intelectuales han sido siempre mucho más aventajados entre los judíos que entre las demás agrupaciones de la familia semítica, gracias a su admirable educación o preparación religiosa, de aquí que su filosofía de la Edad Media, ya se la considere en el profundísimo libro de Aben-Gabirol intitulado Fuente de la Vida, donde nos parece escuchar la voz del armonismo plotiniano; ya en la invención de la Cábala; ya en las audaces doctrinas exegéticas del cordobés Maimónides y en sus esfuerzos para conciliar la Biblia con el Peripato, ya en el tradicionalismo o filosofía religiosa que Judá Leví desarrolló en el Cuzari y Abraham ben David en su libro de la Fe Excelsa, tiene un sello de grandeza, de majestad, de idealismo místico, que rara vez nos presenta la filosofía árabe, como no sea en la novela del Autodidacto de Tofaïl, el mejor poema que conocemos de los musulmanes españoles, aunque escrito en prosa. [1]
A este carácter de la filosofía hebraico-hispana responde exactamente el de la admirable escuela lírica que, con otros poetas menores, representan los dos excelsos vates, Salomón ben Gabirol (de Málaga o de Zaragoza), llamado comúnmente Avicebrón en las escuelas cristianas, donde se le conoció a título de filósofo; y Judá Leví, de Toledo, apellidado por los árabes Abul Hasán el Castellano. No hay dos mayores poetas líricos desde Prudencio hasta Dante. Al revés de la poesía de los árabes, que es comúnmente frívola y cortesana, la poesía de los hebreos españoles es casi siempre grave, solemne y religlosa, como bebida en el manantial de los sagrados libros y en los más altos conceptos de la filosofía. Son muy pocos y de oscuro nombre los poetas judíos que, siguiendo las huellas de la escuela árabe, se atrevieron a tratar de asuntos mundanos en la lengua de los profetas. Cítanse, no obstante, y son obras de gran curiosidad, las novelas del cordobés Salomón ben Sabquel y las del toledano Judá ben Salomón-Alharizi (Heman el Ezrebita), llamado por Graetz el Ovidio israelita, comentador e [p. 95] imitador de las Macamas o Sesiones de Hariri, serie de relatos tan célebre entre los orientales por sus primores lingüísticos. [1] La empresa de Alharizi, aunque mirada de reojo por los rabinos más severos, tuvo algunos imitadores, entre ellos Joseph ben Sabra, de Barcelona, y Abraham ben Hasdai, autor de una curiosa novela, El Príncite y el Nasir, refundición del Barlaam y Josafat, que a su vez lo era de la leyenda búdica del Lalita Vistara. [2] Es evidente, [p. 96] pues, que hubo en la amena literatura de los hebreos cierta influencia arábiga, si bien más en la forma externa que en el fondo, más en la gramática que en las ideas. El estudio profundo de los accidentes de lenguaje, cultivado conforme a la dirección de los árabes por los dos insignes tratadistas Menahem ben Saruq, de Tortosa, autor del primer léxico, y Rabí Jona ben Ganaj, de Córdoba, de cuyos trabajos gramaticales ha dicho Renán que sólo los más recientes de la filología moderna pueden aventajarlos, [1] contribuyeron poderosamente a la perfección y al primor que en la parte técnica ostentan siempre los cantos de los israelitas españolas, y a la pulcritud y limpieza con que, salvos ciertos arabismos, arameísmos y formas rabínicas, escriben la lengua de David y de Isaías. [2] La historia de esta escuela poética ha sido admirablemente ilustrada por los grandes trabajos del Dr. Miguel Sachs (De la [p. 97] poesía religiosa de los judíos en Espana); del Dr. Zunz (De la poesía sinagogal entre los judíos españoles de la Edad Media); de Abraham Geiger, autor de un libro acerca de Salomón ben Gabirol y traductor alemán del Diván o cancionero de Judá Leví; de Salomone de Benedetti, que ha publicado en italiano una traducción mucho más completa del referido Diván. [1] Esto sin contar con lo mucho y bueno que dicen los historiadores generales de la raza israelita, especialmente Graetz en su brillante Geschichte der [p. 98] Juden. [1] En suma, hay pocas provincias de la historia literaria que hayan sido tan completa y metódicamente exploradas como esta, y es un dolor que resultados tan importantes no hayan entrado todavía en la general cultura. Los nombres de Aben Gabirol y de Judá Leví, sobre todo, debieran ser hasta populares en España. Aben Gabirol, llamado por Moisés ben Ezra el caballero de la palabra, murió muy joven. [2] De edad de 29 años (dice uno de sus biógrafos) [p. 99] se extinguió su lámpara. [1] Pero dejó tras de sí un rastro de luz en la sinagoga. Sus cantos, unas veces sublimes, otras melancólicos, henchidos alternativamente de grandeza y de ternura, se repiten aún en el día de Kipur, y figuran en todas las liturgias y libros de rezo judaico. [2] La musa que inspiró a Aben Gabirol, y que él representa bajo la hermosa alegoría de una paloma de alas de oro y de voz melodiosa, no es la poesía áulica, pedantesca y atenta sólo a las delicadezas gramaticales que entre los musulmanes hemos hallado, ni es tampoco aquella taracea de lugares de la Sagrada Escritura, a la cual vino a reducirse, en los poetas de la decadencia, la lírica religiosa de los mismos judíos. La inspiración de Aben Gabirol es muy propia y personal suya; consiste en cierto lirismo melancólico y pesimista, templado por la fe religiosa, con la cual se amalgaman más o menos estrechamente las ideas de la filosofía griega, en sus últimas evoluciones alejandrinas. Su poema más extenso y más celebrado, poema metafísico y astronómico, el Keter Malkut o Corona Real viene a ser una exposición de su [p. 100] filosofía, aunque no tan precisa y dogmática como el famoso libro que en prosa compuso con el título de Makor Hayim (Fuente de la vida). El Keter Maltut tiene más de 800 versos, participa de lo lírico y de lo didáctico, de himno y de poema π&2;ρι ϕύσεως , donde la ciencia del poeta y su arranque místico se dan la mano. Aben Gabirol es un teósofo que interpretando simbólicamente la creación como inmenso jeroglífico que en letras quebradas declara el misterio de su esencia, nos conduce a través de las esferas celestes, hasta que penetra en la décima, en la esfera del entendimiento , que es el cercado palacio del Rey, el Tabernáculo del Eterno, la tienda misteriosa de su gloria, labrada con la plata de la verdad, revestida con el oro de la inteligencia y asentada en las columnas de la justicia. Más allá de esa tienda sólo queda el principio de toda cosa, ante el cual se humilla el poeta, satisfecho y triunfante por haber encerrado en su mano todas las substancias corpóreas y espirituales que van pasando por su espíritu como por el mar las naves. El autor ha vencido de una manera extraordinaria la enorme dificultad de dar vida y movimiento a ideas abstractas. [1]
[p. 101] Muy rara vez cultivaron los judíos la poesía de asuntos históricos. Aben Gabirol nos of rece una excepción en su elegía a la muerte de Yekutiel. Otras hay en el extenso Diván de Judá Leví, el más egregio de los poetas de la Sinagoga. [1] No produjo la estirpe de Israel lírico más grande en su postrer destierro, y de él escribe Enrique Heine, en una de sus Melodías Hebreas, que el son del dulce beso con que Dios selló su alma, satisfecho de haberla creado, vibra todavía difuso en sus canciones, tan bellas, puras e inmaculadas como el alma del cantor. Poeta amatorio en los primeros versos de su juventud, renovador del sentimiento de la naturaleza en sus composiciones marítimas y de viajes, fué, sobre todo, inspiradísimo poeta religioso, nuevo Jeremías en las Siónidas, nuevo Asaph en el soberbio himno que se rotula Kedusah de la Hamidah de la mañana para el día del grande ayuno. La imperfecta versión que de él he publicado en verso castellano, puede dar alguna idea de la alteza de los pensamientos, ya que no de la magnificencia de estilo de este asombroso poeta, bíblico y sacerdotal en grado sumo. Así se explica que lograse autoridad casi canónica en las Sinagogas, donde todavía se repite aquella famosa lamentación que será cantada en todas las tiendas de Israel esparcidas por el mundo, el aniversario de la destrucción de Jerusalén. No fué encarecimiento poético de Enrique Heine el decir de tal hombre, cuya poesía es el depósito de todas las lágrimas de su raza, que tuvo el alma más profunda que los abismos de la mar.
[p. 102] Parece que los judíos, tan conocedores de la poesía árabe, no fueron tampoco extraños, aun en tiempos muy remotos, al conocimiento y al cultivo de la poesía castellana. ¿Quién sabe si la Poética de Moisés ben Ezra, que yace inédita en la Biblioteca Bodleiana de Oxford, guardará sobre nuestros orígenes literarios inesperadas y preciosísimas revelaciones?. [1] De Judá Leví, que nació el mismo año de la conquista de Toledo por Alfonso VI, sabemos que había compuesto versos castellanos, los cuales si es que en alguna parte se conservan (como se conservan dos composiciones árabes), serán sin duda los más antiguos de nuestra lengua. [2] Todo induce a creer en una comunicación más frecuente y directa entre los cristianos y los judíos de España, que la que medió nunca entre los primeros y los árabes. Pero de aquí a admitir influencia positiva de la lírica religiosa de la Sinagoga en poeta cristiano alguno, hay un abismo que nada nos autoriza para llenar. Salomone de Benedetti ha notado extrañas coincidencias entre algunos lugares del poema de Dante y otros de Judá Leví. Fácil sería hacer la misma comparación y descubrir las mismas aparentes semejanzas en Fr. Luis de León y en otros; y ¿cómo no, si la Biblia era fuente común para israelitas y cristianos y libro sagrado de entrambas religiones, y si por otra parte, eran comunes también o diferían poco las ideas metafísicas y cosmológicas enseñadas por la escolástica y por la astronomía de entonces? Lo que mucho prueba, corre el riesgo de no probar nada. Verdadera huella de influjo hebraico en nuestra poesía no la encontramos hasta el siglo XIV, en que el Rabí D. Sem Tob de Carrión ofreció [p. 103] al rey D. Pedro de Castilla sus Consejos et Documentos, curiosísima muestra de poesía gnómica, colección de sentencias que (como ha dicho ingeniosamente Puymaigre) parecen venidas de Bagdad o de Damasco. Y en efecto, mucho deben a las colecciones de máximas y aforismos de Honain ben Isaac y otros orientales, como a su tiempo veremos. Esta filosofía moral rudimentaria, especie de sabiduria de los pueblos, es, juntamente con el apólogo y el cuento, el legado más positivo que la cultura semítica haya dejado a la nuestra.
Después de Sem Tob, los poetas de estirpe judaica que cultivaron exclusivamente la lengua vulgar abundan sobre manera. Pero lejos de ser influyentes ni marcar direcciones nuevas, se convirtieron en influídos. Sus obras figuran en los Cancioneros mezcladas con las de los trovadores cristianos; en ninguna cosa esencial se distinguen de éstos, ni siquiera en la procacidad y habitual grosería con que muchos de los cristianos nuevos y judaizantes, gente por lo común de baja ralea, como el sastre de Córdoba Antón de Montoro el Ropero, cultivan la ínfima sátira y el género llamado de burlas. Durante los dos siglos XVI y XVII, los judíos continúan amoldándose al gusto reinante en España y a las sucesivas evoluciones de la poesía y de la lengua, siguiendo unas veces la pura tradición del lirismo italiano y clásico, como vemos en Moseh Pinto Delgado y en Esteban Rodríguez de Castro, y alistándose otras bajo las banderas del culteranismo y del conceptismo, como lo hicieron Miguel de Silveira, Antonio Enríquez Gómez, David Leví de Barrios y tantos otros. Sólo en las reminiscencias bíblicas y en la afición declarada a los asuntos del Antiguo Testamento suele descubrirse la filiación de estos autores, que, sin ser grandes poetas, dan testimonio del singular poder de adaptación y de la flexibilidad de ingenio y aptitudes, propia y característica de su raza.
El cuadro literario de nuestra Edad Media es tan vario y complejo, que para explicarle totalmente no basta con los elementos latinos, árabes y hebreos, aun limitándonos, como ahora nos limitamos, a la sola poesía lírica. Si de la épica tratásemos, habría que tener muy en cuenta el influjo de la Francia del Norte. En lo lírico, ¿cómo prescindir de aquella lengua de oc, que fué en esta parte maestra de todas las vulgares, por haber logrado, antes que otra alguna, verdadero cultivo artístico, y haber impuesto su técnica y [p. 104] sus metros, sus modelos de versificación y su peculiar artificioso vocabolario, lo mismo a la naciente poesía italiana, que a la galaico-portuguesa, a la catalana, a la castellana y aun a la misma escuela de los minnesinger alemanes? La poesía de los provenzales, cuyo valor estético ha podido exagerarse, pero cuyo valor histórico nadie pone en duda, fué como una especie de disciplina rítmica que transformó las lenguas vulgares y las hizo aptas para la expresión de todos los sentimientos. Desarrolló en ellas la parte musical y el poder de la armonía, creando por primera vez un dialecto poético diverso de la prosa, con todas las ventajas y todos los inconvenientes anejos, a tal separación. Fué grande, aunque efímero, el resplandor de aquella poesía: sus intérpretes, ya de noble, ya de humilde cuna (porque el talento poético allanaba todas las distancias y fundaba la más antigua de las aristocracias intelectuales), recorrieron triunfantes y festejados, lo mismo las plazas públicas que los alcázares regios y los castillos señoriales; mezclaron la poesía de la vida con la poesía de los versos, tomando parte activa y militante en todas las contiendas de su tiempo; repartieron a manos llenas la alabanza o la ignominia sobre leales y traidores, dadivosos y avaros, valientes y cobardes; convirtieron la poesía en una especie de tribuna o de periodismo de oposición, cuyos ecos resonaban en todas las cortes de Europa; dieron flechas agudas y envenenadas al serventesio satírico; derramaron y exprimieron todas las mieles de la galantería y de la lisonja en la cincelada copa de las canciones amatorias, cuyas estrofas tornearon de mil modos, haciéndolas cada vez más ágiles, más bruñidas y acicaladas, y más gratas al oído de las poderosas damas que por vez primera tomaban parte en las fiestas del espíritu; y en suma, desde el yambo vengador e iracundo hasta el sermón moral, desde el canto de cruzada hasta el cuento erótico, desde las serenatas y alboradas hasta las pastorelas y vaqueras, recorrieron toda la gamma lírica y en todo dejaron, si no modelos (rara vez concedidos a una poesía incipiente), a lo menos brillantísimos ensayos, los cuales, aparte del primor y artificio métrico, excesivos si se quiere, contienen preciosas revelaciones sobre el estado moral de aquella sociedad occitánica, que unía la petulancia de la juventud y el candor de la barbarie con el escepticismo y la depravación reflexiva de la vejez. Hay, sin duda, mucho de monótono, de amanerado, de trivial y [p. 105] fastidioso en la lírica de los trovadores; pero bastarían los nombres de Giraldo de Borneil, de Bernardo de Ventadorn, de Beltrán de Born, de Pedro Cardenal, de Giraldo Riquier, representantes de muy diversos géneros, para comprender cuánto de sincera inspiración hubo en aquel despertar del estro lírico moderno, en aquella gentil primavera poética, que, precisamente por haberse anticipado a florecer, duró lo que duran las rosas tempranas, de las cuales pudiéramos decir con el poeta:
Cuna y sepulcro en un botón hallaron.
La planta lírica era demasiado tierna para que no la helasen los ásperos cierzos de la Edad Media. Criada en la atmósfera muelle y tibia de Provenza, no podo resistir a las impetuosas ráfagas del Septentrión, y se la vió arrancada de raíz, y sus hojas fueron en alas del viento a caer en otras comarcas de desarrollo intelectual más tardío, pero a la postre más afortunadas. Todas las escuelas de lírica cortesana anteriores al siglo XVI proceden mediata o inmediatamente de esta breve y peregrina eflorescencia del Languedoc.
Grande fué el crédito de los trovadores del Mediodía de Francia en todas las cortes y estados de nuestra Península. Algunos de ellos la visitaron en persona: muchos más hablaron de ella y de sus príncipes, ya con amor, ya con enojo; ora impetrando y celebrando sus dádivas, ora describiendo y ponderando el esplendor de sus fiestas, ora vindicando amargamente rencores propios o ajenos con el hierro de la sátira, en aquellos tiempos tan temible. A más nobles hazañas dieron algunos de ellos voz y aliento. La prezicansa y el canto de cruzada no siempre tuvieron por tema las lejanas empresas de Ultramar. Por boca de trovadores tan antiguos como Marcabrú, Gavaudán y el futuro Obispo de Tolosa, Folqueto de Marsella, la musa provenzal se asoció noblemente a los grandes triunfos de Almería y de las Navas, lo mismo que al desastre de Alarcos. [1] En los breves respiros que la paz otorgaba, esa misma [p. 106] poesía fué luz, deleite y regocijo de nuestras cortes, especialmente de la de Alfonso VIII, que tan al vivo retrata Ramón Vidal de Besalú en una de sus lindas narraciones métricas. [1]
Había, además, una gran región de España en que esta poesía apenas podía considerarse como extranjera. Cualquiera entenderá que me refiero a las comarcas orientales, donde se hablaba y se habla una variedad de la lengua de oc, variedad no tan marcadamente diversa entonces como ahora. Cataluña y Provenza estaban [p. 107] por sus orígenes íntimamente enlazadas. Juntas formaron parte del primitivo reino visigodo. Juntas entraron en la unidad del imperio franco. Juntas lograron, bajo los débiles sucesores de Carlo Magno, independencia de hecho y positiva autonomía. La corrupción de la lengua latina se verificó en ambas de análogo modo. Los enlaces matrimoniales, los pactos y alianzas contribuyeron a estrechar más las relaciones entre ambos pueblos, y bien puede decirse que los dos formaron uno solo, desde el casamiento de Ramón Berenguer III con la condesa D.ª Dulcia (a. 1112), hasta los tiempos de Don Jaime el Conquistador, en que la incipiente nacionalidad catalano-meridional, que Dios no bendijo, según la enérgica expresión de Milá, quedó definitivamente rota, abriendo paso a la gloriosa nacionalidad catalano-aragonesa, detenida hasta entonces en su progreso por la atención preferente que sus monarcas concedían a las cuestiones de sus vasallos del otro lado del Pirineo. Entonces también la lengua catalana, rompiendo las ligaduras que por tanto tiempo la habían tenido sujeta a la imitación provenzal, aparece como lengua adulta y distinta, y se prepara a dar la ley a las tierras y a los mares, no con frívolos cantos de amor, sino con la voz potente de sus legisladores, de sus cronistas y de sus filósofos.
Pero antes de este momento solemnísimo, en que la lengua y la cultura catalanas se emancipan por medio de la prosa, la literatura catalana es una misma con la de Provenza, y en provenzal escriben buen número de poetas catalanes, cuyos versos recogió e ilustró con el más alto y seguro discernimiento crítico y la más profunda erudición nuestro venerado maestro el Dr. Milá y Fontanals en su obra De los Trovadores en España, que es clásica en esta materia y no ha envejecido aunque escrita hace medio siglo. [1] El más antiguo de los trovadores españoles que el Sr. Milá nos da [p. 108] a conocer, es el rey de Aragón Alfonso II (1152-1196), autor de una elegante canción de amores. [1] Síguele casi inmediatamente la extraña y brutal personalidad poética de Guillén de Bergadam, cuyas composiciones, bastante numerosas, son «tan sanguinarias como las de Beltrán de Born, tan cínicas como las de Gulllermo de Poitiers». En las ediciones de Keller y de Mahn pueden verse completos algunos trozos que por fundadísimo escrúpulo moral hubo de suprimir el Sr. Milá. [2] Es difícil formarse idea de las insolencias y desafueros que el tal Bergadam se permite contra sus enemigos, y de los escandalosos alardes de lujuria que salpican sus poesías. Este singular poeta era un foragido, aunque de noble estirpe, matador alevoso, cómplice acaso de una de las bandas de malhechores que con los nombres de aragoneses y brabanzones infestaban la diócesis de Urgel a fines del siglo XII. En suma, parece haberse manchado con todo género de actos de crueldad y felonía, no respetando en su cínico desbordamiento ni a las personas de su propia familia. En medio de tan desalmada barbarie, muestran de vez en cuando sus versos rasgos verdaderamente poéticos, y sobre todo, rara energía de expresión y un arte consumado de versificador. Ofrecen, además, especial interés, por ser quizá Guillén de Bergadam, entre los trovadores del período clásico, el que mezcla con el provenzal mayor número de formas catalanas, y da a sus versos un tono más suelto y popular, sin duda para que la gente aprendiese de memoria con más facilidad las bárbaras invectivas que cada día lanzaba contra su suegro o contra [p. 109] el Obispo de Urgel. [1] Notable es también por otro concepto su elegía a la muerte de Hugo de Mataplana, donde la imaginación sensual y materialista del poeta llega a soñar un paraíso algo semejante al de los musulmanes. [2] Este mismo Mataplana, u otro de su apellido, figura en el catálogo de los trovadores catalanes, pero más en concepto de mecenas que de autor. [3]
[p. 110] Más apacible fisonomía que Guillén de Bergadam, y no menos interesante materia de estudio, presentan Ramón Vidal de Besalú y Serverí de Gerona; tiene especial importancia el primero como teórico y gramático, autor de una especie de poética (Dreita maniera de trobar) que alcanzó fuerza de código, por lo mismo que el autor, nacido en Cataluña, y no en los países del Mediodía de Francia donde con más perfección se usaba la lengua de oc, hizo alarde, para disimular su condición de forastero, de llevar a sus últimos límites el purismo. [1] Como poeta brilló especialmente en el [p. 111] cuento o novela galante, siendo la más notable de las suyas El celoso castigado. En tales obras tuvo ocasión de hacer gala de los muchos conocimientos que poseía en materia de casuística amorosa [p. 112] y de buen tono cortesano, y se mostro narrador ameno, aunque algo afectado, palabrero y desleído. [1]
Serverí de Gerona, perteneciente ya al siglo XIII, y uno de los últimos en fecha entre los trovadores catalano-provenzales, representa dentro de esta escuela la tendencia satírico-moral, acompañada de cierta flojedad prosaica. Sus obras son numerosas: además de las diez y seis que coleccionó el Sr. Milá, han aparecido recientemente otras cinco bastante extensas en un Cancionero que parece haber pertenecido al palacio de los Condes de Urgel, y en otro Cancionero cuya próxima publicación se espera, hay nada menos que 104 piezas inéditas, pertenecientes todas a la juventud del poeta. [2]
Los reyes, los príncipes, los más altos personajes hacían gala, no ya de favorecer, sino de cultivar por sí mismos la poesía [p. 113] provenzal. Además de Alfonso II ya citado, figuran en la lista de los trovadores españoles el gran rey D. Pedro III, autor de un belicoso y arrogante canto de guerra, o más bien cartel de desafío contra los franceses que invadieron sus estados: su hijo el rey de Sicilia D. Fadrique, Pons Hugo, conde de Ampurias y otros muchos. El Rosellón, comarca catalana entonces, y que todavía lo es de lengua, produjo también algunos trovadores, entre los cuales Guillem de Cabestanh es célebre, aún más que por la dulzura de sus versos, por la trágica leyenda de sus amores y de su muerte. [1]
[p. 114] Cuando la cruzada de Simón de Montfort dispersó a los trovadores provenzales, que en su mayor número habían abrazado fervorosamente, si no la causa de los Albigenses, a lo menos la causa [p. 115] del Mediodía de Francia contra el Norte, las cortes españolas, no ya sólo la de Aragón, sino la de Castilla y la de Portugal, los acogieron y honraron a porfía. [1] Es el punto culminante de la influencia provenzal en nuestro suelo. Contra lo que pudiera creerse, esta influencia comenzó a ser menos enérgica en Cataluña a medida que más hondamente penetraba en los demás romances peninsulares. Duró, sin embargo, en los poetas del siglo XIV, si bien éstos propendieron cada vez más al empleo de formas del pla catalanesch, análogas a las de la prosa. Con eso y todo, basta comparar [p. 116] los versos de Ramón Lull con la prosa de sus novelas y de sus tratados filosóficos, o la prosa encantadora de la Crónica de Muntaner con los medianos versos de su Sermó, para advertir que la lengua de la poesía conservaba siempre algo de más artificioso y de más provenzalizado.
Así continuaron las cosas, hasta que a fines de ese mismo siglo XIV una reacción culterana y pedantesca intentó resucitar en Tolosa las tradiciones de la difunta poesía provenzal, naciendo de aquí el Consistorio del Gay Saber, [1] y todo aquel aparato retórico que en el libro de las Leys d'amors puede estudiarse. [2] Tales prácticas y preceptos pasaron inmediatamente a Cataluña durante el reinado de D. Juan I, el amador de toda gentileza (1387-1396), y fueron causa ocasional, no eficiente, de la creación de una nueva escuela poética, ya enteramente catalana por la lengua, y bastante alejada de la primitiva y genuina tradición trovadoresca, de la cual, sin embargo, aunque de un modo remoto y generalísimo, no dejaba de derivarse. El desarrollo y las vicisitudes de esta escuela, cuyos modelos fueron principalmente italianos, y algunas veces franceses y con más frecuencia clásicos, llena todo el siglo XV, y aun tiene, especialmente en Valencia, alguna prolongación dentro del XVI. Oportunamente procuraremos aquilatar el valor de esta escuela, considerada en sus relaciones con la poesía castellana. Por [p. 117] ahora baste dejar consignado que fueron ya muy raras en ella las reminiscencias provenzales, sin que apenas se registren otras que los conceptos que del Monje de Montaudon tomó Mosen Jordi para su Enuig, la paráfrasis en prosa del Castell d'amor, las alusiones literarias de Ferrer, de Rocaberti y de Torroella. [1] Todo nos lleva a creer que de los provenzales se leían más los tratados y las artes métricas que los versos. Las miradas de los catalanes del síglo XV estaban ya vueltas hacia Italia, y se fijaban con especial amor en Dante, Petrarca y Boccaccio.
En la literatura castellana, la influencia provenzal fué al principio muy exigua, y por de contado no trascendió ni a la poesía épica, ni a la prosa, únicos géneros que en nuestra Edad Media [p. 118] tienen originalidad, nervio y carácter propio. Trascendió a las primeras muestras de la lírica, hasta el punto de ser obra de un trovador provenzal (Rambaldo de Vaqueras) los versos quizá más antiguos (aunque a la verdad menos castellanos que gallegos) que de este género se citan en nuestra lengua, y deben de estar muy maltratados por los copistas:
Mas tan temo vostro
pleito
Todo 'n soi
escarmentado,
Per vos ai pena e
maltreyto,
E mei corpo
lazerado;
La nueyt quand soi
en mei leito,
etc.
[1]
El resultado más importante y duradero de la influencia provenzal en España, fué la creación de una nueva escuela de trovadores [p. 119] en la parte central y occidental de nuestra Península. Esta escuela, cualquiera que fuese la comarca natal de sus autores, no empleaba como instrumento la lengua castellana, sino otra que se estimaba de superiores condiciones musicales, y era preferida por esto para todas aquellas poesías sagradas o profanas que se destinaban al canto. Esta lengua se amoldó de tal suerte a la imitación de los provenzales, que adoptó gran parte de su vocabulario, y por de contado la rica variedad de su métrica, confesando y reconociendo siempre su origen:
Quer' eu en maneyra de
proençal
Fazer agora un
cantar d' amor,
decía el Rey D. Diniz, uno de los poetas más sobresalientes de esta escuela. Pero juntamente con la tradición artística y cortesana de los provenzales, que estaba ya agotada, y que por sí sola hubiera sido infecunda para dar vida a un nuevo sistema poético, penetró en esta escuela galaico-portuguesa todo el riquísimo caudal de la tradición hagiográfica y de las leyendas piadosas, a las cuales ya había dado anteriormente forma la musa francesa y castellana de Gautier de Coincy y de Gonzalo de Berceo, pero que por primera vez en las Cantigas del sabio Rey Alfonso X presentaron realizada la fusión de lo narrativo y de lo lírico. Y entró también en la corriente de la escuela trovadora de Galicia y de Portugal, constituyendo lo más íntimo, lo más poético y lo más duradero de ella, la tradicion de cierto lirismo popular y melancólico, que procedía sin duda de orígenes muy remotos, ora se le quiera explicar, como algunos hacen, por una antiquísima poesía lírica común a todos los pueblos del Mediodía, ora, como otros quieren, se le haga derivar de oscuras reminiscencias célticas. Lo cierto es que hay en los grandes cancioneros galaico-portugueses, cuyo descubrimiento y estudio ha sido uno de los más gloriosos triunfos de la erudición moderna, algo y aun mucho que no es provenzal, ni cortesano, sino que parece popular e indígena; algo que no nos interesa meramente como arqueológico, sino que como verdadera poesía nos conmueve y llega al alma. Tal sucede, por ejemplo, con las que pudiéramos titular barcarolas, con los cantos de romería, con las llamadas canciones de amigo, y con otras delicadas y suavísimas inspiraciones, primera manifestación genuina del lirismo [p. 120] peninsular; las cuales-son a modo de islas encantadas, que en medio de la aridez habitual de los Cancioneros nos brindan de vez en cuando con el misterio de su sombra y con el frescor de sus aguas.
Depósito de toda esta poesía son los grandes Cancioneros ya citados, las Cantigas de Santa María, el Cancionero llamado del Colegio de Nobles de Lisboa (hoy de la Biblioteca de Ajuda), y sobre todo los dos incomparables tesoros conservados en las bibliotecas de Roma, el Cancionero del Vaticano y el otro Cancionero llamado por los nombres de sus poseedores antiguo y moderno Colocci-Brancuti.
Cómo vino esta poesía, gallega por la lengua, pero cultivada simultáneamente por castellanos, leoneses, gallegos y portugueses, y aun por andaluces y extremeños, a transformarse en otra nueva escuela de trovadores, que desde fines del siglo XIV hasta principios del XVI sustituyó el predominio del gallego por el predominio del castellano, y siguiendo la misma evolución que hemos observado en Cataluña, fué apartándose día tras día de la imitación de los provenzales hasta olvidarlos completamente, y adoptar la imitación de los modelos de la Italia del Renacimiento, será tarea reservada para otros capítulos de este ensayo nuestro.
[p. 35]. [1] . En el primer tomo de la refundición de mi Historia de los Heterodoxos españoles (1911), al tratar estensamente de las religiones ibéricas, recopilo los principales datos relativos a las manifestaciones artísticas y temas poéticos que con ellas se enlazan.
[p. 36]. [1] . En mi Historia de las Ideas Estéticas (tercera edición refundida, tomos I y II, 1909-1910 [Ed. Nac. Vol. 1, Cap. I-V]), trato con extensión de la mayor parte de los autores que rápidamente se mencionan en este capítulo preliminar, y doy muchas indicaciones bibliográficas que me abstengo de repetir aquí, limitándome a añadir algunas notas de todo punto necesarias.
[p. 39]. [1] . Entre cerca de siete mil inscripciones latinas de la Península (período clásico) que figuran en el Corpus de la Academia de Berlín y en sus dos suplementos, sólo unas setenta tienen forma métrica. Todas ellas, juntamente con los demás poemas epigráficos del mundo romano, en número de mil ochocientos sesenta, se encuentran recogidas en la colección, ya clásica, de Buecheler (Carmina Latina epigraphica, conlegit Franciscus Bvecheler, Leipzig, Teubner, 1895 y 1897; dos volúmenes).
El doctísimo Emilio Hübner, cuyo nombre será inmortal en los anales de la epigrafía romana, entresacó de los setenta ejemplares españoles, los veintiuno que se recomiendan por una ejecución más artística o por un verdadero sentimiento poético, y con ellos formó un lindo ramillete que me ofreció en prenda de amistad en 1899 (Homenaje a M. y P. en el año vigésimo de su profesorado; t. 2.º, págs. 341-365).
Las cinco inscripciones más antiguas son de Cartagena, anteriores a la
edad de Augusto, coetáneas de Sila y de César, y recuerdan algo del arte elegantísimo de Catulo. Una de ellas es el epitafio de un cierto Lusio, que murió a manos de bandidos; otro, el de dos Sicinias, madre e hija: notables uno y otro por la ingenuidad de la expresión y la ausencia de frases hechas. Más afectado parece, pero tiene un final muy feliz si es original, el del joven Licinio Torax:
Nil simile aspicias;
timeant ventura parentes,
Nec nimium matres
concupiant parere.
(Corpus, núm.
3475; Buecheler, núm. 980.)
A Sagunto pertenece el epitafio del joven soldado Marco Acilio Fontano (Corpus, núm. 3871; Buecheler, núm. 978). A Zaragoza el curioso diálogo, en dos dísticos, entre la mujer y su difunto marido (Corpus, núm 3001; Buecheler, núm. 1139). En Cádiz se descubrió, en 1887, el epitafio muy sentido de dos niños, Sodalis y Festiva, composición algo irregular, que completa con un hexámetro suelto el sentido del segundo dístico (Corpus, núm. 5479; Buecheler, núm. 1158). La misma particularidad métrica, pero con la diferencia de ser un pentámetro hipermetro, de seis pies, el verso añadido, se observa en la notable inscripción de la matrona Caesia Calsa hallada en Tucci (Martos):
Lanifici praeclara
fides pietatis alumna,
Priscae praecipue
fama pudicitiae.
(Corpus, núm. 1699; Buecheler, núm. 1123.)
A Rodrigo Caro, el mas insigne de los antiguos humanistas exploradores de la Bética, se debe el hallazgo del epígrafe métrico de Salpensa (cerca de Utrera), que los colegas de su Sodalicio dedican al joven Pilades, siervo de Annio Novato (Corpus, núm. 1293; Buecheler, núm. 1103), y de otra inscripción de Marchena, en que Firma, mujer de Epafrodito, libertos uno y otro, celebra los recuerdos de su amor conyugal, en seis dísticos que algo tienen de la manera de Propercio (Corpus núm. 1399; Buecheler, núm. 1140).
Notable, por su bella expresión poética, es un fragmento de epitafio encontrado en Tarragona:
Aspice quam subito
marcet quod floruit ante,
Aspice quam subito
quod stetit ante cadit.
(Corpus, núm. 4426; Buecheler, núm. 1489.)
El tercer verso de este epigrama esta tomado de Manilio, y se repitió también en otras poesías fúnebres:
Nascentes morimur finisque ab origine pendet.
Elegantísimo modelo del gusto sutil y refinado, que dominaba en tiempo de Trajano y Adriano, es el epitafio de tres dísticos hallado en Argavieso de Aragón, entre Osca y Pertusa, y publicado por Hübner en el Boletín de la Academia de la historia, tomo VIII, 1886, págs. 311 y siguientes. Figura con el núm. 1113 en la colección de Buecheler, y el autor declara su nombre: Lucio Emilio Paulino Materno.
La epigrafía tarraconense ofrece dos epitafios métricos de cocheros de circo. Al mejor y más celebrado (Corpus, núm. 4314, Buecheler, número 1279) nos referimos en el texto. Consta de siete dísticos. El otro, de menos valor poético (Corpus, núm. 4315; Buecheler, núm. 500), tiene seis, y termina con un senario yámbico griego. Otra muestra de inscripciones, en que se usan juntamente ambas lenguas, nos ofrece el epitafio de un niño de Mérida, cuyos padres, Sóstenes y Gaiena, lloran su prematura muerte (a los siete meses), primero en dos dísticos y después en uno latino (Corpus, núm. 562; Buecheler, núm. 1197).
Aunque la combinación métrica dominante en los poemas fúnebres es el dístico de hexámetros y pentámetros, presenta nuestra epigrafía peninsular un ejemplo aislado de endecasílabos al modo de Catulo, en una inscripción de Pax Julia (Beja, en Portugal), notable por la gentileza de algunos versos:
Etsi sensus erit meae
quietis,
Quae lasso tibi
dulcius precabor:
Vivas pluribus et
diu senescas;
Qua mihi non licuit
fruere vita.
Si te flere iuvat,
quidni ingemiscis?
(Corpus, núms.
59 y 5186; Buecheler, 1553.)
Más importante todavía es la aparición del septenario trocaico (tan enlazado con los orígenes de nuestro octonario épico), en dos epitafios de Tarragona: el de Lucio Alfidio Urbano, tribuno militar de la Legión séptima, en tiempo de Caracalla (Corpus, núm. 4137; Buecheler, núm. 245); y el de un retórico griego llamado Clearco (Corpus, núm. 4350; Buecheler, núm. 235). A ellos debe añadirse el de un siervo de Clunia que se había distinguido en las artes de la caza:
Sive apros feroces
ludi, ut gratus venanti seni!
Seu cervos fugaces
cepi, ut eram delicio domus!
............................................
(Corpus, núm. 6338;
Buecheler, núm. 238.)
En las dedicaciones del ara de Diana, en León, hay dos elegantes
epigramas, uno de los cuales consta de dos senarios yámbicos; el
otro, de cuatro dímetros yámbicos. En el primero, el cazador Tulio,
comandante de la séptima Legión ibérica, ofrece a la Diosa los
dientes delos jabalíes, y en el segundo la cornamenta de los
siervos. En otra lápida de la misma procedencia, que se encuentra
hoy en el Museo Arqueológico Nacional, el mismo Tulio presenta a la
divinidad de los bosques, en cuatro tetrámetros trocaicos, la piel
de un animal (probablemente un oso). Todas estas inscripciones
fueron doctamente ilustradas por el P. Fidel Fita, en su
Epigrafía Romana de la Ciudad de León (1866).
Por lo mismo que son raros los epígrafes que no tienen
carácter sepulcral, es imposible omitir la muestra marmórea del
posadero de Tarragona
(Corpus, núm. 4284; Buecheler, núm. 882):
Si nitidus vivas,
eccum domus exornata est,
Si sordes, patior,
sed pudet, hospitium.
Ni mucho menos debe olvidarse la monumental inscripción, en seis dísticos, que el arquitecto Cayo Julio Lacer estampó en el delubro o pequeño templo del Puente de Alcántara, que en el año 105 de nuestra era, once pueblos de Lusitania dedicaron a Trajano:
Pontem perpetui
mansurum in saecula mundi
Fecit divina
nobilis arte Lacer...
Estas y otras inscripciones poéticas que con ellas se relacionan, fueron estudiadas por Hübner, con tanto saber como ingenio, en el artículo ya citado, Los más antiguos poetas de la Península, que puede considerarse como una exposición literaria y popular de los datos esparcidos en el Corpus y en las monografías que le sirven de ampliación. Merecen recordarse, en honra de nuestros antiguos humanistas, las dos importantes cartas de D. Gregorio Mayans, sobre las inscripciones métricas de España, publicadas en la Anthología Latina, de Burmann (Amsterdam, 1773, tomo II, págs. 1 a 52, con un apéndice de Finestres). Este trabajo, menos conocido de lo que debiera, porque no pasó a las ediciones de la Anthología refundidas por Meyer, honra la perspicacia crítica del sabio valenciano.
[p. 42]. [1] . Hay un interesante fragmento de crítica literaria escrito en España en tiempo del emperador Trajano. Fué su autor el retórico y poeta Publio Annio Floro, que ejercía en Tarragona la professio litterarum. Sólo tenemos el principio de un diálogo suyo sobre este tema: «¿Fué Virgilio orador o poeta?» (Virgilius orator an poeta), descubierto por Th. Oehler en un manuscrito de Bruselas, ilustrado por F. Ritschl en 1842 (Rheinisches Museum, tomo I, págs. 302-314), y reimpreso en 1854 al fin del Epítome hitórico de Floro en la colección Teubner por C. Halm.
Autoridades tan respetables como las de Mommsen, Halm y Spengel, opinan que el retérico tarraconense es la misma persona que el Floro historiador, y pocos dudan que uno y otro hayan de identificarse con el delicioso poeta de la Anthologia Latina, que alternó en dímetros yámbicos con el emperador Adriano, y compuso los 26 tetrámetros trocaicos de qualitate vini y los cinco hexámetros de las rosas, que son joyas del códice Salmasiano Riese (Anth. núm. 245-25 2 , y núm. 87).
Venerunt aliquando
rosae. Pro veris amoeni
Ingenium, una dies
ostendit spicula florum,
Altera pyramidas
nodo majore tumentes!
Tertia jam
calathos, totum lux quarta peregit
Floris opus.
Pereunt hodie, nisi mane legantur.
También se le ha atribuído, pero sin razón suficiente y sólo por analogías métricas, el Pervigilium Veneris. Vid. la tesis doctoral de Otto Mueller, De P. Annio Floro poeta et Carmine quod Pervigilium Veneris inscriptum est (Berlín, 1855).
[p. 43]. [1] . El más antiguo (si pertenece realmente al siglo III, de lo cual ahora dudan algunos) es Commodiano de Gaza, autor de unas Instructiones en
acrósticos y de un Carmen Apologeticum en versos rítmicos y populares. El poema De Phaenice, atribuído a Lactancio, es también anterior a Juvenco, pero no está muy claro su origen, y hasta puede disputarse que tenga verdadero sentido cristiano.
[p. 45]. [1] . Expuse estas consideraciones en un discurso que leí en la Academia Española en 1881.
[p. 45]. [2] . Debe excluirse del Catálogo de nuestros poetas hispano-latinos, aunque Amador de los Rios los dió por tales, a Draconcio y a Orencio. El primero era africano, y floreció bajo la dominación de los vándalos cuando ya habían abandonado nuestro suelo. Está enlazado, sin embargo, con nuestra historia literaria, porque su Hexaemeron de creatione mundi, que es una parte de su poema De Deo, fué refundida por San Eugenio de Toledo.(Vid. Dracontii Carmina ex ms. Vat. duplo auctiora iis quae adhuc
prodierunt, recensuit F. Arevalus, Romae, 1791). Orencio u Oriencio, autor del Commonitorium, pertenece a las Galias, y es probablemente el obispo de Auch del mismo nombre.
En cambio de estos dos poetas que deben emigrar de nuestra historia literaria, hay que incluir en ella (y probablemente salimos ganando en el cambio) a otro poeta del siglo V, Flavio Merobaudes, de cuya patria española nadie duda, porque la atestigua su contemporáneo y émulo Sidonio Apolinar (carm IX, ad Felicem, V. 293 y siguientes).
Sed nunc tertius ille
non legetur
Baetin qui patrium
solum relinquens,
Undosae petit sitim
Ravennae:
Plosores cui
fulgidam Quirites
Et charus
popularitate princeps
Traiano statuam
foro locarunt.
En la crestomatía epigráfica de Orelli (Inscriptionum Latinarum Selectarum amplissima collectio.... Zurich, 1828, tomo I, pág. 259, núm. 1183), se lee la curiosísima inscripción de la estatua erigida en el Foro Trajano a Merobaudes el año 435. De ella se deduce que fué a un tiempo retórico y guerrero, tan insigne por su valor y hazañas bélicas como por su elocuencia, igualmente famoso por las letras y por las armas:
«Fl. Merobavdi. Aeque forti et docto viro. Tam facere lavdanda quam aliorvm facta laudare praecipvo. Castrensi experientia claro. Facvndia vel otiosorum stvdia svpergresso. Cvi a crepvndis par virtvtis. Et eloqventiae cvra. Ingenivm ita fortitvdini et doctrinae natvm. Stilo et gladio pariter exercvit. Nec in vmbra. Vel latebris. Mentis vigorem scholari tantvm otio torpere passvs. Inter arma litteris militabat. Et in Alpibvs acvebat eloquivm. Ideo illi cessit in praemivm non verbena vilis. Nec otiosa hedera. Honor capitis Heliconivs. Sed imago aere formata. Qvo rari exempli viros. Sev in castris probatos. Sev optimos vatvm. Antiqvitas honorabat. Qvod hvic qvoqve cvm avgustissimis Roma principibvs. Theodosio et Placido Valentiniano. Rervm dominis. In foro Ulpio detvlervnt. Remvnerantes in viro antiqvae nobilitatis. Novae gloriae vel indvstriam militarem. Vel Carmen cvivs praeconio Gloria trivmphali crevit imperio.....»
Merobaudes era cristiano, y por mucho tiempo no se conoció de él más que un poemita religioso en treinta hexámetros (Merobaudis Híspani scholasciti carmen de Chsisto, en la Patrologia Latissa de Migne, tomo LXI, página 972 y siguientes). Se ha impreso varias veces al fin de las obras de Claudiano, juntamente con otras dos composiciones piadosas, Carmen Paschale y Miracula Christi, que Niebuhr atribuye también a Merobaudes por la semejanza de estilo.
La importancia de este poeta creció con el interesante hallazgo que el mismo Niebuhr hizo en 1823 de una parte de las obras profanas de Merobaudes en un palimpsesto de la biblioteca de San Gall. La más extensa e importante de estas composiciones (mutiladas todas) es el panegírico del tercer consulado de Aecio (197 hexámetros, con un prólogo en prosa) Otros dos fragmentos en dísticos elegíacos cantan la gloria de Valentiniano III y de la familia imperial reunida para un banquete. Tenemos también otro poema panegírico en cuarenta y seis endecasílabos sobre el segundo aniversario del nacimiento de un hijo de Aecio (que parece haber sido el principal Mecenas del poeta). Hay finalmente una especie de inscripción en cuatro dísticos incompletos, que a juzgar por su encabezamiento parece que fué destinada a exornar el viridario o parque de un gran señor. En todos estos fragmentos se advierte una pureza y elegancia de forma muy superiores a lo que generalmente se escribía en aquella era. Merobaudes imita felizmente a Virgilio, y puede considerarse como digno rival de Claudiano.
(Vid. Flavii Merobaudis carminum panegyricique reliquiae ex membranis Sangallensibus editae a B. S. Niebuhrio. 2.ª edición, Bonn, 1824).
[p. 47]. [1] . Si el delicado y gracioso Carmen de Philomela (Riese, Anthologia, II, núm. 658) fuese obra de San Eugenio, como algunos creen, habría que reconocer en él un talento de dicción poética, muy superior a su tiempo. Pero basta con sus poesías auténticas (insertas en el primer tomo de la colección de los Padres toledanos, 1782, págs. 19-79) para advertir un estudio bastante refinado de la parte técnica. Además del uso frecuente de la rima, hay que notar la libertad, enteramente romántica, con que en la larga composición titulada Lamentum de adventu propriae senectutis, cambia cuatro veces de metro, empezando con dísticos, prosiguiendo con trímetros trocaicos y yámbicos, volviendo luego a los dísticos y terminando con estrofas sáficas. Es un ejemplo de polimetría tan raro en aquellos siglos que no recuerdo otro. Además, San Eugenio emplea con profusión todos los artificios de decadencia, la epanalepsis, el acróstico, el telesticho y hasta la división de las palabras de los versos.
[p. 48]. [1] . De la autenticidad de este himno que comienza
O magne rerum Christe rector inclyte....
no puede dudarse, puesto que el mismo santo se refiere a él en una de sus cartas a Frunimiano, indicando el metro en que está compuesto: «Hymnum quoque de festivitate ipsius sancti (San Millán) ut iussisti iambico senario metro compositum transmisi (España Sagrada, tomo XXX, 2.ª edición, pág. 172).
[p. 48]. [2] . Ninguna de las poesías atribuídas a San Isidoro quiso admitir en su excelente edición el P. Faustino Arévalo, relegándolas a un apéndice, Carmina S. Isidoro adscripta (Patrología Latina, de Migne, tomo LXXXIII, columnas 1139-1144). En este apéndice incluyó también cierto poemita astronómico, Carmen de eclipsi lunae, que en varios códices acompaña al tratado De natura rerum de San Isidoro, por lo cual algunos le han atribuído al rey Sisebuto, a quien fué dedicado aquel libro, Cf. Anthologia Latina de Burmann y Meyer, 1835, tomo I, pág. 154, Sisebuti regis carmen de eclipsibus Solis et Lunae. La atribución al rey Sisebuto no puede ser más incierta. Tenemos de aquel monarca visigodo ocho cartas publicadas por el P. Flórez, una de las cuales termina con versos latinos (España Sagrada, tomo VII, 1.ª edición, pág. 329). Basta leer aquel pobre ensayo para que tengamos por imposible que su autor fuese capaz de componer los versos, pedantescos pero de forma enteramente clásica, del Carmen de eclipsibus, que debe de ser anterior en un siglo por lo menos. De su contexto se infiere que el incógnito poeta desempeñaba algún alto cargo militar y político, y mandaba una armada en el Océano Cantábrico:
At nos congeries
obnubit turbida rerum,
Ferrataeque premunt
milleno milite curae.
Legicrepi tundunt,
latrant fora, classica turbant,
Et trans Oceanum
vehimur, portusque nivosos
Cum teneat Vasco,
nec parcat Cantaber horrens....
Este importante fragmento merece particular estudio, que no sé que hasta ahora le haya dedicado nadie.
El de Fabrica Mundi no citado por Arévalo, fué publicado en facsímile por Palomares, que le encontró en un códice del monasterio de Roda (Vid. Amador de los Ríos, Historia Crítica, tomo I, 348). Sobre los himnos que se suponen de San Isidoro, nada puede afirmarse con certeza. Fabricio y los Bolandistas le atribuyen los dos de Santa Águeda que hay en el
Breviario Mozárabe, uno en yámbicos dímetros («Adesto, plebs fidissima»), otro en sáficos («Festum insigne pandit coruscum»), y Du Méril, acepta esta atribución, a lo menos para el segundo, (Poésies Populaires Latines anterieures au douzième siècle.... París, 1843, pág. 119). Pero el P. Arévalo (capítulo 81 de sus Prolegomena Isidoriana, tomo LXXXI de la Patrologia de Migne, col. 580) da buenas razones para tenerlos por espurios, puesto que en el primero hay una alusión que parece clara al dominio de los sarracenos:
Tu redde nos jam
liberos,
Iugo remoto
pessimo.
Ademas los dos himnos son rítmicos, y el segundo peca gravemente contra las leyes de la prosodia.
Con más fundamento pueden atribuirse al metropolitano hispalense las dos largas y curiosas composiciones ascéticas que llevan los títulos de Exhortatio poenitendi.... ad animam futura judicia formidantem, y Lamentum Poenitentiae (Migne. Patr., tomo LXXXIII, columnas 1257-1262). La Exhortatio, aunque se ha impreso a veces como prosa, está compuesta en hexámetros políticos o populares, del mismo tipo que los de Commodiano:
Cur fluctuas, anima
moerorum quassata procellis?
Usquequo multimoda
cogitatione turbaris?
El Lamentum está en ritmo trocaico, de carácter más popular:
Audi, Christe, tristem
fletum, amarumque canticum,
Quod perculsus et
contritus modulatur spiritus,
Cerne lacrymarum
fluxus, et ausculta gemitus.
[p. 49]. [1] . La fuente principal de nuestra himnografía hispano-latina es un códice de la Catedral Toledana, escrito en caracteres góticos por un tal Maurico a solicitud de Veraniano, y anterior por tanto, al último tercio del siglo XI. Contiene ochenta y cinco himnos religiosos para todas las festividades del año. En la Biblioteca Nacional se conserva la copia hecha en 1754 por el P. Andrés Marcos Burriel (Dd. 75). Todos ellos fueron publicados por el Cardenal Lorenzana en su espléndida edición del Breviario mozárabe (Breviarium gothicum, secundum regulam Beati Isidori... Matriti, anno MDCCLXXV. Apud Joachimum Ibarram). Los himnos de Santos particulares van aplicados a sus respectivas fiestas, y los generales o de aplicación dudosa pueden leerse desde la pág. XCI a la CXXIII. Sólo una docena de estos himnos se encuentran en el Misal y Oficio gótico publicado cinco años antes en Puebla de los Ángeles por el obispo Fabián y Fuero (Missa gothica seu Mozarabe et Officium itidem Gothicum.... Angelopoli. Typis Seminarii Palafoxiani... 1770).
La Hymnodia Hispanica ad cantus, latinitatis metrique leges revocata et aucta del P. Faustino Arévalo (Roma, 1778) es obra de plan muy distinto, puesto que la mayor parte de los cuarenta y nueve himnos que contiene pertenecen a la época de la Reconquista o a tiempos más modernos. Los hay del propio Arévalo, y los ajenos están retocados y corregidos por él de las imperfecciones gramaticales y métricas, pero en las notas consigna casi siempre la lección antigua. Antecede a la Hymnodia una eruditísima disertación (que más bien debiera llamarse libro) De hymnis ecclesiasticis eorumque correctione atque optima constitutione.
D. José Amador de los Ríos, en cuyos libros tanto tienen que aprender los que han dado en la flor de zaherirle sin perjuicio de saquearle a mansalva, dedicó un precioso apéndice al Himnario hispano-gótico, en su Historia crítica de la literatura española (tomo I, págs. 471-522), y reprodujo íntegros todos los himnos de carácter general.
El uso de estos himnos en todas las iglesias de España y de la Galia Gótica, está terminantemente preceptuado por el canon XIII del cuarto Concilio Toledano: « Sicut igitur orationes, ita et hymnos in laudem Dei compositos, nullus vestrum ulterius improbet, sed pari modo Gallia, Hispaniaque celebret. Excommunicatione plectendi, qui hymnos rejicere fuerint ausi.»
[p. 50]. [1] . La existencia de cantos profanos en la Península durante la dominación visigoda puede inferirse, con mayor certeza que de los textos de las Etimologías de San Isidoro (que no se refieren a su tiempo casi nunca), del canon 23 del Concilio Toledano III, que prohibe las ballemaciae (*)[ *. En los diversos códices , Balemanthiae, Ballimatiae, Ballimachiae.] saltationes y cánticos torpes en las iglesias: Exterminanda omnino est irreligiosa consuetudo quam vulgus per sanctorum solemnitates agere consuevit, ut populi qui debent officia divina attendere, saltationibus et turpibus invigilent canticis, non solum sibi nocentes sed religiosorum officiis perstrepentes. También San Isidoro (Regula Monachorum, cap. V, núm. 5), nos habla de canciones amatorias de artesanos: Si enim saeculares opifices inter ipsos labores amatoria turpia cantare non desinunt atque ita ora sua in cantibus et fabulis implicant, ut ab opere manus non substrabant... (Pat. Lat., tomo LXXXIII, col. 874).
El uso de la poesía licenciosa en los convites, según la costumbre de los
romanos del Imperio, está atestiguado por un curioso pasaje de San Valerio (Ordo querimoniae), en que traza la semblanza del presbítero Justo, que se había degradado hasta convertirse en histrión y juglar: Qui pro nulla alia electione ad hunc pervenit honorem, nisi quia per ipsam multifariae dementiae temeritatem, propter joci hilaritatem luxuriae petulantis diversam adsumpsit scurrilitatem, atque musicae comparationis lirae mulcente perducitur arte. Per quam multarum domorum convivia voraci percurrente lascivia cantilenae modulamine plerumque psallendi adeptus est celebritatis melodiam. Cuales eran sus danzas y pantomimas lo declara después el Santo : Vulgari ritu in obscena theatricae luxuriae vertigine rotabatur, dum circumductis huc illucque brachiis, alio in loco lascivos conglobans pedes, vestigiis lubricantibus circuens tripudio, compositis et tremulis gressibus subsiliens, nefaria cantilena mortiferae ballimaciae dira carmina canens, diabolicae pestis exercebat luxuriam (España Sagrada, tomo XVI, págs. 396-397) .
[p. 51]. [1] . Synonima de lamentatione animae peccatricis. Consta de dos libros. (Pat. Lat., tomo LXXXIII, columnas 826-867).
[p. 52]. [1] . Las obras de San Ildefonso y San Julián están en los tomos I y II de la colección de Lorenzana, SS. PP. Toletanorum quotquot extant Opera... Matriti, MDCCLXXII, Apud Ioachimum Ibarram.
Los opúsculos de San Valerio, en el tomo XVI de la España Sagrada, páginas 366-416.
[p. 52]. [2] . Algo se dirá de estos puntos en mi Historia de los heterodoxos españoles, que ahora publico muy refundida y ampliada. En ella se encontrarán también noticias de la mayor parte de los autores que a continuación se citan.
[p. 53]. [1] . En la excelente monografía, de F. Picavet, Gerbert, un Pape philosophe d'après l' histoire et d' après la légende, París, 1897, (Bibliothèque de l'École des Hautes Études), está definitivamente probado (págs. 30-38), que Gerberto no pasó de la Marca Hispánica, donde había una mezcla de civilización gótica y carolingia; y donde pudo estudiar no solamente a Boecio y a San Isidoro, sino quizá algunas traducciones de libros árabes, pero que su viaje al país de los sarracenos es enteramente fabuloso. La misma tesis había sostenido nuestro D. José Amador de los Ríos en un notable artículo, Silvestre II y las escuelas isidorianas, publicado en la Revista de España, 1869 (págs. 211-225).
Gerberto residió en España desde el año 967 al 970. Sus dos cartas al barcelonés Lupito y al gerundense Bonfilio, están escritas en Reims, a principios de 984. En la primera solicita de Lupito un libro de Astrología traducido por él (probablemente del árabe): «Librum de astrologia translatum a te mihi petenti dirige». En la segunda pide para Adalberon, arzobispo de Reims, un libro de matemáticas compuesto por el sabio Joseph: «De multiplicatione et divisione numerorum, Joseph sapiens sententias quasdam edidit, eas pater meus Adalbertus Remorum archiepiscopus vestro studio habere cupit.» En otra carta, aproximadamente de la misma fecha, a Geraldo, abad de Aurillac, vuelve a mencionar el mismo libro, añadiendo que el autor era español: «De multiplicatione et divisione numerorum libellum a Joseph Ispano editum abbas Warnerius penes vos reliquit, ejus exemplar in commune rogamus.» (Vid. Lettres de Gerbert, 984-997, publiées avec une introduction et des notes par Julien Havet (Paris, 1889, eps. 17, 24, 25; págs. 14, 19, 20).
A pesar de los importantes trabajos de Chasles, Büdinger, Cantor, H. Martín, Curtze y otros, todavía no están conformes los historiadores de las Matemáticas en el modo de apreciar las relaciones que Gerberto pudo tener con la ciencia árabe, dado que la conociese de segunda mano, Lo más prudente es decir, como Havet en su preciosa introducción a las cartas de Gerberto, que gracias a la vecindad de los musulmanes que ocupaban el resto de la Península, es muy probable que algo de la enseñanza de los matemáticos árabes, enteramente ignorada en Francia e Italia, hubiese pasado a las escuelas cristianas de la Marca.
[p. 54]. [1] . Las obras de los Padres Cordobeses (excepto las de San Eulogio, publicadas ya por Ambrosio de Morales en 1574 y reproducidas en el tomo II de la colección de Lorenzana, Patrum Toletanorum Opera, y en el 115 de la Patrología de Migne) se hallan en la España Sagrada, volúmenes X y XI.
[p. 55]. [1] . El Carmen de Philomela de Álvaro reproduce hemistiquios enteros del atribuído a San Eugenio. Hay del mismo Álvaro dísticos a un gallo, un fragmento descriptivo del pavo real en hexámetros, una especie de elegía compuesta durante una grave enfermedad ( Ephemerides aegritudinis propriae) y bastantes composiciones religiosas (In Crucis laudem, In laudem Beati Hieronymi &.) todas en hexámetros, a excepción del himno para la fiesta de San Eulogio, que está en estrofas de cuatro versos asclepiadeos. El largo prefacio métrico que puso al frente de una Biblia mandada copiar por cierto presbítero Leovigildo, tiene reminiscencias evidentes de los dísticos atribuídos a San Isidoro sobre su biblioteca. (Sunt hîc plura sacra...)
En el restablecimiento del arte métrica olvidada por los mozárabes, parece haber tenido mucha importancia la Epistola ad Acircium de San Aldhelmo, obispo anglo-sajón del siglo VII (t 709), que la dedicó al rey Alfredo de Northumberland. Esta Epístola es una especie de introducción a la prosodia latina, en la cual están intercalados cien epigramas o enigmas que da el autor como muestras de versificación, que confirman la teoría y constituyen una «métrica en acción» al modo de las fábulas literarias de nuestro Iriarte. A estos enigmas alude Álvaro Cordobés, cuando nos habla de los libros que llevó a Córdoba San Eulogio de su excursión al Norte de España: «In quibus locis multa volumina librorum reperiens, abstrusa et pene a multis remota, huc remeans, suo nobis regressu adduxit... Inde secum librum Civitatis Beatissimi Augustini, et Aeneidos Virgilii, sive Iuvenalis metricos itidem libros, atque Flacci satyrata poemata, seu Porphirii depicta opuscula vel «Adhelmi epigrammatum opera» necnon Avieni fabulas metricas, et Hymnorum Catholicorum fulgida carmina... non privatim sibi, sed communiter studiosissimis inquisitoribus reportavit» («Vita vel Passio Beatissimi Martyris Eulogii, 9.» España Sagrada, tomo X, pág. 550) .
Los primeros versos que San Eulogio y Álvaro habían compuesto, cuando ambos cursaban las aulas del abad Speraindeo, eran rítmicos: Et rithmicis versibus nos laudibus mulcebamus, et hoc erat exercitium nobis melle suavius, favis jucundius» (Ib. pág. 545).
San Eulogio no abandonó el cultivo de la poesía, pero no han llegado a nosotros sus versos. Durante su primer encarcelamiento se entretuvo en hacerlos métricos, lo cual pasó por una novedad, y prueba que ya entonces comenzaba a perderse en España la noción clásica de la cuantidad de las sílabas: Ibi metricos, quos adhuc nesciebant sapientes Hispaniae, pedes perfectissime docuit, nobisque post egressionem suam ostendit» (Ib. pág 547).
Todos los versos que tenemos de Álvaro son métricos, y él mismo se jacta de ello repetidas veces:
Et
pedibus metricis rithmi contemnite monstra.
(Esp. Sag., XI, pág. 277).
Metrice sed ecce reboat
(Pág. 280).
Alvarus haec
metrice longa per saecla reboat...
(Pág. 286).
Y en el himno a San Eulogio.
Quum Christum
resonant chordulae
metricae
(
Esp. Sag., X, pág. 560)
Pero tienen muchos defectos de cuantidad y de elisión, y lo mismo podemos decir de los del Arcipreste Cipriano, de quien, además de varios epitafios, encontramos con sorpresa dos composiciones de abanico, destinadas a exornar o acompañar el que regaló el Conde Guifredo a su mujer Guisinda. Copiaremos el segundo, que no carece de cierta elegancia mundana, bien rara en un poeta del siglo IX:
Guisindis dextram
illustris adorna, flabelle,
Praebe licet falsos
ventos, ut temperet aestum,
Tempore aestivo
defluxa membra refovens,
Pansus et officium
implens per omnia tuum.
(
Esp. Sag., XI, pág. 526).
En el códice gótico llamado de Azagra (que está hoy en la Biblioteca Nacional entre los procedentes de Toledo), hay un canto penitencial de un cierto Vicente, que los Sres. Fernández Guerra y Simonet han querido identificar con el Vincentio eruditissimo, de que habla Álvaro en una de sus epístolas (España Sagrada, tomo XI, pág. 124). El texto está muy estropeado, pero tiene de curioso el metro, que es el octonario popular, v. g.:
Qui venisti
liberare-sauciumque telis gravem,
Tu me libera de
penis-pone finem malis meis...
Simonet ha publicado este curioso fragmento en un apéndice a su Historia de los Mozárabes, pág. 833.
Algunos otros versos, aunque muy pocos, pueden añadirse a los que coleccionó el P. Flórez. Acaso los más curiosos sean los de la inscripción sepulcral de Juan el Eximio, hallada en término de Lucena (Vid. en el mismo libro del Sr. Simonet, págs. 834 y 835, un facsímile de esta inscripción que publicó interpretada en 1875 D. Aureliano Fernández Guerra).
De Lucena procede también una inscripción métrica, correspondiente al príncipe godo Atanahildo, sucesor de Teodomiro en el principado de Orihuela. (Boletín de la Academia de la Historia, tomo XI, 1887, pág. 173).
[p. 57]. [1] . Et dum eorum versibus et fabellis mille suis (milesiis corrigió atinadamente Dozy) delectamur... et dum illorum sacramenta inquirimus, et Philosophorum, imo Philocomporum, sectas (*) [*Parece inferirse de este pasaje que ya en el siglo IX existían sectas filosóficas entre los musulmanes.] scire non pro, ipsorum convincendis erroribus, sed pro elegantia leporis et locutione luculenter diserta, neglectis sanctis lectionibus congregamus... Quis rogo hodie solers in nostris fidelibus laicis invenitur, qui scripturis sacris intentus (**),[*inventus dice el texto de Flóres, pero el sentido parece que exige intentus.] volumina quorumcumque Doctorum latine conscripta respiciat? Quis evangelio, quis prophetico, quis Apostolico ustus tenetur amore? Nonne omnes juvenes christiani vultu decori, lingua disserti, habitu gestuque conspicui, gentilicia eruditione praeclari, Arabico eloquio sublimati, volumina Chaldeorum avidissime tractant, intentissime legunt, ardentissime disserunt, et ingenti studio congregantes, lata constriataque lingua laudando divulgant... Heu, proh dolor! linguam suam nesciunt Christiani, et linguam propriam non advertunt Latini, ita ut omni Christi collegio vix inveniatur unus in milleno hominum numero, qui salutatorias fratri possit rationabiliter dirigere litteras. Et reperitur absque numero multiplex turba, qui erudite caldaicas verborum explicet pompas. Ita ut metrice eruditiori ab ipsis gentibus carmine et sublimiori pulchritudine, finales clausulas unius litterae coartatione decorent, et juxta quod linguae ipsius requirit idioma, quae omnes vocales apices commata claudit et cola, rhytmice, imo ut itsis competit metrice, universi alphabeti literae per varias dictiones plurimas variantes uno fine constringuntur vel simili apice (España Sagrada, tomo XI, páginas 273-275).
Las mismas biografías de los mártires de Córdoba en el Memoriale Sanctorum, de San Eulogio, prueban que era vulgar entre ellos el conocimiento de la lengua arábiga. Del exceptor Isaac dice que era peritus et doctus lingua arabica (Mem. Sanat., lib. I, cap. II.) De Aurelio, hijo de moro y de cristiana, repite que sus parientes le obligaron a educarse en la literatura arábiga, «arabica erudiendus litteratura» (ib. cap. IX). De Emila y Hieremias, «uterque arabico insigniter praepollebat eloquio» (ib. cap. XI).
[p. 58]. [1] . La historia literaria de los mozárabes, lo mismo que su historia religiosa y civil, irá unida siempre al nombre del docto y piadoso orientalista D. Francisco Javier Simonet, que la ilustró más que nadie. Vid. Estudios históricos y filológicos sobre la literatura hispano mozárabe (en la Revista de la Universidad de Madrid, 2.ª época, tomo I, 1873, págs. 292-546, y tomo II, págs. 55 y 522). — Glosario de las voces ibéricas y latinas usadas entre los mozárabes (Madrid, 1889), con una extensa introducción llena de noticias literarias.— Historia de los Mozárabes de España, deducida de los escritores cristianos y árabes, Madrid, 1897-1903 (tomo XIII de las Memorias de la Academia de la Historia).
Acerca de la literatura de los PP. Cordobeses, puede consultarse también el notable libro del Conde de Baudissin, Eulogius und Aluar (Leipzig, 1872) y la tesis doctoral de Monseñor Bourret, obispo de Rodez, De Schola Cordubae christiana sub gentis Ommiaditarum imperio (París, 1858).
[p. 58]. [2] . «Si algunas incorrecciones gramaticales (dice Hauréau) no denunciasen el origen bárbaro de Teodulfo, parecería un contemporáneo de Ausonio, un discípulo de los últimos retóricos, un verdadero romano».
[p. 59]. [1] . Vid. Theodulphi Aurelianensis Episcopi Carmina, en el tomo 105 de la Pat. Lat., de Migne, pág. 337, col. 2.ª
La cuestión de la patria española de Teodulfo; muy controvertida hasta nuestros días, ha sido afirmativamente resuelta por B. Hauréau en sus Singulartés Historiques et Littéraires (págs. 37 a 99) y por Ebert: Historia general de la Literatura de la Edad Media, tomo II de la traducción francesa, páginas 81 a 97.
Existen sobre Teodulfo varias tésis: de Bournard, Théodulphe, évêque d'Orleans ( París, 1860); de Rzehulka, Theodulf, Bischof von Orleans (Breslau, 1875); de Lierch, Die Gedichte Theodulf, Bischof von Orleans (Halle, 1880), además de la bella Memoria de Leopoldo Delisle sobre las Biblias de Teodulfo (tomo XL de la Bibliothèque de l'École des Chartes, 1879) y del importante estudio de Gabriel Monod, Les moeurs judiciaires au VIII.e siècle d' après la «Paraenesis ad Iudices» de Théodulf (Mélanges Renier, París, 1888, págs. 193 a 215). Vid. además el libro de Cuissard, bibliotecario de Orleans, Théodulphe, sa vie et ses Oeuvres, avec une carte du Pagus Aurelianensis au IX.e siècle, (Orleans, 1892).
[p. 60]. [1] . Rarísimos son los nombres de los poetas que en estos tiempos se en cuentran. Al siglo décimo pertenece Salvo, abad del monasterio de Albelda, de quien dice el autor anónimo de su necrología, que compuso varios himnos, oraciones, versos y misas. «Vir lingua nitidus et sciencia eruditus, elegans sententiis, ornatus verbis: scripsit sacris virginibus regularem libellum, et eloquio nitidum et rei veritate perspicuum. Cujus oratio nempe in hymnis, orationibus, versibus ac missis, quas illustri ipse sermone composuit, plurimam cordis compunctionem et magnam suaviloquentiam legentibus, audientibusque tribuit.» Añade el biógrafo que Salvo era pequeño de cuerpo y endeble, pero lleno de espíritu fervorosísimo: «Fuit namque corpore tenuis, parvus robore, sed valide fervescens spiritus virtute. O quanta illius ex ore dulciora super melle manabant verba, cor hominis quasi vina laetificantia.» Falleció en la era milésima, es decir, en el año de Cristo 962, reinando en Navarra Don García, hijo de Don Sancho Abarca, y siendo obispo de Nájera Teudemiro: «Obiit temporibus Garseani Christianissimi Regis et Theudemiri Pontificis, IV idus Februarii, era millesima, sanâ doctrinâ praestantior cunctis, et copiosior operibus caritatis. Ac sic in praedicto coenobio iuxta basilicam S. Martini Episcopi et confessoris Christi est tumulatus sorte sepulchrali. Ad cuius pedes discipulus Velasco episcopus quiescit in pace.» (Vid. Nicolás Antonio, Bibliotheca Vetus, tomo I, páginas 518 y 519; y España Sagrada, tomo III, págs. 277-280.
En el mismo monasterio de Albelda, pocos años después de la muerte de Salvo, en mayo de 976, acabó de escribirse el magnífico códice de Concilios que lleva el nombre de Albeldense o de Vigilano (hoy en la Biblioteca de El Escorial). El monje Vigila, que tuvo por colaboradores en su inmensa tarea al presbítero Sarracino y a su discípulo García («Vigila scriba cum sodale sarracino presbytero pariterque cum garcea discipulo suo edidit hunc librum»), puso en las primeras hojas del códice siete composiciones, algunas de las cuales forman acrósticos y otros caprichos métricos. Ninguna de estas composiciones excede de treinta y siete versos trocaicos. Algunos de los acrósticos contienen deprecaciones por la salud y prosperidad del rey Don Sancho, de la reina D.ª Urraca y del infante Don Ramiro:
Salvator, Sancioni da
victoriae palmam.
Sancta Maria,
Urracam ancillam respice tuam.
O Rex Coeli,
Sancionis munia saepe fac fortia.
Sancta Maria,
Urracam tuere ancillam tuam.
Miles, o Christe,
tuus Ranimirus sic honorem.
Otras veces, los scriptures imploran la piedad divina para su monasterio y para sus propias personas:
Altissime servo tuo
salva Redemptor Vigila.
Annue Sarracino: et
tua, alme Dens, dona gratia.
Al fin del libro hay otros dos poemitas muy curiosos, también acrósticos, uno en versos asclepiadeos, y otro en yámbicos. Esta última es la más larga de las composiciones de Vigila, pues llega a 56 versos.
(Vid . Noticia de las antiguas y genuinas colecciones canónicas inéditas de la Iglesia Española..., por D. Pedro José Blanco (Madrid, 1798), páginas 41 a 76.)
Este hermosísimo códice, tan importante por la pureza del texto canónico como por la espléndida ejecución paleográfica y la riqueza de sus miniaturas, basta para probar la persistencia de una tradición de cultura en los monasterios de Navarra y de la Rioja.
A las postrimerías del siglo X y principios del XI pertenece el Maestro Renallo, autor de unos dísticos de Corpore Domini, extractados al parecer de una obra mayor que no ha llegado a nuestros días (Versus excerpti de libro Renalli magistri Barchinonensis Gerundensis). Este poemita teológico ha sido publicado dos veces, la primera por el P. Agustín Theiner (Pat. Lat., de Migne, tomo CXLVII, cols. 509 a 602), que se valió de un códice de la Biblioteca Barberina de Roma; la segunda por Rodolfo Beer en el Boletín de la Academia de la Historia, tomo X, págs. 377 a 389, tomándole de un códice de la Biblioteca del Real Palacio de Madrid.
Renallo era conocido ya como autor de una vida de Santa Eulalia, escrita en muy retórica prosa (Vita vel Passio Sanctae Eulaliae Barcinon. Scripta anno circiter 1106, a Renallo grammatico, doctore Barchin.) Puede verse en el apéndice tercero del tomo XXIX de la España Sagrada (páginas 375-390 de la 2.ª edición) donde la publicó el P. Flórez por copia del P. Caresmar.
Además de varias poesías anónimas que citaré luego, es indicio de cierto amor a las letras en Cataluña, el hecho de haber adquirido el Cabildo de la Catedral de Barcelona un ejemplar de la Gramática de Prisciano a cambio de una casa de campo que poseía (documento del Archivo de la Corona de Aragón, citado por R. Beer en su artículo sobre Renallo).
Entre los pocos himnos del siglo XI que tienen autor conocido, hay que citar algunos de los de Santo Domingo de Silos, compuestos por el gramático Filipo Oscense y por el monje Grimaldo. La fecha de estos himnos puede fijarse con facilidad, teniendo en cuenta que el Santo fué canonizado en 1076, y que Grimaldo falleció en 1090. Todos estos himnos abundan en rimas perfectas, imperfectas e imperfectísimas, es decir, reducidas a la repetición de la última vocal. Estas rimas están sometidas a un sistema, que en Grimaldo es el leonino, y en algún himno de Filipo de Huesca, compuesto en trocaicos y dímetros yámbicos alternados, ofrece cruzadas las rimas al modo de la poesía vulgar.
Solvat nexus
delictorum
Tua
supplicatio;
Tergat sordes
viciorum
Frequens
intercessio,
Quae nos tandem
dignos reddat
Superno
palatio.....
Véanse estos himnos en el curiosísimo libro de Fr. Sebastián de Vergara, Vida y milagros de el thaumaturgo español Moysés Segundo, redemptor de cautivos, abogado de los felices partos, Santo Domingo Manso, abad benedictino, reparador del Real Monasterio de Silos... Madrid, 1736, págs. 372, 457, 458, etc. Este libro contiene también la primera edición del poema de Berceo, y los Miráculos romanzados de Fray Pedro Marín.
Versificadores latinos del siglo XI fueron también Alon, gramático, autor de cuatro epitafios de la reina D.ª Constanza, mujer de Alfonso VI (Flórez: Reinas Católicas, tomo I, págs. 506-507), en que hay visibles imitaciones del que compuso San Eugenio para la mujer de Chindasvinto; el monje de Ripoll, Oliva, que exornó el libro De Musica, de Boecio, con un prólogo métrico reducido a explicar los ocho tonos admitidos por los maestros antiguos (Villanueva: Viaje Literario, tomo VIII, págs. 57 y 58); otro Oliva, mucho más insigne y famoso que el anterior, el grande Obispo de Vich, de quien tenemos un poemita histórico sobre el monasterio de Ripoll, carmen in laudem monasterii Rivipullensis (Villanueva, tomo VI, págs. 306-308); un cierto Arnaldo de Gerona, a quien se califica de componere carmina doctus en una escritura del año 1088, cuyas suscripciones están en versos leoninos (Villanueva, tomo XIII, pág. 115); un Pedro que consigna su nombre en el último verso de la inscripción tumular de Esteban, abad del monasterio de Santiago de Peñalva en el Bierzo (Esp. Sag., tomo XVI, página 41).
Nuestro himnario sigue acrecentándose en los siglos XII y XIII, pero rara vez constan los nombres de los autores. Creemos que los seis himnos de San Isidro Labrador publicados por el P. Bleda, (Vida y milagros de San Isidro... Madrid, 1622) y más correctamente por el P. Fita (Boletín de la Academia de la Historia, tomo IX, págs. 129-142), pueden atribuirse al diácono Juan, autor de la leyenda en prosa del santo patrono de Madrid, y con ella figuran en el códice del siglo XIII, procedente del archivo parroquial de San Andrés.
Las poesías latinas más curiosas de autor español del siglo XIII son las del docto y enciclopédico franciscano Gil de Zamora, dadas a conocer por el P. Fita en el citado Boletín (págs. 379-409). Todas ellas están compuestas en loor de la Santísima Virgen, y, a excepción de las dos últimas, que son piezas sueltas, constituyen un Oficio Mariano, que su autor dedicó al rey D. Alfonso el Sabio, y se hallan al fin del Liber Jesu et Mariae, en el códice de la Biblioteca Nacional (Bb. 178), donde se han conservado. Todas ellas son rítmicas y se acercan mucho a las formas de la versificación popular, aunque predominan las rimas perfectas. Fr. Gil de Zamora es, probablemente, el más antiguo de los poetas de su Orden en España, y sus versos recuerdan a veces en su estructura los dos Stabat atribuídos al beato Jacopone:
Quid vigoris, quid
amoris,
Quid affectus, quid
dulcoris
Habet
nomen Virginis!...
Dicant illi qui
damnati,
Sed ad vitam
revocati
Sunt
Mariae precibus.
Dicat ille
desperatus
Vitae dominus, sed
salvatus
De
inferni faucibus.
Dicant omnes
tribulati
Et peccatis
onerati,
Ubi
sit refugium.
Ad petendum, ad
habendum
Certe, tute,
recurrendum
Ad
Mariae gremium...
También ha indicado el P. Fita un poema: De potestate Papae, dedicado a Bonifacio VIII por el mallorquín Juan Burguny (Archivo de la Catedral de Barcelona).
En la Academia de la Historia se conserva cierto Poema de Benevivere, incompleto al principio, que relata la fundación de aquel monasterio por D. Diego Martínez de Villamayor. El autor, según del contexto se deduce, fué Pascasio, primer abad de aquella casa.
[p. 63]. [1] . El poema de Nigello, De gestis Ludovici Caesaris, está escrito en dísticos elegíacos (a excepción de un prólogo en hexámetros acrósticos y telésticos) y comprende cuatro libros. El primero, que consta de seiscientos diez y seis versos, tiene por asunto casi único la conquista de Barcelona en el año 801 (vers. 65 y siguientes, usque ad finem). En el libro tercero, desde el verso 543 hasta el fin, se encuentra el importante episodio del juicio de Dios entre el conde Bera de Barcelona y el conde Sunila. Ermoldo era un verdadero poeta épico, y su obra tiene rasgos de fiereza y energía, dignos de cualquier cantar de gesta. Y con los cantares de getta se da la mano, hasta por la elección del héroe principal, que es el conde Guillermo de Tolosa, figura preeminente en uno de los tres ciclos de la epopeya carolingia. La mejor edición de este poema se halla en los Monumenta Germaniae historica, Scriptores, tomo II, pág. 464 y siguientes. Muratori había sido su primer editor en el tomo I, segunda parte de sus Rerum Italicarum Scriptores (Milán, 1726). Nuestro Piferrer reprodujo toda la parte concerniente al sitio de Barcelona, en el tomo II de su obra descriptiva e histórica de Cataluña (Recuerdos y bellezas de España, págs. 325-328).
[p. 64]. [1] . Laurentii Veronensis (seu Vernensis), Petri secundi Archiepiscopi Pisani Diachoni Rerum in Maiorica Pisanorum ac de eorum triumpho Pisis habito anno salutis MCXIV. Este poema, que tiene todo el valor de fuente histórica, como han mostrado Piferrer y Quadrado, consta de siete libros en hexámetros. Está en la colección de Muratori, Rerum Italicarum Scriptores, tomo VI, pág. 192 y siguientes.
[p. 64]. [2] . Gosuini de Expugnatione Salaciae carmen. Es un poema en dísticos elegíacos, de 230 versos. (Vid. Portvgalliae Monvmenta Historica. Scriptores, tomo I, págs. 101-104). Fr. Fortunato de San Buenaventura, que también le inserta en su libro sobre la biblioteca de Alcobaza, da fuertes razones para probar que Gosuino era francés y no portugués, como creyó Barbosa Machado. (commentariorum de Alcobacensi Mstorum. Bibliotheca libri tres... Coimbra, 1827, págs. 525-528). El poema está en cuatro hojas sin numerar al fin del libro, con este encabezamiento: Quomodo capta fuit Alcaser a Francis.
Existe también una relación en prosa poética de la toma de Santarém, (De expugnatione Scalabis), puesta en boca del mismo conquistador Alfonso Enríquez. Esta composición, de cuya autenticidad se ha dudado sin fundamento, puede ser, a juicio de Herculano, obra de un monje de Alcobaza (Vid. Scriptores, págs. 93-95).
[p. 64]. [3] . Passio S. Pelagii, pretiosissimi martyris, qui nostris temporibus in Corduba martyrio est Coronatus. Este curiosísimo poema de Hrosvitha consta de cuatrocientos hexámetros (Poésies Latines de Rosvith, ed. Vignon Rétif de la Bretonne, París, 1854, págs. 190-234). La narración de la poetisa alemana no va fundada en libro alguno, (sino en el testimonio de un índigena de Córdoba que había presenciado el martirio, y que pudo ser uno de los obispos mozárabes que formaron parte de las dos embajadas que Abderrahman III envió a Otón el Grande en 950 y 955. En algunos pormenores difiere este relato de la vida de San Pelayo, en prosa, atribuída al presbítero Raguel (Vita vel Passio Sancti Pelagii, en el tomo XXIII de la España Sagrada, pág. 230 y siguientes).
[p. 65]. [1] . Este poema, cuya pérdida habían deplorado Muratori y los Bolandistas, fué descubierto por el P. Villanueva, que en 1820 pensaba publicarle con otras preciosidades literarias recogidas en sus viajes por las Iglesias de España. Tal proyecto no se realizó entonces, pero le llevó a cabo en 1870 D. Vicente de la Fuente (Sancti Anselmi Lucensis Vita, a Rangerio succesore suo, saeculo XII ineunte, latino carmine scripta. Opus hactenus ineditum, valdeque desideratum, nunc primum annotationibus illustratum jurisque publici factum... Matriti, typis Aguado, 1870). Este poema, de más de siete mil versos hexámetros y pentámetros, es no sólo por su interés histórico, sino por su mérito literario, una de las producciones más estimables del siglo XII. Vid. Ilustraciones al poema latino del obispo Rangerio, por D. Manuel Muñoz y Garnica (Jaén, 1873).
[p. 65]. [2] . Por el lenguaje, bastante correcto, y por la versificación, que no es rítmica, sino métrica, pertenece este canto a la poesía erudita, pero el poeta afecta dirigirse al pueblo, en forma análoga a la que solían usar los cantores épicos:
Ad
carmen populi flebile cuncti
Aures nunc animo
ferte benigno,
Quot pangit meritis
vivere laudes
Raimundi proceris
patris et almi
................................................
( Marca Hispanica... París, 1688, pág. 427.—Bofarull: Los Condes de Barcelona, vindicados, tomo I, págs. 217-220).
El mismo D. Próspero Bofarull publicó en su excelente obra los epitafios de Wifredo el Velloso (siglo IX), de Armengol, conde de Vich, hijo del conde Suniario; de Wifredo, conde de Besalú, hijo del conde Mirón, y del conde Sunifredo de Urgel (siglo X), de Guillem Berenguer, hijo de Berenguer Ramón el Curvo (siglo XI). Vid. Condes de Barcelona, tomo I, págs. 42, 93, 94, 116 y 246.
Más importancia tiene, aunque desgraciadamente esta incompleto, un elogio de Ramón Berenguer IV, que encontró el P. Villanueva en un códice del monasterio de Roda (Viaje Literario, tomo XV, pág. 173).
Acrecientan el corto número de poesías relativas a la historia de Cataluña ciertos versos, en gran parte leoninos, sobre los desórdenes y homicidios perpetrados en el monasterio de Serrateix en 1251 (Villanueva, tomo VIII, págs. 274-276).
Sería inútil y prolijo enumerar los epitafios que en gran número se encuentran en el Viaje Literario del erudito dominico. Hay entre ellos algún ejemplo del ritmo trocaico cataléctico (metro del Pervigilium Veneris, del Dormi filia, del canto de ultreya), por ejemplo, esta inscripción de Gerona (tomo XIV, pág. 151):
Abbas mirae
bonitatis—hic Bernardus Aquilus
Tumulatus qui
beatis—dotatur virtutibus.
Suffragamen
paupertatis,—castus, rectus, et pius:
Dat candelam
feriatis—vesperis et noctibus...
En trocaicos leoninos está compuesto también el largo y curioso epitafio que en San Cugat del Vallés se puso al obispo de Gerona, Odón, muerto en la expedición de Córdoba el año 1010:
In hac urna
jacet Otho—quondam Abbas inclitus,
Qui dum vixit corde
toto—fuit Deo deditus...
(
Marca Hispanica... pág. 422.)
[p. 66]. [1] . En mi Tratado de los romances viejos (cap. VI) hago un paqueño estudio de este canto, que fué publicado por Du Méril, Poésies populaires latines du Moyen Age... París, 1847 , págs. 284-314 . El códice de la Biblioteca Nacional de París, que sirvió para esta edición, fué escrito en Cataluña, casi de seguro en la abadía de Ripoll (lo cual no quiere decir que la canción fuese compuesta allí). Es de letra del siglo XIII, y contiene varios documentos en prosa, y algunas poesías, entre ellas un canto sobre la conquista de Jerusalem (Du Méril, págs. 255-260), que no creemos de origen español, sino francés o provenzal; un himno medio borrado y probablemente mutilado:
Vox clarescat, mens
purgetur;
Homo natus
emundetur;
Dulci voce
conformetur,
Pura
conscientia...
unas reglas para los horóscopos o adivinaciones; unas estrofas para el Domingo de Pascua, enlazadas con bastante habilidad:
Cedat frigus
hiemale,
Redit tempus
aestivale,
Juventus
laetatur.
Ecce tempus est
vernale,
Quo per lignum
triumphale,
Inter ligna nullum
tale,
Genus hominum
mortale
Morte
liberatur...
otro poemita, incompleto al principio, en octonarios leoninos:
Tu intrare me
non sinas—infernales officinas,
Ubi moeror, ubi
metus—ubi foetor, ubi fletus...
y finalmente el comienzo de una elegía en el mismo metro sobre la muerte de un conde (¿Ramón Berenguer IV?):
Mentem meam laedit
dolor...
Magnus, inquam,
comes, ille—qui destruxit seras mille,
Mahumeti caede
gentis—genu nobis jam flectentis...
[p. 68]. [1] . El poema de Almería, en su estado actual (España Sagrada, tomo XX, págs. 399-409) consta de 371 bárbaros hexámetros, sin contar los trece del prefacio. Hay muchos leoninos con rimas perfectas e imperfectas El autor del poema es el mismo de la Crónica en prosa escrita probablemente en Toledo: «Nunc autem ad majora conscendentes, versibus ad removendum variatione carminis taedium, qui Duces, vel Francorum, vel Hispanorum ad praedictam obsidionem venere, dicere hoc modo disposuimus.» El anónimo escribía en tiempo del Emperador, a cuya protección se encomienda, solicitando sus dones:
Dextra laborantis
sperat pia dona tonantis,
Et bellatoris donum
petit omnibus horis.
La parte existente de este poema contiene, además de la enumeración de las huestes y los caudillos, las primeras operaciones de la guerra, entre ellas la toma de Andújar, pero dista mucho de llegar al sitio y rendición de Almería.
No fué ésta seguramente la única poesía histórica compuesta en los reinos de León y Castilla (sin contar con la canción del Cid, que creemos de autor castellano, aunque copiada en un manuscrito catalán). El obispo Don Pelayo de Oviedo nos habla de los himnos y loores (probablemente endechas que fueron cantadas en los funerales de Alfonso VI: «Tunc comites et milites nobiles et ignobiles, sive et cives, decalvatis capitibus, scissis vestibus, rupta facie mulierum, aspero cinere, cum magno gemitu et dolore cordis dabant voces usque ad coelos. Post XX autem dies deduxerunt eum in territorium Ceiae, et omnes Episcopi, atque Archiepiscopi, tam Ecclesiasticus ordo, quam saecularis sepelierunt praedictum Regem in Ecclesia Sanctorum Facundi et Primitivi cum laudibus et hymnis» (España Sagrada, tomo XIV, pág. 475).
El Arzobispo D. Rodrigo intercala en el capítulo que dedica a la conquista de Toledo trece versos, probablemente suyos. Los once primeros que recopilan las hazañas de Alfonso VI y las poblaciones conquistadas por él, forman con las primeras letras este acróstico: Optida capta. (De Rebus Hispaniae lib. VI, cap. XXIII, pág. 136 del tercer tomo de los Padres Toledanos). No creemos fundada la sospecha de que sean fragmento de una obra más extensa, ni de que hayan formado parte de un canto de triunfo, a pesar del ultimo verso:
Aldefonse, tui resonent super astra triumphi.
[p. 69]. [1] . Esta obra, una de las más extensas y curiosas de nuestra literatura latino-eclesiástica de los siglos medios, espera todavía editor, y apenas se la conoce más que por los extractos que hicieron Pérez Bayer (notas a la Bibliotheca Vetus de N. Antonio, tomo II, págs. 121-122) y Amador de los Rios (Historia Crítica, tomo II, págs. 244-249), del códice escurialense en que se conserva. Consta de dos libros en prosa, que forman un diálogo alegórico en que intervienen, con otros personajes, todos abstractos, el Mundo, la Naturaleza y la Razón, y se tratan varias cuestiones teológicas y filosóficas, todo conforme a la pauta del libro de Boecio, pero haciendo gala de mucha erudición. Van intercaladas diez y nueve composiciones poéticas, algunas bastante extensas como las que describen las artes liberales (84 versos para el trivium, 98 para el quadrivium). Estos versos están llenos de rimas en el medio y fin de los versos, con un pueril y enfadoso artificio que debió de costar al autor muchos sudores:
O juvenis, captusque
catenis carnis obessae
Te laesae, Cor
habes? Tabes scis quod morieris
Et superis
cariturus eris, si verba puellae
Bellae corde tuo
fatuo sectaveris? Illa
Stilla manu,
quamvis pravis blanditur ocellis
Cum mellis calice,
inversa vice dando venenum,
Sirenum modulis
rapiens, capiens cor... &.
Pedro Compostelano escribía a mediados del siglo XII. A la misma centuria pertenece la Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso, libro capital en los orígenes de la novelística europea. En la fábula 33, última de la Disciplina, hay un epitafio en dísticos elegíacos, bastante mejores que los que solían componerse en aquel tiempo.
[p. 69]. [2] . El nombre del poeta consta en el primer verso de la sátira contra las mujeres, a no ser que le consideremos como un mero juego de palabras:
Arbore sub quadam
dictavit clericus Adam
Quomodo peccavit
primus Adam in arbore quadam.
La mayor parte de los versos de la primera sáitra empiezan con la palabra Nummus y los de la segunda con la palabra Foemina. Hállanse en un códice
de la Catedral de Toledo juntamente con otros versos jocosos y de escarnio, y un fragmento báquico:
In taberna vivo solus,
ubi non est fraus neque dolus...
Bibit ille, bibit
illa, bibit servus et ancilla...
(Vid. Amador de los Ríos, Historia Crítica, tomo II, págs.353-357) . No es seguro que todos estos versillos, que tantos similares tienen en los carmina potatoria y en las sátiras goliárdicas de la Edad Media, sean de origen español, pero algunos lo son sin duda, por ejemplo este:
Sorbendo brodia, gaudet Aragonia tota.
[p. 70]. [1] . Páginas 328-359 .
La mayor parte de estas piezas poéticas son inscripciones. Hay también algunos himnos, por ejemplo, el de la Anunciación de Nuestra Señora, procedente de un códice del monasterio de Santa Clara de Allariz (Galicia), con notación musical. Los versos didácticos ad Pueros, tomados de un códice de San Millán de la Cogolla, parecen de origen transpirenaico:
Fistula, pange melos
puero meditante camena:
—Regia
Pipino, fistula, pange melos.
Esta coleccioncita podría ampliarse bastante, aun sin contar con la riqueza epigráfica dispersa en la España Sagrada, y en varias historias de ciudades y monasterios. El códice de la colección de cánones que vió el P. Villanueva en el Archivo de la Catedral de Urgel, escrito a fines del siglo XI o principios del siguiente, contiene algunos versos que nada tienen que ver con los de Vigila (Viaje Lit., tomo XI, págs. 249-252).
El docto e incansable P. Fita ha publicado en el Boletín de la Academia de la Historia varias composiciones latinas de los tiempos medios, entre las cuales ofrece especial interés la descripción poética del monasterio y hospedería de Roncesvalles, obra de un ingenio anónimo del siglo XIII. Es un mester de clerecía, en tetrástrofos monorrimos dispuestos exactamente igual que los de Berceo:
Domus venerabilis,
domus gloriosa,
Domus admirabilis,
domus fructuosa,
Pireneis montibus
floret sicut rosa,
Universis gentibus
valde gratiosa.
Eius
beneficia cupio narrare,
Quam sincere teneor
et semper amare,
Eam multipliciter
potero laudare,
Video materiam,
undique manare.....
Domus
ista dicitur Roscidae vallis,
Domus necessaria,
domus hospitalis,
Bonis vacans
omnibus, terga praebens malis,
Suis hanc
omnipotens semper tegit alis.
(Boletín de la Academia de la Historia, tomo IV, 1884, pág. 172 y siguientes).
[p. 71]. [1] . Acaso esta pobreza sea más aparente que real, y nazca de insuficiente investigación. Mucho convendría que nuestros eruditos, siguiendo el loable ejemplo de Amador de los Rios y del P. Fita, publicasen cuantos versos latinos les saliesen al paso en sus indagaciones de cualquier género, para que con el tiempo pueda formarse el cuerpo de los Carmina hispanica medii aevi, que hoy echamos de menos.
[p. 73]. [1] . Trabajos recientes, entre los que no deben omitirse los del docto arabista español D. Miguel Asin, han puesto fuera de duda que el influjo de Averroes en Santo Tomás y en los restantes maestros de la segunda Escolástica fué más profundo de lo que se había supuesto, y que este averroísmo nada tiene que ver con el de la escuela de Padua.
[p. 74]. [1] . Antes había sido traducida al portugués, en tiempo del Rey D. Dionís (1279-1325) por el clérigo Gil Pérez, con el concurso del maestro Muhamad y otros moros. En esa versión, hoy perdida (lo mismo que el original arábigo) se funda la castellana. Vid. Gayangos, Memoria sobre la autenticidad de la Crónica denominada del moro Rasis (en el tomo VIII de las Memorias de la Academia de la Historia, 1850); Saavedra (D. Eduardo), Estudio sobre la invasión de los árabes en España (Madrid, 1892, págs. 9, 145 y siguientes); Menéndez Pidal (D. Ramón), Catálogo de las Crónicas generales de España (Madrid, 1892, págs. 26-49).
[p. 74]. [2] . Los relatos de origen oriental que en bastante número contiene la importante, y hasta ahora no muy explorada, compilación del Rey Sabio que lleva el título de Grande et General Estoria, pertenecen más bien al dominio de la fábula novelesca que al de la narración historial. Una vez por lo menos se indica con precisión la fuente árabe: «Mas fallamos que un rey sabio que fue sennor de Niebla et de Saltes, que son unas villas en el reyno de Seuilla a parte de Occidente cerca la grand mar, escontra una tierra a que llaman el Algarbe, que quiere dezir tanto como la primera parte de Occidente o de la tierra de Espanna, et fizo un libro en aravigo et dizenle la Estoria de Egipto; et un su sobrino pusol otro nombre en arabigo: Quiteb Almazahelic Vhalmelic, que quiere dezir en el nuestro lenguaje de Castiella tanto como Libro de los Caminos et de los Regnos, porque fabla en él de todas las tierras et de los regnos, quantas iornadas ay, et quantas leguas en cada uno dellos, en luengo et en ancho...» De allí tomó la Grande Estoria el relato novelesco de Jusep y donna Zulayme, transformación de la historia del patriarca José; (publicados estos capítulos por D. Ramón Menéndez Pidal en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid, 1902, páginas 73-87). El llamado rey de Niebla (más propiamente de Huelva) y de la isla de Saltes, fué el insigne geógrafo Abu-Obaid el Becrí (Vid. Dozy en la primera edición de sus Recherches, pág. 282 y siguientes. Este capítulo falta, como otros, en las ediciones posteriores). De la gran enciclopedia de el Becrí, que existe todavía, aunque incompleta, se derivan, al parecer, todas las tradiciones sobre Egipto que el libro castellano reproduce, como la de los palacios encantados de la sabia Doluca la vieja (¿la Nitocris de Herodoto?) que fabricó los sortilegios de sus cámaras en el instante propicio de la revolución de los astros, y puso en sus templos las imágenes de todos los pueblos vecinos a Egipto, con sus caballos y camellos (leyenda algo parecida a la de la cueva encantada de Toledo); la de la infanta Termut; acaso también las que Amador de los Ríos llama «sabrosas y sorprendentes» de la reina Munene y de Tacrisa. En otras partes de la Grande Estoria se cita a Abu Osbag el Cortobí, a Abo Alí ben Az-Zeiat, a Aben Abec y otros autores árabes.
[p. 75]. [1] . De la riqueza de esta literatura histórica puede formarse idea, consultando la obra de Wüstenfeld, Die Geschichtschreiber der Araber und ihre Werke (Gottinga, 1882), y el Ensayo biobibliográfico sobre los historiadores y geógrafos arábigo españoles, del malogrado D. Francisco Pons Boigues, premiado por la Biblioteca Nacional (Madrid, 1898).
[p. 75]. [2] . Para evitar inútiles repeticiones, puede verse el resumen que hago de esta materia en el tomo I, capítulo II de mis Orígenes de la novela (Madrid, 1905), que aumentados y corregidos han de figurar en la presente colección.
[p. 76]. [1] . Bien sabemos que la teoría de la influencia oriental en la novelística de la Edad Media ha perdido algún crédito después del libro original y profundo de José Bédier (Les Fabliaux, París, 1895, fascículo 98 de la Bibliothèque de l'École des Hautes-Études). Bédier extrema por reacción la tesis que defiende y llega a conclusiones tan excesivas como las del orientalismo sistemático. Pero en rigor lo que impugna no es la influencia literaria del cuento oriental, atestiguada por tantas traducciones e imitaciones, sino el supuesto origen indio de los cuentos populares; y en esto lleva razón, a mi ver.
[p. 77]. [1] . Entre las circunstancias que estimularon a Goethe para la composición del Diván oriental-occidental, cuentan sus biógrafos el atractivo que encontró en la bella caligrafía de un manuscrito del Corán, que le llevó de España un oficial amigo suyo en 1811. Pero ya desde 1773 conocía el libro sagrado de los musulmanes en la versión latina del P. Maracci, y en 1783 pensó en traducir los Moallacas sobre el texto inglés de William Jones. Goethe no poseía las lenguas orientates, pero había leído cuanto del Oriente podía saberse en su tiempo, especialmente libros de viajeros y compilaciones eruditas, la Biblioteca de Herbelot, las Minas de Hammer, etc. El extenso e importante comentario (Noten und Abhandlungen) que acompaña al Diván, nos da la clave de sus lecturas, y prueba de qué modo tan sólido se preparó en este como en todos los momentos de su vida poética. El libro que más influyó en él fué sin duda el Diván de Hafiz, traducido íntegramente por Hammer en 1811 y 1812, y a su imitación afectó componer el suyo. Pero aunque esté muy recargado de nombres exóticos y de pormenores de color local, el Diván de Goethe es en su fondo poesía muy moderna, y eco de una pasión senil y complicada, a la cual deben su extraño interés las mejores piezas del Libro de Amor y del Libro de Suleica.
Sin la profundidad del arte de Goethe, pero con rica y ardiente fantasía, con erudición directa en las lenguas y literaturas de la India, Persia y Arabia, y con extraordinaria habilidad técnica, que llega a remedar la forma métrica de las gacelas y la extraña composición de las macamas, descolló en el mismo género Federico Rückert, autor de Diamantes y perlas, de las Rosas de Oriente y de la Primavera del Amor. Con él rivalizó Platen en su poema épico Los Abbasidas, pero pronto le apartaron de este camino sus tendencias clásicas. A la escuela de Rückert pertenecen Daumer y Bodenstedt, y aun el mismo Enrique Heine pagó alguna vez tributo a esta moda en varias piezas del Romancero.
Sólo en Alemania llegó a constituir verdadera escuela este género de poesía, que requiere una cultura muy rara en artistas de otras naciones. Nada menos oriental, por ejemplo, que la mayor parte de las Orientales de Víctor Hugo, donde todo es falso, ideas, sentimientos y costumbres, excepto en las piezas inspiradas por la lucha heroica de Grecia contra los turcos. En Inglaterra ha sido admirable imitador de la poesía persa Eduardo FitzGerald.
Entre nosotros (aparte de las poesías que Conde intercaló en su Historia) puede tenerse por introductor del género al Conde de Noroña, que para preparar concienzudamente su largo poema la Ommiada (1816) en el gusto de los de Ricardo Southey, comenzó por traducir en versos fáciles y agradables varias poesías árabes, persas y turcas, que se publicaron en 1833 después de su muerte. Las Poesías asiáticas de Noroña no están vertidas de las lenguas originales, sino del libro latino de William Jones Poeseos Asiaticae Commentarii (1774), de los Specimens of Arabian Poetry, de Carlyle (1796) y quizá de alguna otra fuente inglesa (Vid. Fitzmaurice Kelly, en el tomo XVIII de la Revue Hispanique, París, 1898, págs. 439-467). Entre las poesías árabes traducidas por Noroña, no hay ninguna de autor español. Predominan en este pequeño Diván, lo mismo que en los alemanes, las poesías persas. De Hafiz inserta treinta y seis gacelas, que son lo mejor del tomo.
Las Orientales del P. Arolas, de ejecución brillante pero monótona, empalagan por su molicie, y dejan la impresión de una poesía de harem turco, enervada y enervante.
Zorrilla en sus primeras orientales combinó la imitación de Víctor Hugo con la de nuestros romances moriscos (otras orientates del siglo XVII no menos falsas); pero luego cambió de rumbo, procuró acercarse a las fuentes de la poesía arábiga, y aunque nunca pasó de los rudimentos de la lengua, tuvo magníficas adivinaciones en la Leyenda de Alhamar y en otras partes de su inconcluso poema de Granada.
[p. 78]. [1] . Vid. Caussin de Perceval, Essai sur l'histoire des Arabes avant l'islamisme, pendant l'epoque de Mahomet et jusqu' à la reduction de toutes les tribus sous la loi musulmane (París, 1848, tomo II, págs. 143 y siguientes, 345, 509 y siguientes) y la introducción de Kosegarten al Liber magnus Cantilenarum de Alí de Ispahan, (Gripesvoldiae, 1840).
[p. 79]. [1] . Como el seudo-orientalismo es, según frase feliz de Fernando Wolf, «el espectro de la literatura española», y no hay conjuros bastante enérgicos para ahuyentarle, creo oportuno transcribir las frases contundentes, aunque quizá extremosas, con que en 1849 negaba Dozy el supuesto influjo de la poesía árabe en la nuestra:
«A priori, tal influencia es muy poco verísimil. La poesía arábigo-hispana, clásica en el sentido de ser imitación de los antiguos modelos, estaba llena de imágenes tomadas de la vida del desierto, ininteligibles para la masa del pueblo, y con mayor razón para los extranjeros. La lengua poética era una lengua muerta, que los árabes no comprendían ni escribían sino después de haber estudiado mucho tiempo y seriamente los antiguos poemas, tales como los Moallacas, la Hamasa y el Diván de los seis poetas, los comentarios de estas obras y los antiguos lexicógrafos. A veces los poetas mismos se engañaban en el empleo de ciertas dicciones y frases arcaicas Hija de los palacios, esta poesía no se dirigía al pueblo, sino tan solo a los hombres instruídos, a los grandes y a los príncipes... Hoy mismo se encuentran bastantes orientalistas que entienden perfectamente la lengua árabe ordinaria, la de los historiadores, pero que se engañan a cada momento cuando se trata de interpretar un poema. Es un estudio aparte el de la lengua de los poetas. Para leerla con facilidad, se necesita haberla estudiado años enteros. En todos los pueblos el lenguaje poético difiere del de la prosa, pero en ninguna literatura está la diferencia tan marcada como entre los árabes.
A posteriori, nada justifica la opinión que combato. La poesía española es popular y narrativa, la poesía árabe artística, aristocrática y lírica. Las piezas narrativas compuestas por los árabes españolas son muy pocas: no recuerdo más que dos, y en nada se parecen a los romances... Una influencia directa de la poesía árabe, sobre la poesía provenzal, sobre la poesía de las lenguas romances en general, tampoco está probada ni se probará nunca. Consideramos esta cuestión como enteramente ociosa: quisiéramos que no fuese discutida, aunque estamos convencidos de que lo será por mucho tiempo.»
( Recherches sur l'histoire politique et littéraire de l'Espagne pendant le Moyen Age . Leyde, 1849, págs. 609 a 611). Este pasaje, como otros muchos, falta en las ediciones segunda (1859) y tercera (1881) de las Recherches, donde la obra apareció completamente refundida. Pero la supresión no indica cambio de parecer en Dozy, pues con unas u otras palabras sostuvo siempre lo mismo. Jamás negó la existencia de una poesía popular entre los árabes, pero esa poesía era lírica, no épica, y en opinión del orientalista holandés, ninguna influencia tuvo en las literaturas occidentales. Tampoco negó nunca la existencia de composiciones narrativas, y él mismo dió a conocer, andando el tiempo, algunas más que las dos que citaba al principio; pero esos poemas eran eruditos, no populares, y su forma nada tenía que ver con la de las gestas y los romances. Entendidas de este modo las palabras de Dozy, carece de fundamento la réplica de Gayangos en sus notas al Ticknor (I, 514-516) y lo que simultáneamente escribió D. Pedro J. Pidal en su introducción al Cancionero de Baena (pág. LVI a LIX).
En la tercera y definitiva edición de las Recherches (II, 199) hace notar Dozy que aun la poesía árabe calificada de popular, se distingue de la poesía clásica por la forma más bien que por el contenido, salvo cuando trata asuntos burlescos.
[p. 80]. [1] . Vid. Garcin de Tassy, Rhétorique et Prosodie des Langues de l' orient Musulman (París, 1873).
Este trabajo es en parte traducción de cierto libro persa de Retórica conforme al sistema de los árabes, que lleva por título Jardines de la elocuencia, y ha alcanzado gran celebridad en Oriente. Garcin de Tassy amplía sus enseñanzas de modo que puedan ser aplicables a todas las principales lenguas del Oriente musulmán, es a saber: al árabe, al persa, al turco y al industaní.
Los procedimientos de la aliteración idéntica, suficiente, compuesta, repetida, alargada, aproximada, invertida, contigua o por alusión, y las figuras que se fundan en repeticiones y supresiones de letras, los versos de doble y triple rima, los que se pueden leer de muchos modos, los acrósticos, enigmas y logogrifos, ya se obtengan por procedimientos facilitantes, ya productivos, perfectos o acresorios, así como las diversas recetas para la prosa rimada y cadenciosa, ocupan largo espacio en esta obra.
[p. 81]. [1] . Historia de la dominación de los árabes en España, sacada de varios manuscritos y memorias arábigas, por el Dr. D. José Antonio Conde... Madrid, 1820-1821, tres tomos.
Conde hizo algunas de sus traducciones en versos de romance, porque profesaba la absurda teoría del origen arábigo de nuestro octonario popular. Aparte de esto, y del descrédito en que ha caído la parte histórica de su libro, las composiciones traducidas por él no carecen de valor poético, ni deben de ser muy infieles, puesto que en el sentido general concuerdan con otras de arabistas posteriores. En la biblioteca fundada por Ticknor en Boston se conserva un manuscrito de Poesías orientales, traducidas por Conde, con un prólogo en que pretendió demostrar que «en la versificación de los romances y seguidillas castellanas hemos recibido de los árabes el tipo exacto de las suyas». Como curiosidad literaria debiera publicarse esta coleccioncita, que Conde regaló a Ticknor en 1818. (Vid. Historia de la literatura española, tomo I de la traducción castellana, pág. 115; y Catalogue of the Ticknor Collection, Boston, 1879, pág. 102).
En realidad no fué Conde el primer traductor de poesías arábigo-españolas. Le había precedido cierto intérprete de fines del ciglo XVI llamado Marco Obelio Citeroni, de quien se conserva en la Biblioteca Nacional (S-79) y en la Colombina de Sevilla un curioso manuscrito que lleva por título: «Suma que trata del tiempo cuando los mahometanos ganaron a África, y cómo después pasaron a España, y de las guerras que en la dicha provincia tuvieron con los cristianos, y de otros sucesos en varias partes del mundo, muy útiles y curiosos, sacada de la Suma Universal de las Corónicas de Amadeddín Abu Mahamed Almayad Ismael, rey de Amano, coronista docto y célebre, por Marco de Obelio Citeroni, y suelta de arábigo en romance por el mismo, con la anotación a la margen del mismo intérprete». (Es un compendio o extracto de la Crónica de Abulfeda).
Citeroni traduce en versos bastante flojos varias poesías árabes, entre ellas alguna de las famosas elegías del rey de Sevilla Almotamid. (Vid. un artículo de D. Adolfo de Castro en La ciencia cristiana, revista del señor Orti y Lara, Madrid, 1881, tomo XX, págs. 533-535).
[p. 82]. [1] . The History of the Mohammedan Dynasties in Spain... by Ahmed ibn Mohammed Al-Makkarí... translated by Pascual de Gayangos... Londres, 1840. 2 tomos.
Gayangos suprimió por completo la crestomatía poética que llena el libro 7.º de Almacari, conservando sólo la importantísima carta o risala de Aben Hazam, adicionada por Aben Said, que es el mejor resumen de la cultura de los árabes andaluces. Omite también muchos de los versos contenidos en los demás libros, sobre todo cuando no contienen ningún detalle histórico, pero conserva otros, y los traduce en prosa inglesa.
[p. 82]. [2] . Tanto en las tres ediciones de las Recherches (especialmente en el artículo relativo a los reyes de Almería) como en su deliciosa Histoire des Musulmans en Espagne (Leyde, 1861) intercala Dozy muchas poesías árabes, traducidas con la viveza y gracia que caracterizan su estilo.
[p. 82]. [3] . Una historia crítica de la poesía arábiga española, una antología con textos y traducciones, serían empresa muy dignas de tentar la ambición de cualquier orientalista. Pero no se ha de culpar a los nuestros, porque siendo más dados generalmente a los estudios graves que a los amenos, hayan acudido primero a lo que más urgía, esto es, a la reconstrucción de nuestra historia política, con ayuda de los textos árabes. Aun sin salir de la Biblioteca Escurialense, varias antologías compuestas exclusivamente de poetas españoles, varios Divanes o colecciones particulares de ingenios nacidos en nuestra península, aguardan todavía quien los traduzca y comente. (Vid. Les Manuscrits Arabes de l'Escurial décrits par Hartwig Derenbourg, tomo I, París, 1884).
Sólo cuando este caudal literario llegue a conocimiento de los profanos sabremos a que atenernos sobre el positivo valor de la poesía árabe, en cuya estimación no suelen estar conformes los orientalistas, ni siquiera consigo mismos. Dozy, por ejemplo, en el prefacio de los Scriptorum Arabum loci de Abbadidis (1846, tomo I, pág. 8) encarece la excelencia y el encanto de la poesía hispano-árabe leída en sus originales: «in universum ita praestantem esse Arabum Hispanorum poësim ut arabice lecta... summopere placeat». Pero en la Historia de los musulmanes publicada después, el entusiasmo es mucho menor. «Exclusivamente lírica y descriptiva, esta poesía no ha expresado nunca otra cosa que el aspecto poético de la realidad. Los poetas árabes describen lo que ven y lo que sienten, pero no inventan nada. Desconocen enteramente la aspiración a lo infinito, a lo ideal, desde los tiempos más remotos; lo que les importa más es la elegancia de la expresión, la técnica de la poesía. La invención es tan rara en su literatura, que cuando se encuentra un poema o un cuento fantástico, se puede casi siempre afirmar de antemano que tal producción no es de origen árabe, que es una traducción». (Tomo I, págs. 13 y 14).
[p. 84]. [1] . Tres tomos publicados desde 1867 a 1872. Hay dos o tres reimpresiones posteriores.
Entre los pocos trabajos españoles sobre la materia, es muy digna de leerse la tesis doctoral de nuestro difunto amigo D. Leopoldo de Eguilaz y Yanguas, acerca de la Poesía histórica, lírica y descriptiva de los árabes andaluces (Madrid, 1864).
[p. 84]. [2] . Están traducidas por D. Emilio Lafuente Alcántara en su importante libro Inscripciones árabes de Granada, precedidas de una reseña histórica (Madrid, 1859).
[p. 84]. [3] . Narra Aben Hazam en este precioso relato (que ha sido muy linda y poéticamente traducido por Dozy en el tomo III de su Histoire des Musulmans d'Espagne, págs. 344 y siguientes, y al castellano por Valera en su versión de Schack, tomo I, pág. 108) sus platónicos amores con una dama cordobesa, a quien sirvió más de treinta años sin ser correspondido, ni siquiera cuando la edad comenzaba a hacer estragos en la hermosura de ella antes que en la firme e intensa pasión del poeta. Parece una pequeña Vita Nuova escrita siglo y medio antes de Dante.
Encontró Dozy esta narración en un libro de Aben Hazam (manuscrito de la Biblioteca de la Universidad de Leyden), que debe de ser curiosísimo a juzgar por el índice de sus capítulos. Se denomina Collar de la paloma acerca del amor y de los enamorados, y trata sucesivamente de la esencia del amor, de los signos o indicios del amor, de los que se enamoraron por imagen aparecida en el sueño, de los que se enamoraron por mera descripción de una mujer, de los que amaron por una sola mirada, de aquellos cuyo amor no nació sino con el largo trato; pasando luego a discurrir sobre los celos y demás cuestiones de psicología erótica, para terminar con la reprobación del libertinaje y el elogio de la templanza. Es, en suma una Psicología del amor, tal como podía escribirse en el siglo XI. Sería interesante compararla con la de Stendhal.
[p. 85]. [1] . Dozy (Histoire des musulmans, tomo III, pág. 350) hace esta confesión, que en su boca no tiene precio: «No hay que olvidar que este poeta, el más casto, y estoy por decir el más cristiano entre los poetas musulmanes, no era árabe de pura sangre. Biznieto de un español cristiano, no había perdido por completo la manera de pensar y de sentir, propia de la raza de que procedía. Estos españoles islamizados solían renegar de su origen, y acostumbraban perseguir con sarcasmos a sus antiguos correligionarios, pero en el fondo de su corazón quedaba siempre algo puro, delicado, espiritual, que no era árabe».
[p. 85]. [2] . El autor que más extensamente trata de estos géneros, considerándolos como exclusivamente españoles, es Aben Jaldún en la tercera parte de sus Prolegómenos. Extractaremos algo de la traducción de Slane.
«Los habitantes de España habían compuesto ya muchos versos, acababan de regularizar los procedimientos de la poesía, de fijar el carácter de sus diversos géneros y de llevar a su más alto punto el arte de embellecerla, cuando sus poetas, en época bastante moderna, descubrieron una nueva rama, a la cual dieron el nombre de mowascheh (a). [ a. Así transcribe Slane . ] En los poemas de esta especie se celebran los encantos de la mujer amada, y las virtudes de los grandes personajes, lo mismo que se hace en las casidas. Estas composiciones, en que la gracia y la ligereza llegan a su colmo, encantaron a todo el mundo, y como eran de una forma suelta y fácil, grandes y pequeños se dieron a imitarlas».
Expone Aben Jaldún la métrica especial de estos poemas, compuestos de varias estancias, por lo general siete. La estancia, en su forma más frecuente contiene cinco versos. Los cuatro primeros riman juntos y el quinto rima con todos los quintos versos de las estancias siguientes. Se encuentran, sin embargo, muchos ejemplos de estancias compuestas de cuatro, cinco o más versos, de rimas cruzadas.
El primero que en España imaginó esta clase de composiciones, fué Mocadden ben Moafer en-Neirizi, uno de los poetas favoritos del emir Abdalá, (séptimo de los soberanos Omeyas de España, que comenzó a reinar en el año 275 de la Hégira, 888 de Cristo).
Cita a continuación Aben Jaldún gran número de poetas que descollaron en este género, entre ellos el cordobés Aben Baki, el ciego de Tudela, el filósofo Avempace que no desdeñaba los placeres mundanos ni la poesía ligera, Aben Zohr, el murciano Aben Hazmun, el famoso historiador y polígrafo granadino Aben Aljatib.
Los españoles emplearon en estas odas su dialecto ordinario, el que se habla en las ciudades, y no se sujetaron a la observación de las reglas de la sintaxis desinencial. Cultivaron también una nueva rama de poesía a la cual dieron el nombre de cejel. En este género de poesía han producido piezas admirables, y la expresión de las ideas es tan perfecta como su lenguaje corrompido lo permite. El primero que se distinguió por este camino fué Abubequer Aben Gozman. Es cierto que antes de él se habían recitado cejeles en España, pero la dulzura del estilo, la manera elegante de enunciar los pensamientos y la belleza de que esta combinación de versos era capaz, sólo se apreciaron en tiempo de este poeta, que vivía en tiempo de los Almoravides... Después de él apareció un grupo de poetas, cuyo jefe, que se llamaba Medgalis, tuvo admirables inspiraciones». Cita otros varios, entre ellos Abdeladhim, de Guadix, contemporáneo de Aben Aljatib, y da testimonio de que en su tiempo (mediados del siglo XIV) el cejel era el género de poesía más cultivado entre los andaluces. «A todo lo que componen en verso dan la forma de una canción, y en estas piezas emplean los quince metros conocidos, pero el lenguaje de que se sirven, es su dialecto vulgar.»
De todos estos poetas cita numerosos fragmentos, que a juzgar por las transcripciones que de algunos de ellos hace Slane en letras vulgares, tienen cierta aparente analogía con nuestros metros cortos, especialmente con las coplas de pie quebrado.
(Les Prolégomènes d'Ibn Khaldoun traduits en français et commentés par M. de Slane, París, 1868, págs. 422-445).
Sin llegar a los extremos de Schack (tomo II, págs. 222-232) que pretende emparentar con las muvaschajas las serranillas del Arcipreste de Hita, del Marqués de Santillana, etc., cuya filiación provenzal, francesa y gallega es tan notoria, puede admitirse contacto entre ambas poesías en algunas canciones fronterizas del último tiempo, v. g., la que comienza: «¡Sí! ganada es Antequera» y las que tienen los números 17, 18 y 85 en el Cancionero musical de Barbieri:
Tres moricas
m'enamoran
En
Jaén,
Axa y Fátima y
Marién...
¿Quién vos había de
llevar?
¡Oxalá!
Ay Fatimá,
Fatimá...
(Vid. mi Tratado de los romances viejos, tomo II, 184-186, 498-500).
Por tan sabido se calla que en cuatro o cinco romances del ciclo granadino hay un reflejo de inspiración oriental. Tales son el de Abenamar, el de Yo me era mora Moraima, el de Jugando estaba a las tablas, que reproduce una anécdota de la vida del rey sevillano Almotamid, el de la pérdida de Alhama, y alguno más, sobre los cuales me remito a mi libro ya indicado.
Argote de Molina, en el Discurso de la poesía castellana, que acompaña a su edición de El Conde Lucanor (Sevilla, 1575) da un importante testimonio de la existencia de cierta poesía histórico-elegíaca entre los árabes granadinos del último tiempo: «Y desta quantidad son algunos cantares lastimeros que oymos cantar a los Moriscos del reyno de Granada sobre la pérdida de su tierra, a manera de endechas, como son:
Alhambra hanina qualcoçor taphqui...
«Es canción lastimosa que Muley Vuabdeli último rey moro de Granada haze sobre la pérdida de la real casa del Alhambra... la qual en castellano dize assi:
Alhambra amorosa,
lloran tus castillos,
O Muley Vuabdeli,
que se ven perdidos,
Dad me mi cauallo y mi
blanda adarga
Para pelear y ganar
la Alhambra,
Dad me mi cauallo y
mi adarga azul
Para pelear y
librar mis hijos.
Guadix tiene mis
hijos, Gibraltar mi muger,
En Guadix mis hijos
y yo en Gibraltar,
Señora Malfata,
heziste me errar.»
De la poesía de los moriscos no hablamos aquí, por no traspasar los límites cronológicos de esta introducción.
[p. 89]. [1] . Vid. estos cuentos, en la edición de H. Knust publicada por Birch-Hirschfeld (Leipzig, 1900), págs. 138, 176 y 213. Uno, por lo menos, de los caprichos de Romaiquía (el del día del lodo) consta en fuente arábiga citada por Dozy (Histoire, tomo III, pág. 143) con referencia a sus Scriptorum arabum loci de Abbadidis, tomo II, págs. 152-153 . Es un fragmento del Moshib de Al-Hixari, conservado en una obra de At-Tigani.
[p. 89]. [2] . Ed. de 1851, pág. 620. Las cantigas, de Garci Ferrandes de Jerena tienen los números 555 a 566. La 564 lleva esta rúbrica: «Este desyr fiso e hordenó el dicho Garçi Ferrandes de Jerena, estando en su hermita, en loores de las yirtudes e poderyos de Dios, mas poniendo en obra ssu feo e desventurado pensamiento, tomó su muger, dysiendo que iva en rromeria a Jerusalem, e metiose en una nao, e llegado a Malaga, quedó se ende con su muger». La 565 lleva esta rúbrica: «Esta cantiga fiso e ordenó el dicho Garçi Ferrandes de Jerena con grand quebranto e con amargura de su coraçon, por quanto despues que partió de Malaga se fue a Granada con su muger e con sus fijos e se tornó moro e rrenegó la fe de Jesu Christo e dix mucho mal d'ella, e estando en Granada, enamorose de una hermana de su muger e seguiola tanto que la ovo e usó con ella».
Schack califica, no sé porqué, de muvaxajas las composiciones de Garci Ferrandes de Jerena, en cuya métrica nada descubro que le singularice entre los demás poetas del Cancionero de Baena. También Alonso Álvarez de Villasandino, el más fecundo de todos ellos, anduvo enamorado de una mora. La cantiga que la compuso recuerda más el artificio métrico descrito por Aben Jaldún, puesto que hay estribillo, y la composición consta de cinco estrofas, y cada estrofa de siete versos, repitiéndose en todas los dos últimos consonantes:
Quien de lynda
se enamora,
Atender deve perdon
En casso que sea mora.
El
amor e la ventura
Me fisieron yr
mirar
Muy graciosa
criatura
De lynaje de Aguar;
Quien fablare
verdat pura,
Bien puede desir
que non
Tiene talle de
pastora.
Lynda
rossa muy suave
Vy plantada en un
vergel,
Puesta so ssecreta
llave,
De la lynia de
Ismael:
Maguer sea cosa
grave,
Con todo mi coraçon
La rrescibo por
señora.
Mahomad
el atrevido
Ordenó que fuese
tal,
De asseo noble,
conplido,
Alvos pechos de
crystal:
De alabastro muy
broñido
Devie sser con
grant rrazon
Lo que cubre su
alcandora.
Dio
le tanta ffermosura
Que lo non puedo
dezir;
Quantos miran su
figura
Todos la aman
servir.
Con lyndeza e
apostura
Vençe a todas
quantas son
De la alcuña donde
mora.
Non sé onbre tan guardado
Que viese su
resplandor,
Que non ffuese
conquistado
En un punto de su
amor.
Por aver tal
gasajado,
Yo pornia en
condiçion
La mi alma
pecadora.
(C. de B. pág. 33).
[p. 91]. [1] . Vid. el importante libro de D. Francisco Fernández y González, Estado social y político de los Mudejares de Castilla, premiado por la Academia de la Historia en 1865 e impreso al año siguiente. De la cultura de los mudejares trata especialmente en los capítulos X de la primera parte y VI de la segunda.
[p. 91]. [2] . Vid. Cancionero de Baena, núm. 522 (pág. 565). «Respuesta quinta que fiso é ordenó un moro que desian maestro Mahomat el Xartosse de Guadarfaxara e físico que fue del Almirante don Diego Furtado de Mendoça, la cual rrespuesta es muy ssotil e bien letradamente fundada, non enbargante que non van guardados los consonantes, nin esso mesmo non va guardada el arte del trobar». Son veinte octavas de arte mayor con una finida.
[p. 92]. [1] . Vid. Paz y Melia (D. Antonio) La Biblia de la casa de Alba, en el tomo II del Homenaje a M. y P. en el año vigésimo de su profesorado, tomo II (Madrid, 1899).
[p. 92]. [2] . Las cuentas de la casa del Rey Don Sancho, códice de la Biblioteca toledana, del cual hay copia en la colección del P. Burriel (B. N. Dd. 109) mencionan una juglaresa mujer de Zate, y dos tañedores de instrumentos, Mahomat el del añafil y Rexis el del ajabeba, además de otros moros cuyos oficios no se expresan.
[p. 93]. [1] . Aben Cuzmán murió en el año 555 de la Hegira, 1159 de nuestra era. El Diván o colección de sus poesías se conserva en la Biblioteca del Museo Asiático de San Petersburgo, y de él se han sacado varias copias en estos últimos años. Según Dozy, las canciones de Aben Cuzmán son un tesoro para el conocimiento del dialecto arábigo español. Simonet, que las utilizó para su Glosario de voces ibéricas y latinas usadas entre los mozárabes, dice en su introducción (pág. 155) que este Diván constituye el monumento más rico y acabado que se conoce de la poesía popular y del lenguaje vulgar de los moros españoles. «Como escritos en lengua vulgar y corriente, estos cantares abundan en palabras y aun frases españolas, en su mayoría de origen latino».
Tenemos entendido que uno de nuestros más aventajados arabistas, don Julián Ribera, va a tomar por tema de su discurso de ingreso en la Academia Española, el estudio de los géneros populares de la poesía hispano-árabe, valiéndose para ello, entre otras fuentes, del Diván de Aben Cuzmán .
[p. 94]. [1] . Tenemos ya un excelente cuadro de conjunto de la actividad de nuestros pensadores judíos hasta el siglo XIII, en el tomo segundo de la eruditísima Historia de la Filosofía Española, que publica el Dr. D. Adolfo Bonilla y San Martín (Madrid, 1911). En las notas está registrada cuidadosamente toda la bibliografía anterior.
[p. 95]. [1] . La forma de las Macamas es la de una prosa poética mezclada de versos. Prototipo del género es la obra árabe de Hariri, nacido en Basora en el año 1055 de la era cristiana. Las cincuenta Macamas de Hariri tienen interés novelesco por las extrañas transformaciones del protagonista Abu Zeid, que es un personaje de novela picaresca. Pero la celebridad de este libro entre los orientales se funda principalmente en ser una vasta recopilación de todos los términos de la lengua árabe, de sus más raros modismos, de todos los primores y figuras de dicción, de proverbios, de enigmas, de juegos de palabras, de rimas, de aliteraciones; un monumento de paciencia filológica y de mal gusto, muy propio de una raza en quien llega a la superstición el culto de la gramática y del arte de hablar con finura y elegancia. Uno de los comentadores más afamados de Hariri fué Abul AbasJarischi, o el jerezano, que murió el año 619 de la Hégira, 1222 de la era vulgar. Entre los que imitaron la traza y disposición del libro se cuentan algunos españoles como Aben el Asterconi, autor de las cincuenta Saracostíes o novelas zaragozanas.
La novela de Aben Sabquel, escrita en el primer tercio del siglo XII, tiene, a juzgar por los análisis que hemos visto de ella, un argumento bastante divertido. El protagonista Aser, engañado por una falsa cita de amor, llega a penetrar en un harem, donde es víctima de mil burlas, hasta que se encuentra con una muñeca, en vez de la hermosa dama a quien perseguía. Los diálogos de Alharizi (fin del siglo XII o principios del XIII) parecen menos frívolos. No sólo contienen aventuras novelescas sino largas discusiones literarias en que Alharizi hace la crítica de todos los poetas hebreos anteriores a su tiempo.
[p. 95]. [2] . Steinschneider fué el primero que llamó la atención en 1851 sobre este texto hebreo, que luego ha sido traducido al alemán por Meisel. De la comparación hecha por el docto hebraizante Salomón de Benedetti, entre El hijo del rey y el Barlaam, resulta que el primero sigue paso a paso al segundo en los 21 primeros capítulos de los 35 que contiene, separándose luego de él para sustituir la conversión del padre de Josafat y de sus vasallos con una serie de instrucciones religiosas y políticas dadas por el Nasir. Es decir, que omite toda la parte cristiana que hay en el texto griego atribuído a San Juan Damasceno, pero la parte primera de la leyenda está conforme con este texto (que el autor conocía por medio de una traducción árabe), y no con el Lalita Vistara.
[p. 96]. [1] . Histoire des langues sémitiques... París, 1863, pág. 173.
«L'excellence de ces premiers essais a de quoi nous surprendre, on doit reconnaître qu'avant les travaux tout à fait modernes, ceux de R. Jona n'ont pas été dépassés. Par un côté surtout, les grammairiens dont nous venous de parler se montraient fort supérieurs à ceux qui les ont suivis, et préludaient aux plus belles tentatives de l'école moderne, je veux dire par leur connaissance de l'arabe, et par l'habitude qu'ils avaient de demander à cette langue et au syriaque l'explication des obscurités de l'hébreu.»
Vid Munk, Notice sur Aboulwalid Merwan Ibn-Djanah (nombre árabe de R. Jona), et sur quelques autres grammairiens hébreux du X.e et du XI.e siècle... (En el Journal Asiatique, 1850 . Abril, Junio y Septiembre).
[p. 96]. [2] . La influencia de la cultura arábiga en la judía está expresamente reconocida por Moisés Ben Ezra en su Poética, de la cual, tradujo Munk algunos extractos, en los ya citados artículos del Journal Asiatique.
«Cuando los árabes hubieron conquistado a los godos la península de Alandalus, lo cual sucedió en tiempo de Alwualid, hijo de Abdalmelic, hijo de Meruan, uno de los reyes Humeyas de Siria, el año 92 del acontecimiento alegado por ellos y que llaman la hégira; nuestra colonia, al cabo de algún tiempo, se penetró de las materias de sus estudios, se instruyó poco a poco en su lengua, comprendió la sutileza de sus expresiones, se familiarizó con el verdadero sentido de sus flexiones gramaticales, y adquirió perfecta inteligencia de sus diferentes especies de poesías, hasta que Dios, por este camino, les reveló los misterios de la lengua hebrea y de su gramática; de las letras quiescentes, de la transformación, de la moción, del reposo, de la permutación, de la absorción y otras teorías gramaticales, que las inteligencias acogieron prontamente, comprendiendo de este modo lo que por tanto tiempo habían ignorado.»
En otra parte afirma que «los judíos españoles no obtuvieron verdadero éxito en la poesía hasta el año 4700 de la creación (940 de C.) desde la aparición de Abu Jusuf Hasdai, llamado Al Jiani (el de Jaén) por sus abuelos, y Al Kortobi (el Cordobés) por el lugar de su grandeza». Sobre este célebre médico y ministro de Abderrahmán III, vid Ph. Luzzato, Notice sur Abou Youssuf Hasdaï ibn-Schaprout, médecin juif du Xe siècle (París, 1852).
Hace Aben Ezra un pomposo elogio del talento poético del célebre visir de Granada Samuel ha-Naguid (993-1055), gran protector de los de su raza, y pondera especialmente sus obras Ben Tehilim (el hijo de los Salmos o el pequeño salterio), Ben Mischlé (el hijo de los Proverbios), Ben Kohelet (el hijo del Ecclesiastes). «Este último es el más sublime, el más elocuente y el que encierra más adve tencias y documentos, porque es uno de los escritos que compuso después de haber llegado a la edad madura, y, como dice el proverbio: «la vida sirve de testimonio a sí misma». El Ben Tehilim no contiene más que «invocaciones y oraciones moduladas, que ha compuesto según el ritmo de la prosodia: género en que nadie se ha ocupado antes ni después de él. En todas sus obras ha empleado mucho estudio y trabajo, aprovechando multitud de proverbios de los árabes y de los extranjeros, sentencias de filósofos, flores de la antigua generación y expresiones raras de nuestros poetas sagrados, todo en el lenguaje más elocuente y con la mayor sinceridad de convicción». Habla de los discursos y cartas con que Samuel inundó el Oriente y el Occidente, dirigiéndolas a los hombres más inlustres del Irac, de Siria, de Egipto, de África y del Magreb. «En su tiempo el reino de la ciencia se levantó después de haber sido humilde, y las estrellas de los conocedores brillaron después de haberse oscurecido. Dios le infundió una grande alma que penetraba las esferas celestiales, para que amase la ciencia y a los que la cultivan, y para que glorificase la religión y a los que la defienden.»
[p. 97]. [1] . Dr. Miguel Sachs, Die Religiöse Poesie der Juden in Spanien (Berlín, 1845). Segunda edición por S. S. Bernfeld, Berlín, 1891.
Dr. Leopoldo Zunz, Die synagogale Poesie des Míttelalters, Berlín, 1855-1859.
Id. Literaturgeschichte der synagogalen Poesie, Berlín, 1865.
Abraham Geiger, Salomo Gabirol und seine Dichtungen (Leipzig, 1867). Del mismo Geiger hay una traducción alemana de algunas poesías de Judá Leví, Divan des Castiliers Abul Hassan Juda-ha-Levi (Breslau, 1851).
Abraham Geiger, Jüdische Dichtungen der spanischen und italienischer Schule. Leipzig, 1856.
Salomone de Benedetti, Canzoniere Sacro di Giuda Levita, tradotto dall'ebraico ed iltustrato (Pisa, 1871).
H. Brody y K. Albrecht, The new-hebrew school of poets of the spanish-arabian epoch; selected hebrew texts with introduction, notes and dictionary (Londres, 1906).
Brody había publicado ya una monografía sobre Judá Leví, Studien zu den Dichtungen Jehuda ha-Levi's (Berlín, 1895).
Para las biografías de los poetas es obra de indispensable consulta la magnífica Jewish Encyclopedia, publicada en Nueva York y Londres, 1905, por la casa editorial de Funk y Wagnalls.
[p. 98]. [1] . Véase especialmente el tomo 6.º (Leipzig, 1861, 2.ª ed. 1871) que está traducido, aunque incompletamente, al francés por Jorge Stenne, Les Juifs d'Espagne, 1872.
[p. 98]. [2] . Entre los árabes llevó el nombre de Abu Ayub Suleimán Ben Jahye ben Chebirol, y con él se encuentra citado en la Poética de Aben Ezra, que dice de él, entre otros estupendos elogios:
«Se aplicaba con particular esmero a rectificar sus costumbres y cultivar su buena índole. Huyendo de los cuidados terrestres, consagraba entes ramente a las cosas superiores su alma que se había levantado sobre las impurezas del deseo y había sabido recoger todo lo que pueden inculcar las ciencias filosóficas y matemáticas más sutiles. Sus contemporáneos, de más edad que él, se distinguian por su estilo elegante y adornado con todar las riquezas de la lengua; pero Abu Ayub fué un autor perfecto, un escritos elocuente, que llegó al último límite de la poesía. Imitaba los giros de lopoetas modernos musulmanes, y por eso fué llamado el caballero de la palabra, el inteligente versificador. Todos los ojos se volvían hacia él, y todos le señalaban con el dedo. Fué el primero que abrió a los poetas judíos la puerta de la prosodia, y los que siguiendo sus huellas, entraron por el mismo camino, no hicieron más que tejer en su telar. Sobresalía a la par en el panegírico, en la elegía y en las meditaciones filosóficas. Lleno de ternura en sus cantos de amor, tierno hasta hacer derramar lágrimas en sus poesías religiosas, contrito en sus discursos penitenciales, era al mismo tiempo mordaz en sus sátiras, pues aunque por su educación perteneciese al gremio de los filósofos, su facultad irascible le dominaba a veces, y le hacía devolver insulto por insulto.»
(Pasaje traducido por Munk en sus Mélanges de philosophie juive et arabe (París, 1859), págs. 263-265, y el texto árabe, pág. 515, conforme al manuscrito de Oxford.
[p. 99]. [1] . Realmente no es segura la fecha de su muerte por las razones que expone Munk, pero tanto Aben Ezra como Alharizi, a quienes debemos suponer bien informados, concuerdan en que murió a los veintinueve o treinta años.
[p. 99]. [2] . Son varias las ediciones del Orden de Ros Asanah y Kipur, que contienen traducidas en antiguo castellano judaico el Keter Malkut y otras poesías religiosas de Aben Gabirol, y también algunas de Jehudah Leví, entre ellas la famosa Kedusah. Están por lo menos en las de Amsterdam, 1630, 1652, 1726... y en otra gótica y rarísima, sin lugar (probablemente Ferrara), de 1552, 5312 de la creación según el cómputo hebraico. Hay una traducción aparte y menos dura, del Kether Malchut, hecha por Isaac Nieto (Liorna, 1769). Vid. Kayserling, Biblioteca española judaica, Strasburgo, 1890. El Sr. Bonilla, en los apéndices del segundo tomo de su Historia de la filosofía española, reproduce las poesías traducidas en los libros de rezo de los israelitas españoles.
Son numerosas las paráfrasis alemanas de la Corona Real, que también se halla, traducida al latín, en las Poma aurea linguae hebraicae de Francisco Donato (Roma, 1618), y al francés por Mardoqueo Venture en las Prières du jour de Kippour, à l'usage des israelites du rit portugais (París, 1845).
[p. 100]. [1] . Aben Gabirol fué no solo uno de los más antiguos e inspirados poetas hebraico-hispanos, sino restaurador del cultivo de la lengua santa, que sus correligionarios tenían casi abandonada por el árabe. A los diez y nueve años compuso una Gramática hebrea en verso, de la cual sólo ha llegado a nosotros el prefacio, conservado por un lexicógrafo aragonés del siglo XII. «Esta es palabra de Salomón, el español que recogió el habla santa de la gente dispersa. Guardé mi corazón de la ciega muchedumbre que me rodea y fuí maestro de las reliquias de mi pueblo. Consideré que olvidaban la lengua santa y que estaban a punto de perderla. La mitad hablan en idomeo (árabe), y la otra mitad en la lengua mentirosa de los hijos de Chedar (los cristianos). Y así se van sepultando en el abismo y precipitándose como el plomo... Ignoran las Profecías, y no conocen ni siquiera el libro de la Ley... Ante tal espectáculo, mi corazón se estremece como las ondas del lago de Genesareth. ¿Quién salvará a los que se han anegado en el mar? ¿Quién pondrá a flote la navecilla que se hunde? Y mi mente me decía: «Si tienes los ojos abiertos, ¿por qué han de estar ciegos los ojos de tu pueblo? Abre la boca a los que la tienen cerrada como mudos, y alcanzarás merced del Eterno». Medité y vi que era menor de días, y que el joven es tenido comúnmente por ignorante... Pero tuve un sueño, y oí una voz que me gritaba al oído en la alta noche: «Levántate y trabaja, que la mano del Eterno te sostendrá».
Vid. Salomonis ben Abrahami Parchon Aragonensis Lexicon hebraicum, anno 1161 ex operibus Judae Chajug, Abulwaladi Merwan ben Gannach et aliorum concinnatum, nunc primum e cod. mss. edidit et illustravit S. G. Stern. Presburgo, 1844, págs. 23 y 24.
Sin embargo de su entusiasmo por la lengua de los profetas, el mismo Gabirol, Judá Leví y Maimónides escribieron en árabe sus principales libros filosóficos, y el último también los de medicina. En árabe están los principales monumentos de la ciencia de los hebreos españoles: la Fuente de la vida, el Cuzary, la Guía de los descarriados, aunque todos ellos pasaron después al hebreo.
[p. 101]. [1] . El número de las poesías de Judá Leví asciende a 827, según Luzzato, que después de haber dado una pequeña crestomatía de ellas con el título de Virgo filia Jehudae, sive excerpta ex inedito celeberrimi Jehudae Levitae Divano, praefatione et notis illustrata (Praga, 1840), emprendió en 1864 la publicación íntegra, que no llegó a acabar por su muerte, continuándola H. Brody en 1894. La traducción más copiosa, que es la italiana de Benedetti, contiene 102 composiciones.
[p. 102]. [1] . Es el códice núm. 599 del fondo Huntington. Ya le menciona Wolf en su Biblioteca Hebraica, tomo III, págs. 3 y 4. Vid. Dukes, Moses ben Ezra aus Granada (Altona, 1839), y los extractos que comunicó a Munk para los ya citados artículos del Journal Asiatique sobre las biografías de los gramáticos. Sería de desear la publicación íntegra de tan curioso libro.
[p. 102]. [2] . En los extractos y traducciones parciales que se han hecho del Diván se encuentran a veces palabras y aun versos enteros castellanos o gallegos extrañamente mezclados con el texto hebreo. Sirvan de ejemplos estos dos que en la edición de Geiger (Diván des Castiliers Abul Hassan, pág. 141) se alcanzan a leer, aunque desfigurados por un copista probablemente italiano:
Venit la fesca
iuvencennillo,
Quem conde meu
coragion feryllo,
[p. 105]. [1] . Vid. Milá, Trovadores en España, que reproduce íntegras con texto y traducción estas poesías históricas (págs 73, 80, 118 y 130). Creemos inútil citar la conocida obra de D. Víctor Balaguer (Los Trovadores, 1878, 2.ª edición 1882), y otros estudios de vulgarización. España no ha producido más que dos verdaderos provenzalistas: en el siglo XVIII el canónigo de Gerona D. Antonio Bastero, auténtico precursor de Raynouard; en el XIX D. Manuel Milá y Fontanals. No pertenece a la erudición filológica, pero es notable muestra de crítica literaria, la tesis doctoral de D. José Coll y Vehí sobre La Sátira Provenzal (Madrid, 1861), aunque en materia de textos se atuvo a la colección de Raynouard.
[p. 106]. [1] . Visitó este trovador todas las cortes poéticas de España y del Mediodía de Francia, y a todas prefería la de Alfonso VIII «el rey más sabio que hubo en ninguna ley, coronado de prez, de sentido, de valor y de proeza»:
Unas novas vos vuelh
comtar
Que auzí dir a un
joglar
En la cort del pus
savi rei
Que anc fos de
neguna lei,
Del rey de Castela
N' Anfós
E qui era condutz e
dos
Sens e valors e
cortezia
Et engenhs e
cavalairia
Qu' el non era ohns
ni sagratz
Mas de pretz era
coronatz
E de sen e de
lialeza
E de valor e de
proeza...
En los fáciles versos de Ramón Vidal revive a nuestros ojos aquella brillante corte que oyó la novela algo liviana del Castiá-gilós (o amonestación de celosos), y se levanta la gentil figura de Leonor de Inglaterra, ceñido el manto rojo de ciclatón con listas de plata y leones de oro:
Venc la reyn' Elionors
Et an negús no vi
son cors.
Estrecha venc en un
mantel
D' un drap de seda
bon e bel
Que hom apela
sisclató
Vermelhs ab lista
d'argent fo
E y hac un levon d'
aur devís...
(Milá, Trovadores, pág. 132) .
[p. 107]. [1] . De los trovadores en España. Estudio de lengua y poesía provenzal. Barcelona, 1861. Hay nueva edición en el segundo tomo de sus Obras completas Barcelona, 1889.
De entre los poetas que Milá consideró como españoles, hay que eliminar a Guillem de Murs, autor de un serventesio dirigido a D. Jaime I exhortándole a tomar parte en la última cruzada y de algunas tensiones con Giraldo Riquier. (Vid. P. Meyer, Les derniers troubadours de la Provence, París, 1871, pág. 46, rectificación que Milá aceptó).
[p. 108].
[1] .
Per mantas guizas
m' es datz,
Joys e deport e solatz;
Que per vergiers e per pratzs,
E per fuelhas e per flors,
E per temps qu' es refrescatz,
Vei alegrar chantandors:
Mas al meu chan neus ni glatz
No m' ajuda, ni estatz,
Ni res, mas Dieus et amors...
(Milá, pág. 264).
[p. 108]. [2] . Lieder Guillems von Berguedan herausgegeben von Dr. Adalber Keller, 1849. Mitau y Leipzig.
Mahn. Gedichte der Troubadours in Provenzalischer Sprache, I . Berlín, 1856, págs. 94-101.
[p. 109]. [1] . Para una de sus feroces diatribas adopta una melodía tradicional «el viejo son que hizo D. Otas de Moncada antes que se pusiese la primera piedra en el campanario de Vich»:
Chanson ai comensada
Que sera loing
chantada
En est son veilh
antic
Que fetz N' Ot de
Moncada
Anz que peira
pauzada
Fos él cloquer de
Vich...
(Ed. de Keller, pág. 27).
[p. 109]. [2] . «En el lugar mejor del paraíso, allí donde está el buen rey de Francia cerca de Roldán, sé que está vuestra alma, oh marqués de Mataplana, y mi juglar de Ripollés y también mi Sabata, acompañados de las más gentiles damas, sobre alfombra cubierta de flores, junto a Oliveros de Lausana».
En paradís él loc
meillor
Lai o'l bon rei de
Fransa es
Prop de Rotlan, sai
que l'arm'es
De vos marqués de
Mataplana,
E mon joglar de
Ripolés
E mon Sabata
eissamens
Estan ab las domnas
gensors
Sobre pali cobert
de flors
Josta N' Oliviers
de Laussana.
(Milá, pág. 314).
[p. 109]. [3] . Ramón Vidal, en un poemita donde se presenta un arbitraje algo parecido a las supuestas Cortes de Amor, hace una linda descripción del castillo de Hugo de Mataplana y de las fiestas que en él se daban. (Vid. Mahn, Gedichte der Troubadours in Provenzalischer Sprache, tomo II, página 23 y siguientes. En aquell temps.)
«Era en la sazón en que renacía el verano, en que el tiempo era dulce y amoroso, en que se despliegan los ramos, hojas y flores, y como no hay ya nieves y fríos, el aire corre más templado. El señor don Hugo de Mataplana estaba tranquilo en su casa, y como había en ella ricos barones, allí se hallaban comiendo, con gozo, risa y ostentación, mientras otros iban y volvían por la sala, otros jugaban a los dados y al ajedrez sobre tapices y almohadas, verdes, encarnadas, azules y de color índico. Allí había agradables señoras solazándose en pláticas cortesanas y gentiles...» (Trad. de Milá, pág. 327).
[p. 110]. [1] . Grammaires provençales de Hugues Faidit et de Raymond Vidal de Besaudun (XIIIe siècle). Deuxième édition... par F. Guessard... París, 1858. En esta edición fundó la suya, acompañada de traducción castellana, D. Pedro Vignau y Ballester, autor de un ligero ensayo sobre La lengua de los trovadores, publicado en 1865.
Sobre el libro de Ramón Vidal y las demás poéticas provenzales compuestas en España, vid. mi Historia de las ideas estéticas (2.ª ed. tomo II, págs. 240 y 260 [Ed. Nac. Vol. I, págs. 452 a 466]); y si se desea más amplia noticia, el estudio de Milá, Antitratados de Gaya ciencia (Obras completas, tomo III, págs. 279 a 287) y el fundamental de Meyer, Traités calalans de Grammaire et de Poétique (tomos VI, IX y X de la Romania), donde se da completa idea de la copia de las Poéticas que posee la Biblioteca Nacional de Madrid, hecha en el siglo XVIII sobre el códice, hoy perdido, que alcanzó a ver el P. Villanueva en la librería del convento de carmelitas de Barcelona. Vid. también la nueva edición que, reproduciendo la de Meyer con algunas notas y observaciones, ha hecho de las Regles de Trobar, de Jofre de Foixá, el joven D. Luis Nicolau en la revista Estudis Universitaris Catalans, 1907. En las Mélanges Chabaneau (pág. 711-756), publicó el Dr. Schadel La Nova Art de trobar, de Francisco de Olesa. El Sr. D. Gabriel Llabrés tenía impreso desde 1896 este texto y el de otro preceptista mañorquín, Lo Mirayll de trobar, de Berenguer de Noya, pero no los ha puesto en circulación hasta 1909; Poéticas catalanas d'en Berenguer de Noya y Francesch de Olesa. El Sr. D. Jorge Rubió, que continúa dignamente la tradición literaria unida a se apellido, acaba de dar a luz entre otros interesantes fragmentos del códice 129 del monasterio de Ripoll, hoy en el Archivo de la Corona de Aragón, un tratadito de les maneres de les rimes, de autor catalán anónimo, al parecer contemporáneo de las Leys d'amor. Es una breve enumeración de las formas principales de la lírica provenzal. (Vid. Revista de Bibliografía Catalana, t. V.)
De un pasaje mal entendido de la Poética de Ramón Vidal procede el absurdo nombre de lemosina, que todavía dan algunos a la lengua catalana, pero que él aplicaba rectamente a uno de los dialectos del Mediodía de Francia, en que habían escrito los dos más célebres trovadores, Beltrán de Born y Giraldo de Borneil, y que nuestro preceptista tomó por tipo de lenguaje puro (parladura natural e drecha).
Los versos de Ramón Vidal sirven para ilustrar la historia de la poesía provenzal como su Gramática ilustra la técnica. Por ellos conocemos la vida errante de los juglares, ocupados en llevar de una parte a otra versos y canciones, novas, saludos, cuentos y lays. Así era el que encontró un día en la plaza de Besalú:
«Sénher, yeu soy un
hom aclís
A joglaria de
cantar,
E say romans dir e
contar
E novas motas e
salutz
E autres comtes
espandutz,
Vas totas partz
azautz e bos,
E d'en Giraut vers
e chansós
E d'en Arnaut de
Maruelh mays
E d'autres vers e
d'autres lays...
(Milá, p. 341.)
No es Ramón Vidal el único de los trovadores nacidos en España, cuyos versos, aparte de su valor lírico, deben considerarse como importantes documentos de historia literaria. Célebre es en este concepto la extensa poesía de Giraldo de Cabrera, dirigida al juglar Cabra en tan remota fecha como 1170, la cual viene a ser un índice de los conocimientos necesarios al juglar, y un inventario de los temas poéticos que estaban entonces más en boga. Cabrera reprende al juglar por no saber tocar la viola, ni usar las cadencias finales de los músicos bretones; por no estar instruído en el manejo de los dedos y del arco; por no saber bailar ni saltar a guisa de juglar gascón, ni recitar serventesios ni baladas, ni buenos estribotes, retroenchas y tensones, ni conocer los buenos versos nuevos de Rudel, de Marcabrú, de Alfonso y de Ebles». La enumeración de las narraciones poéticas es larguísima. Las hay de la Historia Sagrada y de la mitología (Troya, Itis, Biblis, Cadmo, Píramo y Tisbe, Tideo, etc.), pero abundan sobre todo las del ciclo Carolingio y el ciclo bretón. Milá (Trovadores, 272-284) reprodujo con eruditas notas este catálogo que (juntamente con un pasaje del Roman de Flamenca) había dado a Fauriel base para su fantástica y hoy arruinada teoría de las epopeyas provenzales, cuando precisamente prueba el hecho contrario, esto es: la difusión rapidísima de los relatos poéticos del Norte de Francia en las comarcas meridionales.
[p. 112]. [1] . Las aspiraciones doctrinales y algo pedantescas de Ramón Vidal parecen haber pasado a otro trovador de la segunda mitad del siglo XIII, tenido comúnmente por español aunque otros le creen nacido en Gascuña (Vid. Meyer, Romania, I, 384), Amaneo des Escás, a quien como maestro de toda cortesía parecen haber dado sus contemporáneos el extraño nombre de Dios de amor. Él mismo se jactaba de entender de amor más que ningún otro hombre nacido, ora fuese letrado, ora sin letras, y de saber cómo nace, de dónde viene, y cómo alimenta a sus siervos. La palabra amor se toma aquí en sentido latísimo, y supone e implica mil cosas: la gentileza, la buena conversación, el trato de corte, los ejercicios de fuerza y destreza. Los dos poemitas de Amaneo des Escás, Ensenhamen del Escudier y Ensenhamen de la donzela (Milá, págs. 420 y 450), pueden considerarse como un manual de buena crianza palaciega.
[p. 112]. [2] . El cancionero de los condes de Urgel pertenece hoy a la Biblioteca Nacional de Madrid. Ha sido publicado en tipos góticos por la Societat Catalana de Bibliófils (Vilanova y Geltrú, 1906). Sirve de complemento a esta edición un Estudi historich y literari sobre'l Cançoner dels Comtes d'Urgell (1907) trabajo docto y concienzudo del profesor mallorquín D. Gabriel Llabrés.
El segundo cancionero a que aludimos es el que poseía en Zaragoza el difunto catedrático D. Pablo Gil, y ahora se halla en Barcelona, según nuestras noticias. Milá, Obras completas (tomo III, págs. 477-485), y A. Pagés, Notes sur le chansonier provençal de Saragosse (en los Annales du Midi, tomo II) dan idea general pero incompleta del contenido de este precioso códice, por no haber permitido extracto alguno su antiguo dueño, que a duras penas consentía en franquear a nadie las joyas bibliográficas de su colección.
[p. 113]. [1] . Entre las narraciones poéticas, relativamente escasas, que posee la literatura provenzal, hay dos muy extensas e importantes, que atestiguan el influjo de la lengua de oc en el reino de Navarra, donde era tan importante la población gascona.
El célebre poema o canción de la Cruzada contra los Albigenses, publicada primero por Fauriel en la Collection de documents inédits sur l'histoire de France, y después por P. Meyer, París, 1879, principia con estos versos:
Él nom del Payre e del
Filh—e del Sant Esperit
Comensa la
cansó—que maestre Guilhem fit,
Us clercs, qui fo
en Navarra—a Tudela noirit
Pois vint a
Montalbá—si cum l'hestoria dit.
S'i estet onze
ans—al onzé s'en issit,
Per la
destructió—qu' el conog e vit
En la
geomancia—qu' el ac long temps legit.
E conoc qu' el
pais—era ars e destruzit
Por la fola
crezenza—qu' avian consentit...
Adoncs fet aquest
libre—e el meteish l' escrit.
Senhors, esta
cansó—es facha d' aytal guia
Com sela
d'Antiocha—e ayssis versifia
E s' a tot aital
so...
Ateniéndonos al tenor de estos versos, resultaría que la canción fué compuesta por un clérigo de Tudela de Navarra llamado Guillermo, que después vivió once años en Montalbán, y adivinó, por el arte de geomancia que profesaba, la destrucción que había de caer sobre Provenza por causa de la herejía.
Más adelante se repite el nombre del autor y se consigna la fecha en que fué comenzado el poema:
Senhor, oimais
stesfórzan—li vers de la cansó
Que fo ben
comenseia—l'an de la encarnatió
Del senhor Jhesu
Crist—ses mot de mentizó
C'avia M. CC. e
X.—ans que venc en est mon;
E si fo l' an e
mai—can floricho'l boichó
Mestre Guilhem la
fist—a Montalbá, on fo.
Fauriel, primer editor del poema íntegro (puesto que ya había dado algunos fragmentos Raynouard en su Lexique Roman), dudó del nombre y de la patria de Guillermo, sobre todo por el arte de geomancia que se le atribuye y por otras razones de menos fuerza, inclinándose a tenerle por tolosano. La argumentación de Fauriel fué hábilmente rebatida por un erudito español ya difunto, D. Toribio del Campillo, en su tesis doctoral intitulada Ensayo sobre los poemas provenzales de los siglos XII y XIII, Madrid, 1860.
Hoy la cuestión puede darse por definitivamente resuelta después del magistral y penetrante estudio de Pablo Meyer, que sirve de introducción al poema, publicado y traducido por él para la Sociedad de Historia de Francia. Meyer demuestra que la Canción se compone de dos poemas incompletos, escritos por dos autores que no trabajaron en una obra común, sino que diferían esencialmente en sus tendencias, estilo y lengua. No hay ningún fundamento sólido para dudar que el clérigo Guillermo de Tudela, residente en Montauban, sea verdadero autor de la primera parte del poema, que llega hasta el verso 2768. Toda esta primera parte está compuesta en sentido favorable a la Cruzada, pero sin gran entusiasmo. La segunda parte, mucho más extensa (tiene cerca de 7000 versos) y de un valor poético incontestablemente superior, es de un anónimo, oriundo acaso del Condado de Foix, y que escribía a fines de 1218 ó principios de 1219. El espíritu de este trovador es fieramente hostil a los cruzados, no por complicidad con la herejía; sino por aborrecimiento a los franceses del Norte. La lengua en que escribe Guillermo de Tudela es una jerigonza mixta de provenzal y de francés, que prueba muy imperfecto conocimiento de ambas lenguas, como podía tenerlo un forastero. El segundo poema, por el contrario, es enteramente provenzal, aunque contiene algunas formas populares que no suelen aparecer en la poesía lírica.
El entusiasmo con que Guillermo habla del rey D. Sancho el Fuerte de Navarra: «el rey que a Tudela posee, el mejor caballero que jamás montó en silla», y la promesa que hace de componer sobre la batalla de las Navas «una buena canción nueva en hermoso pergamino», son también indicios que comprueban su origen.
El segundo poema a que aludimos pertenece enteramente a nuestra historia, pero fué compuesto por un trovador tolosano, Guillermo Anelier, residente en el burgo franco de San Saturnino de Iruña, colonia de gascones poblada por Alfonso el Batallador en 1129, y que vivió en pugna continua con los otros barrios de Pamplona, especialmente con la Navarrería, hasta la horrible destrucción de ésta por las tropas francesas del Conde de Artois en 1276.
Sobre estas discordias bárbaras y más que civiles versa el poema de Anelier, descubierto y publicado en 1847 por D. Pablo Ilarregui, individuo de la Comisión de Monumentos de Navarra, con el título de La guerra civil de Pamplona, y reimpreso por Francisco Michel en la Collection de documents inédits sur 1' histoire de France. Es uno de los documentos más interesantes que de su género se han conservado.
Así como Guillermo de Tudela declara haber imitado la versificación y los sones de la Canción de Antioquía, el autor del poema de Pamplona imita manifiestamente la Cansós dela Cruzada contr' els ereges Dalbeges. Uno y otro poema están compuestos en series de alejandrinos monorrimos, terminados con un hemistiquio, que se repite en el primer verso de la serie siguiente, y cuando esto no acontece, está ligado con ella por la misma rima.
Las series son de indeterminado número de versos: en el poema de Guillermo de Tudela hay una de 46 y otra que no tiene más que ocho. Tanto por los procedimientos de versificación como por el temple del relato, estas dos Crónicas rimadas participan mucho de la manera épica de los cantares de gesta: y aun prescidiendo del gran valor histórico de su contenido, se leen con más gusto que tantas insulsas y fútiles composiciones de amor como abruman los cancioneros provenzales.
[p. 115]. [1] . Nuestro rey Alfonso el Sabio fué uno de los principales mecenas de la poesía provenzal decadente. El trovador que principalmente la representa en su corte es el fecundísimo Giraldo Riquier, a quien consideran algunos como precursor de la escuela tolosana. Sobre su estancia en Castilla debe consultarse la esmerada tesis del profesor francés José Anglade, Le Troubadour Giraut Riquier. Etude sur la décadence de la ancienne poésie provençale (Burdeos, 1905), págs. 105 y 168. A su tiempo nos haremos cargo de la larga requesta o suplicación que Riquier dirigió al rey en 1275 sobre el nombre y oficio de juglar, con intento de levantar las clases poéticas de la desestimación social en que habían caído.
Otro de los trovadores protegidos por Alfonso el Sabio fué el genovés Bonifacio Calvo, a quien ha dedicado una excelente monografía Mario Peláez, Vita e Possie di Bonifacio Calvo, trovatore genovese (Turín, Loescher, 1897).
[p. 116]. [1] . Apenas merecería ser recordado, si Amador de los Ríos no le hubiese robustecido con su autoridad, copiándolo de él otros muchos, el singular anacronismo en que hubo de incurrir nuestro D. Enrique de Villena, atribuyendo a Ramón Vidal de Besalú, que como es notorio y de sus propias poesías se infiere, floreció a principios del siglo XIII, la fundación del consistorio de Tolosa, no establecido hasta 1323. Quizá provino la confusión de llamarse Arnaldo Vidal de Castellnou Darsi, el primero de los poetas que obtuvieron en aquellos certámenes la violeta de oro.
Pero lo que sí ha de tenerse por cierto, es que los preceptos de Ramón Vidal (a quien se cita repetidas veces en las Leys d' amors) sirvieron de base a las nuevas artes poéticas, y que en sus Reglas, mucho más que en los versos, poco leídos ya, de los antiguos trovadores, se aprendió el artificio gramatical y métrico.
[p. 116]. [2] . En el archivo de la Corona de Aragón hay un excelente códice de las Leys d' amors, procedente del monasterio de San Cugat del Vallés. Fué autor de esta voluminosa compilación Guillermo Molinier, canciller del consistorio de Tolosa en 1356. Las Leys han sido impresas por Gatien Arnoult, Tolosa, sin año (1841 a 1847), tres volúmenes.
[p. 117]. [1] . Vid. Milá, Trovadores, págs. 514 y 515.
Ausias March (Cants de Amor, LV) cita a Arnaldo Daniel, pero es verisímil que la cita proceda del Purgatorio, de Dante:
Mas si' ns membran |
d' en Arnau Daniel
E de aquells | que
la terra'ls es vel,
Sabrem Amor | vers
nos que pot donar.
Los versos con que comienza el Canto XI de amor, parece que han de entenderse en sentido genérico, tomando trovador por sinónimo de poeta:
Leixant a part l'
estil dels trobadós
Qui per escalf
transpassen veritat...
Francesch Ferrer, en su Conort, que es un curioso centón de poetas catalanes, inserta catalanizada una estancia del antiguo trovador provenzal Bernardo de Ventadorn (Vid. Torres Amat, Diccionario de escritores catalanes, 1836, pág. 234).
En otra composición centonaria de la misma índole, de Pedro Torrellas, intervienen, además de varios poetas catalanes y castellanos (como Lope de Stúñiga, Alfonso Álvarez ¿de Villasandino?, Íñigo López, Juan de Mena, Juan de Torres, Macías, Juan de Dueñas, Santafé) y alguno francés, como Alano Chartier y Miter Oto de Grandson, los provenzales Pedro Vidal, Pons de Ortafá, Blanquasset (Blacasser), Arnaldo Daniel, B. de Ventadorn, Vaqueras y Guillén de Bergadam, en boca de todos los cuales se ponen versos, al parecer auténticos (Cancionero catalán de la Universidad de Zaragoza, 1896, págs. 183-206).
En la Comedia de la Gloria d' Amor, del comendador Rocaberti (imitación de los Trionfi, del Petrarca) figuran entre las víctimas de su pasión Guillén de Capestany, Riambau de Vaqueres y su noble amiga Beatriz de Monferrato, Jofre de Blaya y la condesa de Trípoli, y los ya citados Arnaldo Daniel y Bernardo de Ventadorn, mostrándose el poeta catalán conocedor de sus biografías y de algunas de sus composiciones, a las cuales claramente alude.
En su Resenya dels antichs poetas catalans (Obras, tomo III, pág. 233) cita Milá algunos otros casos rarísimos de imitación provenzal: «unas coblas estranyas que comensan «Ma dona's indicatiu» fetas per imitació de unas de provensals; una cobla feta ab la mateixa ordinació y los mateixos rims que lo «No sap cantar» de Jaufre Rudel, trovador molt vell.... Sors (Leonart de) imita una al-legoria del trovador Pere W. (¿Villem?) en la que usa per alabar á Alfonso de Cardona».
Téngase en cuenta además que son frecuentes los provenzalismos de lenguaje en los poetas del siglo XIV, y que las tendencias religiosas, didácticas y morales de los trovadores del último tiempo, como Serverí, explican hasta cierto punto el carácter predominante de la escuela catalana.
Todavía a fines del siglo XV, cuando era ya rarísimo el estudio de la literatura provenzal, hubo un notabilísimo poeta, barcelonés de nacimiento e italiano de lengua, Bernardo Gareth o Garret (más conocido por su nombre poético Chariteo), que tuvo conocimiento de la lengua y de las rimas de los trovadores provenzales, llegando a traducir e imitar a alguno de ellos, por lo menos a Folqueto de Marsella. Todavía existe en la Biblioteca Nacional de París y ha sido muy consultado y citado desde Raynouard hasta nuestros días, un precioso Cancionero que perteneció a nuestro poeta y pasó después de su muerte a la Biblioteca de Angelo Colocci y de allí a la Vaticana, siendo finalmente transportado a Francia en el gran despojo revolucionario de 1797. Véase la excelente introducción que el joven erudito Erasmo Pércopo ha puesto a su edición de Le Rime del Chariteo, Nápoles, 1892.
[p. 118]. [1] . «Entre los versos castellanos conocidos, sólo los del poema del Cid pueden ser más antiguos que estos, escritos lo más tarde muy a principios del siglo XIII» (Milá, pág. 132).