Poeta de más culto y urbano gracejo que Antón de Montoro, de más cortesanos y caballerescos hábitos, de más dignidad moral, y también de mayores condiciones para la poesía elevada, se nos presenta Juan Álvarez Gato, que entre los ingenios del reinado de Enrique IV es el que sigue inmediatamente en mérito a los dos Manriques. Habiéndose conservado íntegro, por fortuna, el cuerpo de sus poesías, podemos conocerle y estimarle por completo. [1]
[p. 322] Su apellido le publica madrileño, y de uno de los más antiguos linajes de la villa, estrechamente emparentado con el de Luján; por lo cual hacen de uno y otro larga conmemoración los historiadores de ella, así Jerónimo de Quintana y Gil González Dávila, como el más moderno y diligente, Álvarez y Baena. Fué su padre Luis Álvarez Gato, señor del mayorazgo de su apellido en Madrid, y alcaide de sus reales alcázares en tiempo de D. Juan II, a quien había servido honrosamente en la guerra de Granada y en la batalla de Olmedo. No menos se distinguió en las armas el hermano mayor de nuestro poeta, Fernán Álvarez Gato, Comendador de Villoria en la Orden de Santiago, al cual sin fundamento atribuye Baena la Breve Suma de la sancta vida del reverendísimo y bienaventurado D. Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada, copilada por un su devoto, el cual vido lo más que aquí dice, y lo demás supo muy cierto de religiosos e personas dignas de fe, opúsculo preciosísimo que cierra el códice en que las obras poéticas de Juan Álvarez Gato se custodian, pero que no tiene con ellas más relación que la de haber sido copiado en el mismo libro, aunque por mano diversa. [1]
Las noticias personales que tenemos de nuestro poeta se reducen a muy poco. Fué armado caballero por D. Juan II en el último año de su reinado (1453), ciñéndole el Rey su propia espada, que Álvarez Gato dejó vinculada en su mayorazgo. sabemos que tenía parte de su hacienda en Pozuelo de Aravaca, y que allí le visitó más de una vez el Rey D. Juan, que gustaba mucho de su conversación y le llamaba su amigo. Sirvió con igual celo a Don Enrique IV, que se valió de él para sosegar las diferencias entre la ciudad de Toledo y el Conde de Fuensalida. Conservaba el favor de la corte en tiempo de la Reina Católica, de quien fué mayordomo. Murió después de 1495, y fué sepultado en la iglesia del Salvador, capilla de Nuestra Señora de la Antigua. Destruída hoy aquella parroquia, se ignora el paradero de los restos del poeta. Los genealogistas nos han conservado el nombre de su mujer Doña Aldonza de Luzón, de quien no dejó hijos, pasando, por tanto, el vínculo que él fundó a la familia de su hermano.
[p. 323] Estas sencillas y verídicas noticias bastan para desacreditar una odiosa leyenda que acerca de Álvarez Gato se contiene en la Miscelánea del portugués García de Resende. Allí se le pinta como uno de aquellos advenedizos que el capricho de D. Enrique IV levantó del fango, y aun se le supone descastado y de malas entrañas. «Por ser hombre de criar e tratar caballos e mulas, vino a privar tanto que le dió el Rey renta y estado cerca de sí. No hizo jamás bien a su padre; y yendo con el Rey camino, topando a su padre que venía con dos jumentos cargados, el padre se quitó el bonete, y el hijo non le miró. Súpolo el Rey, y mandóle echar de la corte, diciendo que quien non era para facer bien a su padre, non se podía su señor fiar de él.»
Quien tan mal informado estaba de la prosapia de Álvarez Gato y del oficio de su padre, mal puede ser creído cuando atribuye al ingenioso vate madrileño sentimientos tan ruines y de todo punto incompatibles con el noble y honrado espíritu que en sus poesías resplandece. Si cayó temporalmente de la gracia de Enrique IV, aun después de haber celebrado en algún tiempo la privanza de D. Beltrán de la Cueva, fué por un motivo que ciertamente le honra, y que en las rúbricas de sus coplas se consigna. «Al tiempo que fué herido Pedrarias por mandado del rey D. Enrique, parescióle muy mal (al autor), porque era muy notorio que le fué gran servidor, y por esta causa hizo las coplas siguientes, en nombre d'un mozo que se despide de su amo, y algunos caballeros por esta razón se despiden del rey.» En esta sátira, a la cual muy pronto siguió otra enderezada más de propósito contra el mismo Rey, «porque daba muy ligeramente de su corona», Álvarez Gato se despide de la corte, denunciando sin contemplaciones el abatimiento a que la majestad real había llegado, y lo poco que podía esperarse de la condición liviana y antojadiza del monarca, inconstante siempre en sus afectos y más temible para sus propias hechuras que para sus declarados enemigos:
Plásete de dar
castigos,
Sin
por qué;
Non te terná nadie
fe
De
tus amigos.
Y essos que contigo
están,
Cierto
só
[p. 324] Q'uno a uno se t'irán
Descontentos, como
yo.
Lo que siembras
fallarás,
Non
lo dudes:
Yo te ruego que te
escudes,
Si
podrás:
Qu 'en la mano está
el granizo,
Pues
te plaze
Desfacer a quien te
face,
Por facer quien te
desfizo..
..............................
Mira,
mira, rey muy ciego,
E' miren tus
aparceros
Que las prendas e
dineros,
Quando mucho dura
el juego,
Quédanse en los
tablajeros...
El códice de las poesías de Álvarez Gato se divide en dos, o más bien en tres partes, enteramente diversas de tono, como lo declara el mismo autor en esta copla:
Este libro va
meitades
Hecho de lodo y de
oro:
La meitad es de
verdades,
La otra de
vanidades,
Porque yo mezquino
lloro;
Que cuando era mozo
potro,
Sin tener seso
ninguno,
El cuerpo quiso lo
uno,
Agora el alma lo
otro.
Comienza, pues el libro con las que el autor llama «coplas viciosas de amores, pecadoras y llenas de mocedades», y prosiguiendo «habla en cosas de razón, y al cabo espirituales, provechosas y contemplativas». Entre sus contemporáneos, sin embargo, parecen haberle granjeado más estimación las coplas de mocedades que las espirituales y contemplativas, como por lo general acontece. Lo cierto es que sólo aquellas pasaron al Cancionero general, circunstancia, por otra parte, que nos permite subsanar la pérdida de las primeras hojas del códice, en que probablemente figurarían el desafío de amor que hizo a su amiga, las coplas al Conde de Saldaña «Vengo d'allende la sierra» y otras composiciones suyas que están en la grande antología de Castillo, y faltan en el códice [p. 325] de la Academia. Leídas unas y otras, hay que confesar que Juan Álvarez Gato fué uno de los más ingeniosos y amenos poetas eróticos del siglo XV. Su fantasía viva y risueña, su decir picante y agudo, encubren la ausencia de verdadero sentimiento, y hacen perdonar los tiquismiquis amorosos, porque se ve que en el fondo el poeta se burla de ellos. Esta nota, suavemente irónica, es la más original que hay en las poesías juveniles del vate madrileño. Las mismas hipérboles con que gusta de encarecer su pasión, y que en su edad madura debieron de remorderle mucho la conciencia por lo irreverentes y aun sacrílegas, están dichas en un tono humorístico que amengua mucho la trascendencia de su intención pecaminosa. El autor baraja lo profano y lo sagrado con tal desenvoltura, que recuerda la de ciertas doloras de un célebre contemporáneo nuestro. Ve Álvarez Gato a su amiga un día de Viernes Santo «hacer los nudos de la pasión en un cordón de seda», y exclama:
Hoy mirándoos a
porfía,
Tal passión passé
por vos,
Que no escuché la
de Dios
Con la rabia de la
mía.
Los nudos que en el
cordón
Distes vos alegre y
leda,
Como nudos de
passión,
Vos los distes en
la seda,
Yo los di en el
corazón.
[1]
Envía como extraño mensajero de amor a un romero que iba a pedir limosna a la Condesa de Medina, y dice en las coplas hablando con el romero:
Tú, pobrecico
romero,
Que vas a ver a mi
Dios,
Porque viva yo que
muero,
Que le pidas te
requiero
Limosna para los
dos:
Para mí, q'en balde
afano,
Que quite cuyta y
pesar:
Para ti: bendito
hermano,
Que te toque con su
mano;
[p. 326] Que bien te podrá dar sano
Quien a mí podríe
sanar.
..............................
No hay milagro que
no faga,
Mas que no quantos
hoy son:
Yo me tengo assí
creydo
Que, si llegas a su
manto,
Aunque agora vas
tollido,
Tornarás sano y
guarido,
Bien como si
ovieses ydo
Acullá al sepulcro
santo.
En otras coplas, encareciendo el amor harto general y versátil que siente por las mujeres, se resbala todavía más, y dice tales impiedades que ni en broma pueden pasar:
Por vos, señoras,
por vos
Me fice hereje con
Dios,
Adorándoos más que
a Él.
Siquiera aquí el poeta reconoce su pecado; pero en las coplas a una señora que vido en la cama, mala, hace gala de su culpa, mostrándose contumaz e impenitente:
Ganóme de tal
manera
vuestro valer y
virtud,
Que os otorgo,
aunque no quiera,
Carta firme y
valedera
De mi alma y mi
salud:
..............................
Ni me pueda
arrepentir
En ningún tiempo
jamás;
Y si con mucho
servir
Viere mi muerte
venir,
Entonces os quiera
más:
Ni pueda vevir sin
vos,
Ni faltaros en un
pelo,
Ni querer una ni
dos,
Ni decir que
hay otro Dios
En la tierra ni en
el cielo.
Convengamos en que los escrúpulos del poeta cuando la edad le fué madurando el seso, no carecían de algún razonable fundamento; pero también es verdad que en algunas de sus coplas pecadoras [p. 327] campea un muy regocijado y en el fondo muy inofensivo donaire. Sirvan de ejemplo aquellas tan chistosas donde refiere cierta aventura nocturna, en que llegándose a hablar con su señora a la ventana «se quitó la señora y mandó ponerse a una vieja diforme» y el poeta «non lo entendió porque facía muy oscuro», desatándose luego en chistosas lamentaciones cuando llega a enterarse de que le habían dado
Por palacios
tristes cuevas,
Por lindas
canciones nuevas
Los romances de don
Bueso;
alusión por cierto muy notable, y ya antes de ahora notada, que sirve para atestiguar la remota antigüedad de un tema de romances que no existe en las colecciones impresas, pero del cual perseveran vestigios en la tradición poética oral de Asturias y otras comarcas.
Versificador de los mejores Álvarez Gato, en tiempos en que el versificar bien era ya harto frecuente, mereció del mayor poeta de su tiempo, Gómez Manrique, el elogio de que fablaba perlas y plata. No sabemos que se ejercitase nunca en las estancias de arte mayor, pero en los versos cortos mostró gran discreción y gentileza, principalmente en las coplas de pie quebrado y en las quintillas, que tan adecuadas eran al culto discreteo de su musa. Aun abusando de la alegoría, como todos los poetas cortesanos de aquel siglo, logra dar ligereza galante al Desafío de amor que propone a su amiga, y malicioso donaire a algunas composiciones breves, que son de lo más exquisito que en su línea puede encontrarse en los Cancioneros. Véase, por ejemplo, la excusa que da a una se ñora a quien servía, para no casarse con ella:
Decís:
casemos los dos,
Porque deste mal no
muera.
Señora, no plega a
Dios,
Siendo mi señora
vos,
Qu'os haga mi
compañera.
Que
pues amor verdadero
No quiere premia ni
fuerza,
Aunque me veré que
muero,
Nunca lo querré ni
quiero
Que por mi parte se
tuerza.
Amarnos
amos a dos
Con una fe muy
entera,
[p. 328] Queramos esto los dos;
Mas no que le plega
a Dios,
Siendo mi señora
vos,
Qu'os haga mi
compañera.
Sus versos suelen correr con tal garbo y gentileza, que hacen grata impresión en el oído y fácilmente se pegan a la memoria; verbigracia:
Qu'en vuestro poder
consiste
Su
ventura,
Como en manos del
pintor
El pintar triste o
alegre
La
figura.
..............................
Es la que sola
nasció
Más hermosa, más
sentida,
La que Dios mismo
pintó;
En quien él más se
esmeró
Que en persona
desta vida.
..............................
Ante cuya
perfección
Que tan estimada
es,
Las ventajosas que
son
Hacen según el
pavón
Cuando se mira a
los pies.
..............................
Yo sentí el dolor
más fuerte
De la gran saña de
amores,
Sus congojas, sus
temores,
Sus destierros y su
muerte:
Mas ante éstos
renovados
No hay razón porque
se teman;
Que así son
determinados
Como fuegos
dibujados
Ante las brasas que
queman.
..............................
Que vuestro cuerdo
mirar,
Vuestro semblante
tan bello,
Vuestro tañer y
cantar,
Vuestro danzar y
bailar,
Vuestras manos,
vuestro cuello
Vuestra polida
destreza,
Vuestro primor y
sentir,
Vuestra extremada
belleza,
Vuestra bondad y
nobleza,
¿Quién que la sepa
decir?
[p. 329] Erraríamos mucho si pensásemos que todos estos extremos los hacía Álvarez Gato por una misma dama. Pocos más lejanos que él del idealismo petrarquista, y pocos que con tanta franqueza hayan confesado la inconstancia de sus afectos, que, como los del Arcipreste de Hita, parecen haber recorrido toda la Geografía de Castilla y toda la escala social. Así suenan confundidas en sus versos una señora de las de Guadalaxara, otra que por estado y por quien era se llamaba la Mayor, una vizcaína de quien se enamoró estando en Lipusca, unas monjas devotas suyas; y, entre otras varias de quienes da menos señas, aquella belleza valetudinaria, en obsequio de la cual compuso una estrafalaria alegoría del género farmacéutico, con título de Regimiento de calenturas, que puede citarse como prototipo y dechado de mal gusto. Álvarez Gato receta a su dama almíbar de compasión, letuario de agradescer, una purga en la voluntad, una sangría en la vena de mudanza, y una dieta de conservas,
Que serán, por no
dañarme,
Las almendras
socorrerme,
Las manzanas
consolarme,
Las granadas
alegrarme
Con azúcar de
quererme.
Esta manera de prescripción facultativa no era ocurrencia enteramente original de Álvarez Gato. Ya en el antiquísimo libro del Bonium o Bocados de Oro, traído al castellano de fuente oriental, como es notorio, en el reinado de Alfonso el Sabio, un físico de la India propone la siguiente recebta de las melesinas para guaresser los pecados; «Toma las rrayses de los estudios... e la corteza de seguirlos, e los mirabolanos de la humildad, e los mirabolanos de la caridad, e los mirabolanos del miedo de Dios, e la simiente de la vergüenza, e la simiente de la obediencia, e la simiente de la esperanza en Dios, e métanlo todo a cocer en la caldera de la mesura, e enciendan só ella fuego de amor verdadero, e sóplenlo con viento de perdón, e cuezga fasta que se alce la espuma del saber, e esfríenlo al aire de vencer la voluntad, e bébanlo con devoción de buenas obras.»
Pero dejando aparte toda esa farmacopea espiritual, es cierto que la tal doliente señora parece haber sido la predilecta de [p. 330] nuestro Gato (el gato, como se llamaba a sí propio en los versos que la dirigió), o a lo menos la que encendió en sus impresionables sentidos mayores llamas,
Vuele, vuele
vuestra fama,
Que a mis ojos
desvelados
Mejor pareceistes,
dama,
Así mal en vuestra
cama,
Que las reynas en
estrados:
Notando vuestros
polidos
Razonamientos sin
mengua,
Quanto abríen los
oydos,
Estavan enmudecidos
Los sentidos y la
lengua.
.............................
En obsequio de todas estas fugaces pasiones suyas, Álvarez Gato, que se preciaba, tanto y aun más que de poeta, de atildado cortesano, sacaba cada día no sólo nuevos motes y coplas, sino nuevos primores e invenciones en armas, trajes y arreos, como cuadraba a aquella liviana y fastuosa corte de Enrique IV y de la Reina Doña Juana. Una vez hacía bordar en su capa un canto de órgano, otro día sacaba una villa por cimera, o un collar de oro con letras, o un almete con esta divisa:
Por aquí
Combatieron y me
di.
No siempre enviaba sus dulces mensajes con romeros tollidos; tenía también para tales servicios un esclavo negro, cuyo color le suministraba fáciles antítesis para ponderar la blancura de su dama. Era diestro jugador de cañas, y de esta habilidad se valía para lanzar a los tejados de sus amigos coplas envueltas en una vara. No sólo trabajaba en sus propios amores, sino también en los ajenos, según mala costumbre de antiguos poetas, que en Lope había de tomar visos de complicidad y tercería. No son raros en las poesías de Álvarez Gato epígrafes como estos: «Ayudando a un caballero su amigo para con una dama que sirve.» «A D. Pedro de Mendoza, hermano del duque D. Diego Hurtado... en que cuenta una habla que ovo con una señora, que sirve D Pedro, no conosciéndola.» «Al duque, viniendo camino, donde vido una señora que él deseaba servir y loava mucho.»
[p. 331] En relación más honrosa le presentan otras poesías suyas con los principales ingenios de su tiempo, tales como el ya citado Gómez Manrique, su inmortal sobrino D. Jorge, el capitán de Jaén Hernán Mexía, D. Diego López de Haro y otros tan insignes por sus letras como por su cuna. Según uso de los antiguos trovadores, no perdido aún en tiempo de los Reyes Católicos, solían dirigirse preguntas más o menos ingeniosas, para responder por los mismos consonantes, del modo que lo mostrará este principio de una linda reqüesta de Gómez Manrique, respondida por Álvarez Gato:
MANRIQUE
Fizieron tal
impresión
Vuestras palabras
en mi
Sosegado corazón,
Que después que las
oí,
Nunca jamás se
reposa
Un momento, ni
sosiega,
Como el azor de
Noruega
Hace con hambre
rabiosa...
..............................
ÁLVAREZ
GATO
En esta qu'os da
passión
Sobre cuantas damas
vi,
Como brasas con
carbón,
Sayales con
carmesí,
Las espinas con la
rosa,
La gentil con la
mariega;
Todo el valor se la
llega
Sin dexar ninguna
cosa...
Pero con ser Álvarez Gato poeta de sociedad aristocrática por su nacimiento, por sus amistades y hasta por particular e ingénita disposición de su numen, no sólo honró y protegió, según era entonces de buen tono, a poetas semi-vulgares y de humildísimo oficio, como el mozo de espuelas Mondragón, cuya virtud y humildanza pondera en unas coplas que, a modo de carta de recomendación, envió al capitán Hernán Mexía; sino que, a imitación del Marqués de Santillana, gustó de imitar los fáciles ritmos de la poesía del pueblo, y fué de los primeros ingenios artísticos que deliberadamente comenzaron a glosar letras y [p. 332] cantares del vulgo. Fenómeno de gran consecuencia artística, que continuaremos haciendo notar en los mejores poetas del tiempo de la Reina Católica. Y esto lo hizo no solamente en lo profano, sino también en lo sagrado. Véase alguna muestra de este segundo género, la cual no disonaría entre los mejores villancicos de Juan del Encina, maestro en este género de cantarcillos lírico-musicales
Venida es, venida
Al mundo la vida.
Venida es
al suelo
La gracia del cielo
A darnos consuelo
Y gracia complida.
Nacido
ha en Belén
El que's nuestro
bien:
Venido es en quien
Por él fué
escogida.
En
un portalejo,
Con pobre aparejo,
Servido de un
viejo,
Su guarda escogida.
La
piedra preciosa
Ni la fresca rosa
No es tan hermosa
Como la parida.
Venida es, venida
Al mundo la
vida.
De igual modo glosó, entre otros cantares cuyo origen popular reconoce (que disen o traen los vulgares), las siguientes letras, enderezándolas a lo espiritual y seguramente conservando la música que las acompañaba:
Quita allá, que no
quiero,
Falso enemigo;
Quita allá, que no
quiero
Que huelgues
conmigo.
..............................
Dime, señora, di,
Quando parta desta
tierra
Si te acordarás de
mi.
..............................
¿Quién te truxo,
rey de gloria,
Por esta montaña
escura?
.............................
[p. 333] Solíades venir, amor;
Agora non venides,
non.
.............................
Amor, non me dexes;
Que me
moriré...
y una que él llama sonata, y empieza:
Nuevas te traigo,
Carillo
Estas reliquias populares, tan inesperadamente conservadas, son lo que da más precio a la parte sagrada del Cancionero de Álvarez Gato, la cual por lo demás es inferior a la profana, y adolece un tanto del cansancio de la senectud. Pero no puede dudarse de la ardiente y sincera devoción que inspiró todos estos versos. En Álvarez Gato hubo, al traspasar las cumbres de la edad madura, una completa transformación moral, que sorprendió a sus más íntimos amigos, a D. Diego López de Haro, por ejemplo, «viéndolo tan mudado de las cosas que solía conversar con él». Pero «lo juzgó a la mejor parte como han de hacer los buenos», y ciertamente no se equivocaba. Entonces fué cuando Juan Álvarez, renegando de los mundanos devaneos en que había perdido míseramente la flor de su juventud, se despidió del mundo con la voluntad; oró al pie del Crucifixo que está en Medina; pidió gracia al Sacramento para vencer los tres contrarios del alma; invocó en ferviente plegaria a Nuestra Señora para que fuese iris de paz en las tormentas del reino, que estaba lleno de escándalos; y , finalmente, buscó la dirección espiritual de Fray Hernando de Talavera, «el más notable perlado de vida y enxemplo que ha habido en nuestros tiempos».
En estos piadosos y loables temas ejercitó exclusivamente el ingenio durante sus últimos años, aunque sin resignarse a quemar sus versos antiguos, puesto que unos y otros los reunió en un mismo Cancionero. Pero entre el período erótico y el místico hubo uno intermedio, en que el estro de Álvarez Gato, comenzando a desasirse ya de las vanidades que hasta entonces le habían servido de poderoso acicate, pero sin levantarse todavía a las puras regiones de la virtud ascética, hizo obra de moralista profano y de poeta satírico en la más noble acepción de la palabra, buscando la raíz de las tiranías y discordias que afligían al reino. Su muy grande amigo, el capitán Hernán Mexía de Jaén, le había [p. 334] dirigido unas coplas, ciertamente notables, en que por medio de una serie de enérgicas interrogaciones, mostraba con dolor y vergüenza que en Castilla no quedaban ni buenos regidores, ni alcaldes justificados, ni buenos religiosos, ni leales ciudadanos, ni limpios abades, ni nobles escuderos, ni simples labradores, ni viejos prudentes, ni franqueza, ni gentileza, ni piedad, ni justicia, ni mesura, ni hidalguía, ni buena conciencia, y acudía a Juan Álvarez como al físico el doliente, para que le declarase la razón de tantos males. Juan Álvarez respondió en el mismo metro; y esta respuesta es sin duda la mejor de sus obras poéticas, la que le da un puesto más inmediato a los dos Manriques y superior a los demás ingenios de su tiempo. Al revés de Montoro y del autor de las Coplas del Provincial y de tantos otros que al revolver el fango de su tiempo se salpican con él, y apenas saben levantarse de la difamación personal y efímera, Álvarez Gato, inspirado por mejor numen, eleva la sátira a la dignidad de función social, y al paso que increpa con libre acento a grandes y pequeños, a los pastores de la Iglesia que no se cuidan de su grey, a los abades que convidan a las bodas de sus fijos, y , en suma, a todos los que andan «desacordados, zahareños y revesados de temer y amar a Dios», nota como causa de todo ello que el calor de la fe se va resfriando en los corazones; y acierta a encerrar la indignación de su alma creyente y honrada, en frases tan enérgicas y sentenciosas como éstas:
Somos malos a
porfía
Y muy contentos de
sello...
..............................
Las virtudes son
perdidas,
Muertas son con
negros velos,
Si los niños
ternezuelos
No les dan vida de
nuevo.
[1]
[p. 335]
[p. 336]
[p. 337]
[p. 321]. [1] . Existe este códice en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia; y ya en 1790, fecha del tomo III de los Hijos de Madrid, de Álvarez y Baena, en que por primera vez se da cuenta de él (pág. 101), carecía, como hoy, de las cinco primeras hojas. Probablemente se equivocó Baena creyendo que era el mismo original que Álvarez Gato dejó en herencia a sus sucesores. Es un manuscrito en folio, de 175 hojas. Las poesías profanas llegan hasta el folio 65: allí comienzan las de devoción, que quedan truncadas en el folio 73, faltando los posteriores hasta el 80, en que dan comienzo varios opúsculos en prosa, propios y ajenos del autor.
Amador de los Ríos, en las ilustraciones del tomo VI de su Historia crí tica, puso íntegro el índice de las poesías, cuyo número llega a 82. Todavía permanecen inéditas, a excepción de las pocas (todas de amores) que hay en el Cancionero general de Castillo, y de las que dió a conocer Gallardo en el tomo I de su Ensayo.
[p. 322]. [1] . Esta biografía, que se atribuye comúnmente a Fray Alonso de Madrid, sirvió de fuente principal al P. Sigüenza para lo que escribió del Arzobispo Talavera en su maravillosa Historia de la Orden de San Jerónimo.
[p. 325]. [1] . Del mismo género son otras coplas en Viernes de endulgencias, predicando la passión.
[p. 334]. [1] . Inseparable del nombre de Álvarez Gato debe ser el de su amigo el capitán Hernán Mexía, veinticuatro de Jaén, que se asemejó mucho al poeta de Madrid en las dotes del ingenio, aunque fuese menos fecundo que él. Además de las coplas políticas ya citadas, que no se hallan en los Cancioneros impresos, sino en el manuscrito de Álvarez Gato, conocemos de Hernán Mexía nueve composiciones insertas en el General de Castillo (números 115 a 124 de la edición de los Bibliófilos españoles). La primera es un diálogo entre el pensamiento y el seso: pero la más notable es, sin duda, la sátira contra
las mujeres, escrita a imitación de la de Torrellas, según en ella misma se declara:
Perdonad, Pero
Torrellas,
Mis renglones
torcederos...
Poder del Padre
Corvacho,
Saber del hijo
Torrellas,
Dad a mi lengua
despacho...
Porque diga sin
empacho...
Socorred por Dios,
Torrellas,
Y tú, valiente
Bocacio.
Pero la sátira de Mexía es tan superior a la de Torrellas en donaire, viveza y felices rasgos de costumbres, que sin escrúpulo puede contarse entre las mejores poesías de este reinado; y hasta el severísimo Quintana la incluyó (algo mutilada) en las Poesías escogidas de nuestros Cancioneros y Romanceros, que reunió para la Colección Fernández (tomo XVI). Una de las estrofas malamente suprimidas por Quintana atestigua lo populares que eran todavía a principio del siglo XV los temas novelescos del ciclo bretón y cuánto gustaban de ellos las mujeres:
Deseo que las
inflama,
Ya que cansadas
están,
En tal lición las
derrama
Cuál amó más a su
dama,
De Lanzarote o
Tristán:
Si amó con mayor
desseo
A Lanzarote Ginebra
O a Tristán la
reina Iseo...
Hay en estas coplas reminiscencias, no solamente de Boccaccio, sino del Corbacho castellano del Arcipreste de Talavera, especialmente en el pasaje en que se describen los afeites y atavíos de las mujeres:
Ya se trenzan los
cabellos,
Ya los sueltan, ya
los tajan,
Mil manjares hacen
dellos,
Van y vienen
siempre a ellos,
Sus manos que los
barajan:
Crescen y menguan
las cejas,
...........................
Tórnanse frescas
las viejas,
Las amarillas,
bermejas,
Las blancas como la
nieve...
También admitió Quintana en su primera Colección unos versos amatorios de Hernán Mexía (a una partida que hizo de donde su amiga estaba) en el modo y estilo de los de Guevara, o Diego Sánchez de Badajoz:
Iba de negro
vestido,
El rostro triste y
lloroso;
Passo a passo y
desmayado,
Por unos montes
perdido,
Sin nunca esperar
reposo:
La barba lleva
crescida
Como fué su mala
suerte,
Y con passión
dolorida,
Bien demostraba su
vida
Las señales de la
muerte.
Todavía más que como poeta, es conocido Hernán Mexía como autor del Nobiliario Vero (Sevilla, 1492, libro, no de genealogías, como de su título pudiera inferirse, sino de heráldica, y uno de los más antiguos e importantes que tenemos).
De la persona de este Mexía hay muy interesantes, aunque no muy honrosas, noticias en la Relación de los fechos del Magnífico Condestable Miguel Lucas de Iranzo (Memorial Histórico Español, tomo VIII, págs. 382 y siguientes). Al llegar en su narración al año 1468 dice el anónimo cronista que «como los fechos del Rey (Enrique IV) estuviesen tan derribados y caídos, y esos pocos que habían quedado en servicio del señor Rey enflaqueciesen y de cada día se menguasen y consumiesen, y como el señor Condestable tan supremamente perseveraba en su lealtad y en el servicio del señor Rey; y el Marqués de Villena, que ya era Maestre de Santiago, le desease destruir e haber aquella ciudad de Jaén a su mano, creyendo que si esto pudiese acabar, el dicho señor Rey era de todo punto perdido, y que no le quedaba cosa en Castilla que se pudiese sostener, un caballero que se decía Fernán Mexía, natural de la ciudad de Jaén, y otro Comendador Juan de Pareja... e otros ciertos naturales e vecinos de ella con ellos, por tratos que el dicho Marqués de Villena, Maestre de Santiago, facía con ellos, eran de acuerdo y estaban conjurados de matar a traición al dicho señor Condestable y robar a los conventos, porque la comunidad de la dicha ciudad de mejor voluntad se juntase con ellos y levantase con la dicha ciudad. Para lo cual facer y llevar adelante esperaban ser socorridos de D. Fadrique Manrique, que estaba apoderado de Arjona y de todos los castillos y aldeas de Jaén e aun de Villanueva, otro castillo de Andúxar; e de D. Alonso, señor de la Casa de Aguilar, e de las ciudades de Córdoba, Úbeda y Baeza, y de otras gentes: lo cual tenían acordado de facer la víspera de San Lázaro, cuando el dicho señor Condestable saliese siguro a las vísperas, que es en el campo, fuera de la dicha ciudad de Jaén. Y como su señoría fuese aquel día siguro a las vísperas, muy acompañado de gente, aunque de la traición que le estaba ordenada no sabía cosa ninguna, los traidores enflaquecieron y no se atrevieron a lo hacer, y dexáronle por aquel día para adelante... Nuestro Señor Dios, que no quiso dar lugar que el dicho señor Rey D. Henrrique fuese de todo punto destruído y perdido, ni que tan buen caballero, en quien tantas bondades y virtudes había, fuese así muerto tan malamente por manos de traydores malvados, puso en corazón de un su escudero, a quien los traydores se lo habían descubierto todo para ser en ello, de lo descubrir al dicho señor Condestable... Y como quiera que el dicho señor Condestable disimuló y dió a entender que no había persona que tal se atraviese a pensar, de la otra parte por muchas señales e conjeturas creyó que sería algo dello, y dende a poco cabalgó en un caballo en que había venido, y con él dos mozos de espuelas, el uno con una lanza y adarga delante, como la solía traer; e por mayor disimulación no quiso llevar otra compañía, y con un hombre de la dicha ciudad de Jaén, que a la hora le dió una petición, quejándose de cierto agravio que rescibía, envió a mandar a Fernán Mexía, que era regidor de la dicha ciudad de Jaén, que viese aquella petición para fablar con ellos sobre lo en ella contenido, e que luego cabalgase y se fuese en pos dél a la Llana de los Alcázares, que ende lo fallaría. Y como aquel hombre dijo esto al dicho Fernán Mexía, preguntóle que quién iba con el dicho señor Condestable, y respondióle: «No otro sino dos mozos de espuelas»; y como quiera que estuvo un poco dudando, díxole que le placía, y luego cabalgó a caballo y fué a buscar al dicho Comendador Pareja, y díjole como el dicho señor Condestable lo habla enviado a llamar, no sabía para qué. E luego cabalgaron ambos con otros cinco o seis escuderos de a caballo con sus lanzas en las manos, como otras veces solían andar, y con intención de todavía poner por obra lo que tenían acordado; y andando por la ciudad buscando al dicho señor Condestable, toparon con él, con otros dos o tres de a caballo cerca de su posada, que ya se venía a descabalgar; y allí, según el dicho Fernán Mexía confesó, quisieran cometer y poner por obra su traición de matar al señor Condestable, salvo que por milagro de Dios, que se les antoxó y paresció que venían con su merced quince o veinte de a caballo, y no venían sino sólo dos o tres, como dicho es. Y como su merced los encontró y los vido, con muy graciosa cara les dise: «Fernán Mexía y Comendador, dónde venís?». Ellos respondieron: «Señor, de buscar a vuestra señoría, que nos dixeron que andaba cabalgando.» Y él dixo: «Pues andad acá, vamos a descabalgar.» Y como entró en el patio de su palacio, descabalgó y comenzando a subir por el escalera, como quien no dice nada, dixo: «Comendador y Fernán Mexía, descabalgad y subíos acá.»Y subióse tras el señor Condestable... Y como el dicho señor Condestable subió arriba, y Fernán Mexía con él, mandó a cinco o seis de su casa que ende falló, así como reposteros e porteros e otros, que prendiesen al dicho Fernán Mexía, el qual luego fué preso y metido en una cámara, y luego fué preso allí un escudero, que era criado del dicho Fernán Mexía, que se llamaba Álvaro de Piña...., el qual se decía que de parte del dicho Maestre había tratado esto con el dicho Fernán Mexía... Y luego esa noche el dicho Fernán Mexía y Álvaro de Piña confesaron todo el fecho de la verdad, de cómo y en qué manera tenían concertado matar a puñaladas al dicho señor Condestable; y esa noche mandó su señoría subir y llevar al dicho Fernán Mexía a una mazmorra, que está en la torre del homenaje del alcázar nuevo de la dicha ciudad; y el jueves siguiente mandó degollar en el mercado al dicho Álvaro de Piña, y fueron presas las mujeres que se pudieron haber de todos aquellos que eran en aquella traición y maldad, y fueron secuestrados todos sus bienes.»
A este Fernán Mexía atribuye Ximena en sus Anales de Jaén (pág. 115), cierta obra sobre los pobladores de Baeza.