Prescindiendo de obras punto menos que insignificantes, como el Poema de San Ildefonso, del Beneficiado de Úbeda, y los Proverbios en rimo del sabio Salomón, rey de Israel, de Pero Gómez, la escuela llamada Mester de clerecía sólo nos ofrece tres poetas durante el siglo XIV: el Arcipreste de Hita, el rabí D. Sem Tob de Carrion, y el Canciller Pero López de Ayala. Tan diversos como su respectiva condición social, son el tono y sentido de sus poemas, pero en los tres predomina la tendencia satírico-moral y el voluntario apartamiento de la narración épica, que hemos reconocido como características del arte del siglo XIV. Hay sin embargo, [p. 258] diferencias profundas entre la musa liviana y retozona del Arcipreste, y el austero magisterio que ejercitan el hebreo de Carrión y el grave y justiciero cronista.
Considerado como poeta, el Arcipreste se levanta a inmensa altura, no sólo sobre los ingenios de su siglo, sino sobre todos los de la Edad Media española, sin excepción ni ofensa de nadie, y reconociendo desde luego todo lo que valen en géneros diversos un Ausias March, un Juan de Mena, un Santillana, ambos Manriques, para no hablar de los poemas anónimos y populares. Hay quien tiene más intimidad de sentimiento lírico que el Arcipreste: muchos le vencen en la nobleza de las fuentes de inspiración; casi todos le superan en el concepto poético de la vida; pero en dos cosas capitales él lleva ventaja a todos. Escribió en su libro multiforme la epopeya cómica de una edad entera, la Comedia Humana del siglo XIV; logró reducir a la unidad de un concepto humorístico el abigarrado y pintoresco espectáculo de la Edad Media en el momento en que comenzaba a disolverse y desmenuzarse. Y tuvo además el don literario por excelencia, el don rarísimo o más bien único hasta entonces en los poetas de nuestra Edad Media, rarísimo todavía en los del siglo XV, de tener estilo; en el que su personalidad ha quedado tan hondamente grabada, que con ser poeta tan vetusto y de edad tan oscura, resulta para nosotros con fisonomía mucho más familiar y más enérgicamente acentuada que otros muchos posteriores. Se puso entero en su libro con absoluta y cínica franqueza, y en ese libro puso además todo lo que sabía (y no era poco) del mundo y de la vida. Es, a un tiempo, el libro más personal y el más exterior que puede darse. Como fuente histórica vale tanto, que si él nos faltara, ignoraríamos todo un aspecto de nuestra Edad Media, como sería imposible comprender la Roma imperial sin la novela de Petronio, aunque Tácito se hubiese conservado íntegro. Las crónicas nos dicen cómo combatían nuestros padres: los fueros y los cuadernos de Cortes nos dicen cómo legislaban: sólo el Arcipreste nos cuenta cómo vivían en su casa y en el mercado, cuáles eran los manjares servidos en sus mesas, cuáles los instrumentos que tañían, cómo vestían y arreaban su persona, cómo enamoraban en la ciudad y en la sierra. Al conjuro de los versos del Arcipreste, se levanta un enjambre de visiones picarescas que derraman de [p. 259] improviso un rayo de alegría sobre la grandeza melancólica de las viejas y desoladas ciudades castellanas: Toledo, Segovia, Guadalajara, teatro de las perpetuas y non sanctas correrías del autor, Él nos hace penetrar en la intimidad de truhanes y juglares, de escolares y de ciegos, de astutas Celestinas, de troteras y danzadoras judías y moriscas, y al mismo tiempo nos declara una por una las confituras y golosinas de las monjas. No hay estado ni condición de hombres que se libre de esta sátira cómica, en general risueña y benévola, sólo par raro caso acerba y pesimista. El Arcipreste no se creía con gran derecho para moralizar ni para condenar a nadie: hombre de conciencia harto laxa y de viva y lozana fantasía, parece haber buscado en sus andanzas por este mundo las cosas sin punzarse con las espinas. Es uno de los autores en quien se siente con más abundancia y plenitud el goce epicúreo del vivir, pero nunca de un modo egoísta y brutal, sino con cierto candor que es indicio de temperamento sano, y que disculpa a los ojos del arte lo que de ningún modo puede encontrar absolución mirado con el criterio de la ética menos rígida. Apresurémonos a advertir que las mayores lozanías de Juan Ruiz todavía están muy lejos de la lubricidad de Boccaccio, que también a su modo y con riqueza y variedad infinitamente mayores, pero en forma todavía más fragmentaria que el Arcipreste, nos dejó en el Deccamerone la Comedia Humana de su tiempo. Más que a Boccaccio se asemeja el Arcipreste a Chaucer, tanto por el empleo de la forma poética cuanto por la gracia vigorosa y desenfadada, del estilo, por la naturalidad, frescura y viveza de color, y aun por la mezcla informe de lo más sagrado y venerable con lo más picaresco y profano.
Lo que le ha faltado es un editor que tratase su texto con el mismo esmero que los ingleses han aplicado al de los Canterbury Tales. Pena da recordar esto. Nadie más aficionado que yo a la persona y a los escritos de D. Tomás Antonio Sánchez, que es gloria del rincón de España donde nací; pero no puedo disimular que el tomo IV de los Poetas anteriores al siglo XV satisface mucho menos que los otros tres a las exigencias de la crítica más benévola. No nos detendremos en las omisiones y yerros del Glosario, los cuales en buena ley no deben atribuirse tanto al docto editor como al estado rudimentario de la filología en su época. [p. 260] Lo grave es que habiendo podido disponer Sánchez para su edición de tres códices del siglo XIV, muy diversos entre sí, no sólo por la abundancia de lecciones varias, sino hasta por el orden de las poesías, estableciese con los tres un texto ecléctico o más bien arbitrario, sin dar las razones de su preferencia ni mencionar siquiera algunas variantes de tal entidad, que es imposible dejar de atribuirlas al autor mismo. Por otra parte, Sánchez cedió en demasía a escrúpulos morales muy respetables en sí, pero de todo punto incompatibles con el oficio de editor de las obras del Arcipreste de Hita y de otros muchos documentos de la edad Media. A pesar de haberse opuesto a tales mutilaciones la Academia de la Historia, en un informe que con alto espíritu redactó persona de tanta gravedad y pureza moral como Jovellanos, Sánchez escardó (como él decía) el texto del Arcipreste, suprimiendo largos pasajes poco limpios, entre los cuales estaba un fabliau ciertamente desvergonzadísimo, Exemplo de lo que contesció a D. Pitas Payas, pintor de Bretanna, que en el siglo XVI encontramos reproducido con el título de Novela del Corderito por la pluma más graciosa que honesta del Licenciado Tamariz. En vano la Academia objetaba a Sánchez que el libro del Arcipreste era un documento histórico de interpretación dificilísima, que por lo vetusto de su lengua y versificación no corría peligro de caer en manos de mancebos ni de doncellas; en vano se le hacía notar que Juan Ruiz era un poeta casi honesto comparado con tantos griegos y latinos como sin ofensa de nadie corren hasta en las escuelas propter elegantiam sermonis. Sánchez fué inflexible, y aquel hombre que teórica y prácticamente conocía tan bien los ensanches propios de la libertad satírica, como autor que era de las donosísimas cartas de Paracuellos y de un devoto de Miguel de Cervantes, no tuvo reparo en mutilar las obras del patriarca de la sátira castellana. Y resultó lo que siempre sucede en tales casos, es decir, el despertarse en muchos malsana curiosidad de conocer los versos pecaminosos, los cuales finalmente vieron la luz en el tomo IV de la Historia de la literatura española, de Amador de los Ríos, reunidos todos en un apéndice, al modo de lo que se practicaba en las ediciones ad usum Delphini, sin duda para que el regio alumno se excusara el trabajo de consultar el índice, según la chistosa observación de Lord Byron.
[p. 261] Poco adelantaron las poesías del Arcipreste al pasar por manos de Janer, a quien no puede negarse el mérito de haber intercalado en su sitio los trozos suprimidos, enmendando también alguno que otro yerro de lectura; pero ni tuvo a la vista más que un solo códice, el llamado de Gayoso, que perteneció al mismo Sánchez y fué donado por él a la Academia Española, ni acertó siquiera a sacar partido de las innumerables y muy curiosas variantes que arroja. De los otros dos códices vistos por Sánchez, el del Colegio Viejo de San Bartolomé, de Salamanca (hoy de la Biblioteca del Real Palacio de Madrid), que es el menos incompleto y mejor de todos, y el del Cabildo de Toledo, nadie ha hecho estudio crítico hasta la fecha; de donde resulta que no tenemos aún verdadera y fidedigna edición del Arcipreste, y habremos de esperar a que algún alemán nos la dé; nuestros filólogos, suponiendo que los haya, no tienen tiempo para pensar en estas bagatelas.
La edición definitiva exigiría: 1.º, la reproducción textual y comparada de los tres códices; 2.º, una gramática y un vocabulario que ningún poeta de los tiempos medios reclama tan imperiosamente como el Arcipreste de Hita, cuyo caudal de palabras es inmenso, y cuyas audacias de construcción dieron tanta libertad y anchura a la lengua poética. Si el Arcipreste es poco leído aun entre los hombres de letras, cúlpese, más que a lo anticuado de las formas (que distan mucho de ser bárbaras e incultas, y que por el contrario ostentan cierta perfección relativa), al aspecto repulsivo con que se ha presentado su texto, desnudo de todas las aclaraciones necesarias para entenderle y leerle con fruto. Nadie puede deleitarse con un texto mal impreso, mal leído a veces, y que en muchas coplas no se entiende más que a medias; 3.º, la reproducción íntegra y cabal de la comedia de Vetula, de los pasajes de Ovidio, de las fábulas esópicas, de los apólogos orientales y de las poesías francesas, que el Arcipreste imita, traduce o parafrasea en su misceláneo poema, todo lo cual es necesario, no solamente para determinar los elementos que concurrieron a la educación literaria del poeta y la parte grandísima de originalidad que en medio de sus imitaciones conserva, sino para aclarar y restablecer muchas veces su texto genuino, más o menos adulterado por los copistas; 4.º, una serie de notas [p. 262] históricas, geográficas, arqueológicas, que pusiesen delante de los ojos toda la riqueza de indicaciones que el poema encierra, y que sólo en pequeña parte han sido explotadas, y las comparasen y combinasen con otros testimonios. Y si no fuera soñar con imposibles, todavía quisiéramos, aun a riesgo de dar imágenes no enteramente exactas de las cosas, que el lápiz de un artista que fuese al mismo tiempo arqueólogo, ilustrase uno por uno todos los pequeños cuadros de género, todas las fugaces caricaturas que bullen en las páginas del libro; y esto no solamente para fijar la atención de los distraídos, sino para facilitar la lectura y examen del poema, cuya rara estructura exige, a nuestro ver, el auxilio de las representaciones gráficas, para que pueda seguirse con claridad y sin fatiga el hilo, tantas veces roto, de la narración. Todo esto y mucho más que esto han hecho los ingleses con Chaucer, y no es mucho que pidamos otro tanto para el Arcipreste, que en su línea no vale menos que Chaucer, así como en D. Juan Manuel tenemos nuestro Boccaccio más honesto y grave que el de Certaldo, aunque no menos admirable narrador de los casos humanos.
Pero tales proyectos no pueden pasar hoy por hoy de sueños galanos: limitémonos al estudio literario, y aun éste reducido a los breves rasgos que pueden caber en el prólogo de una Antología donde el Arcipreste entra como de soslayo, puesto que la mayor parte de sus versos son narrativos, y en esta colección nos limitamos a la poesía lírica.
Parece cosa averiguada que el Arcipreste era paisano de Cervantes, con quien han llegado a compararle algunos críticos alemanes, y con quien tiene ciertamente algún punto de semejanza y muchos de diferencia. El célebre verso del mensaje de Trotaconventos a la mora:
Fija, mucho vos saluda
uno que es de Alcalá,
(Copl. 1784.)
tal como se encuentra en el códice de Salamanca, parece mejor lección que la de
Fija, mucho vos saluda uno que mora en Alcalá,
con la cual se destruye el verso.
[p. 263] Su nombre y condición se expresan en diversos lugares del poema:
Porque de todo bien es
comienzo e rais
La Virgen Santa
María, por end yo Juan Ruis
Archipreste de
Fita, della primero fis
Cantar de los sus
gosos siete, que así dis.
..........................................................................
Yo Juan Ruis el
sobre dicho Archipreste de Hita,
Porque mi corazón
de trovar non se quita, etc.
.........................................................................
El Arcipreste (lo mismo que Cervantes), hizo a pluma su propio retrato con tal viveza y color, que nos parece tener delante de los ojos aquella fisonomía rotusta y carnal, rebosando salud y regocijo epicúreo. Este retrato se halla en boca de Trotaconventos, en el capítulo de las figuras del Archipreste (coplas 1459 a 1464):
Dixol
donna Garoza: «hayas buena ventura
Que de ese
archipreste me digas su figura».
...............................................................................
«Sennora (dis la
vieja): yol veo a menudo,
El cuerpo ha bien
largo, miembros grandes, trefudo,
La cabeza non
chica, belloso, pescozudo,
El cuello non muy
luengo, cabel prieto, orejudo.
Las
cejas apartadas, prietas como carbón,
El su andar
enfiesto bien como de pavón,
Su paso sosegado, e
de buena rasón,
La su naris es
luenga: esto lo descompón.
Las
encías bermejas, et la fabla tumbal,
La boca non
pequenna, labros al comunal,
Más gordos que
delgados, bermeios como coral,
Las espaldas bien
grandes, las munnecas atal.
Los
ojos ha pequennos, es un poquillo bazo,
Los pechos
delanteros, bien trefudo el brazo,
Bien complidas las
piernas, del pié chico pedazo:
Sennora, del non vi
más: por su amor vos abrazo.
Es
ligero, valiente: bien manceto de días,
Sabe los
instrumentos e todas juglerías,
Donneador alegre
para las zapatas mías:
Tal omen como éste
non es en todas erías.»
Este hombre velloso, pescozudo, de cabello prieto, de andar enfiesto, de narix luenga, de labios gordos y bermejos, de grandes [p. 264] espaldas, de temperamento en suma, robusto y sensual, más parecía nacido para toda juglaría, y para perpetuo donneador o cortejador de dueñas, que para la pureza y gravedad del estado sacerdotal. Vivió en época de grandísima relajación de la disciplina eclesiástica, en la época del llamado cautiverio babilónico, y creemos que, a pesar de sus lozanías, no era peor ni mejor que innumerables clérigos de su tiempo; basta la cantiga que dirigió a los de Talavera, para dejarnos edificados sobre este punto:
Allá
en Talavera, en las calendas de Abril,
Llegadas son las
cartas del Arzobispo Don Gil,
En las quales venía
el mandado non vil,
Tal que si plugo a
uno, pesó más que a dos mil.
Aqueste
archipreste que traía el mandado,
Bien creo que lo
fiso más amidós que de grado:
Mandó juntar
cabildo, a prisa fué juntado,
Coydando que traía
otro mejor mandado.
Fabló
este archipreste, et dixo bien ansí:
Si pesa a vosotros,
bien tanto pesa a mí:
¡Ay viejo mesquino,
en que envejecí!
En ver lo que veo,
et en ver lo que ví.
Llorando de sus ojos comenzó esta razón:
Dis: el Papa nos
envía esta costitución,
He vos lo a desir,
que quiera o que non.
.......................................................................
Cartas
eran venidas, que disen en esta manera:
Que clérigo nin
casado de toda Talavera,
Non toviesse
manceba cassada nin soltera,
Qualquier que la
toviesse, descomulgado era.
Con
aquestas rasones que la carta desía
Fincó muy
quebrantada toda la cleresía;
Algunos de los
legos tomaron asedía,
Para haber su
acuerdo juntáronse otro día.
A
dó estaban juntados todos en la capilla,
Levantóse el deán a
mostrar su mansilla:
Dis: «amigos, yo
querría que toda esta quadrilla
Appellásemos del
Papa antel rey de Castilla.
Que
magüer que somos clérigos, somos sus naturales,
Servímosle muy
bien, fuemos siempre leales;
Demás que sabe el
rey que todos somos carnales,
Creed se ha
adolescer de aquestos nuestros males.
¿Que
yo dexe a Orabuena, la que cobré antanno?
En dexar yo a ella
rescibiera grand danno:
[p. 265] Díle luego de mano dose varas de panno,
E aun, para la
mi corona, anoche hizo el anno.
..............................................................................
Fabló
en pos aqueste el chantre Sancho Munnos,
Dis: aqueste
arzobispo non sé que ha con nos,
Et quiere
acalandarnos lo que perdonó Dios:
Por ende yo apello
en éste escripto: avivad, vos.
.............................................................................
Pero
non alonguemos atanto las razones:
Apellaron los
clérigos, otrosí los clerisones:
Fesieron luego de
mano buenas apelaciones,
Et dende en
adelante ciertas procuraciones.
(Copl. 1662.)
Lo que resulta sobremanera chistoso, es que el encargado de llevar tal mensaje y notificar a los clérigos de Talavera la constitución apostólica, fuera precisamente un hombre como el Arcipreste, que de sí propio decía:
El fuego siempre quiere estar en la senisa,
Como quier que más
arde, quanto más se atisa,
El omen, quando
peca, bien ve que se deslisa,
Mas non se parte
ende, cá natura lo entisa.
Et
yo, como soy omen como otro pecador,
Ove de las mujeres
a veses grand amor;
Probar omen las
cosas non es por ende peor
Et saber bien e
mal, e usar lo mejor.
(Copl. 65.)
Muchos
nascen en Venus: que lo más de su vida
Es amar las
mujeres; nunca se les olvida;
Trabajan et afanan
mucho sin medida.
...........................................................................
En
este signo atal creo que yo nascí,
Siempre punné en
servir duennas que conoscí,
El bien que me
fesieron, non lo desgradecí,
A muchas serví
mucho que nada acabescí.
Como
quier que he probado mi signo ser atal
En servir a las
duennas punnar et non en al;
Pero aunque ome non
goste la pera del peral,
En estar a la
sombra es placer comunal.
(Copl. 142.)
[p. 266] Increíble parece que el buen entendimiento de D. José Amador de los Ríos se ofuscara hasta el punto de querer convertir a tal hombre en un severo moralista y clérigo ejemplar, que si es cierto que cuenta de sí propio mil picardías, lo hace para ofrecerse como víctima expiatoria de los pecados de su tiempo, acumulándolos sobre su inocente cabeza. El fundamento de tan extraordinaria paradoja, son las continuas salvedades morales que el Arcipreste suele hacer en su libro como asustado de su propia licencia, y que son cabalmente lo que más debiera prevenirnos contra la supuesta pureza de su vida y de sus intenciones:
Fablarvos
he por trobas e cuento rimado:
Es un desir fermoso
e saber sin pecado,
Rasón más
plasentera, fablar más apostado.
.........................................................................
Non
tengades que es libro nescio de devaneo,
Nin creades que es
chufa algo que en él leo,
Cá segund buen
dinero yase en vil correo,
Ansí en feo libro
está saber non feo.
El
axenus de fuera más negro es que caldera,
Es de dentro muy
blanco, más que la pennavera;
Blanca farina está
so negra cobertera,
Azúcar negro é
blanco está en vil cannavera.
Sobre
la espina está la noble rosa flor,
En fea letra está
saber de grand doctor;
Como só mala capa
yase buen bebedor,
Ansí só el mal
tabardo está buen amor.
(Copl. 5.)
Pero es imposible tomar en serio tales protestas, ni mucho menos las del prólogo en prosa, no sólo porque la misma insistencia con que el Arcipreste las prodiga las hace sospechosas, sino porque su condición apicarada y maleante, le hace destruir con un rasgo humorístico su propia obra. En vano acumula citas de la Escritura y del Derecho canónico, y nos dice muy solemnemente que «escogiendo et amando con buena voluntad salvación et gloria del paraíso para mi ánima, fiço esta chica escritura en memoria de bien: et compuso este nuevo libro en que son escritas algunas maneras e maestrías et sotilesas engannosas del loco amor del mundo, que usan algunos para pecar», porque previendo la candidez de sus futuros críticos, y burlándose anticipadamente [p. 267] de ellos a la vez que de sí propio, se apresuró a añadir estas increíbles palabras que Sánchez suprimió en su edición, alterando completamente el sentido del pasaje: «empero porque es humanal cosa el pecar, si algunos (lo que non los consejo) quisieren usar del loco amor, aquí fallarán algunas maneras para ello, e ansi este mi libro a todo ome o muger, al cuerdo e al non cuerdo, al que entendiere el bien et escojiere salvación e obrare bien amando a Dios: otrosi al que quisiere el amor loco, en la carrera que anduviere puede cada uno bien decir: Intellectum tibi dabo».
Después de esta bufonada, ¡vaya cualquiera a creer que el libro del Arcipreste fué escrito para dar ensienpro de buenas costumbres e castigos de salvación, et porque sean todos apercevidos e se puedan mejor guardar de tantas maestrías como algunos usan por el loco amor! Añádanse a esto las paráfrasis de las lecciones eróticas de Ovidio, y lo que es más grave, las parodias del rezo litúrgico, ya en «la pelea que el Arcipreste hubo con Don Amor», [1] ya en el capítulo donde se describe la triunfal entrada de Don Amor en Toledo y «cómo clérigos e legos e flayres e monjas e duennas e ioglares salieron a recibirle», [2] y se comprenderá lo [p. 268] que valen las bien intencionadas defensas de Sánchez y de Amador. Dígase en buen hora que las locas alegrías, irreverencias y profanidades del Arcipreste ofenden menos o no ofenden nada por el criterio histórico con que se lee su obra, por lo remoto de la época, por lo vetusto del estilo, y por cierta especie de sinceridad primitiva y bárbara con que todo ello está dicho, pero no nos empeñemos en canonizarle ni en convertirle en vengador de la moral pública (casi ningún satírico ha sido verdaderamente moralista) y acabemos de abandonar en este punto, como en los los restantes, tanta y tanta leyenda absurda como corre entre las gentes pías y timoratas acerca de la religiosidad y costumbres de nuestros antepasados.
Pero tampoco es justo irse al extremo opuesto (al cual alguna vez parece que se inclina Puymaigre), viendo en el Arcipreste, no sólo un clérigo libertino y tabernario, como realmente lo fué a juzgar por las confesiones de sus versos, sino un precursor de Rabelais, un libre pensador en embrión, un enemigo solapado de la misma Iglesia a quien servía. Para atribuirle tan odioso papel, no hay fundamento sólido: sus versos religiosos, especialmente las cantigas en loor de Nuestra Señora, respiran devoción y piedad sencilla: y en cuanto a los ataques contra la curia pontificia de Aviñón, [1] contenidas en la célebre sátira sobre la propiedad que el dinero ha, no hacen pensar en Lutero, ni siquiera en Wiclef [p. 269] y en los Lollards ingleses, sino en el Petrarca, de cuya acendrada y celosa ortodoxia no ha dudado nadie. El Arcipreste ataca durísimamente la simonía, pero cuanto él dice resulta pálido al lado de la realidad histórica, y al lado de lo que consignó el gran poeta toscano en sus églogas latinas, en su correspondencia y hasta en sus sonetos vulgares.
Dall'empia Babilonia ond'é fuggita
Ogni virtude...
Albergo di dolor,
madre d'errori.
....................................................
Nido di tradimenti, ove si cova
Quanto mal per lo
mondo oggi si spande,
Serva de vin, di
letti e di bevande
Ove Lussuzia fa
l'ultima prova.
....................................................
Y en suma, para tiznar al Arcipreste, habría que tiznar también no pocos pasajes de la propia Comedia de Dante, e irnos con la paradoja de Fóscolo y de Rossetti, que suponían grande heresiarca, y aun afiliado en conciliábulos tenebrosos, al autor del divino poema en que pusieron mano cielo y tierra.
La misma mezcla, para nosotros tan extraña y repugnante, de devoción y lubricidad que hay en la obra del Arcipreste, no prueba más que una contradicción, desgraciadamente muy humana, en el espíritu del poeta, gran pecador, sin duda, clérigo de ninguna vocación, pero de fe tan viva y robusta como la de todos sus contemporáneos (salvo algún escolastico averroísta), fe que no llegada a entibiarse ni con el impuro fermento de los apetitos carnales, y que por lo mismo que estaba tan firme y segura de sí, arrostraba con excesiva temeridad todas las tempestades de la vida y no impedía al poeta entregrarse a todos los desenfrenados caprichos de su vena satírica.
También ha supuesto alguien que la licencia de los versos y la soltura de las costumbres del Arcipreste pudieron influir en la dura prisión en que por espacio de trece años le tuvo el Arzobispo de Toledo D. Gil de Albornoz. Pero tal opinión nos parece un piadoso anacronismo, de todo punto incompatible con lo que sabemos de la dolorosa relajación de la disciplina eclesiástica en el siglo XIV. ¡Buenos andaban los tiempos para [p. 270] que por versos más o menos livianos, y aun por devaneos y amancebamientos, se tomase tan rígida providencia con con un clérigo de las prendas y cualidades del Arcipreste de Hita! Él, que repetidas veces alude a su prisión, nada nos dice de las causas de ella, que suponemos meramente curiales y sin relación alguna con sus costumbres ni con sus poesías. De otro modo, ¡notable prueba de enmienda hubiera sido entretener los largos ocios de su prisión componiendo un libro como el que tenemos, que es casi una autobiografía picaresca sin la menor señal de arrepentimiento; libro que el autor no parece haber recatado nunca; libro que debió de ser copiado muchas veces, como lo prueban los tres códices que a nosotros han llegado, y el fragmento de traducción portuguesa descubierto por Teófilo Braga!
En resolución, el Arcipreste, que por lo que toca a su vida inhonesta y anticanónica, debe ser considerado con relación a su tiempo y no con relación a los tiempos posteriores a la gran reforma del Concilio de Trento, no tuvo, considerado como poeta, el menor intento de propaganda moral ni inmoral, religiosa ni antirreligiosa: fué un cultivador del arte puro, sin mas propósito que el de hacer reír y dar rienda suelta a la alegría que rebosaba en su alma aun a través de los hierros de la cárcel; y a la malicia picaresca, pero en el fondo muy indulgente, con que contemplaba las ridiculeces y aberraciones humanas, como quien se reconocía cómplice de todas ellas.
Muy curioso sería conocer algo de los acontecimientos exteriores de la vida de tan singular personaje, pero desgraciadamente las noticias allegadas hasta ahora son de todo punto insuficientes. Sabemos que floreció a mediados del siglo XIV, durante el pontificado de D. Gil de Albornoz (1337 a 1367), pero ni aún es segura la fecha en que terminó su libro, puesto que el códice de Toledo pone la de 1330 (era de mil é trescientos é sesenta é ocho años) y el de Salamanca añade trece años (era de mil é trescientos é ochenta é un años). Esta divergencia puede explicarse de dos maneras igualmente verosímiles: o el Arcipreste retocó su obra y la fué adicionando en distintos tiempos (como nos lo persuaden las variantes y el diverso contenido de los códices), o la segunda de estas fechas no se referirá a la composición de la obra, sino al traslado, como positivamente se refiere la nota final del códice de [p. 271] la Academia Española: Este libro fué acabado Jueves XXIII días de Julio del año del Nascimiento ne nuestro Salvador JesuChristo de mil é trecientos et ochenta é nueve años.
La cuestión estaría resuelta si pudiésemos averiguar la fecha de su prisión, puesto que el libro fué compuesto en ella, según declara el mismo autor (Sennor, de aquesta cuita saca al tu archipreste) y lo especifica también una nota del códice de Salamanca: «Este es el libro del Archipreste de Hita, el cual composo seyendo preso por mandado del Cardenal D. Gil, Arzobispo de Toledo.» Pero sobre este punto cronológico también estamos reducidos a conjeturas. De todos modos, parece que el Arcipreste hubo de pasar de esta vida antes que el Arzobispo D. Gil (si es que éste no llegó a desposeerle de su oficio), puesto que consta por una escritura de 7 de enero de 1351, citada por Sánchez, que el Arcipreste de Hita, en esa fecha, no era ya Juan Ruiz, sino un tal Pedro Fernández.
Pero a falta de este género de noticias, el Arcipreste nos dejó consignadas en su proplo libro cuantas podemos apetecer acerca de su persona moral. No conocemos tan por dentro a ningún escritor de los tiempos medios. Pero aquí surge una grave, y quizá insoluble cuestión. ¿Qué valor autobiográfico puede darse a las memorias del Arcipreste? ¿Podemos tomar al pie de la letra todo lo que nos cuenta, no en los innumerables episodios traducidos o imitados de diversas partes, sino en lo que manifiestamente es original y se refiere a su propia persona? Por nuestra parte, creemos que el fondo de la narración es verídico, como lo prueban su misma simplicidad y llaneza, y la ausencia de orden y de composición que en el libro se advierte. Algún mayor artificio habría si se tratase de una mera novela, por rudo e incipiente que supongamos entonces el procedimiento narrativo. Pero también parece evidente que, sobre un fondo de realidad personal y vivida, ha bordado el Arcipreste una serie de arabescos y de caprichosas fantasías en que no se ha de buscar una nimia fidelidad de detalle, sino una impresión de conjunto. Sus poesías son, pues, sus Memorias, pero libre y poéticamente idealizadas. Lo soñado y lo aprendido se mezcla en ellas con lo realmente sentido y ejecutado. Las aventuras amorosas, aunque generalmente coronadas por algún descalabro, son tantas y tan varias, que [p. 272] aun para D. Juan parecían muchas. Hay también evidentes inverosimilitudes, y algunos pasos en que la alegoría se mezcla de un modo incoherente y confuso con la realidad exterior.
Pero la impresión general que el libro deja sobre el carácter del autor, no es otra que la que antes hemos apuntado. El Arcipreste parece haber sido un clérigo juglar, una especie de goliardo, un escolar nocherniego, incansable tañedor de todo género de instrumentos, y gran frecuentador de tabernas:
Fise muchas cantigas de danzas e troteras
Para judías et
moras, e para entendederas,
Para en
instrumentos de comunales maneras:
El cantar que non
sabes oílo a cantaderas.
Cantares fis algunos de los que disen ciegos,
Et para escolares
que andan nocherniegos,
Et para otros
muchos por puertas andariegos:
Cazurros et de
bulras, non cabrían en dies pliegos.
( Copls. 1487-1489.)
Mucho hemos perdido, sin duda alguna, de la parte lírica de sus obras. Trovas cazurras sólo queda una; de escolares hay dos y otra de ciegos: venerables reliquias de una poesía vulgar ennoblecida por un poeta culto que voluntariamente se confundía con el pueblo, por caprichoso humor y por vagabunda imaginación de artista.
¿Qué nombre daremos al extraño centón en que han llegado a nosotros aquellos versos del Arcipreste que él se tomó el trabajo de consignar por escrito, a diferencia de tantos otros que dejó vagar en labios de las cantaderas y de las entendederas? Libro de Cantares le llamó Janer, y aunque tal título no está en los códices, parece justificado por estas palabras del mismo Arcipreste:
Que pueda de
cantares un librete rimar,
Que los que lo
oyeren, puedan solás tomar.
(Copl. 3.)
El libro queda realmente innominado; cuando Juan Ruiz se refiere a él, lo hace siempre en los términos más genéricos: trovas e cuento rimado: libro de buen amor (tomado quizá este vocablo [p. 273] amor, no solamente en su sentido literal, sino en el muy vago que los provenzales le daban, haciéndole sinónimo de cortesía, de saber gentil y aun de poesía); romance, por último, esto es, obra compuesta en lengua vulgar, única acepción que entonces tenía tal palabra:
Tú, Sennor Dios mío, que el home crieste,
Enforma et ayuda a
mí el tu arcipreste,
Que pueda faser un
libro de buen amor aqueste,
Que los cuerpos
alegre, et a las almas preste.
Si queredes, sennores, air un buen solás,
Escuchad el
romanse, sosegad vos en pas.
(Copls. 3 y 4.)
Libro del Archipreste de Hita le llama a secas el Marqués de Santillana en su proemio famoso. Y en realidad, ¿qué nombre poner a ese enmarañado bosque de poesía, del cual pudo decir su propio autor:
De todos instrumentos yo libro só pariente:
....................................................................
Si me puntar sopieres, siempre me avrás en miente?
(Copl. 60.)
El Arcipreste de Hita, que en cuanto al plan de la composición parece un foribundo romántico, hubiera podido decir, como Espronceda:
Allá van versos donde va mi gusto.
Opinamos, sin embargo, que el desorden no es tan grande como algunos críticos han dado a entender. Dios nos libre de atribuir al Arcipreste ningún propósito de unidad transcendental, pero no creemos imposible orientarnos en ese laberinto de trovas et notas et rimas et decades et versos, tomando por centro la persona misma del poeta, en torno del cual gira toda la obra, y al cual se refieren directa o alegóricamente todos los episodios, aun los que parecen más inconexos. Por perder de vista esta unidad tan obvia, se ha desconocido el verdadero carácter del poema, se ha menguado su importancia en la historia literaria, y se han [p. 274] cometido no leves errores sobre la filiación de su autor, que para unos es meramente un poeta de Mester de clerecía, hijo legítimo de la cultura nacional; para otros un eco de los troveros franceses, que no tiene de español más que la lengua, y aun para eso mezclada con innumerables galicismos; para no pocos un discípulo de los trovadores provenzales, sin que falten algunos que le declaren precursor del Renacimiento en sus más altas manifestaciones, mientras que otros ven en sus obras el reflejo de la cultura oriental y la imitación directa de los poetas y de los fabulistas árabes. En todas estas opiniones hay una parte de verdad, pero todas llegan a ser falsas en fuerza de ser exclusivas. Para mostrar exactamente lo que el Arcipreste de Hita fué, los elementos sobremanera complejos que entraron en su educación literaria y lo que él añadió de su propio fondo, es preciso desmontar una por una las piezas de la máquina, y poner luego de manifiesto el engranaje de todas ellas.
El libro del Arcipreste de Hita puede descomponerse de esta manera:
a) Una novela picaresca, de forma autobiográfica, cuyo protagonista es el mismo autor. Esta novela se dilata por todo el libro, pero, a semejanza del Guadiana, anda bajo tierra una gran parte de su curso, y vuelve a hacer su aparición a deshora y con intermitencias. En los descansos de la acción, siempre desigual y tortuosa, van interpolándose los materiales siguientes:
b) Una colección de enxiemplos, esto es, de fátulas y cuentos, que suelen aparecer envueltos en el diálogo como aplicación y confirmación de los razonamientos.
c) Una paráfrasis del Arte de amar, de Ovidio.
d) La comedia De Vetula del pseudo Pamphilo, imitada o más bien parafraseada, pero reducida de forma dramática a forma narrativa, no sin que resten muchos vestigios del primitivo diálogo.
e) El poema burlesco o parodia épica de la Batalla de Don Carnal y de Doña cuaresma, al cual siguen otros fragmentos del mismo género alegórico: el Triunfo del amor y la bellísima descripción de los Meses representados en su tienda, que viene a ser como el escudo de Aquiles de esta jocosa epopeya.
f) Varias sátiras, inspiradas unas por la musa de la indignación, [p. 275] como los versos sobre las propiedades del dinero; otras inocentes y festivas, como el delicioso elogio de las mujeres chicas.
g) Una colección de poesías líricas, sagradas y profanas, en que se nota la mayor diversidad de asuntos y de formas métricas, predominando, no obstante, en lo sagrado las cantigas y loores de Nuestra Señora, en lo profano las cantigas de serrana y las villanescas.
h) Varias digresiones morales y ascéticas, con toda la traza de apuntamientos que el Arcipreste haría para sus sermones, si es que alguna vez los predicaba. Así, después de contarnos cómo pasó de esta vida su servicial mensajera Trotaconventos, viene una declamación de doscientos versos sobre la muerte, y poco después, otra de no menos formidable extensión sobre las armas que debe usar el cristiano para vencer al diablo, al mundo y a la carne.
Tal es la inmensa cantidad de materia poética que el Arcipreste hacinó en cerca de mil setecientas coplas que forman el cuerpo de sus versos. Y tan satisfecho quedó de su obra, que entre burlas y veras no se cansa de repetir su exegi monumentum:
La bulra que oyeres no la tengas en vil,
La manera del libro
entiéndela sotil,
Que saber bien e
mal, desir encobierto e donnegil
Tú non fallarás uno
de trovadores mil.
Fallarás muchas garzas, non fallarás un huevo:
Remendar bien non
sabe todo alfayate nuevo:
A trovar con locura
non creas que me muevo:
Lo que buen amor
dise, con razón te lo pruebo.
En general a todos fabla la escritura:
Los cuerdos con
buen sesso entenderán la cordura,
Los mancebos
livianos goárdense de locura,
Escoja lo mejor el
de buena ventura.
Las del buen Amor son rasones encubiertas,
Trabaja do fallares
las sus sennales ciertas,
Si la rason
entiendes, o en el seso aciertas,
Non dirás mal del
libro que agora refiertas.
Do coidares que miente dise mayor verdat:
En las coplas
pintadas yase la falsedat:
Dicha buena o mala
por puntos la jusgat:
Las coplas con los
puntos loat o denostat.
(Copls. 55 a 60.)
[p. 276] Fisvos pequenno libro de texto, mas la
glosa
Non creo que es
chica, ante es bien grand prosa,
Que so cada fabla
se entiende otra cosa,
Sin la que se
aliega en la rason fermosa.
De la santidat mucha es bien grand licionario,
Mas de juego et de
burla es chico breviario,
Por ende fago
punto, et cierro mi almario:
Séavos chica fabla,
solás e letuario.
(Copls. 1605-1607.)
Su principal vanidad estaba en la parte métrica, en haber mostrado á los simples fablas et versos estrannos. «Et compósel otrosí a dar algunas lecciones e muestras de metrificar et rimar et de trovar... et lo fis cumplidamente segund que esta ciencia requiere.» Tenía la conciencia de haber roto las fronteras del Mester de clerecía, de haber quebrantado la unidad del monótono tetrástrofo introduciendo la inmensa variedad de las formas trovadorescas, y de haber dado alas al tetrástrofo mismo, que antes se movía con paso de tortuga. Pero esta revolución exterior y técnica implicaba otra más profunda en el concepto poético, y para llegar a su cabal estimación, hay que penetrar más en los procedimientos del Arcipreste.
El fondo de su cultura, y también el fondo principal de sus versos, es todavía la erudición latino-eclesiástica, propia de todos los poetas del Mester de clerecía, pero que en él aparece singularmente enriquecida y modificada por la influencia de estudios nuevos, como la filosofía escolástica y el derecho canónico, y por una noticia más directa e inmediata de la antigüedad clásica. La erudición del Arcipreste no es ya puramente bíblica como la del cantor de Fernán González, ni se reduce a algunas leyendas monacales como la de Gonzalo de Berceo, o la del Beneficiado de Úbeda. Diríase que los separa distancia mucho mayor que la de medio siglo. Aun el alarde enciclopédico del autor del Poema de Alexandre parece cosa infantil al lado de la varia y rica cultura del Arcipreste. El Don Aristótil del poema no es más que un dialéctico y un maestro del trivio y del cuadrivio; su ciencia se reduce a la formación de un silogismo:
[p. 277] Maestre Aristotil que lo había criado,
Sedia en este
comedio en su cámara cerrado:
Avía un silogismo
de lógica formado,
Essa noche nin día
non avía folgado.
(Copl. 30.)
Por el contrario, el Aristóteles del Archipreste es ya el de los escolásticos, el sabio por excelencia, el gran metafísico de Stagira, el dictador intelectual que hoy como entonces pesa sobre nosotros. El Archipreste hace de él citas picarescas, pero exactas, interpretándole a su modo y sacando consecuencias que tienen más de epicúreas o cirenaicas que de peripatéticas:
Como dise Aristóteles, cosa es verdadera,
El mundo por dos
cosas trabaja: la primera,
Por aver
mantenencia; la otra cosa era
Por aver
juntamiento con fembra plasentera.
Si lo dixiesse de mio, sería de culpar;
Díselo grand
filósofo, non so yo de rebtar;
De lo que dise el
sabio non debemos dubdar;
Que por obra se
prueba el sabio e su fablar.
Que dis verdat el sabio claramente se prueba:
Omes, aves,
animalias, toda bestie de cueva
Quieren segund
natura companna siempre nueva;
Et quanto más el
omen que a toda cosa se mueva.
Digo muy mas del omen que de toda criatura:
Todos a un tiempo
cierto se juntan con natura,
El omen de mal seso
todo tiempo sin mesura
Cada que puede
quiere faser esta locura.
(Copls. 61-64.)
No creemos que el Arcipreste fuera teólogo, sino canonista: estudios a la verdad menos separados entonces que lo han estado en tiempos posteriores. Ya en el prólogo empieza a alardear de su conocimiento de Graciano y de las Decretales: «Esto dise el Decreto, et estas son algunas de las razones porque son fechos los libros de la ley et del derecho, e de castigos, et costumbres, et de otras sciencias... Et porque de toda buena obra es comienzo et fundamento Dios, e la fe católica, e díselo la primera decretal de las Clementinas, que comienza: Fidei Catholicae fundamento.» Todavía es más raro y pedantesco alarde el de la lición sobre la [p. 278] penitencia que un fraile da a Don Carnal, declarando «como el pecador se debe confesar, et quien ha poder de lo absolver», reprobando la confesión in scriptis, e indicando los casos reservados al Papa. Aunque el Arcipreste se da por escolar mucho rudo, nin maestro nin doctor, no deja de ofrecernos como de pasada el catálogo de su librería jurídica:
Los que son reservados
del papa espirituales
Son muchos en
derecho: desir quantos e quales
Serie mayor el
romance más que dos manuales:
Quien saber los
quisiere, oya las decretales.
........................................................................
Trastorne bien los libros, las glosas, e los
textos,
El estudio a
los rudos fase sabios maestros.
Lea en el
Espéculo e en el su
Reportorio,
Los libros de
Ostiense, que son grand parlatorio,
El
Inocencio IV, un sotil consistorio,
El
Rosario de
Guido, Norela e
Directorio.
(Copls. 1.122-1.127.)
Pero sin temeridad se puede presumir que con los graves y ponderosos volúmenes de los Glosadores alternaban en su biblioteca, y aun pasaban con más frecuencia por sus manos, otros de aspecto menos adusto: un Ovidio, sobre todo, que parece haber aprendido casi de memoria, deteniéndose con maligna curiosidad en los pasos más picantes y lascivos. No es el Arcipreste el primer escritor español de la Edad Media que manifieste estudio directo de aquel fértil y abandonado ingenio, puesto que en la Crónica general de Alfonso el Sabio se intercala traducida en la prosa la Heroída de Dido a Eneas; pero sí es el más antiguo poeta nuestro que deliberadamente y de primera mano haya imitado a un autor clásico. La noticia de la antigüedad en el Libro de Alexandre es siempre de reflejo: cuando se dice Homero, entiéndase el compendio del Pseudo-Píndaro Tebano: la misma leyenda clásica del conquistador macedonio no ha salido directamente de Quinto Curcio, sino que viene por el intermedio de la Alexandreis, de Gualtero; y aunque el poeta leonés cite en una ocasión a Horacio, esta misma cita prueba que no conocía sus obras, puesto que la grand cantilena a que alude no puede ser otra cosa que el lindo Carmen de Philomela, comúnmente atribuído a nuestro metropolitano [p. 279] de Toledo San Eugenio, y ciertamente más emparentado con la tradición lírica de Ausonio y de los poetas de la Antología Latina, que con la de Horacio.
El Arcipreste no adolece ya de tal confusión. Su Ovidio es el del Arte Amatoria, el maestro de la galantería antigua, el que la había convertido en una especie de mester de clerecía. Cuando el Amor se aparece de noche al Arcipreste en forma de omen grande, fermoso é mesurado, y traba con él larga pelea o disputa (que en algún modo parece que preludia la del diálogo encantador de Rodrigo de Cota entre el Amor y un Viejo), los castigos o amonestaciones que le dirige están puntualmente tomados de Ovidio; y el mismo Don Amor lo declara:
Si leyeres Ovidio el
que fué, mi criado,
En él fallarás
fablas, que le hobe yo mostrado;
Muchas buenas
maneras para enamorado:
Pánfilo et Nasón yo
los hobe castigado.
(Copl. 419.)
¿Y quién era este Pánfilo, cuyo nombre se encuentra aquí tan inesperadamente asociado al de Ovidio? Un imitador suyo de los tiempos medios, un poeta ovidiano de la latinidad eclesiástica, cuyas obras llegaron a confundirse con las del maestro, si bien vemos que el Arcipreste las distinguía ya perfectamente. Era, según la opinión más probable, un monje del siglo XII, autor de un poema dramático no representable, en hexámetros y pentámetros, que ha recibido los diversos títulos de Comoedia de Vetula, Pamphilus de Amore, y Liber de Amore inter Pamphilum et Galateam, confundiéndose a veces el nombre del protagonista con el del autor, a quien suele llamarse Pánfilo Mauriliano. Pertenece esta obra curiosísima (y de la cual fuera de desear una edición más accesible que las tres o cuatro que existen, todas de gran rareza) a aquel género de imitaciones artificiales y escolásticas de la comedia clásica, que empieza con el Querolus, y al que se pueden reducir, entre otras muchas producciones más o menos interesantes, la Comedia de Geta y Birria, la Comedia Lydia y la Comedia Alda, obras en que quiso adaptar de un modo extraño la forma métrica de la antigua elegía a las fábulas escénicas de Terencio y Plauto.
[p. 280] En ciertas condiciones de estilo y dicción poética, la de Vetula supera a todas, y para nosotros los españoles tiene el valor excepcional de ser como el primer boceto de la incomparable Celestina. Pero adviértase que la semejanza se limita a la sencillísima intriga de amor entre Pamphilo y Galatea, conducida al término deseado de ambos amantes por una vieja zurcidora de voluntades, que en la comedia latina no tiene nombre ni fisonomía propia e individual, como tampoco la tiene ningún otro personaje de la pieza, que resulta por esto no poco lánguida e insulsa, a pesar del aparato mitológico y de las apariciones de la Diosa Venus.
Pero se ha de advertir que, antes de ser transformado por el arte maravilloso del Bachiller Fernando de Rojas, el tema de la comedia de Vetula había ganado mucho en la forma intermedia y no dramática que le dió el Arcipreste de Hita, sacando los personajes de la fría abstracción erótica en que los había puesto el llamado Pánfilo Mauriliano, en quien es tan grande la ausencia de vida real, que ni siquiera se puede saber a punto fijo en qué época floreció, ni en qué país de Europa, ni a qué clase de lectores se dirigía. El Arcipreste fué quien con el poder plástico y característico propio de su numen, vino a sacar esas figuras del limbo en que su predecesor las había dejado. Él las naturalizó en España, dándoles nombre y estado civil, convirtiendo al Pánfilo en Don Melón de la Huerta, «mancebillo guisado que en nuestro barrio mora», y a la doncella Galatea en Dona Endrina, viuda noble y rica de Calatayud:
De talle muy apuesta, de gestos amorosa,
Donegil, muy
lozana, plasentera et fermosa,
Cortés et mesurada,
falaguera, donosa,
Graciosa et
risuenna, amor de toda cosa.
La más noble figura de cuantas yo haber pud,
Viuda rica es
muncho, et moza de juventud,
Et bien
acostumbrada, es de Calataud,
.....................................................................
Fija de algo en
todo et de alto linage.
(Copls. 555-557.)
El tipo descolorido de la Vetula ha sufrido todavía mayor transformación. Bastaría este ejemplo para probar cuán gran [p. 281] poeta era el Arcipreste de Hita, y cómo sabía convertir en realidades visibles y concretas, no sólo los fantasmas de su risueña imaginación, sino hasta las frías personificaciones de un arte pedantesco y degenerado. Trotaconventos, por otro nombre Urraca, es una creación propia del Archipreste, y ella, y no la Dipsas de los Amores de Ovidio, ni mucho menos la vieja de Pánfilo, debe ser tenida por abuela de la Madre Celestina, con todo su innumerable cortejo de Elicias, Dolosinas, Lenas, Dolerias y Eufrosinas. El Arcipreste se complace en ésta hija de su fantasía; no sólo la hace intervenir en el episodio de Don Melón, sino que la asocia después a sus propias aventuras, la sigue hasta su muerte, fase su planto, la promete el paraíso y escribe su epitafio:
Ay mi Trotaconventos, mi leal verdadera!
Muchos te seguían
viva, muerta yases sennera,
A dó te me han
levado? non sé cosa certera:
Nunca torna con
nuevas quien anda esta carrera.
..............................................................................
A Dios merced le
pido que te dé la su gloria,
Que mas leal
trotera nunca fue en memoria:
Faserte he un
pitafio escripto con estoria.
.............................................................................
Daré por tí limosna
e faré oración,
Faré cantar misas,
e daré oblación;
La mi
Trotaconventos, Dios te dé redención,
El que salvó el
mundo, él te dé salvación.
Duennas, non me rebtedes, nin me digades mozuelo,
Que si a vos
sirviera, vos habríades della duelo:
Llorariedes por
ella, por su sotil ansuelo,
Que quantas siguía,
todas iban por el suelo.
Alta mujer, nin baja, encerrada, nin escondida
Non se le detenía,
dó faría su batida;
Non sé omen nin
duenna que tal oviesse perdida,
Que non tomase
tristesa e pesar sin medida.
Físele un pitafio pequenno con dolor,
La tristesa mé fiso
ser rudo trovador;
Todos los que lo
oyéredes, por Dios nuestro Sennor,
La oración fagades
por la vieja de amor.
(Copls. 1543-1549.)
Las artes y maestrías de Trotaconventos, son las mismas que las de Celestina: idéntica su conversación entreverada de proloquios, [p. 282] sentencias y refranes: como ella, se introduce en las casas a título de buhonera y vendedora de joyas, y con el mismo arte diabólico que ella va tendiendo sus lazos a la vanidad femenil:
Fallé una vieja qual avía menester,
Artera e maestra e
de mucho saber.
Donna Vénus por
Pánfilo non pudo mas faser
De quanto fiso
aquesta por me faser plaser.
Era vieja buhona destas que venden joyas,
Estas echan el
lazo, estas cavan las foyas:
Non hay tales
maestras como éstas viejas troyas.
.............................................................................
Como lo han en uso éstas tales buhonas,
Andan de casa en
casa vendiendo muchas donas,
Non se reguardan
dellas, están con las personas,
Fasen con el mucho
viento andar las atahonas.
(Copls. 672-674.)
¡Qué instinto dramático, que progresión tan hábil en todas las escenas de la seducción de Doña Endrina:
La buhona con farnero va tanniendo
cascaveles,
Meniando de sus
joyas, sortijas et alfileres.
...........................................................................
Vídola donna
Endrina, dixo: entrad, non receledes.
Entró la vieja en casa, dixole: «sennora fija,
Para esa mano
bendicha quered esta sortija».
...........................................................................
«Fija, siempre estades en casa encerrada,
Sola envejescedes,
quered alguna vegada
Salir andar en la
plaza con vuestra beldat loada:
Entre aquestas
paredes non vos prestará nada.
«En aquesta villa mora muy fermosa mancebía,
Mancebillos
apostados et de buena lozanía,
En todas buenas
costumbres crecen de cada día.
...........................................................................
«Muy bien me
reciben todos con aquesta pobredat;
El mejor e el mas
noble de linaje e de beldad
Es don Melón de la
Huerta, mancebillo de verdad:
A todos los otros
sobra en fermosura e bondat.
...........................................................................
«Creedme, fija
sennora, que quantos vos demandaron
A par de ese
mancebillo ningunos non llegaron:
[p. 283] El día que vos nacistes fadas albas vos
fadaron,
Que para ese buen
donayre atal cosa vos guardaron.
..................................................................................
Comenzó su escanto la vieja coytral:
«Quando el que buen
siglo haya seía en este portal,
Daba sombra a las
casas, et relusíe la cal:
Mas do non mora
ome, la casa poco val.
«Así estades fija viuda et mancebilla,
Sola et sin
compannero como la tortolilla:
Deso creo que
estades amariella et magrilla.
.................................................................................
«Fija, dixo la vieja, el anno es ya pasado,
Tomad aqueste
marido por ome et por velado,
Andémoslo,
fablémoslo, tengámoslo celado,
Hado bueno que vos
tienen vuestras fadas fadado.
¿Qué provecho vos tiene vestir el negro panno,
Andar envergonada
et con mucho sosanoo?
.................................................................................
Verdad es que los plaseres conortan a las de
veses,
Por ende, fija
sennora, id a mi casa a veses:
Jugarémos a la
pella e a otros juegos raeses,
Jugarédes e
folgarédes, e dar vos he, ay, que nueses!
Nunca está mi tienda sin fruta a las lozanas,
Muchas peras e
durasnos, ¡qué cidras e qué manzanas!
Qué castannas, qué
pinnones, e qué muchas avellanas:
Las que vos
querédes mucho, éstas vos serán más sanas.
Desde aquí a la mi tienda non hay si non una
pasada:
En pellote vos
irédes como por vuestra morada:
Todo es aquí un
barrio e vesindat poblada.
.................................................................................
(Copls. 769-837.)
El episodio de Doña Endrina forma por sí sólo una quinta parte de la obra del Arcipreste, [1] y es sin duda lo que trabajó con más esmero de estilo y menos desorden de composición. Sólo una pequeña parte de sus bellezas proceden del original latino, y [p. 284] hasta cuando más directamente traduce, logra hacer suyo por los prestigios de su estilo desenfadado y brioso todo lo que toca. ¿Quién ha de decir, por ejemplo, que no son originales estos versos tan célebres y tan dignos de serlo, que hasta a los ojos de los retóricos clásicos han encontrado gracia, y que Martínez de la Rosa trae en su Poética como ejemplo de la animación y rapidez que el Arcipreste sabía imprimir a un ritmo tan lento?
Con arte se quebrantan
los corazones duros,
Tómanse las
ciudades, derríbanse los muros,
Caen las torres
altas, álzanse pesos duros.
Por arte los
pescados se toman só las ondas,
Et los piés enjutos
corren por mares fondas.....
(Copls. 592-93.)
Y sin embargo, no sólo el pensamiento, sino las imágenes y hasta el giro de la frase son de Pánfilo:
Ars animus frangit et
fortes obruit urbes,
Arte cadunt turres,
arte levatur onus,
Et piscis liquidis
deprehenditur arte sub undis,
Et pedibus siccis
per mare currit homo.
La forma dramática no ha desaparecido del todo, puesto que la mayor parte de la historia está en diálogos, y por otra parte, ha de advertirse que la misma comedia de Vetula no tenía [p. 285] primitivamente división de actos ni de escenas, y estaba escrita sin ninguna preocupación teatral, por lo cual fué relativamente fácil la tarea del Arcipreste al convertirla en narración seguida, ligando entre sí los diálogos con algunas palabras que explican las diversas situaciones. Pero si en la marcha de la pieza no innovó nada, en la expresión moral resultó originalísimo, no sólo por la creación de caracteres destinados a tan larga vida y a tan numerosa descendencia, sino por la atenta, menuda y delicadísima observación de los efectos del amor, y por el suave y gentil modo de insinuarlos.
¡Qué verdad tan humana y qué arte tan refinado ya en medio de su aparente ingenuidad, hay en este diálogo entre Don Melón y Trotaconventos!:
«Madre, ¿vos non podedes conoser o asmar
Si me ama la
duenna, o si me querrá amar?
Que quien amores
tiene, non los puede celar
En gestos, o en
sospiros, o en color, o en fablar;
—Amigo, dis la vieja, en la duenna lo veo,
Que vos quiere e
vos ama, e tiene de vos deseo:
Quando de vos le
fablo, e a ella oteo,
Todo se le demuda
el color e el deseo.
Yo a las de vegadas mucho cansada callo,
Ella me dis que
fable, e non quiere dexallo,
Fago que me non
acuerdo, ella va comenzallo,
Óyeme dulcemente,
muchas sennales fallo.
En el mi cuello echa los sus brazos entramos:
Ansí una grand
pieza en uno nos estamos:
Siempre de vos
desimos, en al nunca fablamos.
Quando alguno
viene, otra rason mudamos.
Los labrios de la boca tiémbranle un poquillo,
El color se le muda
bermejo e amarillo,
El corazón le salta
así a menudillo,
Apriétame mis dedos
en sus manos quedillo.
Cada que vuestro nombre yo le estó disiendo,
Otéame, e sospira,
e está comediendo,
Aviva más el ojo, e
está toda bullendo:
Paresce que con
vusco non se estaría dormiendo.
En otras cosas muchas entiendo ésta trama,
Ella non me lo
niega, ante dis que vos ama:
Si por vos non
menguare, abajarse há la rama,
Et vendrá donna
Endrina, si la vieja la llama
(Copls. 780-786)
[p. 286] La escena del primer encuentro de Doña Endrina con su amador en los soportales de la plaza, está escrita con tal cortesanía, discreción y gentileza, que los primeros versos han hecho recordar a Puymaigre nada menos que el incomparable soneto de Dante, Tanto gentile e tanto onesta pare:
Ay Dios y quán fermosa viene donna Endrina por la
plaza!
Qué talle, qué
donayre, qué alto cuello de garza!
Qué cabellos, qué
boquilla, qué color, qué buenandanza!
Con saetas de amor
fiere quando los sus ojos alza,
Pero tal lugar non era para fablar en amores:
A mi luego me
vinieron muchos miedos e temblores,
Los mis pies e las
mis manos non eran de mí sennores,
Perdí seso, perdí
fuerza, mudáronse mis colores.
Unas palabras tenía pensadas por le desir,
El miedo de las
compannas me fasien al departir,
Apenas me conoscía
nin sabía por do ir,
Con mi voluntat mis
dichos non se podían seguir.
........................................................................................
Paso a paso donna Endrina so el portal es
entrada,
Bien lozana e
orgullosa, bien mansa e sosegada,
Los ojos baxó por
tierra en el poyo assentada:
Yo torné en la mi
fabla que tenía comenzada.
........................................................................................
«En el mundo non es cosa que yo ame a par de vos,
Tiempo es ya
passado, de los annos más de dos,
Que por vuestro
amor me pena: ámoos más que a Dios:
Non oso poner
persona que lo fable entre nos.
........................................................................................
A
Dios juro, sennora, por aquesta tierra,
Que cuanto vos he
dicho de la verdat non yerra:
Estades enfriada
más que la nef de la sierra,
E sodes tan moza
que ésto me atierra.
Fablo en aventura con la vuestra mocedat,
Cuydades que vos
fablo lisonja et vanidat,
Non me puedo
entender en vuestra chica edat,
Querriedes jugar
con la pella más que estar en poridat.
........................................................................................
It et venit a la fabla otro día por mesura
Pues que oy non me
creedes, e non es mi ventura:
It et venit a la
fabla esa creencia tan dura:
Usando oyr mi pena,
entenderedes mi quexura.
Otorgatme ya, sennora, aquesto de buena miente,
Que vengades otro
día a la fablae solamiente:
[p. 287] Yo pensaré en la fabla et sabré vuestro
talente:
Al non oso
demandar, vos venid seguramiente.
...........................................................................
Porque ome non coma
nin comienze la manzana,
Es la color et la
vista alegría palanciana,
Es la fabla et la
vista de duenna tan lozana
Al ome conorte
grande et plasentería bien sana.
(Copls. 627-652.)
¡Y se ha llamado rudo y bárbaro a este poeta, que por primera vez hizo resonar en castellano el lenguaje del amor, y que a ratos parece transportarnos a la huerta de Melibea, donde Calisto entró en demanda de su falcón, y otras veces nos hace pensar en los apasionados coloquios de los dos amantes de Verona!
La influencia clásica se determina en el Arcipreste, no sólo por la imitación del verdadero Ovidio y del falso, sino por citas de moralistas, especialmente de los dísticos del pseudo Catón, [1] por alusiones a las doctrinas astronómicas de Tolomeo y de los platónicos, [2] y principalmente, por la intercalación de varios apólogos [p. 288] tomados evidentemente de las colecciones esópicas. En determinar los originales inmediatos, han trabajado muchos eruditos, especialmente Du Méril y Amador de los Rios; pero a la verdad, sin positivo resultado, porque siendo tantas y tan semejantes entre sí dichas colecciones, y siendo tan original el Arcipreste en el modo de contar sus fábulas, es casi imposible saber a punto fijo cuál de los Isopetes, Hórtulos y Fabularios que entonces corrían es el que usaba. Añádese una segunda dificultad, cual es el encontrarse simultáneamente algunos de estos apólogos en la tradición clásica y en la tradición oriental, como derivados de una remotísima fuente común, que no es otra que el apólogo indio. El Arcipreste tomaba indiferentemente sus enxiemplos de libros latinos y de libros árabes, ora leyese estos últimos en su texto original, ora traducidos al castellano o al latín, como ya lo estaban todos los principales. Creemos, sin embargo, que proceden de la versión esópica veintiuno por lo menos de los apólogos del Arcipreste, entre ellos, los dos tan célebres y tan dignos de serlo de las ranas que demandaban rey a D. Júpiter, y de el Mur de Monferrado y Mur de Guadalajara, transformación españolísima de la fábula del ratón campesino y el ratón ciudadano. No creemos que el Arcipreste tomase directamente esta fábula de las epístolas de Horacio, autor poco leído en la Edad Media; pero la fábula existía antes de Horacio, y después de él entró en muchas colecciones. [1] Por otro lado, es tal la originalidad de estilo del Arcipreste, y tales los detalles que añade, tomados de las costumbres de su tiempo, que en ocasiones hace perder hasta el rastro de los originales. ¿Quién reconocerá, par ejemplo, la sencilla fábula [p. 289] Lupus et Vulpes, judice Simia, en la extensa parodia de costumbres curialescas que el Arcipreste tituló «del pleyto quel lobo é la raposa hubieron ante don Gimio, alcalde de Buxía?».
La vocación de fabulista era en el Arcipreste tan innata como en Lafontaine. Ni uno ni otro se cuidaban de inventar los asuntos de sus apólogos: los tomaban donde los encontraban, los hacían suyos por derecho de conquista, desarrollaban a todo su sabor el contenido poético sin preocuparse mucho de la moralidad, y resultaban poetas originalísimos, tanto por la invención de los detalles pintorescos, cuanto por la intensa y graciosa ironía con que sacan las consecuencias de su filosofía mundana. Nunca, antes de Samaniego, el arte del apólogo fué cultivado por ningún poeta castellano con tanta sal y agudeza como la que hay derramada en los enxiemplos del Arcipreste de Hita. Las mismas fábulas que Bartolomé Leonardo de Argensola suele intercalar en sus epístolas siguiendo el ejemplo de Horacio, resultan, aunque primorosamente versificadas, lentas, fatigosas y descoloridas, si se comparan con el genial y no aprendido donaire del vetusto poeta alcarreño, que da claras muestras de haber estudiado cariñosamente los animales y de haber penetrado mucho en la intimidad de sus costumbres más en el campo que en los libros.
Aún resta señalar en el Arcipreste de Hita otra influencia clásica más honda, pero más velada, y de la cual seguramente él mismo no tuvo jamás plena conciencia. Y en rigor, tal influencia no debe llamarse clásica, sino pagana, puesto que trasciende del ideal del arte al de la vida, y viene a ser una especie de rehabilitación de la carne pecadora, una desenfrenada expansión de la alegría del vivir, contrapuesta al ascetismo cristiano. No se crea que gratuitamente atribuimos tal aberración al Arcipreste: es claro que, como tesis presentada de un modo dogmático, jamás atravesó por su espíritu, pero estaba en la atmósfera del siglo XIV; había inspirado ya en Francia el Roman de la Rose, y en Italia la mayor parte de las poesías y de las prosas de Boccaccio; había resonado mucho antes en las canciones báquicas del arcediano [p. 290] de Oxford, Gualtero Mapes, que tantas semejanzas tiene con el Arcipreste; era el mismo ideal de alegría, petulante y juvenil en Italia, intemperante y brutal en Francia, que había de deslumbrar a algunos espíritus del Renacimiento, aunque no a los más altos ni a los mejores: a Rabelais y no a Cervantes, al Ariosto y no a Shakespeare.
De esta insurrección neopagana fué nuestro Arcipreste uno de los precursores, de un modo inconsciente sin duda, pero que resulta trascendental y cuasi simbólico. ¿Qué otro sentido puede darse a la pompa triunfal con que Don Amor y Don Carnal fueron recibidos en Toledo? La Cuaresma había pasado, y con ella las penitencias que un fraile impuso a Don Carnal: el comer garbanzos cochos con aceite, arvejas, espinacas y lentejas con sal; el fustigar sus carnes con santa disciplina; el rezar las horas y non probar la lucha. Pero llega el Domingo de Ramos, y Don Carnal, burlando la vigilancia de Don Ayuno, se refugia en la Judería, pide un rocín prestado a Rabí Acelin, corre como un rayo por la Mancha y Extremadura, alborotando con el terror de su venida cabrones é cabritos, carneros é ovejas; delante de él los toros erizan el cerro,
Los bueyes e vacas
repican los cencerros,
Dan grandes
apellidos terneras et becerros:
y finalmente, desde Valdevacas, nuestro lugar amado, envía a la Cuaresma «fraca, magra é vil sarnosa», un cartel de desafío de que son portadores Don Almuerzo y Dona Merienda, intimándole lid campal para el Domingo de Pascua, antes de salir el sol. Doña Cuaresma, como de flaca complisión, ve segura su derrota, y el sábado por la noche huye en hábito de romera:
El Viernes de
indulgencias vistió nueva esclavina,
Grand sombrero
redondo con mucha concha marina,
Bordón lleno de
imágenes, en él la palma fina;
Esportilla e
cuentas para resar aína.
................................................................................
Los zapatos
redondos e bien sobresolados,
................................................................................
Calabaza bermeja
más que pica de graja.
(Copls. 1179-1181.)
[p. 291] Y entonces el Arcipreste apura los colores de su paleta holandesa para ponernos delante de los ojos una kermesse brutal, una algazara discordante de voces y de instrumentos, una orgía estrepitosa y ahumada, digna de encontrar lugar entre las fantasías báquicas y gastronómicas del cura de Meudon:
Vigilia era de Pascua, abril cerca pasado:
El sol era salido
por el mundo rayado:
Fué por toda la
tierra gran roido sonado
De dos emperadores
que al mundo han llegado.
Estos emperadores Amor e Carnal eran:
A rescebirlos salen
quantos que los esperan:
Las aves e los
árboles nobre tiempo avieran,
Los que Amor
atienden, sobre todos se esmeran.
A
don Carnal resciben todos los carniceros,
Et todos los rabís
con todos sus aperos:
A él salen triperas
tanniendo sus panderos:
De los que corren
monte, llenos van los oteros.
El pastor lo atiende fuera de la carrera
Tanniendo su
zamponna et los albogues esmera,
Su mozo el
caramillo fecho de cannavera,
Tanniendo el
rabadán su cítola trotera.
Por el puerto asoma una senna bermeja,
En medio una
figura, cordero me semeja:
Vienen en redor
dellá balando mucha oveja,
Carneros et
cabritos con su chica pelleja.
Los cabrones valientes, muchas vacas et toros,
Más vienen cerca de
ella que en Granada hay moros,
Muchos bueyes
castannos, otros hoscos e loros:
Non lo compraría
Dario con todos sus tesoros.
Venia don Carnal en carro muy preciado,
Cobierto de
pellejos, et de cueros cercado:
El buen emperador
está arremengado
En saya, haldas en
cinta, e sobre bien armado.
Traía en la su mano una segur muy fuerte,
A toda quatropea
con ella da la muerte.
................................................................................
En derredor traía
cennida de la su cinta
Una blanca rodilla:
está de sangre tinta.
................................................................................
En derredor de sí trae muchos alanes,
Vaqueros, et de
monte, e otros muchos canes,
Sabuesos et
podencos quel comen muchos panes,
Et muchos
nocherniegos, que saben matar carnes.
[p. 292] Sogas para las vacas, muchos pesos e
pesas,
Tajones e
garabatos, grandes tablas e mesas,
Para las triperas
gamellas e artesas,
Las alanas paridas
en las cadenas presas,
........................................................................
Posó el emperante en las carnecerías,
Venían a obedecerle
villas et alcarías:
Dixo con grand
orgullo muchas blavas grandías:
Comenzó el fidalgo
a faser caballerías,
Matando e degollando et desollando reses.
........................................................................
Con tintas más apacibles está descrita la llegada del Amor:
Día era muy santo de la Pascua mayor;
El sol era salido
muy claro e de noble color;
Los omes e las aves
e toda noble flor,
Todos van rescebir
cantando al Amor.
Rescíbenlo las aves, gayos et ruysennores,
Calandrias,
papagayos mayores e menores,
Dan cantos
plasenteros e de dulces sabores,
Más alegría fasen
los que son más mejores.
Rescíbenlo los árbores con ramos et con flores,
De diversas
maneras, de diversos colores:
Rescíbenlo los
omes, et duennas con amores:
Con muchos
instrumentos salen los atambores.
Allí sale gritando la guitarra morisca
De las voses aguda,
de los puntos arisca,
El corpudo laúd que
tiene punto a la trisca,
La guitarra latina
con estos se aprisca.
El rabé gritador con la su alta nota,
Cabe él el orabin
taniendo la su rota,
El salterio con
ellos más alto que la mota,
La vihuela de
péndola con aquestos y sota.
........................................................................
La vihuela de arco fas dulces de bayladas,
Adormiendo a veses,
muy alto a las vegadas,
Voses dulces,
sabrosas, claras et bien pintadas.
........................................................................
Dulce canno entero sal con el panderete,
Con sonajas de
azófar facen dulce sonete,
Los órganos disen
chanzones e motete,
La adedura
albardana entre ellos se entremete.
Dulcema e axabeba, el finchado albogón,
Cinfonía e baldosa
en esta fiesta son,
[p. 293] El frances odrecillo con ellos se compón,
La reciancha
mandurria allí fase su son.
Trompas e annafiles salen con atambales:
Non fueron tiempo
ha plasenterías tales,
Tan grandes
alegrías, nin atan comunales:
De juglares van
llenas cuestas et eriales.
Las carreras van llenas de grandes processiones,
Muchos omes
ordenados, que otorgan pendones,
Los legos segrales
con muchos clerisones:
En la processión
iba el abad de Bordones.
...........................................................................
Allí van de Sant Paulo los sus predicadores:
Non va y Sant
Francisco, mas van flayres menores:
Allí van agostines,
e disen sus cantores:
Exultemus et laetemur, ministros et priores.
Los de la Trinidat con los frayles del Carmen
E los de Santa
Eulalia porque non se ensannen,
Todos mandan que
digan, que canten e que llamen:
Benedictus qui venit, responden todos:
Amen.
...........................................................................
Todas duennas de orden, las blancas e las
prietas,
De Cistel,
predicaderas, e muchas menoretas,
Todas salen
cantando, disiendo chanzonetas:
Mane nobiscum, domine, que tannen a completas.
De la parte del sol vi venir una senna
Blanca,
resplandesiente, más alta que la penna,
En medio figurada
una imagen de duenna,
Labrada es de oro,
non viste estamenna.
Traía en su cabeza una noble corona,
De piedras de grand
precio, con amor se adona:
Llenas trae las
manos de mucha noble dona:
Non comprarie las
sennas París nin Barcelona.
A
cabo de grand pieza vi al que la traíe
Estar
resplandeciente: a todo el mundo reíe:
Non compraría
Francia los pannos que vestíe:
El caballo de
Espanna muy grand precio valíe.
Muchas compannas vienen con el grand emperante:
Arciprestes et
duennas, estos vienen delante,
Luego el mundo
todo, et quanto vos dixe ante:
De los grandes
roidos es todo el val sonante.
Desque fué y llegado don Amor el lozano,
Todos finojos
fincados besáronle la mano.
...........................................................................
Dixieron allí luego todos los religiosos e
ordenados:
Sennor, nos te
daremos monasterios pobrados,
[p. 294] Refitorios muy grandes, e manteles
pasados,
Los grandes
dormitorios de lechos bien poblados.
..................................................................................
(Copls. 1184-1231.)
¿Qué pensar de esta apoteosis, no ya humorística, sino irreverente y sacrílega, en que el Arcipreste, después de poner en solfa las lecciones de su Breviario, acaba por fincar los hinojos ante Don Amor, y decirle con tono compungido y casi piadoso:
Sennor, tú me hobiste
de pequenno criado:
El bien, si algo
sé, de ti me fué mostrado,
De ti fuí
apercebido, e de ti fuí castigado:
En esta santa
fiesta sey de mí hospedado.
(Copls. 1235.)
Si en escritor de otros tiempos encontrásemos tan desenfrenado aquelarre, la interpretación no podía ser más que una. El Arcipreste de Hita sería un furibundo pagano, un clérigo depravado e indigno, que había trocado la fe de Cristo por el culto de la Naturaleza en sus más groseras y carnales manifestaciones. Pero tal conclusión puede ser precipitada, y a nuestro juicio lo es, tratándose de un poeta del siglo XIV, época en verdad de grandísima depravación moral, y en cierto modo de recrudescencia bárbara, pero en que la perversión era de los sentidos mucho más que de la cabeza, sin que las acciones se enlazasen a las doctrinas con aquel rigor dialéctico a que estamos avezados los modernos. Lo que hoy nos parece el himno de triunfo de la carne indómita y rebelde a la disciplina ascética, no tiene ni puede tener en el Arcipreste la intención que tiene en Enrique Heine, por ejemplo, o en Rabelais mismo. En el Arcipreste no es más que una facecia brutal en que el poeta, dando rienda suelta a los instintos pecadores de su naturaleza exuberante y lozana, se alegra y regocija ferozmente con la perspectiva de bodas y yantares y juglarías con que le convidan las ferias de primavera:
Pues Carnal es venido,
quiero perder laseria:
La Quaresma
católca dóla a Santa Quiteria:
Quiero ir a Alcalá,
moraré en la feria.
..........................................................................
Andan de boda en
boda clérigos e juglares.
(Copls. 1286-1289.)
[p. 295] Creemos, pues, que hay una diferencia esencial entre el Arcipreste y los poetas latinos llamados goliardos, a cuya escuela pertenece en alguna manera. En los versos comúnmente atribuídos a Gualtero Mapes, hay dos cosas diversas: una la poesía tabernaria, el meum est propositum in taberna mori, de la cual es ardiente secuaz el Arcipreste; otra, el grito de insurrección contra la potestad espiritual, lanzado en la Confessio Goliae y en tantas otras composiciones, y que lleva a la creación del tipo satírico del Papa Golías. De esta levadura herética creemos inmune al Arcipreste, si bien confesaremos sinceramente que hay pasajes de sus obras que hacen cavilar mucho, y hasta sospechar en él segundas y muy diabólicas intenciones.
De lo que no puede dudarse és de su talento poético, ni tampoco de su vastísima cultura, peregrina en verdad para su tiempo. Porque al lado de la educación latino-clásica y latino-eclesiástica, y al lado de la ciencia escolástica y jurídica, hay que reconocer en él otras muy diversas influencias, que del modo más inesperado se cruzan y entremezclan en su obra, convirtiéndola en un monumento de orden compuesto, en que los detalles caprichosos y pertenecientes a diversas arquitecturas sorprenden y halagan los ojos por la misma variedad y violencia de sus contrastes. El Arcipreste sabía árabe: consta por el mensaje de Trotaconventos a la mora; por la declaración de los instrumentos que convienen a los cantares de arábigo; por el hecho de haber compuesto danzas para las troteras y cantaderas mudéjares; y finalmente, por el número no exiguo de palabras de dicha lengua que con gran propiedad usa en sus poesías, y que pueden verse declaradas en los Glosarios de Engelmann, Dozy y Eguilaz. Pero ¿cómo y hasta qué punto le sabía? ¿Por uso puramente familiar, o por doctrina literaria? En otros términos, ¿era capaz de entender un texto en prosa o en verso y de imitarle? Para nosotros la cuestión es dudosa; por lo menos hasta ahora no se ha señalado ninguna imitación directa y positiva: las serranillas que el ingenioso Schack quiere emparentar con el zéjel y la muwaxaha, tienen sus orígenes inmediatos y bien conocidos en los cancioneros gallegos, y a lo sumo en las pastorelas provenzales; prescindiendo de que esos dos géneros de poesía semipopular parecen haber sido de aparición muy tardía en la literatura árabe, y cultivados con predilección [p. 296] por renegados españoles, lo cual acaso pueda indicar acción más o menos directa de la poesía cristiana.
Lo que se ha de calificar de verdaderamente oriental en el libro del Arcipreste, son algunos apólogos y la manera de intercalarlos caprichosamente en el relato; pero no hay uno solo de esos apólogos que el Arcipreste no hubiera podido leer o en la Disciplina Clericalis del converso aragonés Pedro Alfonso, o en la traducción del Calila e Dina que mandó hacer Alfonso el Sabio siendo infante, o en la traducción del Sendebar que procuró su hermano el infante D. Fadrique, con el título de Engannos et assayamientos de las mugieres, o en el Libre de Maravelles de Ramón Lull, sin contar con los libros de su contemporáneo D. Juan Manuel, que pudo muy bien haber ignorado. Sin recurrir, pues, a ninguna fuente directa, se explican el origen árabe de algunos apólogos; el color enteramente oriental con que aparecen otros, que pueden hallarse también en la tradición clásica, como el horóscopo del nacimiento del fijo del rey Alcarás, y hasta la semejanza exterior que en su forma descosida y fragmentaria, pero con una historia central que sirve de núcleo, presenta el libro con las colecciones de ejemplos y cuentos orientales, desde el Sendebar hasta las Mil y una noches. El mismo Arcipreste parece que quiso indicar esta derivación, en los versos con que termina la parte principal de su libro, recordando el título con que es conocido el Sendebar entre los musulmanes:
Fué compuesto el
romance por muchos males e dannos,
Que fasen
muchos e muchas a otros con sus
engannos.
Menos discutible es el influjo de la poesía francesa en el Arcipreste, pero ha sido grandemente exagerado. Todo lo que en su libro puede considerarse como imitación de los troveros, y aun esto no siempre con seguridad, se reduce a cinco o seis cuentos: el de la disputa entre el doctor griego y el ribaldo romano que Rabelais tomó también de antiguos fabliaux para tejer la chistosa controversia por señas entre Panurgo y Thaumasto; el de los dos perezosos que querían casar con una dueña; el del garzón que quería casar con tres mujeres; el del ladrón que fizo carta al diablo de su ánima; el del ermitaño que se embriagó y cayó en pecado de lujuria; el de D. Pitas Payas, pintor de Bretaña, [p. 297] que lleva indicios de su origen hasta en ciertos galicismos v. gr., monsennor volo ir á Flandes, portar muita dona, volo facer en vos una buena figura, fey arditamente todo lo que vollaz, petit corder, que no pertenecen a la lengua habitual del Arcipreste, y que sin duda están puestos en boca de personajes franceses para el efecto cómico. Pero la imitación más extensa y más directa es el relato de la pelea que hobo Don Carnal con Doña Quaresma, inspirado sin género de duda en el fabliau de la Bataille de Karesme et de Charnage, que puede leerse en el tomo IV de los coleccionados por Méon. [1] El mismo Puymaigre reconoce, sin embargo, que el Arcipreste sólo tomó de este poemita la idea general del suyo, y hasta llega a añadir que hubiera hecho bien en copiar más servilmente algunos rasgos del modelo. Esto va en gustos. Por nuestra parte encontramos muy chistoso el poema tal como está, tan gallardamente castellanizado, tan lleno de alusiones de picante sabor local, con aquellas parodias de cantar de gesta, [2] con aquella suculenta enumeración de los pescados de nuestras marinas y de nuestros ríos, con toda aquella geografía costeña que tan grata suena a nuestro oído, y que naturalmente no ha de tener para un extranjero el mismo valor de evocación de imágenes familiares.
De Sant Ander vinieron
las bermejas langostas:
Traían muchas
saetas en sus aljabas postas.
.............................................................................
Quantos son en la
mar vinieron al torneo:
Arenques et besugos
vinieron de Bermeo.
.............................................................................
Allí lidia el conde
de Laredo muy fuerte,
Congrio, cecial e
fresco mandó mala suerte.
.............................................................................
[p. 298] Ardit et denodado. fués contra don
Salmón:
De Castro-Urdiales
llega en aquella sazón.
......................................................................
De parte de
Valencia venien las anguilas
Salpresas e
trechadas a grandes manadillas.
Y así sucesivamente van entrando en la lid las truchas del Alberche, los camarones del Henares, los sábalos, albures y lampreas de Sevilla y de Alcántara: de todo lo cual ciertamente no hay vestigio en el fabliau francés, y será para muchos la mayor golosina del fragmento español, a cuyo autor podemos considerar por él y por otros pasos de su libro como el más antiguo clásico de nuestra cocina, anterior con mucho al autor del Arte Cisoria y al célebre Ruperto de Nola.
Añádanse, si se quiere, al catálogo de reminiscencias transpirenaicas, las declamaciones satíricas sobre el dinero y el amor, tema favorito de los Dits franceses, pero que mucho antes lo había sido de la poesía latino-eclesiástica, en que el Arcipreste estaba tan versado. Aun sin salir de su casa, podía encontrar ejemplares. En el mismo codice de la Biblioteca Toledana que encierra el estrambótico y divertido libro de magia y espiritismo del pseudo Virgilio Cordobés, obra de algún estudiantón perdulario y nocherniego, de quien se ha dicho agudamente que si no era Arcipreste de Hita merecía serlo, hay dos sátiras latinas de un clérigo Adam (Arbore sub quadam dictavit clericus Adam), en que ambos tópicos, el de nummus y el de femina (palabras iniciales de todos los versos) están desarrollados con ideas que recuerdan mucho el giro y manera del Arcipreste e inducen a pensar que pudo tenerlas presentes. [1]
De todos modos, lo imitado del francés por el Arcipreste de Hita, no pasa, aun estirando mucho la cuenta, de quinientos versos en un poema que tiene cerca de siete mil de todas clases y medidas. El argumento es material, pero decisivo. Sostener después de esto que el Arcipreste de Hita imitó principalmente a los troveros; que es un rellejo de Rutebeuf y de Juan de Meun; [2] [p. 299] que ellos le infundieron la libertad y causticidad de su espíritu, y, finalmente, que no tiene de español más que la lengua (que hasta esto ha llegado a decirse), vale tanto como si alguien sostuviera que por haber traducido Shakespeare un pasaje de Montaigne en La Tempestad, la clave del drama shakespiriano debía buscarse en el libro de los Ensayos. Y sin embargo, el docto Puymaigre se ve obligado a confesar, con harto dolor de su alma que el Arcipreste, aun saqueando a todo el mundo, como era uso y costumbre en la Edad Media, encontró el secreto de ser más original que los autores a quienes roba y despoja. ¿Y en qué puede consistir esto, sino en que tiene estilo y personalidad propia, de la cual ellos comúnmente carecen, y en que lejos de ser infiel al genio español (que no es exclusivamente el genio caballeresco ni el genio místico), es, por el contrario, el más antiguo de nuestros humoristas, el que reveló antes que otro alguno el matiz especial de nuestra sonrisa y aquella forma de lo cómico que nos es peculiar, «aquella profunda ironía, grave y sentenciosa, a la cual nadie resiste, que no tiene equivalente más que en el humour de los ingleses, y con la cual no pueden ser comparados ni el chiste delicado y fino de los franceses, ni la bufonada de los italianos, ni la sátira pedantesca y pesada de los alemanes?» Son palabras que en boca de un español parecerían jactanciosas, pero que fueron escritas por el hombre que más profundamente nos ha conocido en Europa, por el maestro de todos nosotros en las cosas de la Edad Media, por Fernando Wolf, en fin, cuya autoridad científica ha de tener más peso en estas cuestiones que opiniones dictadas por un ameno y simpático dilettantismo que todavía no ha renunciado a la ilusión romántica de ver en España la tierra de promisión de la caballería andante: como si el Poema del Cid y el Romancero fuesen toda nuestra literatura; como si los españoles no hubiesen sabido en todas épocas reirse tan a su sabor como cualquier otro pueblo de menos sol y de menos alegría; como si aquí no hubiesen nacido entre un enjambre de novelas picarescas y de versos de donaire, la más sublime epopeya de lo cómico en Cervantes, y la más alta significación de la sátira lírico-fantástica en los Sueños de Quevedo. ¡Bueno fuera que hasta la risa y la sal hubiésemos tenido que importarlas de Francia, y que cuando el Arcipreste dice un chiste, haya que suponer [p. 300] forzosamente un trovero que se lo sople al oído! No será tan honda ni tan manifiesta la imitación francesa en el Arcipreste, cuando Victor Leclerc llegó a negarla en redondo en el tomo XXIII de la Histoire Littéraire de la France. Y sin embargo, la imitación existe, pero es accidental y de detalle, y por lo que toca al espíritu general libre y cáustico de los versos del Arcipreste, a su insolencia satírica y a su desenfreno erótico, nada de esto es más francés que español o de cualquiera otra parte; es el espíritu general del siglo XIV y de su literatura, que en todas partes es cínica, desmandada y turbulenta, como el más evidente signo de la avanzada descomposición del gran cuerpo de la Edad Media. Los principales monumentos de esta rebeldía y desorden de los espíritus están en Francia, pero con el Roman de Renart o sin el Roman de Renart (ni está probado que le conociese), con o sin el fabliau del ermitaño y las gallinas, el Arcipreste hubiera sido poco más o menos lo que fué, ni cuadraba otra poesía que ésta a los días de Alfonso XI y de D. Pedro, en que oleadas de sangre y de lujuria parecieron subir a todas las cabezas.
Otro de los lugares comunes que con más frecuencia se han repetido al hablar del Arcipreste, consiste en suponerle imitador de los trovadores provenzales, en la parte lírica de sus obras. Antes del hallazgo de los cancioneros gallegos, tal opinión pudo tener visos de fundamento, pero hoy nos parece una hipótesis inútil . Frustra fit per plura quod potest fieri per pauciora. Natural era que las cánticas de serrana del Arcipreste recordasen a Ticknor las pastorelas de Giraldo Riquier, y a Puymaigre las de algunos poetas, no solamente de lengua de oc, sino de lengua de oil, como Tibaldo de Champagne. Pero abundando tanto como hemos visto que abundan las piezas de este género en la poesía galaico-portuguesa, comenzando por las del rey D. Diniz, parece que a esta derivación hemos de atenernos como la más inmediata, mucho más si se tiene en cuenta que, en los días del Arcipreste, la escuela provenzal estaba ya muerta, no sólo en su país de origen, sino en aquellos otros a que había extendido su influencia.
Creemos, pues, que el lirismo provenzal llegó al Arcipreste muy de segunda mano, y que no hay parte alguna de sus cantares que no pueda explicarse por fuentes de la propia Península: las cánticas de loores de Santa María por las Cantigas de Alfonso el [p. 301] Sabio, las de escolares y ciegos por la tradición popular, las serranillas por el Cancionero del Vaticano. No hay uno solo de los metros y combinaciones usadas por el Arcipreste que no tenga allí sus paradigmas, incluso el endecasílabo, que por primera vez aparece en castellano:
Quiero seguir a ti,
flor de las flores,
Siempre desir,
cantar de tus loores.
.......................................................
Por otra parte, como ha advertido muy discretamente Puymaigre, el Arcipreste, más bien que imitar la poesía bucólica de los trovadores, lo que hace es parodiarla en sentido realista. Sus serranas son invariablemente interesadas y codiciosas, a veces feas como vestiglos, y con todo eso, de una acometividad erótica digna de la Serrana de la Vera:
Nunca
desque nascí, pasé tan grand periglo
De frío: al pie del
puerto falleme con vestiglo,
La más grande
fantasma que vi en este siglo,
Yeguarisa trefuda,
talla de mal çenniglo.
.............................................................................
Sus miembros e su
talla non son para callar;
Ca bien creed que
era grand yegua caballar.
.............................................................................
En
el Apocalypsi San Joan Evangelista
Non vido tal
figura, nin de tan mala vista.
.............................................................................
Non sé de qual
diablo es tal fantasma quista.
Había
la cabeza mucho grande sin guisa;
Cabellos muy negros
más que corneja Lisa;
Ojos fondos,
bermejos, poco e mal devisa;
Mayor es que de
yegua la patada do pisa.
Las
orejas mayores que de annal burrico;
El su pescuezo
negro, ancho, velloso, chico;
Las narises muy
gordas, luengas, de zarapico.
.............................................................................
Su
boca de alana, et los rostros muy gordos:
Dientes anchos, et
luengos, asnudos e muy mordos;
Las sobrecejas
anchas e más negras que tordos
.............................................................................
Mayores que las
mías tiene sus prietas barbas.
.............................................................................
[p. 302] Así era la serrana de Tablada, y no con más apacibles colores se nos presentan la chata resia del puerto de Lozoya que lleva a cuestas al poeta como a zurrón liviano, la Gadea de Riofrío, la vaquera lerda de la venta de Cornejo. Hay, en medio de lo abultado de las caricaturas, cierto sentido poético de la vida rústica, sano y confortante: la impresión directa del frío y de la nieve en los altos de Somosierra y la Fuenfría, la foguera de ensina donde se asa el gazapo de soto, y a cuyo suave color va poco a poco el Arcipreste desatirisiendo sus miembros:
Dis:
trota conmigo:
Levome consigo,
E diom buena
lumbre,
Como es de
costumbre
De sierra nevada.
Diom
pan de centeno
Tisnado moreno,
E diom vino malo
Agrillo e ralo,
E carne salada.
Diom
queso de cabras;
Fidalgo (dis) abras
Ese brazo, et toma
Un tanto de soma
Que tengo
goardada...
Insertas las cuatro serranillas en esta colección, fácil será hacerse cargo del especial carácter de estas églogas naturalistas, y del valor que tienen dentro de la obra poética del Arcipreste y en relación con sus imitaciones del siglo XV. El Marqués de Santillana ennobleció este género con suave y aristocrática malicia, muy diversa de la brutal franqueza de su predecesor, pero en Carvajal y en otros subsisten rastros de parodia.
Y con esto llegamos a tratar de la parte más original del libro del Arcipreste, de la que sirve de centro a todo lo demás en esta obra tan varia y descosida como los Reisebilder, de Enrique Heine; de su propia biografía, en suma, que es el más antiguo modelo de la novela picaresca castellana. ¿De dónde pudo tomar el poeta la idea de la forma autobiográfica? Creemos que en este punto es inútil la indagación de orígenes: esa forma debió [p. 303] presentársele naturalmente, como el marco más amplio y holgado para encajar todos sus estudios de costumbres, todos sus rasgos líricos, todas sus tablitas de género. La idea de un personaje espectador de la vida social en sus distintos órdenes y narrador de sus propias aventuras, no fué desconocida de los antiguos. Dos novelas de la decadencia latina, el Satyricon y el Asno de Oro (sin contar con el Asno griego de Luciano o de Lucio de Patras) presentan ya esa forma enteramente desarrollada; pero el libro de Petronio parece haber sido ignorado durante la Edad Media, y de todos modos no hubiera sido entendido, tanto por lo refinado y exquisito de su latinidad, cuanto por lo monstruoso de las escenas que habitualmente describe; y en cuanto a Apuleyo, que era más celebrado en aquellos siglos como filósofo y mago que como cuentista, y más citado por los alquimistas que por los poetas, los cuales apenas recordaban de él otra cosa que la transformación en asno, que achacaban al autor mismo confundiéndole con su héroe, no creemos que el Arcipreste le hubiera leído, puesto que, de conocerle, algunos cuentos hubiera sacado de su rica galería de fábulas milesias. Creemos que estos modelos no influyen hasta el Renacimiento, y que nuestras dos primeras novelas picarescas, ambas en verso, la del Arcipreste y el Llibre de les dones, de Jaume Roig, son un producto enteramente espontáneo sin relación con la novela clásica, ni tampoco con el arte oriental, que en las Makamas, de Hariri (libro tantas veces imitado en árabe, en hebreo y en persa), nos ofrece en las transformaciones del mendigo Abu Zeid algo remotamente parecido a las andanzas de nuestros Lazarillos y Guzmanes.
Como pintor de la sociedad de su tiempo, el Arcipreste ha sido admirablemente caracterizado por Dozy en una página de sus Recherches, que nos limitaremos a reproducir, comentándola al pie brevemente: «El genio fecundísimo del Archipreste de Hita dibujó con gracia encantadora la sociedad española del siglo XIV, especialmente la sociedad femenina. Leyéndole vemos pasar a nuestros ojos los caballeros que vienen prestos al tomar la paga, tardíos al marchar a la frontera, jugadores con dados falsos: [1] los [p. 304] jueces poco escrupulosos y los abogados intrigantes y cohechadores: [1] los criados que se distinguen por catorce famosas cualidades, pobres pecadores que observan escrupulosamente el ayuno [p. 305] siempre que no tienen que comer: [1] la nobles damas vestidas de oro y de seda, [2] las deliciosas monjas de palabrillas pintadas, y [p. 306] su inseparable amiga Trotaconventos: [1] las judías y moriscas para quienes el Archipreste compone canciones y danzas: las villanas [p. 307] de la sierra de Guadarrama, de anchas caderas y robustos hombros: todo esto revive para nosotros en los picantes croquis del vetusto poeta».
[p. 308] Voz unánime de la crítica española y extranjera es la que coloca al Arcipreste de Hita en el coro de los grandes poetas de la Edad Media, y aun de los verdaderos poetas de todos los tiempos y naciones. El mismo Sánchez, que tan impíamente mutiló su texto, pero que no por eso dejaba de ser hombre de buen gusto y de penetrante intuición crítica, comprendió toda la importancia del tesoro que publicaba, y cuánto difería el Arcipreste de un Berceo, por ejemplo, o de cualquier otro poeta de los de Mester de clerecía. Escribió, pues, estas palabras, muy para tenidas en cuenta viniendo de un crítico del siglo XVIII: «El Archipreste fijó nueva y venturosa época a la poesía castellana, así por la hermosa variedad de metros en que ejercitó su ameno y festivo ingenio, como por la invención, por el estilo, por la sátira, por la ironía, por la agudeza, por las sales, por las sentencias, por los refranes de que abunda, por la moralidad (sic) y por todo. De suerte que, hablando con todo rigor, podemos casi llamarle el primer poeta castellano conocido, y el único de la antigüedad que puede competir en su género con los mejores de la Europa, y acaso no inferior a los mejores de los latinos. Las pinturas poéticas [p. 309] que brillan en sus composiciones, muestran bien el ingenio y la valentía del poeta. Véase la que hace de la tienda de campaña de Don Amor, que en sublimidad y gracia puede competir con la que hizo Ovidio del palacio y carro del Sol, que sin duda tuvo presente para imitarla e igualarla».
Aun críticos de tanta rigidez clásica como Quintana y Martínez de la Rosa, hicieron justicia a la poesía de algunos detalles, aunque no llegasen a apreciar la riqueza del conjunto, ni quizá tuviesen paciencia para leer íntegro el poema. Merced a sus citas y recomendaciones, han entrado en la erudición vulgar, y son repetidos con frecuencia por los hombres de gusto, algunos rasgos como la sátira del dinero, el elogio de las mujeres chicas, o la graciosa cantiga
Çerca la Tablada,
La sierra
pasada...
Pero los juicios más entusiastas, así como los más profundos y luminosos, han venido de Alemania. Clarus y Wolf sobre todo, nos han enseñado a sentir y entender al Arcipreste, tenido hasta entonces en España por un poeta oscuro y semibárbaro, en quien se reconocía un talento superior a su época, y algunos rasgos felices perdidos en un fárrago de extravagancias. Los más benévolos se limitaban a decir, como el ya citado Martínez de la Rosa: «¿Qué lástima que un hombre de tanto ingenio naciese en un siglo tan rudo!» Crítica de lo más superficial que puede darse, puesto que, prescindiendo de que eso de la rudeza es cosa muy relativa, bien puede decirse que fué gran fortuna para el Arcipreste de Hita haber nacido en el siglo XIV, no sólo porque en la lucha con un material imperfecto, y si se quiere tosco, hubieron de brillar más sus condiciones nativas, sino porque a costa de algunos versos duros y mal sonantes para nuestros oídos, pudo disfrutar a su talante de una materia poética abundantísima, como sólo en aquel siglo de transición, abigarrado, contradictorio y pintoresco, podía encontrarse, y como ya es imposible encontarla en las edades cultas. De tal modo vivió identificado con su época, que cuesta trabajo imaginársele en un medio distinto.
El juicio de Clarus (pseudónimo de Guillermo Volk) tiene tanta más importancia, cuanto que en su condición de fervoroso católico, [p. 310] de romántico y aun de místico, parece que debía haber mirado con prevención el arte realista, y a trechos desvergonzado e irreverente del Arcipreste, y su notoria tendencia a tomar en broma las más puras idealidades. Hace, en efecto, sus reservas en este punto, pero termina diciendo que «la fantasía ingeniosa, la viveza de los pensamientos, la exactitud con que pinta las costumbres y los caracteres, la encantadora movilidad de su ingenio, el interés que acierta a comunicar al desarrollo de su obra, la verdad del colorido, la gracia con que cuenta los apólogos, y sobre todo la incomparable y profunda ironía que ni a sí mismo perdona, le elevan no solamente sobre otros poetas españoles que le siguieron, sino sobre la mayor parte de los poetas de la Edad Media en toda Europa».
Todavía va más lejos Wolf, que empieza estableciendo un paralelo en forma entre el Arcipreste y Cervantes, partiendo del dato de que ambos libros se escribieron en una cárcel; y termina ponderando la imaginación poderosa del Arcipreste, su fidelidad en la pintura de caracteres y costumbres, hechas siempre sobre el modelo vivo, la viveza de sus descripciones, que llegan a producir a veces efectos dramáticos, y sobre todo la profunda ironía del humorismo español, que allí por primera vez se manifiesta. «Si tenemos en cuenta—añade— el tiempo y la civilización en que floreció, y prescindimos de lo abrupto del lenguaje y de algunas excrescencias místicas y ascéticas que rompen la armonía del conjunto, no podemos menos de estimar al Arcipreste, no sólo como un ingenio superior a su siglo y a los españoles contemporáneos suyos, sino también como uno de los más notables poetas de la Edad Media».
Aun la misma crítica francesa, menos benévola en general con nuestras cosas, no ha escatimado sus alabanzas al Arcipreste, ora reconociendo con Puibusque, que aunque cronológicamente no sea Juan Ruiz el más antiguo de los poetas españoles, es el primero que hizo obra de poeta, en invención, acción y color; ora poniéndole, como hace Viardot, en la categoría de aquellos genios poderosos que sacan de sí propios toda su fuerza, y son grandes aisladamente y por sí mismos, sin deber nada a las circunstancias; ora estudiándole minuciosamente, como Puymaigre lo ha hecho en uno de los mejores capítulos de su interesante y ameno libro [p. 311] sobre Les vieux Auteurs castillans. A todos estos testimonios de admiración responde entre nosotros el sólido y macizo análisis de Amador de los Ríos, a quien sólo puede tacharse por haber involucrado en la apología literaria del Arcipreste su apología moral, que tras de ser algo sofística, nada importa para la apreciación de su talento poético.
Se observará que todos estos juicios convienen en señalar como características del Arcipreste ciertas condiciones técnicas, en cuya enumeración no insistiremos mucho, porque han sido bien estudiadas antes de ahora, y porque en los muchos fragmentos que hemos transcrito campean gallardamente y no pueden ocultarse aun a los ojos menos expertos. Es la primera el intenso poder de visión de las realidades materiales; en el Arcipreste todo habla a los ojos, todo se traduce en sensaciones: su lengua, tan remota ya de la nuestra, posee, sin embargo, la virtud mágica de hacernos espectadores de todas las escenas que describe. Bastaría la descripción de las labores de los doce meses del año, para comprender hasta qué punto logra Juan Ruiz un género de evidencia concreta que parece reservado a la poesía primitiva, y que no es irreverencia calificar de homérico.
Es la segunda de sus dotes una especie de ironía superior y trascendental, que es como el elemento subjetivo del poema, y que, unido al elemento objetivo de la representación, da al total de la obra el sello especialísimo, el carácter, general a un tiempo y personal, que la distingue entre todas las producciones de la Edad Media. Por lo mismo que el fondo de esa ironía no le conocemos del todo; por lo mismo que siempre queda en ella algo de misterioso que se presta a contrarias interpretaciones, el efecto poético es mayor, como sucede siempre en los grandes humoristas. La obra del Arcipreste refleja la vida entera, aunque bajo sus aspectos menos serios y nobles; pero en medio de la nimia fidelidad del detalle, que en cada página hace recordar las bambochadas y los bodegones flamencos, pasa un viento de poesía entre risueña y acre, que lo transforma todo y le da un valor estético superior al del mero realismo, haciéndonos entrever una categoría superior, cual es el mundo de lo cómico fantástico. En este género de representaciones brilla principalmente el Arcipreste, y es lírico a su modo, con opulencia y pompa de color, con arranque [p. 312] triunfal y petulante vena, sin dejar de ser fidelísimo intérprete y notador de la realidad.
Es la tercera y muy visible dote, la abundancia despilfarrada y algo viciosa de su estilo, formado principalmente a imitación del de Ovidio, de cuyas buenas y malas condiciones participa en alto grado, puesto que la riqueza degenera en prodigalidad, y la idea se anega en un mar de palabras, a lo cual se presta no poco la estructura del tetrástrofo de clerecía, gran cómplice y encubridor de repeticiones y ripios. El Arcipreste, cuando quiere, logra hasta la sobriedad clásica: cuatro versos le bastan para contar admirablemente su encuentro y amores con Doña Garoza; pero en general, es un poeta fácil y abandonado, que amontona sin tregua las imágenes y las comparaciones, generalmente vivas y animadas, y no se harta de decir una misma cosa de cuatro o cinco maneras diferentes. La exuberancia que es su mérito, es también su defecto; pero bien se le puede perdonar, siquiera por lo mucho que ensanchó los límites de la lengua, y por la rara felicidad de expresión con que acuñó muchos versos, ya pintorescos, ya sentenciosos y dignos de quedar como proverbios en boca de las gentes.
Fué, además, el primero que comprendió el valor del elemento paremiológico, como lazo de unión entre la lengua y poesía del vulgo y la lengua y poesía del artífice reflexivo y culto; como fondo primero y mistenoso de la filosofía vulgar y del sentido tradicional de la vida. Muy al revés han entendido a tal poeta los que le tienen por medio francés, aun en la lengua. El Arcipreste sabía francés, pero no tiene más galicismos que cualquier otro escritor de su siglo: tiene positivamente menos que el Canciller Ayala y que los poetas del Cancionero de Baena: prescindiendo de que muchos de esos supuestos galicismos son en rigor formas que en algún tiempo fueron comunes a todas las lenguas romances, y que una de ellas ha conservado y las restantes han perdido. Por el contrario, resulta españolísima y castiza la lengua del Arcipreste, merced sobre todo al gran número de refranes o como entonces se decía, fabliellas, patrañas y retraheres, [1] que hábilmente [p. 313] intercala, y que cuadran tan bien al especial tono de su ironía castellana, a cierta gravedad, llaneza y buen sentido que en medio de sus aberraciones morales conserva, y que hace que se le lea sin peligro y sin repugnancia aun en pasajes y escenas de aquellos que en un fabliau francés mueven a náuseas al estómago más fuerte.
Este mismo arte de adaptación de los proverbios a la lengua literaria, fué transportado de los versos del Arcipreste a una prosa digna de ellos por el más genial, cáustico e incisivo de los prosistas de la corte de D. Juan II, por el Arcipreste de Talavera Alfonso Martínez de Toledo, autor del ingeniosísimo libro conocido con los diversos títulos de Corbacho, Reprobación del amor mundano y Libro de los vicios de las malas mujeres y complisiones de los omes: por el cual se ha dicho ingeniosa y malignamente que «fué tan buen Arcipreste en prosa como el de Hita en verso». Yo tengo para mí que uno y otro debieron de ser pésimos Arciprestes, y fueron sin controversia grandes escritores y observadores de costumbres, y los dos únicos que dignamente anuncian y preparan la maravillosa aparición de la Celestina, a la cual el de Hita prestó la fábula, y el germen del principal carácter cómico, y el de Talavera la prosa, adulta ya, chispeante y rica de malicias y agudezas.
La influencia del Arcipreste ha sido mayor en los grandes monumentos de la prosa castellana que en los poetas, por más [p. 314] que algo de su inspiración satírica reviva en Bartolomé de Torres Naharro y en Cristóbal de Castillejo, y mucho de su alegría epicúrea en Baltasar del Alcázar, cuyos donaires ennoblecieron la taberna. Pero la principal gloria del Arcipreste será siempre haber creado un tipo de novela dramática y otro tipo de novela autobiográfica, que, recogido por el autor del Lazarillo y levantado por Mateo Alemán, Vicente Espinel y Quevedo, a la categoría de verdadera atalaya de la vida humana, pasó a Francia con Lesage, y a Inglaterra con Fielding y Smollett, sin que su vitalidad se haya agotado todavía.
A todas estas razones debe el Arcipreste la representación grande y solitaria que alcanza entre nuestros poetas anteriores al Renacimiento. Tomado en conjunto, ninguno llega a la plenitud de vida y de savia que rebosa en su obra. Ausias March es admirable por la profundidad del sentimiento, pero le falta imaginación y le sobra aparato escolástico: es una poesía que puede reducirse a silogismos. Se admiran relámpagos de altísima inspiración histórica en Juan de Mena; graves sentencias en Fernán Pérez de Guzmán; cosas exquisitas y delicadas en el Marqués de Santillana y en Gómez Manrique: una composición perfecta en su sobrino D. Jorge; pero en todos ellos la llama poética arde intermitente y desigual: sólo en el Arcipreste brilla perenne, aunque haya sido encendida con menos noble materia que el óleo que unge a los sacerdotes y a los monarcas. Pero a los poetas, seres leves y alados, no hay que pedirles tanta cuenta de sus asuntos como de sus versos.
[p. 267].
[1] .
Rezas muy bien las oras con garzones folguines,
Cum his qui oderunt pacem, fasta que el salterio afines,
Dices
ecce quam bonum, con sonajas et bacines,
In noctibus stolite: después vas a maytines.
Do tu amiga
mora comienzas a levantar,
Domine labia mea en alta voz a cantar,
Primo dierum ortu los estormentos tocar
Nostras preces ut audiat, et faceslos despertar.
............................................................................
(Copls 364 a 377.)
Órdenes de Cistér con la de Sant Benito,
La orden de Crusniego con su abat bendito,
Quantas ordenes son non las puse en escrito,
Venite exultemus cantan en alto grito.
Orden de Santiago con las
del Hospital,
Calatrava e Alcántara con la de Buenaval,
Abades beneditos en esta fiesta tal,
Te Amorem laudamus le cantan et al.
.....................................................................
Todas
duennas de orden, las blancas e las prietas,
De Cistel, predicaderas, e muchas menoretas,
Todas salen cantando, disiendo chanzonetas:
Mane nobiscum Domine, que tannen a completas.
(Copls. 1210 y 55.)
[p. 268]. [1] . La palabra Roma en el célebre pasaje:
Yo vi en corte de
Roma, dó es la santidat
................................................................
no ha de entenderse en sentido geográfico, sino en sentido moral, pues bien sabido es que en tiempo del Arcipreste la sede pontificia estaba en Aviñón.
Este verso, sacado de su lugar y citado por muchos que indudablemente no habían leído el poema entero, ha hecho creer que el Arcipreste había visitado la corte pontificia. Pero como en esos versos no habla el Arcipreste, sino Don Amor, lo único que puede sacarse en limpio es que Don Amor había andado en la corte de Aviñón como en todas partes.
[p. 283]. [1] . Ocupa 3244 versos, desde la estrofa 554 a la 865 . El autor, aunque habla siempre en primera persona y parece a ratos transformarse en Don Melón, ha procurado que esta historia no se confundiese con el cuento de sus propias aventuras, y confiesa lisa y llanamente su origen:
Donna Endrina e Don Melón en uno casados son,
Alégranse las
compannas en las bodas con rason:
Si villanías he
dicho, haya de vos perdón,
Que lo feo de la
historia dis Pánfilo e Nasón.
(Copl. 865.)
Entiende bien mi
estoria de la fija del Endrino:
Dísela por te dar
ensiempro, non porque a mí vino.
.............................................................................
(Copl. 883.)
El erudito bibliotecario D. Juan Antonio Pellicer fué el primero en hacer el cotejo entre la comedia de Vetula y el libro del Arcipreste, en una nota muy interesante que comunicó a Sánchez, y que Janer tuvo el mal acuerdo de suprimir en su edición, como tantas otras cosas de los prolegómenos de su predecesor.
[p. 287].
[1]
.
Palabras son de sabio, e díxolo Caton:
Que homen a sus
coidados que tiene en corazon,
Entreponga plaseres e alegre la rasón,
Que la mucha tristeza mucho coidado pon.
(Copl. 34.)
[p. 287].
[2] .
Esto
dis Tholomeo, e díselo Platon,
Otros muchos maestros en este acuerdo son:
Qual es el ascendiente e la costellacion
Del que nasce, tal es su fado et su don.
(Copl. 114.)
El Arcipreste procura concertar este fatalismo astrológico con la libertad humana:
Yo creo los
astrólogos verdad naturalmente,
Pero Dios,
que crió natura e acidente,
Puédelos demudar,
et faser otramente:
Segund fe
católica, yo desto só creyente.
...............................................................................
(Copl. 130.)
Non son por todo
aquesto los estrelleros mintrosos,
Que judgan segund
natura por sus cuentos fermosos:
Ellos e la
ciencia son ciertos et nun dubdosos,
Mas no
pueden contra Dios ir, nin son poderosos
Non sé
astrología, nin só ende maestro,
Nin sé astrolabio
mas que buey de cabestro.
..........................................................................
( Copl. 140-1.)
[p. 288]. [1] . El mismo origen clásico creemos que debe reconocerse en los siguientes enxiemplos y quizá en algún otro: Enxiemplo de como el leon estaba doliente, e las otras animalias lo venían a ver.—Enxiemplo de quando la tierra bramaba.—Enxiemplo del alano que llevaba la pieza de carne en la boca.— Enxiemplo del caballo et del asno.—Enxiemplo del lobo, e de la cabra e de la grulla.—Enxiemplo del pavon e de la corneja.—Enxiemplo del leon et del caballo. —Enxiemplo del leon que se mató con ira.—Enxiemplo de la abutarda e de la golondrina. —Enxiemplo del ortolano e de la culebra.—Enxiemplo del gallo que falló el zafir en el muladar.—Enxiemplo de la raposa et del cuervo.
[p. 297].
[2] .
Traía
buena mesnada rica de infanzones,
Muchos buenos faisanes, los lozanos pabones
Venían muy bien guarnidos, enfiestos los pendones
Traían armas estrannas, e fuertes guarnisiones
Eran muy bien
labradas, templadas e bien finas:
Ollas de puro cobre traían por capellinas,
Por adargas calderas, sartenes e cosinas:
Real de tan grand prescio non tenien las sardinas.
(Copls. 1060-61.)
[p. 298]. [1] . Es cierto, sin embargo, que muchos versos del fragmento sobre el dinero remedan otros de un fabliau extractado por Legrand d'Aussy (tomo III, pág. 245).
[p. 298]. [2] . Muchas de las semejanzas entre el Arcipreste y los autores del Roman de la Rose, se explican por la imitación común de Ovidio.
[p. 303].
[1] .
Sennor, sey
nuestro huésped, disien los caballeros:
Non lo fagas, sennor, disen los
escuderos:
Darte han dados plomados, perderás tus dineros:
Al tomar vienen prestos, a la lid
tardineros.
Tienden grandes alhamares, ponen luego tableros
Pintados de jalderas como los
tablageros:
Al contar las soldadas ellos vienen
primeros,
Para ir en frontera muchos hay
costumeros.
(Copls. 1227-28.)
[p. 304]. [1] . Véase especialmente la relación del pleito seguido ante Don Ximio, alcalde de Buxia:
Emplasóla
por fuero el lobo a la comadre:
Fueron ver su
juisio ante un sabidor grande:
Don Gimio había por
nombre, de Buxía alcalde:
Era sotil e sabio,
nunca seía de valde.
Fiso
el lobo demanda en muy buena manera,
Cierta et bien
formada, clara e bien certera.
Tenie buen abogado,
ligero e sotil era,
Galgo, que de la
raposa es grand abarredera.
.......................................................................
Don
Gimio fue a su casa, con él mucha companna:
Con él fueron las
partes, concejo de cucanna.
Aí van los abogados
de la mala picanna:
Por volver al
alcalde, ninguno no lo enganna.
Las
partes cada una a su abogado escucha,
Presentan al
alcalde qual salmon e qual trucha,
Qual copa, qual
tasa en poridat aducha:
Armanse sancadilla
en esta falsa lucha.
(Copls. 311-361.)
Debe leerse íntegro el pleito, que es una curiosa parodia de las fórmulas usadas en los tribunales de entonces. Análogas censuras se leen en el Rimado de Palacio, y en el Dezyr (atribuído a Fernán Martínez de Medina) sobre los pleytos y la gran vanidad del mundo, inserto en el Cancionero de Baena. La corrupción jurídica venía de lejos: recuérdese en el siglo IX la Paraenesis ad judices de Teodulfo.
[p. 305]. [1] . Tal es el chistoso retrato que el Arcipreste hace de su criado Don Furón:
Pues
que ya non tenía mensagera fiel,
Tomé por mandadero
un rapás trainel:
Hurón habia por
nombre, apostado doncel.
.........................................................................
Era mintroso,
bebdo, ladron, e mesturero,
Tafur, peleador,
goloso, refertero,
Rennidor et
adevino, susio et agorero,
Nescio, perezoso:
tal es mi escudero.
Dos
días en la setmana grand ayunador,
Quando non tenía
que comer, ayunaba el pecador,
Siempre aquestos
dos días ayunaba mi andador:
Quando non podía ál
faser, ayunaba con dolor.
(Copls. 1593-95.)
El tal Don Furon, además de llevar los recados de amor del Arcipreste, como antes Ferrand García («el que comió la vianda y a mí fizo rumiar») y luego Trotaconventos, tenía algo de juglar, puesto que iba cantando los versos del Arcipreste por el mercado.
[p. 305].
[2] .
Era duenna en
todo, e de duennas sennora:
Non podía estar solo con ella una hora:
Mucho de omen se guardan allí do ella mora,
Mas mucho que non guardan los judíos la tora.
Sabe toda noblesa de oro e de
seda:
Complida de muchos bienes anda mansa e leda:
Es de buenas costumbres, sosegada e queda:
Non se podría vencer por pintada moneda.
(Copls. 68-70.)
No pesará a los lectores conocer el ideal de belleza femenina que prefería el Arcipreste:
Cata muger fermosa, donosa et lozana,
Que non sea mucho
luenga, otrosí nin enana;
Si podieres, non
quieras amar mujer villana,
Que de amor non
sabe, es como bausana;
Busca
muger de talla, de cabeza pequenna,
Cabellos
amarillos, non sean de alhenna,
Las cejas
apartadas, luengas, altos en penna,
Ancheta de
caderas; este es talle de duenna.
Ojos
grandes, fermosos, pintados, reluscientes,
Et de
luengas pestannas bien claras e reyentes,
Las orejas
pequennas, delgadas, para al mientes,
Si ha el cuello
alto, atal quieren las gentes.
La
narís afilada, los dientes menudillos,
Egvales e bien
blancos, un poco apretadillos,
Las ensivas
bermejas, los dientes agudillos,
Los labios de la
boca vermejos, angostillos.
La
su boca pequenna así de buena guisa,
La su fas sea
blanca, sin pelos, clara e Lisa:
Punna de haber
muger que la veas de prisa,
Que la talla del
cuerpo te dirá esto a guisa.
(Copls. 421-25.)
[p. 306]. [1] . En el Arcipreste aparece por primera vez el tipo del devoto de monjas tan llevado y traído por Quevedo, Góngora y otros escritores satíricos del siglo XVII, que solían comparar con Tántalo al «mísero galán que a monja quiere» y no se hartaban de flagelar en prosa y en verso al enjambre de necios sacrílegos
Que pudiendo ir a
caballo,
A pie se van al
infierno.
En tales amoríos debía de entrar por mucho la golosina de los dulces y lectuarios, según se explica Trotaconventos, haciendo una enumeración por el gusto de las de Rabelais, llena de nombres exóticos y rimbombantes:
Tienen
a sus amigos viciosos sin sosannos:
¿Quién dirie los
manjares, los presentes tamannos,
Los muchos
letuarios nobles e tan extrannos?
....................................................................................
Muchos de letuarios
les dan muchas de veses,
Diacitrón,
codonate, letuario de nueses,
Otros de más
quantía de zanahorias raheses.
....................................................................................
Cominada,
alexandría, con el buen diagargante,
El diacitron abatís
con el fino gengibrante,
Miel rosado,
diaciminio diasantroso va delante,
E la roseta novela
que debiera desir ante.
Adragea
e alfenique con el estomaticon,
E la garriofilota
con diamargariton,
Trasandalix muy
fino con diasanturion,
Que es para donear
preciado e noble don.
Sabed,
que todo azúcar allí anda volando,
Polvo, terron e
candi, e mucho del rosado,
Azúcar de confites,
e azúcar violado,
Et de muchas otras
guisas, que yo he olvidado.
Mompeller, Alexandría, la nombrada Valencia,
Non tienen de
letuarios tantos, nin tanta especia:
..............................................................................
E
aun vos diré más de quanto aprendí:
Dó han vino de
Toro, non envían baladí:
Desque me partí
dellas, todo este vicio perdí:
Quien a monjas non
ama, non vale un maravedí.
Sin
todas estas noblesas han muy buenas maneras:
Son mucho
encobiertas, donosas, plasenteras:
Más saben e más
valen sus mosas cosineras
Para el amor todo
que duennas de fueras.
Como
imágenes pintadas de toda fermosura,
Fijasdalgo muy
largas, e nobles de natura,
Grandes
demandaderas, amor siempre les dura
Con medidas
complidas e con toda mesura.
Todo
plaser del mundo e todo buen donear,
Solás de mucho
saber et el falaguero jugar,
Todo es en las
monjas más que en otro lugar.
..............................................................................
(Copls. 1307-1316.)
Es cosa muy extraña que Sánchez dejase sin expurgar todo esto, cuando quitó cosas mucho menos graves. Verdad es que el Arcipreste se esfuerza en representar como enteramente platónicas y desligadas de todo efecto carnal sus relaciones con Doña Garoza, que viene a ser como la Beatriz o la Laura de su poema, aunque tanto platonismo no deja de impacientar al autor, que no se manifiesta muy amigo de la vocación monástica:
En el nombre de Dios fuí a misa de mannana:
Ví estar a la monja
en oración lozana,
Alto cuello de
garza, color fresco de grana:
Desaguisado fiso
quien le mandó vestir lana.
Valme
Santa María, mis manos aprieto.
¿Quién dió a blanca
rosa hábito, velo prieto?
Más valdríe a la
fermosa tener fijos e nieto
Que atal velo
prieto nin que hábitos ciento.
Pero
que sea errama contra nuestro Sennor,
El pecado de monja
a omne donneador,
¡Ai Dios e yo lo
fuese aqueste pecador,
Que feciesse
penitencia deste fecho error!
Oteóme
de unos ojos que parescían candela:
Yo sospiré por
ellos, dis mi corazón: hela:
Fuíme para la
duenna, fablóme e fabléla,
Enamoróme la monja,
e yo enamoréla.
Rescibióme la duenna por su buen servidor:
Siempre le fuí
mandado e leal amador:
Mucho de bien me
fiso con Dios en limpio amor:
En quanto ella fué
viva, Dios fué mi guiador.
Con
mucha oración a Dios por mí rogaba,
Con la su
abstinencia mucho me ayudaba,
La su vida muy
limpia en Dios se deleytaba,
En locura del mundo
nunca se trabajaba.
Para
tales amores son las religiosas,
Para rogar a Dios
con obras piadosas,
Que para amor del
mundo mucho son peligrosas.
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(Copls. 1473-1479.)
[p. 312].
[1] .
Por esto dise
la
patronna de la vieja ardida:
Non ha mala palabra, si non es a mal tenida.
(Copl. 54.)
Por amor desta duenna fis trovas e cantares,
Sembré avena loca ribera de Enares:
Verdat es lo que disen los antiguos
retraeres;
Quien en el arenal siembra, non trilla pegujares.
(Copl. 160.)
Bien sé que dis verdat vuestro
proverbio chico,
Que el romero fito que siempre saca satico.
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(Copl. 843.)
Catad non emperesedes,
acordadvos de la
fablilla;
Quando te den la cablilla, acorre con la soguilla.
(Copl. 844.)