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Obras completas de Menéndez... > ANTOLOGÍA DE LOS POETAS... > I : PARTE PRIMERA : LA... > CAPÍTULO VII.—ESPECTÁCULO QUE OFRECEN, DESDE EL PUNTO DE VISTA LITERARIO, LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL SIGLO XIV Y PRIMEROS DEL XV.—EL ÚLTIMO POETA DEL «MESTER DE CLERECÍA»: EL CANCILLER PERO LÓPEZ DE AYALA: SU BIOGRAFÍA, SUS OBRAS, TAREAS HISTÓRICAS DEL CANCILLE

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[p. 342] Interesante espectáculo ofrecen a la consideración del historiador de nuestra literatura los últimos años del siglo XIV y primeros del XV. En ellos fenece el antiguo Mester de clerecía, levantando, antes de morir, uno de sus más curiosos, aunque menos poéticos, monumentos: cobran insólito prestigio entre las clases aristocráticas las ficciones de la poesía francesa, no ya sólo las épicas del ciclo carolingio, tan enlazadas con nuestra propia tradición, sino las degeneraciones novelescas del mismo grupo, y aun las livianas y fantásticas narraciones del ciclo bretón, germen de los libros indígenas de caballerías, cuyo enorme catálogo se abre entonces con la primitiva redacción, probablemente portuguesa, del Amadís de Gaula, el más antiguo y el mejor de todos, el que en rigor ahorra de la lectura de los restantes: cúmplese la evolución de la lírica gallega, que abandona rápidamente su lengua y se convierte en escuela de los trovadores castellanos, recibiendo de paso elementos nuevos y perdiendo algunos de los más profundamente líricos y tradicionales; y, como para indemnizar a nuestra literatura de estas pérdidas, al mismo tiempo que se va apagando el eco de las trovas occitánicas, transportadas a Compostela por los romeros de ultrapuertos, comienza a inflamarse el horizonte con los primeros destellos de una nueva aurora poética que anuncia, aunque tibiamente, la cercanía del sol de Italia. Dante hace su entrada triunfal por el río de Sevilla en compañía de su fidelísimo Micer Francisco Imperial; estampa la huella de su genio alegórico en muchas páginas del Cancionero de Baena y de las obras del Marqués de Santillana, e inflama en Córdoba el estro ardiente de un poeta de la familia de Lucano. Poco después, las obras de Petrarca y Boccaccio, mirados entonces más bien como eruditos, como humanistas y moralistas que como poetas, empiezan a correr de mano en mano entre príncipes, obispos, maestros y próceres, ya en copias del texto original, hermosas muestras de la caligrafía e iluminación del primer Renacimiento, ya en traducciones que comienzan a hacerse, dando ejemplo el canciller Ayala y el ilustre converso, obispo de Burgos, D. Alonso de Cartagena. La noción de la antigüedad latina va levantándose cada día más precisa y luminosa en todos los espíritus cultivados. De sus intérpretes y reveladores italianos se pasa muy pronto a las fuentes mismas, y como por ensalmo rompen a balbucir en [p. 343] castellano, no ya sólo los filósofos moralistas como Cicerón y Seneca, y los historiadores como Tito Livio y Salustio, sino algunos poetas como Virgilio y Ovidio, aunque no Horacio, cuya dominación en todas partes fué más tardía y enteramente moderna. Aun de la misma Grecia llegan indirectamente algunos raros y dispersos reflejos: de la historia, con Plutarco; de la filosofía, con las divinas páginas del Phedon platónico; de la poesía, con un epítome de la Ilíada, en que el mismo autor del Labyrintio pone la mano. Son todos estos ensayos de adaptación prematuros sin duda, toscos y deformes; la lengua padece violentas contorsiones para acomodarse a la expresión de tantos conceptos nuevos y a los complicados y sinuosos giros de una sintaxis tan sabia y artificiosa como la latina; a la prosa de Alfonso el Sabio y de su sobrino, tan limpia, grave y jugosa, aunque lenta en su andar y erizada de copulativas, sucede una especie de retórica bárbara. llena de inversiones pedantescas y de neologismos estrafalarios. Pero no importa; el grande impulso está dado, de esa confusión saldrá la luz; hay ya el instinto del ritmo prosaico, y en esa aspiración, por de pronto fallida, a buscar reflexivamente el número y la cadencia de las lenguas clásicas, está el germen de la grande y rotunda prosa del siglo XVI, con que Fray Luis de Granada emuló las magnificencias del período ciceroniano. Por de pronto, los escritores del siglo XV hacían lo que podían, allanaban el camino, ensanchaban a su manera los límites del lenguaje poético y prosaico con audacia no siempre desafortunada, a lo menos en la parte de vocabulario; y, sobre todo, hacían obra de educación humana, trayendo a la vida nacional, aunque fuese de un modo rude e indigesto, los principios y fundamentos de la sabiduría clásica, eterna nodriza de los espíritus robustos y sanos.

Igual evolución se cumplía en Cataluña y Valencia, y allí con más intensidad y más rápidamente, por ser mayor la vecindad y más estrecha la comunicación con Italia, desde que las barras aragonesas dominaban en Palermo, y mucho más después que entraron triunfantes en Nápoles. Olvidados o no leídos los antiguos trovadores, lo único que restaba de la tradición provenzal, y no de la primitiva y clásica, sino de la pedantesca y degenerada, era el código disciplinario de las justas de Tolosa, Las Leys d'Amor, cuyos preceptos técnicos seguían observándose (aunque cada dia [p. 344] con menos rigor) en la parte retórica y externa de la poesía, con influjo más bien gramatical que literario. Pero la poesía de certámenes, aunque floreciese con lamentable profusión en centenares de composiciones insípidas y adocenadas, y degenerase al fin en ejercicios cuasi mecánicos de honrados mercaderes, síndicos y notarios, no podía impedir el advenimiento de otra poesía más digna de su nombre y menos infeliz compañera de la admirable prosa en que habían escrito sus crónicas D. Jaime, Desclot y Muntaner, sus novelas didácticas y sus innumerables libros de filosofía y de todo saber Ramón Lull, sus malignos apólogos Turmeda, su enorme enciclopedia Eximenis; prosa en la cual comenzaban ya a estampar el sello clásico fray Antonio Canals en sus traducciones y elocuentes proemios, Bernat Metge en el diálogo filosófico. Pronto comienza a respirarse en la poesía catalana el ambiente de Italia; los precursores de Boscán en la lengua que Boscán había de abandonar el primero, se suceden sin interrupción durante un siglo; por ellos el endecasílabo provenzal, frecuentemente anapéstico, va cediendo el paso al endecasílabo italiano yámbico o sáfico, y si es cierto que Dante logra menor número de imitadores que en Castilla, y que su imitación no llega a formar escuela, a pesar de tan notables ensayos como la exactísima traducción o más bien calco que, terceto por terceto, hizo Andreu Febrer, o la Comedia de la Gloria de Amor del comendador Rocaberti (sin contar con la verosímil influencia en libros populares como Lo Venturós Pelegrí); en cambio el Petrarca, y no solamente el Petrarca humanista, sino el Petrarca poeta erótico en lengua vulgar, a cuya lira únicamente responde en Castilla la del Marqués de Santillana en los sonetos fechos al itálico modo, no sólo tiene en Valencia y Cataluña numerosa cohorte de imitadores, brillantes e ingeniosos algunos como Mosén Iordi, sino que educa en Ausias March un grande espíritu de pensador y de poeta, entre escolástico y místico, a quien sólo faltó la imaginación plástica para vencer en todo a su modelo, como seguramente vence a todos los poetas del amor en la extraña mezcla de intimidad afectiva y trascendentales conceptos. El endecasílabo, que tan áspero vigor había cobrado en sus manos, se mueve con clásica gentileza en los versos sueltos de Mosén Ruiz de Corella. Y así la Providencia, que vela por las cosas pequeñas como por las grandes, [p. 345] venía preparando la hora solemne en que los discípulos de Micer Francisco Imperial, de Juan de Mena y del Marqués de Santillana habían de encontrarse con los de Iordi y Ausias March en el puerto de Barcelona, y, reconociendo la fuente común de sus inspiraciones, habían de sellar el pacto de alianza por mano de los Dioscuros de la lírica italo-hispana, Boscán y Garci-Lasso.

Tanto vale y tanta importancia logra como período de preparación el siglo XV, cuyos gérmenes literarios están en los últimos años del XIV. Pero antes de despedirnos definitivamente del Mester de clerecía, y contemplar, no sin alguna muestra de duelo, cómo desciende a la tumba el antiguo alejandrino, que, con toda su pesadez y monotonía, había sido el metro de la más admirable de nuestras gestas épicas y del más picaresco y maligno de nuestros poemas cultos, y el instrumento habitual de una poesía narrativa y didáctica, no muy brillante por lo común, pero sí sana, honrada y sencilla, debemos fijar la atención en el último poeta de Mester, que por raro caso no es ningún clérigo oscuro que, en apartado monasterio, conservase las tradiciones y gustos de una época literaria ya fenecida, sino un hombre de acción política intensa y devoradora, mezclado en todas las agitaciones y tumultos de la vida de su tiempo, familiarizado con la cultura de las cortes extranjeras por sus embajadas, destierros y cautividades, ardiente promovedor de la civilización literaria, escritor eminente en prosa, y el primero de la Edad Media en quien la historia aparece con el mismo carácter de reflexión humana y social que habían de imprimir en ella mucho después los grandes narradores del Renacimiento italiano. Fácilmente se entenderá que aludimos al Canciller Pero López de Ayala, gloria envidiable de la ciudad de Vitoria, y hasta el presente quizá el único escritor de genio que han producido las regiones vascongadas, no muy fecundas en esta parte, si bien otras excelencias de su historia compensen este defecto.

No era, con todo, enteramente vascongada su progenie. Nacido en Vitoria, ciudad ya medio castellana, de padre alavés y madre montañesa, [1] pareció juntar en su persona los opuestos caracteres de las dos razas que desigualmente se reparten el Norte de [p. 346] España, y fué perseverante y tenaz como el euskaro; astuto, cauteloso y sutil como el cántabro. Así acertó a atravesar con fama de hombre honrado y de buen caballero el calamitoso siglo XIV, sin mancharse, como casi todos sus contemporáneos, con actos de brutal fiereza, sin cometer ninguna acción positivamente indigna, pero sin descuidar un punto el propio provecho, sacando partido hasta de sus desgracias y reveses, para acumular sin tasa, pero también sin escándalo de nadie, señoríos, alcaldías, tenencias, heredamientos y buena cantidad de sonantes doblas; con lo cual, de pobre solariego del Norte, vino a ser prócer opulentísimo, canciller del Reino y árbitro de los destinos de Castilla, haciendo sus evoluciones políticas tan a punto y con tal destreza y tan aparente color del bien público, que el mismo Maquiavelo le hubiera saludado como aventajadísimo precursor teórico y práctico de sus máximas y aforismos, principalmente en lo de bordear los límites de la inmoralidad sin caer resueltamente dentro de ella. Su larga vida (1332-1406), que le permitió alcanzar cinco reyes en Castilla, fué una obra maestra de engrandecimiento y medro personal, una verdadera obra de arte más interesante que su Rimado de Palacio, aunque menos noble y severa que sus Crónicas. Es cierto que la fortuna no le desamparó nunca, pero fué porque él supo forzar a la fortuna y someterla a la fría combinación de sus cálculos, que no le fallaron ni una vez sola, porque iban fundados en profunda observación de la naturaleza humana. Quien escriba la historia de nuestra Edad Media, verá en él el primer tipo de hombre moderno.

Pero tampoco le faltó ninguna de aquellas cualidades que en la Edad Media daban la superioridad y el imperio: contextura recia y musculosa; valor que, siendo reflexivo, parecía temerarario; destreza suma en todos los ejercicios de armas y caballería, de cetrería y monte; robustez física que explica su lozana y briosa vejez, a pesar de haber sido «muy dado a mujeres, más de lo que a tan sabio caballero como él convenía», en frase de su sobrino Fernán Pérez de Guzmán. Alcanzó, siendo niño, los últimos resplandores del sol de gloria que iluminó la frente de Alfonso XI en el Salado y en Algeciras, y los últimos ecos de la doctrina moral de D. Juan Manuel y de su propio tío el Cardenal Barroso, que con su libro del Concejo y consejeros del Príncipe parece [p. 347] haberle iniciado en los primeros rudimentos de la ciencia política. Crióse entre los donceles del palacio de Castilla y de la casa del Infante de Aragón, y entrando al servicio de su natural señor el rey D. Pedro, hízose en breve tiempo tan bien quisto, que ya en 1359 corría y salteaba como capitán de su flota las marinas de Valencia y Cataluña, y comenzaba a mejorarse con los provechos de alguacil mayor de Toledo.

Pero llegaron malos días para D. Pedro: la insensata fiereza de su condición, su vesania congénita e incurable, sus alternativas de rigor y flaqueza, lo arbitrario y desconcertado de sus actos, sus sangrientas justicias, que hasta cuando lo eran tomaban aspecto de crueles venganzas, le fueron enajenando voluntades y despertando ambiciones indignas en sus hermanos bastardos, que pronto encontraron apoyo en el rencor, harto justificado, de Francia y Aragón. Cuando D. Enrique de Trastamara, al frente de una horda de mercenarios, se proclamó rey en Calahorra, y D. Pedro, cediendo a una de aquellas crisis de pavor que en su desequilibrada naturaleza alternaban con rasgos de indómita arrogancia y ciega temeridad, huyó con sus tesoros a implorar el auxilio de los ingleses, Ayala y su padre Fernán Pérez, que eran hasta entonces del número de sus más predilectos servidores, y que no habían recibido de él más que mercedes, según el mismo cronista confiesa, entendieron que los fechos de Don Pedro no iban de buena guisa, y determinaron partirse de él, con acuerdo de non volver más. El precio de esta defección, consumada y contada con tanta lisura, fué por de pronto para Pedro López el cargo de alférez mayor de la Orden de la Banda, cuyo pendón llevó por D. Enrique en la batalla de Nájera, combatiendo bizarramente contra la caballería inglesa del Príncipe Negro, hasta caer rendido y prisionero. Seis meses de cautiverio y un crecido rescate fueron pequeña contrariedad de que supo indemnizarse con creces, llegando a Burgos a la hora precisa de la nueva y victoriosa invasión de D. Enrique. Su buena suerte le libró de intervenir en los horrores de Montiel, pero fué de los más favorecidos en el reparto del botín que llamaron mercedes enriqueñas. En 1369 obtuvo la Puebla de Arciniega, la torre del valle de Orozco, la quieta y pacífica posesión del valle de Llodio, por el cual su padre litigabae hacía muchos años; en 1374 los cargos de alcalde mayor y merino [p. 348] de la ciudad de Vitoria y la confirmación del mayorazgo fundado por su padre, que ya por este tiempo se había hecho fraile dominico; en 1375, finalmente, la alcaldía mayor de Toledo, puesto de los más preeminentes y codiciados en aquella era.

Consejero y favorito de D. Enrique II y de D. Juan I, tuvo Ayala ocasión de mostrar sus especiales aptitudes diplomáticas en misiones a las cortes de Aragón y de Francia, ganando por donde quiera amigos y valedores, especialmente cuando asistió al rey Carlos VI con los avisos de su prudencia militar en la batalla de Rosebeck, y obtuvo por ello en 1382 título de camarero suyo, amén de una pensión anual de mil francos de oro. Ni le fueron inútiles tales amistades de allende los puertos cuando llegó el trance más amargo de su vida, es decir, cuando al promediar el mes de agosto de 1385, la temeridad del rey D. Juan y de sus donceles, contrastada en vano por el buen consejo de Ayala y de Diego Álvarez, lanzó a los castellanos al desastre de Aljubarrota, donde totalmente fueron deshechas nuestras haces, con inminente peligro de la vida o libertad del mismo rey, salvado sólo por el heroico sacrificio del alavés Pero González de Mendoza. Entretanto su paisano y próximo pariente Ayala, que llevaba en aquella jornada, como había llevado en la de Nájera, el pendón de la Orden de la Banda, caía, después de porfiada y sangrienta resistencia, cubierto de heridas y quebrados dientes y muelas, en manos de los portugueses, que por más de un año le tuvieron encerrado en una jaula de hierro en el castillo de Oviedes, con la codicia de sacar por su persona crecidísimo rescate; no menos que treinta mil doblas de oro, que hubo de pagar al fin su mujer doña Leonor de Guzmán con ayuda de su pariente el Maestre de Calatrava y de los reyes de Francia y de Castilla. A esta cautividad de Ayala debemos el Rimado de Palacio y alguna otra de sus obras; pero tal desgracia fué nube pasajera en su vida, y, como siempre, él se levantó más fuerte después de la derrota. Si es cierto que D. Juan I «ovo en sus fechos muy pequeña ventura», según el decir del propio cronista, no fué, en verdad, porque le faltasen nunca las severas amonestaciones de Ayala, cuya elocuente voz, libre de toda sospecha de lisonja y aleccionada por larga experiencia de los casos del mundo, sonó siempre grave y entera en los trances más arduos; ya cuando en repetidas embajadas [p. 349] facilitó y ajustó la concordia con la casa de Lancáster, representante de los derechos de los descendientes de D. Pedro, apartando así de las costas de Galicia la nube que amagaba desde Inglaterra; ya cuando en las Cortes de Guadalajara, de 1390, y en un discurso que es, sin duda, de las más antiguas muestras de nuestra oratoria política, tronó contra el insensato proyecto de abdicación y repartición del reino, que D. Juan I había formado, pensando con el sacrificio de sus Estados patrimoniales acercarse a la suspirada posesión de la corona portuguesa.

El Rey, enojado al principio con Ayala, le agradeció luego su generosa entereza, que de tan mal paso le había salvado, y con ello creció, si posible era, el crédito de su sabiduría política, confirmado durante la minoridad de D. Enrique III por el voto de las Cortes de Madrid, que le llamó a formar parte del Consejo de Regencia, dentro del cual hizo servicio tan importante como ajustar treguas con Portugal, en 1392, poniendo término así a una lucha estéril y desastrosísima para ambas monarquías peninsulares. Llegado a la mayor edad Enrique III, premiaba en 1398 los eminentes servicios de Ayala con el cargo supremo de Canciller mayor de Castilla, para su persona, y los de merino mayor de Guipúzcoa y alcalde mayor de Toledo para sus dos hijos. Todavía resistió nueve años aquella férrea naturalera el peso de la vida política, interpolada con los solaces de las letras, a las que tributaba asiduo culto en las residencias, cada vez más largas, que solía hacer en sus estados de Álava y la Rioja, en los monasterios de que era fundador o patrono, y con especial predilección en el de San Juan de Quijana y en el de San Miguel del Monte, vecino a Miranda de Ebro. La muerte le salteó casi repentínamente en Calahorra en los primeros meses de 1407, pero aún le había alcanzado el tiempo para llorar muerto a Enrique III y escribir la mayor parte de su Crónica.

Tal fué este portentoso personaje, cuya biografía, que se identifica con la historia política de medio siglo, está reclamando una pluma, si no más docta y diligente que la de su único biógrafo y ferviente panegirista D. Rafael Floranes, [1] más literaria, en cambio, [p. 350] y más avezada a penetrar en el espíritu de los tiempos y en la peculiar psicología de los hombres de Estado, tan inaccesible para los antiguos eruditos por el medio social en que vivieron, tan comprensible sin esfuerzo alguno para nosotros, que en la inteligente y enérgica fisonomía de Ayala descubrimos rasgos que nos parecen conocidos y familiares. Floranes, además, por el desorden de su método, por el desaseo increíble de su estilo, por la manía que le llevaba a acumular en todos sus escritos especies inconexas, y hasta por la admiración, sincera sin duda y en el fondo justa, pero intemperante y desquiciada, que sentía por su héroe, a quien se empeña en atribuir todo linaje de sabiduría, y el progreso y desarrollo en Castilla de todos los estudios, hasta de aquellos que no cultivó directa ni indirectamente, como la ciencia del Derecho, no es guía enteramente seguro, y, su libro, más bien ha de estimarse como un centón de noticias útiles y a veces exquisitas, aunque impertinentes muchas de ellas al asunto principal, que como verdadera y formal biografía, la cual aún no tenemos.

El Canciller Ayala no es un escritor enciclopédico, como Alfonso el Sabio; pero es, después de D. Juan Manuel, el tipo más perfecto que nuestra Edad Media ofrece del prócer escritor, del moralista práctico, del político que cosecha su doctrina, no en abstractos aforismos, sino en las andanzas y conflictos de la vida. Y es al mismo tiempo, sin controversia alguna, nuestro más grande historiador de los tiempos medios, el único qúe, sin desdoro, puede hombrearse con los grandes narradores de la edad de oro, desde Mendoza hasta Melo. Y es, finalmente (aunque no del modo exclusivo que pretendía Floranes), iniciador y fautor de un movimiento intelectual, derivado en parte de la cultura francesa y en parte de la erudición latino-eclesiástica; mediante el cual se abren las puertas de Castilla a un nuevo género de prosa de tendencias clásicas, muy diversa de la deleitable prosa semi-oriental que campea en los patriarcales escritos del Rey Sabio, de su hijo y de su sobrino.

«Por avisar é ennoblecer la gente é nación de Castilla, fizo romanzar de latín en lenguaje castellano, algunas crónicas y estorias que nunca antes dél fueron vistas ni conoscidas en Castilla». [1] [p. 351] Al frente de estas traducciones descuella la de las Décadas 1.ª, 2.ª y 4.ª de Tito Livio, notable esfuerzo de laboriosidad que pertenece a los ocho últimos años de su vida, y fué realizado a instancias del rey Enrique III: «Me mandastes que trasladasse un libro que es escripto por un historiador antiguo y famoso, del qual face mención San Hierónimo en el prólogo de la Biblia, loando la su alta manera de fablar, el cual es llamado Titus Livius. Et plógovos que lo tornasse en el linguaje de Castiella; el qual estava en latin por bocávulos ignotos et escuros». Sin duda por lo ignoto y escuro de los vocablos, el Canciller explotó más de lo debido la versión francesa, entonces muy nombrada, del benedictino Pedro de Bercheur; pero aun de este modo torcido e imperfectísimo, todavía le sirvió el estudio de aquel gran maestro de la prosa histórica como una especie de ideal superior de narración, al cual procuró atemperarse en sus crónicas, si bien por el temple de su espíritu y por la condición de los hechos que relata, más veces que la generosa y láctea abundancia del historiador paduano, adivinó y renovó las amargas tintas y el enérgico buril de Tácito, con ser autor éste enteramente desconocido antes del Renacimiento de las letras. Los libros que constituían el fondo común y principal de la erudición de los tiempos medios, pasaron casi todos por manos del Canciller, y fueron puestos en lengua vulgar por industria propia o por la de sus secretarios. La Consolación de Boecio, el último romano, el que trasmitió a los siglos más oscuros la noción de la lógica aristotélica y las tradiciones de la filosofía moral, unidas al prestigio del ritmo clásico y de la disciplina musical; los Morales, de San Gregorio el Magno, libro predilecto de los Padres de nuestra Iglesia visigoda y fuente principal de las Sentencias del zaragozano Tajón, a quien podemos llamar maestro de ellas con igual derecho que se lo llamaron los escolásticos a Pedro Lombardo; los tres libros De summo bono de San Isidoro, doctrina nunca olvidada en España, suma y fundamento de nuestra primitiva cultura en lo teológico, como lo eran las Etimologías en lo secular y profano; la Crónica Troyana, de Guido de Columna, traducida y retraducida mil veces en los siglos XIV y Xv, libro de caballerías de asunto clásico, adaptación de la materia épica de la antigüedad a la comprensión infantil de gentes nuevas, que del sol de Homero sólo podían alcanzar estos [p. 352] débiles reflejos, suficientes, sin embargo, para que el solemne recuerdo de Ilión y de su cantor persistiese en la memoria; la Caída de Príncipes, de Juan Boccaccio, el cual, merced a Ayala y al obispo D. Alonso de Cartagena, continuador de su trabajo, hacía su entrada en la literatura castellana, donde por tanto tiempo y tan hondamente iba a arraigarse su influencia, ya como uno de los más insignes artífices de la restauración de los saberes clásicos, ya como narrador elocuente y apasionado, más bien que lascivo y picante, de los casos mundanos; todas estas y otras varias obras, entre las cuales quizá deba contarse el Valerio Máximo, trajo o hizo traer a nuestra lengua el Canciller Ayala « á bien et á provecho de la república», entresacando de todas ellas «dichos de muchos buenos enxemplos et de buenas doctrinas para bien vivir espiritualmente e moral et onestamente».

No menos numerosas, y por todas razones más importantes, fueron sus obras originales. El Libro de Cetreria o de las aves de caza, compuesto para entretener los largos ocios de su cautiverio de Oviedes, y dirigido al gran cazador D. Gonzalo de Mena, obispo de Burgos, no es ajeno, sin embargo, a las graves especulaciones del moralista, que en el ejercicio de la caza ve una manera para «tirar á los omes de ocio et malos pensamientos, et que puedan aver entre los sus enojos et cuidados algund plazer et recreamiento sin pecado». Pertenece este libro [1] a un género de literatura didáctico-recreativa muy copioso en la Edad Media, y en el que no se desdeñaron de poner mano tan grandes reyes como Alfonso X y Alfonso XI, tan sabios príncipes y magnates como D. Juan Manuel; libros que, aparte del interés histórico que ofrecen como documentos de costumbres y deportes caballerescos, y del no leve contingente de observaciones directas y seguras que suministran para la historia natural de ciertas especies y para la geografía de la Península, suelen contener un tesoro de expresiones pintorescas y felices, una riqueza de vocatulario descriptivo miserablemente perdida en la pobre y apocada lengua de hoy, en que todos procedemos por términos abstractos y generales, sin [p. 353] saber concretamente los nombres castellanos de ninguna cosa, de dónde nace la impotencia de los más de nuestros actuates escritores para ponerlas vivas y gallardas delante de los ojos, como pone Ayala, por ejemplo, los plumajes, naturas y condiciones de sus azores, falcones, gavilanes, esmerejones, alcotanes, jerifaltes, sacres, borníes, alfaneques, tagarotes y baharíes, y nos informa de sus mudas y melesinamientos.

Pero el campo de la gloria de Ayala fué la historia, y sin disputa su vocación principal la de historiador grande y severo. Estímulo había tenido para ello desde su infancia y dentro de su propia casa, puesto que ya su padre Fernán Perez, «como era tan grand caballero et tan entendido et mesurado en todos sus fechos, se pagaba de decir bien et apuestamente, et otrosí de alcanzar noticias de letras et de estorias de cosas grandes et nobles que en el mundo hubiesen pasado», y aun sabemos que, movido de disculpable vanidad genealógica, había romanceado una antigua escriptura, sabe Dios de qué autenticidad, compuesta por «un muy grand caballero de los de Ayala, a quien decían San Velázquez», la cual sirvió de base al tratado del Canciller sobre «el linaje de Ayala y las generaciones de los señores que vienen de él», tributo pagado a las ideas de su tiempo por el grande escritor después del cual bien pudieron repetir sus descendientes con entera verdad aquellas arrogantes palabras suyas con que el libro comienza «Avedes de saber que grande cosa, Dios loado, fué antiguamente este linaje de los de Ayala».

Las tareas históricas del Canciller abrazan cuatro reinados sucesivos, los de D. Pedro, D. Enrique II, D. Juan I y D. Enrique III, este último sin terminar, porque no alcanzó a ello la vida del cronista, siendo de mano ajena las diversas conclusiones que en los códices se encuentran. En la serie de nuestros monumentos históricos, van inmediatamente después de las Crónicas de Alfonso XI y de sus tres inmediatos antecesores, anónimas hasta el presente; pero si se atiende a la perfección de estilo y arte, parece que un siglo entero las separa. El cronista de Alfonso XI, aunque narrador diligente, bien informado y bastante copioso, no tiene ni el candor épico de la Crónica General, venerable repertorio de nuestra tradición poética, ni la profunda observación moral, el sentido humano penetrante y seguro, y el [p. 354] vigor trágico que admiramos en Ayala. Si el Rey Sabio y los que le ayudaron en su compilación nos habían dado la epopeya histórica, el Canciller nos presentó por primera vez el drama de la historia. Nada hay semejante en las literaturas extranjeras antes del fin del siglo XV. Froissart y Mateo Villani son cronistas pintorescos y deleitables; Ayala es historiador. No se detiene en el aspecto exterior de las cosas, en el tumulto y pompa de la vida caballeresca, aunque no olvide jamás el detalle preciso y significativo. Lo que más le interesa, como a los grandes maestros antiguos, es el alma del héroe o del tirano, cuyos senos escudriña y manifiesta con cierto modo de psicología instintiva, en que lo físico y lo moral están debidamente aquilatados y yuxtapuestos. Los retratos directos son en él muy raros y muy breves, pero de tal poder y tal evidencia, que los personajes de Ayala nos persiguen como sombras familiares; y quizá a él, tenido por malévolo detractor de D. Pedro, debe aquel monarca la mayor parte del prestigio poético que rodea su nombre, porque nada avasalla tanto el ánimo de quien lee en las páginas de un historiador, como la intensa realidad, la plenitud de vida que de ellas se desprende. Mucho mejor que a personajes que vivieron ayer, conocemos los españoles la arrogante figura de D. Pedro, que con cuatro valientes rasgos lanzó Ayala sobre la tela de su crónica, emulando la recia concisión de Salustio: «assaz grande de cuerpo, et blanco et rubio, et ceceaba un poco en la fabla; era muy cazador de aves; fué muy sofridor de trabajos; era muy temprado et bien acostumbrado en el comer et beber; dormía poco et amó mucho mujeres; fué muy trabajador en guerras; fué cobdicioso de allegar tesoros et joyas et aljofar et baxilla de oro et de plata, et paños de oro et otros apostamientos».

Todavía más que en los retratos, que, como queda dicho, son rápidos y no muy frecuentes, brilla el arte profundo y reflexivo de Ayala en la composición de sus cuadros y narraciones y en los diversos artificios dramáticos con que procura dar vida a sus personajes, mostrarlos en acción y hacer que declaren por su propia boca sus más escondidos pensamientos. El uso frecuente del diálogo y la interpolación de epístolas y breves arengas, a la vez que recrea el ánimo con apacible variedad de elementos literarios, y realza la animación y viveza del relato, presta al autor medio [p. 355] fácil de insinuar su filosofía política, envolviendo sus propios aforismos en las sentenciosas cartas que atribuye al sabidor moro granadino Ben Aljatib. Así, bajo el manto del historiador, persiste el moralista de la escuela de D. Juan Manuel; y los que, mirados aisladamente, podían parecer lugares comunes de una política infantil, cobran inesperada fuerza con la comprobación histórica, y descienden de la vaga abstracción para abrazarse con la realidad e infundirla superior sentido.

Pero aún más que este género de artificio, un poco retórico, pasma en autor de época tan remota como Ayala, aquel talento, en algún modo poético, con que elige y separa las circunstancias que hablan a la imaginación y condena y excluye las que carecen de todo valor representativo; y aquellos ingeniosos rodeos con que va preparando el ánimo del lector para las escenas capitales de su historia, envolviéndole, por decirlo así, en una atmósfera de misterio, y graduando el terror hasta el momento solemne de la catástrofe. ¡Cuánto crece en la fantasía el prestigio pavoroso de la escena de Montiel con aquella especie de fatalidad trágica que se cierne sobre la cabeza de D. Pedro, hasta mostrar cumplida en su persona la terrible profecía de Merlín, interpretada por Ben Aljatib: «En las partidas de occidente, entre los montes é la mar, nascerá un ave negra, comedora é robadora, é tal que todos los panares del mundo querría acoger en sí, é todo el oro del mundo querrá poner en su estómago. E caérsele han las alas, é secársele han las plumas, é andará de puerta en puerta, é ninguno le querrá acoger, é encerrarse ha en selva, é morirá y dos veces, una al mundo é otra ante Dios».

Y en otro género, ¿quién olvida la muerte de Garcilaso en Burgos, el suplicio del rey Bermejo, la bizarra competencia de generosidad entre Beltrán Duguesclín y el Príncipe Negro sobre el rescate del primero? Excusado es encarecer el mérito de tales páginas, que quizá hoy mismo son las más leídas de nuestra Edad Media. Con poco más que adobar esta Crónica a la moderna, compuso Próspero Mérimée un libro de historia que compite con sus mejores novelas.

Y si grande es el mérito artístico de las Crónicas de Ayala, no es menor, dígase lo que se quiera, su fidelidad histórica. Cuantas nuevas fuentes han sido consultadas, otras tantas han servido [p. 356] para dar testimonio de su veracidad, no sólo en lo substancial, sino en los pormenores. Lo que él escribió, confirmado está por los cronistas catalanes, como el autor de las memorias de D. Pedro IV; portugueses como Fernán Lopes; italianos como Villani; franceses como Froissart y el biógrafo de Duguesclín. El hecho de su deserción, harto explicable en la relajada política de su tiempo, no basta por sí sólo para hacer sospechoso a Ayala. Su malquerencia contra D. Pedro, si realmente la tuvo en el grado que se supone, más bien hubo de manifestarse por el agrupamiento habilísimo y quizá un tanto amañado de los hechos odiosos, y por la misma impasible frialdad con que los cuenta, que por ningún género de falsedad, de la cual tan fácilmente hubiera podido ser redargüido por sus contemporáneos, entre los cuales quedaban todavía tantos partidarios del infeliz monarca. El caso de D. Pedro es un caso de frenopatía, y Ayala no podía adivinar semejante ciencia ni dejar de ver un tirano feroz con veleidades heroicas en el que modernamente se nos aparece como un mozo degenerado e insensato; pero con profundo espíritu de observación y rectitud de juez, él fué quien nos dejó todos los datos necesarios para resolver el problema aun bajo este modernísimo aspecto. [1] El rumor de la Crónica perdida y nunca vista del Obispo de Jaén, D. Juan de Castro, las adiciones al Memorial del Despensero de la Reina Doña Leonor, los interesados y sofísticos alegatos que desde el siglo XVI en adelante fulminaron contra la veracidad de Ayala, ya descendientes reales o supuestos del Rey D. Pedro como los Castillas; ya genealogistas falsarios como el pseudo-Gracia Dei y el Conde de la Roca; ya leguleyos aduladores de la potestad regia como Ledo del Pozo, son cosas harto baladíes para que de ellas deba hacerse mérito sin agravio a la memoria del gran Canciller y a la gravedad de la Historia.

La primacía que alcanza Ayala como prosista entre todos los escritores de su época, ha perjudicado en alguna manera a la fama de sus versos, que tampoco han sido conocidos en su integridad hasta tiempos muy recientes. El libro que los contiene se designa con el título general de Rimado de Palacio; y ha llegado [p. 357] a nosotros en dos distintos códices del siglo XV, no escasos de variantes, perteneciente el uno a la Biblioteca de El Escorial, y el otro a la librería de la Condesa de Campo-Alange, recientemente adquirida por el Gobierno para la Biblioteca Nacional. Sánchez conoció el poema, pero no llegó a publicarle. Los primeros extractos; algo copiosos, son los que vieron la luz en la traducción castellana del Bouterweck (1829) y en tres excelentes artículos de D. Bartolomé José Gallardo, insertos en las Cartas Españolas y en su continuación la Revista Española (1832), artículos que, sin duda por olvido, no menciona Amador de los Ríos en su extenso análisis de este poema. Finalmente, D. Florencio Janer, en 1865, prestó el buen servicio de poner íntegro el Rimado en el tomo de Poetas Castellanos anteriores al siglo XV, pero valiéndose exclusivamente del códice de El Escorial, sin notar casi nunca las variantes del de Campo-Alange, que en muchos casos ofrece mejor texto. El cotejo minucioso de los dos debe ser precedente indispensable para la futura edición crítica, que bien merece este curiosísimo monumento.

Fuera injusticia negar a Ayala dotes de poeta, cuando hasta en sus crónicas las manifiesta o deja adivinar. Si hubiera cultivado la narración en verso, como los demás poetas del Mester de clerecía, fácilmente los hubiera vencido a todos, salvo el Arcipreste. Pero la intención didáctica de su poema le privó de la mayor parte de las ventajas que por tal camino hubiera logrado, y le hizo caer en cierto prosaísmo ético y pedagógico, que parece nota característica de la honrada poesía vascongada, tal como la vemos, por ejemplo, en Samaniego o en Trueba. Con razón ha dicho Puymaigre que el carácter positivo y realista del ingenio de Ayala excluía toda preacupación del ideal. «El Canciller (añade) no ve nada con los ojos de la imaginación; aspira sólo a reproducir las cosas tales como se le aparecen. No existe ninguna semejanza entre su obra y los innumerables versos que muy pronto la siguieron, y que son, en gran parte, expresión de sentimientos facticios y de exageraciones tomadas de otras literaturas».

Pero ni el poema carece de bellezas parciales, así en las efusiones líricas como en las enérgicas pinturas de costumbres, ni se encarecerá nunca bastante la importancia histórica de este espejo de la sociedad del siglo XIV (como le llamó Clarus); obra [p. 358] que si, por una parte, se enlaza con las crónicas del Canciller y las sirve como de fondo, por otra completa, aunque con diverso espíritu, el cuadro satírico que nos ha ofrecido la maligna y regocijada pluma del Arcipreste de Hita. Hay entre ambos libros cierto parentesco innegable, en medio de profundas diferencias. Uno y otro tienen carácter de sátira social y colectiva, que alcanza a todas las jerarquías y estados; uno y otro se distinguen por la enérgica franqueza y la extremada libertad de juicio; uno y otro pertenecen a la primitiva y tradicional escuela de nuestra poesía erudita; pero ambos la modifican profundamente, abandonando en muchos casos la monotonía del tetrástrofo, y dando entrada al elemento lírico en muy varias formas y combinaciones, derivadas, a toda luz, de la tradición galaico-portuguesa. Y, finalmente, para que la semejanza sea mayor aún, ambos libros tienen un sello profundamente personal, y en medio de lo abigarrado y descosido de su composición, cierta unidad de pensamiento que en la persona misma del poeta ha de buscarse. Gallardo caracterizó bien el Rimado llamándole «efemérides del espíritu de su autor».

Pero aquí principian las diferencias. Ayala hace en alta voz pública confesión de sus pecados, presentándose como víctima expiatoria de los crímenes de su siglo y acumulándolos sobre su cabeza: Juan Ruiz convierte su vida maleante y pecadora en regocijada materia de chistes, sin la menor preocupación moral ni el más leve asomo de arrepentimiento. Al Arcipreste le mueve a risa lo mismo que excita la indignación del Canciller. Uno y otro hacen crujir el azote de la sátira sobre los clérigos simoníacos, prevaricadores y escandalosos; pero el Arcipreste los mira con picaresca indulgencia y escribe la Cantiga de los clérigos de Talavera, al paso que el cristiano y severo espíritu de Ayala prorrumpe en las amargas lamentaciones del Dictado sobre el Cisma de Occidente. En el Arcipreste todo es regocijo epicúreo: en el Canciller todo tristeza, austeridad y desengaño de la vida. Uno y otro libro reflejan fielmente la distinta condición social de sus autores, y diversos son también los cuadros que presentan. El Arcipreste vive entre el pueblo, y corre de feria en feria, en la alegre compañía de escolares nocherniegos y de cantadoras judías y moriscas: el Canciller vive en los palacios y describe las maneras y fechos de sus habitadores, las tribulaciones de los míseros [p. 359] pretendientes que andan brujuleando los semblantes del privado, la venalidad y falacia de los oficiales regios, la hinchada presunción y torpes amaños de los legistas, la insaciable codicia de los arrendadores y cobradores judíos «que beben la sangre de los pueblos cuitados»; y nos expone de paso todas sus ideas sobre el gobernamiento de la república y sobre las virtudes que deben adornar al buen rey y diferenciarle del tirano:

           Este nombre de rey de bien regir desciende:
       Quien há buena ventura bien assy lo entiende;
       El que bien a su pueblo gobierna et defiende,
       Este es rey verdadero, tírese el otro dende.
           De un padre et de una madre todos descendemos:
       Una naturaleza ellos et nos avemos;
       De bevir et morir por una ley tenemos,
       Salvo que obediencia de les tener debemos.

Lo mismo el Rimado de Palacio que el libro del Arcipreste, se escribieron en una prisión; pero ¡de cuán distinto género, y en qué diversa situación de espíritu! Sólo en la parte lírica, en las canciones a la Virgen, hay evidente semejanza, que de parte del Canciller puede ser hasta imitación directa.

También se parecen ambos libros en no tener título, a lo menos impuesto por sus autores. Los de Rimado de Palacio, Libro de los fechos de Palacio y Rimos de las maneras de Palacio (que es como le designa el Marqués de Santillana en su carta famosa), son evidentemente inexactos, porque no recaen sobre la totalidad del libro, sino sobre una pequeña parte de él, y pueden inducir, y han inducido, a error a algunos que no habían visto la obra, haciéndoles creer que se trataba de algún manual de ceremonias y etiquetas cortesanas, como el de D. Pedro IV de Aragón o el Libro de la cámara real del Príncipe D. Juan.

Nada más lejano de la verdad; como puede comprenderse por la mera inspección de este poema, el cual pertenece a un género didáctico moral, intermedio entre el sermón y la sátira grave, y que no carece de analogías con las composiciones que en la literatura del Norte de Francia se llamaban Biblias. La obra del Canciller, si se prescinde de los accesorios líricos, no es en el fondo otra cosa que un larguísimo sermón contra las malas costumbres de su tiempo, precedido de una confesión de los pecados del [p. 360] propio autor, quien de este modo se adelanta a los reparos que pudieran hacérsele en calidad de moralista incompetente, comenzando por humillarse y reconocer sus innumerables flaquezas. Hízolo luego a imitación suya su sobrino Fernán Pérez de Guzmán, y el mismo artificio encontramos en otros piadosos moralistas de los tiempos medios; pero se hace muy duro creer que estas confesiones públicas hayan de tomarse al pie de la letra. Ayala distaba mucho de ser un santo ni un varón irreprensible: él lo sabía, y sus contemporáneos también; ni quería ni podía engañarlos; pero sin duda para mayor efecto moral recargó de tintas sombrías el cuadro de su vida, y más que su confesión individual hizo la de su siglo. Podemos y debemos creer que el Canciller habla de sí mismo cuando se acusa de haber creído en agüeros, sueños, estornudos y otras señales supersticiosas; haber perdido su tiempo en leer libros de devaneos é mentiras probadas como Amadís, [1] Tristán y Lanzarote; haber fatigado en continuas cacerías sus omes et sus bestias, con detrimento de la santificación de las fiestas; haber tenido a sus padres pequeña reverencia, y, finalmente, haber pagado largo tributo a la lujuria y a la ira; pero no conviene abusar de su testimonio cuando se declara opresor, vejador y esquilmador de sus vasallos, testigo falso contra vivos y muertos, matador y atormentador de pobres y fambrientos. Sólo hiriendo tan duramente en sus propias carnes, podía creerse autorizado censor de los vicios y desórdenes ajenos, que iba a flagelar de tan sangrienta manera.

Y, ante todo, los de la jerarquía eclesiástica in capite et in [p. 361] membris. Eran tiempos de desolación apocalíptica: los buenos y piadosos se cubrían la cabeza con el manto y lloraban en silencio: en pos del cautiverio de Aviñón, había venido el cisma de Occidente; un nuevo género de barbarie, menos ingenua y menos creyente que la del siglo X, se paseaba triunfante por Europa; la ola de la simonía y de la concupiscencia había llegado a salpicar las frentes más altas; y, a favor del general escándalo, un enjambre de herejías groseras fermentaba en las masas populares, al paso que la impiedad averroista, mostrándose sin embozo, aumentaba sus prosélitos en el seno de las Universidades. Es preciso haber leído el De Planctu Ecclesiae, de Álvaro Pelagio; el Viridario, de Fray Jacobo de Benavente; el Libro de la justicia de la vida espiritual, del arzobispo Albornoz (por no citar a Gerson y otros escritores de fuera) para comprender toda la extensión del mal, toda la angustia de aquella crisis, quizá la más laboriosa que la Iglesia ha tenido que superar en su tránsito por la tierra. El Canciller Ayala no era teólogo: él propio se llama ome simple et non letrado; pero era, aunque tan pecador, hombre de fe ardorosísima y de un tal celo por la casa de Dios, que le hacía romper y atropellar con libertad cristiana toda consideración de falso respeto mundano, y ponía en sus labios de lego palabras de insólita audacia, que recuerdan las más terribles de Dante y Petrarca

           Los físicos lo dicen, si bien me vien en miente:
       Si la cabeza duele, todo el cuerpo es doliente.
       ............................................................................
           El Obispo de Roma que Papa es llamado,
       Que Dios por su vicario nos hobo ordenado,
       E el logar de San Pedro a él fué otorgado,
       Está cual lo vos vedes, malo nuestro pecado!
       ............................................................................
           Agora el Papadgo es puesto en riqueza;
       De lo tomar cualquier non toman a pereza!
       Et magüer sean viejos, nunca sienten flaqueza,
       Ca nunca vieron Papa que moriesse en pobreza.
           En el tiempo muy sancto non podía haber
       Uno que este estado se atreviesse tener;
       Agora (¡mal pecado!), ya lo podedes ver,
       Do se dan a puñadas quien Papa podrá ser.
            [p. 362] A estas malas porfías anda mal perdimiento
       Por estado tan sancto que es todo el fundamento
       De nuestra Fe Católica; et cávale el cimiento
       Soberbia et codicia que non han escarmiento.
           Los Reyes que debrían a tal caso adobar
       Con sus buenas maneras que pudieran tomar,
       Tomaron luego bandos, et se fueron armar,
       Unos llaman Sansuenna, et otros Trafalgar.
           Ya fueron otros tiempos por los nuestros pecados,
       Cisma et grandes males, mas fueron acordados
       Por tener i los Reyes sus Consejos loados
       Et despues por Concilio libraron los Prelados.
       ....................................................................................
           Aquí estorbaron mucho algunos sabidores:
        Por se mostrar letrados et muy disputadores,
       Ficieron sus cuestiones como grandes doctores,
       Por esto la Eglesia de sangre faz sudores.
           Los moros et judíos ríen desta contienda
       Et dicen entre sí: «Verédes qué leyenda
       Tienen estos cristianos, et cómo su facienda
       Traen bien ordenada (¡así Dios los defienda!).
       ....................................................................................
           Et por nuestra ventura hoy así pasa esto;
       Contra nos los paganos son en fabla e en gesto:
       Por nuestras malas glosas ellos niegan el texto;
       Así se vierte el agua tomándola con cesto.
           La nave de San Pedro está en gran perdicion
       Por los nuestros pecados et la nuestra ocasion:
       Acorra Dios aquí con la su bendicion
       Que vengan estos fechos a mejor conclusion.
       ....................................................................................
           Mas los nuestros Perlados no lo tienen en cura,
       Asaz han que fazer por la nuestra ventura,
       Cohechan los sus súbditos sin ninguna mesura,
       E olvidan la conciencia et la Sancta Escriptura.
       ....................................................................................
           Desque la dignidad una vez han cobrado,
       De ordenar la Eglesia toman poco cuidado,
       Et cómo serán ricos más curan (¡mal pecado!)
       Et non curan cómo esto les será demandado.
       ....................................................................................
       ¡Cuáles ministros tiene el que por nós murió!
       Vergüenza es decirlo quien esta cosa vió.
       Unos prestes lo tractan, que verlos es pavor,
       Et tómanlo en las manos sin ningunt buen amor,
        [p. 363] Sin estar confesados, et aun (que es lo peor)
        Que tienen cada noche consigo otro dolor.
       ................................................................................
           Cuando van a ordenarse, tanto que tienen plata,
       Luego pasan l'exámen sin ninguna barata,
       Ca nunca el Obispo por tales cosas cata:
       Luego les da sus letras con su sello et data.
           Non saben las palabras de la consagracion,
       Nin curan de saber, nin lo han a corazón:
       Si puede haber tres perros, un galgo et un furon,
       Clérigo de aldea tiene que es infanzon.
           Luego los feligreses le catan casamiento
       D'alguna su vecina (¡mal pecado!): non miento:
       Et nunca por tal fecho resciben escarmiento,
       Ca el su señor Obispo ferido es de tal viento.
       ................................................................................
           Si estos son ministros, sónlo de Satanás,
       Ca nunca buenas obras tú facer los verás:
       Gran cabaña de fijos siempre les fallarás
       Derredor de su fuego: que nunca y cabrás.
           En toda la aldea non ha tan apostada
       Como la su manceba et tan bien afeytada.
       Cuando él canta misa, ella le dá el oblada,
       Et anda (¡mal pecado!) tal orden bellacada.
       ................................................................................
           Perlados sus eglesias debían gobernar:
       
Por cobdicia del mundo allí quieren morar,
       E ayudan revolver el regno a más andar
       Como revuelven tordos el negro palomar.

                                                    (Copl. 229.)

No para escándalo de conciencias asustadizas (que suelen serlo mucho las que no están familiarizadas con nuestros libros viejos), se trascribe aquí esta hórrida pintura, sino por ser el pasaje de más formidable elocuencia que hay en todo el Rimado de Palacio, y porque, como testimonio histórico, nadie osará negar que el de tan alta persona como el Canciller Mayor de los reinos de Castilla, hablando de los negocios de su siglo, vale y pesa más para españoles de verdad, que cierto neo-catolicismo gótico-florido y afrancesado que en mal hora se nos entró por las puertas, aplaudiendo o disculpando aun los períodos más abominables de la Edad Media.

[p. 364] Quien tan reciamente había puesto el dedo en la llaga más peligrosa y enconada de aquel cuerpo social, pocos miramientos había de guardar en lo meramente humano, ora se encarnice con los arrendadores judíos y con sus condiciones «para el pueblo mesquino negras como el carbón»; ora denuncie las trapacerías de los mercaderes, que viven como si tuviesen fecha cofradía con todos los diablos:

       Fasen escuras las tiendas, et poca lumbre les dan,
       Por Bruxellas muestran Ipre, y por Mellina, Roan.
       Los paños violetas bermejos parescerán,
       Al contar de los dineros las finiestras abrirán;

                                                            (Copl. 310.)

ora nos haga penetrar en el estudio de uno de aquellos letrados que, con mucho aparato de Clementinas y Decretales, tienen con el dinero sus más finos amores, y viven, y triunfan y andan en mula a costa del mísero litigante, a quien confunden y entontecen con un fárrago de pareceres contradictorios:

       Si toviere el malfechor algunas cosas que dar,
       
Luego fallo veinte leyes con que le puedo ayudar.
       .......................................................................................
       Si el cuitado es muy pobre e non tiene algun cabdal,
       Non le valdrán las Partidas nin ninguna Decretal:
        Crucifige... crucifige... todos dicen por el tal,
       Ca es ladron manifiesto et meresce mucho mal.

                                                    (Copls 350-352.)

Con toques no menos vivos que los que realzan esta descripción de las costumbres jurídicas, están pintadas las andanzas del viejo y empobrecido cortesano en demanda de los contadores que avían cargo de librar sus fechos, y que le burlan y estafan de mil modos, ya pretextando que tienen en Valladolid sus libros de caja, ya remitiéndole al tesorero de Extremadura; hasta que, finalmente, cae en manos de un logrero judío que le compra a vil precio sus créditos.

Pero sería imposible apurar todo lo que importa a la historia social en el Rimado de Palacio. Allí se ve, mejor que en crónica alguna, el estado de abatimiento y mengua a que había llegado el [p. 365] prestigio de la corona en las débiles sienes de los Trastamaras, encumbrados por una facción ávida e insaciable y cautivos de ella hasta apurar el tesoro de sus escandalosas mercedes:

       El uno lo ha dexado: el otro lo va a tomar.
       ...........................................................................
       En una hora del día nunca, nunca lo dan vagar.
       ...........................................................................
       Non ha rincón en palacio do non sea apretado.
       
...........................................................................
       Tales cosas le piden, que conviene forzado
       Que les diga mentiras que nunca ovo asmado.
       ...........................................................................
       Con él van a comer todos en derredor;
       Paresce que allí tienen preso un malfechor.

                                           (Copls. 476-479.)

Allí las arcas reales exhaustas; la gente de guerra buscando de comer sin reparar en dónde; una turba de tiranos y malhechores estragando la tierra y robando los ganados y los panes de los Concejos; las Cortes multiplicando estériles ordenamientos que a los tres meses caían en desuso; los burgueses clamando por la paz, y D. Juan I empeñándose en guerras y pretensiones desatinadas, sin dinero, sin armas, sin municiones, y, por término y corona de todo, el vergonzoso desastre de Aljubarrota, cuyas consecuencias alcanzan al mismo poeta.

No todo el Rimado, pero sí la parte lírica por lo menos, fué compuesta durante su cautiverio en Portugal, como demostró Amador de los Ríos, y no en Inglaterrra (donde es muy dudoso que llegara a ir) como había creído Gallardo, a quien engañó el epígrafe del códice de Campo-Alange. El sermón propiamente dicho termina en la estrofa 705; lo restante, hasta por su colocación en el libro, se distingue claramente del cuerpo del poema. Pero todavía se distingue más por sus formas métricas; por el abandono de la cuaderna via, sustituída con las estrofas graciosas, ligeras y cantables de los trovadores galaico-portugueses. Casi todas son canciones a la Virgen solicitando su protección y acorro, y ofreciendo votos y romerías a sus santuarios e imágenes de Montseserrate, Guadalupe, Rocamador y Santa María la Blanca de Toledo. [p. 366] Por el asunto y aun por el tono de devoción cariñosísona, entrañable, casi filial, recuerdan inmediatamente la parte lírica de las Cantigas del Rey Sabio: en la parte métrica tienen relación más inmediata y directa con los gozos y loores del Arcipreste de Hita. Pero aún es mayor la complicación del artificio métrico en el Canciller, que en este punto llega a rivalizar con los mismos provenzales, seguramente sin conocerlos de primera mano. Por ejemplo, la canción

       Sennor, si tú has dado
       Tu sentencia contra mí...

presenta a modo de estribillo una redondilla heptasilábica entre tetrástrofos de alejandrinos, los dos primeros pareados, y el tercero y el cuarto aconsonantando respectivamente con los dos primeros versos de la redondilla. El Deytado que empieza

       Non entres en juysio con el tu siervo, Sennor,
       .......................................................................

está en estrofas de a seis alejandrinos, consonando los tres primeros con el quinto, y el cuarto y sexto entre sí, persistiendo esta segunda consonancia durante todo el curso de la composición, que no es breve, de un modo análogo a la fastidiosa sextina italiana y provenzal. Igual combinación hallamos en la muy notable y ferviente oración:

       Sennor, tu non me olvides, ca paso muy penado
       En fierros e cadenas en cárcel encerrado...

El deytado sobre el cisma de Occidente es, si no la primera, una de las primeras composiciones extensas que se escribieron en octavas de versos dodecasílabos, [1] notándose cierta torpeza en el oído del Canciller, habituado a los versos de antigua maestría. A ellos vuelve, y por cierto con mucho brío, en la parte postrera de su poema, en la que seguramente podemos creer escrita después que recobró la libertad. Esta última parte es una especie de paráfrasis [p. 367] o glosa de ciertos lugares de los Morales, de San Gregorio Magno, [1] que era, como sabemos, uno de los libros favoritos del Canciller en sus épocas de retiro y ascetismo. Domina en este fragmento, dictado cuando el Canciller sentía aproximarse el término de su agitadísima vida, una melancolía resignada, una tristera serena, una elevada contemplación del destino humano, que contrasta con la amargura pesimista de la parte satírica del Rimado, e infunde especial encanto poético a unas cuantas estrofas, no indignas de ser contadas entre los precedentes de la inmortal elegía de Jorge Manrique:

           Qué fué estonce del rico et de su poderío?
       Dó la su vana gloria et orgulloso brío?
       Todo es ya pasado, et corrió como río.
       ........................................................................
           ¿Dó están los muchos años que avemos durado
       En este mundo malo, mesquino et lazrado?
       ¿Dó los nobles vestidos de paño honrado?
       ¿Dó las copas et vasos de metal muy presciado?
           ¿Dó están las heredades et las grandes posadas,
       Las villas et castillos, las torres almenadas?
       ¿Las cabañas de ovejas, las vacas muchiguadas,
       Los caballos soberbios de las sillas doradas?
           ¿Los fijos plasenteros et el mucho ganado,
       La mujer muy amada, el thesoro allegado,
       Los parientes et hermanos que l'tenían compañado?
       En una cueva muy mala todos le han dexado.

Estos versos, que quizá sean los mejores y más poéticos de Ayala, fueron a la par el testamento de la escuela antigua, del Mester de clerecía, que descendía a la tumba con el mismo ropaje grave y severo que casi siempre le había revestido. Pero el esfuerzo de Ayala, aun autorizado por tan gran nombre como el suyo, era ya tardío e impotente. Una nueva generación poética, menos sesuda y más brillante que la que el Canciller había alcanzado en su mocedad, había arrinconado como armadura vieja y pesada el alejandrino de cuatro consonancias. El Canciller no fué [p. 368] sistemáticamente hostil a la nueva escuela, tomó parte en sus juegos poéticos, fué consultado y acatado como maestro y árbitro por los trovadores jóvenes; llegó a componer, como hemos visto, un dictado en el metro dodecasílabo, que iba a ser muy pronto el metro del Labyrintho de Juan de Mena. Pero en el fondo de su alma deploraba la ruina de los versetes de antiguo rimar. Con ellos se iba algo más que un metro, se iba algo de la antigua Castilla: un modo de pensar y de sentir que no era ya el del siglo XV.

Con el Canciller quedó enterrado para más de cuatro siglos el verso alejandrino. No lo volvemos a encontrar, ni siquiera como capricho poético, en el siglo XV. Las Poéticas del siglo XVI apenas le mencionan, y tan olvidada estaba su historia, que, cuando Gil Polo, por bizarría de ingenio, intercaló en su Diana Enamorada aquellos tan elegantes que principian:

       De flores matizadas se vista el verde prado,
       Retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
       Olor tengan más fino las coloradas rosas,
       Floridos ramos mueva el viento sosegado.
       .......................................................................

los llamó rimas francesas, como a otras innovaciones métricas suyas llamó rimas provenzales. ¿Qué más? En la enorme colección de los versos de Lope, no recuerdo haberlos encontrado ni una vez sola. Finalmente, cuando uno de los más infelices versificadores del siglo XVIII, D. Cándido María Trigueros (el Poeta Filósofo) quiso introducirlos, sin duda por influencia transpirenaica, se creyó de buena fe inventor de ellos y los llamó pentámetros castellanos. La gloria (si gloria hay en esto) de haberlos devuelto al tesoro de nuestra métrica, pertenece enteramente a la escuela romántica, y de un modo muy especial a Zorrilla, que tanto usó y abusó de ellos, y cuyas famosas Nubes sirvieron a nuestros versificadores de principal dechado.

Pero aunque el Rimado de Palacio, por lo tocante a su forma exterior, fuese ya en tiempo de Enrique III un libro anacrónico y que no ejerció influencia alguna en la poesía de su tiempo, la parte didáctica, la doctrina ética y religiosa contenida en él, la [p. 369] tuvo, y muy visible, en Fernán Perez de Guzmán, en el Marqués de Santillana, en los dos Manriques y en otros poetas moralistas del siglo XV. Todas estas circunstancias hacen altamente recomendable la lectura, por otra parte áspera y difícil (ni podemos ni queremos negarlo) de este singular poema, en que lo más interesante es, sin duda, la persona misma del autor, extraño conjunto de fe sumisa y ardiente, de candorosa devoción, de libertad satírica, de espíritu libre y mordaz, de cáustico pesimismo, de realismo brutal, de sequedad prosaica, de cautelosa e interesada política: grande hombre, con todo eso, y que con sus alternativas de luz y de sombras personifica mejor que ningún otro aquel caos fecondo del siglo XIV, en que la planta humana solía crecer torcida, pero ¡con cuánto vigor! El grande espíritu del hombre y del historiador tenía que reflejarse, aunque fuese de un modo imperfecto, en el poeta, y, sin tener mucho de lírico, bien puede decirse que es, después del Arcipreste de Hita, el más personal y el de fisonomía más enérgica entre todos los que precedieron al siglo XV.

* * *

El Corpus Poetarum de los reinados de D. Enrique II, Don Juan I, D. Enrique III y larga minoridad de D. Juan II (regencia del Infante de Antequera y de la reina doña Catalina) es el Cancionero de Juan Alfonso de Baena, compilado por este judío converso [1] para dar placer y solaz al mismo Rey D. Juan y a los prelados, damas y caballeros de su corte:


       Johan Alfonso de Baena
       Lo compuso con gran pena.

En un prólogo en prosa algo mejor que este dístico de aleluya, nos da el colector su concepto de la Poesía, insistiendo mucho en las excelencias de la parte técnica y en la importancia social que [p. 370] se concedía a sus cultivadores: «La Poetrya é gaya sciencia es una escriptura é composición muy sotil é byen graciosa, é es dulce é muy agradable á todos los oponientes é rrespondientes della é componedores é oyentes, la qual sciencia es avida é rrecebida é alcanzada por gracia infusa del Señor Dios que la da é la embya, é influye en aquel ó aquellos que byen é sabia é sotyl é derechamente la saben fazer é ordenar é componer é limar é escandir é medir por sus piés é pausas, é por sus consonantes é syllabas é acentos, é por artes sotiles é de muy diversas singulares nombranzas, é aun assymismo es arte de tan elevado entendimiento é de tan sotil engeño, que la non puede aprender, nin aver, nin alcanzar, nin saber byen nin como debe, salvo todo ome que sea de muy altas é sotiles invenciones, é de muy elevada é pura discreción, é de muy sano é derecho juycio, é tal que haya visto é oydo é leydo muchos é diversos libros é escripturas, é sepa de todos lenguajes, é aun que aya cursado cortes de Reyes, é con grandes señores, é que aya visto é platicado muchos fechos del mundo, é, finalmente, que sea noble fidalgo é cortés é mesurado é gentil é gracioso é polido é donoso é que tenga miel é azúcar é sal é ayre é donayre en su rrasonar, é otrosy que sea amador, é que siempre se prescie é se finja de ser enamorado, porque es opinión de muchos sabios que todo ome que sea enamorado, conviene á saber, que ame á quien deve é como deve é donde deve, afirman é disen quel tal de todas buenas doctrinas es dotado».

El original del Libro de Trovas presentado por Baena a Don Juan II, se conservaba todavía en la Cámara Real en tiempo de la Reina Católica, según consta por el Inventario de sus libros. La copia única que hoy tenemos (no exenta, por cierto, de gravísimos descuidos y errores del amanuense, que llegan hasta estropear muchos versos) existió hasta principios de nuestro siglo en la Biblioteca de El Escorial, donde la examinó Rodríguez de Castro, que ofrece amplios extractos de este Cancionero en el primer tomo de su Biblioteca Española. Extraído de aquel Monasterio para los trabajos de una comisión literaria que entendía en continuar la colección de D. Tomás Antonio Sánchez, y vendido de buena o mala fe por los herederos de D. José Antonio Conde, que era uno de los individuos de dicha junta, fué adquirido en pública subasta en Londres por la Biblioteca Nacional [p. 371] de París, en precio que hoy parecería irrisorio (1140 francos). Y en París sigue este precioso códice clamando por su dueño, no obstante las reclamaciones que alguna vez se han intentado por vía diplomática.

A falta del códice, tenemos desde 1851 una edición completa, gracias al celo patriótico del insigne erudito y hombre de Estado D. Pedro José Pidal. El servicio que con ello prestó a nuestra literatura de los tiempos medios, fué eminente y nunca se encarecerá bastante, puesto que el Cancionero de Baena ilustra un período completo, histórico y literario. En la edición intervinieron diversas manos, y no todo es en ella igualmente digno de alabanza. Una parte considerable del texto se imprimió por copias de D. Eugenio de Ochoa, que tenía más de literato ameno y trabajador de librería que de paleógrafo; y, cuando se recibió de París, en préstamo, el Cancionero, era ya tarde para subsanar otra cosa que las erratas más evidentes. El Glosario es muy imperfecto: no sólo deja sin aclarar las mayores dificultades, sino que en muchos casos puede inducir a error si no se le maneja con cautela. Contiene, no obstante, buenos artículos, en que se reconoce la especial erudición oriental de D. Pascual de Gayangos, que fué uno de los colaboradores. A Pidal pertenece únicamente la magnífica introducción, o más bien amplio tratado sobre la poesía castellana de los siglos XIV y XV, estudio luminoso y nutrido de sólida doctrina y de consideraciones que entonces eran enteramente nuevas, y que, en general, no han envejecido.

El Cancionero de Baena no es libro tan deleitable que convide a hacer de él muchas reproducciones; pero ya que a un editor de Leipzig (Brockhaus) no le arredró ni el volumen ni la aridez del libro para hacer de él nueva edición en dos tomos en 1860, fué lástima que se perdiera entonces la ocasión de revisar críticamente el texto de París e intentar, por lo menos, la restauración de las principales composiciones, como ya lo había hecho Amador de los Ríos respecto del Dezyr de las siete virtudes de Micer Francisco Imperial. Pero el editor alemán encontró más cómodo aprovecharse sin escrúpulos de la labor ajena, y para nada intentó mejorarla.

Después del magistral estudio de D. Pedro José Pidal, y de los muy importantes que luego dedicaron al Cancionero de Baena [p. 372] D. Leopoldo A. de Cueto, [1] D. Manuel Milá y Fontanals, [2] Fernando J. Wolf, [3] D. José Amador de los Ríos [4] y el Conde de Puymaigre, [5] es muy poco o nada lo que resta que decir sobre tan célebre colección poética, a no entrar en disquisiciones gramaticales e históricas, para las cuales así este Cancionero como cualquier otro documento de los siglos medios, es mina que difícilmente se agotará nunca. Atentos nosotros al aspecto estético, nos limitaremos a rápidas indicaciones sobre el carácter general de las poesías del Cancionero y sobre la fisonomía moral y literaria de los principales ingenios que en él campean. En el Cancionero de Baena, como en todos los de su clase, hay muchos versos y muy poca poesía; pero ni aquélla está ausente tan del todo, como algunos, por pereza o por rutina, suponen; ni dejan de tener grandísima curiosidad muchas composiciones que la crítica más indulgente no puede calificar de buenas, ni aun de tolerables.

Lo primero que importa es deslindar las dos escuelas que en el Cancionero coexisten, sin mezclarse nunca, ni aun en las producciones de un mismo poeta, por más que algunos de estos ingenios presten culto alternativamente a la una y a la otra. Representa la primera la tradición de los trovadores galaico-portugueses; la segunda es un reflejo del arte alegórico de Italia, y reconoce a Dante por su principal modelo. Villasandino, Jerena, el Arcediano de Toro, Macías, Juan Rodríguez del Padrón, pertenecen indisputablemente a la escuela gallega; Micer Francisco Imperial, Ruy Páez de Ribera, los Medinas, Ferrant Manuel de Lando, y en general todos los poetas andaluces, son declaradamente partidarios del gusto italiano, y en el orden de los tiempos señalan la primera aparición de la gloriosa y nunca extinguida escuela lírica sevillana, y el primer albor de la poesía del Renacimiento.

Mucha parte del Cancionero de Baena es evidente continuación de los cancioneros galaico-portugueses, así en los géneros [p. 373] y asuntos como en los metros, aunque, por lo común, en lengua diversa. Algunos versos gallegos hay todavía de Villasandino, de Macías, del Arcediano de Toro, de D. Pedro Vélez de Guevara, de Garci Ferrandes de Jerena, pero tan impuros en la dicción, que muchas veces duda uno si lee gallego castellanizado o castellano agallegado. El triunfo de la lengua del Centro sobre la del Noroeste, era ya forzoso e inevitable. Pero fué lástima que la escuela trovadoresca de Castilla, al recoger la herencia de su predecesora, no hiciese por de pronto mucho caudal de los elementos de lirismo popular que en tan gran número contenía, y se inclinase con predilección al cultivo de los géneros más artificiales. Para que la serranilla renazca con su pristina gentileza, es preciso saltar desde el Arcipreste de Hita hasta el Marqués de Santillana, y ni una sola vez vienen a refrescarnos en las áridas y monótonas páginas del Cancionero de Baena, aquellas ráfagas de poesía que nos sorprenden en las cantigas de amigo o en las de ledino.

Pero aunque carezcan de hechizo poético la mayor parte de los primeros versos que la imitación gallega suscitó en Castilla, todavía les da cierto precio, superior al de otros muchos cancioneros posteriores, la actualidad histórica de que generalmente están llenos, la continua alusión a sucesos políticos del momento, y las revelaciones, a veces muy explícitas y francas, que suelen contener sobre la vida y costumbres de sus autores, que en esto recuerdan mucho más que los gallegos la tradición provenzal clásica, aunque seguramente sin conocerla más que de oídas. Los principales rasgos de la existencia aventurera y tumultuosa de los trovadores primitivos, reaparecen punto por punto en los nuestros de fin del siglo XIV: el desorden e indisciplina moral en el ermitaño renegado Garci Ferrandes de Jerena, la mendicación poética en Alfonso Álvarez de Villasandino, el martirio de amor en Macías, la inquieta curiosidad especulativa en Fernán Sánchez de Talavera. Cambiando los nombres, parece que nos encontramos aún en el coro de Jofre Rudel, de Pedro Vidal, de Cabestaing, de Guilhem Figuera. Ciertas analogías de condición social entre unos y otros poetas, bastan para explicar esta semejanza de fisonomía, sin necesidad de acudir a la hipótesis, enteramente improbable, de una imitación directa. Nuestra escuela cortesana del siglo XV nunca fué provenzal más que de segunda mano: su origen inmediato [p. 374] está en Galicia; y si algo toma de Provenza por intermedio de Cataluña, es sólo la tradición de los preceptos gramaticales y teóricos que se exponían en los tratados de gaya ciencia, imitados entre nosotros por Villena, Santillana, Pedro Guillén de Segovia, y aun por el mismo Juan del Enzina en época bien tardía. No hay país de Europa donde sean tan raros en las bibliotecas los textos provenzales como en España, sin excluir aquella parte de España en que se ha hablado siempre una variedad de la lengua de oc. Y esta pobreza no es de ahora, ni efecto de rapiñas o desastres, puesto que se observa lo mismo en todos los inventarios que poseemos de bibliotecas de aquellos remotos tiempos. Los trovadores provenzales no eran leídos ni por el mismo Marqués de Santillana, tan curioso de toda erudición poética, tan fino conocedor de las literaturas italiana y francesa, ni aun por el insaciable polígrafo D. Enrique de Villena, ambicioso de toda ciencia humana y sobrenatural. El primero no conocía a Arnaldo Daniel más que por la cita de Dante; el segundo hacía fundar a Ramón Vidal de Besalú el Consistorio de Tolosa, cuando por sus versos le hubiera sido tan fácil comprender que había florecido siglo y medio antes.

Pero repito que, tomada en conjunto la poesía del Cancionero de Baena, presenta un aspecto más provenzal que gallego, aunque los gallegos y no los provenzales sean sus inmediatos modelos. Nada de la intimidad de sentimiento, de la vaga y misteriosa ternura, del perfume idílico que exhalan algunos deliciosos fragmentos del Cancionero de la Vaticana, ha pasado a estos nuevos trovadores, que sólo tienen inspiración y fuerza en las diversas formas de la sátira y del serventesio político. Es la parte más robusta del Cancionero de Baena, y es también históricamente la más interesante. Cantos de alabanza o cantos de vituperio, que nos conducen desde el advenimiento de Enrique II hasta la privanza de D. Alvaro de Luna, y reflejan con la minuciosidad de un periódico los cambios de la opinión, los vaivenes de la fortuna, las caídas de los poderosos, el encumbramiento de los audaces, las difamaciones de la crónica escandalosa. Puymaigre ha caracterizado este aspecto del Cancionero de Baena en una página pintoresca y brillante, que conviene trasladar a la letra para no repetir mal lo que ya está dicho de un moda tan poético como [p. 375] exacto: «La historia presenta los personajes con cierto énfasis y rigidez, más como estatuas que como hombres. Pero los detalles secundarios que la historia olvida y que nos muestran a los héroes bajo un aspecto verdaderamente humano, hay que buscarlos en las memorias y en las canciones. Leamos el Cancionero de Baena, y desfilarán a nuestros ojos los caballeros de férrea armadura, los monjes con su sayal, las nobles damas con sus ropas de brocado, los judíos más o menos convertidos, los médicos árabes, los doctores en Teología, las monjas de Sevilla que traían competencia de belleza con las de Toledo, [1] todo un mundo que vive y se mueve, que se deleita en rimar versos ligeros, que canta y celebra al rey de la faba, pide aguinaldos, propone y resuelve enigmas. En este Cancionero todo se mezcla por modo extrañísimo: versos de imitación provenzal, [2] cánticos a la Virgen, impiedades que hubiesen escandalizado a Parny, estancias místicas en que se tratan los más impenetrables misterios del Cristianismo, coplas de amor, visiones dantescas. Al lado de una canción en que se diviniza a las mujeres, se tropieza con obscenidades del género más repugnante y soez. Las alegorías más sutiles alternan con los memoriales de los poetas que tienden la mano para pedir dinero. A una pieza mordaz contra los judíos, sigue una declaración de amor a una graciosa criatura del linaje de Agar. En medio de este abigarrado concurso de enamorados, de frailes, de caballeros que sutilizan sobre el amor platónico, de libertinos y jugadores, de gentes que se arrepienten, de ilustres personajes, de escritores famélicos, de versificadores que ponen tienda de coplas y las alquilan al mejor postor, resuenan de vez en cuando, como acentos fatídicos, algunas ásperas sentencias sobre la brevedad de la vida y la vanidad de los goces mundanos, sobre la implacable tiranía de la muerte, que son como la inscripción fúnebre de este festín de Baltasar. Pero estas graves preocupaciones sólo aparecen en algunas poesías de Gonzalo Martínez de Medina, de Talavera, de Ruy Páez de Ribera. En general, los poetas piensan más en encontrar la resolución de un enigma o la contestación a una requesta, que en arbitrar remedio a los males de su país. Los poetas a cada momento [p. 376] se están proponiendo cuestiones, unas de casuística galante, otras con más apariencia de gravedad; por ejemplo: ¿Vale más ser rico en la juventud o serlo en la vejez? ¿Quién tiene más poder, la voluntad o la razón? Tres, cuatro, cinco o más trovadores se ejercitan sobre cada uno de estos problemas, sucediéndose sin tregua las explicaciones, las réplicas y contrarréplicas». [1]

La mayor parte de los versos caracterizados por el erudito lorenés de tan gráfica manera, pueden reducirse a dos géneros bien conocidos de la poética provenzal: el serventesio, al cual pertenecen gran número de dezyres políticos y satíricos, y la tenson, a la cual equivale nuestra requesta, en la que generalmente el que responde procede por los mismos consonantes que el que pregunta.

Enumeraremos brevemente algunos poetas de este grupo, especialmente aquellos de quienes hemos tomado algunas piezas para esta Antología.

Pero Ferrús, de quien tenemos muy pocas noticias y sólo cinco poesías, parece ser el más antiguo de los poetas del Cancionero, a excepción de su amigo el canciller Ayala. Esta circunstancia es casi la única que hace interesantes las reliquias de sus versos. Deploró la muerte de Enríque II poniendo en boca del mismo rey un encomiástico y nada verídico epitafio; anduvo en curiosos dimes y diretes con los rabinos de Alcalá, que le replicaron por los mismos consonantes vindicando sus ritos y ceremonias, y comparando la dulzura de los cánticos de su ley con los que entonan en el vergel los ruiseñores a la alborada; anduvo platónicamente enamorado de una dama que denomina Bellaguisa (nombre de sabor provenzal y trovadoresco), y debió de ser muy leído en poemas franceses y libros de caballerías, puesto que en tan corto número de composiciones encuentra medio de traer a colación repetidas veces al rey Artús, a D. Galás, a Lanzarote, a Tristán, a Ginebra, a Isolda, al rey Lisuarte y a Roldán con su espada Durindana: revueltos todos estos nombres con los de personajes de la Biblia, como Josué, David y Absalón, y con héroes y heroínas clásicas como Pompeyo, Caco, Alejandro, Hércules, Gerión, Briseyda, Dido y Polixena. Esta erudición indigesta, de la cual más [p. 377] o menus participan todos los poetas del Cancionero, tiene hoy la ventaja de hacernos penetrar en la intimidad de sus lecturas, y mostrarnos, por ejemplo, la época precisa en que entraron en España las novelas del ciclo bretón, y el punto culminante a que llegó su prestigio e influencia, manifestándose no sólo en la literatura, sino en las ideas y en las costumbres, para engendrar aquel nuevo género de caballería galante, quimérica y en el fondo tan poco española, que Amadís representó en el arte y Suero de Quiñones en el Paso Honroso de la puente de Órbigo, y contra la cual fué sublime protesta del genio de la raza la ironía vengadora de Miguel de Cervantes. Probablemente nadie se acordaría de Ferrús, si en sus versos no se encontrase una de las primeras menciones del Amadís, y el dato de que en su tiempo existían ya tres de los cuatro libros que componen el texto publicado y seguramente refundido por Garci Ordóñez de Montalvo.

Mucho más que Ferrús vale el burgalés Alfonso Álvarez de Villasandino (llamado también de Illescas), que es el poeta de quien mayor número de composiciones (más de un centenar) encierra el Cancionero, y seguramente el predilecto de su colector, Baena, que llega hasta atribuirle gracia infusa, y no se harta de llamarle «esmalte é lus é espejo é corona é monarca de todos los poetas et trovadores, maestro et patron del arte poética» con otros no menos peregrinos encarecimientos. El Marqués de Santillana, que era crítico de gusto más severo, y que da la primacía a Micer Francisco Imperial, considerándole como el primero que en Castilla mereció nombre, no de trovador, sino de poeta, hacía, no obstante, mucho aprecio de Villasandino; le llama gran decidor, y compara su facilidad con la de Ovidio, porque «todos sus motes é palabras eran metro».

Fué, en efecto, un versificador incansable, que convirtió su arte en oficio y modo de subsistencia, empleándole sin ningún género de escrúpulos, por cuenta propia o ajena, en asuntos sagrados o profanos, políticos o picarescos, de devoción o de obscenidad, a gusto y talante de quien alquilaba a bajo precio su musa mercenaria. Por Natividad solía componer una cantiga en loor de la ciudad de Sevilla, la hacía cantar por juglares, y el cabildo de la rica ciudad le daba de aguinaldo cien doblas de oro. Era proveedor obligado de versos amatorios, mediador poético en [p. 378] todo género de tratos lícitos o ilícitos. Dió requestas y fablas al Conde de Buelna D. Pedro Niño para requerir de amores a sus dos mujeres, Doña Constanza de Guevara y Doña Beatriz de Portugal; hizo versos también para las amigas del Adelantado D. Pedro Manrique, y los hizo sobre todo, en gran número, sin duda por ser más alto el salario, para las mancebas de D. Enrique II, Doña Juana de Sosa y Doña María de Cárcamo, agotando en obsequio de una y otra todo el vocabulario de las lisonjas: «acabada fermosura», «luz de parayso», «linda estrella». Todo esto no le estorbaba para enamorarse a cada paso por cuenta propia, ya carnal, ya platónicamente, recorriendo en estas volubles pasiones suyas toda la escala social, desde la reina de Navarra e infanta de Castilla, Doña Leonor, hasta una mora

       Muy graciosa criatura,
       De lynaje de Aguar,

por la cual declara que «pornía en condición la su alma pecadora» y a la cual dedica los versos quizá más graciosos y delicados que hizo en su vida:

       Lynda rosa muy suave
       Vi plantada en un vergel,
       Puesta só secreta llave
       De la lynea de Ismaél.
       ......................................
       Mahomad el atrevido
       Ordenó que fuese tal,
       De aseo noble complido,
       Alvos pechos de crystal.
       De alabastro muy broñido
       Devie ser con grant razón
       Lo que cubre su alcandora.
       ......................................

A pesar de su inconstancia amatoria, fué casado no menos que dos veces, y como era de recelar, encontró en el matrinonio providencial castigo de sus culpas. Las rúbricas del Cancionero de Baena nos iluminan bastante sobre esto. Vuelve uno la hoja después de haber leído una cantiga acróstica «por amor é loores de su esposa la postrimera que ovo, que avía nombre Mayor», y [p. 379] queda edificado leyendo inmediatamente otra que el poeta compuso «repisso (esto es, arrepentido) del casamiento, cuando más quisiera tener a la Doña Mayor por comadre que por mujer, segund la mala vida que en uno avían, por celos e vejez...» y por algo más que se decía sin ambajes en la lengua del siglo XV.

Nada iguala a la insolencia y procacidad de la musa degradada de Villasandino. Composiciones suyas hay que los editores del Cancionero de Baena no se atrevieron a insertar más que en algunos ejemplares de lujo, sustituyéndolos en los restantes con líneas de puntos. Tenemos, sobre todo, un cierto dezir que compuso en nombre de un caballero de estos reinos para difamar y denostar a una dama que no había querido aceptar sus amores, en el cual se leen con todas sus letras las palabras más soeces de nuestra lerígua, las que el Diccionario no consigna pudoris causa, a pesar de su antigüedad y reconocido abolengo.

Semejante vida literaria y moral no parece la más adecuada para ganarse la consideración de las gentes, pero los tiempos andaban tales, que aquel juglar cínico que vendía su ingenio como las rameras su cuerpo, no sólo fué el poeta áulico y oficial de tres reinados, favorito de reyes y princesas, sino que llegó a caballero de la Orden de la Banda,


       Estrénuo en armas e en caballería,
       En regir compañas sin ningund defeto,

como le llama su amigo Fray Pedro de Colunga.

Pero los buenos días de su inspiración pasaron, y con ellos los dones y las mercedes. El vuelco de los dados y de los trucos arruinó al poeta, su carácter se fué entristeciendo y agriando, escaseó la demanda de sus versos, el gusto poético había tomado otros rumbos durante la menor edad de D. Juan II, y los palaciegos comenzaban a decir que las trovas de Villasandino no tenían donaire ni sal. Tuvo la desgracia de sobrevivirse a sí mismo; en 1424 estaba positivamente anticuado, y además viejo, cano, calvyllo, y lleno el rostro de arrugas y el cuerpo de bizmas de socrocio, y entonces, o sustituye los panegíricos con sátiras como las que compuso contra el Cardenal D. Pedro de Frías, o demanda vistuario y dineros al Condestable Rui López Dávalos y a D. Álvaro [p. 380] de Luna, o extiende la mano a los que pasan, repitiendo con voz plañidera, como mendigo de encrucijada:

       Sennores, para el camino
       Dat al de Villasandino.

Por honor del arte y de la naturaleza humana, hay que creer que con tales miserias de carácter y con tal envilecimiento del don divino de la poesía, no es compatible ninguna cualidad poética verdaderamente superior. Y en efecto, las que Villasandino muestra son puramente técnicas, y se derivan todas de su portentosa facilidad para versificar, del quidquid tentabat dicere versus erat , unido a cierta lozanía de imaginación y a la facilidad de apasionarse de un modo transitorio y superficial, recibiendo dócil y blandamente toda impresión exterior. Sus versos agradan muchas veces por la gentileza y soltura con que se mueven, pero nunca dejan impresión profunda en el ánimo. Las cantigas a la Virgen no son tales que justifiquen mucho la esperanza del poeta, que por mérito de una de ellas esperaba redimir todas sus culpas y librarse del enemigo malo; pero el ritmo es más musical que en las del Arcipreste o en las del Canciller Ayala. En la sátira política tiene algún rasgo enérgico, especialmente al declarar las supuestas profecías de Merlín, cuyo testimonio hemos visto ya invocado por el autor del Poema de Alfonso XI y por el cronista de D. Pedro: nuevo indicio de lo divulgado que estaba el ciclo bretón y el nombre de su profeta. En las cantigas de amor no le falta frescura y gracia afectuosa, pero en general, los méritos de Villasandino son méritos de versificador. En el uso de las combinaciones más artifiosas, en el juego de los metros y de las rimas, parece aún, más que aventajado discípulo de los gallegos, émulo de los provenzales. En el Cancionero de Baena, donde abundan los buenos versificadores, especialmente en los metros cortos, él lleva la palma a todos, si no en las estancias dodecasilábicas, a lo menos en las coplas de pie quebrado, en las redondillas encadenadas y en los villancicos. Grande es su penuria de sentimientos y de imágenes; pero a veces llega a disimularla, y la lengua en sus manos parece ya blanda cera. Este mérito es muy positivo, aunque secundario, y en un autor de principios del siglo XV muy digno de tenerse en cuenta. Quizá las serranillas y otros versos cortos [p. 381] del Marqués de Santillana no hubiesen llegado al punto de primor y lindeza que tienen, si Villasandino no hubiese educado antes la lengua poética para tal empleo, comunicándola las condiciones de la poesía cantable de los trovadores gallegos,

Muy semejante a Villasandino en la facilidad y soltura de versificación, y todavía más en lo estrafalario y desconcertado de su vida, se mostró Garci Ferrandes de Jerena, de quien tenemos en las rúbricas del Cancionero muy peregrinas noticias, las cuales reflejan a maravilla, así lo inconstante y versátil de su condición, como la anarquía moral a que habían llegado los espíritus a fin del siglo XIV. Aquellas juglaresas moriscas, tan caras al Arcipreste y a Villasandino, fueron causa de la perdición del pobre Jerena. Enamoróse o fingió enamorarse de una de ellas «pensando que avía mucho tesoro»; casóse con ella, perdiendo el favor de que disfrutaba en la corte de D. Juan II, y luego falló que su mujer non tenía nada. Desesperado de su torpeza se retrajo entonces a una ermita cabe Jerena «enfingiendo de muy devoto contra Dios», y dando por testimonio de esta simulada piedad suya algunas canciones religiosas que entonces compuso, entre ellas la muy linda que tiene por estribillo:

       Virgen, flor de espina,
       Syempre te serví:
       Sancta cosa e dina,
       Ruega a Dios por mí.

Pero otra cosa revolvía en su pensamiento, y deseoso de vida más holgada que la de la ermita, fingió que iba en romería a Jerusalem , y dió consigo y con su mujer en el puerto de Málaga, donde se hizo circuncidar y abrazó públicamente el mahometismo, dedicándose con ardor a desarrollar sus consecuencias prácticas durante los trece años que vivió en el reino de Granada, hasta que en 1401, viejo, pobre y cargado de hijos, habidos muchos de ellos en una hermana de su mujer, el arrepentimiento y la miseria le volvieron a traer a Castilla, donde arrostró el resto de su pecadora vida, escarnecido y vilipendiado en todo género de metros por Villasandino y sus demás cofrades de la gaya ciencia. Su vida presenta remotas semejanzas con las de otro apóstata más célebre de aquel mismo tiempo, el franciscano mallorquín Fray Anselmo [p. 382] de Turmeda; pero la celebridad de éste no se funda meramente, como la de Jerena, en sus extrañas aventuras, sino que va unida a la poesía didáctica más popular y sentenciosa que hay en lengua catalana, y al más original de los apólogos satíricos en prosa, que no se desdeñó de imitar el mismo Maquiavelo. Los versos de Jerena, ni merecen ni han alcanzado una fortuna semejante.

La intemperancia que estos y otros poetas del Cancionero de Baena mostraron en sus costumbres, trasciende en algunos a la esfera de las ideas, determinando cierta fermentación sorda y ciertos conatos de rebeldía en la mente de otros ingenios dados a más graves especulaciones, y avezados a contemplar el mundo con ojos más penetrantes que los de Villasandino o los de Jerena. No son raras en el Cancionero las poesías filosóficas, y entre ellas se distinguen de un modo muy señalado las del Comendador Fernán Sánchez Talavera, [1] por cuyos versos pasan ráfagas de escepticismo, de pesimismo y aun de fatalismo. Él fué quien propuso a los demás trovadores la terrible cuestión de predestinados y precitos, no retrocediendo, aunque sólo fuese en son de duda y ejercicio dialéctico, hasta conclusiones extremas que confinan con el maniqueísmo:

       E desta quistion se podría seguir
       Una conclusion bien fea atal,
       Que Dios es causa e occasion de mal.

En esta justa teológica intervinieron los más diversos campeones que es posible imaginar: el canciller Ayala; un paje de Don Juan I, Ferrán Manuel de Lando; un monje de Guadalupe, Fray Alfonso de Medina; un judío converso, escribano del Rey, Garci Álvarez de Alarcón; un médico moro de Guadalajara, Mahomatel-Xartosse; un franciscano de León, Fray Diego de Valencia, «que era muy grant letrado et grant maestro en todas las artes liberales, é otrosí era muy grant físico, estrólogo et mecánico tanto et tan mucho que non se falló otro tan fundado en todas [p. 383] sciencias». Naturalmente, que de un maestro tan sabio y bien fundado y macizo en todo género de escolástica, no podía esperarse nada que no fuese muy ortodoxo; y efectivamente, Talavera se sometió a su parecer y censura e hizo humilde retractación de sus errores. Pero por mucha que fuese la ciencia de fray Diego de Valencia, sus costumbres no parecen haber diferido gran cosa de las que eran corrientes en el mundo literario de entonces. Suya es la mejor poesía erótica del Cancionero: «En un vergel deleitoso». Y no se contentó con trovar «por amor á loores de una donsella, que era muy fermosa é muy resplandeciente, de la qual era muy enamorado», sino que en versos de burlas rivalizó con los más desvergonzados, como Villasandino, Nicolás de Valencia y Martín el ciego, llegando a poner su musa al servicio de la Cortabota, dama de León, cuyo apodo indica bastantemente su oficio.

Aparte de la cuestión de precitos y predestinados, cuyo interés en la historia de nuestra teología popular no necesitamos encarecer, y que andando los siglos había de recibir sublime realización estética en El Condenado por desconfiado, los restantes versos del Comendador de Villarrubia, desgraciadamente escasos, prueban que tenía para la alta meditación poética fuerzas y alientos superiores a los de todos los demás poetas del Cancionero de Baena. Los que siguen la cómoda y perezosa opinión de reducir la poesía del siglo XV a las coplas de Jorge Manrique, sin hacerse cargo de sus innumerables y clarísimos precedentes, no leerán sin asombro el dezir que Sánchez Talavera compuso a la muerte del Almirante Ruy Días de Mendoza, del cual no sólo hay que decir con el colector Baena «que está muy bien fecho é bien ordenado é sobre fermosa invención», sino que contiene todos los pensamientos capitales y el más bello y celebrado movimiento poético de las famosas coplas, las cuales nada pierden con no ser una maravilla aislada, como absurdamente suponen los que hacen gala de prescindir de la cronología literaria, sino el último y más sabroso fruto de una tradición inmemorial, cuyas raíces se esconden en los libros de Boecio y de San Gregorio Magno:

       Pues ¿dó los imperios, e dó los poderes,
       Reynos e rentas e los señoríos,
       A dó los orgullos, las famas e bríos,
       A dó las empresas, a dó los traheres?
        [p. 384] ¿A dó las sciencias, a dó los saberes,
       A dó los maestros de la poetrya,
       A dó los rymares de grant maestría,
       A dó los cantares, a dó los tañeres?
           ¿A dó los thesoros, vasallos, servientes,
       A dó los firmalles e piedras preciosas,
       A dó el aljófar, posadas costosas,
       A dó el algalia o agues olientes,
       A dó paños de oro, cadenas lusientes,
       A dó los collares et las jarreteras,
       A dó pennas grises, a dó pennas veras,
       A dó las sonajas que van retinientes?
           ¿A dó los convites, cenas o ayantares,
       A dó las justas, a dó los torneos,
       A dó nuevos trajes, extraños meneos
       A dó las artes de los danzadores,
       A dó los comeres, a dó los manjares,
       A dó la franquesa, a dó el expender,
       A dó los rrysos, a dó el plaser,
       A dó menestriles, a dó los juglares?
       ...................................................................
           ¿Qué se fisieron los Emperadores,
       Papas e Reyes et grandes Perlados,
       ...................................................................
       E los que fallaron sciencias e artes,
       Doctores, poetas e los trobadores?

La semejanza no puede ser más directa, y la hay también en otras partes de la composición, a veces con tal identidad de palabras, que prueban, a mi entender, que el hijo del Conde de Paredes había leído y tenía muy presente el dezir de Talavera a la muerte del almirante Ruy Días:

           Ca non es vida la que vevimos,
       Pues que viviendo se viene llegando
        La muerte cruel et esquiva, e quando
       Pensamos vevir, entonce morimos:
       Somos bien ciertos a donde nascimos,
       Mas non somos ciertos a donde morremos.
       ...................................................................
       Con llanto venimos, con llanto nos imos.

Por lo demás, estas ideas, estas imágenes, y aun la misma interrogación ¿qué se hizo? ¿a do fué? eran en aquellos tiempos un lugar común de la predicación y de la poesía, siempre que se trataba [p. 385] de la vanidad de las grandezas humanas y de lo instable y caduco de la vida. Sin salir del mismo Cancionero de Baena, las encontramos en otro poeta, fray Migir, capellán del Obispo de Segovia y autor de un largo sermón fúnebre que desde su ataúd de Toledo dirige a los mortales, por vía de prosopopeya poética, el muerto rey D. Enrique III   el Doliente. Hay muchas pedanterías en este sermón, que se convierte en lista inacabable de los grandes hombres que se han muerto, tales como Salomón, el rey Saúl, Alejandro, Pitágoras, Platón, Virgilio, Catón, Aristóteles, Marco Tulio, juntamente con otros que no se han muerto nunca, porque nunca existieron, como Páris, Héctor, Tristán, Lanzarote y Amadís de Gaula; pero de vez en cuando se encuentran versos como los siguientes, que vienen en apoyo de nuestra observación:

       ¿E de sus imperios, ryquesas, poderes,
       Reynados, conquistas e cavallerías,
       Sus vicios e honras e otros plazeres,
       Sus fechos, fasañas e sus osadías?
       ¿A dó los saberes e sus maestrías?
       ¿A dó sus palacios, a dó su cimiento?

Pero repito que en este género de poesía grave, meditabunda y sentenciosa, la superioridad de Talavera sobre sus colegas del Cancionero es evidente, así en este dezir como en el que compuso sobre las vanas maneras del mundo. A veces esta poesía se presenta en forma didáctica pura, como la hemos visto ahora, y entonces se enlaza en el concepto primordial, no en el ritmo, con la tradición del Canciller Ayala y del rabino de Carrión; pero otras veces suele adoptar los pomposos arreos de la forma alegórica, y se injerta en el bronco de la poesía dantesca de Imperial y sus discípulos. De este género de composiciones alegórico-morales hablaremos más adelante.

Con las excepciones ya señaladas, los demás versos de escuela trovadoresca que hay en el Cancionero de Baena, pertenecen a la poesía más ligera y fugaz, por no decir trivial e insignificante. Las tres más notables del Arcediano de Toro están escritas en gallego. Aunque recordado con cierto aprecio por el Marqués de Santillana, no era este Arcediano ningún Arcipreste de Hita, pero sí un versificador muy atildado. Es ingenioso su testamento [p. 386] satírico (lugar común de la poesía francesa de la Edad Media hasta Villon inclusive), y no carece de gracia y primor su despedida del amor y de la poesía:

       A Deus amor, a Deus el Rei
       A quem servy...
       ...........................................
       A Deus senhores
       Que muyto amé:
       A Deus os trobadores
       Con quem trobé.

Otro poeta, gallego no solamente de escuela y de lengua, sino también de nacimiento, según testimonio de su mayor amigo Juan Rodríguez del Padrón, merece aquí muy especial recuerdo, no en verdad por el mérito de las cinco canciones suyas que tenemos, y que pueden contarse sin escrúpulo entre las más insípidas de su género, sino por el interés dramático de la leyenda de su vida y por la celebridad inmensa y popular de su nombre, que es para los españoles uno de los mitos simbólicos del amor trágico y fatal, como los amantes de Teruel son otro. Macías vive, no en las páginas de los cancioneros, que son digno cementerio de sus pobres e insulsas querellas rimadas, sino en la fantasía popular y en las obras de otros ingenios que, más afortunados que el trovador gallego, han acertado a declarar de una manera apasionada y poética lo que el alma ardiente de Macías debió sentir y no pudo expresar sino vaga y desaliñadamente.

La casuística amatoria de la Edad Media, mal avenida, en general, con la observancia rígida del nono precepto del Decálogo, creó en todas las escuelas de trovadores un tipo de poeta mártir del amor adúltero, llevado a veces hasta la más extravagante e inmoral apoteosis: en Francia el de Raul de Coucy, amador de la dama de Fayel; en Cataluña, el de Guillén de Cabestanh; en Galicia y Castilla, el de Macías. La leyenda de éste parece tener algún fundamento histórico, y en sí misma no encierra nada de inverosímil; pero no hay bastante conformidad en los detalles, y ya en el primer tercio del siglo XVI, cuando el Comendador Griego escribía su glosa a Juan de Mena, tuvo que recoger la tradición remendada a pedazos. Esta versión del Comendador, retocada [p. 387] y perfilada en algunos detalles por el docto Argote de Molina en la Nobleza de Andalucía (libro II), es, por decirlo así, la oficial, la que ha servido de base a todos los dramas, poemas y novelas sobre este argumento. Según ella, Macías, doncel de la casa del famosísimo D. Enrique de Villena y prototipo de rendidos amadores, murió en la fortaleza de Arjonilla atravesado por la lanza del celoso marido, que se la arrojó en el momento en que estaba entonando una de sus canciones amatorias. Su cuerpo fué sepultado con grande honra en la iglesia de Santa Catalina de aquella villa, y en su tumba se depositó el hierro de la lanza, poniendo a modo de epitafio estos versos del mismo trovador, que forman parte de una de las poesías suyas que aún tenemos:

       Aquesta lanza syn falla
           ¡Ay coytado!
       Non me la dieron del muro,
       Nyn la prise yo en batalla.
           ¡Mal pecado!
       Mas viniendo a ty seguro,
       Amor falso e perjuro
       Me firió, e sin tardança,
       E fué tal la mi andança
           Sin ventura.

Pudiera creerse que estos versos alegóricos, interpretados a la letra, dieron motivo al detalle de la lanza; pero si Macías no hubiese acabado trágicamente (en lo cual todos concuerdan), su leyenda no hubiera tenido razón alguna de existencia, puesto que sus canciones no eran tales que bastasen a separarle del grupo de los más adocenados trovadores ni a darle esa peculiar representación erótica. Hay otra versión más antigua, y sin duda más autorizada y no menos poética: la que consigna el Condestable D. Pedro de Portugal en su Sátira de felice é infelice vida. Este Condestable D. Pedro (Rey intruso en Cataluña después de la muerte del Príncipe de Viana) no fué contemporaneo de Macías, ni pudo conocerle (como por distracción afirman Amador de los Ríos y Puymaigre, confundiéndole, sin duda, con su padre el Infante), lo cual quita alguna fuerza histórica a su testimonio, trayéndole a los días de Enrique IV; pero, de todos modos, estaba más próximo a los tiempos del leal amador que Hernán Núñez [p. 388] y todos los que le han copiado. Refiere, pues, que Macías, enamorado de una dama a quien había salvado la vida sacándola de un río en brazos, se la encontró en un camino, ya casada, y por pago de sus servicios la demandó que descendiese, y ella, «con piadosos oydos oyó la demanda» y condescendió con ella. «E luego ella partida, llegó su marido, é visto assy estar apeado en la mitad de la vía aquél que non mucho amaba, le preguntó qué ally fazía, el cual repuso: «Mi sennora puso aquí sus pies, en cuyas pisadas yo entiendo vevir é fenescer mi triste vida.» E él, sin otro conocimiento de gentileza é cortesía, lleno de celos más que de clemencia, con una lanza le dió una mortal ferida; é tendido en el suelo, con voz flaca é ojos revueltos á la parte do su sennora yba, le dixo las siguientes palabras: «o mi sola é perpetua Sennora, á dó quiera que tú seas ave memoria, te suplico, de mí, indigno siervo tuyo.» E dichas estas palabras, con gran gemido, dió la bienaventurada ánima.»

Por raro capricho de la suerte, Macías, que tuvo en su vida la poesía que falta en sus canciones, vino a oscurecer con su nombre la fama de todos los trovadores galaico-portugueses, y hoy mismo se cifra en este nombre romántico y en el de Juan Rodríguez del Padrón (en quien realmente termina esta escuela) todo el recuerdo que los gallegos guardan de su pasado poético. La verdadera poesía está en otra parte, en los juglares oscuros y cuasi anónimos del Cancionero Vaticano; pero la encarnación de aquel ideal poético en la vida, no cabe duda que la realizó Macías, rubricándola con su sangre.

Y si él no tuvo la fortuna de escribir hermosos versos, a lo menos dió inspiración y tema inagotable para que otros los escribiesen y los pusieran en su boca: El Marqués de Santillana, en la Querella de Amor:

       Ya la gran noche pasaba...

Juan de Mena en el Orden de Venus:

       Amores me dieron corona de amores,
       Porque mi nombre por más bocas ande...

Cuando la alegoría dantesca invadió por completo nuestra literatura, Macías fué personaje obligado en todos los Infiernos de [p. 389] Amor, desde el que compuso Don Íñigo López de Mendoza, hasta los que metrificaron Guevara y Garci Sánchez de Badajoz. [1] Los enamorados trovadores iban, o fingían ir, en peregrinación a su sepultura, como vemos en un decir del Bachiller Juan de San Pedro. Ninguno de los poetas del amor igualó su fama, por muchas extravagancias y locuras que hiciesen: ni Juan Rodríguez del Padrón, ladrando a modo de perro rabioso («Ham, ham, huyd que ravio»), ni Garci Sánchez perdiendo el seso por amores de una prima suya. El nombre del trovador gallego llega a Cataluña, y en la comedia de la Gloria de Amor, de Rocaberti, figura en su puesto natural, al lado de Cabestanh.

Macías, a semejanza de D. Juan (que en cierto modo es su antítesis), no muere nunca. Lo que hace es transformarse al compás de los tiempos y prestarse sin cesar a la interpretación de ingenios diversos. Lope de Vega no podía menos de encontrarle en su largo camino por la historia tradicional y poética de España, ni podía desaprovechar tan magnífico argumento. Hízole, pues, héroe de una hermosa comedia, o, más bien, conmovedora elegía dramática, Porfiar hasta morir, en que el alma apasionada y turbulenta del gran poeta llega a identificarse con el suave lirismo de que su protagonista es símbolo. Mera imitación o refundición de la comedia de Lope es El Español más amante y desdichado Macías, de tres ingenios. Por supuesto, Macías no levanta cabeza en la atmósfera glacial del siglo XVIII; pero apenas llega la renovación romántica, resucita con nuevos bríos y vuelve a sus amores desesperados, invadiendo simultáneamente las tablas escénicas [p. 390] y las páginas de la novela bajo los auspicios de un grande y desventurado ingenio que le toma bajo su protección, y quiere identificarse con él en vida y hasta en muerte. El segundo drama romántico en el orden de los tiempos (después de la Conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa) y primero de los compuestos en verso, tiene por asunto la trágica historia de Macías: y otro tanto acontece con la primer novela histórica digna de leerse entre las compuestas a imitación de Walter Scott (excluyendo las de Trueba y Cosío, por haber sido escritas en lengua inglesa). Nunca he podido explicarme esta singular atracción y fatídico prestigio que atraía a larra hacia la figura del Doncel de D. Enrique el Doliente. ¿Qué misteriosas afinidades podía haber, fuera de la pasión amorosa, entre el alma sencilla del trovador gallego del siglo XV y el negro humorismo que fermentaba en el espíritu tormentoso y sutil de Larra, convirtiendo en hiel para su autor hasta los donaires de su pluma? Pero es cierto que la predilección existió, y que si se descompone en dos mitades el genio de Larra, Fígaro será la crítica y la sátira, y Macías la pasión y la locura de amor, aquella especie de exaltación imaginativa, más bien que fiebre de los sentidos, que ya en nuestro siglo XV había dado un precedente a Werther en el Leriano de la Cárcel de amor.

No hemos agotado, ni con mucho, la enumeracion de todos los poetas que en el Cancionero de Baena aparecen exentos de toda influencia italiana. Aquí prescindimos de los que, como Rodríguez del Padrón y Fernán Pérez de Guzmán, sólo pertenecen al Cancionero de Baena por algunas composiciones de su juventud, las cuales no dan idea del desarrollo que sus facultades lograron en una vida muy larga. Uno y otro son, en todo rigor, ingenios de la corte de Don Juan II, y allí deberemos estudiarlos con la detención que su importancia reclama. De otros varios fácilmente puede hacerse preterición, porque no tienen fisonomía propia ni aportaron elementos nuevos al arte. Otros aparecen más bien como mecenas o como aficionados aristocráticos que como cultivadores asiduos de la poesía; pero es imposible omitirlos, porque su ejemplo, y el prestigio de su alcurnia y poderío, contribuyó a acreditar este género de cultura en la sociedad del siglo XV, haciéndole gala común de cuantos se preciaban de nobles y discretos. La eflorescencia poética de la corte de Don Juan II no fué artificial [p. 391] ni repentina: venía preparada en los primeros veinte años del siglo por una legión de próceres poetas, por quienes decía el Marqués de Santillana: «Desde el tiempo del rey Don Enrique, de gloriosa memoria, padre del rey nuestro señor, é fasta estos nuestros tiempos, se comenzó á elevar más esta sciencia de la poesía é con mayor elegancia.» Antes que metrificase el condestable D. Álvaro de Luna, lo había hecho su tío el arzobispo de Toledo D. Pedro. El mismo Marqués de Santillana no era el primer trovador de su casa: lo había sido su abuelo, el mártir de Aljubarrota Pedro González de Mendoza, de quien dice D. Íñigo que «fixo buenas canciones, entre otras Pero te sirvo sin arte, é otra á las monjas de la Zaydía, cuando el rey D. Pedro tenía el sitio contra Valencia; comienza: A las riberas de un río». El primero de estos decires existe todavía, juntamente con otras dos composiciones del heroico alavés, una de ellas en gallego; pero la más importante para nuestro objeto es una cantiga de serrana, que ciertamente vale poco, pero que le presenta como uno de los más inmediatos precursores de su egregio nieto:

       Menga, dame el tu acorro
       E non me quieras matar.
       Si supieres como corro,
       Bien luchar, mejor saltar!
       Las mozuelas en el corro
       Páganse de mi sotar;
       Desto todo bien me acorro
       E aun mejor de chicotar.....

En cuanto a los cantares scénicos plautinos e terencianos, así en estrambotes como en serranas, que su nieto le atribuye, no es verosímil que fuesen verdaderos poemas dramáticos, sino más bien serranillas dialogadas.

Poeta fué también el padre de D. Íñigo, el almirante D. Diego Hurtado de Mendoza, «ombre de muy sotil engenio, bien razonado, muy gracioso en su decir, osado et atrevido en el su hablar, tanto que el rey D. Enrique el tercero se quexava de la su soltura et atrevimiento». «Pluguiéronle mucho mujeres», añade su primo Fernán Pérez de Guzmán, y no lo desmienten los pocos versos suyos que tenemos, no en el Cancionero de Baena, sino en otro manuscrito de la Biblioteca de Palacio. Todos son eróticos, y entre [p. 392] ellos sobresale el lindo y picaresco Cossante del árbol de amor, que va en el texto de nuestra Antología:

       A aquel árbol que mueve la foxa,
       Algo se le antoxa...

El cossante era una danza a modo de ballata italiana o provenzal, y se hace memoria de tal baile en la Crónica del Condestable Miguel Lucas de Iranzo. También hizo el Almirante serranillas con su punta picaresca, en el género y estilo de las del Arcipreste de Hita:

       Un día desta semana
       Partiendo de mi ostal,
       Vi pasar gentil serrana,
       Que en mi vida non vi tal.
       Preguntéle dó venía
       O a qué tierras paseava;
       Díxome que caminaba
       Al Prior de Rascafría,
       A fazer, donde solía,
       Penitencia en la solana,
       Por dexar vida mundana
       E tod'pecado mortal.

Con la familia de los Mendozas se enlaza, por su casamiento con la Rica Hembra Doña Juana (heroína de la hermosa tradición que en nuestros días ha pasado, por obra de dos preclaros ingenios [1] desde la aridez de los libros genealógicos hasta las más altas esferas de la poesía dramática), aquel Adelantado Mayor de León, D. Alfonso Enríquez, Almirante de Castilla después, bisabuelo del Rey Católico, y a quien el célebre bofetón aplicado a su dama por extraño arrebato de pasión o por cautela amorosa, ha rodeado de más poesía que la que puede extraerse de todos los versos que dirigió a la arrogante Doña Juana, inclusos el Testamento, la Crida de Amor, y la alegoría del Vergel del Pensamiento. Quizá no merezcan recordarse de él más que estos dos versos, a modo de proverbio, que nos dan el sentido de su leyenda y parecen el mote de su triunfante empresa de amor:

        [p. 393] Porfía mata venado,
       Que non montero cansado.

Otro tío del Marqués de Santillana, D. Pedro Vélez de Guevara, «gracioso y noble caballero, escribió gentiles decires y canciones», de los cuales tenemos muchos en el Cancionero de Baena, alusivos en parte a las tribulaciones y desamparo en que por malas artes palaciegas se vió en los postreros años de su vida. Sus cantigas a la Virgen, y aun el tono general de su poesía, recuerdan las del Canciller Ayala, de quien era muy cercano deudo. [1] Pero hay versos suyos de carácter menos grave, ya de amores, ya de burlas, que en nada difieren de la vulgar poesía de Villasandino y sus secuaces, verbigracia, los que dedicó a ponderar la fermosura de madama Juana de Navarra, o los que compuso en gallego contra Doña Sancha Carrillo, la más vieja, fea y pobre de las dueñas del palacio del Infante de Antequera.

A la sombra de estos magnates trovadores se agrupaba buen número de cultivadores de la gaya ciencia. Muchos palacios eran academias, sobresaliendo entre ellos la casa de los Mendozas en Guadalajara, y la del magnífico y arrogante Duque de Arjona y Conde de Trastamara D. Fadrique, ejemplo grande de las vicisitudes de la fortuna, aquel de cuyas tiranías canto el viejo romance:

       De vos el Duque de Arjona
       Grandes querellas me dan...

«Plógole mucho la sciencia del trovar» (según nos refiere su cuñado el Marqués de Santillana), y gustó de «tener en su casa grandes trovadores, especialmente Fernán Rodríguez Puerto-Carrero, Juan de Gayoso y Alfonso de Morana».

La cosecha poética era ciertamente abundantísima, pero con abundancia estéril. No menos que veintiocho poetas calificados [p. 394] de viejos, pero vivos aún, se citan en un decir de Juan Poeta, compuesto en 1435. Esta calificación de viejos basta para indicar que ya se había consumado un cambio de gusto, y que la escuela cortesana de los imitadores de la poesía gallega, después de haber descendido hasta los últimos grados del amaneramiento y de la insipidez, sucumbía por penuria de invención y de estilo, dejando libre el campo a una poesía de más elevadas aspiraciones y de más cultura y artificio de dicción, menus trivial y baladí en los argumentos, más rica de savia intelectual y de conceptos morales, más clásica, en suma, y más acomodada al creciente desarrollo de la cultura. Tal fué la escuela de los imitadores del arte toscano, que toman la Divina Comedia por principal modelo, sin desdeñar más adelante a Petrarca ni a Boccaccio,

El honor de esta innovación, que vino a abrir al arte castellano regiones inexploradas y le lanzó desde luego en las vías del Renacimiento, poniendo ambas penínsulas hespéricas en el fructuoso comercio de ideas que ya no había de interrumpirse durante más de dos siglos, corresponde a un genovés avecindado en Sevilla, y en quien cronológicamente empieza la escuela poética de aquella ciudad. Tal fué Micer Francisco Imperial, hijo de un mercader de joyas que abrió su tienda en la metrópoli andaluza durante el reinado de D. Pedro. Imperial, que sin ser un poeta de primer orden es (aunque volando con alas ajenas) el más poeta de cuantos figuran en el Cancionero de Baena, debe ser considerado, no sólo como el más antiguo imitador de Dante en España, sino como legítimo predecesor de Boscán, y como el primer artífice que entre nosotros manejó el hermoso instrumento del endecasílabo italiano. Y esto no de un modo casual y fortuito, sino reflexivo e intencional. El poeta italo-andaluz tenía plena conciencia de la magnitud de la empresa que acometía, y un como presentimiento de los grandiosos resultados que, no entonces, sino un siglo después, habían de verse cumplidos. Por eso, evocando la sombra de Dante, exclama con acentos de verdadera grandeza:

       ¡Oh suma luz que tanto te ensalzaste
       Del concepto mortal, a mi memoria
       Represta un poco lo que me mostraste,
       E faz mi lengua tanto meritoria,
        [p. 395] Que una scentella sol de la tu gloria
       
Pueda mostrar al pueblo aquí presente,
       .....................................................................
       Ca assy como de poca scintiella
       Algunas veses segundó grand fuego,
       Quizá segunde d'este sueño estrella
       Que lusirá en Castiella con mi ruego.
       .....................................................................

Francisco Imperial parece haber sido hombre de gran cultura, familiarizado con los poetas clásicos no menos que con los italianos:

       En muchos libros leí:
       Homero, Virgilio, Dante,
       Boecio, Lucán, desy
       En Ovidio de Amante...
       ...................................................
       Callen poetas y callen abtores,
       Omero, Oracio, Virgilio e Dante,
       E con ellos calle Ovidio de Amante,
       E cuanto escribieron loando sennores.
       ...............................................................

Sabía el francés, como parece por la linda composición en que pinta el encuentro que, cazando con su halcón riberas del Guadalquivir, tuvo con una dama en hábito extranjero, que le dirige la palabra en aquella lengua. Hay indicios de que poseía otros conocimientos más peregrinos: el árabe, el inglés, que comenzaba a penetrar en Castilla por nuestras relaciones con la casa de Lancáster, siendo de este tiempo la primera traducción del libro de aquella lengua en la nuestra, la Confessio Amantis, de Gower.

Pero a pesar de esta rara erudición, en los versos de Micer Imperial no se ve más rellejo que el de la poesía dantesca, como si el autor no hubiese hecho en su vida otra cosa que leer la Divina Comedia, empaparse de su doctrina y estilo, aprendérsela de memoria, y apoderarse de sus versos para transferirlos a distinto propósito. El mercader de Génova, trasplantado a Sevilla, no luce en su vestido más joyas que las de Dante. Su obra capital, el Dezyr de las Siete Virtudes, no es más que un centón de pasajes tomados principalmente del Purgatorio y del Paraíso. La [p. 396] comparación está hecha ya por Amador de los Ríos, y no hay para qué insistir en ella. Hay versos admirables, pero quizá ni uno sólo pertenece al ingenio del imitador. Lo que hay que admirar (y no es poco en un primer ensayo) es la destreza y el arte del versificador, la variedad de inflexiones métricas que se discierne aun a través de la negligencia con que trascribió los versos de Imperial el copista del Cancionero de Baena, que sin duda por no tener el oído avezado a la cadencia de los endecasílabos, convirtió muchos de ellos en versos de arte mayor, añadiéndoles inoportunamente una sílaba, y dejó otros sin medida alguna. Mucho trabajó Amador de los Ríos para restituir esta composición a su primitiva pureza, y sus esfuerzos hubieran tenido completo éxito a haber podido disponer de otro manuscrito, que desgraciadamente no ha aparecido hasta ahora, por lo cual quedan todavía en el Dezyr versos lastimosamente estragados, que no pueden ser de quien tenía el hábito de hacerlos tan fáciles y galanos, si bien alternando todavía el ritmo anapéstico con el yámbico y sáfico:

       Cerca la hora que el planeta enclara,
       Al Oriente que es llamado aurora,
       Fuéme a una fuente por lavar la cara
       En prado verde que un rosal enflora.
       ..............................................................
       Era cercado todo aquel jardín
       D'aquel arroyo, a guisa de una cava,
       E tien por muro muy alto jazmín,
       Que todo a la redonda lo cercaba.
       El son del agua en la dulzor passava
       Harpa, dulzayna con vihuela d'arco,
       E non me digan y que mucho abarco,
       Ca non sé si dormía o si velaba.
       ..............................................................

El poeta toma por guía a Dante, como Dante a Virgilio, y describe en estos términos la aparición de su maestro:

       Era en la vista benigno e suave,
       E en color era la su vestidura
       Cenisa o tierra que seca se cave;
       Barba e cabello alvo syn mesura:
        [p. 397] Traía un libro de poca scriptura,
       Escripto todo con oro muy fino,
       E comenzaba: En medio del camino,
       E del laurel corona e centura.

Fácil es estudiar aquí el procedimiento compuesto que usa en sus imitaciones Micer Francisco Imperial, porque en esta pintura de Dante se mezclan rasgos del retrato de Catón y rasgos de la descripción del ángel que guardaba la puerta del Purgatorio (canto IX):

       Cenere, o terra, che secca si cavi,
       D'un color fora con suo vestimento.

Aunque Imperial, más que imitar a Dante, lo que hace es traducirle, no se le puede negar talento de estilo y sentido de las bellesas poéticas del original. No es ya pequeño mérito la comprensión total de su modelo, que hoy mismo alcanzan tan pocos entre tantos como le citan y manosean, ni carece de ingenio y novedad la combinación de los elementos alegóricos, por la cual bien puede decirse que Micer Imperial levantó un edificio propio con materiales ajenos. Su imitación recorre todos los tonos de la escala dantesca, desde la inelable suavidad de la voz de Lía sonando entre los rosales:

       Sepa cualquier que el mi nombre demanda,
       Sepa por cierto que me llamo Lya,
       E cojo flores por faser guirlanda,
       Commo costumbro al alva del día. [1]

hasta la acerba invectiva contra el mal gobierno de Florencia, aquí aplicada al regimiento de otra ciudad que parece ser Sevilla, de la cual era estante é morador Micer Francisco:

       Vergüenza te vergüence, oh mal regida!

       ¡Vergüenza te vergüence, oh espelunca!
       Que luengo tiempo faze que en ti nunca
       Passó la lanza, nin fué espada erguida.

[p. 398] No faltaban, pues, alientos de robusto poeta ni caudal de dicción noble y selecta, ni oído armónico y fino (salvo disonancias todavía inevitables en el estado de nuestra prosodia) al modesto imitador que, al fin de su ensayo, tornaba a reconocer humildemente y en forma poética y muy feliz, su deuda para con el gran maestro florentino:

       Esto disiendo, oí espirar un canto.
       ...........................................................
       De cada rosa d'aquel rosal santo:
       Tan dulces voces nunca cantó ave.
       Unas cantaban: Gracia María ave.
       E otras respondían: Ecce ancilla.
       Después oyera, commo aguda esquila,
       En alto voz: Celi Regina, salve.
           Pues amansaste (dixe) en tu beber
       La mi grant set, non desir yo quanto,
       Dime ¡oh Poeta! que yo non sé veer
       Commo estas rosas cantan este canto.
       Díxome:—Fijo, non tomes espanto,
       Ca están en estas rrosas Serafynes,
       Dominaciones, Tronos, Cherubines:
       Mas non lo vedes que te ocupa el manto.
           E commo en mayo, en prado de flores,
       Se mueve el ayre, en quebrando el alva,
       Suavemente vuelto con olores,
       Tal se moviera, al acabar la salva.
       Feríame en la faz et en la calva,
       Et acordé commo a fuerza despierto:
       Et en mis manos fallé a Dante abierto
       En el capitol que a la Virgen salva. [1]

Esta Visión de las Siete Virtudes, no sólo es la más extensa e importante de las composiciones de Imperial, sino que basta para caracterizar completamente su manera, de la cual sólo se aparta en algunas composiciones ligeras, por cierto de muy apacible y terso decir, como en los delicados versos que escribió «por amor e loores de una fermosa mujer de Sevilla que llamó él Estrella Diana, un día que la vido é la miró á su guisa, ella yendo por la puente de Sevilla á la iglesia de Santa Anna fuera de la cibdat»:

        [p. 399] Non fué por cierto mi carrera vana,
       Passando la puente de Guadalquivir,
       Atan buen encuentro que yo ví venir
       Ribera del río, en medio Triana,
       A la muy fermosa estrella Diana,
       Qual suele por mayo al alva del día,
       Por los santos pasos de la romería:
       Muchos loores aya Santa Anna.
       ...........................................................

Y aun aquí se advierte el apego a la cadencia del endecasílabo, que, revelando el origen italiano de Imperial, sirve para distinguirle de todos sus contemporáneos y aun de sus discípulos andaluces, hasta en aquellas composiciones en que quiso amoldarse al hábito general y escribir en versos de doce sílabas. Añádase a esto que son raras las composiciones suyas, ya de amor, ya de moral, ya de política (como la Visión de los Siete Planetas) en que no reaparece la máquina alegórica, aunque por lo común menos ingeniosa y manejada con menos fortuna que en el Dezyr de las Siete Virtudes. Por donde quiera le persigue el recuerdo de

       El poeta jurista, teólogo Dante,

y las enseñanzas de Beatriz le sirven para intervenir en el debate de predestinados y precitos.

Las consideraciones expuestas bastan para aquilatar el valor de las innovaciones de Imperial, y justificar aquella especie de alto magisterio que ejerció sobre sus contemporáneos y que consignó en gráficos términos el Marqués de Santillana: «Passarémos á Micer Francisco Imperial, al qual yo non llamaria decidor ó trovador, mas poeta: como sea cierto que si alguno en estas partes del Occaso meresció premio de aquella triunphal é láurea guirlanda, loando á todos los otros, éste fué.»

El ejemplo de Imperial fructificó inmediatamente, si no en cuanto a la adopción del endecasílabo, del cual no volvemos a encontrar otro ejemplo deliberado hasta los sonetos del Marqués de Santillana, a lo menos en cuanto al empleo de la forma alegórica y de la visión dantesca. Una legión de poetas no vulgares, sevillanos casi todos, la cultivó primero en su escuela local, y la trajo luego en triunfo a la corte de Castilla. Sus poemas, aunque [p. 400] disten mucho de la relativa perfección que luego había de alcanzar este género en el Labyrintho de Juan de Mena y en Los Triunfos de los doce Apóstoles del cartujano Juan de Padilla, muestran ya dotes análogas a las que luego resplandecieron en estos preclaros ingenios; y se distinguen, como ya notó Amador de los Ríos, por la pompa y brillantez del lenguaje poético, por cierta insólita audacia de estilo, por conatos de lujo descriptivo, y por un tono más cálido y vigoroso que el que mostraban en Castilla los degenerados imitadores del arte gallego.

El poeta en quien más visibles parecen tales dotes es, sin duda, Ruy Páez de Ribera, vástago al parecer de la ilustre familia de aquel Perafán de Ribera, Adelantado de Andalucia, cuyos descendientes fueron Marqueses de Tarifa y Duques de Alcalá, y dejaron vinculado su nombre en tantas páginas brillantes de la cultura artística de Sevilla. Ruy Páez, aunque de tan noble linaje y «ome (además) muy sabio y entendido», experimentó, al parecer, contraria la fortuna, a lo menos en algún período de su vida; se vió reducido, por causas que ignoramos, a extrema pobreza; y precisamente en la pobreza misma mal sobrellevada con ánimo impaciente y soberbio, en la contemplación de sus miserias, y en el áspero dolor que le causaban, encontró el germen de sus más enérgicas inspiraciones, que expresó en los versos vigorosos y crudos del Proceso que ovieron en uno la Dolencia é la Vejez é el Destierro é la Pobreza, y en aquel otro dezyr en que su fiera y realista musa va «recontando todos los trabajos é angustias é dolores de que puede el ome ser aflijido», haciendo de la enfermedad hórrida pintura, pero acabando por declarar que «non falló cosa alguna que se egualase con el dolor é quebranto de la mucha pobreza»:

       Sofry en el mundo amargas pasiones
       Peligros e miedos, e fuy salteado,
       E algunas vegadas me ví en tentaciones
       De saña de pueblo e de rey airado;
       E vyme en las lenguas ser maltractado,
       Mas con todo éso yo nunca senty
       Las penas mortales sinon desque vy
       Qual es la ravia del pobre cuytado.
       ...............................................................
        [p. 401] El pobre non tiene parientes ni amigos,
       Donayre nin seso, esfuerzo e sentido,
       E por la proveza le son enemigos
       Los suyos mesmos por verlo caydo:
       Todos lo tienen por decconocido
       E non se le mienta del tiempo pasado,
       Si algun beneficio ovieron cobrado
       De aquellos de quien él ha descendido.
           En cosa que diga nin faga por obra
       Non tiene gracia, virtud nin asseo,
       E porque a todos en pobreza sobra,
       Su dicho es tenido por grant devaneo.
       ..................................................................
       Si fabla o dize, magüer que bien fable,
       Su fabla de todos es muy aborrida,
       E luego le dizen los ricos que calle.
       ..................................................................
           El rrico es sesudo, sotil e gracioso,
       Gentil e garrido, e limpio esforzado,
       Más que pavón lozano e donoso,
       Ardit e muy bravo, e recio probado,
       E más quel acero qu'es fuerte aserado
       Es la del rrico su grant fortaleza,
       Cá estas virtudes le ponen rriqueza,
       Las cuales fallescen al pobre cuytado.
        ..................................................................
           El pobre tiene atal maldición
       E asy lo verás de fecho pasar,
       Que sy lo vieren en grant perdicion,
       Todos se juntan a lo condemnar,
       E nunca ninguno por lo salvar,
       Aunque le sea pariente propinco,
       Lo qual por contrario fazen al rrico,
       Ca todos se plazen de lo levantar.

Si grande esfuerzo se habrán reconocido en este trozo, cómo discretamente reconoció Puymaigre, pensamientos y aun frases de estos versículos del Eclesiástico (cap. XIII):

Et sicut abominatio est superbo humilitas, sic et execratio divitis pauper. Dives conmotus confirmatur ab amicis suis: humilis autem cum ceciderit, expelletum et a notis... Humilis deceptus est insuper et arguitur: locutus est sensate et non est datus ei locus. Dives locutus est et omnes tacuerunt et verbum ejus usque ad nubes perducent. [p. 402] Pauper locutus est et dicunt: Quis est hic? et si offenderit, subvertent ilium.

Pero el sentimiento muy personal de Ruy Páez de Ribera presta verdadera originalidad a sus versos, sin que estas cualidades se desmientan en otros dezyres alegóricos de más apacible carácter, como el Proceso entre la Soberbia y la Mesura, que compuso en loor de la Regencia del Infante de Antequera.

A la familia de los Medinas (apellido que había de ser tan caro a las letras sevillanas en el siglo XVI) pertenecen dos poetas del Cancionero de Baena, los jurados Diego y Gonzalo Martínez, hijos del tesorero mayor de Andalucía. Fué el Diego «ome muy honrado et muy discrepto et bien entendido, así en letras é todas sciencias, como en estilo é práctica del mundo», de cuyas vanidades acabó por desengañarse, tomando la cogulla de San Jerónimo y siendo uno de los fundadores del monasterio de Buenavista. Quedan versos suyos de consulta teológica, dirigidos a fray Lope del Monte, prior de San Pablo de Sevilla; pero la más curiosa de las composiciones que se le atribuyen es un decir contra el amor mundanal, sobre cuya atribución puede caber alguna duda, puesto que Baena le trae en su Cancionero dos veces (núms. 331 y 532), la primera con nombre de Medina, la segunda con el de Fernán Sánchez de Talavera. Más probable parece lo primero, porque del vigoroso estilo de Talavera no acertamos a descubrir huella alguna en esta desmayada y prosaica composicion, notable sólo para la erudición literaria por el catálogo que contiene de infelices amadores, en que no faltan ni el Virgilio de la leyenda, suspendido del cesto; ni el Aristóteles que anda en cuatro patas, y se deja enfrenar y ensillar por su darna; ni Merlín, cautivo en el espino por las malas artes de la fada Viviana; ni los muchos caballeros que anduvieron en la demanda del Santo Grial.

Muy superior como poeta a su hermano, y quizá a todos los discípulos de Imperial (salvo Ruy Páez de Ribera), fué Gonzalo Martínez de Medina, «ome muy sotil é intrincado en muchas cosas, é buscador de muy sotiles invenciones», y juntamente tenido por «muy ardiente é suelto de lengua», cualidad que todavía se revela en la viril franqueza de sus versos políticos, en que, ya con los rayos de la iracundia dantesca, ya con sátira fina y mordaz, ya en el tono sentencioso de la moral filosofía, apostrofa, [p. 403] execra, zahiere y lamenta la prevaricación de los jueces, la simonía de los prelados, la venalidad de los oficiales públicos, la tiranía y desvanecimiento de los favoritos, a quienes un soplo de la fortuna encumbra y otro derriba. Por suyo tengo el famoso Decyr que fué fecho sobre la justicia et pleitos et la grand vanidad de este mundo, por más que Floranes le encontrase anónimo en el Cancionero de Fernán Martínez de Burgos, y por más que algún códice se le atribuya a Juan de Mena, de cuyo estilo difiere totalmente. Baena (núm. 340) no dice claramente de quién sea; pero le coloca entre poesías de Gonzalo de Medina, y suya parece por lo ardiente y suelta. Es un cuadro de costumbres judiciales que nos recuerda lo más agrio del Rimado de Palacio, y a través de los tiempos nos hace pensar en la Paraenesis de Teodulfo ad judices, mostrando cuán antiguos eran los males en la administración de justicia y cuán ineficaces los remedios. El poeta castellano llega a envidiar, en versos muy sabidos, la justicia barata de tierra de moros, donde un solo alcalde libra lo civil y lo criminal, sin aparato de glosas ni Digestos:

       Allí non es Azo nin es Decretal,
       Nin es Ruberto nin la Clementina,
       Salvo discreción e buena dotrina
       La qual muestra a todos vevir comunal.

Y el látigo de su indignación no cae solamente sobre los alguaciles, «que pasan de tresientos, é todos viven de pura rapina»; ni sobre los escribanos y recaudadores, «que roban las gentes por extrañas vías»; ni sobre los «ciento y noventa doctores», que traen el reino burlado y en cuarenta años no acaban un solo pleito, prevaliéndose de «rasones sufísticas é malas», y sacando de sus librotes «más opiniones que uvas en cesto»; ni se detiene si quiera en las espaldas de los alcaldes, notarios y oidores, «á quien el Rey paga infinita renta», y de los señores del Consejo

       Que curan muy poco del triste cuitado,
       Que siempre les viene justicia pidiendo,
       Mas cada cual dellos está comidiendo
       Do avrá más doblas e oro contado.

La sátira de Martínez de Medina, como la del Canciller Ayala, pica más alto, e inflamada en amargo celo no se detiene ante las [p. 404] más altas jerarquías de la Iglesia, ni deja de marcar con su hierro candente a «Papas, Cardenales, Obispos y Perlados»:

           Que ya de Dios non han remembranza
       E de luxuria, soberbia, cobdicia,
       Engaños, sofismas, mentiras, malicia,
       Abonda el mundo por su mala usanza.
           De vestiduras muy emperiales
       Arrean sus cuerpos con grand vana gloria,
       E sus paramentos, baxillas rreales
       Bien se podrían poner en estoria
       E seguir los rreyes en toda su gloria;
       Mas las ovejas que han a gobernar,
       Del todo las dexan al lobo levar,
       E non fasen dellas ninguna memoria.
           Ya por dineros venden los perdones,
       Que devían ser dados por mérito puro,
       Nin han dignidades los santos varones
       Nin por elecciones, aquesto vos juro,
       Salvo al que lieva el florin maduro
       O cartas muy fuertes de soplicacion,
       E tanto es el mal et la corrubcion,
       Que cada qual dellos se torna perjuro.

Por los versos transcritos puede haberse formado alguna idea de la viveza, calor y originalidad que suele tener el estilo de Gonzalo Martínez de Medina, digno ciertamente, como sus colegas del Cancionero, Imperial, Páez y Talavera, de haber nacido en época más fausta para el arte y para la patria que aquélla de transición oscura y laboriosa, de tanteos imperfectos y de embriones muchas veces malogrados, en que les tocó nacer. Por donde quiera se tropieza en sus desiguales composiciones con versos que aisladamente resultan de notable energía, y que manifiestan una imaginación caldeada a un tiempo por el sol de Andalucía y por el sol de la Divina Comedia:

       ¡Ah, guay de la tierra dó lo tal contesce,
       Que bien es posible de ser destroyda!
       ................................................................
       ¡Que non será villa, nin cibdat, nin casa,
       A donde non aya Güelfos, Gebelinos!
       ................................................................
       ¡Non avrá quien ose seguir el arado,
       Que todo será en flamas ardientes!

[p. 405] La contemplación de la vanidad mundana y de lo inconstante y deleznable de la vida, tema favorito de los poetas de entonces, suele inspirarle, en medio de muchos lugares comunes, acentos de inspiración sombría, de estoica entereza o de cristiana resignación, que parecen vago y lejano preludio de la poesía filosófica de Quevedo y del autor de la Epístola a Fabio:

       Non más que rocío precede tu vida.
       ....................................................................
       Non es seguranza en cosa que sea,
       Que todo es sueño e flor que peresce...
       ....................................................................
       Yo non vi alguno nin lo oí desir
       Que en este mundo fuese bien contento,
       Salvo el que tiene su spiritu esento,
       E dá la su alma para a Dios servir.
       ....................................................................
       Yo creo el alma sser infinida
       Et en la potencia de Dios reservada,
       La qual de cosa de aquesta vida
       Non puede ser jamás abastada.
       ....................................................................
       Ca el alma infinida e tan soberana
       De cosas finidas non fase femencia.
       ....................................................................
       De laso en laso, de foya en foya
       Imos corriendo fasta la grand sima:
       En ves de llegarnos a la cierta joya,
       Andamos con Dios jugando al esgrima.
       ....................................................................
       Quanto más avemos, tenemos más poco,
       Assy como suenno e sombra de luna.
       ....................................................................
       Que Dios es aquel que a todos espanta
       Por el su tronido muy maravilloso,
       E todos los centros e rruedas levanta,
       E non es antél ningunt poderoso.
       Pues, polvo, cenisa, gusano lodoso,
       ¿En qué te trabajas, en qué tu has pensado?
       ....................................................................
       Tyra este velo delante tus ojos
       Que te conturba la muy clara vista,
        E fase el camino tan lleno de abrojos,
       Que la tu alma muy fuerte conquista:
        [p. 406] Que si has leydo el santo salmista,
       O a Salomón, el sabio provado,
       Verás este mundo mesquino, cuytado,
       En menos que fumo e polvo de arista.
       .....................................................................
       Catad, que ante Dios non ay poderoso!
       Que todo se juzga por alta potencia!
       Abrid bien las puertas de vuestra conciencia,
       Amat la justicia, verdat et derecho.
       Desde Lucifer fasta Papa Joan
       Podedes leer extrannas caydas,
       Segund las estorias vos lo contarán
       Et por Juan Boccaccio vos son repetidas.

Con estas últimas palabras aludía Gonzalo de Medina al libro De Casibus Principum, tan celebrado en aquella edad, y que ya corría traducido al castellano por industria del Canciller Ayala.

Menos dado a la alegoría que otros poetas de su tiempo y de su escuela, más brioso y desembarazado en el decir, más rico, en suma, de vida poética propia, y más empapado en el espíritu de Dante que en su corteza, no merece a nuestro juicio, este buen ingenio el olvido en que comúnmente se le tiene. Alcanzó hasta el término de la minoridad de D. Juan II, y festejó su advenimiento a la gobernación de estos reinos con una especie de himno triunfal y patriótico, en que no faltan rasgos valientes y en que el espíritu habitualmente pesimista del poeta parece abrirse a la esperanza de un porvenir mejor, la cual le hace soñar, no sólo con el total vencimiento de los moros y su persecución allende el mar, sino con el rescate de Jerusalén, donde el nuevo Rey pondrá su silla y recibirá «corona de alto Emperador».

Otros muchos poetas andaluces de este grupo pudieran enumerarse, como el ya citado dominico de San Pablo fray Lope del Monte, el franciscano fray Alonso de la Monja, los cordobeses Gómez Pérez Patiño y Pero González de Uceda; pero basta citar sus nombres al vuelo, remitiendo al Cancionero de Baena a los que quieran hacer más familiar conocimiento con ellos. A lo sumo puede hacerse una excepción en favor de Pero González de Uceda, por la rara circunstancia de haber sido, al mismo tiempo que poeta, discípulo y adepto de la filosofía luliana, y, sin duda, uno de los más antiguos que esta doctrina logró en Castilla. Hay [p. 407] de él una poesía muy original y graciosa, que hoy llamaríamos fantasía humorística, y que pudiera titularse castillos en el aire, semejante en su aplicación y sentido a la fábula de la lechera o al soneto de Micer Andrés Rey de Artieda sobre los pensamientos vanos. El autor pregunta si acontece a los demás hombres lo que a él le sucede, dejar vagar su pensamiento (su pienso) por diversas vías, mientras el cuerpo permanece en reposo. Unas veces se imagina estar en Alejandría, en la India o en Tartaria; otras en las escuelas de Bolonia, leyendo a los escolares las siete artes liberales y disputando victoriosamente con los doctores:

       Quando me cato, con grand ligeresa,
       Véome en Flandes merchante tornado,
       Do cargo dies naos de paño presciado
       E de otras joyas de grandes rrealesa,
       E con todo ello véngome a Sevilla
       Onde lo vendo con grand maravilla
       E dó grand presente al rey de Castilla.
       ....................................................................
       A poco de rato non me pago d'esto,
       E fágome pobre que va por el mundo,
       E luego de cabo sobre ál me fundo
       En ser hermitaño santo muy honesto.
       En estas comedias muere el padre santo,
       E mi fama santa allí suena tanto,
       Que los cardenales me cubren el manto,
       E me crían papa con alegre gesto.

Sucesivamente se imagina convertido en bizarro caballero que va a Francia y logra la más alta prez en justas y torneos, y vence por tierra y mar a los sarracenos; en astrónomo y alquimista que convierte el plomo en oro; en labrador y cazador; en emperador triunfante, a quien todos los príncipes acatan, y, por último, en galán y enamorado mancebo:

       Lindo, fidalgo, garrido et donoso:
       Todas las donsellas me dan sus amores,
       Mejor les paresco que Mayo con flores:
       En ésto traspuesto prívanme dolores
       E fállome triste, doliente, cuytoso.

En ninguna composición del Cancionero de Baena campea una fantasía tan apacible y risueña como en los escasos fragmentos [p. 408] de este poeta, verbigracia, en la disputa que los colores rojo, verde y negro tuvieron ante D. Amor. Alega el rojo que él es color de la púrpura de reyes y emperadores, y que con su presencia realza el brillo y el valor del oro y de la plata; sostiene el verde que él es el más lozano de los colores:

           Pruébolo con el verano,
       Como quien plaze a la gente,
       Ca las rosas e las flores
       En mí han su nascimiento;
       En mí cantan rruyseñores
       Cantares muy más de ciento;
       E pues fuí començamiento
       Del vuestro muy gran dolor,
       Por aquesto, don Amor,
       Vos aved conoscimiento.
           El prieto ovo a fablar,
       Los ojos en tierra puestos:
       —«Señor non me sé loar
       Como se loan aquestos,
       E nin sé yo fazer gestos
       Como los enamorados;
       Mas doctores e perlados
       Yo les fago andar honestos.

Y al color prieto o negro acaba por dar la preferencia este gracioso y simpático poeta, de quien es lástima que Baena no pusiera en su compilación más muestras, porque probablemente nos hubiera indemnizado del fastidio que causa la lectura de tantos otros.

La innovación alegórica y el gusto italiano, circunscritos al principio a las comarcas andaluzas, no tardaron en traspasar estos límites y hacer irrupción en el Parnaso de Castilla, por obra principalmente de un hidalgo sevillano, descendiente de uno de los caballeros franceses que vinieron con Duguesclín: Ferrán Manuel de Lando, doncel que había sido de D. Juan I y persona de gran valimiento en la corte durante la menor edad de D. Juan II, por la privanza que su prima Inés de Torres lograba con la reina regente Doña Catalina, después de la caída y destierro de Doña Leonor López de Córdoba. «Ferrand Manuel de Lando, honorable caballero (dice el Marqués de Santillana) escrivió muchas buenas cosas de poesía: imitó más que ningún [p. 409] otro a Micer Francisco Imperial; fiço buenas canciones en loor de Nuestra Señora; fiço asymesmo algunas invectivas contra Alonso ÁIvarez, de diversas materias é bien ordenadas.»

Dos cosas son de notar principalmente en este elogio, y la dos se confirman con la lectura del Cancionero de Baena: la filiación literaria de Ferrán Manuel, y su lucha o controversia poética con Villasandino, la cual llegó a tomar, aunque de un modo superficial y exterior, el carácter de una contienda entre dos escuelas. Lando había protegido al viejo y menesteroso Alfonso Álvarez, que gracias a él pudo pasearse por Zaragoza en las fiestas de la coronación del Infante de Antequera con una hopa muy vistosa y en una mula muy fermosa é garrida. Pero al mismo tiempo daba indicios de tenerle en poco, así por la ruindad de su carácter moral, como por las prácticas añejas de su versificación y estilo, que contrastaban con las que él traía aprendidas de Micer Francisco, y que le hacían mirar con cierto menosprecio la pobreza de conceptos y artificio de que adolecían las trovas cortesanas. Y como en su juvenil arrogancia no se curase de disimular esta desestimación suya, Villasandino, que tenía entre los de la vieja escuela autoridad de corifeo y maestro, no dudó en arrojarse a la palestra, zahiriendo al novel poeta, que por haber ceñido la correa de Imperial, se tenía ya por más sabidor que todos, a pesar de que ignoraba todos los primores de la poética provenzal trasplantada a Galicia, y nada entendía del lay ni del deslay, ni del cor y el discor, ni del mansobre doble y sencillo, ni del encadenado y el lexapren, ni de la maestría mayor de verbo partido, ni de la maestría de macho y fembra, en los cuales artificios se cifraba para el bueno de Alfonso Álvarez toda la gala y excelencia de la poesía.

A tal agresión contestó Ferrán Manuel con una especie de cartel de desafío poético dirigido a todos los trovadores, así legos como religiosos, de la corte, proponiéndoles diversas cuestiones sutiles que habían de parecer enigmas a quien no estuviese muy versado en la lectura de la Divina Comedia, verbigracia:

       ¿Dónde pronuncian los santos juglares
       Loores divinos de consolación,
       Al muy alto Rey sin comparación,
       A quien establecen tan dulces cantares?
        [p. 410] Pregunto otrosy en quáles lugares
       Está la Fortuna é fáze mansion
       ......................................................
       O qué forma tiene su symple vision?

Las adivinanzas quedaron sin resolver, y Lando abusó de su triunfo mortificando con sátiras acerbas a los «letrados é frayles faldudos» que «metrificaban sin gracia prosas de ynota color» y «fablaban sin orden como tartamudos».

La cuestión se fué agriando y degeneró muy pronto en una lluvia de improperios. Lando tenía el genio poco sufrido, y en alguna ocasión llegó a los cabezones con Alonso de Morana y otros poetas de la parte contraria. Por la suya, Villasandino, procaz y petulante como ninguno, y exasperado además por los males de la vejez y de la pobreza, no daba paz a la mano ni a la lengua, anunciando que no cerraría su tienda por mucho que se la desacreditase el novel caballero,

       «Lindo fidalgo en luna menguante»,
       ..............................................................
       «El muy ilustrado, sotyl, dominante,
       Que saca las cosas fondo del abismo»,

el «rítmico pronto»,

       «En todas las artes maestro bastante»;

motejándole en suma y zahiriéndole de mil modos su sciencia de grant maravilla, basada en los inforismos

       Del alto poeta retórico Dante.

Acompañaba a Villasandino en este torneo, como fiel escudero suyo, otro poeta desvergonzadísimo, el propio Juan Allfonso de Baena, a quien debemos la recopilación del precioso Cancionero cuyo estudio venimos haciendo. Baena, que calificaba la poesía de Lando de borruna, desdonada, muy salobre y de madera flaca, se vió pagado con las setenas por el iracundo Ferrán Manuel, que atropellando ya todo decoro propio y ajeno, prorrumpió en las más venenosas alusiones contra la honra de su adversario, llegando a decirle, entre otros bestiales insultos,

        [p. 411] Magüer vos andáis acá por la villa,
       
A vuestra mujer bien hay quien la nique.

Lando merece más atención por el estruendo de sus polémicas, por su actividad propagandista, y por su influencia próxima o remota, que por el mérito de sus poesías, si bien alguna, como la que compuso en loor de San Vicente Ferrer, tiene indudable curiosidad histórica, como eco de la opinión de los contemporáneos sobre aquel apostólico orador «alumbrado de gracia divina».

El triunfo del grupo de Sevilla sobre la escuela cortesana no fué inmediato, pero sí definitivo. El mismo Villasandino parecía dar testimonio de su derrota, escribiendo en forma de visión alegórica, y por cierto bien torpemente manejada, su dezyr a la muerte de Enrique III. Hasta los datos de la antigua poesía didáctica, los que ya habían servido para composiciones del Mester de clerecía, se transformaban bajo la influencia de Dante, como vemos en la Visión del Ermitaño, poema anónimo compuesto en la era de 1410 (año de Cristo 1382), en que el antiguo tema de la Disputación del Alma y del Cuerpo aparece remozado mediante una directa imitación de aquel episodio del Paraíso en que Dante describe la salvación del alma de Bonnacorso de Montefeltro, muerto en la batalla de Campaldino. [1] El mismo Baena, tan [p. 412] adversano de los italianistas, daba franca y hospitalaria entrada en su colección a las principales obras de Imperial y de sus discípulos, sin exceptuar siquiera los versos en que Ferrán Manuel había arrastrado su nombre por el lodo de la ignominia.

Y ahora, siquiera por agradecimiento, debemos decir dos palabras del que salvó de pérdida segura toda esta literatura poética del último tercio del siglo XIV y principios del XV, reuniéndola en su Cancionero como en un vasto museo. Ya sabemos que Juan Alfonso nació en la villa de su apellido, según él mismo declara, añadiendo una curiosa reminiscencia local, tan exacta ahora como entonces:

       Yo nascí dentro en Baena
       Do aprendy faser borrones
       E comer alcaparrones
       Muchas veses sobre cena.

Parece que no hay duda sobre su origen judaico y extracción humilde. Pero el cultivo de la poesía, que entonces allanaba todas las distancias, le emancipó como a tantos otros, y le hizo bien quisto en las cortes de Enrique III y de D. Juan II, por más que siempre sus versos se resintiesen algo de la grosería de sus hábitos y educación primera, siendo entre los muchos copleros [p. 413] soeces y desenfrenados de entonces, uno de los que con más frecuencia resbalan en lo impúdico, torpe y chocarrero. Su mala lengua, de la cual él llegó a preciarse diciendo que era barrena que taladraba y cercenaba cuanto fallaba, le hizo temible a unos y odioso a otros, y su vida no parece haber sido más pacífica y honrada que la de Villasandino, a quien emuló no menos en lo pedigüeño que en lo insolente. Pero su característica fué la vanidad literaria y el afán de hacer ostentación de sus versos y promover querellas, certámenes y desafíos poéticos, consiguiendo más de una vez que intervinieran en ellos como árbitros o como jueces de campo el mismo rey D. Juan II y el condestable D. Álvaro de Luna, tan aficionados uno y otro a los deportes de la Gaya Ciencia. Distaba mucho Juan Alfonso de ser un ingenio lego aunque no hubiese cursado en escuelas: para su tiempo había leído mucho, así de poesía como de historia y de filosofía moral, de todo lo cual hace pedantesco alarde en los notables versos políticos que dirigió al Rey: tenía, además, sus ideas propias, y no malas, acerca del arte de la poesía, las cuales en el poemio de su Cancionero declara. Preciábase, y con razón, de entendido en las poéticas provenzales, y cifraba su mayor gloria en el ingenioso cultivo de las requestas y tensones:

       Yo leí de limosines
       Sus cadencias logicales;
       De las artes liberales
       Prosas, cantos y latines.

Con estas dotes, unidas a una envidiable facilidad para versificar aun en combinaciones raras y con mucho lujo de rimas, y a cierta sutileza de ingenio que le hacía hábil en extremo para la disputa, no pudo menos de ser Baena un justador temible, ya en aquellas lides cortesanas en que se obtenía por premio una guirlanda de muy lindas flores, ya en aquellas otras arteras y viles en que rodaba por los suelos la honra y fama de ambos contendientes. De uno y otro género las tuvo con Lando y Villasandino; con D. Juan de Guzmán, hermano del Conde de Niebla; con los mariscales Iñigo de Estúñiga y Pero García de Herrera; con Álvaro de Cañizares, Gonzalo de Quadros, Soria, Vinuesa, Ruiz de Toro, el despensero García de Ría y otros innumerables [p. 414] versificadores de alta o de baja estofa, que en aquella corte pululaban. Sus victorias fueron muchas, pero creciendo con ellas su insoportable fanfarronería, acabó por aburrir a todo el mundo con sus carteles y preguntas rimadas, [1] y se vió abandonado y desdeñado por sus protectores. Su oficio de escribano o secretario del Rey debía de tener, a pesar del pomposo título, más de honorífico que de lucrativo, y ni siguiera el gran servicio de la recopilación del Cancionero parece haberle sido debidamente remunerado. Lo cierto es que, viejo y lleno de necesidad, tuvo que refugiarse en su pueblo natal, desde donde continuó la interminable serie de sus suplicaciones o demandas de dinero al Rey, al Condestable y a todos los oficiales y tesoreros de la casa real. Pero los mensajeros del pobre poeta iban y no tornaban, o tornaban sin respuesta, y él proseguía clamando en desierto:

       Muy lindo, fermoso e muy reverente
       Rey generoso, discreto, prudente,
       .............................................................
       Sabet que Agundo el mi mensajero
       Nin Pedro el segundo que fué al tesorero,
       Non vinieron,
       Nin volvieron,
       Sy murieron,
       ¡Ay, ay, ay! ¿Por qué allá fueron?

Y añadía sentenciosamente, en aquel estilo de aleluya a que parece tan aficionado:

       Cuando el mensajero tarda
       Es señal de burra parda.

Las últimas y más importantes poesías de Baena, son posteriores al tiempo en que formó su Cancionero, y se han conservado en otra colección manuscrita y ciertamente inestimable, en el Cancionero llamado de Gallardo, que posee hoy la Real Academia [p. 415] de la Historia. De allí hemos entresacado, para darle a luz por vez primera en esta colección, el largo poema que, sin más encabezamiento que este epígrafe:

       Para Rey tan excelente
       Pertenece tal presente.

dirigió a D. Juan II por los años de 1443, denunciando con noble, vigoroso y patriótico espíritu los males del reino y las criminosas divisiones que le traían a punto de perdición; exaltándose, no obstante su origen judaico, con el recuerdo de los antiguos triunfos de las armas cristianas y con el glorioso resplandor del sol de las Navas; y redactando para el débil monarca una especie de catecismo tan lleno de sabias máximas y de prudencia política y moral, que trae a la memoria la honrada entereza de los Consejos del Rabí D. Sem Tob al rey D. Pedro. Esta composición, justamente elogiada por Amador de los Ríos, nos da mucha más alta idea del carácter y aun del talento poético de Baena, que todo el resto de sus obras.

Pero su mérito de colector ha oscurecido totalmente su renombre de poeta. Baena andaría confundido entre la plebe de los versificadores del siglo XV, si no hubiese tenido el buen pensamiento de recoger en un solo cuerpo todas aquellas «cantigas muy dulces é graciosamente asonadas de muchos é diversos artes; preguntas de muy sotiles invenciones fundadas é respondidas; gentiles dezyres muy limados é bien escandidos, y muy agradables procesos é requestas», y , en suma, todo género de producciones de «la muy graciosa e sotil arte de la poetría e gaya sciencia», para que con ellas «se agradara é deleytase é folgara é tomase muchos comportes é plaseres é gasajados» el rey D. Juan, y asimismo «la Realesa é grand Señoría de la muy alta é muy noble é muy esclarecida Reina de Castilla doña María, su mujer, é las dueñas é doncellas de su casa... et el muy ilustrado é muy gracioso é muy generoso Príncipe don Enrique su fijo... é todos los grandes señores de sus reynos é señoríos, asy los perlados, infantes, duques, condes, adelantados, almirantes, como los maestres, pryores, mariscales, dottores, cavalleros y escuderos é todos los fidalgos é gentiles omes, sus donseles é criados é oficiales de la su casa real». El decoro exterior ha progresado tanto, que es para maravillar [p. 416] a cualquiera la candidez y recato de aquellas doncellas y la honestidad clerical de aquellos perlados y priores, que folgaban y se deleitaban y tomaban mucho comporte, plaser é gasajado con ciertas trovas de Villasandino, del mismo Baena, de su hermano Francisco, de fray Diego de Valencia y otras semejantes, las cuales hoy a duras penas se tolerarían en un mesón de arrieros o en un cuerpo de guardia. Cada época tiene sus gustos, y no hay cosa más variable que el buen tono social y cortesano.

Históricamente, la compilación de Baena no tiene precio. Es el mejor suplemento a los anales de tres, y aun pudiéramos decir de cuatro reinados, y no sólo refleja el aspecto exterior de la vida de Castilla en todo aquello que no sale a la superficie de las crónicas, atentas principalmente a la relación de guerras, conjuras y pactos hechos y rotos, sino que mediante ella nos es dado conocer el fondo de ideas heterogéneas que informaban aquella extraña y abigarrada sociedad, en que los hábitos de la barbarie se mezclaban de un modo tan pintoresco con el refinamiento y la frivolidad mundana: la cultura pedantesca con el cinismo licencioso y desmandado.

Es cierto que en la relación puramente estética, tales versos han de ser poco menos que ilegibles para el espíritu desdeñoso que, educado en los modelos de las épocas clásicas o en la grande escuela del lirismo moderno, e impaciente de las dificultades de versificación y de lengua, no se resigne a considerarlos como lo que son en realidad, es decir, como antiguallas de museo inestimables para el historiador, y quiera sentir en ellos el mismo placer que en una composición realmente bella y de valor perenne y humano, o siquiera pulcra y armoniosa. Pero aun en esto conviene mitigar el juicio harto riguroso de muchos españoles, que contrasta con el más benigno de los críticos extranjeros, los cuales, en vez de hojear esta clase de libros con mano distraída y visible aburrimiento, entran en ellos con curiosidad y simpatía, único medio de sacar algún provecho de tal lectura y convertir en tolerable, y aun en interesante, lo que a primera vista parece más árido. Quizá no haya en el Cancionero de Baena una sola composición que del todo deje satisfechos el gusto y el oído; pero hay en más de una composición y en más de un poeta condiciones muy positivas, como las que muestran, por ejemplo, Imperial, Ribera, [p. 417] Talavera y Medina en la poesía elevada; Villasandino, González de Uceda y fray Diego de Valencia en la poesía ligera. Estos y algún otro eran ingenios no vulgares, aunque incompletos: su desgracia fué ser poetas de transición, y vivir entre dos épocas literarias sin pertenecer en rigor a ninguna; y así, oscilando entre diversos rumbos mal definidos aún, lucharon con la lengua, lucharon con metros nuevos, y lo que ellos iniciaban no llegó a relativa madurez sino en los reinados siguientes. Sólo entonces fué posible el tránsito de Imperial a Juan de Mena, de Villasandino a Santillana, de Talavera y Medina a Gómez y Jorge Manrique. Entonces fué cuando los imitadores de Dante supieron discurrir algo propio y de mayor valor que las insulsas y monótonas personificaciones de la Fortuna, de la Templanza, de la Mesura y de todas las virtudes y todos los vicios, con cuyo fastidioso cortejo habían pretendido remedar el simbolismo grande, vivo y orgánico de la Divina Comedia. Entonces fué cuando se comprendió el valor del elemento histórico en la obra del poeta florentino, y se aspiró, no a copiarle, sino a emularle; y encontro el Marqués de Santillana colores vivos y adecuados para ponernos delante de los ojos la sanguinosa lit de Ponza; y grabó el vigoroso buril de Juan de Mena en los compartimientos del Laberinto la generosa muerte del Conde de Niebla (émulo de Curcios y Decios) en los esteros de Gibraltar, el amoroso tormento de Macías, la hórrida evocación de la hechicera de Medina, la serena contemplación científica de D. Enrique de Villena, la virtuosa y magnífica guerra de la Vega de Granada y el triunfo de la Higuera, el llanto desesperado y rabioso de la madre del no bien fortunado Lorenzo Dávalos, y el ánima fresca del santo Clavero que murió batallando por la justicia. Entonces se rompió la crisálida aprisionada en los duros versos y torpes estancias de Fernán Sánchez de Talavera, y voló como gentil mariposa en las coplas de ambos Manriques. Pero como en arte no se dan generaciones espontáneas, algo hay que conceder a los precursores, especialmente a los de la escuela dantesca de Sevilla, y reconocer con el Conde de Puymaigre que, si bien es verdad que abusaron de las visiones y personificaciones simbólicas, también lo es que con sus esfuerzos para alcanzar cierta elevación de pensamiento, consiguieron dar a los versos tono más robusto y comenzaron a crear una lengua poética. [p. 418] «Gracias a la influencia de Italia y también de la antigüedad latina (añade), pudo la poesía española del siglo XIV producir páginas como entonces no se escribían en Francia, muy alejada todavía de los modelos italianos y latinos: sólo un siglo después las mismas relaciones produjeron entre nosotros efectos análogos, pero menos brillantes». [1] Bueno es recordar estas palabras de un sesudo y bien informado crítico extranjero que no siempre ha pecado de indulgencia con España, para que sirva de prudente correctivo al cómodo y trascendental desdén de los que, con hablar mal del Cancionero de Baena hasta decir que poco importó su publicación y poco hubiera importado su pérdida, se libran del trabajo de leerle y del trabajo nada leve de interpretarle y entenderle.

El estudio de la métrica del Cancionero daría por sí sólo materia a una extensa e importante monografía, sin la cual, y sin otras semejantes, carecerá siempre de base la prosodia histórica de nuestra lengua. No es ese nuestro objeto, ni debemos desflorar en pocas líneas punto de tanta entidad. Cuando esa monografía se escriba, podremos determinar a punto fijo qué elementos de la métrica provenzal pasaron a la gallega, cuáles heredó de ellas la castellana, qué combinaciones se perdieron, cuáles otras puede suponerse que entraron por el estudio teórico de las poéticas tolosanas.

Los imitadores de Dante están fuera de esta dirección, y los metros que principalmente usan se reducen a dos, uno de ellos el endecasílabo, por lo común con acentuación sáfica: endecasílabo deliberado en Micer Francisco Imperial, aunque con inconsecuencias y descuidos que más bien deben achacarse a Baena o a su amanuense que al poeta genovés; endecasílabo inconsciente y ocasional en sus discípulos, por influjo de la lectura de versos italianos.

Pero el metro que ellos preferentemente adoptan, y en el cual acaban por escribirse todas las obras poéticas graves e importantes [p. 419] del siglo XV; el metro que recoge la herencia del alejandrino y le sustituye lo mismo para la narración que para la meditación moral y para la poesía didáctica, es el dodecasílabo de cuatro cadencias con cesura intermedia, dispuesto en estancias de ocho versos, y comúnmente llamado metro de arte mayor, y también verso de Juan de Mena, por haber fijado éste su tipo y ser el más insigne de los poetas que le cultivaron, aunque no de los más antiguos ciertamente, puesto que ya le había usado el Canciller Ayala. Todo es oscuro en la historia de esta forma rítmica: el origen del metro mismo, el de la estrofa, y el tiempo de su introducción en Castilla. [1] Todo induce a considerar tales versos como indígenas o poco menos, formados probablemente por semejanza remota con la cadencia y movimiento general de algún verso latino, ora sea el asclepiadeo, como quiere con poco fundamento Juan del Enzina; ora (y es más probable) el trímetro yámbico senario, en opinión de Antonio de Nebrija, que también los llama adónicos doblados. El parecer de Amador de los Ríos, que se inclina a emparentarlos con la poesía hebrea, fundándose en la versión del Juego de Axedrez, no parece verosímil, tanto por estribar en un dato aislado, cuanto por la escasa influencia que aquella poesía ejerció en la nuestra.

En las Cantigas aparecen por primera vez los versos de doce sílabas, pero no las estancias de ocho versos, circunstancia en que debieron haber parado mientes los que se han empeñado en defender la causa perdida de la autenticidad de las Querellas.

Pero versos de doce sílabas, y en gallego, sí los hizo el Rey Sabio, por ejemplo:

       Por ende un miragre aquesta reyna
       Sancta fes muy grand a una mesquina.
       .........................................................
        (Cantiga XXVI.)

Las coplas de arte mayor, aunque no combinadas en la disposición que luego tuvieron, no se encuentran hasta el Arcipreste de Hita, en el Dictado de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo:

        [p. 420] Miércoles a terçia el cuerpo de Christo,
       Judea lo apreçia, esa ora fué visto,
       Quán poco lo presçia el tu fijo quisto
       Judas el quél vendió, su disçípulo traydor.
       Por treynta dineros fué el vendimiento
       Quel'cayen senneros del noble ungüento:
       Fueron plasenteros del pleyteamiento;
       Diéronle algo al falso vendedor.

De estos versos a las octavas de maestría mayor, hay ciertamente poca distancia, y el paso definitivo podemos creer que le dieron el Canciller Ayala y los poetas de su tiempo.

En el capítulo siguiente presenciaremos el apogeo de la escuela cuyos primeros inciertos pasos hemos estudiado en el presente.

Notes

[p. 345]. [1] . Fernán Pérez de Ayala y Doña Elvira de Ceballos.

[p. 349]. [1] . Publicada esta biografía en los tomos XIX y XX de los Documentos inéditos para la Historia de España.

 

[p. 350]. [1] . Palabras de su nieto D. Pedro López de Ayala en la Relación fidelíssima de su linaje.

 

[p. 352]. [1] . Impreso dos voces en estos últimos años: la primera por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, bajo la dirección de D. Emilio Lafuente Alcántara y D. Pascual de Gayangos; la segunda por D. José Gutiérrez de la Vega en el tercer tomo de su Biblioteca Venatoria.

 

[p. 356]. [1] . La mejor edición de las Crónicas de Ayala continúa siendo la de Llaguno, publicada por Sancha en dos hermosos volúmenes, en 1782. Téngase además en cuenta el libro de las Enmiendas, de Zurita.

[p. 360]. [1] . Ayala es el primer escritor que menciona el Amadís en términos expresos, y como lectura de su juventud: dato importante para fijar la fecha de la divulgación del libro y la imposibilidad de que hubiese sido su autor el Vasco de Lobeira, armado caballero en la batalla de Aljubarrota. Pero esto nada prueba contra la tradición constante del origen portugués o gallego del Amadís, que nos inclinamos a tener por muy probable, ya que no por enteramente probada.

Gallardo se empeñaba, con fútiles razones, en leer Tristán, donde los dos códices del Rimado dicen uniformemente Amadís. Pero Gallardo tenía su peculiar y caprichosa teoría sobre los orígenes del más famoso libro de Caballerías; le suponía enteramente castellano, y no le daba mucha más antiguedad que la de su redacción actual, colgándosele nada menos que al obispo de Burgos, D. Alonso de Cartagena.

[p. 366]. [1] . Las consonancias son generalmente llanas. Su distribución es ésta: A-B, A-B, B-C, C-B.

[p. 367]. [1] .         Fallé libros Morales que fuera componer
                                      San Gregorio Papa, el qual yo fuí leer.

[p. 369]. [1] . No ha tenido séquito la conjetura del orientalista Müller, que duda del origen hebreo de Juan Alfonso: lee yndino donde los otros judino, y considera como un mero ripio las palabras «bañado en el agua del santo Baptismo».

[p. 372]. [1] . En la Revue de Deux Mondes.

[p. 372]. [2] . En el tomo I de sus Opúsculos Literarios (IV de sus Obras Completas).

[p. 372]. [3] . En sus Studien.

[p. 372]. [4] . En el tomo V de su Historia de la Literatura Española.

[p. 372]. [5] . En su precioso libro La Cour Littéraire de Don Juan II, tomo I.

[p. 375]. [1] . Núm. 98 del Cancionero.

[p. 375]. [2] . Ya sabemos en qué sentido ha de tomarse esto.

[p. 376]. [1] . La Cour Litteraire de Don Juan II, Roi de Castille. (París, Franck, 1873), tomo I, págs. 122 y 123.

[p. 382]. [1] . Calavera dice el texto impreso del Cancionero de Baena, pero bastan las más elementales nociones paleográficas para leer en el códice de París Talavera y no Calavera.

 

[p. 389]. [1] . Dice este último en su Infierno:

       En entrando vi assentado
       En una silla a Macías,
       De las heridas llagado
       Que dieron fin a sus días
       Y de flores coronado,
       En son de triste amador,
       Diciendo con gran dolor,
       Una cadena al pescuezo,
       De su canción el empiezo:
       «Loado seas, Amor,
       Por cuantas penas padezco».

[p. 392]. [1] . D. Aureliano Fernández Guerra y D. Manuel Tamayo y Báus.

[p. 393]. [1] . Véase, por ejemplo, este principio de una cantiga a la Virgen:

       Estrella de alegría,
       Corona de parayso,
       Vuelve tu fermoso vyso
       Contra mí, señora mía...

[p. 397]. [1] .        Sappia qualunque'l mio nome dimanda
                                  Ch'io mi son Lia, e vo movendo'ntorno
                                  Le belle mani a farmi una ghirlanda.

[p. 398]. [1] . Esto es: saluda. El capítulo o canto es el VII del Purgatorio.

 

[p. 411]. [1] . Fuera del mundo de los Cancioneros, se produjeron desde la mitad del siglo XIV hasta el período de D. Juan II algunas obras mal rimadas, de carácter didáctico, que no nos atrevemos a llamar poéticas, pero que pueden mencionarse a título de curiosidades literarias. Tales son un libro del Juego de Ajedrez, compuesto por Moseh Azán de Tárrega, o, más bien, imitado o traducido libremente de alguno de los varios poemas que sobre el mismo asunto posee la literatura rabínico-española, entre ellos uno de Aben Ezra. El códice castellano existió en la Biblioteca de El Escorial, y allí le vieron Pérez Bayer y Amador de los Ríos; pero desgraciadamente desapareció hace bastantes años. Por las muestras parece que estaba en versos pareados de doce sílabas, que con frecuencia se convierten en pura prosa, revelando la mano de un traductor servil e inexperto que va calcando el texto hebreo. Todavía es obra más bárbara y desconcertada el Cántico de Diego de Cobos o Tratado de Cirujia Rimada, del cual sólo ha llegado a nosotros, en pésima copia de un Juanico de Arruzuriaga (Biblioteca Nacional), el segundo tratado, «el qual es de las apostemas segun universal et particular fablamiento», y fué terminado en 1412. Se conoce que el autor quiso escribir también en dodecasílabos pareados, pero, por falta de oído, o por culpa del amanuense, le salieron muchos de once y trece sílabas, y muchas líneas de prosa sin medida alguna, aunque con consonantes o asonantes, al modo de los refranes. Esta compilación quirúrgica en verso parece imitada del Cántico de Avicena, y puede contarse entre los precedentes del Sumario de Medicina en verso trovado, del Bachiller Villalobos.

Casi tan prosaico e ilegible como el Cántico de Cobos (a pesar de la respetable opinión de Amador de los Ríos, para quien no había cosa mala en siendo de la Edad Media), es el libro de las Edades Trovadas que el Canciller D. Pablo de Santa María (antes de su conversión Selomoh Halevi), obispo de Burgos y eminente controversista antijudaico, autor del Scrutinium Scripturarum, presentó a la Reina Doña Catalina. Esta árida y fastidiosa cronología en trescientas treinta y ocho estancias de arte mayor, que abraza «todas las cosas que ovo et acaescieron desde que Adán foé formado» hasta el nacimiento de D. Juan II, cualquier cosa tendrá menos «versificación armoniosa y fácil», ni mucho menos aquella «imaginación oriental» que tan gratuitamente le concede Amador, cuyos elogios, cuando se lee el poema, parecen un verdadero sarcasmo. Salvo la raza judía del autor, no acertamos a ver otra cosa oriental en las Edades Trovadas. Fueron publicadas, aunque de un modo muy imperfecto, por Ochoa, en sus Rimas Inéditas del siglo XV (París, 1843).

[p. 414]. [1] . Estas cuestiones versan sobre las materias más disímiles, desde la teología pura hasta puntos de tan escabrosa resolución como el siguiente:

       ¿Qual gentil ombre faríe mejor guisa,
       Quien la su amiga toviere en camisa,
       O toda desnuda en cuerpo muy lisa?

[p. 418]. [1] . La Cour Littéraire, tomo I, pág. 97. En un artículo reciente que recuerdo con agradecimiento, confirma y amplía Puymaigre esta indicación suya: «Le XVe. siècle, cette époque si intéressante où l'Espagne en avance sur nous de plus d'un siècle, se trouva à peu près dans la situation où la France fut sous les derniers Valois». (Polybiblion, 1893, abril.)

[p. 419]. [1] .  Su aparición en Cataluña es muy tardía, y debida seguramente a influencia castellana.