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Obras completas de Menéndez... > ANTOLOGÍA DE LOS POETAS... > IX : PARTE SEGUNDA : LOS... > SUPLEMENTO A LA «PRIMAVERA... > ROMANCES TRADICIONALES DE VARIAS PROVINCIAS

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Texto

I. Fuera de Asturias, de Andalucía, de Portugal y de Cataluña, existen también romances tradicionales, y puede asegurarse sin recelo de equivocación, que en ninguna provincia de España faltan, aunque no todas hayan sido exploradas. Las especies sueltas que vamos a consignar no llevan más propósito que el modestísimo de llamar la atención de los eruditos locales sobre estos filones que ellos pueden beneficiar mejor que yo, pues confieso que no soy folk-lorista de profesión, y que la poesía popular me interesa principalmente por lo que tiene de poesía, ni más ni menos que me acontece con la poesía artística y erudita, que vale para mí más o menos, no en consideración a su valor social e histórico, sino en relación a su valor estético. Si esto es error o falta de criterio científico, confesado está desde luego, y la sinceridad me salve.

Por espíritu de mal entendido regionalismo, han llegado doctos e ingeniosos escritores [1] a negar en términos poco menos [p. 312] que absolutos la existencia de romances en Galicia; como si fuera timbre de gloria para ningún pueblo de nuestra península el carecer de un género tan popular y tan hermoso. Tal afirmación podía negarse a priori por el solo hecho de estar colocada Galicia entre dos regiones afines, Asturias y Portugal, que son cabalmente las que mayor número de romances poseen y las que mejor los han conservado. Pero afortunadamente hay pruebas directas de la existencia en Galicia de romances gallegos, y también de romances castellanos. Y para que se entienda que hablamos de verdaderos romances, es decir, de romances octosilábicos, prescindiremos de los romancillos o jácaras en versos de seis sílabas, como el del Ciego y el de Sancta Irena, publicados por Murguía [1] y de los cuales existen también variantes portuguesas.

Don Manuel Milá y Fontanals, en su importante estudio De la poesía popular gallega (inserto en la Romania, de París, tomo VI, 1877, y reproducido en el tomo V de sus Obras Completas, 1893, páginas 363-399), dió a conocer una variante en gallego del romance del Conde Alarcos, llamado aquí el Conde de Algalia.


       Indo doña Silvela—por un corredor arriba,
       tocando n-unha vigüela—n' a calle de' a Figuría...

y además fragmentos del romance de la adúltera castigada, del de la aparición y del burlesco de Don Gato, del cual se conoce también una variante andaluza publicada por Fernán Caballero. En uno de estos romances se ponen en boca de la adúltera algunos versos enteramente castellanos, que en opinión de Milá «son de un poeta malicioso y no enteramente lego»:


       ¡Quién te me diera, marido—tendido en aquella sala,
       con las piernas amarillas,—la cara desfigurada,
       y yo vestida de luto,—llorando de mala gana,
       y los vecinos que digan:—«ahí llora la cautivada»,
       y los curas a la puerta—diciendo «que salga, salga»!

Trae también Milá dos romances castellanos de asunto religioso, recogidos de la tradición oral en Galicia:

                                           [p. 313] I

       Caminando va José—caminando va María,
       caminan para Belén—para llegar con el día.
       Cuando llegan a Belén—toda la gente dormía.
       —Abre las puertas, portero,—portero, de portería,
       Abre las puertas, portero,—a José, amais a María.—
       —Estas puertas no se abren—en cuanto no viene el día.—
       Cuando fué la media noche— a Virgen parida sía,
       
con su niño en los brazos—lloraba cuando podía;
       echó mano a los cabellos—a un lienzo que tenía,
       lo puso en tres pedazos—y al niño envolvió María,
       vienen ángeles del cielo,—ricos pañuelos traían.
       Los unos eran de lino,—otros de la lana fía,
       
luego volvieron a ir—cantando el Ave María.

                                          II

       Era la hija de un rey moro—que otra hija no tenía,
       rezaba cinco rosarios,—todos cinco era en un día.
       Uno era por la mañana—y otros dos al mediodía,
       y dos en la media noche—cuando su padre dormía.
       Cuando rezaba el rosario—vino la Virgen María:
       —¿Qué haces aquí, mi devota,—qué haces, devota mía?
       —Estoy rezando el rosario—que ofrecéroslo quería.—
       —Si tú quisieres ser monja—ser monja de monjería,
       ¿o quieres subir al cielo—con tan buena compañía?
       —Que yo no quiero ser monja,—tampoco de monjería;
       que quiero subir al cielo—con tan buena compañía.

Del primero de estos romances hay también versión gallega, más completa al principio, más truncada al fin, publicado por el docto portugués Adolfo Coelho en la Romania (1873, p. 270), juntamente con otro romance de A morte de Xesus:

       Juebes santo, juebes santo—tres días antes de Pascoa.

Apoyado en estos retazos, y en la noticia de otros, y en la persistencia del metro en poesías vulgares de época moderna, escribió Milá estas palabras tan discretas y prudentes como todas las suyas: «Si juzgamos por las muestras que hemos reunido, no [p. 314] abundan los romances en Galicia; mas no por esto admitimos que haya en ese pueblo una repugnancia innata hacia un género tan natural y difundido. Acaso se introdujeron o se compusieron en Galicia en menor número que en Portugal y en Asturias; pero basta para explicar la actual carestía la decadencia del espíritu tradicional y la mayor afición a otros géneros más enlazados con la música y la danza.»

Desde 1877, fecha de este escrito de Milá, su demostración ha sido confirmada por nuevos datos, a tenor de los cuales parece imposible negar la existencia en Galicia de un romancero muy copioso, aunque todavía inédito en su mayor parte. La Sociedad de El Folk-lore gallego, establecida en la Coruña en 1883, publicó dos años después un interesante Cuestionario, donde se da un extenso catálogo de romances que al parecer se cantan todavía, si bien algunos de ellos quizá estén propuestos como meros temas de investigación, sugeridos por las colecciones portuguesas. Reproduciré esta lista, porque el folleto en que está impreso [1] ha circulado muy poco, como todas las publicaciones de su género. Conservo la numeración del Cuestionario, que acaso envuelva un sist ma de clasificación, aunque sus fundamentos no se expresan:

«95. Romances tradicionales. Versiones locales de los de Albuela, Sylvaniña, Guirinelda, O Segador, O conde Yano, O Duque cego, O Conde Nilo, Rufina hermosa.

96. Ídem de los de A Bella Infanta, O Cazador, A Enfeitizada, O Conde d' Alemaña, Albaniña, Don Aleixo, Noite de San Joan, Bernal Francés, Reginaldo, Doña Ausenda, Reina e captiva, Don Claros, Claralinda, Don Beltrán, Don Gaiferos, Justiza de Deus.

97. Íd. de los de A Romeira, A Pelegrina, Don Joan, A Morena, Doncela que vai a guerra, O captivo, A nau Catriñeta, A Noiva rayana, Doña Guiomar, Don Duardos, Avalor, Marcelino, O !ai! da mal casada, O Cordao d'ouro, Gerineldo, Rosalinda, Miragaya, Soldadiño.

@315@ 98. Íd. de los de O gato do convento, A Nena de quince anos, Gran Torpinos, A flor da auga, O Férvellas, O Ceo en aracos, Martín-Conde, ¡Quén fora galgo!, Testamento do Rey de Francia, etc.

99. Música con que algunos de estos romances y otros se recitan.

100. Romances religiosos, versiones locales de los de O Nadales, O Anibon, Os bos Reis, A fugida, A Pasion, O Calvaro, Por los caminos del cielo, Santa Cataliña, etc., y música usada con cada uno en la localidad.

101. Romances jocosos. Versiones locales de los de O sin ver que n' andaba, O Xastre da Lomba, O Testamento do Gato O Testamento do Galo, O Testamento do Antroido, etc.

102 . Romances infantiles. Versiones locales de los de Cantáron o Mayo, De Francia vengo, señora, etc., y su música.»

De toda esta riqueza hemos visto hasta ahora muy pocas muestras. En el Cancionero popular gallego de Pérez Ballesteros, [1] sólo se inserta, además de los recogidos por Milá, una variante muy curiosa de Doña Arbola (aquí Doña Albuela), cuyo hijo conserva algo alterado el nombre de Don Bueso (Don Berso):

       ¡Quién me dera estar agora—no palacio de meu pai...
       ............................................................................
       Don Berso e cazador,—no monte vai a cazar,
       cando don Berso viñer—¿quién lle porá de xantar?
       ..............................................................................

En publicaciones periódicas se habrán impreso, sin duda, otros, pero no hemos llevado más adelante la indagación, porque las versiones dialectales no entran por ahora en nuestro plan más que a título de comparación. Y ciertamente que ha de presentar muchas el romancero de Galicia, si alguna vez llega a imprimirse, porque es el eslabón que falta entre el castellano y el portugués.

II. Completamente afines a los romances asturianos son los que se cantan en la vecina Montaña de León y en la de Burgos [p. 316] (actual provincia de Santander). De la primera proceden los dos interesantísimos romances que por primera vez se imprimen a continuación, recogidos uno y otro en sus excursiones por nuestro generoso amigo D. Juan Menéndez Pidal. El primero es la única forma popular que en España ha aparecido hasta ahora de la famosa y universal leyenda que dramatizó Tirso de Molina en El Burlador de Sevilla.

                                          I

                                   Don Juan

        Pa misa diba un galán—caminito de la Iglesia,
       no diba por oir misa—ni pa estar atento a ella,
       que diba por ver las damas—las que van guapas y frescas.
       En el medio del camino—encontró una calavera,
       mirárala muy mirada—y un gran puntapié le diera;
       arregañaba los dientes—como si ella se riera.
       —Calavera, yo te brindo—esta noche a la mi fiesta.
       —No hagas burla, el caballero;—mi palabra doy por prenda.—
       El galán todo aturdido—para casa se volviera.
       Todo el día anduvo triste—hasta que la noche llega:
       de que la noche llegó—mandó disponer la cena.
       Aún no comiera un bocado—cuando pican a la puerta.
       Manda un paje de los suyos—que saliese a ver quién era.
       —Dile, criado, a tu amo,—que si del dicho se acuerda.
       —Dile que sí, mi criado,—que entre pa cá norabuena.—
       Pusiérale silla de oro,—su cuerpo sentara 'n ella;
       pone de muchas comidas—y de ninguna comiera.
       —No vengo por verte a tí,—ni por comer de tu cena;
       vengo a que vayas conmigo—a media noche a la Iglesia.—
       A las doce de la noche—cantan los gallos afuera,
       a las doce de la noche—van camino de la Iglesia.
       En la Iglesia hay en el medio—una sepultura abierta.
       —Entra, entra, el caballero,—entra sin recelo n' ella;
       dormirás aquí conmigo,—comerás de la mi cena.
       —Yo aquí no me meteré,—no me ha dado Dios licencia.
       —Si no fuera porque hay Dios—y al nombre de Dios apelas,
       y por ese relicario—que sobre tu pecho cuelga,
       aquí habías de entrar vivo—quisieras o no quisieras.
       Vuélvete para tu casa,—villano y de mala tierra,
        [p. 317] y otra vez que encuentres otra—hácele la reverencia,
       y rézale un pater noster,— y échala por la huesera;
       así querrás que a ti t' hagan—cuando vayas desta tierra. [1]

                                                   II

                                                 Ilenia

        En casa del Rey mi padre—un traidor pide posada;
       mi padre, como era noble,—muy luego se la mandaba.
       De tres hijas que tenía—le pidió la más galana;
       pero él le dice qué no,—que no la tien pa casarla,
       que la tien pa meter monja—de la orden de Santa Clara.
       No se la sacó por puertas,—ni tampoco por ventanas;
       la sacó por un balcón—a favor de una criada;
       en ancas de su caballo—llevósela cautivada.
       En el medio del camino—el traidor le preguntara:
       —¿Cómo te llamas, la niña;—cómo te llamas, la blanca?...
       —En casa del Rey mi padre—doña Ilenia me llamaban,
       hora por tierras ajenas—Ilenia la desgraciada.—
       Sacó un cuchillo el traidor—la cabeza la cortaba,
       la tira n' un pedregal—donde andaban cosas malas;
       della salió una hermitica—muy blanca y muy dibujada;
       de los cascos, las paredes,—la teja para tejarla.
       Vanse días, vienen noches—y el traidor por allí pasa.
       —Decidme, los pastorcillos,—donde el ganado repasta,
       de quién es esa hermitica—tan blanca y tan dibujada?
       —Esta hermitica es de Ilenia,—n' el monte fué degollada.
       —Si esta hermitica es de Ilenia,—vamos todos a adorarla.
       Perdóname tú Ilenica,—por ser el tu amor primero.
       —No te perdonaré yo—ni tampoco el Rey del cielo.
       Vete a aquel altar mayor—y enciéndeme un candelero.—
       Mientras que la vela ardía—el traidor iba muriendo;
       la figura queda allí,—cuerpo y alma pa el infierno. [2]

De esta leyenda hagiográfica se conocen, además, una versión gallega publicada por D. Manuel Murguía con el título de Romance de Santa Irene, y las siguientes lecciones portuguesas:

[p. 318] a) Romance de Iria a Fidalga. Recogida en Santarem por Almeida Garrett y publicada en sus Viagens na minha terra (tomo II, p. 35).

b) Santa Iria, variante de Covilham (Beira Baja) en el Romanceiro General de Teófilo Braga (p. 125).

c) Sancta Helena, variante del Miño. En Braga Rom. Ger. (página 126), tomada por él con cierta desconfianza de la Revista Universal Lisbonense (III, 239).

Estos tres romances, lo mismo que el de Galicia y los de las islas, están en versos de seis sílabas.

d) Dona Iria, variante del Algarve, en el Rom. de Estacio da Veiga (179-184). En octosílabos como la de León y con el mismo asonante.

e) Versión de la isla de San Jorge, en los Cantos Populares do Archilelago Açoriano (p. 364).

f) Estoria de Sancta Irena.—Morte de Sancta Iria. Dos variantes de la isla de la Madera en el Romanceiro de Rodrigues de Azevedo (17-20).

g) Sancta Iria, versión de Celorico de Basto, publicada por C. Michaelis en el Zeitschrift für romanische Philologie.

h) Iria a fidalga, fragmento de Río Janeiro, en los Cantos populares do Brazil, de Sylvio Romero (I, 23).

Es uno de los pocos romances cuyo origen portugués es indudable, puesto que se refiere a la patrona de Santarem, cuya leyenda, tomada de un antiguo Breviario de Évora, puede leerse en el tomo XIV de la España Sagrada (389-391). En las provincias de lengua castellana no parece que está muy difundida: yo solamente conozco esta versión leonesa.

III. La vecindad de Asturias, tan rica en romances y la frecuente emigración de los montañeses a Andalucía, donde también abundan, induce a pensar que nuestra provincia no ha de ser de las últimas en la conservación de este género de poesía popular; pero la verdad es que hasta ahora se han publicado muy pocas muestras de él. [1] El inmortal pintor de las Escenas Montañesas, [p. 319] en uno de sus más deliciosos cuadros de género, en el que se intitula Al amor de los tizones (obra maestra de un realismo sano, alegre y poético), ha descrito la hila montañesa, análoga a los filandones de Asturias. Uno de los entretenimientos de aquellas rústicas tertulias es la recitación de romances, de los cuales Pereda cita expresamente dos, aunque no da su texto, el de Don Argüeso (nombre que en la Montaña [1] lleva Don Bueso ), y el de El Soldado que, a juzgar por su principio, es el tan conocido de la esposa infiel:

Estaba una señorita—sentadita en su balcón;
pasó por allí un soldado—de muy buena condición... [2]

Existe en la Montaña un largo romancillo petitorio llamado de las marzas, que suelen cantar los mozos de los pueblos a las puertas de las casas, y que tiene cierta analogía extraña, pero indudable, con el chelidonismos o canción de la vuelta de las golondrinas, que entonaban los niños de Rodas, y que nos ha conservado el sofista Ateneo. [3] Son innumerables las variantes de [p. 320] este romance; pero la más completa que conozco es la siguiente, recogida en el Puente de San Miguel por el admirable escritor que se oculta con el seudónimo de Juan García (D. Amós de Escalante):

       Ni es descortesía—ni es desobediencia,
       en casa de nobles—cantar sin licencia;
       si nos dan licencia,—señor, cantaremos;
       con mucha prudencia—las marzas diremos.
       Escuchen y atiendan,—nobles caballeros,
       oirán las marzas— compuestas de nuevo,
       que a cantarlas vienen—los lindos marceros
       
en primera edad—y en sus años tiernos,
       como las cantaron—sus padres y abuelos,
       y hacemos lo mismo—para no ser menos.
       A lo que venimos,—por no ser molestos,
       no es a traer,—y así llevaremos
       de lo que nos dieren,—torreznos y huevos,
       nueces y castañas,—y también dinero
       para echar un trago,—porque el tabernero
       no nos acredita—si no lo tenemos.
       Ni era la mayore—ni era la menore,
       que era doña..... [1] —ramito de flores,
       y también su esposo—porque no se enoje.
       Salga doña..... [2] —la del pelo largo,
       Dios la dé buen mozo—y muy bien portado,
       con el cuello de oro—y el puño dorado,
       y también su hermano—muchos años goce,
       su padre y su madre—que los arrecogen,
       también sus criados—porque no se enojen.
       .................................................
       Con Dios, caballero,—hasta otro año....
       a los generosos—líbrelos de daño.
       Angelitos somos,—del cielo venimos,
       bolsillos traemos,—dinero pedimos.

Las marzas se recitan en ronda nocturna, «con voz plañidera, sin acompañamiento alguno y en un ritmo sencillo de dos frases, parecido al canto llano de la liturgia». [3]

[p. 321] Las marzas, a pesar de su nombre, que es indicio claro de su origen, no se cantan exclusivamente en las tibias noches del mes de marzo. Hay una variante para la noche de Navidad, que comienza:

       En Belén está la Virgen—que en un pesebre parió,
       parió un niño como un oro—relumbrante como un sol.....

y termina con estas palabras:

       A los de esta casa—Dios le dé victoria,
       en la tierra gracia—y en el cielo gloria.....

Esta copleja tiene (según Pereda) esta otra variante, que los marzantes suelen usar cuando no se les da nada, o cuando se los engaña con morcillas llenas de ceniza:

       A los de esta casa—sólo les deseo
       que sarna perruna—les cubra los huesos. [1]

Romances religiosos, propiamente dichos, conozco dos, publicados uno y otro por Juan García, el primero en su artículo La Montañesa, el segundo en su bellísima novela Ave, Maris Stella. Uno y otro son análogos a otros que hemos visto ya en Asturias y Andalucía. Dicen así estas versiones:

       La Virgen se está peinando—debajo de una palmera;
       los peines eran de plata,—la cinta de primaveras.
       Por allí pasó José;—le dice desta manera:
       ¿Cómo no canta la Virgen?—¿Cómo no canta la bella?
       —¿Cómo quieres que yo cante,—solita y en tierra ajena,
       si un hijo que yo tenía,—más blanco que una azucena,
       me lo están crucificando—en una cruz de madera?
       Si me lo queréis bajar,—bajádmelo en hora buena;
       os ayudará San Juan,—y también, la Magdalena,
       y también Santa Isabel—que es muy buena medianera. [2]

                                           [p. 322] II

                                   El Ciego

        Camina la Virgen pura—de Egipto para Belén;
       en la mitad del camino—el niño tenía sed.
       Allá arriba, en aquel alto—hay un viejo naranjel:
       un viejo le está guardando,—¡qué diera ciego por ver!
       —Ciego mío, ciego mío,—¡si una naranja me dier,
       para la sed de este niño—un poquito entretener!
       —Ay, señora, sí señora,—tome ya las que quisier.—
       La Virgen, como era Virgen,—no cogía más de tres:
       el niño, como era niño,—todas las quiere coger.
       Apenas se va la Virgen—el ciego comienza a ver.
       ¡Quién ha sido esta señora—que me hizo tal merced!
       —Ha sido la Virgen pura,—que va de Egipto a Belén. [1]

Finalmente, en un modesto, pero muy curioso opúsculo, publicado en 1897 por D. Ramón Ortiz de la Torre y Fernández de Bustamante, encuentro una excelente versión de Las Hijas del Conde Flores (por otro nombre Reina y Cautiva) y fragmentos de otros cuatro romances, Delgadina, Dona Arbola, Celinos y el Conde, El Cautivo, recogidos todos en el pueblo de Bejorís (Valle de Toranzo). Bien parece, y contenta el ánimo, que del solar de D. Francisco de Quevedo hayan salido estas primicias de la poesía popular montañesa.

                                                   I

                          Las hijas del Conde Flores

        —Sal a cazar, el rey moro,—a cazar como solías;
       y traerásme una cristiana—de gran belleza y valía,—
       Ya se saliera el rey moro—a las carreras salía,
       y a la hija del buen conde—allí ficiera cautiva.
        [p. 323] Ya la lleva, ya la lleva—camino de la Morería,
       la hija del conde moro—de su esposo estaba en cinta.
       Ya la presenta a la reina—que hace muy grande alegría.
       —Bien venida la mi esclava—la gentil esclava mía,
       tengo de hacer contigo—lo que con otra no haría.
       Tengo de darte las llaves—de todo cuanto tenía.
       —No quiero tus llaves, mora,—tus llaves yo non quería,
       pues las tuyas son de fierro—las mías de plata fina.
       Quiso Dios y la fortuna—que ambas parieran un día;
       la cristiana parió un niño,—parió la mora una niña:
       las parteras son traidoras—y por haber las albricias,
       llevan el niño a la mora—y a la cristiana la niña.
       No tardara mucho tiempo,—que dentro del tercer día,
       fué la mora a ver su esclava—por ver qué cama tenía.
       —¿Cómo está así la mi esclava,—la gentil esclava mía?
       —¿Cómo queréis que yo esté?.....—como una mujer parida.
       —Daráisme mi niño, mora,—que yo le bautizaría,
       y pondríale «Conde Flores»— que así le pertenecía.
       —Si eso decís, la cristiana,—¿qué pondrías a la niña?
       —Si yo estuviese en mi tierra—y la niña fuera mía,
       pondríala Blanca-Flor,—y rosa de Alejandría,
       que así llamaba mi padre—a una hermana que tenía;
       me la cautivaron moros—acá dentro, en Morería,
       me la cautivaron moros—día de Pascua Florida.
       —Si eso decís, la cristiana,—tú eres la hermana mía.—
       Esto que oyera el rey moro—de la alta torre venía:
       —¿Qué tiene la mi mujer?—¿qué tiene la mujer mía,
       pues cuando menos lo espero—hace tantas alegrías?
       —Que entendí tener esclava—y dulce hermana tenía.
        —Callad, callad, mi mujer,—callad, callad, mujer mía;
       que de tres hijos que tengo—el mejor escogería,
       y por haceros merced,—con ella le casaría.
       —No lo quiera Dios del cielo—ni la sagrada María,
       dos hijas del Conde Flores— maridar en Morería.
       Válgame Nuestra Señora,—válgame Santa María.


                                          II

                          Fragmentos de Delgadína

        Tres hijas tenía el rey—todas tres como una plata,
       la más pequeñita de ellas—Delgadina se llamaba.
       ....................................................................
       —Delgadina, Delgadina,—tú has de ser mi enamorada.
        [p. 324] —No lo quiera Dios del cielo—ni su Madre Soberana.
       ...................................................................
       Unas van con jarras de oro—otras con jarros de plata:
       por muy pronto que llegaron—Delgadina ya finaba.

                                                   III

                          Fragmento de Doña Arbola

        ....................................................
       —¿Cómo non fablas mi esposa,—cual me solías fablare?
       —Cómo he de fablaros, conde;—si non puedo respirare?
       Los campos por dó pasamos—regados con sangre vane.
       ................................................................

                                                   IV

                                   Fragmento de Celinos

        ...................................................
       Pelea el uno, pelea el otro,—Celinos debajo cae,
       —Por Dios te pido, buen conde,—no me acabes de matar.
       ......................................................................
       Cortárale la cabeza—en la mitad del umbral (?),
       cógela de los cabellos—y a la condesa la trae.
       —Mal fecistes, el buen conde—al buen Celinos matar;
       si lo saben sus parientes,—ellos te podrán matar,
       y si ellos no lo supieran—yo les mandaré llamar.
       —Estas palabras, condesa,—la vida te han de costar. [1]
       ....................................................

                                          V

                          Fragmento de El Cautivo

        Me cautivaron los moros—entre la paz y la guerra,
       me llevaron a vender—a Jerez de la Frontera.
        [p. 325] No había moro ni mora—que por mí una dobla diera,
       si no es un perro moro—(malas puñaladas fuera)
       que a la primera palabra—por mí cien doblas diera.
       Me daba una vida mala—me daba una vida perra,
       de noche majando esparto—de día moler cibera.
       Quiso Dios y la fortuna—que tenía el ama buena,
       que cuando el moro iba a caza—me espulgaba la cabeza,
       todos los días decía:—«Cristiano, vete a tu tierra.
       Si lo haces por caballo—yo te daré una yegua,
       si lo haces por dinero—yo te daré algunas perlas.
       ..............................................................

Es lástima que el colector de estos romances no los recordara enteros, porque son versiones antiguas y buenas. [1]

IV. Afírmase generalmente, pero no parece creíble, que en las provincias castellanas por excelencia (la de Santander lo es, pero difiere geográficamente de las restantes) apenas se conservan romances. Una reciente excursión de D. Ramón Menéndez Pidal por las provincias de Burgos y Soria, ha demostrado que en mayor o menor número existen, aunque hasta ahora les han faltado colectores.

«Una mujer de Aranda de Duero recordaba versos sueltos de romances que había cantado cuando niña. He podido identificar los siguientes: Delgadina, Las señas del esposo (sabía sólo dos versos

       En el puño de la espada—lleva las armas del Rey);
        [p. 326] Santa Catalina, El Palmero
       ¿Dónde vas pobre soldado,—dónde vas triste de ti.......

y El Conde del Sol. Otros breves fragmentos me eran desconocidos:

       Paseaba un capitán,—una mañana serena
       con cuatrocientos caballos—debajo de su bandera......
       ..........................................................................
       Voces corren, voces corren,—voces corren por España,
       que don Juan el caballero—está malito en la cama.»

Además de esta nota, el Sr. Menéndez Pidal me ha comunicado una variante de Doña Arbola, recogida en el Burgo de Osma, muy imperfecta sin duda, pero curiosa por su procedencia (cf. el número 23 de los romances andaluces). Véase a continuación:

                                  Carmela

                 (Versión del Burgo de Osma.)

       La Carmela se pasea—por una sala adelante,
       la da un dolor de parto—que la hace arrodillarse;
       la suegra la estaba oyendo—daba gusto el escucharla.
       —Anda, vete de áhi, Carmela,—a parir a en casa de tu madre,
       que a la noche vendrá Pedro,—yo le daré de cenar,
       yo le daré ropa limpia,—yo le daré de mudarse.—
       A la noche vino Pedro.—La Carmela, ¿dónde está?—
       —La Carmela, hijo mío,—nos ha tratado muy mal,
       de putas y de ladrones—hasta el último linaje.—
       Monta Pedro en su caballo—con dos criados delante,
       al entrar por una entrada,—se encuentra con la comadre.
       —Bien venido sea Pedro,—ya tenemos un infante.
       El infante Dios le cría—y la madre Dios lo sabe.
       —¿Quién es ese caballero—que tan buenas nuevas da?
       Y si es mi marido, madre—que se pase por acá.
       Beberá del rico vino,—comerá del rico pan.—
       —Ni quiero tu rico vino,—ni quiero tu rico pan;
       te digo que te levantes,—bien te puedes levantar,
       otra vez que te lo diga,—te he de dar con un puñal.—
       Las monjas que la vestían—no dejaban de llorar,
       los perritos en la calle—no dejaban de ladrar,
       los caballos en la cuadra—no dejan de relinchar.
        [p. 327] Ya la ha montado a caballo,—la Carmela ya se va.
       Andaron como seis leguas—sin el uno al otro hablarse.
       —¿Cómo no me hablas, Carmela?—¿Cómo quieres que yo te hable,
       si las ancas del caballo—van bañaditas de sangre?
       —Confiésate, mi Carmela,—que yo se lo diré a un fraile,
       que en llegando a aquella ermita,—tengo ánimo de matarte.—
       Las campanas se repican—sin que las tocara nadie.
       —¿ Quién se ha muerto, quién se ha muerto?—La Carmela de Olivares—
       —No se ha muerto, no se ha muerto,—que la ha matado mi padre,
       por un falso testimonio—que ha solido levantarle,
       y una abuela que tenía—reviente por los hijares.

                          (Otro añadía.)
       
El hijo subió al cielo—juntamente con su madre,
       su abuela a el infierno—................................
       y su amante al purgatorio—a purgar lo que Dios mande.

V. Es de suponer que en aquella parte de las Provincias Vascongadas donde predomina de antiguo la lengua castellana (Encartaciones de Vizcaya, provincia de Álava, etc.), hayan penetrado nuestros romances, como en las demás regiones de la Península. Es más: parecen haber influído en la misma poesía éuskara, pues el más antiguo fragmento que de ella se ha citado hasta ahora con caracteres de autenticidad, es a saber, el que se refiere a la batalla de Beotivar, ganada por los Guipuzcoanos a los Navarros en 1321; el Beotibarco Gudua, que Esteban de Garibay publicó en su Compendio Historial, suena a lo menos en nuestros oídos profanos como un fragmento de romance, nombre que ya le dió Argote de Molina:

       Mila urte igarota—ura bere bidean,
       guipuzcoarrac sartu dira—gazteluco etchean,
       nafarraquin batu dira—beotibarren pelean. [1]

La curiosa erudición del venerable Argote de Molina, en su Discurso sobre la poesía castellana (1575) ligo ya esta poesía histórica con las nuestras: «Es romance de una batalla que Gil López de Oña, señor de la Casa de Larrea, dió a los Navarros y a Don [p. 328] Ponce de Morentana, su capitán, caballero francés..., cuya significación en castellano es que, aun pasados los mil años va el agua su camino y que los Guipuzcoanos habían entrado en la casa de Gaztelu y habían rompido en batalla a los Navarros en Beotibar.»

Nuestra absoluta ignorancia del vascuence nos impide averiguar si esta influencia castellana se percibe también en aquellas poesías fúnebres, endechas o cantos de duelo, que se componían en el siglo XV, y de que el mismo Garibay [1] nos dejó tan curiosas noticias en sus Memorias. Sólo sé que este género de poesía plañidera (análoga a los voceri de Córcega) existía también entre nosotros por el mismo tiempo y acompañado de iguales costumbres, y de él son muestras bellísimas las endechas a la trágica muerte de los Comendadores de Córdoba, y las del funeral de Hernán Peraza, muerto en la conquista de Canarias. De todos modos, las noticias de Garibay son tan curiosas para la historia de la poesía popular, y están todavía tan poco divulgadas, que me parece conveniente ponerlas juntas aquí, suprimiendo los versos, porque ni los entiendo, ni sé siquiera si están transcritos con la exactitud debida.

En mayo de 1464, los banderizos de la parcialidad oñacina mataron a Martín Báñez junto al caserío de Ibarreta, en el camino de Mondragón a Zaragarza: «Doña Sancha Ochoa de Ozaeta hizo gran llanto, muy usado en este siglo, por la desgraciada muerte de Martín Báñez, su marido, y soledad suya y de sus hijos, y cantó muchas endechas, que en vascuence se llaman «eresiac», y entre ellas se conservan hoy día algunas en memoria de las gentes, en especial éstas: Oñetaco lurrau, etc. Su significación es que la tierra de los pies le temblaba y de la misma manera las carnes de sus cuatro cuartos, porque Martín Báñez era muerto en Ibarreta, y había de tomar en la una mano el dardo, y en la otra una hacha de palo encendida y había de quemar a toda Aramayona. Esta es la substancia de estos versos, dando a entender en los tres primeros el gran sentimiento de la desgraciada muerte de [p. 329] su marido, y en los otros tres restantes su venganza» (páginas 46-47).

Habiendo fallecido moza Doña Emilia de Lastur, natural de Deva, entendióse que su marido Pero García de Oro quería contraer segundas nupcias con Doña Marina de Arrazola. «Hizo mucho sentimiento dello una hermana de Doña Emilia, y venida de Deva a Mondragón, cantó las endechas siguientes en cierto día de sus honras, cosa muy usada en este siglo: Cer ete da andra, etc.

El sentido de estos versos es que ella, hablando con su hermana Doña Emilia, recién fallecida, llamada Milia en esta lengua, da a entender no haber sido bien tratada del marido, y que estaba ya debaxo de la tierra fría, teniendo encima su losa, y era menester que la llevasen a Lastur, pues su padre baxaba gran hato de ganado para sus funerarias, y su madre adrezaba la sepultura; de donde se sigue que los padres eran vivos cuando falleció ella moza. Dize más en los últimos versos, exclamando mucho su muerte, que del cielo había caído una piedra y había acertado a dar en la Torre nueva de Lastur, y había quitado la mitad a las almenas, y había menester ir ella a Lastur y otras razones haciendo sentimiento del casamiento que se entendía quería hazer con la dicha Doña Marina de Arrazola.

A estas cosas respondió Doña Sancha Ortiz, hermana de Pero García de Oro, los versos siguientes: Ec dauco, etc. Quieren decir que Pero García de Oro no tuvo culpa en lo que ella le oponía, sino que fué mandamiento del cielo, y que con mucha grandeza había sido ella mujer de un hombre pequeño y bien hecho, y así se refiere dél haber sido de estatura pequeña, pero de rostro hermoso y bien proporcionado en sus miembros. Dize más, que sola ella vivir en portal ancho, significándolo por su casa grande, y que había sido señora de grande esquero de llaves, por significar por ellas su mucha riqueza, y sustentada en mucha honra por el marido.

Hay otras coplas sobre lo mismo, que también las quiero poner aquí, cantadas por la dicha hermana de Doña Emilia: Arren ene andra, etc.

Hablando con la misma Doña Emilia, quieren dezir, que el mensajero no lo había hecho bien y que del cielo había caído un poste, y dado en la Torre alta de Lastur, y se había llevado, por [p. 330] dezir muerto, al señor y señora de esta casa, al uno primero y a la otra después, y habían enviado una carta al cielo para que la diesen a esta señora. Dize más que estaba indignada contra Mondragón, porque había tomado mal a las mujeres de Guipúzcoa, de las cuales nombra tres..... Son endechas de mujeres, que por conservación de esta vejez las he querido referir aquí» (páginas 178-180).

Juzgando estos versos con los ojos, puesto que desconozco la pronunciación, el metro parece octosílabo y la forma predominante un tetástrofo monorrimo, aunque también se notan pareados, y series de cinco o seis versos con la misma rima. De todos modos, la forma del romance está menos caracterizada en estas improvisaciones que en el canto de Beotivar.

VI. No he visto ningún romance procedente de Navarra ni de la Rioja, pero sé por el respetable testimonio de Amador de los Ríos (Lit. Esp., tomo VII, 445), que existe, por lo menos, el de Delgadina, del cual bien puede afirmarse que se canta en todas las regiones de la Península.

Del Alto Aragón ha coleccionado varias poesías populares el Sr. D. Joaquín Costa, en quien la originalidad del pensar se junta con la más vasta y selecta erudición. En El Folk Lore Andaluz (Mayo de 1882) publicó una notable variante del romance de la suegra perversa, llamada comúnmente Doña Arbola:

       Se pasea la Carmona—por sus salas arrogante,
       con dolores de parir—que el corazón se le parte.
       Entre dolor y dolor—Carmona reza una salve.
       Ya se asoma a la ventana—por ver si corría el aire;
       desde allí ha visto el palacio,—el palacio de su madre.
       —¡Oh, quién tuviera una casa,—una casa en aquel valle!
       tendría por compañera—a la Virgen y a mi madre.
       —Vete, Carmona, a parir—al palacio de tu madre.
       —Y Don Bueso, cuando venga,—¿quién querrá me lo hospedare?
       —Yo te lo hospedaré, yo,—.............................
       con perdices y capones,—y otros manjares más grandes.
       —Ya ha llegado Don Bueso;—le ha preguntado a su madre:
       —¿Dónde está la mi Carmona,—que a recibirme no sale?
       —Tu Carmona se ha marchado—al palacio de sus padres,
       y me ha dicho «puta vieja»—y a ti hijo de malos padres.
       —A delicias, conde mío,—a delicias pienso hablarte,
        [p. 331] ha parido la Carmona—un hijo primer infante.
       —Que ni el infante lo goce— ni ella de allí se levante.
       —Albricias, albricias, conde,—albricias, que pienso hablarte,
       que ha parido la Carmona—un hijo primero infante.
       —¿Que ni el infante lo goce—ni ella de allí se levante.
       —¿Quién es ese caballero—tan descortés en hablare?
       —Es tu marido, Carmona,—que por ti ha de preguntare.
       —Levántate de esa cama—antes que yo te levante.
       —Hombre, de una hora parida,—¿cómo quieres me levante?
       —Levántate de ahí, Carmona,—antes de que yo me enfade.
       Aprisa pide vestirse—y aprisa pide calzarse,
       las doncellas que la visten van bañaditas en sangre.
       —¿Dónde quieres ir, Carmona,—en las ancas o delante?
       —En las ancas, caballero,—que no quiero deshonrarte.
       —¿Cómo no me hablas, Carmona,—de lo que solías hablarme?
       —Hombre, de una hora parida,—¿cómo quieres que te hable?
        las ancas de tu caballo—van bañaditas en sangre,
       y el camino que traemos—no hay peor para igualarle.
       —Ya hemos llegado, Carmona,—al sitio donde matarte.
       —¡Ah! ¡qué delicia la mía—si el recién nacido hablare!
       —Quieto, quieto, padre mío,—quieto, quieto, mío padre:
       culpas que debe mi abuela,—¿quieres que pague mi madre?—
       Alzó los ojos al cielo:—¡ah, qué delicia tan grande;
       niño de una hora nacido—ya le ha habladito a su padre!

VII. Noticias recientemente publicadas, inducen a creer que en el fertilísimo reino de Murcia hay cosecha de romances, y no solamente novelescos, sino histórico-fronterizos, lo cual es singularidad muy apreciable, porque los temas históricos son hoy muy raros en la tradición oral. El erudito investigador D. Pedro Díaz Cassóu, en un opúsculo sobre literatura popular murciana, [1] dice haber coleccionado varios de este género y nos da sus principios:

       Fumarea, fumarea,—que sale del Almenar
       .......................................................
       Tantos de cristianos matan—que es dolor de lo mirar...
       ......................................................
       El famoso Don Luis—que se apellida Faxardo
       ......................................................

[p. 332] (refiérese, como los anteriores, al Marqués de los Vélez).

       Guardas, guardas, pues lo sodes—esas puertas bien guardallas.
       .......................................................
       En el gran reino de Murcia—ilustre pompa de España......
       ......................................................

(Canta las hazañas de Lisón, comendador de Aledo.)

       Mediodía era por filo—era día de verano
       .......................................................

(Romance de moros y cristianos.)

Es lástima que el Sr. Díaz Cassóu se limite a esta indicación en materia tan importante, y no dé íntegro el texto de dichos romances, acaso por seguir con demasiado rigor la distinción que establece entre la poesía de la ciudad y la de la huerta. Tales escrúpulos de clasificación no deben ser obstáculo para salvar, con cualquier pretexto, estas venerables reliquias de la poesía tradicional, más interesantes a nuestros ojos que las coplas y cantares a que principalmente atienden los folk-loristas.

VIII. Ya he indicado la sospecha de que en Canarias puedan existir viejos romances llevados allá en el siglo XV por los conquistadores castellanos y andaluces. Si se encontrasen sería buen hallazgo, porque en casos análogos se observa que las versiones insulares son más arcaicas y puras que las del Continente, como sucede en Mallorca con relación a Cataluña, en Madera y las Azores con relación a Portugal.

De poesía histórica relativa a Canarias no conozco más que las célebres endechas que en Lanzarote se cantaron por los años de 1443, a la muerte del sevillano Guillén Peraza. Los recogió en 1632 de la tradición oral («cuya memoria dura hasta hoy») el franciscano Abreu Galindo, y de él las han copiado los demás historiadores del Archipiélago. Dicen así:

       Llorad las damas,—si Dios os vala.
       Guillén Peraza—quedó en la Palma,
       la flor marchita—de la su cara.
       No eres Palma,—eres retama,
       eres ciprés—de triste rama,
        [p. 333] eres desdicha,—desdicha mala.
       Tus campos rompan—tristes volcanes,
       no vean placeres—sino pesares,
       cubran tus flores—los arenales.
       Guillén Peraza,—Guillén Peraza,
       ¿do está tu escudo?—¿do está tu lanza?
       todo lo acaba—la mala andanza. [1]

Este romancillo pentasilábico, notable por la intensidad del sentimiento poético, consta, como se ve, de cuatro series asonantadas de seis versos cada una, siendo patente su analogía con los cantos fúnebres vascongados que cita Garibay.

En ritmo análogo al de las endechas de Guillén Peraza está compuesto el célebre cantar de los comendadores de Córdoba (número 1.902 del Romancero de Durán), cuyo estudio reservamos para otro lugar. A imitación suya se compuso luego el de la muerte de D. Alonso de Aguilar:

       «¡Ay Sierra Bermeja—por mi mal os vi!»

Y finalmente de la poesía popular pasó este metro a la erudita, conservando el mismo nombre de endechas, que luego se aplicó a otras composiciones análogas por el pensamiento, aunque diversas por la versificación.

IX. ¿Se cantan romances viejos en la América que fué española? Podemos afirmar que sí, nada menos que con el testimonio del colombiano D. Rufino José Cuervo, que es al presente el primer filólogo de nuestra raza: «En un desconocido valle de los Andes he oído a un inculto campesino recitar los romances de Bernardo del Carpio (que él llama Bernardino Alcarpio) y de los infantes de Lara.» [2]

Tal indicación, y viniendo de tal autor, despierta desde luego la curiosidad, que él puede satisfacer mejor que nadie. En los libros americanos que he registrado, nada encuentro que me dé luz sobre el asunto, salvo estas palabras del malogrado y [p. 334] simpático D. José María Vergara, [1] hablando de los llaneros de San Martín y de Casanare: «Sus composiciones favoritas son largos romances consonantados (?) que llaman galerón, y que cantan en una especie de recitado con inflexiones de canto en el cuarto verso. Es el mismo romance popular de España , y contiene siempre la relación de alguna grande hazaña, en que el valor, y no el amor, es el protagonista: el amor es personaje de segundo orden en los dramas del desierto. Indudablemente tomaron la forma de metro y la idea de los romances españoles; pero desecharon luego todos los originales, y compusieron romances suyos para celebrar sus propias proezas.»

La cita de Cuervo prueba que no desecharon (olvidaron, estaría mejor) todos los antiguos, pero los brevísimos fragmentos que transcribe Vergara y que tienen mucha semejanza con las canciones gauchescas de la Pampa Argentina, pertenecen realmente a la poesía vulgar de jaques y valentones, más bien que a la popular. Sólo puede hacerse una excepción en favor de los siguientes versos que corresponden al romance asturiano número 54, y a otros andaluces y portugueses que se citan en nuestra colección:

       Por si acaso me mataren—no me entierren en sagrao,
       entiérrenme en un llanito—donde no pase ganao:
       un brazo déjenme ajuera—y un letrero colorao,
       pa que digan las muchachas:—«Aquí murió un desdichao;
       no murió de tabardillo,—ni de dolor de costao;
       que murió de mal de amores—que es un mal desesperao.»

A juzgar por la muestra, nuestros romances deben de andar algo desmedrados en América; pero valgan lo que valieren, será útil reunirlos, sobre todo si los poetas líricos, que allí abundan, no caen en la tentación de retocarlos, sino que los dejan en su primitiva rusticidad.

Notes

[p. 311]. [1] . Así D. Manuel Murguía en su Historia de Galicia (Lugo, 1865), tomo I, página 256:

«Aquí en este país, en donde abundan las leyendas... puede decirse que carecemos del verdadero romance, como si se quisiese decir de esta manera que a nuestro pueblo algo de profundo e insuperable le separa del resto de la nación... Casi podemos asegurar que no se conoce en Galicia el romance... Parece que hacia la parte de Asturias, en Rivadeo y Vega de Castropol, se conservan algunos escritos en una de esas variedades del gallego, natural a nuestros pueblos fronterizos.... Nosotros podemos decir que a pesar del grande empeño que en ello hemos puesto, nos ha sido imposible adquirir en gallego un romance de regulares dimensiones.»

[p. 312]. [1] . Ibidem, pp. 257 y 579. D. Manuel Milá publicó otra versión en el trabajo que mencionaré inmediatamente.

[p. 314]. [1] . Cuestionario del Folk-Lore Gallego establecido en la Coruña el día 29 de diciembre de 1883. Madrid, R. Fe, 1885. Fueron redactores de este documento, según al fin de él consta, D. Cándido Salinas, D. Antonio de la Iglesia y D. Francisco de la Iglesia.

[p. 315]. [1] . Cancionero popular gallego, y en particular de la provincia de La Coruña, por D. José Pérez Ballesteros. Madrid, R. Fe, 1886. Tomo III, pp. 255-269.

[p. 317]. [1] . Recitado por Josefa Fernández, vecina de Curueña, Riello (León).

[p. 317]. [2] .  Recitado por Josefa Fernández, de 48 años, viuda, vecina de Curueña, Riello (León), 1889.

[p. 318]. [1] . El erudito P. Sota, historiador montañés, a quien ha desacreditado su ciega adhesión a los falsos cronicones, pero que en cosas más modernas merece ser leído y estudiado con atención., cita en su Crónica de los Príncipes de Asturias y Cantabria (Madrid, 1681, p. 444), al tratar del linaje de los Rosales, el principio de un romance genealógico que se cantaba en su tiempo, y que de fijo no sería el único de su clase:

«Y en la Montaña de Castilla la Vieja, donde es su primitivo solar, se canta vulgarmente en coplas antiguas»:

       ¿Conocistes los Rosales—gente rica y principal...

[p. 319]. [1] . Argüeso es nombre geográfico y también apellido antiguo en el país.

[p. 319]. [2] . Tipos y Paisajes, segunda serie de Escenas Montañesas, por D. José María de Pereda. Madrid, 1871, p. 367.

[p. 319]. [3] .  Véase la traducción del distinguido helenista alavés D. Federico Baráibar:

       Ven, golondrina—de blancas alas,
       ojos brillantes,—pechuga blanca.
       T'rae del buen tiempo—las horas gratas.
       ¿Querré del fértil—campo las plantas?
       A ella le gustan—tortas doradas,
       y vino, y queso,—puesto en canastas.
       ¿Nos darás algo vecino,—o no vas a darnos nada?
       si algo nos regalas, bueno,—pero si no, guarda, guarda.
       Que nos hemos de llevar—la puerta de tu morada
       y a más la mujer que tienes—y lo que dentro recatas,
       No nos costará trabajo,—que está bien poco medrada,
       a tí quisiera llevarte,—si das cosa que lo valga.
       Abre, abre a la golondrina—las puertas de tu morada,
       Abre, que no son ancianos,—sino niños los que llaman.

[p. 320]. [1] . Aquí el nombre de la señora de la casa.

[p. 320]. [2] . Aquí el nombre de la señorita.

[p. 320]. [3] . Costas y Montañas (Libro de un caminante), por Juan García. Madrid, 1871, pp. 506-509.

[p. 321]. [1] . Escenas Montañesas. Madrid, 1864, pp. 109-110.

Análogos a las marzas son los cantares de bodas, de que Pereda ha dado varias muestras recogidas en Tudanca. (Vid. Homenaje a M. P., tomo II al fin).

[p. 321]. [2] . Vid. La Tertulia, revista publicada en Santander, en 1876, páginas 82-83.

[p. 322]. [1] . Ave, Maris Stella, historia montañesa del siglo XVII, por Juan García (Madrid, 1877), p, 429.

[p. 324]. [1] . Sospecha, no sin alguna verosimilitud, el Sr. Ortiz de la Torre, que este romance pueda aludir a los amores de la condesa de Castilla, madre de Sancho García.

[p. 325]. [1] . Recuerdos de Cantabria. Libro de Bejorís, por Ramón Ortiz de la Torre y Fernández de Bustamante, 1897. Palencia, Imprenta y librería de Elías Heredia, 4.º-35 pp.

Transcribe también una variante de las Marzas, tal como se cantan en Toranzo:

       Marzas floridas—seáis bien venidas.
       Florido Marzo seáis bien llegado,
       a las cuarentenas—santas y buenas.
       Tengan, señores,—muy nobles cenas.
       En esta casa habrá—un rey y una reina,
       de los dos saldrán—doce hijas hembras (!),
       las seis serán monjas,—monjas y abadesas,
       y las otras seis,—por ser las más bellas,
       Duques y Condes—casarán con ellas.
       Angelitos somos,—del cielo venimos,
       bolsillos traemos,—dinero pedimos.
       Si no nos le dan,—con Dios, que nos fuimos.

[p. 327]. [1] . Vid. F. Michel, Le Pays Basque, París, 1857, p. 243; y Manterola (José), Cancionero Vasco, segunda serie, San Sebastián, 1878, pp. 67-72.

[p. 328]. [1] . Memoaril histórico español: Colección de documentos, opúsculos y antigüedades, que publica la Real Academia de la Historia. Tomo 7.º Madrid, 1854.

[p. 331]. [1] . El Cancionero Panocho, coplas, cantares, romances de la Huerta de Murcia. Madrid, Fortanet, 1900, p. 85 y ss.

[p. 333]. [1] . Historia de la Conquista de las siete islas de la Gran Canaria, escrita por el Reverendo Padre Fray Juan de Abreu Galindo. Año de 1632. Santa Cruz de Tenerife, 1848 (Biblioteca Isleña). pp. 63-64.

[p. 333]. [2] . Anuario de la Academia Colombiana. Año de 1874. Bogotá. Pág. 225.

[p. 334]. [1] . Historia de la literatura en Nueva Granada, por José María Vergara y Vergara. Bogotá, 1867, pp. 518-522.