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Obras completas de Menéndez... > ANTOLOGÍA DE LOS POETAS... > I : PARTE PRIMERA : LA... > CAPÍTULO II.—PRIMEROS MONUMENTOS DE LA POESÍA CASTELLANA.—RÁPIDAS INDICACIONES SOBRE LA EPOPEYA.—CANTARES DE GESTA: «POEMA DE MÍO CID», «LEYENDA DE LAS MOCEDADES DE RODRIGO». VESTIGIOS DE OTROS CANTARES ÉPICO-HISTÓRICOS.—VARIOS POEMAS DE DIVERSOS ARGUMENT

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Es hecho siempre comprobado en la historia del arte, el de la aparición de las formas líricas con posterioridad al canto épico. Lo cual no ha de entenderse en el sentido de que cierto lirismo elemental, lo mismo que ciertos gérmenes de drama, no vayan implicitos en toda poesía popular y primitiva, sino que con ello se afirma solamente que el elemento épico, impersonal, objetivo, o como quiera decirse, es el que radicalmente domina en los períodos de creación espontánea, entre espíritus más abiertos a las grandezas de la acción que a los refinamientos del sentir y del pensar, y ligados entre sí por una comunidad tal de ideas y de afectos, que impide las más veces que la nota individual se deje oír muy intensa. La poesía lírica trae siempre consigo cierta manera de emancipación del sentimiento propio respecto del sentimiento colectivo, y no es, por tanto, flor de los tiempos heroicos, sino de las edades cultas y reflexivas.

[p. 122] Esta ley general de evolución artística se cumple, como en todas, en la literatura castellana. Nuestra primitiva poesía, la que amanece casi tanto como la lengua, es totalmente épica. Quizá en los dos únicos poemas que para nosotros la representan hoy, no pueda encontrarse más que un breve pasaje lírico, y para eso es un canto de guerra, un canto triunfal en loor del Magno Rey D. Fernando I de León y de Castilla, un trozo, en suma, que rompe briosamente el hilo de la narración del cantar de gesta sobre las mocedades de Rodrigo, pero que a pesar de su mayor concentración y movimiento más rápido, todavía pertenece a la categoría de las rapsodias épicas, y viene a ser como la corona que ciñe la frente del guerrero después de la batalla.

Grande ha debido de ser la pérdida de nuestros monumentos literarios primitivos. La rareza de textos castellanos anteriores a la segunda mitad del siglo XIII, es cosa que verdaderamente suspende y maravilla, sobre todo cuando se para la atención en las innumerables riquezas que atesora la literatura francesa de los tiempos medios. Diversas han sido las causas de este fenómeno, y quizá la más profunda aunque menos advertida sea la misma persistencia de la tradición épica y del fondo legendario en la literatura española más que en otra ninguna de las vulgares, y el haberse prolongado dentro de las edades clásicas, remozándose sin cesar en nuevas formas que iban sustituyendo y enterrando la letra de las antiguas, por lo mismo que tanto conservaban de su espíritu. En otras naciones la poesía de la Edad Media, olvidada por el pueblo y desdeñada por los doctos, durmió desde el Renacimiento en vetustos códices, tanto mejor guardados cuanto menos leídos, esperando que el soplo de la erudición moderna viniese a darla nuevo género de vida. En España, por el contrario, esa poesía nunca dejó de ser popular y sentida y amada por todo linaje de gentes: primero en los poemas de Gesta, luego en las crónicas, en los romances, y finalmente en el teatro. Cada una de estas formas iba enriqueciéndose con los despojos de las anteriores, y era natural que las más antiguas, las más puras y próximas a la fuente, pareciendo ya menos inteligibles en el lenguaje y en toda la parte exterior y de costumbres, fuesen sacrificadas a las más modernas y brillantes, y andando el tiempo se olvidasen y perdiesen: fatalidad que había de ser irremediable [p. 123] para la parte más preciosa de nuestros orígenes literarios. [1]

Pero a despecho de tal catástrofe, todavía nos quedan bastantes datos y documentos para afirmar la existencia de la epopeya castellana, y para fijar con suficiente precisión sus caracteres. Muy distante de la fecundidad de la epopeya francesa y de su universal y omnímoda influencia en la literatura de los tiempos medios, tiene, en desquite, un carácter más histórico, y parece trabada por más fuertes raíces al espíritu nacional y a las realidades de la vida. Exigua sobremanera es en nuestros poemas la intervención del elemento sobrenatural, y éste dentro de los límites más severos de la creencia positiva, manifestándose en leyendas tan sobrias como la aparición de San Lázaro al Cid en figura de gafo o leproso. El espíritu cristiano que anima a los héroes de nuestras Gestas, más se infiere de sus acciones que de sus discursos: alguna oración ruda y varonil es lo único que sienta bien en labios de tales hombres avezados al recio batallar, y no a las sutilezas de la controversia teológica. Ni de la milagrería posterior, ni mucho menos de lo que podiéramos llamar poesía fantástica, de los prestigios de la superstición y de la magia, hay rastro alguno en estas obras de contextura tan sencilla, y en rigor tan escasas de fuerza imaginativa, cuanto ricas de actualidad poética. Sólo la creencia militar en los agüeros, herencia quizá del mundo clásico, si no ya de las tribus ibéricas primitivas, puede considerarse como leve resabio de sobrenaturalismo pagano. Las acciones de nuestros [p. 124] héroes se mueven siempre dentro de la esfera de lo racional, de lo posible y aun de lo prosaico: rara vez o ninguna traspasan los límites de las fuerzas humanas. Sólo en un poema de evidente decadencia se advierte marcada inclinación a la fanfarronada y a la hipérbole del valor, que es la caricatura del heroísmo sano y sincero de las rapsodias más antiguas. Sólo en ese mismo poema se atropella caprichosamente la historia, que en los anteriores aparece respetada, no ya sólo en cuanto al fondo moral, sino también en cuanto a los datos externos más fundamentales. La geografía, lejos de ser arbitraria y de pura imaginación, como lo es en la misma Canción de Rolando, tiene en el Poema del Cid toda la precisión de un itinerario, cuyas jornadas podemos seguir sobre el terreno o en el mapa. La tierra que nuestros héroes huellan no es ninguna región incógnita ni fantástica sembrada de prodigios y de monstruos; son los mismos páramos y las mismas sierras que nosotros pisamos y habitamos. Esta poesía no deslumbra la imaginación, pero se apodera de ella con cierta majestad bárbara que nace de su propia sencillez y evidencia; de su total carencia de arte. Parece que el cantor épico no inventa nada, y hasta que sería incapaz de toda invención: lo que añade a la historia resulta más histórico que la historia misma. El Cid del poema ha triunfado del Cid de la realidad, hasta en las crónicas, hasta en los documentos eruditos: es el que se levanta eternamente luminoso, con su luenga barba no mesada nunca por moro ni por cristiano; con sus dos espadas, talismanes de victoria:

       «¡Dios, qué buen vasalo si oviesse buen senor!»

En torno de él se agrupan con fisonomías todas distintas, aunque trazadas no más que con cuatro rasgos rudos, los heroicos compañeros de sus empresas, Alvar Fáñez Minaya, lanza fardida, brazo derecho del Campeador; Martín Antolínez, el Ulises de la epopeya, tan ingenioso y hábil como leal y esforzado; Pero Bermúdez, el impaciente y enérgico tartamudo: el Obispo D. Jerónimo, ardido batallador, caboso coronado. Y enfrente, como envueltos en sombras para el contraste, los tipos viles de los infantes de Carrión y de sus deudos y parciales, generación de traidores insolentes y de sibaritas que almuerzan antes que fagan oración.

[p. 125] Ni en las descripciones de combates, ni en el cuadro asombroso de las Cortes que mandó hacer en Toledo Alfonso VI para que el Cid lograra su justicia y desagravio, se encuentra sombra de arte, en el sentido retórico de la palabra; pero hay otro arte más sublime, aquel que se ignora a sí mismo, y confundiéndose con la divina inconsciencia de las fuerzas naturales, nos da la visión plena de la realidad.

Los sentimientos que animan a los héroes de tal poesía son de tanta sencillez como sus mismas acciones. Obedecen sin duda al gran impulso de la Reconquista; pero en vez de semejante abstracción moderna, buena para síntesis históricas y discursos de aparato, no puede concebirse en los hombres de la primera Edad Media más que un instinto que sacaba toda su fuerza, no de la vaga aspiración a un fin remoto, sino del continuo batallar por la posesión de las realidades concretas. [1] Si el Cid tuvo más altos pensamientos y llegó a decir que un Rodrigo había perdido a España y otro Rodrigo la recobraría, no es la poesía heroica castellana la que pone en su boca tales palabras; son los historiadores árabes, sus implacables enemigos, que por tal medio quieren ponderar el extremo de su soberbia. El Cid del poema lidia por ganar su pan, porque (como dice en otra parte el autor del poema) «haber mengua de él es mala cosa»: lidia para convertir a sus peones en caballeros, se regocija con la quinta parte que le corresponde en la repartición del botín; conquista a Valencia para dejar a sus hijas una rica heredad: sentimientos naturalísimos y hermosos en un hombre de la Edad Media, por lo mismo que tan lejanos están de todo énfasis romántico. Hasta la estratagema poco loable usada con los judíos Rachel y Vidas contribuye al efecto realista del conjunto, mostrando sometido al héroe a la dura ley de la necesidad prosaica.

[p. 126] No es menos de reparar en nuestros Cantares de Gesta la total ausencia de aquel espíritu de galantería que tan neciamente se ha creído característico de los tiempos medios, cuando a lo sumo pudo serlo de su extrema decadencia. No sólo se buscaría en balde en nuestra viril y austera poesía la aberración sacrílega o hipócrita del culto místico de la mujer, ni menos la expresión de afectos ilícitos de que no está inmune la lírica de los provenzales, sino que jamás la ternura doméstica, expresada de un modo tan sobrio, pero tan intenso, en las breves palabras del Campeador a doña Jimena y a sus hijas, y en leyendas como la de la libertad de Fernán González por su esposa, se confunde ni remotamente con lo que pudiéramos llamar el amor novelesco, que más que un afecto sano y profundo, suele ser una exaltación imaginativa. Tales estados nerviosos, tales cavilaciones y desequilibrios, son producto de una civilización muelle y refinada, e incompatibles de todo punto con el ambiente de los tiempos heroicos. Mucho esfuerzo necesita un lector vulgar para pasar desde la Ximena dramática de Guillén de Castro o de Corneille, combatida y fluctuante entre el deber y la pasión, a la Ximena épica, la de la Crónica Rimada, pidiendo con toda sencillez al Rey que la case con Rodrigo, a modo de composición pecuniaria, porque éste ha matado a su padre, después que uno y otro se habían robado mutuamente sus ganados, secuestrando, por añadidura, las lavanderas que bajaban al río. Pero aunque tal aspereza de costumbres ofenda, todavía para quien tenga sentido de las cosas bárbaras y primitivas resulta tan poética, por lo menos, como las logomaquias del punto de honra que el teatro moderno aplicó indistintamente a todas épocas y estados sociales, como si cada uno de ellos no tuviese su peculiar psicología.

Hay, sin embargo, en lo que conocemos de nuestras leyendas épicas, grades muy diversos de elevación moral, y contra lo que una observación superficial pudiera inducir a creer, no son las más antiguas las que más abundan en rasgos bárbaros, feroces y violentos. Lo mismo la leyenda de las mocedades de Rodrigo, que la tremenda historia de los Infantes de Lara, son evidentemente posteriores a los cuadros más apacibles que nos ofrecen el poema de la vejez de Mío Cid, o las tradiciones relativas a Fernán González. Los héroes más feroces no siempre son el embrión de los héroes [p. 127] más perfectos, sino que suelen ser su degeneración y a veces su caricatura. El punto culminante de la epopeya ha de buscarse en un medio histórico ni enteramente bárbaro, ni enteramente civilizado tampoco, en el cual los sentimientos propios de la edad heroica hayan logrado su cabal y armonioso desarrollo, después del cual suelen venir dos géneros de falsificación contrarios, uno por hipérbole grosera, otro por atenuación melindrosa y culta. El Cid del poema representa dentro de nuestra poesía este grado supremo del ideal caballeresco tal como fué entendido por nuestros padres en la Edad Media. Cuanto más nos inclinemos a ver sombras en el Cid histórico, tal como se infiere de algunos rasgos de su propia crónica latina, y sobre todo de los textos árabes que ha interpretado Dozy (exagerando su valor y sentido, hasta querer transformar al Campeón burgalés en una especie de condottiere italiano, soldado de fortuna, robador de iglesias, rompedor de pactos y juramentos, codicioso y sanguinario, y aliado alternativa e indistintamente con moros y cristianos); tanto más nos asombraremos del generoso instinto moral y poético de nuestra raza, que en tan breve tiempo enmendó las deficiencias de la historia, sin atentar a lo substancial de ella; y al depurar el tipo, sin despojarle de su valor individual, le comunicó toda la plenitud y efusión de una existencia más luminosa y más alta. En este caso, como en tanto otros, el símbolo nació espontáneamente, viniendo a cumplirse al pie de la letra aquella sentencia de Aristóteles: «La Poesía es más profunda y más filosófica que la Historia.»

Preséntase la poesía heroica castellana, como toda epopeya moderna, en estado fragmentario o rapsódico, muy lejano de la imponente y clásica unidad que ostentan los dos poemas homéricos; de los cuales se diferencia también, no menos que de los cantos del Norte escandinavo y germánico, por su carácter puramente humano e histórico, sin mezcla alguna de mito o de teogonía. En esto coincide con la epopeya francesa, que la precedió, que en parte la sirvió de modelo, y que aventaja a la nuestra, no sólo por razón de su mayor fecundidad, sino por haber encontrado en la gran figura histórica de Carlomagno un centro que diera unidad a las gestas desligadas. Tal género de unidad no lo consentía nuestra historia, llena de dispersión e individualismo, ni podía brotar arbitrariamente de la fantasía de los juglares. El Cid alcanzaba o [p. 128] superaba la talla de Roldán, pero ni Fernando el Magno ni Alfonso VI, con haber sido grandes reyes, podían ejercer sobre la fantasía aquel misterioso prestigioso que durante toda la Edad Media se ligó al nombre del domador de la barbarie sajona, del gran restaurador del imperio de Occidente. Hubo, pues, en nuestra poesía pequeños ciclos, apenas enlazados entre sí como no sea por cierta razón geográfica. Nuestra epopeya es exclusivamente castellana, en la acepción más restricta del vocablo, no sólo porque en las demás literaturas vulgares de la Península, en la catalana como en la portuguesa, faltan enteramente cantares de gesta, aunque no faltasen gérmenes de tradición épica, sino porque, con la sola excepción de la leyenda de Bernardo, que puede suponerse leonesa y que en gran parte se compuso con elementos transpirenaicos, todos los héroes de nuestras gestas, Fernán González y los Condes sucesores suyos, los Infantes de Lara y el Cid, son castellanos, del alfoz de Burgos, o de la Bureba, y lo que principalmente representan es el espíritu independiente y autonómico de aquel pequeño Condado que, comenzando por desligarse de la corona leonesa, acaba por absorber a León en Castilla y colocarse al frente del movimiento de Reconquista en las regiones centrales de la Península, imponiendo su lengua, su dirección histórica y hasta su nombre a la porción mayor de la patria común. Los héroes de nuestros cantares, cuando no son rebeldes declarados como Fernán González, son vasallos mal quistos de sus reyes, y que hablan y obran poco menos que como soberanos. Tal es el caso del Cid. No negaremos que pueda haber en el fondo de esto un sentimiento, ya aristocrático, ya popular, mal avenido con la unidad de poder, aun dentro de las rudimentarias condiciones de las monarquías de los tiempos medios: el Cid de la Crónica Rimada y de algunos romances tiene rasgos feudales y anárquicos, que, más que a la tradición primitiva, parecen corresponder a una desviación de la historia, pero que de todos modos son antiguos y significativos; en otras leyendas burgalesas más oscuras se ve apuntar cierto sentido democrático. Pero estos vagos indicios (que de tales no pueden pasar tratándose de un pueblo donde nunca las clases sociales estuvieron separadas por grandes barreras ni por grandes odios), importan menos que la consideración del espíritu netamente castellano que se personifica en Fernán González y en el descendiente [p. 129] de Laín Calvo, cuyas épicas figuras, rodeadas de luz y de bendiciones, parecen contraponerse en la intención de los poetas a las de monarcas ingratos o perjuros, y a las de próceres leoneses como los Infantes de Carrión, cargados por la musa popular con toda suerte de afrentas y vilipendios. Creemos firmemente que la epopeya castellana nació al calor de la antigua rivalidad entre León y Castilla (rivalidad que ocultaba otra más profunda, la del elemento gallego y el elemento castellano), y que este es su sentido histórico primordial; lo cual no quiere decir que haya cantar alguno que se remonte a los oscuros y lejanos tiempos en que se elaboró la independencia del Condado. Ni lengua castellana existía, cuanto menos poesía vulgar. Pero la memoria de los pueblos suele ser tenacísima, y la fantasía poética tiene algo de retrospectiva. ¿Qué mucho que los juglares de los siglos XII o XIII expresaran con tal fidelidad el arranque de independencia que movió en los siglos X y XI a los jueces ciudadanos y a los condes otorgadores de buenos fueros, cuando en plena edad artística, en las albores del siglo XVII, el estro magnífico de Lope, sintiéndose engrandecido al contacto de aquella tradición sagrada, todavía acertaba a enriquecerla con elementos y rasgos propios, que nadie diría germinados en la fantasía individual, sino dictados al poeta por el alma de la Edad Media?

Esta poesía épica, tan eminentemente nacional por los asuntos y por el espíritu, ¿en qué grado puede creerse que pagó tributo a una poesía anterior y forastera? Cuestión grave por cierto, y en la que importa precaverse contra opuestas exageraciones, inspiradas por sentimientos de patriotismo loables sin duda, pero que en ningún caso deben prevalecer contra la inflexible verdad histórica. Tan lejanos andan de esa verdad los que como el inolvidable y doctísimo Amador de los Ríos se inclinan a negar o regatear en cuanto pueden toda influencia francesa en nuestras letras de los tiempos medios, como los que, al modo de Damas-Hinard y aun de Puymaigre, se empeñan en convertirlas en un apéndice de la historia literaria de su nación, viendo por todas partes imitaciones, plagios y reminiscencias. Que el centro de la vida literaria de Europa en la Edad Media estuvo en Francia, es proposición que nadie discute hoy, porque no se discuten las cosas evidentes. Hoy para todo el mundo es notorio (aunque haya sido grande la persistencia [p. 130] de los errores divulgados por la escuela romántica) que la verdadera emancipación literaria de España no se cumple hasta la época del Renacimiento, así como la emancipación literaria de Italia había sido obra de los grandes escritores trecentistas. Nuestra literatura de los siglos XVI y XVII es, no solamente más rica, más grande y sin comparación más bella que la de los siglos medios, sino mucho más nacional, mucho más española. Estoy por decir que ni siquiera en el tan mal tratado siglo XVIII vivimos tanto de imitación y de reflejo como en aquellos otros tiempos que, por ser tan remotos, se nos presentan con un falso aspecto de primitivos y espontáneos. Pero de esa general sentencia hay que exceptuar algunos libros en prosa, que ni en Francia, ni en Italia, pudieron encontrar modelos ni aun similares, y hay que exceptuar también, aunque con ciertas reservas y distinciones, las gestas épicas de Castilla. Punto es este que Milá y Fontanals trató con suma discreción y pulso en una larga nota unida a su libro capital De la Poesía Heroico-Popular Castellana. Que la poesía más antigua influyese en la más moderna: que la admirable Canción de Rolando, divulgada por lo menos desde el siglo XI, y tan interesante a los españoles por su asunto, se hiciese familiar a nuestros juglares, y que en pos de ella entrasen otras narraciones del mismo ciclo y de los ciclos secundarios, era no sólo natural, sino históricamente forzoso. Prescindiendo de aquellos estados pirenaicos, como Cataluña, Aragón y Navarra, cuyas relaciones con los franceses eran continuas y estrechas, pero que, por caso raro, parecen haber sido los que menos recibieron de su tradición épica, bastaba el hecho capitalísimo del afrancesamiento de la corte de Alfonso VI, con sus dos yernos borgoñones, y la turba de monjes de Cluny levantados a las primeras cátedras episcopales y a las más pingües abadías de Castilla, de Portugal y de León: bastarían indicios tan elocuentes como la reforma monacal: el cambio de rito: el cambio de letra: la invasión del feudalismo franco, no sin sangrienta resistencia de los burgueses: la afluencia de cruzados y aventureros transpirenaicos a la conquista de Toledo, a la de Zaragoza, a la de Lisboa, a la batalla de las Navas (si bien algunas veces se mostrasen más atentos a saquear a los judíos que a pelear con los mahometanos): bastaría, digo, el recuerdo de todos estos hechos para fijar de un modo bastante aproximado la época en que los [p. 131] cantares épicos franceses penetraron en las regiones centrales y occidentales de la Península, convirtiéndose en predilecto solaz de las clases aristocráticas. ¿Pero cómo llegaron a las clases populares, que ya comenzaban a tener existencia y gustos propios?

Estos cantares hubieron de ser al principio recitados en su lengua original, por juglares de origen francés, al son del instrumento épico llamado vielle. ¿Podemos suponer que más adelante fueron algunos de ellos traducidos al castellano? Así parece indicarlo el poema de Maynete y Galiana, que la Crónica General nos ha conservado disuelto en prosa, pero no sin que persistan rastros del monorrimo asonantado. ¿Hemos de admitir, como han insinuado algunos, la hipótesis de haber existido ciertos poemas en una lengua intermedia franco-castellana, compuestos en alguna de las comarcas limítrofes con Francia, y que sirvieran, digámoslo así de puente entre las dos manifestaciones épicas? Esta hipótesis, que hasta el presente ha logrado poca fortuna, tiene, sin embargo, en su abono el ejemplo de los poemas franco-itálicos, y trae la ventaja de explicar ciertos elementos de la leyenda de Bernardo del Carpio, con quien parece haberse confundido al Bernardo conde de Ribagorza y de Pallars, poblador del canal de Jaca. Pero la ausencia de cantos épicos en Aragón y Navarra (dado que es provenzal por la lengua y por el autor, y además enteramente histórico, el único hasta hoy conocido, el de Guillermo Anelier sobre la Guerra Civil de Pamplona) no nos autoriza por ahora para dar crédito a tan ingeniosa conjetura. Resta, pues, ignorado el camino por donde pudo venir a noticia de nuestro pueblo, no la epopeya francesa en conjunto, no quizá poema alguno íntegro, pero sí fragmentos, rapsodias, episodios, descripciones de batallas, que es lo único en que hay verdadera y material coincidencia.

Sin querer extremar el concepto de lo popular, ni suponer entre las clases de la sociedad española del siglo XII una división más profunda de la que realmente existía, es claro que algo y aun mucho habían de diferir el ideal poético y la cultura mundana entre los caballeros y los monjes franceses o afrancesados que rodeaban a Alfonso VI, al Conde de Portugal D. Enrique, a la Reina Doña Urraca, al Emperador Alfonso VII o al Arzobispo compostelano D. Diego Gelmirez; y los rudos mesnaderos que seguían al Cid ganando su pan, desde la glera del Arlanzón hasta los vergeles de [p. 132] Valencia, o los fieros burgueses de Sahagún que, enojados con la aristocrática tiranía de sus abades, entraban a saco sus paneras y tumultuariamente se bebían su vino. Era natural que la epopeya francesa fuese muy del gusto de los primeros, pero parece duro admitir que también la entendiesen y se deleitasen con ella los segundos. Y por caso singular nos encontramos con que la epopeya castellana jamás expresó el modo de sentir de la aristocracia palaciega ni de la Iglesia feudal (sentido que ha de buscarse en ciertas crónicas latinas como la Historia Compostelana o la del anónimo de Sahagún), y por el contrario, parece haberse complacido en circundar de gloria a los rebeldes como Fernán González, a los proscriptos como Bernardo y el Cid, a los que a despecho de la transformación habida en España, proseguían viviendo como en los primeros tiempos de la Reconquista. Y lejos de ser francesa la inspiración de tal poesía, más bien parece un reto, una continua protesta del sentimiento nacional herido, que comienza por inventar la fabulosa leyenda de Bernardo, como queriendo ahogar entre los nervudos brazos del héroe leonés hasta el recuerdo poético del martirio militar de Roncesvalles; y acaba, en los tiempos de su decadencia y en el paroxismo de sus iras, por alterar brutalmente la noble figura del Cid y hacerle pasar los puertos en compañía de D. Fernando el Magno para desacatar al Papa, para vencer y aprisionar al Emperador y al Rey de Francia, y deshonrar al Duque de Saboya en la persona de su hija. En otras leyendas que no sabemos si fueron cantadas, pero que la Crónica General consigna, se descubre el mismo espíritu. Francesa supone la tradición a la infiel esposa del Conde Garci Fernández: francesa a la madre del Conde Sancho García, la cual torpemente enamorada de un moro, intenta matar con hierbas a su propio hijo. Si en todas estas historias hemos de ver un reflejo del cariño y admiración que nuestros antepasados tributaban a los franceses, no hay duda que eran un cariño y una admiración harto singulares.

Si la imitación no está en el espíritu general de nuestra poesía, como no sea por antítesis y protesta, ¿estará por ventura en los asuntos? Los temas de la epopeya castellana, con rara excepción, son de nuestra propia historia, y aun los fabulosos se encarnan en ella tan hondamente, que llegan a parecer históricos; y a nadie [p. 133] se hará creer que los juglares de la lengua de oil viniesen a enseñar a los de Burgos la existencia y las hazañas del Conde Fernán González o la venganza del bastardo Mudarra. No sabemos de más poema traducido que el Maynete; y sólo en algunas formas primitivas de la leyenda de Bernardo, que hubo de elaborarse muy lentamente y cuyas sucesivas capas de estratificación todavía se disciernen en el vacilante y complejo relato de la General, es posible observar ciertamente rasgos de exotismo, y tendencias a emparentar al héroe leonés con los príncipes francos, ya confundiéndole con el Bernardo, rey de Italia, ya suponiéndole hijo de D.ª Tiber, hermana de Carlomagno. Pero ni este Bernardo semifranco, ni el Bernardo ribagorzano prevalecieron al fin en la poesía ni en las crónicas, de donde vino a excluirlos el Rey Sabio con aquella poderosa razón de que non se ha de creer todo lo que los homes dicen en sus cantares de gesta; y sobre ellos se levantó triunfante el Bernardo castizo, el Bernardo leonés por ambas líneas, fijo de la Infanta Jimena y del Conde don Sandías, y no sobrino de Carlomagno, sino de Alfonso el Casto.

¿Estará la imitación en los metros épicos? Hay ciertamente semejanza, pero de ningún modo identidad; ni lo consentía el distinto genio prosódico de entrambas lenguas, aunque mucho menos desemejantes entonces que ahora, como más próximas a su fuente común. La versificación de los poemas castellanos, a juzgar por los dos únicos que en su primitiva forma poseemos, resulta extraordinariamente bártara e irregular si se la compara con el sistema de las gestas francesas. Muchas de las irregularidades métricas que en ambos poemas del Cid observamos, han de atribuirse sin duda a las pésimas copias que de uno y otro tenemos; pero hay otras muchas que nos parecen de todo punto inexplicables y que están destinadas a cansar eternamente la paciencia de los filólogos. Ese ritmo vago y flotante sostenido por series o grupos de asonancias muy diversos en extensión, parece inclinarse con preferencia a uno de dos tipos, o al alejandrino o al verso de 16, cuyo hemistiquio es el pie de romance. El primero de estos tipos domina en el Poema del Cid (donde hay hasta 270 versos de 14 sílabas), el segundo en la Crónica Rimada o leyenda de las mocedades de Rodrigo. No negaremos que la audición de la poesía francesa, que el autor del Poema conocía [p. 134] e imitó en algún caso, influyera en su predilección por el alejandrino, pero no de tal suerte que bastase a imponer un tipo general y uniforme a su versificación. Él, como los demás poetas del mester de yoglaría, no fablaba por síllabas cuntadas. Esta gran maestría estaba reservada a los poetas cultos de la edad subsiguiente, a los ingenios del mester de clerecía. [1]

Por otro lado, ha de tenerse en cuenta que de las dos direcciones que hemos reconocido en el verso épico castellano, la segunda, la que no tiene relación con los metros de las gestas francesas, se sobrepuso muy pronto a la primera, dejando relegado el alejandrino a los poetas monacales y escolásticos, y desterrándole enteramente del arte popular. Es curioso advertir este fenómeno en los libros historiales que aprovecharon fragmentos épicos, desliéndolos en prosa. Así como en la Crónica General aparecen por donde quiera vestigios de versificación alejandrina, así en las refundiciones posteriores de dicha Crónica, de una de las cuales vino a ser extractada luego la famosa Crónica del Cid, se siente, hasta en esos mismos pasajes, la influencia del ritmo octosilábico, como si el oído de los compiladores de la historia fuese siguiendo dócilmente las evoluciones del canto vulgar.

¿A qué se reduce, pues, esa tan ponderada influencia de la canción épica de los franceses en la nuestra? Desde luego hay que descartar, y los críticos más severos de aquella nación también descartan, todas las exageraciones de Damas Hinard, así en lo tocante a identidad de formas de lenguaje, como en la parte de indumentaria, costumbres militares y caballerescas, etc. ¿Dónde hay cosa más absurda que declarar galicismo todo lo que se encuentra en textos franceses, como si todas las lenguas romances no tuviesen el mismo origen y no se hubiesen desenvuelto conforme a leyes comunes, o suponer propias y privativas de Francia costumbres que eran de toda Europa en la Edad Media, y que habían nacido de un estado social idéntico: y cerrar por otra parte los ojos a tantos y tantos rasgos netamente castellanos como el Poema del Cid contiene? Limitémonos a decir, porque esto es lo cierto, que la [p. 135] epopeya francesa y la castellana parecen dos ramas del mismo tronco, aunque de muy desigual fuerza y lozanía: que en ambas se respira el mismo ambiente de grandeza heroica y semi-bárbara como engendradas en un medio histórico, si no idéntico, semejante: que la poesía más antigua hubo de influir en la más moderna, y aun favorecer indirectamente su desarrollo, pero que tal influencia tocó más a los pormenores que al espíritu, y no bastó a borrar el carácter genuinamente histórico que, como sello de raza, ostentan las gestas castellanas.

Queda dicho que sólo dos de ellas han llegado a nosotros en su forma primitiva o en una forma muy aproximada a ella. Hay que añadir que ambas están incompletas: la una, al principio; la otra, al fin, y que entre las dos no abarcan entera la vida poética del Cid, faltando un período intermedio en que debemos colocar las bellas tradiciones del cerco de Zamora. Pero estas tradiciones fueron igualmente cantadas, como lo fué también la partición de los reinos hecha por Fernando el Magno en Castil de Cabezón; y todo el texto de la Crónica General que a estos acontecimientos se refiere, es mera transcripción de textos poéticos, seguidos al parecer con notable fidelidad, si hemos de juzgar por la manera cómo los redactores de la Crónica aprovecharon el Poema del Cid. [1] Cuál fué la materia total de este poema, y el contenido probable de las hojas que al principio le faltan, es problema insoluble; pero si algo valen conjeturas, sujetas siempre a que las invalide cualquier feliz e inesperado descubrimiento, no hemos de ocultar que nos parece inverosímil la idea de que el poema haya comprendido nunca mucho más de lo que actualmente comprende, debiendo notarse que toda su primera mitad está narrada con suma rapidez y cierta sequedad, como si en el propósito de su autor estuviese destinada meramente a servir de introducción a la historia del primer casamiento de las hijas del Cid y de la venganza que éste toma de sus infames yernos, coronándolo todo, como reparación suprema, las segundas y gloriosas bodas con los [p. 136] Infantes de Aragón y Navarra. La unidad innegable de pensamiento que en el poema brilla, impide retrotraer el principio de su acción mucho más allá del segundo destierro del Campeador. No es la crónica rimada de todas sus hazañas, sino el cantar de gesta de su edad madura. Encontramos, pues, muy verosímil la hipótesis de un poema intermedio que pudiéramos decir poema del cerco de Zamora, y cuyo término natural sería la jura de Santa Gadea y el primer destierro del Cid.

El texto del Poema ha llegado a nosotros en un solo y venerable códice, procedente de la aldea de Vivar, patria del héroe. Es el que Sánchez publicó en 1779, y el que actualmente posee don Alejandro Pidal. Este manuscrito dista mucho de ser coetáneo del poema. Es ruda copia hecha por un Per Abbat en la era 1345 (año 1307), y no en la era 1245 (año 1207), como aparentemente dice el explicit o suscripción final del códice, en el cual fué borrada desde antiguo la tercera C inicial de ciento. El códice es evidentemente del siglo XIV, y ya en aquella centuria fué retocado dos veces por lo menos, aparte de otras enmiendas de tiempos posteriores. Pero esta copia, en medio de sus incorrecciones, conserva un sello de arcaísmo tan notable, que no puede dudarse que se deriva del poema original transmitido por una serie de copias más o menos estragadas, y no se apoya, como algunos han creído, en la tradición oral de los juglares. En este caso, no se encontrarían en el poema tantas asonancias falsas nacidas de haber sustituído el escriba las formas modernas de las palabras a las antiguas, puesto que las hubiera transcrito tales como en su tiempo se recitaban. Hay también casos frecuentes de trastrueques de palabras, hemistiquios y aun versos enteros dislocados. Pero en estos defectos se ha de ver el influjo de copias ya viciadas, no el de una refundición poética, en que hubiera sido fácil evitarlos. Podemos, pues, creer que el códice de Per Abbat, a pesar de lo tardío de su fecha, representa bastante exactamente el poema escrito hacia 1140, y tiene más valor para fijar su texto que las prosificaciones de las Crónicas, sin que por eso se niegue el excepcional valor de la llamada de Veinte Reyes, para la cual parece haberse tenido presente un manuscrito más antiguo que el de Per Abbat. De todos estos medios, unidos a su admirable y pasmosa sagacidad, se ha valido el Sr. Menéndez Pidal para su edición crítica [p. 137] todavía no puesta en circulación. [1] Pero ya el texto que ha dado en 1898 sustituye con ventaja a todos los anteriores [2] y es el único que puede citarse hoy con plena confianza.

En cuanto a la fecha de la composición del Poema, ha prevalecido generalmente el parecer de D. Tomás Antonio Sánchez, que con intuición crítica muy superior a la habitual en su tiempo, le colocó a mediados del siglo XII. [3] Es imposible suponer menor intervalo que el de medio siglo entre la lengua y versificación del Poema y la lengua y versificación de Berceo, y no menos imposible es, por otra parte, hacer el poema demasiado cercano a su héroe, pues aunque esté lleno de su espíritu y de su recuerdo, contiene demasiadas alteraciones de la historia, demasiados hechos conocidamente fabulosos o transformados ya por una elaboración épica, que exige un tiempo más o menos largo, por muy complaciente [p. 138] que supongamos a la fantasía popular respecto de sus tipos predilectos. El cariño con que en el poema se alude al buen Emperador (Alfonso VII), y el verso famoso

       Oy los Reyes d' España sos parientes son,

                                                                                      (Verso 3724).

lo cual entonces se cumplía (aunque no exactamente del modo que dice el juglar, puesto que nunca las hijas del héroe fueron señoras de Navarra y Aragón), inducen a colocarle aproximadamente en la época de aquel monarca, uno de los más grandes de la Reconquista. Y tal inducción recibe nueva fuerza de un pasaje del poema latino de la Conquista de Almería, que no sólo testifica de la existencia de cantos relativos al Campeador, sino que le designa con el mismo calificativo épico y de honor que en el poerna se usa; el de Mío Cid:

       Ipse Rodericus, mio Cidi saepe vocatus,
        De quo cantatur, quod ab hostibus haud superatus.

Estos cantares, que eran sin duda en lengua vulgar, no parece que pueden ser otros que los del poema actual o algunos muy semejantes.

El nombre de Poema es inexacto sin duda, mera designación clásica impuesta por el docto Sánchez, y respetada luego por los demás editores y por el uso. El autor le dió nombre más propio, llamándole en un pasaje gesta y cantar en otro:

       Aquis conpieza la gesta de Myo Cid el de Biuar
       .........................................................................

                                                             (Verso 1085).

       Las coplas deste cantar aquis van acabando,
       El Criador vos valla con todos los sos santos.

                                                    (Versos 2276 y 2277).

Estos versos marcan también las divisiones de la obra, que Sánchez imprimió seguida, pero que en rigor debe distribuirse en tres cantares, que comprenden reunidos 3.735 versos, siendo de [p. 139] notar que, además de las hojas del principio, faltan al códice otras tres en diversos lugares, las cuales debieron de ser cortadas en tiempos bastantes remotos, puesto que ya una copia hecha en 1596 por Juan Ruiz de Ulibarri, que se conserva en la Biblioteca Nacional, tiene los mismos defectos.

En estado todavía más deplorable, y también en un sólo códice, ha llegado a nosotros el poema de las Mocedades del Cid, o cantar de gesta de Rodrigo, malamente apellidado por su primer editor, Francisco Michel «Cronica Rimada». [1] Este singular documento, que todavía espera una edición crítica, a pesar de los loables esfuerzos con que procuraron depurar su texto Fernando Wolf y D. Agustín Durán, carece de título en el pésimo códice de la Biblioteca Nacional de París, que le contiene: copia informe del siglo XV, en que se han soldado caprichosamente al poema otros retazos en prosa y verso, que contienen tradiciones de carácter épico, como las relativas a Fernán González y a Laín Calvo, y otras de carácter legendario monacal, como las concernientes a la iglesia de Palencia, donde quizá viviría el compilador que zurció estos incoherentes cuanto preciosos fragmentos. Hasta el verso 280 no comienza lo que podemos considerar como poema de la juventud del Cid. Hemos indicado, aunque rápidamente, en otro lugar del presente estudio, las razones que nos mueven a no conceder a este poema la remota antigüedad que se empeñaron en darle por diversas razones Dozy y Amador de los Ríos. Si el poema de Mío Cid dista mucho de ser histórico en todas sus partes, y lo es más en el conjunto y en el espíritu que en los detalles, el poema de Rodrigo es positivamente antihistórico, y apenas hay en él cosa alguna que no sea invención groseramente fabulosa. La barbarie que rebosa en los sentimientos y acciones de los héroes no revela un estado de candor primitivo, sino más bien de perversión y decadencia; el espíritu anárquico, desmandado y feroz, que parece la única musa inspiradora del anónimo juglar, no nos transporta a los tiempos heroicos del grande Emperador, ni a los del vencedor de las Navas, sino al triste paréntesis que va desde Alfonso X a Alfonso XI, o a los días nefastos de Nájera y [p. 140] de Montiel. En la primitiva Crónica General no hay rastro de la leyenda de las mocedades de Rodrigo, aunque otra cosa se haya creído por fiarse del texto de Ocampo. Sólo aparece, y poco desarrollada todavía, en la Crónica de 1344, cuyos refundidores aprovecharon un texto poético muy diverso del de la Rimada. Éste no debió de ser escrito hasta fines de aquel siglo, como parecen indicarlo, no sólo su lengua, incomparablemente más moderna que la de los mesteres de clerecía, sino también aquella explosión rabiosa de odio contra los franceses, como si nada persistiese más vivo en la mente del refundidor que el paso vandálico de las compañías francas por Castilla. De otro lado, hay en el Rodrigo evidentes imitaciones del Mio Cid, hay reminiscencias de la epopeya francesa decadente, y entre otros indicios de modernidad relativa, debe notarse el uso casi constante y regular (salvo los increíbles defectos de la copia) del verso de diez y seis sílabas, lo cual le enlaza directamente con los romances. No queremos decir por esto que todos los elementos más o menos torpemente fundidos en la Rimada, sean del mismo tiempo; los hay positivamente antiguos, como el loor de D. Fernando el Magno, al cual elude en términos expresos la Crónica de 1344. «E' por esto dixeron los cantares que pasara los puertos de Aspa a pesar de los franceses.» En resumen, y sin que pretendamos aclarar las mil difíciles cuestiones que sugiere el estudio de esta obra tan confusa y enigmática, puede darse por averiguado que si en ella queda algo de la poesía del siglo XIII, fué refundida por mano torpe e inhábil a fines del XIV, si no a principios del XV.

De otros cantares sólo tenemos el resumen en prosa de la General y sus refundiciones, [1] cuyos compiladores los alegan, aunque con alguna reserva y escrúpulo, como fuente histórica: «Non lo sabemos por cierto sinon quanto oymos dezyr a los juglares en sus cantares de gesta». De estos cantares habla también la ley de Partida (2.ª part., ley XX), preceptuando a los juglares que «non dixiessen otros cantares sinon de gesta o que fablasen de fecho de armas».

[p. 141] La Estoria d' Espanna, y todavía más las que después de ella se escribieron, enriqueciendo su texto con nuevos materiales poéticos, nos han conservado, no solamente el fondo, sino en muchos casos las mismas palabras de los cantares, y hay páginas enteras donde la restitución de la forma métrica es posible y segura. En este caso se hallan gran parte de la leyenda de Bernardo y de la de los Infantes de Lara, no menos que la caballeresca de Maynete y Galiana. Pero ha de observarse que cuando algún asunto tradicional había ya caído en manos de los poetas cultos, el Rey Sabio y sus colaboradores prefieren el texto erudito al popular. Así la parte relativa a Fernán González en la General es transcripción, no de los cantares de gesta primitivos (de los cuales sólo algún retazo ha llegado a nosotros en el caótico prefacio de la Rimada), sino del poema de mester de clerecía, compuesto por un monje de Arlanza. [1] Respecto de otras fuentes de la General, como la Estoria del rromanz del Infant D. García (el asesinado en León por los Velas), no es fácil decidir por su solo título, y por el breve resumen de la Crónica, si se trata de una obra popular o erudita, ni siquiera si estaba en verso o en prosa, pero todo induce a creer lo primero.

Desmedida antigüedad ha querido atribuirse, especialmente por el Sr. Amador de los Ríos, a dos breves narraciones de asunto piadoso, la Vida de madona Sancta María Egipciaqua, y El Libre dels tres Reys d' orient, que más bien debiéramos llamar leyenda del bueno y del mal ladrón. Ambas obras están contenidas en el mismo códice de la Biblioteca Escurialense que encierra el Libre de Apollonio, y juntamente con él fueron dadas a luz en 1844 por D. Pedro José Pidal. Compuestas en versos de nueve sílabas, ni aun en esto disimulan su origen transpirenaico. [2] Son, en efecto, [p. 142] versiones sobremanera serviles de dos leyendas francesas. Atendiendo a ciertas particularidades de lengua, se inclinaba Milá y Fontanals a suponer que la versión no fué directa, sino que hubo [p. 143] de existir un texto provenzal intermedio. El texto castellano no puede, por ningún concepto, ser anterior al siglo XIII, ni, fuera de su valor lingüistico, presenta otro interés que el de los datos de las leyendas mismas, tantas veces contadas en todas lenguas.

Es también traducción de un poema francés atribuído a un trovero anglo-normando, el curioso-fragmento de la disputación del alma y el cuerpo, descubierto por D. Tomás Muñoz Romero al reverso de un pergamino del Archivo Histórico Nacional, y publicado por D. Pedro José Pidal en 1856. Wolf, que averiguó el original de este fragmento, le coloca con buen acuerdo en el siglo XIII. [1] La versificación es muy irregular, y hay bastantes heptasílabos, pero se ve el empeño de imitar los pareados de seis sílabas en que está compuesto el original.

       Un sábado esient,—domingo amanezient,
       Vi una grant visión—en mio leio dormient.
       ...............................................................

El poema francés empieza:

       Un samedi par nuit—endormi en mon lit,
       E vi en mun dormant—une vision grant.
       ..............................................................

Esta controversia entre el alma y el cuerpo de un difunto recién enterrado, que mutuamente se increpan, atribuyéndose la causa de todos los pecados de su vida, es un tema favorito de la poesía de la Edad Media, [2] y hay de él otra forma castellana en [p. 144] un poemita de fines del siglo XIV o principios del XV, sin contar las que en tiempos más cercanos le ha dado la poesía vulgar. [1]

Otro tanto acontece con los Denuestos del agua y el vino, que en un códice de la Biblioteca Nacional de París (3.576) van unidos a la graciosa pastorela o idilio que lleva el nombre de Razón de amor. Ambas piezas, que pertenecen a la primera mitad del siglo XIII, fueron descubiertas y publicadas por A. Morel-Fatio [p. 145] en el tomo XVI de la Romania, 1887. [1] Al fin de los Denuestos hay una suscripción de copista: Lupus me fecit de Moros, que algunos han considerado como nombre del poeta. El pueblo de Moros pertenece a la provincia de Zaragoza, y realmente en el lenguaje de la poesía hay muchos aragonesismos, ora se deban al autor, ora al amanuense. Las dos partes de la composición están bastante mal soldadas entre sí, pero no simplemente yuxtapuestas, puesto que los Denuestos se anuncian en la Razón desde el principio:

       En el mes d'abril, depues yantar,
       Estaua so un oliuar.
       Entre-çimas d'un mançanar
       Un uaso de plata vi estar;
       Pleno era d' un claro uino
       Que era vermeio e fino;
       Cubierto era de tal mesura
       No lo tocás la calentura.
       Una duena lo yeua presto,
       Que era senora del uerto,
       Que quan su amigo uiniesse,
       D'aquel vino a beuer le diesse.
       Qui de tal vino oviesse
       En la mana[na] quan comiesse;
       E dello oviesse cada dia
       Nuncas mas enfermarya.
       Arriba del mançanar
       Otro vaso ui estar;
       Pleno era d'un agua fryda
       Que en el mançanar se naçia.
       Beuiera d'ela de grado,
       Mas ovi miedo que era encantado.

                                      (Versos 11-36).

[p. 146] El poeta se olvida luego de los dos vasos describiendo su aventura amorosa, pero al fin del relato, una palomela tan blanca como la neu del puerto, penetra en el vaso del malgranar, y derrama el agua sobre el vino:

       Aquis copiença a denostar
       El vino y el agua a malinar...

Hay, pues, contaminación de dos temas, derivados acaso de fuentes distintas, pero cuya soldadura, aun siendo poco hábil, debe atribuirse al poeta, no a un mero escriba.

La Razón de Amor es, sin duda, lo más antiguo estrictamente lírico que tenemos en nuestro Parnaso. El autor de este risueño y agradable fragmento parece seguir la tradición provenzal de los últimos trovadores. Acaso conocía también la poesía lírica del Norte de Francia y con más probabilidad la escuela gallega. Al principio da algunas señas de su persona:

       Qui triste tiene su coraçon
       
Benga oyr esta razon.
       
Odrá razon acabada,
       Feyta d'amor e bien rymada.
       Un escolar la rimó
       Que siempre duenas amó;
       Mas siempre ovo cryança
       En Alemania y en Francia,
       Moró mucho en Lombardia
       Pora aprender cortesia.

                         (Versos 1-10)

Luego, por boca de su amada, vuelve a aludir a su condición de estudiante y como entonces se decía clérigo, mostrándose su mamente pagado de sí mismo:

       «Porque eres escolar,
       Quis quiere te deuria mas amar.
       Nunqua odí de homne deçir
       Que tanta bona manera ouo en si.
       Mas amaria contigo estar
       Que toda España mandar...»

                           (Versos 82-86).

        [p. 147] «Pero dizm' un su mesaiero
       Que es clerygo e non caualero,
       Sabe muio de trobar,
       De leyer e de cantar,
       Dizem que es de buenas yentes,
       Mancebo barua punnientes.

                            (Versos 110-115).

Como probablemente no es más que un traductor, no podemos juzgar de los quilates de su talento poético, pero por lo menos hay que concederle gracia de expresión en algunos pasajes, v. gr., en este retrato de mujer que puede compararse con el de la pecadora egipciaca en el poemita que ya conocemos:

       Mas vi venir una doncela;
       Pues naçi, non ui tan bela:
       Blanca era e bermeia,
       Cabelos cortos sobr' ell oreia,
       Fruente blanca e loçana,
       Cara fresca como maçana;
       Nariz egual e dreyta,
       Nunca uiestes tan bien feyta;
       Oios negros e ridientes,
       Boca a razon e blancos dientes;
       Labros vermeios, non muy delgados,
       Por verdat bien mesurados;
       Por la çentura delgada,
       Bien estant e mesurada;
       El manto e su brial
       De xamet era, que non d'al;
       Un sombrero tien en la siesta,
       Que nol fiziese mal la fiesta;
       Unas luuas tien-en la mano,
       Sabet, non ie-las dio vilano.
       De las flores viene tomando,
       En alta voz d'amor cantando.
       E deçia: «ay, meu amigo,
       Si me uere yamas contigo.

                              (Versos 56-80).

La disputa del agua y del vino es, como la del alma y el cuerpo, un lugar común que se encuentra en la poesía latina de la Edad Media y en todas las vulgares. [1]

[p. 148] No haremos más que mencionar el interesantísimo fragmento, puramente dramático, del Misterio de los Reyes Magos, uno de los más antiguos que en ninguna lengua vulgar existen, y solitario en la nuestra hasta fines de la Edad Media. Este precioso resto de nuestro teatro litúrgico, existe en las hojas finales de un códice bíblico de la librería del cabildo de Toledo (hoy en la Biblioteca Nacional), donde le vió y estudió por vez primera en 1783 el futuro arzobispo de Santiago D. Felipe Fernández Vallejo, trasladándole íntegro en la 6.ª de sus Disertaciones sobre la Iglesia de Toledo. [1] El texto ha sido sucesivamente publicado conforme al códice original por Amador de los Ríos, por Lidforss, por Baist y por Menéndez Pidal, siendo la edición de este último preferible a todas bajo el aspecto paleográfico y crítico. [2] Aunque no se acepten [p. 149] las conclusiones poco válidas de Lidforss, que quiere hacer remontar este Misterio hasta el siglo XI; antiquísimo es, sin duda, y no puede sacársele de la primera mitad del siglo XIII, a juzgar por sus formas lingüísticas. [1] La versificación, como de poeta culto, es mucho más artificiosa y complicada que la de los cantares de gesta, puesto que ofrece en breve espacio muestras de tres tipos métricos, el de pareados de siete sílabas, el de catorce y el de nueve, a la francesa, siendo de notar en época tan ruda e incipiente el instinto dramático con que el poeta procura acomodar los versos a las situaciones, iniciando la tendencia polimétrica que siempre ha caracterizado al teatro español.

Tales son los únicos restos de la primitiva poesía castellana que a nosotros han llegado, siendo verdadera fortuna que, con ser tan escasos y tan breves, correspondan todos a géneros y estilos diversos, y nos den razón de distintas influencias. Uno solo de ellos pertenece en rigor a la lírica, pero era forzoso dar alguna cuenta de los restantes, por ser los primeros documentos en verso, y por que de su savia épica vivió durante largos siglos toda nuestra poesía, que precisamente por no haber olvidado nunca el espíritu de sus humildes principios, aunque olvidase muy pronto la letra, subió, andando los siglos, a la cumbre de la prosperidad y de la gloria. Se advertirá que hemos huído cuidadosamente de toda hipótesis relativa a cantos populares breves, porque sin negar la posibilidad de que existieran formas líricas rudimentarias, y aun [p. 150] si se quiere cantilenas épicas, distintas de los cantares de gesta, entendemos que tales afirmaciones, repetidas hasta la saciedad en libros y discursos, no tienen hasta el presente comprobación histórica alguna, tal a lo menos como la exige y reclama el rigor de la crítica de nuestros días, cada vez más inexorable con ciertos fantasmas de poesía popular, creados por figura retórica o por fantasía romántica, o por síntesis prematura y ambiciosa. No hay romances primitivos, ni hasta la fecha los ha descubierto nadie: los que llamamos viejos son del siglo XV, que es vejez muy relativa: los de carácter épico salieron por lo común del texto de las crónicas, si bien unos pocos (los más vigorosos sin duda) pueden ser reminiscencia fragmentaria de algún cantar de gesta: [1] los de contenido no histórico, los caballerescos y de aventuras, los bellísimos que relatan tragedias domésticas, son sin duda los tipos más antiguos y más puros de la canción popular en Europa, pero tienen más de étnico y aun de humano que de privativamente nacional. Tales temas y fuentes de inspiración son de todos los pueblos, y no son en rigor de ninguno: lo mismo se los encuentra en Servia y en Bulgaria que en el Piamonte o en Bretaña, o en Cataluña. A paradoja suena, pero es gran verdad, confirmada cada día por nuevos descubrimientos hasta en las razas más diversas de las que pueblan el continente europeo: «no hay en todas las naciones cosa menos nacional que su poesía popular». Algunos pueblos como el castellano, dotados de un sentido más histórico que idealista, son excepción de la regla, pero sólo en aquella especie de poesía que es como una prolongación de la historia.

Notes

[p. 123]. [1] . La fecha, ya remota, de estas páginas (1891) indica bastante que son anteriores a la portentosa revelación y reconstrucción de varios temas de la epopeya castellana, que con honra grande de nuestra ciencia ha llevado a cabo el joven y doctísimo profesor de Filología D. Ramón Menéndez Pidal, digno continuador del método crítico y severo de D. Manuel Milá y Fontanals. Toda la materia literaria de nuestros orígenes ha sido renovada en estos diez y nueve años por el Sr. Menéndez Pidal en primer término, y por varios eruditos extranjeros y nacionales. Yo mismo, hasta donde mis fuerzas alcanzan, he vuelto a estudiar nuestras canciones heroico-populares, en mi Tratado de los romances viejos (1903-1906), y como aquellos dos volúmenes han de figurar en la presente colección, a ellos remito para lo mucho que aquí se echará de menos, limitándome a corregir en este primer esbozo (cuyo principal asunto no es la poesía épica sino la lírica) las equivocaciones que he notado, y añadir algunas notas indispensables.

[p. 125]. [1] . En las crónicas y en la literatura erudita de los siglos XVIII y XIX aparece clara y enérgicamente formulada la aspiración nacional de la Reconquista. Basta, por muchos, este notabilísimo texto de D. Juan Manuel (Libro de los Estados, primera parte, cap. XXX):

«Et por esto ha guerra entre los xpristianos et los moros et avrá fasta que ayan cobrado los xpristianos las tierras que los moros les tienen forzadas; et los que en ella morieren, auiendo conplido los mandamientos de Sancta Eglesia, sean martires, et sean las sus ánimas por el martirio quitas del peccado que ficieren».

[p. 134]. [1] . La teoría de la irregularidad métrica de nuestras gestas está admirablemente expuesta y defendida por D. Ramón Menéndez Pidal en su Gramática y Vocabulario del Cantar de Mío Cid (I, pág. 83-124).

[p. 135]. [1] . Esta conjetura, que ya indicó Milá, aparece hoy enteramente comprobada por el Cantar de D. Fernando el Magno, prosificado en la Crónica de 1344, y por el Cantar de D. Sancho II de Castilla, que acaba de restaurar con ingeniosa erudición nuestro amigo D. Julio Puyol (1911).

[p. 137]. [1] . Figurará en el segundo tomo de la obra magistral que lleva por título Cantar de Mio Cid. Texto, gramática y vocabulario (Madrid, 1908).

[p. 137]. [2] . Las únicas ediciones del Poema del Cid hechas con presencia del códice original, mejor o peor leído, fueron las de Sánchez, Janer (en el tomo 59 de la Biblioteca de Rivadeneyra, 1864), Vollmöller (Halle, 1879), Huntington (Nueva York, 1897-1903, monumento de esplendidez tipográfica). La de Damas-Hinard, con traducción francesa (París, 1858) contiene enmiendas arbitrarias, y disertaciones en gran parte erróneas y anticuadas. Mucha más severidad de método y buen instinto filológico hay en la de D. Andrés Bello, que tuvo la desgracia de aparecer muy tardíamente en la colección póstuma de las Obras completas de aquel patriarca de la literatura hispano-americana (tomo 2.º, Santiago de Chile, 1881). Es también muy importante el comentario de Eduardo Lidforss, Los Cantares de Myo Cid con una introducción y notas; Lund. (Suecia, 1895-1896, en las Acta Universitatis Lundensis. Existen traducciones del Poema del Cid en las principales lenguas literarias, y la serie de los estudios y monografías se acrecienta cada día. Prescindiendo de los trabajos más antiguos, debe hacerse especial y honorífica mención de los numerosos de J. Cornu (en la Romania, 1881, tomo X, pág. 75-99, tomo XXII, págs. 531-535; en los Études romanes dédiées à Gaston Paris, 1891, págs. 419-455; en la Zeitschrift für romanische Philologie, 1897, tomo XXI, págs. 461-528; de F. Koerbs, Untersuchung der sprachlichen Eigentümlichkeiten des altspanischen Poema del Cid, Bonn, 1893; de Rodolfo Beer, Zur Ueberlieferung altspanischer Literaturdenkmaler, Viena, 1898; de D. Eduardo de Hinojosa, El Derecho en el Poema del Cid, en el Homenaje a M. y P. Madrid, 1899, tomo I.º, págs. 541-581.

[p. 137]. [3] . Hacia 1140 le supone compuesto D. Ramón Menéndez Pidal, y las razones que alega me parecen irrebatibles. (Cantar de Mio Cid, págs. 20-28).

[p. 139]. [1] . Reimpresa en 1851 por D. Agustín Durán como apéndice al segundo tomo de su Romancero General. La edición de Michel es de 1846.

[p. 140]. [1] . Hoy hay que añadir los largos fragmentos versificados del segundo cantar de los Infantes de Lara, descubiertos por el Sr. Menéndez Pidal en un manuscrito de la que llama «tercera Crónica General». Vid. La leyenda de los Infantes de Lara (Madrid, 1896).

[p. 141]. [1] . Debe advertirse, sin embargo, que en la Crónica de 1344 vuelve a aparecer la épica popular en los restos prosificados de un cantar de decadencia, que sirvió de base a algunos romances.

[p. 141]. [2] . El profesor de Viena Adolfo Mussafia reconoció el origen de la Santa María Egipciaca en un poema francés atribuído al obispo de Lincoln, Roberto Grosseteste (¿1175-1253?). Vid. en las Sitzungsberichte der kaiserlichen Akademie der Wissenschaften, Viena, 1863, tomo XLIII, págs. 153-176, Ueber die Quelle der altspanischen Vida de S. M. E.

Carlos Bartsch, dando cuenta del descubrimiento de Mussafia en el Jahrbuch für romanische und englische Literatur, Leipzig, 1864, tomo V,

 páginas 421-424, se inclina a admitir que existió una versión provenzal intermedia entre el original y la castellana. Ya Milá había notado que ambos poemas contienen provenzalismos, y que con ayuda del provenzal pueden restablecerse algunas rimas que en castellano son falsas (v. gr., palabras, y fablas, por paraulas y faulas) y algunos versos irregulares:

       Oyt, varones, una razon...
       Todos aquellos que Dios amaran...
       Ojatz, barons, una razó...
       Tots aquells que Dieu amaran...

Pero también abundan los galicismos, y el punto permanece dudoso. El original francés o provenzal del Libre dels tres Reys d'Orient (a ) [a. Tanto los dos poemas a que nos referimos, como el Apollonio, que está en el mismo códice, tienen los títulos en catalán, lo cual indica, por lo menos, que ésta era la lengua del copista.] no ha sido señalado hasta ahora, pero como el metro y el lenguaje tienen los mismos caracteres, no se puede menos de inferir igual origen, y acaso un mismo traductor. Literariamente vale más la Vida de Sta. María, de la cual pueden entresacarse versos agradables, como estos en que se describe la belleza de la heroína en la flor de su juventud y sus devaneos. Se notarán algunos rasgos que tienen similares en nuestros romances juglarescos (verbigracia, el de la gentil dama y el rústico pastor):

       Redondas avie las oreias;
       Blancas, commo leche de oveias;
       Oios negros et sobreceias,
       Alba frente fata las cerneias:
       La faz tenie colorada,
       Commo la rosa, quando es granada;
       Boqua chica et por mesura;
       Muy fermosa la catadura;
       Su cuello et su petrina
       Tal commo la flor de la espina.
       De sus tetiellas bien es sana:
       Tales son commo mançana.
       Braços et todo lo ál
       Blanco es como cristal.
       En buena forma fue taiada;
       Nin era gorda nin muy delgada...

Esta leyenda fué muy popular en España, y se encuentra en romances vulgares y pliegos sueltos del siglo XVII. (Vid. Romancero General de Durán, núms. 1307 y 1308; Romancero y Cancioero Sagrado de D. Justo Sancha, núm. 911; La vida de Santa María Egipciaca, mujer pecadora en Egipto, y la conversión y penitencia que tuvo: con un villancico a Nuestra Señora. (En quintillas. Lleva el nombre de Carlos Muñoz). Hay sobre el mismo asunto un poema portugués de Leonel da Costa, Conversão miraculosa da felice Egipciaca penitente santa María, Lisboa, 1627, que fué reimpreso varias veces.

[p. 143]. [1] . Studien, págs. 54-58,

La escritura del monasterio de Oña, a cuyo respaldo se escribió el fragmento, es de la era 1239, año 1201.

[p. 143]. [2] . Se conocen varias formas latinas de esta Disputa y abundan también en las lenguas vulgares. Th. Wright (The Latin Poems commonly attributed to Walter Mapes, Londres, 1841, ed. de la Camden Society, págs. 95-106, 321-349), incluyó el Dialogus inter corpus et animam que supone compuesto en Inglaterra, la versión anglo-normanda de principios del siglo XIII, que sirvió de texto a la nuestra, y tres versiones inglesas. La Visión de Fulberto, publicada por Du Méril ( Poésies populaires latines antérieures au douzième siècle, París, 1843, págs. 217-230) es el mismo Dialogus que había impreso Wright, pero con muchas variantes y ocho versos de introducción, en que se atribuye la visión a un ermitaño francés llamado Fulberto (en otros manuscritos Filiberto, Eremitae Philiberti francigenae rixa animi et corporis):

       Vir quidam extiterat dudum heremita,
       Fulbertus Francigena, cujus dulcis vita,
       Dum in mundo viveret, se deduxit ita:
       Nam verba quae protulit fuerunt perita.
       Iste vero fuerat filius regalis,
       Toto suo tempore se subtraxit malis,
       Dum in mundo degeret et fuit vitalis;
       Visio nam sibimet apparuit talis.

En la nota cita Du Méril, con su acostumbrada erudición, gran número de variantes de este tema en diversas lenguas.

La última forma que en castellano conocemos es un pliego suelto del siglo XVIII: Apartamiento del alma y del cuerpo; romance para contemplar en la hora de la muerte y considerar el gran dolor que siente el alma cuando se despide del cuerpo; primera y segunda parte.

 

[p. 144]. [1] . En la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 3ª  época, tomo IV, Agosto y Septiembre de 1900, ha publicado D. Ramón Menéndez Pidal una edición diplomática de la Disputa del alma y el cuerpo, acompañada de un facsímile fotográfico. Esta reproducción hace inútiles las anteriores, incluso la de Monlau, Colección de documentos y muestras de monumentos literarios de la Edad Media, Madrid, 1865, y la de D. José María Octavio de Toledo (Zeischrift für romanische Philologie, 1878, II, 60), que hicieron bastantes enmiendas al texto de que fué primer editor D. Pedro José Pidal.

[p. 145]. [1] . Páginas 368-373, Textes catalans inédits du XIIIe siècle. Cf. E. Monaci, Testi basso-latini e volgari della Spagna (Roma, 1891, col. 39-43). E. Gorra, Lingua e letteratura Spagnuola delle origini (Milán, 1898, páginas 216-223); C. Michaëlis de Vasconcellos, Algums textos lyricos da antiga poesia peninsular, en la Revista Lusitana, 1902, tomo VII, págs. 1-32. Don Ramón Menéndez Pidal ha publicado en la Revue Hispanique, tomo XIII, núm. 44, 1905, págs. 602-618, una nueva edición paleográfica del texto, acompañada de un facsímile completo.

[p. 147]. [1] . Goliae Dialogus inter aquam et vinum. (T. Wright, Latin poems commonly attributed to Walter Mapes, págs. 87-92).—Otra composición de caracter más popular en Du Méril, Poésies inédites du Moyen Age, París, 1854, págs. 303-309.— La Desputoison du Vin et de 1' eau, publicada por Aquiles Jubinal (Nouveau Recueil de Contes, Dits, Fabliaux... París, 1839, tomo I, pág. 293). Brunet cita dos antiguas ediciones de otra forma francesa Le débat du Vin et de 1' eau. Tomás Wright (Latin Poems..., páginas 306-310) tuvo la ocurrencia de reimprimir un romance vulgar castellano del siglo XVIII sobre este tema: Nuevo y curioso romance, en que se refiere el pleyto y público desafio que tuvo el Agua con el Vino, para saber qual de los dos era de mayor utilidad y provecho;

       En tiempo del rey Perico,
       Año de Maricastaña,
       Quando andaba por el mundo
       Don Quixote de la Mancha,
       Deshaciendo a sangre y fuego
       Quantos tuertos encontraba:
       Siguiendo sus aventuras
       El discreto Sancho Panza,
       Pareció en su tribunal
       Una querella extremada,
       Una fuerte controversia
       Que huvo entre el Vino y el Agua...
       .....................................................

[p. 148]. [1] . Manuscrito que poseyó D. Bartolomé J. Gallardo. Disertación VI sobre las Representaciones poeticas en el Templo y la Sybila de la noche de Navidad.

[p. 148]. [2] . Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, tomo III, páginas 655-660. Eduardo Lidforss, en el Jahrbuch für romanische und englische Literatur, tomo XII, pág. 44. —C. Martin Hartmann, Ueber das altspanische Dreïkönigsspiel, tesis doctoral de Leipzig, 1879. Sigue el texto de Lidforss.—G. Baist, Das altspanische Dreikönigsspiel, Erlangen, 1887. Edición paleográfica.—Gorra (Egidio), Lingua e letteratura spagnuola delle origini, Milán, 1898, págs. 203-212.—Menéndez Pidal (D. Ramón), Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Agosto y Septiembre de 1900, páginas 453-462, con un facsímile fototípico.

Además de las importantes observaciones filológicas de Wolf y Mussafia (Jahrbuch für rom. und engl. Liter, VII, págs. 60 y 220); Morel Fatio y Gastón París (Romania, IX , 464) y G. Baist (Zeitschrft für rom. Phil. IV , 443) debe leerse un excelente estudio literario de Arturo Graf, Il Mistero e le prime forme dell' Auto Sacro in Ispagna (Studii Drammatici, Turin, 1878 , págs. 251 y sigs.)

[p. 149]. [1] . Los orígenes literarios de este Misterio se aclaran mucho con ayuda del texto latino de un Gradual de la catedral de Nevers, publicado por Leopoldo Delisle en el tomo IV de la Romania (1875), tomo III, pág. 316.

[p. 150]. [1] . Lo son sin duda, y hoy está demostrado con entera seguridad respecto de algunos.