1
El penitente.—I
Yendo
yo cuesta abajo,—volviera cuestas arriba;
y encontrara un
ermitaño—que vida santa facía.
—Por Dios le
pido, ermitaño,—por Dios y Santa María
no me niegue la
verdad—ni me diga la mentira;
si el que trata con
mujeres—tiene la gloria perdida.
—La gloria
perdida nó,— ni siendo cuñada o prima,
—Yo traté con
una hermana—y tambien con una prima,
y, para mayor
pecado,—con una cuñada mía.
Estando en estas
razones,—se oyó una voz que decía:
«confiésalo, el
ermitaño,—por Dios y Santa María,
y dale de
penitencia—conforme lo merecía.»
Confesóle el
ermitaño;—pena grande le ponía,
y lo diera
penitencia—con una culebra viva.
La culebra era
serpiente—que siete bocas tenía;
con la más chiquita
d' ellas—a la gente acometía.
—Quien le
quiera ver morir—traiga una vela encendida.
Por deprisa que
llegaron—ya el penitente moría.
Ya se tocan las
campanas,—¡campanas, oh maravilla!
por l'alma del
penitente—que para el cielo camina.
2
El penitente.—II
Allá
arriba en alta sierra,—alta sierra montesía,
donde cae la nieve
a copos—y el agua menuda y fría,
habitaba un
ermitaño—que vida santa facía.
Allí llegó un
caballero,—desta manera decía:
[p. 168] —Por Dios le pido,
ermitaño,—por Dios y Santa María,
que me diga la
verdad—y me niegue la mentira;
si hombre que trata
en mujeres—tendrá el ánima perdida.
—L'ánima
perdida no,—non siendo cuñada o prima.
—¡Ay de mí,
triste cuitado;—qu' esa fué la mi desdicha!
pues traté con una
hermana—y tambien con una prima.
Confiéseme, el
ermitaño,—por Dios y Santa María,
y deme de
penitencia—conforme la merecía.
—Confesar,
confesaréte,—absolverte non podía.
Estando 'n estas
razones,—se oyó una voz que decía:
«Confiésalo, el
ermitaño,—por Dios y Santa María,
y dale de
penitencia—conforme lo merecía.»
Metiéralo en una
tumba—donde una serpiente había
que daba espanto de
verla,—siete cabezas tenía:
por todas las siete
come—por todas las siete oía.
El ermitaño era
bueno,—y a verlo va cada día.
—¿Cómo te va,
penitente—con tu buena compañía?
—¡Cómo quiere
que me vaya,—pues que ansí lo merecía!
De la cinta para
abajo,—ya comido me tenía;
de la cinta para
arriba—luego me comenzaría.
El que quiera ver
mi muerte—traiga una luz encendida.
Cuando llega con la
luz,—ya el penitente moría.
Las campanas de la
gloria—ellas de sou
[1] se tanguían
por l' alma del
penitente—que pra los cielos camina.
Estos dos romances, que en rigor son uno solo con variantes, pertenecen a la importante clase de los que, siendo al principio históricos, se transformaron luego en novelescos. Aunque en ellos se omite el nombre del penitente, basta compararlos con el romance 7.º de la Primavera de Wolf para comprender que se refieren a la penitencia del rey D. Rodrigo. El asonante es el mismo en los tres romances, y hay bastantes versos que con leve diferencia son comunes a las tres versiones. Apuntaremos algunos del texto de Wolf para que se compare con el de la tradición asturiana:
Porque en todo aquel
desierto—solo una ermita había
donde estaba un
ermitaño—que hacía muy santa vida...
..............................................................................
No recibas
pesadumbre,—por Dios y Santa María.
................................................................................
[p. 169] Fuéle luego revelado—de parte de
Dios un día
que le meta en una
tumba—con una culebra viva.....
.............................................................................
Como rasgos muy primitivos de esta leyenda pueden considerarse el valor simbólico y supersticioso ligado al número siete; y el entierro con la culebra viva, que a varios críticos ha hecho recordar el Edda escandinavo, donde Gunnar es arrojado al pozo de las serpientes, y una de ellas le roe el corazón.
Ni el romance de las colecciones antiguas (que es juglaresco y lánguido), ni las versiones tradicionales asturianas, que tienen más viveza y conservan interesantes pormenores poéticos, pueden considerarse como originales. Unas y otras proceden, segun toda verosimilitud, de un romance viejo que se perdió, y éste, a su vez había salido de la Crónica novelesca de D. Rodrigo, escrita por Pedro del Corral en el siglo XV.
Y ya que se trata de romances relativos a la pérdida de España, no he de omitir uno del Conde D. Julián (llamado también del Conde de Ceuta), que sólo se conoce en portugués, y que trae Estacio da Veiga en su Romanceiro do Algarve (p. 5):
Dom Rodrigo, Dom
Rodrigo,
reí sem alma e sem
palavra,
com a vida pagas
hoje
a traiçao de Dona
Cava.
[1]
Don Juliano lá em
Ceita,
lá em Ceita a bem
fadada,
a jurar está
vingança
pelas suas mesmas
barbas.
Nao estivera elle
enfermo,
ja com armas se
voltára,
que onde Juliano
chega,
ninguem chega nem
chegára;
cavalleiro de
armadura
nao se lhe mostre
com armas,
que fadado foi
Juliano
para só vencer
batalhas!
Sete noites pensa o
conde,
todas las sete
pensará
como poderá
vingar-se
de quem tanto o
magoára
que escrever, mas
nao pode,
por seus servos
rebradára,
ao mais velho
escrever manda
e o conde a carta
notava;
mal acaba de
escrever-se,
ao rei moiro a
enviava.
Na carta lhe dava o
conde
todo o reino de
Granada,
se logo ao campo
mandasse
sua gente bem
armada,
para vingar sua
filha,
qu' el rei godo
deshonrára.
Mal recebe el rei
la carta,
sua gente
aparelhava
para vingar
Juliano,
para conquistar
Granada.
[p. 170] ¡Triste Hispanha, flor do mundo,
tao nobre e tao
desgraçada!
Por vingança de un
tredor
serás dentro em
pouco escrava!
Tuas cidades e
villas
todas te serao
ganhadas!
Andalusía nao ha de
dar-te mais vida,
mais alma!
Terras bemditas sao
logo
de perros moiros
cercadas;
o triste de Dom
Rodrigo
ao campo vai dar
batalha,
mas lo tredor de
Dom Oppas
tudo alli Ihe
atraiçoara.
Grande senhor de
Moraima
commandava grande
armada;
pondo o pe em terra
firme
toda a terra
conquistava;
o sange ja era
tanto
que todo o campo
ensanguava.
Assim perde Dom
Rodrigo
a sua grande
batalha,
tamben perde
Andalusia,
e tambem perde
Granada;
Guadalete outra nao
vira
tao fera e tao
pelejada!
Toda Hispanha se
converte
en poderosa
Moirama.
Dom Juliano e Dom
Oppas
Dona Cava assim
vingavam!
Este romance, sea o no traducción del castellano, tiene trazas de ser muy moderno. Su estilo, nada popular, le hace altamente sospechoso.
3
Gerineldo. —I
—Gerineldo,
Gerineldo,—paje del Rey más querido;
¡dichosa fuera la
dama—que se casara contigo!
—Porque soy
criado suyo;—¡cómo se burla conmigo!
—Non me
burlo, Gerineldo;—advierte lo que te digo:
a las doce de la
noche—echa a andar para el castillo,
desque mi padre y
mi madre—
estéan adormecidos.
Aún no eran dadas
las doce—ya llamaba en el postigo.
Mas la Reina, con
ser Reina,—aun no se había dormido.
—Levántate,
buen Rey,—levántate conmigo;
o nos roban la
Infantina,—o nos roban el castillo.
Levantárase el buen
Rey—con un camison vestido;
cogió la espada en
la mano,—y echó a andar por el castillo...
Topólos boca con
boca—como mujer y marido:
alzó los ojos
arriba, y dixo:—¡Válgame Cristo!
yo si mato a la
Infantina—queda mi reino perdido;
y si mato a
Gerineldo...—¡criélo desde muy niño!
Puso la espada
entre ambos:—Esta será buen testigo.
A otro día de
mañana—Gerineldo aborrecido.
[1]
[p. 171] —¿Tú que tienes,
Gerineldo;—tú que tienes, paje mío?
¿Hízote mal el mi
pan,—o te hizo mal el mi vino?
—Non me hizo
mal vuestro pan,—nin me hizo mal vuestro vino;
falta un cofre a la
Infantina—y a mi me lo habían pedido.
—¡Dese cofre,
Gerineldo,—la mi espada es buen testigo!...
O te has de casar
con ella—o la has de buscar marido.
—Señor, mi
padre non tiene—ni para echarla un vestido.
—Echáselo de
sayal—pues ella lo ha merecido.
4
Gerineldo.—II
Gerineldo, Gerineldo,—paje del Rey más querido;
¡quién me diera,
Gerineldo,—tres horas hablar contigo!
—Como soy
criado suyo,—señora, os burlais conmigo.
—No me burlo,
Gerineldo,—que de veras te lo digo.
—Pues ya que
me hablais de veras,—¿a qué hora vendré al castillo?
—De las once
pa las doce—al cantar del gallo pinto.
De las once pa las
doce,—Gerineldo fué al castillo;
zapatos lleva en la
mano—sin ser de nadie sentido.
Anduviera siete
puertas—hasta encontrar un postigo:
cuando al postigo
llegaba,—Gerineldo dió un suspiro.
—¿Quién es
eso quo a mi puerta,—que a mi puerta dió un suspiro?
—Gerineldo
soy, señora,—que vengo a lo prometido.
Cogiérale por la
mano;—para dentro le ha metido:
se acostaron los
dos juntos—como mujer y marido.
Despertárase el
buen Rey—de un sueño despavorido.
«O Gerineldo se ha
muerto,—o hay traición en el castillo.»
Un paxarin
respondiera,—que es de Gerineldo amigo:
«Ni Gerineldo se ha
muerto,—ni hay traición en el castillo;
Gerineldo va en el
baile,—porque es hombre divertido.»
Buscaba el Rey las
espadas,—las espadas de más filo:
cogiera el Rey la
dorada—y echó a andar por el castillo.
[1]
Topó con los dos
durmiendo—como mujer y marido.
Alzó los ojos al
cielo,—y dijo: «¡Válgame Cristo!
Yo si mato a la
Infantina,—mi reinado está perdido;
y si mato a
Gerineldo...—¡criélo desde chiquito!
Pondré la espada
entre ambos—y ella será fiel testigo.»
Con el frío de la
espada—la Infanta ha espavorecido.
—Levántate,
Gerineldo,—que los dos somos perdidos;
[p. 172] vé la espada de mi padre—que entre
los dos la ha metido.
Márchate sin que te
sientan—por el mi jardin florido,
y escóndete entre
las ramas—para no ser conocido.
Con el buen Rey se
topara—en el medio del camino.
—¿Tú que
tienes, Gerineldo,—que vienes descolorido?
—Perdiera un
cofre la Infanta—y a mi me lo habían pedido.
—Dese cofre
que tu dices,—mi espada será testigo...
O te has de casar
con ella,—o la has de buscar marido.
—Yo casárame
con ella;—pero no querrá coomigo;
que mis posibles no
son—ni para echarla un vestido.
—Comprálo de
paño pardo;—pues así lo ha merecido.
—De paño
pardo, no tal;—¡de terciopelo... no digo!
5
Gerineldo.—III
—Gerineldo, Gerineldo,—mi caballero pulido;
¡dichosa fuera la
dama—que se folgara contigo!
—Se burla de
mí, señora,—porque a su mandado vivo...
—Non me
burlo, Gerineldo,—que de veras te lo digo:
a las diez se
acuesta el Rey—y a las once está dormido.
A eso de las once y
media,—Gerineldo se ha vestido.
Puso zapatos de
seda,—porque no fuese sentido,
y al cuarto de la
Infantina,—sus pasos ha dirigido;
y llamando en la su
puerta—d' esta manera la dijo:
—Abráisme,
señora mía,—abráisme, cuerpo garrido.
—¿Cuál es el
hombre traidor,—cuál es el hombre atrevido
que deshora de la
noche,—sube a rondar mi postigo?
—Gerineldo
soy, señora,—que vengo a lo prometido.
Juegos van y juegos
vienen,—juegan a brazo partido,
juegos van y juegos
vienen,—los dos se quedan dormidos.
Despertárase el
buen Rey—con un sueño que ha tenido:
a eso de las cuatro
y media—el Rey pidió su vestido;
non se lo dá
Gerineldo,—y él solo se lo ha cogido.
Para el cuarto de
la Infanta—sus pasos se han dirigido...
Hallólos boca con
boca—como mujer y marido.
Alzó los ojos
arriba,—y dijo: «¡Válgame Cristo!
¡Si matare a la
Infantina—está mi reino perdido!»
Desenvainando la
espada—entre los dos se ha metido.
Recordado había la
Infanta—y la espada conocido.
—Levántate,
Gerineldo,—que los dos somos perdidos;
¡pues la espada de
mi padre—ha servido de testigo!
Levantóse
Gerineldo—muy triste y muy afligido;
para el cuarto del
buen Rey—sus pasos ha dirigido.
[p. 173] —¿Dónde vienes,
Gerineldo,—tan triste y tan afligido?
—Vengo del
jardín, señor,—de coger rosas y lirios.
—Non lo
niegues, Gerineldo,—que con la Infanta has dormido.
—Déme la
muerte buen Rey;—ella la culpa ha tenido.
—Non te
mato, Gerineldo;—que te crié de muy niño.
Para mañana a las
doce—seréis mujer y marido.
—Señor, mi
padre no tiene—ni para echarla un vestido.
—Echáselo de
sayal—pues ella así lo ha querido.
—Yo iré a la
guerra, señor,—para echárselo mas fino.
Tres son las versiones asturianas recogidas hasta ahora del romance de Gerineldo, uno de los más populares en todas las comarcas españolas, y origen del dicho vulgar más galán que Gerineldo. Cántanse los amores de Gerineldo en Asturias, en Portugal, en Andalucía, en Extremadura, en Cataluña, en las comunidades judías de Levante, y también entre los hebreos de Marruecos. [1] Durán y Wolf insertaron dos versiones (núms. 161 y 161 bis de la Primavera), tomada la primera de un pliego suelto gótico de 1537, y la segunda de otro mucho más moderno. A estos dos romances hay que añadir otro de la Tercera parte de la Silva de Zaragoza, 1551 (vid. núm. 46 del apéndice al tomo anterior. [Ed. Nac. vol. IX]). Prosigue imprimiéndose todavía, para uso del pueblo, una redacción de cordel, lastimosamente estropeada y vulgarizada, que lleva por título Canción nueva del Gerineldo, en la que se expresan los amores y fuga de un oficial ruso con la bella Enilda, sultana favorita del Gran Señor.
Las versiones orales castellanas irán apareciendo en el curso de este libro. En portugués conozco las siguientes:
[p. 174] a) Versión de Tras-os-Montes, publicada por Teófilo Braga (R. G. pp. 18-20). Se Llama al paje Gerinaldo.
b) Romance de Gerenaldo, tradicional en la isla de San Miguel (Azores), impreso en los Cant. Pop. do Arch. Açor. páginas 265-267.
c) Romance de Girinaldo, tradicional en la isla de San Jorje (Cant. Pop. do Arch. Açor. pp. 26~270).
d) Estoria de Gerinardo, tradicional en la isla de la Madera, publicado por Álvaro Rodrigues de Azevedo (Rom. do Arch. da Mad. pp. 63-66).
e) Otra variante de la misma isla, con el título de Gerinaldo (66-68).
/) Tercera variante del Archipiélago de la Madera con el título de Leonardo (pp. 69-72).
g) Reginalgo, lección de Almeida-Garrett (Rom. II, pp. 163-17), que viene a ser una taracea de varios fragmentos procedentes de Extremadura, Alemtejo, Beira y Minho. La última parte de este centón nada tiene que ver con Gerineldo, y A. Garrett pudo haberlo advertido hasta por el cambio de metro. En el Algarve se canta como romance independiente (E. da V., pp. 123-133) y tiene mucha analogía con el de Vergilios.
Además de los nombres que ya hemos consignado, recibe el famoso héroe de estos romances, en el Alemtejo, el de Generaldo, y en la Beira el de Eginaldo, que parece el más próximo al del historiógrafo (supuesto yerno) de Carlomagno, Eginardo, a cuyos legendarios amores con Emma, hija de aquel emperador, aluden estos romances, según opinión comúnmente aceptada y muy verosímil, aunque no libre de dificultades.
Todos estos romances portugueses coinciden en substancia con los de Asturias, y tienen el mismo asonante que ellos, lo cual indica su origen común, o más bien, su identidad primitiva. Por cierto que este romance es uno de los que más abiertamente contradicen la caprichosa teoría del Conde Nigra, que pretende clasificar los romances por sus asonancias, considerando como indígenas los que tienen terminaciones llanas y como de procedencia extranjera los que las presentan agudas. Los romances de Gerineldo, a pesar de su indudable origen transpirenaico, tienen asonantes paroxítonos; y por el contrario, muchos romances [p. 175] históricos, de cuyo carácter nacional y exclusivamente castellano no duda nadie, están compuestos en asonantes oxítonos. Nada más fácil, pero nada tampoco más arriesgado que teorizar en materias de poesía popular, más sujetas a incertidumbre que ninguna otra materia literaria.
La versión publicada por Almeida-Garrett difiere, en muchos pormenores y amplificaciones, de todas las demás conocidas, pero ya hemos indicado la poca fe que merece. En cuanto a los demás textos portugueses, asturianos, andaluces, etc., las leves diferencias que entre ellos hay se explican no solamente por el natural proceso de la poesía popular, sino por el cruzamiento con los romances análogos del Conde Claros [1] y aun con otros de diverso argumento. Algunos contienen rasgos epigramáticos que parecen indicio de una tradición menos pura.
El romance de Gerineldo, como otros muchos romances castellanos, pasó no solamente a Portugal, sino a Cataluña, donde todavía se canta en castellano, más o menos estropeado. Más adelante reproduciremos los fragmentos de dos versiones dadas a conocer por Milá (núm. 269 del Romancerillo), el cual habla también de una tercera versión más catalanizada, pero no la inserta. Es muy dudoso que exista ninguna enteramente catalana. La que trae Aguiló (núm. XXV), ha de tomarse a beneficio de inventario, pues tiene todas las trazas de ser composición artística del mismo Aguiló sobre el tema tradicional. El mismo la marca con el asterisco que emplea en todas las canciones de indudable origen castellano, de las cuales dice que «fueron traduciéndose por sí mismas».
El Conde del Sol
Grandes guerras
se publican—entre España y Portugal,
y nombran a
Gerineldo—por capitan general.
—Adios, la
Infantina, adios;—voime fortuna a buscar;
si a los siete años
no vuelvo,—con otro podeis casar.
Los siete años han.
pasado,—Gerineldo sin llegar.
Vistióse de
romerilla—y comenzóle a buscar.
Siete reinos ha
corrido,—sin que lo pudiese hallar:
en el medio del
camino—encontróse un rabadan.
—Vaquerito,
vaquerito,—por la Santa Eternidad;
¿de quién son esos
ganados—con tanto hierro y collar?
—De
Gerineldo, señora,—que se esta para casar.
¡Cayó en suelo
desmayada—las nuevas al escuchar!
—Buen dinero
te daré—si me llevas donde está.
Cogiérala por la
mano;—llevóla hasta su portal.
Ella pide una
limosna;—Gerineldo se la dá.
—Romerita,
romerita,—si hacia Francia caminais,
direis a la
Princesina—que ya se puede casar.
—No está en
Francia, Gerineldo,—que delante de tí esta.
—Romera,
¿eres demonio—que me vienes a tentar?
[1]
—Gerineldo,
no lo soy;—que soy tu esposa leal.
Las bodas y los
torneos—por Doña Elvira serán;
la Princesa en un
convento—su vida rematará.
—Non será
así, Princesina;—contigo quiero casar.
Ya mandan a los
criados—los coches aparejar;
desque aparejados
fueron—ya se parten, ya se van,
para celebrar las
bodas—en Francia la natural.
Aunque en esta variante asturiana (que por cierto es de las más abreviadas) se da al protagonista el nombre de Gerineldo, hemos puesto sin vacilar el título de El Conde del Sol, que es con el que más generalmente se conoce este romance, muy divulgado en varias partes de España, especialmente en Andalucía. Ya Durán y Wolf (núm. 135 de la Primavera) dieron a conocer una [p. 177] excelente versión de este origen, y otras añadiremos en su lugar respectivo. El trueque del Conde del Sol por Gerineldo es capricho de algún juglar y ejemplo curioso de contaminación o de soldadura de un romance con otro.
Uno de los romances portugueses más populares, tanto en el continente como en las islas, el de D. Martín de Azevedo o de la doncella que va a la guerra, del cual se han publicado ocho o diez versiones por lo menos, tiene en casi todas ellas idéntico principio que este romance castellano:
Hoje se apregoam
guerras entre
França e
Aragao...
Pero la semejanza se reduce a estos primeros versos siendo el asunto completamente distinto. Hasta ahora nuestro Conde del Sol no ha aparecido en la tradición portuguesa, y, por el contrario, el romance portugués no se encuentra en nuestras colecciones antiguas. Y, sin embargo, no puede dudarse que es de origen castellano, como ya lo reconoció lealmente Almeida Garrett. En el siglo XVI todavía los portugueses cantaban este romance en nuestra lengua, según testimonio de Jorge Ferreira de Vasconcellos en su Comedia Aulegraphia:
Pregonadas son las
guerras
de Francia contra
Aragón...
¿Cómo las haría
triste,
viejo, cano y
pecador...
Versos que conforman admirablemente con estos de una de las variantes de la isla de la Madera:
Hoje s'apregoam
guerras
de França contra
Aragao.
¡Cuitado de mim!
Sou velho;
guerras ja p'ra mi
na sao...
Los romances castellanos, al difundirse en Portugal y en Cataluña, se fueron traduciendo por sí mismos; pero la separación política fatalmente consumada en el siglo XVII hizo que este proceso de traducción avanzase más en portugués que en catalán, donde todavía los romances aparecen en una forma mestiza.
[p. 178] Tal acontece con las dos canciones que Milá tituló La boda interrumpida y La niña guerrera (núms. 244 y 245 del Romancerillo). En su lugar las transcribiremos, bastando advertir ahora que la primera corresponde al Conde del Sol, de la tradición asturiana y andaluza, si bien cambiando el nombre en Conde de Burgos y Conde Don Bueso, así como en otras versiones todavía más degeneradas se le llama Don Lombardo Ramírez, Don Llambago, Conde Elrico, Conde de Berjulita, etc.
La segunda canción, también mixta de castellano y catalán es el D. Martín portugués, trocado su nombre en Don Marcos. Aguiló, según su costumbre, formula ambos romances en muy buen catalán (núms. XIII y XXII), y ni siquiera les pone el asterisco que debían tener; pero es muy dudoso que ni uno ni otro existan en tal estado.
Por lo demás, ni una ni otra canción son indígenas de la Península, sino que pertenecen al fondo común de la poesía popular de Europa. Y limitándonos por ahora a la del Conde del Sol, es patente su analogía con la canción piamontesa Moran d' Inghilterra, de la cual ha publicado Nigra dos versiones [1] y Ferraro otra con el título de Morando, recogida en Monferrato. [2] Situaciones análogas se encuentran en cantos populares del país de Metz, del Franco-Condado y de otras provincias francesas, citados por Puymaigre, [3] y todavía más en la balada anglo-escocesa Susan Pye o Young Beichan, que puede leerse extractada en las notas del Sr. Menéndez Pidal a su Romancero. El Conde Nigra, insigne recopilador de los cantos piamonteses, que fué el primero en advertir esta analogía, se inclina a creer que la balada inglesa está fundada en la leyenda de Gilberto Becket, padre de Santo Tomás Cantuariense. [4] Admitido este fundamento histórico, puede [p. 179] conjeturarse que la balada inglesa pasó a Francia, y que desde Francia transmigró a España y a la alta Italia, siendo indicio de su remoto origen el nombre de Inglaterra que todavía se conserva en el canto piamontés.
Creo superfluo hacer notar que el argumento de este romance es precisamente inverso al del Conde Dirlos (núm. 164 de la Primavera ).
7
Galanzuca
—Galanzuca,
Galanzuca,—hija del Rey tan galan,
¡quién te me diera
tres horas,—tres horas a mi mandar!
te besara y te
abrazara—y no te hiciera otro mal.
—Carlos, eres
muy ligero;
[1] — de mi te vas a alabar.
—Non lo
quiera Dios del cielo,—nin su Madre lo querrá;
que mujer con quien
yo holgara—della me vaya a alabar.—
A otro día de
mañana—al campo se fué a alabar.
—Dormí con la
mejor moza—que había en este lugar.—
Míranse unas para
otras,—¿quién será? ¿Quién no será?
¡Si será la
Galanzuca—hija del Rey tan galan!
Su padre desde un
balcon—escuchando todo está.
—Pues si con
ella has dormido—con ella te has de casar;
y si non casas con
ella,—pronto la mando quemar.
—Tanto me dá
que la queme,—nin la deje de quemar;
que mujeres en el
mundo—para mi no han de faltar.
Si non lo tienen de
guapas,—lo tendrán de habilidad.—
Siete criados
tenía,—leña les mandó apañar
para quemar
Galanzuca—hija del Rey tan galan.
Allí pasó un
pajecillo—que ya le comiera el pan.
—Escríbalo,
Galanzuca,—a Carlos de Montalvan.
—Escribir sí
lo escribiera;—¿pero quién lo va a llevar?
—Escríbalo,
Galanzuca,—que yo se lo iré a llevar.—
Cuando vá cuestas
arriba—non se le puede mirar;
cuando vá cuestas
abajo—corre com'un gavilan.
—Aquí le
traigo Don Carlos—tres letras de mal pesar:
escríbelas
Galanzuca—que la diban a quemar.
Confesó con siete
curas—ninguno dijo verdad.—
[p. 180] Quitó su traje de seda,—se vistió
de padre Abad;
arreó el caballo
blanco,—tambien ensilló el ruan.
Jornada de cuatro
días—en uno la fuera andar.
.......................................................................
—Confiese,
Padre, confiese;—que Dios se lo pagará.
—Si tuvo que
ver con hombres—casados o por casar.
—Non tuve que
ver con hombres—casados nin por casar
si non han sido
tres horas—con Carlos de Montalvan;
una ha sido de mi
gusto—las otras de mi pesar.—
Cogiérala entre sus
brazos—pusiérala en el ruan.
—Ahora con
esa leña—con ella quemar un can.
En quemando bien
los huesos,—al Rey idlos presentar;
que Galanzuca es mi
esposa—y yo la voy a llevar.
—Llévela el
Don Carlos, lleve;—Dios se la deje lograr;
mas quiero que se
la lleve—que non verla aquí quemar.
8
Galancina
—Galancina, Galancina,—hija del Conde galan,
¡quién me dejara
contigo—tres noches a mi mandar!
te abrazara y te
besara—y non t' hiciera otro mal.
—Carlos, eres
muy ligero;—de mi te vas a alabar...
—Non lo
quiera Dios del cielo—ni la Virgen del Pilar,
que mujer con quien
yo duerma—della me fuera a alabar.—
A otro dia de
mañana,—Don Carlos se fué a alabar:
—Dormí con
una muchacha—la mejor de la ciudá.—
Dícense unos para
otros:—«Quién será, quién no será?»
—Es
Galancina, señores,—hija del Conde galan.—
Su padre desque lo
supo,—mandárala prisionar.
Caballeros de su
casa—la diban a visitar.
—¿No hay
quien le lleve la nueva—a Carlos de Montalvan:
[1]
no hay quien le
lleve la nueva—que a su amor le van quemar?—
Allí hablara un
pajecico—tal respuesta le fué a dar:
—Escríbele,
Galancina,—que yo se la iré a llevar.—
Las cartas ya son
escritas,—el paje las va a llevar.
Jornada de quince
dias—en ocho la fuera andar;
que por las cuestas
arriba—corre como un gavilan,
y por las cuestas
abajo—no le pueden divisar.
Ha llegado a los
palacios—a donde el buen Conde está.
—Asómate ahi,
Don Carlos—si te quieres asomar.
Tráigole malas
razones—que a su amor le van quemar.
[p. 181] —Si lo dijeras de
burla,—mandárate prisionar;
si lo dijeras de
veras—yo te diera de almorzar.
—Coja la
carta en la mano—y ella dirá la verdad.—
Ya se partía Don
Carlos;—ya se parte, ya se vá.
Jornada de quince
dias—en ocho la fuera andar.
Fuese para un
monasterio—donde los frailes están;
quitóse hábitos de
seda,—vistióse hábitos de fraile,
y llegóse a las
prisiones—donde Galancina está.
Cuando Don Carlos
llegaba—ya la diban a quemar.
—Quítense de
ahí, señores,—que la quiero confesar.
Dime, Galancina,
dime;—dime por Dios la verdad:
mira que van a
matarte—y te vengo a confesar;
y en tanto que te
confieso,—un abrazo me has de dar.
—Apártese
allá el traidor,—que a mi non ha de llegar;
que tengo hecho
juramento—a la virgen del Pilar,
de no abrazar otro
hombre—ni otro hombre besar
si no fuera ese
buen Conde—Don Carlos de Montalvan.
—Pues mírale,
Galancina,—que delante de tí está.—
Bien pronto lo
conociera—desde aquella oscuridá;
y del placer que
sentía—mucho comenzó a llorar.
Tomóla el Conde en
sus brazos—tercióla en el suo ruan.
Siete guardias dejó
muertos—por las puertas al pasar;
y en aquellos
campos verdes—¡quién los vía galopar!
Pertenecen estos romances al ciclo carolingio del Conde Claros de Montalbán, cuyo nombre ha transmutado el vulgo asturiano y portugués en Don Carlos de Montalbán y Don Carlos de Montealbar. Reservado para su lugar propio el estudio de esta leyenda, muy análoga a la de Gerineldo, y quizá de idéntico origen, basta indicar desde luego la comparación con el núm. 191 de la Primavera, que es de las antiguas versiones castellanas la de carácter más popular y la que menos se separa del dato tradicional en Asturias.
Pero son mucho más análogas las lecciones portuguesas, que en gran número se han recogido. Conozco las siguientes:
a) Dom Claros d' Alem-mar. Texto publicado por Almeida Garrett. (II, 189-203.)
b) Dom Carlos de Montealbar (la heroína se llama Silvana: no es el Conde quien se jacta de su aventura, sino que ésta llega a oídos del Rey por la delación de un paje). Versión de Porto y Beira Alta, publicada por T. Braga. (Romanceiro, pp. 79-83.)
c) Dona Lisarda. Variante de la Beira Baja (se habla en [p. 182] ella, como en casi todas las restantes, de la jactancia del Conde). Apud Braga, pp. 83-86. Se advierte en este romance la fusión con el de Albaninna.
d) Dona Areria. Variante de Coimbra. El principio corresponde al romance asturiano de Doña Ausenda, que veremos después. (Rom. de Braga, 87-89.)
e) Claralinda. Versión de la isla de San Jorge (Azores, páginas 243-246). El nombre del protagonista aparece cambiado en Juan de Gibraltar.
f) Dom Carlos de Montealvar. Variante de Ribeira de Areias. (Azores, 246-249.)
g) Las seis variantes descubiertas en la isla de la Madera (79-99), en una de las cuales se confunde al Conde Claros con el Conde Alarcos, no son de la familia de las anteriores, sino que hacen juego con el núm. 199 de la Primavera.
h) Dos lecciones de Celorico de Basto y de Peñafiel, publicadas por Carolina Michaelis de Vasconcellos en el Zeitschrift fur romanische Philologie.
i) Tres versiones del Brasil, publicadas por el Dr. Silvio Romero (I, pp. 13-19). En la tercera de ellas, procedente de Sergipe, la Princesa se llama Doña Blanca y el Conde Don Duarte de Montealbar.
No menos divulgado que en las regiones portuguesas está en Cataluña el presente romance, de indudable procedencia castellana, como lo prueba la jerga híbrida en que se canta. Lleva el título de La Infanta seducida en el Romancerillo de Milá (número 258), que reunió hasta doce versiones. Aguiló, según su costumbre, trae una sola (núm. 32), enteramente catalanizada por un procedimiento artificial.
9
Tenderina
Por los palacios
del Rey—Duques, Condes van entrando:
allí entrara un
Conde viejo—con un hijo por la mano.
Detrás del altar
mayor—Tenderina le ha llamado.
—¡Válgame
Dios, muchachuelo!—Si fueras de ventiun años,
comieras conmigo en
mesa—y durmieras a mi lado.
[p. 183] —Para eso, mi señora,—ya
estoy bastante criado...
Calla, calla,
muchachuelo—que te has de alabar n' el campo.
—De mujer que
me dió el cuerpo—nunca d' eso yo me alabo.—
A otro dia de
mañana—se fué a alabar en el campo.
—Esta noche
dormí en cama—un sueño muy regalado,
que dormí con
Tenderina—del Conde Zaragozano.
—Calla,
calla, muchachuelo;—cállate, mal educado...
Si dormiste con
mujer—con, ella serás casado.
—Con esta
espada me maten,—con esta que al lado traigo,
si mujer que me dió
el cuerpo—nunca con ella me caso.
Es patente la afinidad del breve romance de Tenderina con los de Gerineldo y con los de Galanzuca y Galancina [1] o sea con los del Conde Claros.
Almeida Garrett, que encontró en Tras-os-Montes una forma de este romance, a la cual dió el título de Albaninha (Rom. III, 14-17), dice que no se halla rastro de él en las colecciones castellanas. Existe, sin embargo, no sólo en la tradición popular, sino también en tres lecciones del siglo XVI con los títulos de Galiarda y Aliarda (núms. 138 y 139 de la Primavera). Tiene también analogía con el romance histórico «Alabóse en Conde Vélez» (núm. 12 del apéndice a la Primavera ) .
La versión portuguesa es más completa y dramática que la asturiana, pues comprende no sólo la jactancia del galán, sino la venganza de los hermanos de Albaninha, que también se indica en una de las variantes castellanas antiguas ( Primavera, 139).
10
Bernaldo del Carpio.—I
Íbase
por un camino—el valiente Don Bernaldo;
todo vestido de
luto,—negro tambien el caballo:
por los cascos echa
sangre,—y sangre por el bocado.
Con la prisa que
traía—atrás deja los criados.
Viéralo pasar su
tío,—y a un meson fuera alcanzarlo.
—Don
Bernaldo, ¿dónde vás,—que así vienes preparado
con una espada en
la mano—y otra en el cinto colgando?
[p. 184] —Voy libertar a mi padre,—que
dicen que van a ahorcarlo.
—Don Bernaldo
sube, sube;—tomaremos un bocado.
—Maldita la
cosa quiero—hasta verlo libertado.—
Entre que ambos
descansaban,—volvieron ya los criados.
Nadie les daba
razon—de donde estaba su amo,
sinon porque
conocieron—el relincho del caballo.
—¿Don
Bernaldo dónde está?—Don Bernaldo está ocupado,
que está comiendo y
bebiendo—y un momento descansando.
—Dígale que
se dé prisa,—que a su padre van a ahorcarlo,
y en el medio de la
plaza—hemos visto ya el tablado.—
Ciñó Bernaldo la
espada—y montóse en su caballo:
por las plazas
donde pasa—las piedras quedan temblando.
Sus ojos echaban
fuego,—y espuma echaban sus labios:
por donde quiera
que pasa—todos se quedan mirando.
Llegóse al medio la
plaza,—y apeóse del caballo;
diera un puntapié a
la horca—y en el suelo la ha tirado;
y una de las dos
espadas—dióla a su tío Don Basco:
—Tome esa
espada mi tío—ríjala como hombre honrado;
que ninguno de mi
sangre—habrá de morir ahorcado.
11
Bernaldo del Carpio.—II
Preso
va el Conde, preso,—preso y muy bien amarrado,
por encintar una
niña—n' el camino de Santiago.
Como era de buena
gente—gran castigo le habían dado;
por castigo le
pusieron—que habrá de morir ahorcado.
Cerráronlo en una
torre—tiénenlo bien custodiado;
de día le ponen
cien hombres—y de noche ciento cuatro.
—Si estuviera
aquí mi primo,—el mi primo Don Bernaldo,
no temiera los cien
hombres—ni tampoco ciento cuatro.—
Inda no lo hubiera
dicho,—cuando viene caminando;
en el medio del
camino—el buen Rey le había parado.
—Suba, suba,
Don Bernaldo—vamos a jugar un rato.
—Voy ver a mi
primo el Conde,—que está en la carcel guardado.
—Si supiera
que es tu primo—yo mandaría soltarlo.—
No se había bien
sentado—a la puerta dió un muchacho.
—Baje, baje
Don Bernaldo,—que van a ahorcar a su hermano,
y en el medio de la
plaza—he visto el tablero armado.—
Tiró Don Bernaldo
el naipe,—y al buen Rey se lo ha tirado.
—Don Bernaldo
poco a poco;—que en la corona me ha dado.
—No se me da
por el Rey—si en la corona le he dado.—
Cien pasos hay de
escalones—de un salto los ha bajado:
[p. 185] sin poner pie en el estribo—de un
salto montó a caballo;
le dió un puntapié
a la horca—y la hizo mil pedazos;
dió una estocada al
verdugo—la cabeza le ha cortado.
12
* Bernaldo del Carpio.—III [1]
Al conde le llevan
preso,—al conde Miguel del Prado;
no le llevan por
ladrón,—tampoco porque ha matado;
le llevan porque
forzó—en el camino de Santiago
una niña muy
hermosa,—cogiérala sin reparo.
Era sobrina del
rey—y nieta del Padre Santo:
Por eso le llevan
preso—al conde Miguel del Prado,
Sin tener
apelación—a muerte le sentenciaron.
Guárdanle de día
cien hombres—y de noche ciento y cuatro.
—Si estuviese
aquí mi primo,—el mi primo Don Bernardo,
no temiera yo cien
hombres,—ni tampoco ciento y cuatro.—
Bernardo estaba en
el juego—y a la puerta le llamaron;
al más apurar del
juego—salió muy bien preparado
con una espada en d
cinto—y otra desnuda en la mano;
y del brinco que
pegó—doce pasos ha salvado,
poniendo el pie en
el estribo—ligero montó a caballo.
Marchó por la calle
arriba,—al rey Alfonso ha topado:
—¿A dónde
vas, caballero,—dónde vas, Don Bernardo?
—A libertar a
mi primo—que ya le estarán ahorcando.
—Porque es un
primo tuyo—yo mandaré libertarlo.
—No quiero
empeño del rey—ni de ningún soberano;
quiero defenderle
yo—con la fuerza de mi brazo.—
Cuando llegara a la
horca,—le estaban ya predicando.
Diera un puntapié a
la horca—la hizo dos mil pedazos,
y al verdugo en la
cabeza—que pronto marchó rodando.
—Toma la
espada, mi primo,—defiéndete por tu mano;
no quiero que de mi
sangre—ninguno muera ahorcado.
Precioso cuanto inesperado hallazgo para adicionar el genuino y épico romancero castellano ha sido el de estas tres canciones, que conservan rastros de una forma muy primitiva de la gesta de Bernardo. Nos haremos cargo de ellas al estudiar detenidamente, en el próximo volumen, [Ed. Nac. vol. VI págs. 155-189] las vicisitudes de esta famosa leyenda.
[p. 186] El docto y afortunado colector de estos fragmentos (uno de los cuales se imprime hoy por primera vez) hizo notar ya la analogía que en su fondo tienen con el segundo de los romances del Conde Grifos Lombardo, que comienza «En aquellas peñas pardas» (Primavera, 137), y también con los portugueses que llevan por título:
a) Justiça de Deus (Almeida Garrett, II, 285-294). Confundió y mezcló, según su costumbre, dos distintas versiones.
b) Romance do Conde Preso (versión de Tras-os-Montes, en el Rom. de T. Braga, 60-62).
c) Dom Garfos. Versión de la Beira Baja. (En T. Braga, 62-64.)
d) Justiça de Deus. Versión de la Beira Alta. (En T. Braga, 65-67.)
Aunque estos romances están amplificados con circunstancias novelescas, en todos se reconoce la degeneración del tipo épico, la cual puede estudiarse en otros muchos romances de los que hoy parecen novelescos; por ejemplo, en el núm. 136 bis de la Primavera, cuyo protagonista es también el Conde Grifos Lombardo, pero en el cual se perciben ciertos vestigios de la historia que la Crónica General cuenta acerca del Conde Garci Fernández «el de las fermosas manos».
13
La peregrina
En la ciudad de
Leon—(Dios me asista y non me falte)
vive una fermosa
niña—fermosa de lindo talle.
[1]
[p. 187] El Rey namoróse della—y de su
belleza grande:
aun non tiene
quince años—casarla quieren sus padres.
El Rey le prende el
marido—que quiere della vengarse:
ella por furtarse
al Rey;—metiose monja del Carmen.
Allí estuvo siete
años—a su placer y donaire:
desde los siete a
los ocho—a Dios le plogo llevarle.
Por los palacios
del Rey,—pelegrina va una tarde,
con su esclavina
ahujerada—sus blancos hombros al aire.
Lleva su pelo
tendido:—parece el sol como sale.
—¿Donde
vienes, pelegrina—por mis palacios reales?...
—Vengo de
Santiago, el Rey,—de Santiago que vos guarde,
y muchas más
romerías...—¡plantas de mis pies lo saben!
Licencia traigo de
Dios:—mi marido luego dadme.
—Pues si la
traes de Dios—escuso más preguntarte.
Sube, sube,
carcelero,—apriesa trae las llaves
y las hachas
encendidas,—para alumbrar este ángel.
.........................................................
—Dios vos
guarde Condesillo,—farto de prisiones tales.
—Dios vos
guarde, la Condesa—porque siempre me guardastes,
Non pienses que
vengo viva;—que vengo muerta a soltarte.
Tres horas tienes
de vida;—una ya la escomenzastes.
Tres sillas tengo
en el cielo:—una es para tú sentarte,
[1]
otra para el Señor
Rey—por esta merced que face.
[2]
A Dios, a Dios que
me voy;—ya non puedo más fablarte;
que las horas deste
mundo—son como soplo de aire.
Aunque Amador de los Ríos clasificó este romance entre los religiosos, es realmente histórico, y pertenece al ciclo de Fernán González. Es el único que nos conserva un recuerdo lejano de la prisión del Conde de Castilla, en León, y de su libertad, lograda por industria de la Condesa Doña Sancha, su mujer; tal como en la Crónica general se refiere. Ha sido admirablemente estudiado por D. Ramón Menéndez Pidal en su monografía sobre todos los romances de aquel ciclo (Homenaje a M. y P., 1899, t. I, páginas 463-465). Advierte este crítico sagacísimo que «los versos uno a ocho forman un fragmento independiente del texto, y deben eliminarse, pues ni el marido aprisionado de que en ellos se habla es un Conde, como después se le llama, ni se dice que la mujer muriese, como luego se infiere del verso 21, ni el tono de este [p. 188] primer fragmento es semejante al del segundo: es vulgar y prosaico, mientras el del siguiente tiene mucho más encanto en sus descripciones y en sus diálogos... En lo que el romance asturiano refleja otro más antiguo, de origen épico, es sólo en los doce versos en que se refiere la llegada de la Condesa a los palacios del Rey, diciéndose peregrina de Santiago, su subida a la cárcel del Conde y los saludos que marido y mujer cambian entre sí».
14
El aguinaldo
Mañanita de los Reyes,—la primer fiesta del año,
cuando damas y
doncellas—al Rey piden aguinaldo;
unas le pedían
seda,—otras el fino brocado;
otras le piden
mercedes—para sus enamorados.
Doña María, entre
todas,—viene a pedirle llorando,
la cabeza del
Maestre—del Maestre de Santiago.
El Rey se la
concediera;—y al buen Maestre ha llamado.
Salen criados y
pajes,—cuando el Maestre es entrado:
—Bien venidos
caballero— Maestre, mal soes llegado,
ca en tal día su
cabeza—mandada está en aguinaldo.
—Quien mi
cabeza mandara,—ponga la suya a recabdo;
que cabezas de
maestres—non se mandan de aguinaldo.
Villas e cibdades
tengo—e freyres a mi mandado:
non me las dió Rey
ni Reina—ganélas yo por mi mano.—
Estas razones
dixiera—el Maestre de Santiago,
cuando entre pajes
del Rey—entrara en el su palacio.
E más sin dubdar
fablara—como home bien razonado;
mas al sobir la
escalera,—la cabeza le han quitado.
Allí la entregan al
Rey:—él, maguer era su hermano,
mandó echarla en
una fuente—por facer el aguinaldo.
«Llevalda a Doña
María»—dixiera a los sus criados.
Doña María que la
vido,—mucho se ha maravillado;
ca el Rey amaba al
Maestre,—y era muy grande el regalo.
Prendióla de los
cabellos,—de bofetadas le ha dado:
—Agora me
pagas, perro,—lo de aguaño y lo de antaño
cuando me llamaste
puta—del Rey Don Pedro tu hermano.—
Prendióla de los
cabellos—y lanzóla allí al alano;
el alano es del
Maestre,—e bien conoce a su amo.
Cogióla con los sus
dientes—e llevósela a sagrado:
faz con las patas
la fuesa—do la cabeza ha enterrado,
Bien lo viera el
Rey Don Pedro—donde se está paseando:
bien lo viera ese
buen Rey—que fizo atal aguinaldo,
[p. 189] Llega al balcon y pregunta:—¿De
quién era aquel alano?
—Ese alano
es del Maestre,—del Maestre de Santiago;
que por facer la su
obsequia—está, cual vedes, llorando.
—¡Ay, triste
de mi e mezquino,—ay triste de mi e cuitado:
si el alano face
aquello,—qué ha de facer un hermano!—
Dormir non puede el
buen Rey—dormir non puede el cuitado:
porque en medio de
la noche— el Maestre le ha llamado,
viérale todo
sangriento—sin cabeza, en su caballo;
viérale todo
sangriento—el su pecho amenazado.
Dormir non puede el
buen Rey,—que yaz todo desvelado,
porque enmedio de
la noche—Doña María le ha llamado.
Viérala con la
cabeza—que fué lanzar al alano.
Doña María de
Padilla—por los aires va volando;
por sus buenas
fechorías—non la quiere Dios ni el diablo.
Este magnifico romance histórico, que debe añadirse a los del ciclo del Rey D. Pedro, trata el mismo argumento que el núm. 65 de la Primavera: «Yo me estaba allá en Coimbra».
15
Mal te amores
¿Duque de Alba,
estás casado?...—si nón, yo te casaría...
—Estoy
casado, buen Rey,—casado por vida mía;
que tengo palabra
dada—a una señora en Castilla.
Aunque viva
cincuent' años,—yo jamás la olvidaría.
...........................................................................
Entre estas
palabras y otras—el casamiento se hacía.
Toda la gente lo
sabe;—Doña Ana non lo sabía,
si no es por una
doncella—que anda en su compañía.
—Novedad
traigo, Doña Ana,—non sé si le placería;
que el Duque de
Alba se casa,—su palabra mal cumplía.
—Que se case,
que se vele,—¿a mí que se me daría?
¡Caballeros tien la
corte—que conmigo casarían!—
Los anillos de la
mano—por el medio los partía;
los pelos de la
cabeza—por el uno los arrinca...
Subióse en una
ventana—de una sala que tenía;
viólo que estaba
jugando—con otros en compañía:
—¡Duque de
Alba de mis ojos!—¡Duque de Alba de mi vida!
¿Cómo tan presto
olvidaste—a quién tanto te quería?
El posó el naipe n'
el suelo,—y corrió a ver a la niña.
¡En el medio de una
sala—topárala flaquecida!
Llamara cuatro
dotores—por ver de qué mal moría;
unos dicen que de
susto,—y otros que de amor moría.
[p. 190] Este afectuoso romance, que aparece aquí incompleto por flaqueza de memoria de la anciana que se le recitó al Sr. Menéndez Pidal, alude al contrariado casamiento de Don Fadrique de Toledo, hijo del Gran Duque de Alba, y ha de ser muy poco posterior al suceso que narra.
16
Don Bueso
Camina Don
Bueso—mañanita fría
a tierra de
moros—a buscar amiga.
Fallóla
lavando—en la fuente fría:
—Quita de
ahí, mora,—perra judía;
dexa a mi
caballo—beber agua fría.
—Reviente el
caballo—y quien lo traía;
que yo no soy
mora—ni fía
[1] de judía;
soy una
cristiana,—de nombre María,
en poder de
moros—siet' años había.
—Si fueras
cristiana,—yo te llevaría;
y si fueras
mora—yo te dexaría.
[2]
—Los paños
del moro—¿yo d'ellos qué haría?
—Los que son
ruanos,—traelos, María;
los que son de
grana—al mar los echarías.—
Montóla a
caballo—por ver que decía!
en las siete
leguas—no hablara la niña...
Al pasar un
campo—de verdes olivas,
por aquellos
prados—¡que llantos hacía!
—¡Cuando el
Rey mi padre—llantó
[3] aquí esta oliva,
sentada al
amparo—de su sombra fría,
la Reina mi
madre—la seda torcía,
mi hermano Don
Bueso—los perros corría;
yo, que era
rapaza,—las flores cogía!...
—Pues por
estas señas—mi hermana serías!
¡Abra, la
madre,—puertas de alegría;
que por traer
nuera—traigo la su fía!
—Si eres la
mi nuera,—seas bien venida;
si mi fía no
eres—bien lo parecías!
[p. 191] ¡Para ser mi fía—color non tenías!
—¿Cómo quiere
madre,—color todavía?
si fay siete
años—que pan non comía,
sino amargas
yerbas—que en montes cogía!
17
Don Bóyso
Camina
Don Bóyso—mañanita fría
a tierra de
Campos—a buscar la niña.
Hallóla
lavando—en la fuente fría.
—¿Que haces
ahí, mora,—hija de judía?
Deja a mi
caballo—beber agua fría.
—Reviente el
caballo—y quien lo traía;
que yo no soy
mora,—ni hija de judía.
Soy una
cristiana,—que aquí estoy cativa
lavando los
paños—de la morería.
—Si fueras
cristiana,—yo te llevaría,
y en paños de
seda—yo te envolvería;
pero si eres
mora—yo te dejaría.—
Montóla a
caballo,—por ver que decía;
en las siete
leguas—no hablara la niña.
Al pasar un
campo—de verdes olivas,
por aquellos
prados—¡que llantos hacía!
—¡Ay prados!
¡Ay prados!—prados de mi vida!
¡Cuando el Rey mi
padre—plantó aquí esta oliva,
él se la
plantara,—yo se la tenía;
la Reina mi
madre—la seda torcía;
mi hermano Don
Bóyso—los toros corría!..
—¿Y cómo te
llamas?—Yo soy Rosalinda;
que así me
pusieron,—porque al ser nacida,
una linda
rosa—n'el pecho tenía.
—Pues tú, por
las señas,—mi hermana serías!
¡Abra, la mi
madre,—puertas de alegría;
por traerle
nuera,—tráigole su hija!
—Para ser tu
hermana,—¡qué descolorida!
—Madre, la mi
madre,—mi madre querida;
que hace siete
años—que yo no comía,
sino amargas
yerbas—de una fuente fría,
dó culebras
cantan,—caballos bebían...—
Metióla en un
cuarto—sentóla en la silla.
—¡Mi jubon de
grana,—mi saya querida,
que te dejé
nueva—y te hallo rompida!
[p. 192] —Calla, hija, calla,—hija de
mi vida;
que quien te echó
esa—otra te echaría.
—¡Mi jubon de
grana,—mi saya querida,
que te dejé
nueva—y te hallo rompida!
—Calla, hija,
calla,—hija de mi vida;
que aquí tienes
madre,—que otra te echaría.—
Caminó Don
Bóyso—que partir quería,
a tierra de
moros—a buscar la niña.
Antes de ser Don Bueso héroe de estos primorosos romancillos novelescos, fué personaje épico, enlazado con la leyenda de Bernardo del Carpio en sus más antiguas formas. La Crónica general refiere que el héroe leonés mató a «un alto ome de Francia llamado Don Bueso», y añade esta curiosa noticia: «Et dicen algunos en sus Cantares, segund cuenta la estoria, que este francés Don Bueso que so primo era de Don Bernaldo, mas esto non podríe ser.» Así en el manuscrito Escurialense y en todos los más antiguos y autorizados, pues la General, impresa por Ocampo, que es sólo un mal comprendió del texto primitivo, no habla de Cantares.
El nombre del personaje parece francés, pero Milá estima que debe tenerse por invención de los nuestros, pues no suena en los poemas franceses de la guerra de España, y sólo en el Girart de Rossilló figura un Bos de Escorpió o de Carpión, consejero del héroe.
Quizá su celebridad poética en los Cantares citados por la General hizo que el nombre se vulgarizase en España, llevándole en tiempo de Alfonso VII y de su hijo Don Sancho III el Deseado, un merino de Saldaña (Dominus Bueso o Boyso Majorinus in Saldaña), fundador del monasterio de Bueso, cerca de la villa de Ureña, a donde se retiró en sus últimos días y donde está enterrado. [1] Parece indudable que este personaje histórico nada tiene que ver con el Don Bueso legendario. En tiempo de Don Sancho III la epopeya castellana estaba ya formada, y seguramente existían cantares de Bernardo, cuyas fábulas iban a penetrar muy pronto en las historias latinas del Tudense y el Toledano.
[p. 193] En los actuales romances de Bernardo, que son relativamente muy modernos, no se encuentra el nombre de Don Bueso, pero la poesía popular no se olvidó de él, atribuyéndole muy varias aventuras. No sabemos qué cosa serían unos romances de Don Bueso que pasaban ya por una antigualla en tiempo de Enrique IV, como se deduce de una picaresca composición del ingenioso trovador madrileño Juan Álvarez Gato, el cual, comentando cierta aventura amorosa en la cual en vez de encontrar a la dama a quien servía tropezó con una espantable vieja, se queja de que le dieron
Por palacios tristes
cuevas,
por lindas
canciones nuevas
los romances de Don
Bueso.
En el romance burlesco inserto en el Cancionero de Hijar (también de fines del siglo XV) se da a un personaje el pseudónimo de Don Bueso. En la Ensalada, de Praga (perteneciente a la colección de pliegos sueltos góticos que dió a conocer Wolf), se citan los dos primeros versos de un romance que se ha perdido:
A caza va el rey Don
Bueso,
por los montes a
cazar...
Los irreverentes poetas del siglo XVII hicieron gran fisga y matraca del pobre Don Bueso, que aparece convertido en héroe de botarga y entremés en los dos romances burlescos que principian:
Doliente estaba Don
Bueso
de amores, que non
de fiebres...
(Núm 1.710 de Durán.)
En la antecámara solo
Del Rey Don Alonso
el Bueno,
De una losa en otra
losa
Paseando está Don
Bueso...
(Núm. 1.719 de Durán)
Este último es excelente en su pícaro género: digno del mismo Quevedo, y acaso sea suyo.
[p. 194] Mejor librado, aunque no siempre, sale Don Bueso en la poesía popular. Además de los romances asturianos, que por su versificación hexasilábica no parecen de los más antiguos (a pesar de las ingeniosas razones que alega su editor), hay en el Algarve un romance de Dom Bozo, en la provincia portuguesa del Miño otro de Dom Bezo ambos en metro corto. [1] Otra variante recogida en el Brasil con el título de Flor do día omite ya el nombre del famoso caballero. En todos estos romances se pinta la crueldad de la madre de Don Bueso con su nuera.
En Cataluña le llaman Don Guespo (y también Don Buespo), y cuentan que murió envenenado por una vengativa doncella llamada Gudriana. Las tres variantes que recogió Milá (número 256, La innoble venganza), son taraceadas de catalán y castellano. Aguiló, según su sistema, le da en catalán solamente (número 18).
Nada tienen que ver estas historias con el encantador romance asturiano, que hasta ahora permanece solitario en la poesía de la Península, aunque dentro del Principado sea de los más repetidos por bocas infantiles o femeninas. Por lo demás, su tema, un reconocimiento de hermanos, es de los más frecuentes en las canciones populares de todos los países. [2] Limitándonos a los textos de nuestra propia casa, le hallamos en un romance catalán, de origen castellano, Los dos hermanos, del cual recogió Milá nada menos que diez y nueve versiones (núm. 250 de su Romancerillo). Es singular que la más completa de estas versiones, y al mismo tiempo una de las que conservan mayor numero de palabras y versos castellanos, proceda de la Cataluña francesa, es decir, del antiguo Condado del Rosellón. En la mayor parte de estas variantes aparecen revueltas las reminiscencias de algún [p. 195] romance análogo al de Don Bueso con otras del bien sabido de La Infantina. En las Cansons de la terra, de Pelayo Briz (t. V, página 95), hay otro romance sobre el mismo argumento.
18
El Conde Flor.—I
El moro non fué a
cazar—non cazó como solía;
porque le encargó
la Mora—que le traiga una cautiva
que non sea mujer
casada,—tampoco mujer pedida;
que fuese una buena
moza—para hacerle compañía.
Encuentran al Conde
Flor,—que viene de romería
de San Salvador de
Oviedo—y Santiago de Galicia,
de pedir a Dios del
Cielo—que le diese un hijo o hija;
y, por gracia de
Dios Padre—engendrado lo tenía.
Preguntáronle si
deja—a la hermosa compañía.
—La compañía
que traigo—muy tarde la dejaría.—
Mataron al Conde
Flor,—llevan la mujer cautiva,
la llevan al mar
abajo—para llegar más aina.
Echan cartas a la
Mora—porque salga a recibirla;
y la Mora, muy
contenta,—salió en su caballería.
—Bien venida,
la mi esclava,—bien venida esclava mía
si eres buena, del
palacio—yo las llaves te daría;
y si tú me eres
buena,—las del Moro guardarías.
—Non me hacen
falta las llaves—de sus salas y cocinas;
si non fuera mi
desgracia,—para mí llaves tenía!...
—Háblame
poco, la esclava;—háblame poco esclavina;
si tu me gurgutas
mucho,—tu vida poca sería.—
Encinta estaba la
Mora,—la esclava encinta venía;
y, por gracia de
Dios Padre,—ambas parieron un día.
Un niño parió la
esclava,—parió la Mora una niña;
la bruja de la
partera—maltrocado los había;
que el niño diólo a
la Mora—y la niña a la cautiva.
—Diga, diga
la mi esclava,—¿cómo ha llamarse la niña?
—Por la leche
que mamaba—llamase Doña María;
y así se llama una
hermana—que yo traigo en Morería...
y así fío, Conde
Flor,—que ansí le pertenecía...
—Diga, diga,
¿la tu hermana,—diga que señas tenía?
—En el
costado derecho—una lunar le salía,
y con sus cabellos
rubios—todo su cuerpo ceñía.
—¡Por las
señas que me dabas,—eres tú la hermana mía!
¡Y si la mi hermana
eres,—yo qué vida te hacer-hía!
—Mujer pobre
y sin marido,—¿con quién se consolaría?
—Con tu fío
Conde Flor,—que yo te lo volvería.
[p. 196] Tú te levantas agora;—hoy fago yo
ventiun días;
cuatrocientos de a
caballo—te pasaran a Castilla.—
...........................................................................
...........................................................................
Por aquellos campos
verdes—¡qué llantos hace la niña!
—Hijo mío,
Conde Flor,—cuando yo te criaría,
que ya veo los
palacios—donde tu padre vivía.
19
El Conde Flor.—II
A cazar
iba el Rey moro,—a cazar como solía;
porque le encargó
la Mora—que le traiga una cautiva,
que fuera hija de
Condes—o de Reyes de Castilla.
Hallaron. al Conde
Flor,—que viene de romería
de San. Salvador de
Oviedo—y Santiago de Galicia;
y una hija hermosa
que tiene—la trae en su compañía.
Mataron al Conde
Flor;—en un pozo lo metían,
y con piedras del
camino—todo su cuerpo cubrían,
y una grande a la
cabeza—porque nao saliera arriba.
Metieron la hija en
un barco—para llevarla cautiva;
y al mar abajo la
echaron,—porque fuese mas aina.
La Mora desque lo
supo—salió alegre a recibirla;
montada en caballo
blanco,—con mucha caballería.
Metiéronla en el
palacio,—llorando lágrima viva.
En cinta estaba la
Mora—la esclava en cinta venía;
y lo quiso Dios del
cielo—que ambas parieran un día.
La bruja de la
partera,—por pedir al Moro albricias,
usando de malas
mañas—cambióles lo que tenían;
y el niño diólo a
la Mora—y la niña a la cautiva.
La reina mora
contenta,—levantóse al otro día:
la cristiana
congojada—a los veinte non podia.
—Levántate,
la cristiana;—vé bautizar esa niña.
—¡Con
lágrimas de mis ojos—la bautizo cada día!
Si yo estuviera en
mi tierra—presto la bautizaría;
y ponerle había el
nombre—de una hermana que tenía,
que se llama Blanca
Flor,—toda la flor de Castilla;
y me la llevaron
moros—a tierra de morería.
—Diga, diga,
¿la su hermana,—diga, que señas tenía?
—En el su
hombro derecho—una lunar le salía,
y con sus cabellos
rubios—todo su cuerpo cubría.
—¡Por esas
señas, cristiana,—eres tú la hermana mía!
Con esto le echó
los brazas,—llorando que transvertía:
—Vete ahí a
la Casa Santa—que está en medio de Turquía;
[p. 197] vete ahí a la Casa Santa,—a
bautizar esa niña.—
Respondióle la
cristiana:—¡Pa mí remedio no había;
que ya renegar me
hicieron—de mi madre y mi madrina,
de la leche que he
mamado—y la sagrada María!
—Yo te daré
barco de oro,—trinquete de plata fina,
y siete moros
mancebos—que te llevan a Castilla:
y si con esto no
basta—yo dir he en tu compañía...
En tu compañía non
puedo,—porque renegado había;
y aunque renegué de
boca—de corazón non tovía.
[1]
Parecen inspirados en la antiquísima novela, de origen bizantino, Flores y Blanca-Flor popular todavía entre nosotros en la forma de pliegos de cordel. Falta este asunto poético en los antiguos Romanceros, pero abunda en la tradición oral de la Península. Ya Wolf incluyó en la Primavera (núm. 130 Las dos hermanas ) una versión enteramente castellana, recogida en Cataluña por el Dr. Milá y Fontanals. Difiere muchísimo de la de Asturias. El mismo sabio maestro puso en su Romancerillo (núm. 242) otras [p. 198] lecciones híbridas o bilingües mucho mis próximas a la nuestra.
En portugués conozco las siguientes:
a) Rainha e captiva, publicada por Almeida Garrett (II, 179-188), que, ignorando el origen literario de este romance, le da una antigüedad disparatadísima, encontrando en él un fuerte color del siglo XII (!).
b) Romance de Branca Flor, versión de la Extremadura portuguesa, en el Rom. ger. de T. Braga (107-109).
c) Estoria da captiva Rainha. Lindísima versión de la isla de la Madera, publicada por Álvaro Rodrigues de Azevedo (211-219).
d) Romance das duas irmäs. Variante del Algarve, muy incompleta, dada a conocer por T. Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil (203-205).
e) Branca Flor.—Xacara de Flores-Bella. Dos variantes del Brasil, publicadas por Sylvio Romero (I, 41-44). La primera no es más que un fragmento.
Leyendas muy semejantes a ésta, y probablemente del mismo origen, hay en la poesía popular de varias naciones.
20
Gayferos
Estando la
Condesina—en su palacio real,
con peine de oro en
la mano—para su hijo peinar:
—Dios te
encreciente, mi niño;—Dios te deje encrecentar,
que la muerte de tu
padre—tú la vayas a vengar;
porque a traición
le mataron,—para conmigo casar,
viniendo de
romería—de San Juan el de Letran.—
Estando 'n estas
razones,—viene el Moro de cazar.
—¿Qué dices
tú, boca negra,—o qué te pones a hablar?
que por eso que tú
dices,—el niño ha de pasar mal.—
Ha llamado dos
criados,—que al padre comían pan:
—Id a matar
ese niño—a los montes de Aguilar;
y por señas hais
traerme—el su corazón leal,
y de su mano
derecha—tambien el dedo pulgar.—
Iba una perra con
ellos,—cuidando diban cazar:
—Mataremos
esta perra,—pues que Dios la truxo acá:
corazón de perra
blanca—del niño parecerá,
[p. 199] le cortaremos el dedo,—por eso non
morirá:
le dexaremos
aquí,—Cristo le consolará.—
Pasára por allí un
tío—que venía de cazar.
—¿Quién te
truxo aquí, sobrino,—a los montes de Aguilar?
—Criados del
perro Moro,—que me venían matar.—
Ya le coge entre
sus brazos—y le pone en su ruan;
siete años le ha
tenido—comiéndole vino y pan.
Al cabo de los
siet' años—el niño soltó a llorar.
—¿Tú que
tienes, mi sobrino;—tú que tienes que estás mal?
¿Hízote mal el mi
vino,—o te hizo mal el mi pan;
o te hacen mal mis
criados?—Mandarélos despachar.
¿O ves alguna
doncella—que non puedas alcanzar?
—Non me hizo
mal vuestro vino—ni me hizo mal vuestro pan;
nin me hacen mal
vuestros criados,—non los mande despachar:
nin veo doncella
alguna—que yo non pueda alcanzar:
es la muerte de mi
padre—que la quiero dir vengar.
—Eres niño
muy chiquito,—pa las armas menear.
—Aunque soy
niño chiquito,—me sobra la habilidad.
Dadme el caballo y
las armas—que yo le diré a vengar.
—Tengo
jurado, sobrino,—alla en San Juan de Letran,
mis armas y mi
caballo—a nadie las emprestar.—
El niño desque esto
oyó,—'n el suelo va desmayar.
—Arriba,
garzon, arriba,—non te quieras desmayar;
mis armas y mi
caballo—estarán a tu mandar:
mi cuerpecito
aunque viejo,—para el tuyo acompañar.—
Quitaron ropas de
seda,—vistiéronse de sayal:
de día anduvieron
monte,—de noche camino real.
A puertas de la
Condesa—van a pedir caridad.
—Non lo
quiera Dios del Cielo,—nin la santa Eternidad;
que el Moro me ha
prohibido—esta vez y muchas más,
que a romeros de
otras tierras—yo les diera caridad.
Vayanse los
romericos—al hospital de San Juan.
—Non lo
quiera Dios del Cielo,—nin la santa Eternidad,
caballeros de alta
sangre—al meson vayan cenar.
—Daréles pan
por dinero,—y vino de caridad...—
Cuando lo estaban
comiendo—viene el Moro de cazar.
—¿Que te he
dicho, Condesina,—esta vez y muchas más?
Que a romeros de
otras tierras—non les diera caridad;
que yo a romeros
maté,—romerillos me han matar.—
Los dientes de la
Condesa,—por la sala van rodar.
El niño desque esto
vió,—al pronto subiose allá,
de la primer
puñalada—mató el romero a Galvan.
Vayan con Dios los
romeros,—¡viuda me hicieron quedar!
—Si vos non
fuerais mi madre,—con vos hiciera otro tal.
—Non tengo
hijo nin hija:—sola en el mundo estoy ya;
porque un hijo que
tenía—murió en montes de Aguilar,
[p. 200] y en mi cofrecito tengo—el su
corazon leal,
y de su mano
derecha—tambien el dedo pulgar.
—El corazón
que tenéis—de la perra es de Galvan
y ese dedo que
guardais—aquí le vereis faltar.—
Al verlo la
Condesina,—comenzárale abrazar:
las lágrimas y
suspiros—en placer fuera tornar.
Es un genuino y viejo romance carolingio, variante muy curiosa de los dos primeros de Don Gaiferos (171 y 172 de la Primavera). La astucia de los escuderos, que engañan a Galván presentándole sólo el dedo de un niño y el corazón de una perrita, se repite mucho en cuentos populares (por ejemplo, el de la Ceneréntola), y está ya en el Roman de Berthe, del trovero Adenès (último tercio del siglo XIII), y en La gran conquista de Ultramar, compilación castellana de principios del siglo XIV, cuyo original francés no ha sido descubierto todavía.
21
Blanca Flor y Filomena.—I
Por las
orillas del río—Doña Urraca se pasea
[1]
con dos hijas de la
mano—Blanca Flor y Filomena.
El Rey moro que lo
supo—del camino se volviera;
de palabras se
trabaron,—y de amores la requiebra.
Pidiérale la
mayor—para casarse con ella:
si le pidió la
mayor,—le diera la mas pequeña;
y por no ser
descortés—tomara la que le dieran.
—Non sea
cuento, rey Turquillo,—que mala vida le hicieras ..
—Non tenga
pena, señora;—por ella non tenga pena.
Del vino que yo
bebiese,—tambien ha de beber ella;
y del pan que yo
comiese,—tambien ha de comer ella.
Se casaron, se
velaron,—se fueron para su tierra:
nueve meses
estuvieron—sin venir a ver la suegra.
Al cabo de nueve
meses,—Rey Turquillo vino a verla.
—Bien venido,
Rey Turquillo.—Bien hallada sea mi suegra.
—Lo que más
quiero saber—si Blanca Flor queda buena.
Blanca Flor buena
quedaba;—en días de parir queda,
y vengo muy
encargado—que vaya allá Filomena,
para gobernar la
casa—mientras Blanca Flor pariera.
[p. 201] —Filomena es muy
chiquita—para salir de la tierra;
pero por ver a su
hermana—vaya, vaya en hora buena.
Llévela por siete
días;—que a los ocho acá me vuelva;
que una mujer en
cabellos—no está bien en tierra agena.—
Montó en una yegua
torda,—y ella en una yegua negra:
siete leguas
anduvieron—sin palabra hablar en ellas.
De las siete pa las
ocho,—Rey Turquillo se chancea;
y en el medio del
camino,—de amores la requiriera.
—Mira qué
haces, Rey Turquillo,—mira que el diablo las tienta;
que tú eres mi
cuñado,—tu mujer hermana nuestra.
Sin escuchar más
razones—ya del caballo se apea:
atóla de pies y
manos—hizo lo que quiso della;
la cabeza le
cortara,—y le arrancara la lengua,
y tiróla en un
zarzal—donde cristiano non entra.
Pasó por allí un
pastor;—de mano de Dios viniera.
Por la gracia de
Dios padre—a hablar comenzó la lengua.
—Por Dios te
pido, pastor,—que me escribas una letra:
una para la mi
madre,—¡nunca ella me pariera!
y otra para la mi
hermana,—¡nunca yo la conociera!
—Non tengo
papel ni pluma,—aunque serviros quisiera ..
—De pluma te
servirirá—un pelo de mis guedejas;
si tú non tuvieres
tinta—con la sangre de mis venas:
y si papel non
trujeres,—un casco de mi cabeza.—
Si mucho corrió la
carta,—mucho más corrió la nueva.
Blanca Flor, desque
lo supo,—con el dolor malpariera;
y el hijo que
malparió,—guisólo en una cazuela
para dar al Rey
Turquillo,—a la noche cuando venga.
—¿Qué me
diste Blanca Flor,—qué me diste para cena?
De lo que hay que
estamos juntos—nunca tan bien me supiera.
—Sangre fué
de tus entrañas—gusto de tu carne mesma..;
pero mejor te
sabrían—besos de mi Filomena!!
—¿Quién te lo
dijo, traidora;—quién te lo fué a decir, perra?
¡Con esta espada
que traigo—te he de cortar la cabeza!
Madres las que
tienen hijas,—que las casen en su tierra;
que yo, para dos
que tuve,—la Fortuna lo quisiera,
una murió
maneada—y otra de amores muriera.
22
Blanca Flor y Filomena.—II
Por
esos campos arriba—se pasea una romera
con dos hijas de la
mano—Blanca Flor y Filomena.
El traidor del Rey
Tereno—al camino les saliera,
pidiéndole la más
grande—para casarse con ella:
[p. 202] si le pidió la mayor,—diérale la
más pequeña.
Él casóse y él
velóse,—llevóla para su tierra.
Allá estuvo siete
años—sin volver a ver la suegra;
de los siete pa los
ocho—él vino, ¡que no viniera!
—Buenos días
suegra mía,—Tereno, bien venido sea.
Lo que más quiero
saber—si Blanca Flor queda buena.
—Blanca Flor
buena quedaba,—en plazos de parir queda.
—Si queda en
esos temores,—nunca puede quedar buena.
—Encárgame
que le lleve—a su hermana Filomena.
—Llevásela,
si por cierto;—pero ten cuidado della.
—Yo tendré el
mismo cuidado—como si mi hermana fuera.—
La cogiera entre
los brazos—a caballo la pusiera.
Siete leguas
anduvieron—sin hablar verbo con ella;
de las siete pa las
ocho—de amores la pretendiera.
—Tate quieto,
Rey Tereno,—mira que el diablo te ciega;
que mi hermana es
tu mujer—y yo tu cuñada era.
Abajóla del
caballo,—hizo lo que quiso della:
desque fizo lo que
quiso—dejóla en monte señera,
atada de pies y
manos—a sombra d'una olivera.
Vino por allí un
pastor—le pareció de su tierra.
—Por Dios le
pido al pastor—por Dios y la Madalena,
una carta pa mi
madre,—la madre que me pariera.
—Yo escribir
escribiría,—si tinta y papel tuviera.
—Buen papel
sellado tienes,—del paño de mi cabeza,
y buena tinta
será—de la sangre de mis venas.
El primer renglón
que pongas—pónelo de esta manera:
«La madre que tenga
hijas—non las case en tierra agena;
que mi madre tuvo
dos—mala suerte le tuvieran!
Casó una co 'l Rey
Tereno—y otra en el monte muriera
atada de pies y
manos—a sombra de una olivera.»—
Blanca Flor, desque
lo supo,—de malos partos pariera:
los malos partos
que fizo,—los guisó 'n una cazuela
para dar a su
marido—a la noche cuando venga.
—¿Que me
diste, Blanca Flor;—que tan dulce me supiera?
—¡Mas dulces,
traidor serían,—los besos de Filomena!
—¿Quién lo
dijo, Blanca Flor;—Blanca Flor, quién lo dijera?
—Díjomelo un
pajarito—que por el aire viniera.
—¡De malos
fuegos quemara,—de malos fuegos ardiera,
de malos fuegos
quemara—donde la traicion se hiciera!—
No acabara de
decirlo,—cuando se le concediera.
Estos romances, que también se encuentran en Andalucía, son una transformación del mito clásico de Progne y Filomena del cual conservan los rasgos esenciales y hasta el nombre del Rey Tereo, trocado en Tereno y a veces en T'urquillo, acaso por [p. 203] confusión con el romano Tarquino, de quien tampoco se olvidó la poesía popular, y que, a título de injusto forzador, tenía alguna semejanza con Tereo. Hay mezcladas también reminiscencias de la horrible fábula de Tiestes y Atreo.
23
El Conde Olinos.—I
¡Conde
Olinos, Conde Olinos—es niño y pasó la mar!
Levantóse Conde
Olinos—mañanita de San Juan:
llevó su caballo al
agua—a las orillas del mar.
Mientras el caballo
bebe—él se pusiera a cantar:
—«Bebe, bebe,
mi caballo;—Dios te me libre de mal,
de los vientos
rigurosos—y las arenas del mar.».—
Bien lo oyó la
Reina mora,—de altas torres donde está:
—Escuchad,
mis hijas todas;—las que dormis, recordad
[1]
y oirédes a la
sirena—como canta por la mar.—
Respondió la mas
chiquita,—(¡mas le valiera callar!)
—Aquello no
es la sirena,—ni tampoco su cantar;
aquel era el Conde
Olindos,—que a mis montes va a cazar.
—Mis
morillos, mis morillos,—los que me comeis el pan,
[2]
id buscar al Conde
Olindos,—que a mis montes vá a cazar.
Al que me lo traiga
vivo,—un reinado le he de dar;
el que me lo traiga
muerto—con la Infanta ha de casar:
al que traiga su
cabeza,—a oro se la he de pesar.—
Po 'l monte de los
Acebos,—cien mil morillos se van
en busca del Conde
Olindos;—non le pueden encontrar.
Encontráronlo
durmiendo—debajo de un olivar.
—¿Qué haces
ahí, Conde Olindos?—¿Qué vienes aquí a buscar?...
Si a buscar vienes
la muerte,—te la venimos a dar,
si a buscar vienes
la vida—de aquí non la has de llevar.
—¡Oh, mi
espada; oh, mi espada—de buen oro y buen metal;
que de muchas me
libraste,—desta non me has de faltar:
y si desta me
librases,—te vuelvo a sobredorar!—
Por la gracia del
Dios Padre,—comenzó la espada a hablar:
«Si tú meneas los
brazas—cual los sueles menear,
[p. 204] yo cortaré por los moros—como
cuchillo por pan.»
—¡Oh caballo,
mi caballo;—oh, mi caballo ruan,
que de muchas me
libraste,—desta non me has de faltar!—
Por la gracia de
Dios Padre,—comenzó el caballo a hablar:
«Si me das la sopa
en vino—y el agua por la canal,
las cuatro bandas
de moros—las pasaré par a par. »
Cuando era medio
día,—no halló con quien pelear,
sinon era un perro
moro—que non lo pudo matar.
Allí vino una
paloma,—blanquita y de buen volar.
—¿Qué haces
ahí, palomita;—qué vienes aquí a buscar?
—Soy la
Infanta, Conde Olinos;—de aquí te vengo a sacar.
Ya que non queda
más qu' ese,—vivo no habrá de marchar.—
Por el campo los
dos juntos —e pasean par a par.
La Reina mora los
vió,—y ambos los mandó matar:
del uno nació una
oliva,—y del otro un olivar:
cuando hacía viento
fuerte,—los dos se iban a juntar.
La Reina tambien
los vió,—tambien los mandó cortar:
del uno nació una
fuente,—del otro un río caudal.
Los que tienen mal
de amores—allí se van a lavar.
La Reina tambien
los tiene—y tambien se iba a lavar.
—Corre
fuente, corre fuente,—que en ti me voy a bañar.
—Cuando yo
era Conde Olinos,—tú me mandaste matar;
cuando yo era
olivar,—tú me mandaste cortar;
ahora que yo soy
fuente,—de ti me quiero vengar:
para todos
correré—para ti me he de secar.
—¡
Conde Olinos, Conde Olinos,—es niño y pasó la mar
!
24
Conde Olinos.—II
¡Quién
se dol del Conde Olinos,—que niño pasara el mar!
Lleva su caballo al
agua—una noche de lunar;
mientras el caballo
bebe,—él le canta este cantar:
«Bebe, bebe, mi
caballo;—Dios te me libre de mal,
de los peligros del
mundo—y de las ondas del mar;
de los castillos de
Arriba—que me quieren mucho mal.»
La Reina mora lo
oyera—de altas torres donde está:
—Escuchalde,
mis doncellas—las que dormis, recordad,
y oirédes a la
serena—cómo canta por el mar.
Respondió la mas
chiquita,—(¡mas le valiera callar!)
—Aquella no
es la serena,—nin tampoco su cantar:
aquel es el Conde
Olinos—que conmigo va a casar.—
[p. 205] La Reina, que aquello oyera,— ambos
los mandó matar.
[1]
Uno lo entierran 'n
el coro,—y otro 'n el pie del altar.
D' ella nació verde
oliva,—d' el nació verde olivar,
Crece el uno, crece
el otro,—ambos iban a la par;
cuando hacía aire
d' arriba,—ambos se iban a abrazar;
cuando hacía aire
d' abajo,—ambos se iban a besar.
La Reina que
aquello vé,—ambos los manda cortar:
d' ella naciera una
fuente,—d' el nació un río caudal.
«Quien tuviere mal
de amores—aquí se venga a bañar.»
La Reina que
aquello oyera—tambien se fuera a lavar.
—Detente,
Reina, detente,—no me vengas dexobar.
[2]
Cuando yo era
Blanca Flor—tú me mandaste matar;
cuando yo era verde
oliva—tú me mandaste cortar;
ahora soy fuente
clara,—non me puedes facer mal;
para todos he de
correr—para ti me he de secar.
Estos poéticos y misteriosos romances, que pudiéramos llamar de las transformaciones, y que parecen conservar rastros del paganismo céltico, no proceden, sin embargo, de la antigua mitología de la Península (como pudiera sospecharse al ver que sólo se los encuentra en Asturias y en Portugal), sino que se derivan de los poemas franceses del ciclo de la Tabla Redonda, y especialmente del más célebre de ellos, Tristán e Iseo, cuya parte maravillosa pasó a estas canciones nuestras, que en su estado actual no han de ser muy antiguas, pues contienen inoportunas reminiscencias de otros romances, especialmente de El Conde Arnaldos y de La linda Melisenda (153 y 198 de la Primavera).
Hay en portugués las siguientes versiones:
a) Conde Nillo (III, 9-12 del Romanceiro de Almeida Garrett), que sospechó ya el origen extranjero de la canción, aunque no llegó a determinarle «Da nossa Hespanha e que elle näo me parece oriundo».
b) Romance do Conde Niño. Variante de Tras-os-Montes (T. Braga , Rom. gen., 37-40).
[p. 206] c) Dom Diniz. Versión del Algarve (Apud. Estacio da Veiga, 64-67).
d) Dom Duardos. Dos variantes de la isla de San Jorge (Cantos pop. do Archip. Açoriano, 271-274).
e) Dom Bernal y Don' Aninha (tradicional en la isla de la Madera, 118-122).
Por supuesto, que el Conde Niño de estos romances nada tiene que ver con el personaje histórico Don Pedro Nuño, Conde de Buelna, si bien la celebridad de sus aventuras pudo influir en que su nombre se aplicase arbitrariamente al héroe de estos romances, así como en el Algarve se le llamó Don Diniz por recuerdo del famoso Rey del mismo nombre y en las Azores Don Duardos, acaso por influjo del libro de Caballerías Primaleón y Tolendos, o de la tragicomedia de Gil Vicente.
Coinciden con estos romances, pero sólo en el final, A Ermida no mar, tradicional en las Azores (274-275); O Caçador, recogido en la isla de San Miguel por Th. Braga (notas a los Cantos populares do Brazil, II, 153- 158).
Nota el mismo Braga que el episodio de los dos árboles nacidos en la sepultura de los amantes es un elemento poético de carácter universal, que se halla en el cuento egipcio de Los dos hermanos, en tradiciones y leyendas de China, del Afganistán, de los cosacos de la Ukrania, etc., y de un modo muy próximo a nuestros romances, pero mucho menos poético, en un canto popular de Normandía, recogido por Beaurepaire:
Sur la tombe du garçon
on y mit une épine,
sur la tombe de la
belle
on y mit une olive.
L'épine crut si
haut
qu'elle embrassa
l'olive,
on en tira du bois
pour batir des
églises.
La esposa de Don García.—I
En
poder de moros va,—en poder de moros iba,
en poder de moros
va—la esposa de Don García.
........................................................................
.........................................................................
—Dios la
guarde, la mi madre,—Dios la guarde, madre mía.
¿Por aquí pasó mi
esposa,—la mi esposa tan querida?
—Por aquí
pasó esta noche—tres horas antes del día;
vihuela de oro en
las manos,—y muy bien que la tanguía.
—Andes,
andes, mi caballo;—guárdete Santa María:
levarásme a los
palacios—donde mi suegra vivía;
que lo que mi madre
ha dicho,—mi suegra revocaría.
........................................................................
—Dios la
guarde, la mi suegra;—Dios guarde la suegra mía.
¿Por aquí pasó mi
esposa,—la mi esposa tan querida?
—Por aquí
pasó esta noche—tres horas antes del día;
vihuela de oro en
las manos—de pesar no la tanguía:
toda vestida de
luto—por donde iba oscurecía.
—Andes,
andes, mi caballo—guárdete Santa María;
pasárasme aquella
sierra,—aquella sierra bravía;
si a aquella sierra
llegares,—nunca mas aquí volvías.
......................................................................
—Dios los
guarde a los moros—y a toda la morería,
grandes guerras les
armasteis—al Infante Don García,
y le robasteis la
esposa—de los palacios de usia.
—Tomelá, el
caballero;—por cien doblas la darían,
si doncella la
trajimos,—doncella la volvería.—
El la agarró por el
brazo,—y a caballo la ponía.
* 25
La esposa de Don García.—II
Válgame
Nuestra Señora—y la sagrada María;
que cayó en poder
de moros—la esposa de Don García.
Diez mil moros la
llevaban—y todos en romería.
—Ande mi
caballo, ande,—ande de noche y de día,
hasta llegar al
palacio—donde está la madre mía.
..................................................................
—Dios ayude
la mi madre.—Bien venido Don García.
[p. 208] —Lo que voy a
preguntar—pronto me respondería:
si vió por aquí
esta noche—mi esposa Doña María!
—Por aquí
pasó esta noche—dos horas antes del día,
vestida de
colorado,—que una reina parecía,
vihuela de oro en
sus manos,—y muy bien que la tangía.
Cada vuelta que le
daba,—cuernos, cuernos, Don García.—
—Ande mi
caballo, ande—de noche como de día,
hasta llegar al
palacio—donde estaba la mi tía.
...........................................................................
..........................................................................
—Dios ayude a
la mi tía.—Bien venido, Don García.—
—Lo que voy a
preguntar—pronto me respondería:
si vió por aquí
esta noche—mi esposa Doña María.—
—Por aquí
pasó esta noche—tres horas antes del día,
toda vestida de
negro,—que una viuda parecía,
vihuela de oro en
las manos,—de pesar no la tangía;
cada vuelta que le
daba,—¡valme, valme, Don García!—
—Ande mi
caballo, ande—de noche como de día.—
Toca en el medio
del monte—la bocina Don García:
—Escanciador
que da el vino,—escancie con cortesía,
guárdeme un vaso de
vino—para aquel de la bocina.
—No le
guardaría uno,—como dos le guardaría,
sino fuera su
hermano—o su esposo don García.—
—Hermano no
tengo yo,—y ni esposo conocía;
es que lástima me
dan—los que andan de montería.
En estos y otros
comedios—allí llega Don García:
—Dios ayude a
los morillos,—morillos de morería.
—Bien venido
el cristianillo,—que buen caballo traía.
—Yo vengo de
Santiago,—camino por Turquería.
—Allá vamos
todos juntos,—iremos en compañía.
—Mi caballo
tiene zuna—que jamás la perdería,
que entre tropa de
caballos—él delante nunca iría.
—Nosotros
delante iremos,—y usted detrás quedaría.
—Allá abajo
hay un reguero,—¿quién ha de pasar la niña?
—Pasarála el
cristianillo,—que buen caballo traía.
—Mi caballo
tiene zuna—que jamás la perdería,
mujer que no tenga
honra—sobre sí no consentía.
—Si la trae
de su tierra—nadie se la quitaría.—
Cuando iba cuestas
arriba—ojos que lo mirarían:
cuando iba cuestas
abajo—ni el diablo lo alcanzaría.
—Vuelta,
vuelta, mi caballo,—ya entramos en Turquería,
Adiós, adiós los
morillos—morillos de Morería.
—Adiós, adiós
el cornudo,—el cornudo Don García:
esa mujer va
preñada—de cuantos moros había.
—Pára, moro
perro, pára,—yo se lo bautizaría.
Válgame Nuestra
Señora—y la sagrada María.
[p. 209] Nada podemos conjeturar con fundamento acerca de estos dos singularísimos romances, que hasta ahora aparecen solitarios en la tradición de la Península, y que parecen ser degeneración de algún romance histórico. El segundo, inédito hasta ahora, parece más moderno que el primero, puesto que mezcla con rasgos afectuosos y delicados otros de una brutalidad extrema, y desfigura, sobre todo el final, de un modo libre y desvergonzado, que no es propio de la genuina poesía popular.
El Don García de estos romances, ¿será por ventura el Conde de Castilla Garci Fernández, que fué famoso por sus desventuras conyugales?
26
El galán d' esta villa
¡Ay! un galán d'
esta villa—¡ay! un galán d' esta casa,
¡ay! él por aquí
venía,—¡ay! él por aquí llegaba.
—¡Ay! diga lo
qu' él quería,—¡ay! ¡diga lo qu' él buscaba!
—¡Ay! busco
la blanca niña—¡ay! busco la niña blanca
que tiene voz
delgadina,—que tiene la voz delgada;
la que el cabello
tejía,—la que el cabello trenzaba.
—¡Ay!
¿trenzadicos traía?—¡Ay! ¿trenzadicos llevaba?
¡Ay! que non l' hay
n' esta villa,—¡ay! que non l' hay n' esta casa,
si non era una mi
prima,—si non era una mi hermana,
¡ay! de marido
pedida,—¡ay! de marido velada...
¡Ay! bien qu' ora
la castiga,—¡ay! bien que la castigaba,
¡ay! con varas las
d' oliva,—¡ay! ¡con varas las de malva!
Es la causa otra su
amiga,—es la causa otra su amada,
que la tien allá en
Sevilla,—que la tien allá en Granada...
—¡Ay! diga a
la blanca niña,—¡ay! diga a la niña blanca,
¡ay! que su amante
la espera,—¡ay! que su amante la aguarda
al pie d' una
fuente fría,—al pie de una fuente clara,
que por el oro
corría,—que por el oro manaba,
donde canta la
culebra,—donde la culebra canta.—
Por arriba d' una
peña—por arriba d' una mata,
donde canta la
culebra,—donde la culebra canta,
vi venir una
doncella;—es hija del Rey d' Arabia.
¡Ay! llegó a la
fuente fría,—¡ay! llegó a la fuente clara.
........................................................................
Ya su buen amor
venía,—ya su buen amor llegaba
por sobre la verde
oliva,—por sobre la verde rama;
por dond' ora el
sol salía,—por dond' ora el sol rayaba,
[p. 210] ¡ay! mañana la tan fría,—¡ay!
mañana la tan clara.
¡Ay! Antonio se
decía,—¡ay! Antonio se llamaba;
a su cuello una
medida,—a su cuello una esmeralda.
Perdiérala entre
la yerba,—perdiérala entre la rama.
Hallárala una
doncella,—hallárala una zagala,
la qu' el cabello
tejía,—la que el cabello trenzaba.
¡Ay! agua la
depedía,—¡ay! agua la demandaba;
¡ay! agua de fuente
fría,—¡ay! agua de fuente clara.
¡Ay! ¡lo que allí
le decía!—¡ay! ¡lo que allí le falaba!
y celos la
depedía,—y celos la demandaba:
—¡Ay! la
vinaja dorida,—¡ay! la vinaja dorada...
—¡Ay! trájola
de Sevilla,—¡ay! trájola de Granada,
¡ay! de mano de su
amiga,—¡ay! de mano de su amada.
—¡Ay! yo te
la mercaría,—¡ay! que yo te la mercaba;
¡ay! más galana y
pulida,—¡ay! más pulida y galana,
¡ay! si quies mi
compañía,—¡ay! si quies la mi compaña.
—¡Ay! sí, por
el alma mía,—¡ay! sí, por la vuestra alma;
¡ay! qu' el que me
dió la cinta,—¡ay! que el que me dió la saya,
¡ay!l non quiere
que o la vista,—¡ay! non quiere que o la traiga:
¡ay! quier que la
ponga en rima,—¡ay! quier que la ponga en vara,
la quier para otra
su amiga,—la quier para otra su amada,
que la tien allá en
Sevilla,—que la tien allá en Granada.—
.................................................................................
¡Ay! ¡cantaba la
culebra!—¡ay! ¡la culebra cantaba!
¡ay! ¡voz tiene la
doncella!—¡ay! ¡voz tiene la galana!...
—¡Ay! ¡padre,
le tengo en vida!—¡ay! ¡padre, le tengo en casa!
Un viene a la
romería,—un viene a la Roma Santa
con el que yo más
quería,—con el que yo más amaba.
¡Ay! Antonio se
decía,—¡ay! Antonio se llamaba;
aquel qu' andaba en
la guerra,—aquel que en la guerra andaba
con espada y con
rodela,—con rodela y con espada.
Él se fuera y nao
venía,—él se fuera y non tornaba,
muy tiernas cartas
me envía,—tiernas cartas m' enviaba:
«Non te me cases,
mi vida,—non te me cases, mi alma;
presto será mi
venida,—presto será mi tornada.»
..........................................................
..........................................................
¡Ay! fuese a la
romería,—¡ay! fuese a la Roma Santa
con el que ella más
quería—con el qu' ella más amaba.
..........................................................
¡Ay! la niña estaba
en cinta,—¡ay! la niña en cinta estaba.
¡Ay! llegaronse a
la ermita,—¡ay! llegaronse a la sala,
¡ay! donde el abad
diz misa,—¡ay! dond' el abad misaba;
¡ay! misa en n' la
montiña,—¡ay! misa en n' la montaña:
¡ay! el molacin l'
audiva,—¡ay! el molacin l' audava.
¡Ay! vueltas las
que darían,—¡ay! vueltas las que le daban
[p. 211] a redores de la ermita,—a redores
de la sala;
¡ay! que el parto
le venía,—¡ay! que el parto le llegaba.
—¡Santa María
es mi madrina!—¡Santa María es mi abogada!
Un niño en brazos
traía,—un niño en brazos llevaba;
Jesucristo le
decía,—Jesucristo le llamaba.
El Niño rosas
traía,—el Niño rosas llevaba,
cuatro o cinco en
una piña,—cuatro o cinco en una caña.
—De la caña
más florida,—de la caña más granada,
¡ay! dale a la
blanca niña,—¡ay! dale a la niña blanca;
¡ay! pues ella
estaba en cinta,—¡ay! pues ella en cinta estaba.—
¡Ay! parió una
blanca niña,—¡ay! parió una niña blanca;
bautizóla en agua
fría,—bautizóla en agua clara;
púsole en nombre
Rosina,—púselo en nombre Rosaura;
qu' el Nido rosas
traía,—qu' el Niño rosas llevaba.
..........................................................
..........................................................
¡Ay! mandara el Rey
prenderla,—¡ay! mandara el Rey prindarla;
en cadenillas
meterla—y en cadenillas echarla;
¡ay! arriba en la
alta mena,—¡ay! arriba en la mena alta:
quier que le sirva
a la mesa,—quier que le sirva a la tabla,
¡ay! con la taza
francesa,—¡ay! con la francesa taza;
que file paños de
seda,—que file paños d' Holanda,
con rueca la de
madera,—con rueca la de su casa;
los que filaba la
Reina,—los que filaba la Infanta,
¡ay! con el
tortoriu d' oro,—co'l tortoriu de esmeralda.
¡Ay! tortoriu trae
de piedra,—¡ay! ¡tortoriu, fuso y aspa!
Llabra en él la
seda fina,—llabra en él la seda clara;
¡ay! al Rey le fay
camisa,—¡ay! al Rey le fay delgada
¡ay! del oro
engordonida,—¡ay! del oro engordonada.
He aquí el romance más famoso y popular de Asturias, el que sirve de tiempo inmemorial para acompañar la danza prima. Ha sido también el primero en que se fijó la atención de la crítica. Ya Jovellanos le menciona en su carta sobre las romerías. Cuantos le han oído están contestes en afirmar el poético efecto que causa, a pesar de lo inherente de su contenido, o quizá por esta misma razón. Sus variantes son innumerables, pero la más completa es sin duda, la que publica el Sr. Menéndez Pidal. Ha sido impreso en varios libros de viajes, y también en una hoja suelta que publicó D. José Pérez Ortiz, antiguo catedrático de la Universidad ovetense, con el estrambótico título que sigue: El Galán de esta villa. Romance antiguo, natural compañero de la danza propia para ostentar el sexo femenino la alegre oficiosidad [p. 212] doméstica que le corresponde en la sociedad conyugal, y por cuyo olvido deja de practicarse aun por las honestas. Finalmente, de la popularidad de este romance da fe el verbo asturiano estavillar, que quiere decir hablar apresuradamente, sin tino ni concierto. Tal como suele cantarse este romance, parece, en efecto, una retahíla sin sentido; pero el Sr. Menéndez Pidal, reuniendo trozos de diversas versiones, ha llegado a ofrecer un conjunto bastante satisfactorio, aunque no sin lagunas. Ha de tenerse en cuenta que la segunda parte de cada verso es repetición del octosílabo anterior, puesto que el romance se canta por dos coros: uno de hombres y otro de mujeres.
27
La ausencia. —I
Estando
yo ante mi puerta—labrando la fina seda,
vi venir un
caballero—por la alta Sierra Morena;
con las armas n' el
caballo,—a mi marido semeja.
Atrevime a
preguntarle—si venía de la guerra.
—De la
guerra, no, señora;—pero vengo cerca della.
¿Por qué lo
entruga,
[1] señora? —¿Por qué lo entruga,
doncella?
—Porque tengo
a mi marido—há siete años en la guerra:
de los siete años
que estuvo,—nunca me envió una letra.
Diga, diga, la
señora;—diga de qué señas era...
—Era alto
como un pino—y galan como una estrella;
llevaba un caballo
blanco—todo cubierto de seda...
—Por las
señas que me dabais,—en la guerra muerto queda;
su cuerpo revuelto
en sangre,—su boca llena de arena.
—¡Ay, triste
de mí, cuitada!—¡Ay, de mi suerte tan negra!
¡Siempre truje toca
blanca,—ahora vestiréla prieta!
Tres hijos que me
quedaron—los criaré en mi tristeza;
y, en cuanto
manejen armas,—mandarélos a la guerra
para vengar a su
padre—que le mataron en ella...
—Non se
aflija la señora;—no se acordoje, mi dueña,
nin vista los
negros paños,—que yo su marido era.
La ausencia. —II
Estando
un día a la puerta—labrando paños de seda,
vi venir un
caballero—allá por Sierra Morena.
Atrevime y
preguntéle—si venía de la guerra.
—De la
guerra, sí, señora;—de la guerra, sí, doncella.
¿Tiene allá algun
primo hermano—o alguno que le dé pena?
—Yo tengo
allá a mi marido;—más hermoso que una perla.
Déme las señas,
señora;—señora, déme las señas.
—Llevaba el
caballo blanco,—la silla dorada y negra:
dos criados que
llevaba,—iban vestidos de seda;
iban vestidos de
luto—de los pies a la cabeza.
—Vuestro
marido, señora,—en la guerra muerto queda.
—¡Ay, pobre
de mí, cuitada;—que estoy sola en tierra ajena!
¡Mis pobres hijos
queridos—quien los mandará a la escuela;
y a mi hija
Teresina—quien la casará en su tierra!
—Los sus
hijos y los míos—xuntos irán a la escuela,
y a su hija
Teresina—yo la casaré en mi tierra.
A otro día de
mañana,—madrugó a misa primera;
iba vestida de
luto—de los pies a la cabeza,
y al tomar agua
bendita—co 'l caballero se encuentra.
—¿Por quién
trae luto, señora;—por quién trae luto, doncella?
—Tráigolo por
mi marido,—que se me murió en la guerra.
—Non llore
por él, señora;—señora, non tenga pena,
nin vista paños de
luto,—que yo su marido era.
Es lugar común en la poesía popular el reconocimiento del marido que vuelve de la guerra, y rara vez se omite la enumeración de las señas que sirven para reconocerle. Se encuentra este tema en los cantos de la Grecia moderna, [1] en baladas alemanas [2] e inglesas, [3] en las canciones francesas Germaine o Germine y Le retour du mari, de las cuales se conocen muchas versiones, [4] en [p. 214] La esposa del Cruzado, canción bretona, [1] y en una canción italiana, La Prova, que se halla, más o menos íntegra, en el Piamonte, en Génova, en Lombardía, en Venecia, en la Marca de Ancona, en Ferrara, y en otras partes. [2] En rigor, el asunto es humano, y su expresión más poética y más antigua está ya en la Odisea, pero es tal la semejanza que tienen estas canciones en algunos pormenores, especialmente en lo que toca a las señas del marido, que hacen pensar en la trasmisión directa de un tema original, nacido no se sabe dónde.
Sin resolver tan ardua cuestión, nos ceñiremos a enumerar los romances españoles sobre este argumento. Corresponden a él desde luego los dos castellanos que comienzan Caballero, si a Francia ides (núms. 155 y 156 de la Primavera), muy tardíos uno y otro y con visibles reminiscencias de los viejos romances carolingios de Gaiferos y Valdovinos, y muy especialmente del que empieza Nuño Vero, Nuño Vero (núm. 168 de la Primavera).
Pertenecen también los siguientes romances portugueses:
a) Bella Infanta. Dos lecciones recogidas por Almeida Garrett (II, 7-14). El mismo Garrett intercaló este romance con mucho efecto dramático en el acto V de su drama O Alfageme de Santarem.
b) Dona Infanta.—Dona Catherina. Variantes de la Beira Baja. En el Romanceiro de T. Braga, 1-7.
c) Romance da Bella Infanta. Versión de la isla de San Jorje (Azores, 298-300).
d) Bella Infanta. Recogido en la isla de la Madera (202-204).
e) Bella Infanta. Variante de la provincia del Miño. [p. 215] Publicada por C. Michaelis de Vasconcellos en el Zeitschrift fur romanische philologie (III, 63). Difiere mucho de todas las demás.
f) Dona Infanta. Versión de Río Janeiro. En el tomo I de los Cantos populares do Brazil, 1-3.
En Cataluña existe La vuelta del marido (núm. 202 del Romancerillo de Milá), con algunas palabras castellanas, indicio evidente de su origen. La heroína se llama Blancaflor. Cf. Cansons de la terra, de Pelay Briz (I, 173; II, 191) y Aguiló, núm. IX, con el titulo de Blancaflor o la tornada del marit.
29
La esposa infiel
Estando una bella
dama—arrimada a su balcon,
vió venir a un
caballero—miróle con atencion;
de palabras se
trabaron—de amores la comprendió.
—Bella dama,
bella dama,—con usted durmiera yo.
—Suba, suba,
el caballero—dormirá una noche o dos.
—Lo que temo
es su marido,—que tenga mala intencion.
—Mi marido es
ido a caza—a los montes de Leon:
para que no vuelva
nunca,—le echaré una maldición:
«Cuervos le saquen
los ojos—águilas el corazón,
los perros de mis
rebaños—le arrastren en procesion.»
Estando en estas
palabras—el marido que llegó.
—Ábreme la
puerta, luna,—ábreme la puerta, sol,
que te traigo un
cervatillo—de los montes de Leon.—
Al bajar a la
escalera,—la color se le mudó.
—Tú tuviste
calentura,—o dormiste con varon.
—Yo ni tuve
calentura—ni he dormido con varon;
solo que perdí las
llaves—de tu puerta del salon.
—Si las
perdiste de hierro,—de plata las haré yo.
—El herrero
está en la fragua,—y el platero en el meson...
—¿De quién es
aquel sombrero—que en mi cuarto veo yo?
—Es tuyo,
marido mío;—mi padre te lo mandó.
—Da las
gracias a tu padre;—buen sombrero tengo yo.
¡Cuando yo no lo
tenía,—no me lo mandaba, no!
¿De quién es
aquella capa—que en mi percha se colgó?
—Es tuya
marido mío—mi padre te la envió.
Da las gracias a tu
padre—buena capa tengo yo:
¡Cuando yo no la
tenía—no me la enviaba, no!
¿De quién es aquel
caballo—que en la cuadra relinchó?
—Es tuyo,
marido mío;—mi padre te lo endonó.
[p. 216] Da las gracias a tu padre;—buen
caballo tengo yo.
¡Cuando yo no lo
tenía,—no me lo endonaba, no!
¿De quién es
aquella espada—que colgada veo yo?
—Clavadla,
señor marido;—clavadla en mi corazon,
que bien la muerte
merece—quien a un marido engañó.
No menos universalmente divulgado que el anterior se halla este romance, cuyo asunto es tan viejo como la flaqueza y la malicia humanas. Querer enumerar todas las canciones de distintos pueblos que tienen argumento análogo sería tarea tan pueril como la de aquel buen señor de quien D. Manuel Milá me refirió que había tomado muy a pechos el demostrar que todos nuestros romances de esposas infieles castigadas por sus maridos eran trasunto del episodio de Francesca de Rímini. ¡Como si con la heroína dantesca se hubiese acabado la casta de las adulteras más o menos sentimentales!
Más adelante daremos a conocer otras versiones populares del romance asturiano. Baste advertir por ahora que es una variante de los números 136 y 136 bis de la Primavera, que comienzan Blanca sois, señora mia... y Ay cuán linda que eres, Alba.
Tiene en portugués las correspondencias siguientes:
a) Dona Branca. Variante de la isla de San Jorge. Sólo en el final coincide con el nuestro (Cantos Popul. do Archipelago Açoriano, 233-235).
b) Dom Alberto.—Flor de Marilia. Tradicionales en la misma isla. Substancialmente idénticos a los de nuestro romancero (Ib. , 236 241).
c) Dona Alda.—Dom Aldonso. Dos romances de la isla de la Madera (103-107). En el primero el marido mata al amante, pero se enternece con la mujer, y la perdona. En el segundo mata a los dos adúlteros.
En Cataluña se canta un romance mestizo (núm. 254 del Romancerillo, con el título de La adúltera castigada), del cual Milá recogió hasta doce versiones. La mejor y más completa tiene la particularidad de que el marido y el amante se matan mutuamente en desafío, quedando la triste dama sens consuelo ni amor. Cf. Briz, Cansons de la terra, tomo IV, Lo retorn soptat, y Aguiló, núm. X, Punició de la adultra.
El caballero burlado [1]
Allá arriba en aquel
monte,—allá en aquella montiña,
do cae la nieve a
copos—y el agua muy menudina;
donde canta la
culebra—responde la serpentina,
al pié del verdoso
roble—se veye la blanca niña,
con peines d' oro
en la mano,—conque los cabellos guía:
cada vez que los
guiaba—el monte resplandecía.
Allá arriba en
aquel monte—un caballero venía
que las carreras
perdiera,—que las carreras perdía.
Tuvo miedo el
caballero,—tuvo miedo y pavoría
que se perdies' en
el monte;—e que osos le comerían.
—Non hayades,
señor, miedo,—nin miedo nin pavoría;
que yo cristianilla
soy,—de las cristianas nacida.
[p. 218] —A cual dello quiere ir,—¿a
las ancas o en la silla?...
—En la silla,
el caballero;—que allí me pertenescía.—
Ya camina el
caballero;—con la doncella camina:
en medio de las
carreras—de amores la requería.
—Tate, tate,
caballero;—non toquedes ropa mía;
que fija soy de un
malato—y de una malatofiña.
El home que me
tocara—malato se tornaría;
el campo que yo
trillare—nunca otra yerba daría;
caballo que yo
montara,—muy xedo reventaría.
—Apeadvos,
apeadvos;—apeadvos por mi vida,
e non culpeis a mi
fé—si fago descortesía;
que si el caballo
revienta,—mal ganancia yo tendría.—
Estas palabras
diciendo—de la montaña salían,
dó las campanas se
oyeran—que en la ciudad se tañían.
A la salida del
monte—a la entrada de la villa,
tornábase la
doncella—con la su faz alegrina.
Tornárase la
doncella—calcárase grande risa
y con falangueras
chufas—al caballero decía:
—¡A fijas del
rey del monte—creyestes lo que decían!
Fiz puesta con mis
hermanos—cien vasos «de plata fina,
de rondar con vos
el monte,—volver con honra a la villa.
—Atrás,
atrás la señora;—atrás, atrás, vida mía,
que en la fuente dó
bebimos—quedó mi espada perdida.
—Miente,
miente el caballero;—ca la traedes ceñida.
Aunque imitado de un fabliau francés según opinión muy verosímil, el lindo y picante romance de La Infantina echó grandes raíces en la tradición poética de la Península, y se le encuentra por todas partes. En las antiguas colecciones, principiando por la de Amberes, sin año, está representado por la versión que comienza «De Francia partió la niña» (núm. 154 de la Primavera). Rodrigo de Reinosa, autor, al parecer, de la refundición de este romance contenida en un pliego suelto gótico (154 a de la Primavera) le amalgamó con otro de asunto diverso aunque análogo, que principia «A cazar va el caballero» (Primavera, 151) . Pero esta contaminación de los dos romances no fué capricho de aquel ingenioso versificador, puesto que también se encuentra en casi todas las versiones populares.
Abundan sobremanera en Portugal, aunque ninguna de ellas tiene tantos rasgos de antigüedad como la asturiana O Caçador (Romanceiro de Almeida Garrett, II, 21-24), corresponde al de [p. 219] «A cazar va el caballero»; pero todos los demás que vamos a citar son variantes de La Infantina propiamente dicha.
a) A Infeitiçada (Almeida Garrett, II, 32-35: texto ecléctico, según costumbre). Conserva los rasgos de hechicería que hay en el romance del Cazador, y tiene un final muy parecido al del romance asturiano de D. Bueso, puesto que el caballero reconoce que la Infantina es su hermana.
b) Romances da Infanta de França. Dos versiones recogidas por Teófilo Braga, una en Covilham (Beira Baja), otra en Foz do Douro (Rom. Geral., 26-29 ). La primera es muy análoga a la de Garrett: la segunda es muy abreviada.
c) Romance de D. Almendo (en otras versiones Alberto) recogido en el Algarve por Estacio da Veiga (Rom. do Alg., 38-44). Difiere mucho de todos los demás, pero tiene trazas de estar retocado por algún poeta culto.
d) Romance da filha do rei de França.—O Caçador e a donzilla.—Donzella encantada. Tres variantes de la isla de San Jorge, en los Cantos Populares do Archipelago Açoriano (183-191). En las dos últimas se repite la peripecia del reconocimiento de los dos hermanos.
e) La filha del rei de França. Variante de la isla de la Madera (apud Rodrigues de Azevedo, 360-363). Termina con el reconocimiento. Hay también rastros de La Infantina en otro romance, muy novelesco y al parecer no muy antiguo, recogido en la misma isla con el título de La rainha mulata (354-360). Mulata parece ser corruptela de la voz anticuada malata, que ya el vulgo no entiende.
f) O Caçador (versión de la isla de San Miguel, impresa por T. Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil, II, 153-155).
En Cataluña no es desconocido el romance de La Infantina, pero no debe de ser de los más populares, puesto que ni Milá ni Briz le insertaron en sus respectivas colecciones, y el infatigable Aguiló, que le trae con el núm. XI, sólo llegó a recoger cuatro versiones, dos de ellas en puntos tan excéntricos como las islas de Ibiza y Formentera. Su lección difiere poco de las dos de la Primavera, y carece, como ellas, de encantamientos, pero coincide con la mayor parte de las portuguesas en el infeliz final de [p. 220] la anagnorisis de los dos hermanos, que indudablemente es un pegote moderno y basta para echar a perder toda la gracia y malicia del primitivo romance, tal como se estampó en los romanceros de Amberes y Zaragoza, y tal como vive aún en labios del pueblo asturiano. La intervención de las hadas ha de tenerse también por cosa ajena y sobrepuesta al donoso y enteramente humano cuento que inventó el viejo juglar, francés o castellano.
Son numerosas las canciones populares de varios pueblos que presentan situaciones análogas a este romance. Puymaigre cita, a este propósito, una canción recogida por Gerardo de Nerval en Normandía, y que se canta también en Borgoña, en Provenza, en el país de Metz, en el Franco-Condado, en Champagne, en otras provincias francesas, y hasta en el Canadá. Existe tambien una balada anglo-escocesa, The baffled knight (Child, IV, 479-83).
Sobre el mismo tema versa una canción piamontesa, de la cual Nigra (Canti populari del Piemonte, 1888, pp. 375-378) ha publicado cuatro lecciones, con el título de Occasione mancata, a las cuales debe añadirse otra en dialecto de Monferrato, dada a conocer por Giuseppe Ferraro (Canti populari monferrini, 76).
Aunque la más antigua versión francesa se remonta al siglo XV, [1] las españolas no son trasunto de ella. Puede conjeturarse que proceden de otra más antigua que se ha perdido.
Doña Arbola
Estándose Doña Arbola—sentadita en su portal,
guya d' oro, dedal
d' oro,—cosía en un cabezal.
[1]
Entre puntada y
puntada,—dolor de parto le dá;
sus manos blancas
retuercen,—sus anillos quiéen quebrar:
—¡Oh,
palacios los palacios,—palacios del Valledal:
el Rey mi padre vos
fizo—quien fuera parir allá!—
Allí llegara la
suegra—(¡Más valiera nao llegar!)
—¿Tú que
tienes, Arbolita,—que así non solías estar?
Doña Arbola,
—¿quiés parir?—Ve parir al Valledal;
allí tienes padre y
madre—que de tí se dolerán,
allí tienes tus
hermanos—que al niño bautizarán.
—¿Y si mi Don
Morcos viene,—quién le dará de cenar?
—Yo le daré
del mi vino,—yo le daré del mi pan;
de la caza que él
trujese—mandaréte la mitad;
de la perdiz algo
menos,—de la palomba algo mas.—
A eso de la media
noche—da Don Morcos en portal.
—¿Dónde está
mi espejo, madre,—donde me suelo espejar?
—¿Qué espejo
quieres, mi fijo,—el d' oro o el de cristal?
Si quieres el d'
azabache—tambien lo dir he a buscar.
—Non quiero,
madre, el de oro—nin tampoco el de cristal,
nin tampoco el d'
azabache,—non me lo vaya buscar.
¿Dónde está mi
esposa Arbola,—que es mi espejo natural?
—La tu esposa
Doña Arbola—en fuego deben quemar;
dolor de parto
sintiera—fué parir al Valledal.
A mi tratóme de
puta,—a ti d' hijo de rufian.
—Ensilla el
caballo, mozo,—que la quiero dir buscar.—
Sin detenerse un
momento—fuese para el Valledal.
Siete vueltas dió
al palacio—sin hallar por donde entrar;
el viejo padre de
Arbola—asomóse a un ventanal:
—Albricias
vos doy, Don Morcos—que un fijo varon tien ya.
—Tenga varon,
tenga hembra,—que se baje para acá;
e si a mandar se lo
vuelvo—ha de ser con mi puñal.
—Si muere por
el camino,—tú ante Dios responderás.—
Arbola, desque lo
oyera—de la celda donde está,
besando el recien
nacido,—comenzara a suspirar.
Sin detenerse un
momento,—bajóse luego al portal:
la cogiera entre
sus brazos—tiróla encima el ruan.
[p. 222] Siete leguas anduvieron—en sin
palabras hablar.
—¿Por qué no
me hablas, Arbola,—como me solías hablar?
—¿Cómo
quieres que yo t' hable—si non puedo respirar;
mujer parida d' un
hora,—cómo podrá caminar?
Mira estos montes
de Cristo—colorados como están:
las crines de tu
caballo—bañadas en sangre van;
la silla de tu
caballo—semeya un fino coral.
[1]
Entre estas
palabras y otras—a una ermita van llegar
—Bájame aquí,
Conde Morcos—que me quiero encomendar.
¡Este niño que aquí
llevo—me lo dareis a criar!
No lo deis a
vuestra madre—que ella me lo ha de matar:
a mi madre lo
dareis;— ella bien lo criará.
Por Dios os pido,
ermitaño,—que me querais confesar.—
Desque la confesion
dicha—el alma quiso entregar.
Desprende el niño
los labios—por gracia que Dios le dá:
«mi madre va por
los cielos—yo voy a la oscuridad;
a mi güela en los
infiernos—los diablos la quemarán:
mi padre, si non se
enmienda,—non se sabe donde irá.»
32
Marbella
Paseábase Marbella—de la sala al ventanal,
con los dolores de
parto—que le hacen arrodillar.
—¡Si yo
estuviera allá arriba,—allá arriba en Valledal,
al lado del rey mi
padre,—alguno me había aliviar!—
La pícara de la
suegra—que siempre la quiso mal:
—Ve parir
allá, le dijo,—non te lo puedo quitar,
—¿Y si mi Don
Boyso viene,—quién le dará de cenar?
—Yo le daré
de mi vino,—yo le daré de mi pan,
cebada para el
caballo,—carne para el gavilan.—
Apenas salir
Arbola,—Don Boyso entró en el portal.
—¿Dónde está
el espejo, madre,—en que me suelo mirar?
—¿Quieres el
de plata fina,—o quieres el de cristal;
o lo quieres de
marfil,—tambien te lo puedo dar?
—No quiero el
de plata fina,—ni tampoco el de cristal,
ni tampoco el de
marfil,—que bien me lo podeis dar;
quiero la mi esposa
Arbola,—que ella es mi espejo real.
—La tu esposa
fué a parir,—fué a parir al Valledal,
como si yo no
tuviera—pan y vino, que le dar:
fué preñada de un
judío—y a ti te quiere engañar.
[p. 223] Sino me la matas, hijo,—¡oh, que
mal hijo serás;
ni conmigo has de
vivir—ni mis rentas has gozar!
—¿Cómo he de
matarla, madre,—en sin saber la verdad?
—Es tan
verdad hijo mío,—como Cristo está en el altar.
Posa la mula en que
vienes;—monta en otra, y vete allá.
Por donde le ve la
gente,—poquito a poco se va;
por donde no le ve
nadie,—corre como un gavilan.
Siete vueltas dió
al palacio—sin una puerta encontrar;
al cabo de las diez
vueltas,—un portero vino a hallar.
—Albricias
vos doy, Don Boyso;—que ya tien un mayoral;
—Nunca el
mayoral se críe—ni la madre coma pan.—
Sube para el
aposento—donde Doña Arbola está.
—Levántate,
Doña Arbola,—levántate sin tardar;
y si no lo faces
presto,—tus cabellos lo dirán.—
Doncellas que la
vestían—no cesaban de llorar,
doncellas que la
calzaban—no cesaban de rezar.
—¡Ay, pobre
de mí cuitada,—vecina de tanto mal;
mujer parida de un
hora—y la mandan caminar!—
Puso la madre a las
ancas—y el niño puso al petral:
el camino por donde
iban—todo ensangrentado está.
Siete leguas
anduvieron—en sin palabras hablar:
de las siete pa las
ocho—Arbola comienza a hablar.
—Pídote por
Dios, Don Boyso,—que me dejes descansar;
mira este inocente
niño—que finando se nos va;
las patas de tu
caballo—echan fuego de alquitran,
y el freno que las
sujeta—revuelto con sangre va.
No me mates en el
monte,—que águilas me comerán;
matárasme en el
camino,—que la gente me verá;
llamárasme un
confesor,—que me quiero confesar.
—Allá arriba
hay una ermita—que la llaman de San Juan,
y dentro hay un
ermitaño—que al niño bautizará;
te bajaré del
caballo,—dejaréte descansar.
Allegaron a la
ermita—y él se comienza a apear;
y al posarla del
caballo—ella principia a espirar.
Por la gracia de
Dios Padre—el niño se puso a hablar:
«Dichosina de mi
madre,—que al cielo sin culpa va:
desgraciada de mi
abuela,—que en los infiernos está:
yo me voy al limbo
oscuro,—mi padre lo pagará.»
Juramento hizo el
Conde—sobre el vino y sobre el pan,
de no comer a
manteles—sin a su madre matar:
dentro de un barril
de pinchos—mandárala prisionar
y echarla po 'l
monte abajo,—por peor muerte le dar.
Los dos romances de Doña Arbola y de Marbella (de los cuales el segundo es muy superior al primero) son variantes del tema [p. 224] de la perversa madrastra, común en la poesía popular. No se encuentra en las antiguas colecciones castellanas, pero es de los que más abundan en la tradición oral de varias provincias. Almeida Garrett (Rom. III, 40-47) publicó una versión con el titulo de Helena, más moderna sin duda y menos poética que las de Asturias, especialmente en el final, que el refundidor quiso hacer ejemplar mediante el arrepentimiento y penitencia del marido y el perdón de la inocente y ofendida esposa. Mucho más valen los dos romances de Doña Helena recogidos en la isla de San Jorge (Cantos populares do Archipelago Açoriano, 225-230): el de Don Pedro, versión de la Beira Baja (apud T. Braga, Rom. Geral., 42-45), los dos de Doña Ouliva y Doña Eurives, procedentes de la isla de la Madera (apud Rodrigues de Azevedo, 186-190).
Se habrá observado que en el romance de Marbella el marido se llama Don Boyso (es decir, Don Bueso). Esta circunstancia sirve para entroncar este romance con otro bellísimo del mismo argumento, que se canta en el Algarbe, y cuyo protagonista se llama Don Bozo (vid. T. Braga, notas a los Cantos populares do Brazil , 183-184).
Así como en los Algarbes persistió el nombre de Don Bueso, como indicio de origen, así en Cataluña, adonde este romance transmigró desde Castilla como tantos otros, se conserva en versiones mestizas, de las cuales Milá recogió hasta ocho (número 243 del Romancerillo, «La mala suegra») el nombre de Dona Arbola, convertido muy frecuentemente en Doña Arbona, y también en Doña Arquela.
Las versiones puramente castellanas de Andalucía, Alto Aragón, etc., se pondrán más adelante.
33
El Convite
—Vengo brindado, Mariana,—para una boda el domingo...
—Esa boda,
Don Alonso,—debiera de ser conmigo.
—Non es
conmigo, Mariana;—es con un hermano mío.
—Siéntate
aquí, Don Alonso,—en este escaño florido;
que me lo dejó mi
padre—para el que case conmigo.—
Se sentára Don
Alonso,—presto se quedó dormido;
[p. 225] Mariana, como discreta,—se fué a su
jardín florido.
Tres onzas de
soliman,—cuatro de acero molido,
la sangre de tres
culebras,—la piel de un lagarto vivo,
y la espinilla del
sapo,—todo se lo echó en el vino.
—Bebe vino,
Don Alonso;—Don Alonso, bebe vino.
—Bebe
primero, Mariana,—que así esta puesto en estilo.—
Mariana, como
discreta,—por el pecho lo ha vertido;
Don Alonso, como
joven,—todo el vino se ha bebido:
con la fuerza del
veneno,—los dientes se le han caído.
—¿Qué es
esto, Mariana;—qué es esto que tiene el vino?
—Tres onzas
de soliman,—cuatro de acero molido,
la sangre de tres
culebras,—la piel de un lagarto vivo,
y la espinilla del
sapo,—para robarte el sentido.
—Sáname,
buena Mariana,—que me casaré contigo.
—No puede
ser, Don Alonso,—que el corazon te ha partido.
—Adios,
esposa del alma,—presto quedas sin marido:
adios, padres de mi
vida,—presto quedaron sin hijo.
Cuando salí de mi
casa,—salí en un caballo pío,
y ahora voy para la
iglesia—en una caja de pino.
Por uno de los más felices hallazgos del Sr. D. Juan Menéndez Pidal puede tenerse este romance, indisputablemente viejo, puesto que uno de sus versos se lee ya en la Ensalada de Praga (Wolf, Sammlung Spanischer Romanzen, 1850):
¿Qué me distes, Moriana,— qué me distes en el vino?
El argumento de este romance es análogo al que publicó Milá (Romancerillo, núm. 256) con el título de La innoble venganza, taraceado de castellano y catalán. El protagonista se llama Don Guespo y la vengativa mujer Gudriana. Aguiló, que pone dos versiones enteramente catalanas, y algo sospechosas por lo mismo, conserva el nombre de Gudriana, pero llama a la víctima Don Jordi (núm, XVIII, La venjança innoble o lo despit d' una metzinera).
Hallándose en Asturias este romance, era difícil que faltase en Portugal. Se encuentra, en efecto, no en la Península, sino en la isla de San Miguel (Azores), y lo que es más singular, en Pernambuco y Ceará (Brasil). Transcribimos la versión insular (recogida en Ponta-Delgada) por ser la mis breve, la más próxima a la asturiana, y seguramente más antigua que las brasileñas:
[p. 226] —Deus te salve,
Juliana,—sentada no teu estrado!
—Deus te
salve a ti, Don Jorje—em cima do teu cavallo.
—Eu venho te
convidar—se queres ir ao meu noivado.
—Espera-me
ahí, Don Jorje—espera-me um poucochinho,
emquanto te vou
buscar—una taça de bom vinho.
—¿Qué me
deste, Juliana,—n' esta taça com bom vinho?
Que tenho o freio
na mao,—nao enxergo o cavallinho!
Ahí servirá de
exemplo—a quem o quizer tomar:
quem deve as honras
alheias—consigo irá pagar.
—Já minha
madre o sabe—que nao tem o seu menino!
Já minha madre o
sabe—que eu que nao tenho marido.
34
Venganza de honor.—I
Por
aquellos campos verdes —¡qué galana iba la niña!
Llevaba saya de
grana,—jubon broslado traía;
el zapato pica en
verde,—las calzas de lana fina;
con los sus morenos
ojos—amiraba a quien la mira.
Mirábala un
caballero,—traidor, que la pretendía,
que diba, paso tras
paso,—por ver si la alcanzaría.
Señera la fué
alcanzar—al pie d' una fuente fría.
—¿Adónde por
estos prados—camina sola la niña?
—A bodas de
una mi hermana,—d' una hermana que tenía.—
Los dos del agua
bebieron,—y se van en compañía.
Él trata quitarle
el honra—y la dice con falsía:
—Mas abajo do
bebiemos,—quedóme la espada mía.
—Mientes,
mientes, caballero;—qu' ende la traes tendida.—
Dieron vuelta sobre
vuelta;—derribarla non podía.
A la postrera que
daban,—una espada le caía.
Trabóla con las sus
manos—temblando toda la niña;
metiósela por el
pecho,—y a la espalda le salía.
Con las ansias de
la muerte,—el caballero decía:
—Por donde
quiera que vayas—non t' alabes, prenda mía
que mataste un
caballero—con las armas que traía.
—Con los mis
ojos morenos—la tu muerte lloraría;
con la mi camisa
blanca—la mortaja te faría;
a la iglesia de San
Juan—yo a enterrar te llevaría;
con la tu espada
dorada—la fosa te cavaría;
cada domingo del
mes—un responso te echaría.
Venganza de honor.—II
Por los
campos de Malverde—una muchacha venía,
vestida de
colorado,—mi Dios, qué bien parecía!
Con el pie siega la
yerba,—con el zapato la tría,
[1]
con el vuelo de la
saya,—acá y acullá la tira.
Bien la viera un
caballero,—traidor, que la pretendía;
que diba, paso tras
paso,—por ver si la alcanzaría:
un correr y otro
correr,—alcanzarla no podía.
Trató de quitarle
el honra,—y ella le quitó la vida;
que a la salida de
un monte,—y a la entrada de una villa,
cayó la espada al
galán,—y se la cogió la niña:
Se la metió por
atrás—y adelante le salía.
36
Venganza de honor.—III
Por
aquellos campos verdes,—por aquellas praderías,
una doncella
pasaba;—hija es del Rey d' Hungría.
Era hermosa como un
sol;—llámase Doña Lucía.
Bien la viera un
caballero,—traidor, que la pretendía;
Diérase paso tras
paso—por ver si la alcanzaría.
Ella que le vió
venir,—mas volaba que corría;
que por las cuestas
abajo—quien la divisar no había.
Metiéronse en unas
peñas—donde la mar trasvertía.
—¿Cuánto me
da la doncella—por que la saque a la orilla?
—Yo non tengo
que le dar,—yo que le dar non tenía,
sino un triste
cuerpecito—que yo conmigo traía.—
Descalzárase el
galan—y sacárala a la orilla.
—Dame tu
espada, galan,—ver como yo la ceñía.—
Metiósela por el
pecho,—y a la espalda le salía.
Con las ansias de
la muerte,—el caballero decía:
—Si te alabas
en tu tierra,—non te alabes en la mía:
que mataste un
caballero—con las armas que traía.
[p. 228] —Nin me alabaré en tu
tierra,—nin me alabaré en la mía;
con los mis ojos
menudos—la tu muerte lloraría—
con la mi camisa
blanca—la mortaya te faría;
con la tu espada de
oro—la fosa te cavaría.
37
Venganza de honor.—IV
Por
aquellos campos verdes—una muchacha venía—
viste saya sobre
saya—y jubón de cotonía;
con el vuelo de la
saya—todas las yerbas tendía.
Miraba a un lado y
a otro,—por ver si alguien la veía.
Bien la viera un
caballero,—traidor, que la pretendía;
jugando estaba a
los dados—con el Príncipe de Hungría.
Dejó el juego de
los dados—y fué alcanzar a la niña:
alcanzóla en unos
montes—los más desiertos que había.
—¿Adónde va
la doncella;—adónde va, vida mía?
—Voy a bodas
d' un hermano—que casárseme quería.
—Pues
casémonos los dos,—e iremos en compañía.
—Yo casarme,
caballero,—yo casarme no quería.—
Diérale unas siete
vueltas,—derribarla non podía;
de las siete pa las
ocho,—de oro un puñal le caía:
fué a cogerle la
doncella;—fingiéndole cortesía;
metióselo por el
pecho—y a la espalda le salía.
Con el hervor de la
sangre,—el caballero decía:
—Cuando vayas
a tu pueblo—no te alabes, vida mía,
que mataste un
caballero—con las armas que traía.
—Yo alabarme,
caballero,—yo alabarme bien sabría;
donde no encontrara
gente,—yo a las aves lo diría.
Estando en estas
palabras—vieron venir la Justicia.
—¿Quién mató
este caballero?—Señor, yo le mataría:
él quiso quitarme
la honra,—y yo le quité la vida.—
Todos dicen a una
voz:—«¡Viva la gallarda niña;
que ha matado un
caballero—con las armas que él traía!»
38
La hija de la Viudina
Paseábase la Viudina—con dos fijas que ende había;
por la mano las
llevaba—por la mano las traía.
Por la mano las
llevaba—a la fuent del agua fría;
más relucientes que
estrellas—como las rosas garridas.
[p. 229] Viéronlas dos caballeros—e muy bien
les parecían:
ya se acercan, ya
se llegan—e por el camin decían:
—¿Cuál será
la mas fermosa?—¿Cuál ha de ser la mas linda?
—La de lo
morado es bella,—es bella por vida mía.
—La que viste
colorado—mejor donaire tenía.
—Dexemos esta
querella—que ya se fenesce el día.
Venir que vino la
noche—fueron en cas la Viudina:
rezando estaba el
rosario—como costumbre tenía.
—Viudina,
ambos le dixeron,—¿dónde están las tus dos hijas?
Mis fijas, los
caballeros,—fueron en una visita.
A una voz ambos
responden:—Miente, miente la Viudina;
que sus fijas son
en casa,—eso bien yo lo sabía.
Encendamos una
luz,—que yo se las buscaría:
encendamos una
luz;—veredes vuestra mentira.—
Con el ruido que
ficieron,—despertara la más linda.
—Dexédesme,
caballeros,—si lo sois en cortesía,
dexédesme vestir
solo—de mi morada basquiña.
—Vestir
podés, la señora—esa e cuantas más habría;
vestir podés fasta
cuatro—e fasta las cinco ansina.—
Ya se viste, ya se
viste,—ya sus sayas se vestía:
e salir por la su
puerta,—estas palabras decía:
—Adios
quedad, la mi madre;—adios, hermana querida;
que ya non tornaré
a veros—en los días de mi vida.—
Fuéronse por unos
montes,—fueron por una montiña;
en un robledal
fincaban—al pie de una fuente fría.
En un robledal
fincaban,—e de amor la requerían;
e magüer que estaba
sola,—su honor defiende la niña.
—Tate, tate,
caballeros,—non fagades bellaquía;
tate, tate,
caballeros,—que mi honra en vos se fía.—
Allí su ruego no
escuchan;—quieren hacer villanía:
vuelta el uno,
vuelta el otro;—un puñal de oro caía.
Vuelta el uno,
vuelta el otro,—allí lo agarra la niña,
e metiólo por los
pechos—del que mas fuerza facía.
Metióselo por los
pechos;—por la espalda le salía:
con las ansias de
la muerte,—estas palabras decía:
—Perdon a los
cielos pido,—e a vos mi perdon pedía;
porque perdonarme
quiera—la Virgen Santa María.—
Con el agua de la
fuente—diérale perdon la niña;
con el agua de la
fuente—sus pecados lavaría.
Catando está el
caballero—que menos fuerza facía;
e de su boca
fablando,—estas palabras decía:
—Non te
alabes en tu tierra;—nin te alabes en la mía
que mataste un
caballero—porque fuerza te facía.
—Tengo
alabarme en tu tierra,—tengo alabarme en la mía
que di muerte a un
caballero—porque me fiz bellaquía.
—Si él quiso
facerte afrenta,—yo facerla non quería;
[p. 230] bien lo sabe Dios del
cielo;—conmigo te casarías.—
Ya cabalgan, ya
cabalgan,—ya salen de la montiña;
alegre va el
caballero,—e mas alegre la niña.
Ya llegaban a
palacio,—ya doblan las siete esquinas:
ya con el Conde se
casa—la fija de la Viudina.
Estos cinco romances tienen en substancia el mismo argumento, y los cuatro primeros pueden considerarse como variantes de uno mismo, que al parecer es de los más populares en Asturias. Pero el quinto, o sea, el de La hija de la Viudina, se levanta sobre los otros por su sentido poético y elevación moral, en términos tales, que los deja bastante mal parados.
Coincide con estos romances, aun en la asonancia, uno portugués que se canta en las provincias del Miño y Tras- Os- Montes, y del cual se han impreso dos versiones: A Romeira, publicada por Almeida Garrett (III, 9-14), y A Romerinha, recogida por T. Braga (Rom. Geral., 24-25). Al parecer, no es conocido en las islas, ni tampoco en Cataluña.
Es patente, aunque remota, la analogía de estas canciones, en lo que toca a la situación culminante, con el romance viejo de Rico-Franco (Primavera, 119), y aun con el de Marquillos (Primavera, 120).
39
Doña Urgelia
En mi huerto hay
una yerba—blanca, rubia y colorada;
la dama que pisa en
ella,—della queda embarazada.
Por Dios querer o
la suerte,—Doña Urgelia la pisara.
Un día yendo a la
misa,—su padre la reparara.
—¿Tú que
tienes, Doña Urgelia,—tú que tienes que estás mala?
—Señor, tengo
un mal del cuerpo—que de niña me quedara.
—Si lo
dijeras en tiempo,—cirujanos te catara.—
Cató siete
cirujanos—de los mejores de España.
Unos dicen: «No lo
entiendo»:—otros, dicen que no es nada:
el mas chiquillo de
ellos—dice que está embarazada.—
Callen, callen, los
señores,—callen y no digan nada:
si el Rey mi padre
lo sabe—mi vida será juzgada.
Fuése luego hacia
su cuarto—donde cosía y bordaba,
[p. 231] y a una ventana arrimóse—por ver
quien se paseaba,
[1]
se paseaba un
mancebo—embozado en la su capa.
—Suba, suba
el caballero;—que le quiero una palabra.....
.....................................................................
La palabra que te
quiero,—sácame el niño de casa.
Si encuentras al
Rey mi padre,—dile que no llevas nada,
sino rosas y
claveles—para hacer una guirnalda.—
Al bajar una
escalera,—al Rey su padre encontrara.
—¿Qué
lleváis, el caballero,—n' el embozo de la capa?
—Llevo rosas
y claveles—para hacer una guirnalda.
—De esas
rosas y claveles,—dadme la mas encarnada.
—La mas
encarnada de ellas—tiene una hoja quebrada.—
—Téngala que
no la tenga,—al Rey no se niega nada.—
Entre estas
palabras y otras,—el niño varon llorara.
—Lleva el
niño, caballero,—que le den salud al alma.
¡Al árbol que dió
ese fruto—yo le cortaré la rama!—
La cogió por los
cabellos,—la colgó de una ventana.
—Si Doña
Urgelia se muere,—aquí queda Doña Juana.
40
Doña Enxendra
Hay una
yerba en el campo—que le llaman la borraja;
la mujer que la
pisare—luego se siente preñada.
Esta pisó Doña
Enxendra,—por la su desdicha mala;
un día yendo a la
misa—su padre la reparara.
—¿Tú que
tienes, Doña Enxendra;—tú que tienes que estás mala?
—Señor, tengo
un mal del cuerpo—que de niña me quedara.
—Si lo
dixeras en tiempo,—cirujanos te cataran.—
Llama siete
cirujanos,—los mejores que encontrara.
Unos le toman el
pulso,—otros le miran la cara;
todos dicen a una
voz:—Doña Enxendra está preñada.
—Callen,
callen los señores,—callen y no digan nada;
si el Rey mi padre
lo sabe—mi vida será juzgada.—
Subióse para su
celda,—donde cosía y bordaba;
cada dolor, un
tormento,—un dolor cada puntada;
entre dolor y
dolor—un niño varon llorara.
[p. 232] Se coge bocina de oro—y se pone a
la ventana,
en la vuelta de
bocina—a su namorado llama.
—Toma este
niño, Don Juan,—en el bozo de tu capa,
llevaráslo a una
mujer—que le dé la leche clara.
Si encuentras al
Rey mi padre,—dile que no llevas nada,
sino rosas y
claveles—antojos de una preñada.
Al bajar de una
escalera—al Rey su padre encontrara.
—¿Qué llevas
ahí, Don Juan,—en el bozo de tu capa?
—Llevo rosas
y claveles—antojos de una preñada.
—De esas
rosas y claveles—daime la mas encarnada.
—La mas
encarnada dellas,—tiene una hoja quebrada.
—Téngala que
no la tenga—al Rey no se niega nada.
Estando en estas
razones—el niño varon llorara.
—Anda,
llévalo de prisa—que le den salud al alma;
y el árbol que dió
ese fruto,—yo le cortaré la rama.—
Cógela por los
cabellos;—n'un aposento la cierra,
donde no vé sol ni
luna—sino por una ventana.
Ya se afilan los
cuchillos,—ya se amuelan las navajas;
fuése para el
cuarto della—donde cosía y bordaba;
Doña Enxendra que
lo vió,—muy presto se levantara.
—Tate, tate
Doña Enxendra,—tate quieta en la tu cama;
mujer parida de ha
poco—non puede ser levantada.—
Fízola cuatro
pedazos,—púnxola n'una ventana;
cuando venía de
misa—su madre la reparara.
—¡Ay Enxendra
de mi vida!—¡Ay Enxendra de mi alma!
¡Cuantas cosas yo
tenía,—yo para ti las guardaba;
y ahora te veo
aquí—colgada en una ventana!
41
* La mala hierba [1]
En la villa de
Madrid,—junto a los caños del agua,
allí se cría una
hierba—muy viciosa y regalada:
la dama que la
pisara—se quedara embarazada.
Por su desgraciada
suerte—Doña Eugenia la pisara.
Un día, yendo pa
misa,—su padre la reparara.
—¿Tú qué
tienes, Doña Eugenia,—tú qué tienes que estás mala?
[p. 233] —Tengo un dolor de cabeza—que
me dió hoy de mañana.
—Si en tiempo
lo hubieras dicho,—yo pronto lo remediara.
Buscara siete
doctores—de los mejores de España.
Unos dicen que sí
es algo,—otros dicen que no es nada.
Dice el mas
chiquito de ellos:—La niña está embarazada.—
—Callen,
callen, los señores,—callen y no digan nada:
si el Rey mi padre
lo sabe,—la vida tengo juzgada.
Subiérase para el
cuarto—donde cosía y bordaba,
y entre puntada y
dolor,—un niño varón llorara.
Llamara a su
hermano Juan,—muy de priesa le llamara.
Llévame, Juan, este
niño—embozado en la tu capa.
Si encuentras al
Rey mi padre—dile que no llevas nada.
Al bajar una
escalera,—al embocar una sala,
encontrara al Rey
su padre—................................
¿Qué llevas ahí,
Don Juan?—¿Qué tengo de llevar? Nada:
llevo rosas y
claveles—por antojos de una dama.—
—De esas
rosas y claveles—dame la más encarnada.—
—La más
encarnada de ellas—tiene la hoja quebrada.
En estas palabras y
otras—el niño varón llorara.
—Anda, anda,
picarón,—anda vete noramala,
que el rosal que
dió esa rosa—pronto le seca la rama.—
Subiérase para el
cuarto—donde Doña Eugenia estaba:
Doña Eugenia que le
vió—de levantarse tratara.
—Déjate
estar, Doña Eugenia,—déjate estar que estás mala;
mujer que parió ha
una hora—no puede ser levantada.
Afilara los
cuchillos,—afilara las navajas;
hiciérala
cuarterones,—y de un balcón la colgara.
Estos tres romances, poco limpios, recuerdan desde luego varios de las colecciones impresas, especialmente el de la Infanta [p. 234] y Don Galván (Primavera, 159), y todavía más al 160 «De cómo la Infanta, casada a hurto del Rey con el Conde, parió». Pertenecen a la misma familia el Don Galván, bilingüe, de la colección de Milá (núm. 268), y La Infanta y Don Gauvany de Aguiló (número XIV). Por el contrario, las versiones asturianas se parecen mucho más a las portuguesas, tienen muchos versos comunes, y el mismo asonante. Pero indudablemente conservan mejor la pureza primitiva, porque en todas las del reino vecino hay inoportuna mezcla de otros romances. Así en Extremadura, en el Alemtejo y en la isla de Madera, zurcen un final tomado del Conde Claros, y en el Algarbe le compaginan con el de Gerineldo. Las lecciones publicadas hasta ahora son, por orden de antigüedad, las siguientes:
a) Doña Ausenda (Almeida Garrett, II, 172-178).
b) Doña Areria (Variante de Coimbra, en el Rom. Geral. de T. Braga, 87- 89).
c) Doña Aldonça (en el Romanceiro da Algarre de Estacio da Veiga, 75- 80).
d) Doña Ausenda.—Doña Alberta (en el Romanceiro do Archipelago da Madeira, de Rodrigues de Azevedo, 15-158).
La virtud supersticiosa atribuida en estos romances a la borraja (en serio o en burlas), es la misma que se atribuye a la azucena en los romances de Tristán e Iseo (Primavera, 146):
Allí nace un
arboledo—que azucena se llamaba,
cualquier mujer que
la come—luego se siente preñada:
comiérala Reina
Iseo—por la su ventura mala.
42
Doña Alda. —I
A cazar
va el Rey Don Pedro,—a cazar como solía;
le diera el mal de
la muerte,—para casa se volvía:
a la entrada de la
puerta—vió un pastor que le decía:
—Albricias,
Señor Don Pedro,—que dármelas bien podía;
que Doña Alda ya
parió,—y un hijo varón tenía.
—¡Pues si
parió Doña Alda,—hijo sin padre sería...!
Con estas palabras
y otras,—el Rey subió para arriba.
—Haga la
cama, mi madre,—haga la cama de oliva:
[p. 235] aprisa, aprisa con ella,—que presto
me moriría.
No diga nada a Doña
Alda,—a Doña Alda de mi vida,
que no sepa de mi
muerte—hasta los cuarenta días.—
Don Pedro que se
murió—Doña Alda nada sabía.
Viniera Pascua de
Flores,—Doña Alda no ha oído misa.
Diga, diga la mi
suegra,—¿qué vestido llevaría?
—Como eres
alta y delgada—lo negro bien te estaría.
—Yo no quiero
llevar luto—que voy de linda parida.—
A la entrada de la
iglesia—toda la gente la mira.
—Diga, diga
D. Melchor,—consejero de mi vida,
¿por qué me mira la
gente,—por qué la gente me mira?
—Diréte una
cosa, Alda—que de saberse tenía:
Aquí se entierran
los reyes—cuantos lo son de Castilla,
y aquí se enterró
Don Pedro—la prenda que mas querías.
—Oh, mal haya
la mi suegra,—qué engañada me traía,
que en vez de venir
de luto—vengo de linda parida!
43
Doña Alda.—II
A cazar
iba Don Pedro,—a cazar como solía;
los perros lleva
cansados—y el halcon perdido había.
Dierale el mal de
la muerte;—para casa se volvía.
—¡Non diga
nada, mi madre,—a Doña Alda de mi vida;
que como es niña
pequeña,—de pena se moriría!
Que non sepa de mi
muerte—hasta los cuarenta días.—
Doña Alda estaba de
parto,—y un niño varon paría.
—Diga, diga
la mi suegra;—diga, diga suegra mía;
¿por quién tocarán
a muerto—que las campanas tañía?
—Son de la
iglesia mayor—que están repicando a mísa.
—Oyense
cantar responsos,—¿a quién a enterrar irían?
—Es el santo
del patrono,—y hay procesión en la villa.—
Viniera Pascua de
Flores;—Doña Alda a ofrecer iría.
—Diga, diga
la mi suegra:—¿qué vestido llevaría?
—Como eres
blanca y delgada,.—lo negro bien te estaría.
—¡Viva, viva
mi Don Pedro,—la prenda que mas quería;
que para vestir de
luto—bastante tiempo tendría!—
Las doncellas van
de luto,—ella de
Pascua Florida.
Encontraron
un pastor—que tocaba la guacina;
—¡Qué viudina
tan hermosa;—qué viudina tan pulida!
—Diga, diga
la mi suegra;—¿ese pastor, qué decía?
—Que
caminemos, Doña Alda,—que perderemos la misa.—
A la entrada de la
iglesia,—toda la gente la mira.
—¿Por qué me
mira la gente,—por qué la gente me mira?
[p. 236] —Dirételo, Doña Alda;—pues de
saberlo tenías.
Aquí se entierran
los reyes,—caballeros de Castilla,
y aquí se enterró
Don Pedro,—la prenda que más querías...
—¡Ay, triste
de mí, cuitada,—qué engañada yo vivía!
que en vez de venir
de luto,—vengo de linda parida.
¡Desgraciado de mi
hijo,—en mal hora lo paría!
Que por la
desgracia suya,—hijo sin padre sería.
Estos bellos romances de Doña Alda, o más bien de Don Pedro, son un eco de la famosa canción francesa Le Roi Renaud, tenida por la joya más excelente de la poesía popular de nuestros vecinos. Cuanto pudiera decirse para ilustrarla se encuentra reunido en un artículo de G. Doncieux, publicado en la Romania (abril del presente año 1900). El erudito filólogo enumera hasta sesenta versiones francesas de la canción (ya en lengua de oil, ya en lengua de oc) y seis piamontesas, publicadas por Nigra y Ferraro. Cita además, como estrechamente emparentadas con ella, la canción vasco-francesa de El Rey Juan, la canción veneciana de El Conde Anzolin, el presente romance asturiano, otro de Extremadura, que daremos a conocer más adelante, otro portugués de la misma familia, publicado por Leite de Vasconcellos en la Romania (tomo XI, 1882), y dos grupos de versiones catalanas El primero y más sencillo está representado por el célebre romance de Don Juan y Don Ramón, que Quadrado dió a conocer en 1842, y del cual hay numerosas variantes en los Romanceros de Milá y Fontanals (núm. 210), Pelayo Briz (III, 171) y Aguiló (núm. I). Tiene notable analogía con esta forma la canción piamontesa Mal ferito (Canti popolari del Piamonte, 149-150), y no es inverosímil que de Cataluña o de Provenza pasara al Norte de Italia. Piferrer, en el tomo de Mallorca de los Recuerdos y bellezas de España, tradujo al castellano el romance catalán, y conviene ponerle aquí para los que no le hayan leído en su lengua original:
Ya Don Juan y Don
Ramón—regresaban de la caza;
Don Ramón cae del
caballo,—pero Don Juan cabalgaba.
Su madre lo ve
venir—por un campo que verdeaba,
para curar sus
heridas—violetas cogiendo y malvas.
—¿Qué tenéis,
Ramón, mi hijo?—La color traéis mudada.
¡Ay, madre!
Sangrado me he,—la sangría ha sido errada.
¡O mal haya tal
barbero—que aquesta sangría os daba!
[p. 237] ¡Ay, madre! No blasfeméis,—que esta
es la postrer vegada.
Entre mi caballo y
yo—tenemos veinte lanzadas:
el caballo trae
nueve,—y yo todas las que faltan.
El caballo hoy
morirá,—y yo por la madrugada:
el caballo lo
enterrad—en lo mejor de la cuadra;
a mi empero me
daréis—sepultura en Santa Eulalia;
sobre la tumba
poned—una espada atravesada.
Si demandan quién
me ha muerto,—que «Don Juan el de la caza».
Como se ve, esta primera forma del romance no contiene más que el diálogo del caballero moribundo con su madre, asunto de las tres primeras coplas de Le Roi Renaud. Por el contrario, los romances asturiano, portugués y extremeño abarcan la totalidad de la canción, con el bellísimo episodio de la salida a misa de la viuda, llamada en Asturias Doña Alda, en Extremadura Doña Teresa y en Portugal Leonarda. Pero también en Cataluña se canta separadamente esta parte, debiéndose advertir, como en tantos otros casos, que no es indígena, sino mal traducida del castellano, siendo evidente indicio de su origen las muchas palabras de nuestra lengua que hay en todas las variantes recogidas por Milá (núm. 204 del Romancerillo ) y Briz (III, 159). Aguiló, según su costumbre, ofrece un texto elegantemente purgado de todas ellas (La viuda o La sortida a missa, núm. 2 del Romancero); pero no sólo confiesa que abundan, sino que en una de las variantes recogidas por él hay otro indicio de procedencia castellana en el nombre de Don Buesco o Don Besco (Don Bueso). Todo induce a creer, pues, que la canción del Rey Renaud, cuyos fragmentos aparecen en Cataluña desligados, llegó al Principado por dos caminos: directamente por Francia el trozo de Don Juan y Don Ramón; indirectamente, y por Castilla, el romance de la viuda, que no sólo coincide con los nuestros en la asonancia, sino que tiene la particularidad de estar en versos de seis sílabas, lo mismo que la versión de Extremadura. Este género de versificación suele ser indicio de origen reciente, y de todos modos estos romances no pueden ser muy antiguos, puesto que la canción francesa que les sirvió de tipo no parece remontarse más allá de la primera mitad del siglo XVI.
Pero esta canción tampoco era original ni mucho menos, aunque apareciese muy remozada y con todos los caracteres del [p. 238] ingenio francés. La sagaz erudición de nuestros días ha averiguado y establecido perfectamente su genealogía. Le Roi Renaud es feliz imitación hecha por un poeta probablemente bretón o nacido en los confines de Bretaña, de un gwerz o canto popular de la península armoricana, El Conde Nann, del cual existen hasta dieciocho variantes, bastando para el caso presente citar como más obvia la que trae Villemarqué en su Barzaz-Breiz (pp. 25-30). Pero hay entre la canción bretona y la francesa una diferencia profunda: en la segunda falta por completo el elemento sobrenatural que hay en la primera, la venganza del hada (korrigan) desdeñada por el caballero, y que lanza sobre él una maldición o suerte mortal. En lo demás es evidente el paralelismo de ambos cantos, y algunos versos están literalmente traducidos. Pero tampoco es original la canción bretona. Hay que remontarse más lejos y llegar hasta Escandinavia.
Allí se encuentra, nada menos que en sesenta y ocho versiones, danesas, noruegas, suecas, islandesas y en dialecto de las islas Feroe, la célebre canción de El Caballero Olaf, víctima de la venganza de la hija del Rey de los Silfos. La expansión de este canto no se ha limitado a las regiones de lengua escandinava. De él proceden una balada escocesa, Clerk Colvill, y dos canciones eslavas, una de Lusacia y otra de Bohemia (donde desaparece el elemento maravilloso).
En su forma escandinava la canción pertenece a un orden de tradiciones o supersticiones muy antiguas, a las cuales ya alude Gervasio de Tilbury en sus Otia Imperalia, compuestos por los años de 1211: «Hoc scimus... quos quosdam hujusmodi larvarum quas «fadas» nominant amatores (fuisse) audivimus, et, cum ad aliarum feminarum matrimonia se transtulerunt, ante mortuos quam cum superinductis, carnali se copula inmiscuerint».
Doncieux, cuyas investigaciones he procurado resumir, termina así su brillante análisis:
«Una misma canción, que se puede intitular, según la porción del asunto que se considere, «La venganza de la hada» o «La muerte secreta», ha revestido nueve formas y ha pasado a nueve idiomas diversos. Una semilla legendaria, esparcida en el dominio germánico, y de la cual algún grano caído a orillas del Rhin había dado nacimiento en el siglo XIV al poema de El Caballero de [p. 239] Stantenberg, fructifica en el terruño escandinavo, y el genio de un poeta danés del siglo XV o de principios del XVI le hace germinar en un canto popular, del cual proceden directamente tres ramas, una balada escocesa, una canción eslava, un gwerz armoricano. El gwerz engendra la canción francesa, de la cual han nacido la canción vasca, la veneciana, la catalana y los romances en castellano y portugués.»
44
El Conde Alarcos
La Infantina está
muy mala,—llena de melancolía,
por no dexarla
casar—con el Cond' de Mayorguía.
[1]
—Cuando yo te
quis' casar—con el Cond' de Mayorguía,
fuísteme decir que
aun eras—para maridar muy niña.
Agora casarte
quieres:—ningun de tu igual había.
—Cáseme,
padre, el mi padre,—pues que tengo mucha prisa;
que otras fembras
de mi tiempo—mantienen casa y familia.
Mándele a llamar,
mi padre,—a comer de mediodía:
a los manteles
alzados—dirále de parte mía
que mate la su
mujer—y case con la Infantina.
Mandóle a llamar el
Rey—con un paje que ende había.
—¿Qué me
quería el buen Rey,—el buen Rey, qué me quería...?
—¿Que mates a
tu mujer—y cases con la Infantina.—
—¿Cómo he de
matar yo, el Rey,—a quien tanto me quería...?
—Mata la tu
mujer, Conde,—si no yo te mataría.—
Salió el Conde de
palacio—e para su casa iba;
salió el Conde de
palacio—con mas pesar que alegría.
Su mujer está a la
puerta—que una estrella parecía.
—¿Qué te
quería el buen Rey,—el buen Rey qué te quería?
—Lo que me
quiere el buen Rey,—a ti non te placería;
mándame que te dé
muerte—e case con la Infantina.
—¿Cómo has de
matar tú, Conde,—a quien tanto te quería?
—Está la
sentencia dada,—será la tuya o la mía.
—Para ser la
tuya, Conde,—mi muerte pertenescía.
Enviárasme a largas
tierras,—que padre e madre tenía;
los camisones de
Holanda—de allá te los mandaría,
yo te amara, Conde
amigo,—como siempre te quería;
yo te amara, Conde
amigo—me or que la que vernía.
—Callédes,
mujer, callédes,—callédes por la mi vida;
que la sentencia
está dada—e non me pertenescía.
[p. 240] —Dexédesme decir, Conde,—una
oración que sabía.
—Si la
oración es muy larga,—primero amanescería.
—La oración
non es muy larga,—que luego se acabaría.—
Fizo oración la
cuitada,—fizo su oración bendita;
diciendo: «¡Cielos,
valedme!»—Llegó a su postrimería.
El Conde le echó un
pañuelo,—lo apretó cuanto podía;
con el fervor de la
sangre—estas palabras decía:
«¡Válgame el Rey de
los Cielos,—gloriosa Santa María!.....»
Non dixera estas
palabras—el page del Rey venía.
«Non mates la
mujer, Conde,—que ya murió la Infantina.»
Reservando para ocasión más oportuna algo de lo mucho que puede decirse sobre esta célebre y patética leyenda, cuya forma más conocida y también la más bella y conmovedora, aunque con resabios juglarescos, es el núm. 163 de la Primavera, me limitaré a apuntar aquí las demás versiones españolas de que tengo noticia.
En portugués hay las siguientes:
a) Conde Janno (Almeida-Garrett, II, 44-55). Advierte el colector que «es generalmente sabido por todo el reino, y que las variantes son numerosas».
b) Conde Alberto, versión de Oporto (T. Braga, Rom. Ger., 68-71).
c) Conde Alves, versión de la Beira Baja (T. Braga, Rom. Geral, 71-74).
d) Conde Alberto, versión de Vianna do Castello, publicada por Hardung (I, 149-152). Contiene el incidente maravilloso de la criatura que habla en el pecho de su madre, incidente que está en el texto de Almeida Garrett, pero que falta en las demás lecciones del continente portugués.
e) Romance do Conde Jano, versión de la isla de San Jorge (Cantos populares do Archipelago Açoriano, 259-264).
f) Conde Elarde.—Conde Alario, dos preciosas variantes recogidas en la isla de la Madera por Álvaro Rodrigues de Azevedo (Rom. do Archipelago da Madeira, 127-141).
g) O Conde de Alado, versión de la isla de San Miguel (Azores), publicada por T. Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil, II, 162-165.
h) Don Alberto, O Conde Albelto, versión brasileña (de [p. 241] Sergipe), muy incompleta y estragada (apud Sylvio Romero, Cantos populares do Brazil, I, 2-12). En catalán existe la canción de La cruel Infanta, de indudable origen castellano, de la cual Milá reunió hasta siete versiones (número 237 del Romancerillo), todas mestizas. En algunas de ellas se llama al Conde Alarcos el Conde Floris.
45
La aldeana
En la
mañana de un lunes—madrugaba la aldeana
a lavar ricos
pañales—al pie de una fuente clara.
Acabando de
lavarlos,—tambien lavó la su cara.
Viéndola estaba el
buen Rey—asomado a una ventana.
—Aldeana,
aldeanita,—tú has de ser mi enamorada.
—No lo quiera
Dios del cielo,—ni su madre soberana;
que estimo yo a mi
marido—en la vida y en el alma.—
La Reina que tal
oyó,—por una falsa criada,
mandara llamar al
Conde—para comer en su casa;
y acabando de
comer,—desta manera le habla:
—La aldeana
mata, Conde;—Conde, mata a la aldeana.
—¡No la
mataré yo tal,—sin saber muy bien la causa!
—Toda mi vida
por ella—vivo yo muy mal casada.—
Entre estas
palabras y otras,—el Conde fuese a su casa.
—Ven acá,
perra traidora,—hoy pagarás tu disfama.
Y antes del
amanecer—has de morir degollada;
que el Rey así lo
mandó,—y hay que cumplir lo que manda.
—Si causa
tuviere el Rey,—lo que mandó que se faga.—
De tres hijas que
tenía,—llamara la mas galana.
—¿Qué me
quiere, madre mía;—qué me quiere, o que me manda?
—Quiérote,
hija de mis penas,—que me fagas la mortaja;
que antes del
amanecer,—he de morir degollada.
Quitarásme la
cabeza,—presto tú irás a apañarla,
y entre dos fuentes
de oro—al Rey habrás de entregarla.—
Estando el buen Rey
comiendo,—la niña al palacio entraba.
—«Buenos
días, el buen Rey».—«Bien venida, hija galana».
—Vengo a
traer esta trucha—que mi madre le enviaba.
—¡La Reina
hallarála dulce,—para mí es triste y amarga!
La aldeana murió de
noche,—la Reina por la mañana.
[1]
Don Martinos
Estaba un día un
buen viejo—sentado en un campo al sol.
—Pregonadas
son las guerras—de Francia con Aragon....
¿Cómo las haré yo,
triste—viejo, cano y pecador?—
De allí fué para su
casa—echando una maldicion.
—¡Reventáres
tú, María,—por medio del corazon;
que pariste siete
hijas—y entre ellas ningun varon.
La mas chiquita de
ellas—salió con buena razon.
—No la
maldigais, mi padre,—no la maldigades, non;
que yo iré a servir
al Rey—en hábitos de varon.
Compraráisme vos,
mi padre,—calcetas y buen jubon;
daréisme las
vuestras armas,—vuestro caballo troton.
—Conoceránte
en los ojos,—hija, que muy bellos son.
—Yo los
bajaré a la tierra—cuando pase algun varon.
—Conoceránte
en los pechos—que asoman por el jubon.
—Esconderélos,
mi padre;—al par de mi corazon.
—Conoceránte
en los pies,—que muy menudinos son.
—Pondréme las
vuestras botas—bien rellenas de algodón.....
¿Cómo me he de
llamar, padre,—cómo me he de llamar yo?
—Don
Martinos, hija mía,—que así me llamaba yo.—
Yera en palacio del
Rey,—y nadie la conoció,
sino es el hijo del
Rey—que della se namoró.
—Tal
caballero, mi madre,—doncella me pareció.
—¿En qué lo
conoceis, hijo;—en qué lo conoceis vos?
—En poner el
su sombrero—y en abrochar el jubon,
y en poner de las
calcetas,—¡mi Dios, como ellas las pon!
—Brindaréisla
vos, mi hijo,—para en las tiendas mercar;
si el caballero era
hembra—corales querrá llevar.—
El caballero es
discreto—y un puñal tomó en la man.
—Los ojos de
Don Martinos—roban el alma al mirar.
—Brindaréisla
vos, mi hijo,—al par de vos acostar;
si el caballero era
hembra,—tal convite non quedrá.—
El caballero es
discreto—y echóse sin desnudar.
—Los ojos de
Don Martinos—roban el alma al mirar.
—Brindaréisla
vos, mi hijo,—a dir con vos a la mar.
Si el caballero era
hembra,—él se habrá de acobardar.—
El caballero es
discreto,—luego empezara a llorar.
[p. 243] —¿Tú que tienes, Don
Martinos,—que te pones a llorar?
—Que se me ha
muerto mi padre,—y mi madre en eso va:
si me dieran la
licencia—fuérala yo a visitar.
—Esa
licencia, Martinos,—de tuyo la tienes ya.
Ensilla un caballo
blanco,—y en él luego vé a montar.—
Por unas vegas
arriba—corre como un gavilán,
por otras vegas
abajo—corre sin le divisar.
—Adios,
adios, el buen Rey,—y su palacio real;
que siete años le
serví—doncella de Portugal,
y otros siete le
sirviera—si non fuese el desnudar:
Oyólo el hijo del
Rey—de altas torres donde está.
reventó siete
caballos—para poderla alcanzar.
Allegando ella a su
casa,—todos la van abrazar.
Pidió la rueca a su
madre—a ver si sabía filar.
—Deja la
rueca, Martinos,—non te pongas a filar;
que si de la guerra
vienes,—a la guerra has de tornar.
Ya están aquí tus
amores,—los que te quieren llevar.
Es la única lección enteramente castellana que hasta ahora se ha publicado del romance de La doncella que va a la guerra, vulgarísimo en la poesía popular portuguesa y no desconocido en la catalana, con la circunstancia de que una y otra le tomaron de la nuestra, como lo prueba respecto de la primera el testimonio de Jorge Ferreira de Vasconcellos en su comedia Aulegraphía (acto III, escena 1.ª), y respecto de la segunda las muchas palabras castellanas que hay en todos los textos recogidos por Milá, únicos que hacen fe para el caso. Diez años antes de publicar Almeida Garrett su Romanceiro, un poeta y crítico de bastante erudición, José María da Costa e Silva, insertó este romance en las notas de su poema Isabel ou a heroina de Aragäo (Lisboa, 1832). Se encuentran versiones de él en el Alemtejo, en Extremadura, en el Miño, en Tras-os-Montes, en las dos Beiras, en Lisboa, y por de contado en las islas. El supuesto nombre de la disfrazada y guerrera doncella varía en las distintas provincias, pero más comúnmente se llama D. Martín de Acevedo (por corruptela Avisado), que coincide perfectamente con el Don Martinos de Asturias. Las variantes que andan impresas son por este orden:
a) Donzella que vai a guerra (Garrett, III, 65-71).
b) Romance de D. Martinho de Avizado, versión de la Beira Baja (T. Braga , Rom. Ger., 8-11) .
[p. 244] c) Dom Martinho, de la misma procedencia (Braga, 11-14).
d) Don Baräo, variante de la Foz del Duero (Braga, 15-18).
e) Romance de Dom Varäo, de la isla de San Jorge (Cantos do Archipelago Açoriano, 211-215).
f) Donzella guerreira, también de las Azores (215-219).
g- h- i) Dom Martinho—Donzella que vae a guerra—Hoje s'apregôan guerras. Estos tres romances tradicionales en el Archipiélago de la Madera han sido publicados por Álvaro Rodrigues de Azevedo (159-170).
En Cataluña D. Martín se ha convertido en D. Marcos, a quien en una de las versiones se supone hijo del Conde Alarcos. No se encuentra solamente en forma de romance, sino también de narración en prosa. Vid. Milá (núm. 245, La niña guerrera) , y Aguiló (núm. XXII, Doncella qui va a la guerra).
El tema de esta canción es común a la poesía de muchos pueblos. Se encuentra en cantos griegos e ilíricos, en un fragmento bearnés (del valle de Ossau), y especialmente en Italia, donde además de varias lecciones procedentes de Venecia, Ferrara, Las Marcas, etc., sólo del Piamonte ha reunido cinco el Conde Nigra, ilustrándolas doctamente (núm. 48, La Guerriera, páginas 286-295). No conoció el romance asturiano, ni, lo que es más raro, el catalán, a pesar de estar impreso en el libro de Milá que con frecuencia cita; pero tiene razón en sostener que los romances portugueses, la canción bearnesa y las del Norte de Italia son idénticas en la substancia y en la forma, y tienen, por tanto, un solo y común origen. Este origen quiere buscarle en Provenza, de donde supone que esta canción fué trasmitida a las dos penínsulas itálica e ibérica, y quizá también a los países eslavos. Tratándose de poesía narrativa, más verosímil parece buscar el origen en la Francia del Norte que en la Francia meridional, sin que por eso neguemos que pudo haber una versión provenzal intermedia. Pero es cierto que ni la catalana ni la portuguesa se derivan de ella.
La Gayarda.—I
Estándose la Gayarda en su ventana dorida
peinando su pelo
negro—que paez seda torcida,
vió un bizarro
caballero—venir por la calle arriba.
—Venga, venga
el caballero,—venga a ver la mi montisa;
comerán pan de lo
blanco,—vino tinto de Castilla.—
Al subir una
escalera—alzó los ojos y mira;
reparó cien
cabecitas—colgadas en una viga.
—¿Qué es
esto, la Gayarda;—qué es esto vida mía?
—Son cabezas
de lechones—que crió la mi montisa.
—Mientes,
mientes, la Gayarda,—mientes, mientes, vida mía:
la cabeza de mi
padre—yo aquí la conocería.
[1]
y tambien la de un
hermano—de un hermano que tenía.—
La Gayarda pon la
mesa,—caballero non comía;
la Gayarda escancia
el vino,—caballero non bebía.
Coma, coma,
caballero,—no coma con cortesía;
que el que viene
de camino—gana de comer tendría.—
La Gayarda fay la
cama,—caballero miraría:
en medio de dos
colchones—un puñal de oro metía:
a las doce de la
noche—Gayarda se revolvía.
—¿Qué
buscabas, Gayarda;—qué buscabas vida mía?
—Busco mi
rosario de oro,—que yo rezarlo quería.
—Mientes,
mientes, la Gayarda,—mientes, mientes vida mía;
que ese rosario de
oro—en mis manos volaría.—
Metióselo por el
pecho—y a la espalda le salía.
¡Oh voces que al
mundo daba,—voces que al mundo daría!
Allí vino una
doncella—que en su servicio traía.
—¿De dó viene
el caballero—que en esta tierra venía?...
¡Cuántos hijos de
buen padre—aquí perdieron la vida!
48
La Gayarda.—II
Estando
un día Gayarda—en su ventana florida,
vió venir un
caballero—por debajo de la oliva.
[p. 246] —Sube arriba,
caballero;—caballero, sube arriba.
No suba, no, el
caballero—que le han de quitar la vida.—
Al subir el
caballero—alzó los ojos arriba,
y ve siete
calaveras—colgadas en una viga.
Gayarda pone la
mesa,—caballero no comía;
Gayarda trae del
buen pan,—del más fino que tenía;
Gayarda trae del
buen vino,—que es el mejor que tenía;
Gayarda hace la
cama,—caballero bien la vía;
entre sábana y
colchon,—puñal de oro le metía.
Allá por la media
noche—Gayarda se revolvía.
—¿Tú que
buscas ahí, Gayarda—que tanto te revolvías?
Si buscas el puñal
de oro—yo en mis manos lo tenía.—
Diérale tres
puñaladas—de la menor se moría.
—Abre las
puertas, portero;—abrelas, que ya es de día.
—No las abro,
caballero;—Gayarda me mataría.
—Abre las
puertas, portero;—que Gayarda está ya fría.
—¡Oh, bien
haya el caballero—y madre que le paría!
De cien hombres que
aquí entraron,—ningun con vida salía.
49
La Gayarda.—III
Estábase la Gayarda—en su ventana florida;
vió venir un
caballero,—venir por la calle arriba.
—Sube arriba,
caballero;—sube, sube, por tu vida.—
—De subir
tengo, señora,—aunque me cueste la vida:
Al abrir la primer
puerta,—le entrara gran pavorida:
viera cien cabezas
de hombre—colgadas en una viga;
tambien vió la de
su padre,—que muy bien la conocía.
—¿Qué es
aquello, la Gayarda,—que tienes n'aquella viga?
—Son cabezas
de lechones—criados en mi montisa.
—¡Voto al
diantre la montina—que tales lechones cría!
—Habla bien,
mozo, si sabes;—habla bien con cortesía,
que antes de la
media noche—la tuya allí se pondría.—
Gayarda pone la
mesa,—caballero no comía;
Gayarda escanciaba
vino,—caballero no bebía.
Allá para media
noche—Gayarda se revolvía.
—¿Qué es lo
que buscas, Gayarda,—que tanto te revolvías?
—Busco mi
puñal dorado,—que a mi lado lo tenía.
—Tu puñal de
oro, Gayarda,—la vida te costaría.—
Metióselo en el
costado,—y al corazon le salía.
—Abre las
puertas, portera;—ábrelas, portera mía.
—No abriré,
no, caballero;—no abriré yo por mi vida;
que si lo sabe
Gayarda,—Gayarda me mataría.
[p. 247] —No tengas miedo a
Gayarda,—que ya muerta la tenías.
—¡Oh, bien
haya el caballero,—la madre que lo paría...!
¡Cuántos de los
caballeros—entraban y no salían!
Tengo de dirme con
él,—servirle toda mi vida.
Estos romances de Gayarda, que al parecer no tienen similares en la tradición portuguesa, tienen en cambio, cierta analogía con los romances extremeños de La serrana de la Vera (Primavera, núm. 28 del apéndice), que también penetraron en Cataluña, como lo prueban las versiones recogidas por Milá (número 259, La Serrana).
50
Delgadina
El buen Rey tenía
tres hijas—muy hermosas y galanas;
la más chiquita
dellas,—Delgadina se llamaba.
—Delgadina de
cintura,—tú has de ser mi enamorada.
—No lo quiera
Dios del cielo,—ni la Virgen soberana;
que yo enamorada
fuera—del padre que me engendrara.—
El padre que tal
oyó,—la encerrara en una sala.
Non la daban de
comer—mas que de carne salada;
non la daban de
beber,—sino zumo de naranja.
A la mañana otro
día,—se asomara a la ventana,
y viera a su madre
enbajo—en silla de oro sentada:
—¡Mi madre;
por ser mi madre,—púrrame
[1] una jarra d' agua;
porque me muero de
sede—y a Dios quiero dar el alma!
—Calla tú,
perra maldita;—calla tú, perra malvada;
siete años que
estoy contigo,—siete años soy mal casada.—
A la mañana otro
día,—se asomara a otra ventana:
vió a sus hermanas
enbajo—filando seda labrada.
—¡Hermanas,
las mis hermanas;—purriíme una jarra d'agua;
porque me muero de
sede—y a Dios quiero dar el alma!
—Primero te
meteríamos—esta encina por la cara.—
Se asomara al otro
día—a otra ventana más alta;
vió a sus hermanos
que enbajo—taban tirando la barra:
—¡Hermanos,
por ser hermanos,—purriíme una jarra d'agua,
que ya me muero de
sede—y a Dios quiero dar mi alma!
—Non te la
doy, Delgadina;—non te la damos, Delgada;
que si tu padre lo
sabe—nuestra vida es ya juzgada.—
[p. 248] Se asomara al otro día—a otra
ventana mas alta,
y vió a su padre
que embajo—paseaba en una sala:
—¡Mi padre,
por ser mi padre,—púrrame una jarra d'agua;
porque me muero de
sede—y a Dios quiero dar el alma!
—Darétela,
Delgadina,—si me cumples la palabra.
—La palabra
cumpliréla,—aunque sea de mala gana.
—Acorred, mis
pajecicos,—a Delgadina con agua;
el primero que
llegase,—con Delgadina se casa;
el que llegare
postrero,—su vida será juzgada.—
Unos van con jarros
de oro,—otros con jarros de plata...
Las campanas de la
iglesia—por Delgadina tocaban.
El primero que
llegó,—Delgadina era finada.
La cama de
Delgadina—de ángeles está cercada:
bajan a la de su
padre,—de demonios coronada.
51
Delgadina.—II
El buen
Rey tenía tres hijas—muy hermosas y galanas;
la más chiquita de
todas—Delgadina se llamaba.
Un día, sentado a
la mesa,—su padre la reparara.
—Delgadina,
Delgadina;—tú has de ser mi enamorada.
—No lo quiera
Dios del cielo,—ni su Madre soberana,
que de amores me
rindiera—al padre que me engendrara.—
La madre qu' atol
oyó,—n'un castillo la encerrara;
el pan le daban por
onzas—y la carne muy salada,
y el agua para
beber—de los pies de una llamarga,
donde canta la
culebra,—donde la rana cantaba.
Delgadina por la
sed,—se arrimara a una ventana,
y a sus dos
hermanas viera—labrando paños de grana.
—¡Por Dios
vos pido, Infantinas,—que hermanas non vos llamaba,
por una de las
doncellas—unviayme una jarra de agua;
que el corazón se
me endulza—y el ánima se me aparta!
—Quítate
allá, Delgadina;—quítate, perra malvada:
un cuchillo que
tuviera—te tiraría a la cara;
Delgadina, por la
sed,—se arrimara a otra ventana;
viera a los dos
hermanos—jugando lanzas y espadas.
—Por Dios vos
pido, Infantinos,—que hermanos non vos llamaba,
por uno de vuestros
pajes—unviayme una jarra de agua,
que el corazón se
me endulza—y el ánima se me aparta.
—Quítate
allá, Delgadina;—quítate, perra malvada;
que una lanza que
tuviera—yo contra ti la arrojara.—
Delgadina, por la
sed,—se arrimara a otra ventana,
viera a su madre la
Reina—en silla de oro sentada.
[p. 249] —Por Dios vos pido, la
Reina,—que madre non vos llamaba;
por una de esas
doncellas—unviayme una jarra de agua;
que el corazón se
me endulza—y el ánima se me aparta.
—Quítate
allá, Delgadina,—quítate, perra malvada,
que ha siete años
por tu culpa,—que yo vivo mal casada.—
Delgadina, por la
sed,—se arrimara a otra ventana,
y vió a su padre
que enbajo—paseaba en una sala.
—Mi padre,
por ser mi padre,—púrrame una jarra de agua,
porque me muero de
sed,—y a Dios quiero dar mi alma.
—Darétela,
Delgadina,—si me cumples la palabra.
—La palabra
cumpliréla—aunque sea de mala gana.
—Acorred, mis
pajecicos,—a Delgadina dad agua:
el primero que
llegase,—con Delgadina se casa;
el que llegare
postrero,—su vida será juzgada.—
Unos van con jarros
de oro,—otros con jarros de plata:
las campanas de la
iglesia—por Delgadina tocaban.
El primero que
llegó—Delgadina era finada.
La Virgen la
sostenía,—anxeles la amortayaban;
en la cama de su
padre—los degorrios se asentaban,
y a los pies de
Delgadina—una fuente fría estaba,
porque apagase la
sede—que aquel cadáver pasaba.
52
Delgadina.—III
El buen
Rey tenía una hija,
[1] —Delgadina se llamaba.
—Delgadina,
Delgadina,—tú has de ser mi enamorada.
—No lo quiera
Dios del cielo—ni la Virgen soberana;
que yo enamorada
fuera—de un padre que me engendrara.—
El buen Rey que
aquello oyó—'n un aposento la cierra
donde no ve sol ni
luna,—sino por una ventana;
cuando pide de
comer,—le dan cecina salada;
cuando pide de
beber,—le dan zumo de naranja;
tanta es la sede
que tiene—que se asomó a una ventana
y vió venir a su
padre;—por la calle se paseaba.
—Mi padre,
por ser mi padre,—apúrrame una sed d' agua.
—Yo dártela
sí por cierto,—si haces lo que te mandaba.
—No lo quiera
Dios del cielo—ni la Virgen soberana,
[p. 250] que yo namorada fuera—de un padre
que me engendrara—
Tanta es la sed que
tiene,—que asómase a la ventana,
bien vira vir a su
madre—de lavar la fina plata.
—Mi madre,
por ser mi madre,—apúrrame una sed d' agua.
—Quita d'
ahí, perra traidora,—quita d' ahí, perra malvada,
que va para siete
años—que por ti soy niel casada.—
Tanta es la sede
que tiene,—que asomóse a la ventana:
vira vir a sus
hermanas—de lavar a la colada.
—Hermanas,
por ser hermanas,—apurriime una sed d' agua.
—No te la
podemos dar,—porque madre nos mataba.—
Tanta es la sede
que tiene,—se asomara a la ventana:
vira estar a sus
hermanos—labrando trigo y cebada.
—Hermanos,
por ser hermanos,—apurriime una sed d' agua.
—Arriba pajes
del Rey,—arriba con jarros de agua.—
Cuando col' agua
llegaron—Delgadina ya finara.
Las campanas del
paraíso—ellas de sou se tocaban,
por l' alma de
Delgadina—que a los cielos caminaba;
el alma del Rey su
padre,—pa los infiernos bajara.
A pesar de lo brutal y repugnante de su argumento, o quizá por esto mismo, puesto que la casta musa popular (que casta es a su manera) no suele reparar en tales melindres, el romance de Delgadina es uno de los más populares en España, hasta el punto de que apenas hay región donde no se encuentre. Prescindiendo por ahora de las demás versiones castellanas, indicaré sólo las catalanas y portuguesas.
Milá recogió muchas (casi todas mestizas), aunque por la naturaleza del argumento no se atrevió a ponerlas íntegras todas. En unas se llama a la protagonista Margarita, en otras Agadeta y en algunas Silvana, que es el nombre que tiene en casi todas las variantes portuguesas y en una asturiana de Rivadesella (véanse los núms. 29 y 272 del Romancerillo).
Almeida Garrett, que ya en 1828 había publicado una procedente de Lisboa, como fundamento e ilustración de su Adozinda, insertó en 1851 en su Romanceiro (II, 109-15) otra más correcta con el título de Sylvaninha, haciendo notar de paso que la antigua popularidad de este romance en Portugal estaba atestiguada por D. Francisco Manuel de Melo en su farsa del Fidalgo Aprendiz (Obras Métricas, León de Francia, 1665, pág. 247), donde se citan en castellano los primeros versos:
Paseábase Sylvana—por un corredor un día.....
[p. 251] Teófilo Braga, en su Romanceiro Geral. (pp. 30-34 y 181-184) dió a conocer dos versiones, una de Lisboa y otra de Coimbra con el titulo de Faustina.
De la isla de San Jorge (Azores) se han publicado otras tres, una de ellas con el título de Aldina. Pueden verse en los Cantos populares de aquel archipiélago (183-200).
No menos abundante es la cosecha en la isla de la Madera, que presenta tres notables versiones con los títulos de Aldina, Galdina y Gaudina (Romanceiro de Rodrigues de Azevedo, 107-115). Dos de estas versiones son de más apacible carácter que las restantes, y terminan con el arrepentimiento del padre.
En la novela bizantina de Apolonio hay algo que tiene semejanza con estos romances en lo que toca a la pasión incestuosa del padre, pero a pesar de la difusión que esa leyenda alcanzó en los tiempos medios y del poema que inspiró en Castilla, no creo que nuestras canciones procedan de ella, puesto que difieren en todos los demás incidentes.
Almeida Garrett quiso remozar la materia de estos romances en el poemita Adozinda, que publicó durante su emigración en Londres, obrilla curiosa por ser la primera del género romántico que se escribió en portugués. Pero, a pesar de su gran talento poético, hubo de estrellarse en las dificultades inherentes a tan odioso tema, que acabó de echar a perder con cierto empalagoso sentimentalismo ajeno de la poesía peninsular y con una infeliz combinación de los octosílabos, que da aspecto informe y desaliñado a la ejecución métrica. Todavía más terrorífico que Delgadina es el romance de La Incestuosa (núm. 63 de la colección del Sr. Menéndez Pidal) que no incluimos, porque su estilo tiene mas de vulgar que de popular. El argumento parece tomado de la novela del Dr. Juan Pérez de Montalbán, La mayor confusión, y en la novela o en el romance se funda uno de los episodios más notables de El Drama Universal, de Campoamor: la historia de Leandra de Zúñiga.
La aparición
I
En palacio los
soldados—se divierten y hacen fiesta;
uno solo non se
ríe,—que está lleno de tristeza.
El Alférez le
pregunta:—Dime, ¿por qué tienes pena?
¿Es por padre, o es
por madre,—o es por gente de tu tierra?
—No es por
padre, ni es por madre,—ni es por gente de mi tierra:
es por una
personita—que tengo ganas de verla.
—Coge un
caballo ligero,—monta en él y vete a verla.
Vete por camino
real,—non te vayas por la senda.—
II
En la ermita de San
Jorge— una sombra obscura vi:
el caballo se
paraba,—ella se acercaba a mí.
¿Adónde va el
soldadito—a estas horas por aquí?
—Voy a ver a
la mi esposa,—que ha tiempo que non la vi.
—La tu esposa
ya se ha muerto:—su figura vesla aquí.
—Si ella
fuera la mi esposa,—ella me abrazara a mí.
—¡Brazos con
que te abrazaba,—la desgraciada de mí,
Ya me los comió la
tierra:—la figura vesla aquí!
—Si vos
fuerais la mi esposa,—non me mirarais ansí.
—¡Ojos con
que te miraba,—la desgraciada de mí,
Ya me los comió la
tierra:—su figura vesla aquí!
—Yo venderé
mis caballos,—y diré misas por ti.
—Non vendas
los tus caballos,—nin digas misas por mí,
que por tus malos
amores—agora peno por ti.
La mujer con quien
casares,—non se llama Beatriz;
cuantas más veces
la llames,—tantas me llames a mí.
¡Si llegas a tener
hijas,—tenlas siempre junto a ti,
non te las engañe
nadie—como me engañaste a mí!
Un juglar mal avisado zurció sin duda a este bellísimo y patético romance la introducción en diverso asonante, que le desfigura, No he querido suprimirla por respeto a la tradición, pero la he separado cuidadosamente del texto, y aconsejo a todo lector de buen gusto que empiece la lectura por el verso
En la ermita de San Jorge...
[p. 253] Pocas cosas más bellas que este fragmento pueden encontrarse en la poesía popular.
Es romance muy viejo, pero que por caso raro no ha llegado íntegro a nosotros en las colecciones antiguas. En un pliego suelto gótico de la Biblioteca de Praga de los que dió a conocer Wolf (número 37 de nuestro apéndice a la Primavera) aparecen ya algunos versos de él:
¿Dónde vas, el
caballero?—¿Dónde vas, triste de ti?
Muerta es tu linda
amiga,—muerta es, que yo la vi:
las andas en que
ella iba—de luto las vi cubrir.
Duques, Condes la
lloraban,—todos por amor de ti.
Luis Vélez de Guevara, en su comedia Reinar después de morir, sacó prodigioso efecto de estos mismos versos, haciéndolos cantar después de la muerte de Doña Inés de Castro, si bien modificados y parafraseados para acomodarlos al argumento:
¿Dónde vas, el
caballero?—¿Dónde vas, triste de ti?
Que la tu querida
esposa—muerta es, que yo la vi.
Las señas que ella
tenía—yo te las sabré decir:
su garganta es de
alabastro—y su cuello de marfil...
Consérvase vivo este romance en varias provincias castellanas, y ya iremos encontrando otros vestigios de él. Existe también en Cataluña (núm. 227 del Romancerillo de Milá, La Condesa muerta). Una de las versiones no deja duda ninguna acerca de su procedencia:
¿Dónde vas, el
caballero?—¿Dónde vá
vosté per quí?
..............................................................................
Cien hatxas
l'acompanaran,— cien leguas
van resplandí;
cien mujeres
la lloraban,—todas por amor de ti.
En Portugal este romance anda revuelto con el de Bernal-Francez (o de la Bella Mal Maridada), cuyas variantes son tan numerosas. [1]
[p. 254] Y por un fenómeno singular de atavismo, todavía el pueblo español se acordó de este romance, y le refundió a su modo, con ocasión de la muerte de la Reina Mercedes, primera mujer de D. Alfonso XII. Todavía oímos cantar en las ruedas o corros de los niños:
¿Dónde vas, Rey Alfonsito?—¿Dónde vas, triste de ti?
—Voy en busca de Mercedes,—que ayer tarde no la vi.
—Merceditas ya se ha muerto,—muerta está, que yo la vi.
Cuatro Condes la llevaban—por las calles de Madrid.
Al Escorial la llevaban,—y la enterraron allí,
en una caja forrada—de cristal y de marfil.
El paño que la cubría—era azul y carmesí,
con borlones de oro y plata—y claveles más de mil.
¡Ya murió la flor de Mayo!—¡Ya murió la flor de Abril!
¡Ya murió la que reinaba—en la Corte de Madrid!
54
El mal de amor
Aquel monte arriba
va—un pastorcillo llorando;
de tanto como
lloraba—el gaban lleva mojado.
—Si me muero
deste mal,—no me entierren en sagrado;
fáganlo en un
praderío—donde non pase ganado;
dejen mi cabello
fuera,—bien peinado y bien rizado,
para que diga quien
pase:—«Aquí murió el desgraciado.»
Por allí pasan tres
damas,—todas tres pasan llorando.
Una dijo: ¡Adiós,
mi primo!—Otra dijo: ¡Adiós, mi hermano!
La más chiquita de
todas—dijo: ¡Adiós, mi enamorado!
En el romance de El Conde Preso, popular en Tras-os-Montes, hay versos muy semejantes a los que preceden:
Nao me enterrem na egreja,
nem tam pouco en sagrado:
n' aquelle prado me enterrem
onde se faz o mercado.
Cabeça me deixem fóra,
o meu cabello entrançado;
de cabeceira me ponham
a pelle do meu cavallo,
que digam os passageiros:
¡Triste de ti, desgraçado,
morreste de mal de amores
que hé un mal desesperado!
[p. 255] El Sr. Menéndez Pidal que advirtió ya esta coincidencia, nota también la semejanza que tiene el estilo del romance asturiano con el de cierto poeta semi-popular del siglo XVI, llamado Bartolomé de Santiago (núm. 1.425 del Romancero de Durán):
Acordarte has, si
quisieres,
de aqueste postrero
día,
y en las tierras do
estuvieres
tener has por
compañía
el corazón
desdichado
que en tu servicio
moría.
Regarás con los tus
ojos
ponerme has la
sepultura
muy lejos de
compañía,
con un mote en ella
puesto
que d' esta manera
diga:
«Aquí yace el
desdichado
que murió sin
alegría.» el campo do padescía;
Tales conceptos, por mucho que llegaran a popularizarse, son evidentemente de origen trovadoresco.
55
Amor eterno
Allá en tierras de León—una viudina vivía;
esta tal tenía una hija—más guapa que ser podía.
La niña ha dado palabra—a aquel Don Juan de Castilla;
la madre la tien mandada—a un mercader que venía,
que es muy rico y poderoso...—y mal se la quitaría.
El Don Juan desque lo supo,—para las Indias camina:
allí estuvo siete años,—siete años menos un día,
para ver si la olvidaba—y olvidarla non podía.
Al cabo de los siete años,—para la España venía,
y fuése la calle abajo—donde la niña vivía:
encontró puertas cerradas,—balcones de plata fina;
y arrimárase a una reja—por ver si allí la veía.
Vió una señora de luto,—toda de luto vestida.
—¿Por quién trae luto, mi prenda,—por quién trae luto, mi vida?
Tráigolo por Doña Ángela,—que a Doña Ángela servía:
con los paños de la boda—enterraron a la niña.—
Fuérase para la iglesia—más tristes que non podía;
encontróse al ermitaño—que toca el Ave-María.
—Dígame do esta enterrada—Ángela la de mi vida.
—Doña Ángela está enterrada—frente a la Virgen María.
—Ayúdeme a alzar la tumba,—que yo solo non podía.—
Quitaron los dos la tumba,—que es una gran maravilla,
y debajo de ella estaba—como el sol cuando salía;
los dientes de la su boca—cristal fino parecían.
[p. 256] Por tres veces la llamaba,—todas tres le respondía:
«Si es Don Juan el que me llama,—presto me levantaría:
si es Don Pedro el que me llama,—levantarme non podría.»—
—Don Juan es el que te llama:—levántate, vida mía;
Don Juan es el que te llama,—el que tanto te quería.
Levantóse Doña Ángela...............................
y dió la mano a Don Juan:—«Éste há ser mi compañía,
que non me quiso olvidar—nin de muerta nin de viva»—
Tomóla Don Juan en brazos,—más alegre que podía;
en un ruan la montara,—y echa andar la plaza arriba.
Encontró con el marido—galan que la pretendía.
—Deja esa rosa, Don Juan;—que esa rosa era la mía.—
Armaron los dos un pleito,—un pleito de chancelía,
y echaron cartas a Roma;—non tardaron más que un día:
las cartas vienen diciendo—que Don Juan lleve la niña,
que el matrimonio se acaba—echándole tierra encima. [1]
Como casi todos los romances asturianos, éste de Doña Angela (que es lástima que esté tan modernizado y estragado, porque el asunto es de veras poético e interesante) tiene su correspondiente forma portuguesa en el romance de Doña Agueda Mexía, del cual hay publicadas dos versiones, una por Almeida Garrett (III, 117-122), y otra por Teófilo Braga (Rom. Ger., 53-55).
Existe también en Cataluña, pero se canta en castellano (número 249 del Romancerillo de Milá, La amante resucitada).
56
* La viuda fiel
Estando
a la puerta un día,—bordando la fina seda,
vi venir un
caballero—por alta Sierra Morena;
atrevime y
preguntéle—si venía de la guerra.
[p. 257] —De la guerra, sí, señora,—¿a
quién tenedes en ella?
—Nella tengo
a mi marido,—siete anos ha que anda nella.
—El su
marido, señora,—dígame que señas lleva.
—Pues lleva
caballo blanco,—la silla dorada y negra,
y en lo alto de la
silla—retrato de una doncella:
los pajes que con
él van—vestidos de seda negra,
y él, para
estremarse dellos,—vestidos de negra felpa.
—Su marido,
mi señora,—muerto ha quedado en la guerra;
debajo de un pino
verde,—túvele yo la candela.
—¡Ay de mí
triste cuitada!—¡Ay de mí triste la dueña!
¿Quién me va a
calzar de plata?—¿Quién me va a vestir de seda?
—Venga, si
quiere, señora,—señora, conmigo venga;
yo la calzaré de
plata,—yo la vestiré de seda;
no le mandaré hacer
nada,—sino es contar moneda.
«Vaya con Dios,
caballero,—vaya con Dios y non vuelva,
que dos hijos que
quedaron—voy ponellos en la escuela,
y a una hija que
quedó—pondréla a bordar la seda;
voy quitar mi toca
blanca;—voy poner mi toca negra,
lutar puertas y
ventanas,—y también las escaleras,
Llorade, fiyos,
llorade,—vuestro padre muerto queda,
—¿Quién se lo
dijo, mi madre,—quién le dió tan mala nueva?
—Me lo ha
dicho un caballero—que ha venido de la guerra.
En otro día de
mañana—un hombre a la puerta llega.
—¿Por quién
se luta, señora?—¿Por quién se luta, mi dueña?
—Lútome por
mi marido,—que se me murió en la guerra.
—¿Quién se lo
dijo, señora?—¿Quién le dió tan mala nueva?
Díjomele un
caballero—que venía de la guerra.
¡Permita Dios, si
es mentira,—que de puñaladas muera!
—Que no
muera, no, señora,—que aquel su marido era.
—Hiciste
mal, mi marido,—tentarme desa manera,
que el juicio de
las mujeres—ya puedes saber cómo era:
es como vaso de
vidrio,—que si se cae, se quiebra.
Recogido en el concejo de Boal. Es una preciosísima variante del romance de las señas del esposo. A él son aplicables, por consiguiente, todas las observaciones que hicimos a propósito de los dos romances que el Sr. Menéndez Pidal titula La ausencia.
57
El Marinero
—Mañanita
de San Juan—cayó un marinero al agua.
¿Qué me das
marinerito—porque te saque del agua?
—Doyte todos
mis navíos—cargados d' oro y de plata,
[p. 258] y además a mi mujer—para que sea tu
esclava.
—Yo no quiero
tus navíos,—nin tu oro nin tu plata,
ni a la tu mujer
tampoco,—aunque la fagas mi esclava;
quiero que cuando
te mueras—a mí me entregues el alma.
—El alma la
entrego a Dios,—y el cuerpo a la mar salada.
Válgame Nuestra
Señora,—Nuestra Señora me valga.
En Cataluña se conserva una canción castellana (estropeada como todas), de la cual es un fragmento el romance asturiano:
De Barcelona
partimos—en una noble fragata
que
per nombre se decía—Santa Catalina Marta.
{Número 34 del
Romancerillo de Milá.—Comp. Pelay Briz,
&
nbsp; Cansons de
la terra. t. IV, págs. 32-33.)
El romance portugués de la Nau Catherineta, del cual hay innumerables redacciones, [1] pertenece sin duda a la misma familia, pero es mucho más extenso, y al parecer se funda en el recuerdo de algún naufragio histórico de los que están relatados en la famosa compilación Historia trágico marítima. Garrett indica como la fuente más probable la narración de la tormenta que paso Jorge de Alburquerque Coelho volviendo del Brasil en 1565. No en todas las variantes, pero sí en algunas, aparece la tentación del diablo, que probablemente es el verdadero fondo tradicional del asunto y lo único que ha sobrevivido en Cataluña y Asturias. Así en la lección de Almeida Garrett:
—«Capitäo, quero
a tua alma—para conmigo a levar.»
—«Renego de
ti, demonio,—que me estavas a attentar!
A minha alma e só
de Deus;—o corpo dou eu ao mar.»
Y en una de las versiones de la isla de la Madera:
En t'arrenego,
diabo;—nao me venhas attentar!
Seja minh'alma p'ra
Deus;—fique meu corpo na mar.
En otro romance de la misma procedencia el tentador se disfraza de fraile.
La tentación
—¡Ay,
probe Xuana de cuerpo garrido!
¡Ay, probe Xuana de
cuerpo galano!
¿Dónde le dexas al
tu buen amigo?
¿Dónde le dexas al
tu buen amado?
—Muerto le
dexo a la orilla del río,
muerto le dexo a la
orilla del vado!
¿Cuánto me das,
volverételo vivo?
¿Cuánto me das,
volverételo sano?
—Doyte las
armas y doyte el rocino,
doyte las armas y
doyte el caballo.
—No he
menester ni armas ni rocino,
no he menester ni
armas ni caballo.....
¿Cuánto me das,
volverételo vivo?
¿Cuánto me das,
volverételo sano?
«Este interesante fragmento, ya por el metro, ya por la construcción poética, descubre íntimo enlace con la poesía popular gallega, y aun por el último título con la antigua portuguesa.» (Milá y Fontanals.) [1] Está compuesto, en efecto, en aquel género de endecasílabo que vulgarmente se denomina de gaita gallega y que sirve para acompañar el ritmo de la muñeira. Milá, que le estudió detenidamente, tanto en sí mismo como en sus relaciones con el verso decasílabo, le llamó endecasílabo anapéstico. Su aparición en la poesía popular castellana es un fenómeno singular, aun en Asturias misma, y hasta ahora no se ha presentado más ejemplo que éste.
59
La fe del ciego
Camina
la Virgen pura,—camina para Belen,
con un niño entre
los brazos—que es un cielo de lo ver:
en el medio del
camino—pidió el niño de beber.
[p. 260] —No pidas agua, mi niño,—no
pidas agua, mi bien;
que los ríos corren
turbios—y los arroyos tambien,
y las fuentes manan
sangre—que no se puede beber.
Allá arriba en
aquel alto—hay un dulce naranjel,
cargadito de
naranjas—que otra no puede tener.
Es un ciego el que
las guarda,—ciego que no puede ver.
—Dame ciego
una naranja—para el Niño entretener.
—Cójalas
usted, Señora,—las que faga menester;
coja d' aquellas
más grandes,—deje las chicas crecer.—
Cogiéralas d' una
en una,—salieran de cien en cien;
al bajar del
naranjero—el ciego comenzó a ver.
—¿Quién sería
esa Señora—que me fizo tanto bien?—
Érase la Virgen
Santa,—que camina para Belen.
60
Camino de Belén
Caminando va la
Virgen—en derechura a Belen
con un niño de la
mano;—Jesucristo, nuestro bien.
Como es camino tan
largo,—pidió el niño de beber:
—Camina,
niño, camina,—camina que 's nuestro bien;
estas fuentes se
secaron,—y ya no pueden correr;
estos ríos van muy
turbios,—no son para ti beber.—
Caminaron más
alante,—pidió el niño de comer:
—Camina,
niño, camina,—camina, que 's nuestro bien.
A las puertas de
Don Diego—está un rico naranjel,
que lo guarda un
pobre ciego,—ciego que no puede ver.
—Ciego, dame
una naranja—para el niño entretener.
—Entre,
señora, en el huerto,—y coja las que quisiér;
en cogiendo para el
niño,—coja para usted también.—
Cuantas más quita
la Virgen,—más salen al naranjel.
La Virgen salir del
huerto—y el ciego empezar a ver:
—¿Quién es
aquesta señora—que me hizo tanto bien?
—Es la madre
de Jesús;—camina para Belén.
Este piadoso y delicado romance se encuentra también en Andalucía y en la montaña de Santander.
El Sr. D. Braulio Vigón, que publicó la segunda variante asturiana en un periódico, cita también un romance portugués, que lleva el número XIV en el Romanceiro de J. Leite de Vasconcellos.
La romera
Por los
senderos de un monte—se pasea una romera
blanca, rubia y
colorada,—relumbra como una estrella.
Vióla el Rey desde
sus torres,—y enamorárase della.
—¿Donde va la
romerita—por estos montes señera?
—Non vengo
sola, buen Rey,—compañía traigo y buena:
atrás viene mi
marido,—más hermoso que una estrella.
A Santiago de
Galicia—voy cumplir mi cuarentena,
que me la ofreció
mi madre—en la hora que naciera.
Manda el Rey poner
la tabla,—manda el Rey poner la mesa;
al medio de su
comida—se acordó de la romera:
llamara un paje
corriendo:—Ve buscar esa romera:
nin por oro nin por
plata—non tornes aquí sin ella.
—Romeras se
encuentran muchas,—y no sobre yo cuál era.
—Como aquella
romerita—non las hay por esta tierra:
blanca, rubia,
colorada,—relumbra como una estrella;
zapato de
cordobán,—una polida gorguera,
y una jaca
toledana—que tal non la tien la Reina;
rosario porque
rezaba—cinco extremos de oro lleva;
Por el segundo
decía:—«Muerto es quien vida espera.»
Bajara el paje
corriendo;—marchó tras de la romera.
¡Bien la viera
relucir—en medio de la arboleda!
La encontrara
sentadita—en medio de una alameda.
—Mándala
llamar el Rey—para comer a su mesa.
—Anda, paje,
di a tu amo,—y dile desta manera:
«Si él es Rey de su
reinado,—yo soy de cielos y tierra.»
—Si eres
Reina de los cielos,—yo la gloria te pidiera,
—Pajecico, sí
por cierto,—y a cuantos de ti vinieran.
[1]
La devota
En lo
alto de aquel monte—un grande palacio había:
allí habita un
caballero—que tiene una hermosa hija.
Róndanla muchos
galanes—de noche y también de día:
la niña, como es
discreta,—a todos los despedía.
Rosario de oro en
la mano,—tres veces lo reza al día:
uno por la
mañanita,—otro por el mediodía,
otro por la media
noche,—cuando su padre dormía.
Estando un día
rezando,—como otras veces solía,
llegó a buscarla la
Virgen—para dir en romería.
Fueron a ver a su
padre—donde su padre dormía.
—Despierte,
señor mi padre,—despierte su señoría;
que en el su
palacio andaba—la Santa Virgen María,
que me viene a
buscar—para dir en romería.
—Yo bien
siento que te vayas,—porque otra hija no tenía;
pero si vas con la
Virgen,—ve con la bendición mía.
Consejos que le iba
dando—por aquella sierra arriba:
consejos que le iba
dando—como una madre a una hija.
—Cuando
hablares con los hombres,—baja los ojos, querida.—
En el medio de la
sierra—hallara una fuente fría.
—Aquí has de
quedar, galana,—aquí has de quedar, querida,
aquí has de quedar,
galana,—siete años menos un día;
ni has de comer ni
beber,—nin hablar con cosa viva.
Las avecitas del
monte—serán en tu compañía,
y una palomita
blanca—aquí vendrá cada día:
en el pico te
traerá—una flor muy amarilla;
por el olor que te
dé—ya verás quién te la envía.—
Ya se cumplen los
siete años,—siete años menos un día.
—Ya es
tiempo, la madamita,—ya es tiempo, la vida mía,
ya es tiempo, la
madamita,—que mudemos esta vida:
tú, si te quieres
casar,—buen marido te daría;
si te quieres meter
monja,—yo también te metería.
—Yo no me
quiero casar;—meterme monja quería.—
Jesucristo trae el
manto,—la Virgen se lo ponía:
ya se rezan los
rosarios,—y nadie los rezaría;
ya se encendían las
velas,—y nadie las encendía;
ya se tocan las
campanas,—y nadie las tocaría.
Esta versión, publicada por D. Braulio Vigón en un periódico asturiano, es superior en general a las dos que figuran en el [p. 263] Romancero de M. P. con los números 68 y 69; pero carece de un pormenor muy poético que hay en una de ellas:
Cumplidos los siete
años—bajó la Virgen María:
—¿Cómo te va,
la mi esclava?—¿Cómo te va, esclava mía?
—A mí me va
bien, señora,—mas de sede me moría.
—Pues entre
los tus pies sale—una fuente d' agua fría:
bebe, bebe, la mi
esclava,—bebe, bebe, esclava mía.
63
La flor del agua.—I
Mañanita de San Juan—anda el agua de alborada.
Estaba Nuestra
Señora—en silla de oro sentada,
bendiciendo el pan
y el vino,—bendiciendo el pan y el agua.
—Dichoso
varón o hembra—que coja la flor d' esta agua.
La hija del Rey lo
oyera—de altas torres donde estaba;
si de prisa se
vestía,—más de prisa se calzaba.
—Dios la
guarde, la señora.—Doncella, bien seas hallada.
¿De quien es esta
doncella—bien vestida y bien portada?
—Soy hija del
Rey, señora;—mi madre Reina se llama.
—Para ser
hija de Rey—vienes mal acompañada.
—Yo me
viniera así sola—por coger la flor del agua:
metiera jarra de
vidrio—y de plata la sacara.
—¿Quién he de
decir, señora,—que me regaló esta jarra?
—Que se la
dió una mujer—de las otras extremada,
y para mejor
decir,—Nuestra Señora se llama.
—Pues ya que
es Nuestra Señora,—diga si he de ser casada.
—Casadita, sí
por cierto,—y muy bien aventurada;
tres hijos has de
tener,—todos cinguirán espada:
uno ha ser Rey de
Sevilla,—otro ha ser Rey de Granada,
y el más chiquito
de todos—será Príncipe de España:
y una hija has de
tener:—será Reina coronada.
La niña que tal
oyera,—se cayera desmayada.
La coge Nuestra
Señora—en regazos de su saya.
Estando en estas
razones,—allí su hijo llegara:
—¿Qué tiene
ahí la mi madre—en regazos de la saya?
—Aquí tengo
una doncella—que en palacio está sentada.
Anda, llévala, hijo
mío,—al palacio donde estaba.
La flor del agua. —II
Mañanita de San Juan,—mañanita linda y clara,
cuando las perlas
preciosas—saltan y bailan en agua,
la Virgen Santa
María—de los cielos abajaba
con un ramo entre
las manos—y un libro po'l que rezaba.
La Virgen, como es
tan buena,—presto bendijera l' agua:
—Dichosa sea
la doncella—que coja la flor d' esta agua.—
La hija del Rey lo
oyera—de altas torres donde estaba;
muy de prisa se
vistiera,—muy de prisa se calzara;
más de prisa se
pusiera—donde la Virgen estaba.
.........................................................................
La Virgen, como es
tan buena,—jarro de oro le prestara,
y lo metiera en la
fuente:—sacara la flor del agua.
La hija del Rey que
tal viera,—en el suelo se desmaya.
....................................................................
—Recuerde la
hija del Rey,—recuerde con mi palabra.
—Yo le quería
decir—solamente una palabra:
si tengo de ser
soltera—o tengo de ser casada.
—Casadita, sí
por cierto,—mujer bien aventurada;
tres hijos has de
tener,—todos han regir espada.
Hay otras variantes del mismo romance (núms. 70 y 71 de la colección del Sr. Menéndez Pidal), que comienzan:
Mañanita de San
Juan,—cuando el árbol floreaba.
............................................................................
Mañanita de San
Juan,—cuando el sol alboreaba.
............................................................................
Mañanita de San
Juan—anda el agua de alborada.
Pero hemos preferido la tercera variante del Sr. Menéndez Pidal y la que recogió en Colunga D. B. Vigón, que, aun siendo incompleta, parece la más sencilla y primitiva. Todas las demás tienen extrañas adiciones; por ejemplo:
Has de tener siete
hijos,—todos ceñirán espada:
uno ha ser Rey en
Sevilla,—otro serálo en Granada;
y has de tener una
hija—para monja en Santa Clara.
Has de tener siete
infantes,—los siete Infantes de Lara:
los ha de matar el
turco—un lunes por la mañana.
Aunque te los mate
todos,—non te llames desdichada;
que has de tener
una hija—monjita de Santa Clara.
En teniendo aquella
hija—te tengo arrancar el alma,
y te llevaré a los
cielos—en silla de oro sentada.
Este romance, a pesar de su adaptación cristiana, conserva los restos de una antigua superstición de las que iban unidas con la fiesta del solsticio de verano y se reproducen en la del Precursor San Juan Bautista. La llamada flor del agua tiene, según la creencia popular, la virtud de hacer que se case dentro de un año la primera doncella que la recoge en la mañana de San Juan.
65
El labrador y el pobre
Caminaba un labrador—tres horas antes del día,
y se encontró con
un pobre—que muy cansado venía;
el labrador se
apeaba,—y el pobre se montaría.
Le llevó para su
casa,—y de cenar le daría:
de tres panes de
centeno,—porque de otro no tenía,
cada bocado que
echaba—de trigo se le volvía.
A eso de la media
noche,—que el labrador no dormía,
se levantaba en
silencio—por ver lo que el pobre hacía.
Le estaban
crucificando:—la cruz por cama tenía.
¡Oh quién lo
hubiera sabido!—Yo mi cama le daría.
[1]
El cautivo
—Canta, moro, canta moro,—canta, moro, por tu vida.
—¿Cómo he de
cantar, señora,—si entre gentes no podía?
—Canta, moro,
canta, moro,—yo te lo remediaría.—
De las damas y
doncellas—la niña se despedía:
—Adiós, damas
y doncellas—que andáis en mi compañía;
y si os pregunta mi
padre—de lo bien que me quería,
que él se ha tenido
la culpa—que yo marche
pa Turquía.
A eso de la media
noche,—cuando amanecer quería,
marchan los
enamorados—para el reino de Turquía.
En los brazos de
Leonardo—la niña se adormecía.
—Despierta,
niña, despierta,—despierta por cortesía,
despierta, niña,
despierta,—que ya vemos a Turquía.
—¿De quién
son aquellas torres—que relucen en Turquía?
—Una era la
del Rey,—otra de Doña María,
otra es la de mi
esposa,—de mi esposa Lazandría.
—Por Dios me
digas, Leonardo,—por Dios y Santa María,
o me llevas por
mujer—o me llevas por amiga.
—Por esposa
no por cierto,—que esposa yo otra tenía;
la vida tengo de
hacerte—que a mí tu padre me hacía:
tengo darte de
comer—a donde el cerdo comía;
tengo de hacerte la
cama—a donde el galgo dormía.—
La niña desque esto
oyera—ya se puso de rodillas:
—¡Oh, Virgen
de Covadonga,—Señora adorada mía,
por Dios, señora,
te pido—des al barco aquí otra vía!
Íbanse la mar
abajo,—vuélvense la mar arriba.
—¡Rema, rema,
remador,—rema, rema por tu vida!
—¿Cómo he de
remar, señor,—si la niña maldecía?
A eso de la media
noche,—cuando amanecer quería,
se hallan los
enamorados—en el reino de Sevilla.
—Ahora canta,
moro, canta,—que yo de ti me reiría.—
Nuestra Señora me
valga,—válgame Santa María.
[1]
[p. 168]. [1] . De suo, provincialismo asturiano por de suyo.
[p. 169]. [1] . Por corruptela popular Dona Clara, según advierte E. da Veiga.
[p. 170]. [1] . Triste, abatido, pesaroso.
[p. 171]. [1] . Según otra variante:
Corredor tras
corredor,—forase onde están dormindo:
erguía las portas
arriba,—por no hacer tanto ruido.
[p. 173]. [1] . Así se infiere de una carta firmada con las iniciales T. de C. e inserta en la Renaxensa (año 3.º, núm. 3):
«Ab tot no m' ha faltat paciensia per ferme cantar per una de aquestas juivas que encara sembla que conservan esma de la patria espanyola, lo romans de Girineldo que t' envio tan cabal com he pogut lograrlo, junt ab la tonada monótona ab que per tradició desde 'l segle XVI ó XVII l' acompanyan y que no deixa de recordar la mateisa ab que en certa part del nostre bon terral de Cataluña... lo havem sentit entonar per bocas femeninas. Sois que com veurás, lo que t' envio es mes llareh y 's parla en ell cap a l' ultim de la dona María Linares en qui s' torna la princesa y del capitá general «Conde Niño» com si fos lo mateix.... Girineldo que ha comensat
Cortando paño de seda—para hacer al rey vestidos....»
[p. 175]. [1] . T. Braga cita también, sin indicación de año ni de lugar, un libro en prosa donde se encuentra relatada la historia de Gerineldo: Hora de recreyo nas ferias de maiores estudos e oppressao de maiores cuidados. A juzgar por el título, debe de ser alguna colección de cuentos de fines del siglo XVII o principios del XVIII.
[p. 176]. [1] . Otras variantes dicen:
—Gerineldo,
Gerineldo,—una limosna dame
Mete mano en el su
bolso—y dos maravedís dale.
—Gerineldo,
Gerineldo,—¡qué poca limosna faces,
para la que en mi
palacio—antaño solías dare!
—Pelegrina
¿eres el diablo—que me vienes a tentare?, etc.
[p. 178]. [1] . Canti populari del Piemonte pubblicati da Constantino Nigra. Torino, 1888, pp. 263-266.
[p. 178]. [2] . Canti Monferrini, raccolti ed annotati dal Dr. Giusseppe Ferraro. Torino-Firenze, 1870, pp. 42-44.
[p. 178]. [3] . Chants populaires du Pays Messin, p. 33, y Petit Romancero, página 129.
[p. 178]. [4] . El erudito Child, a quien se debe la admirable colección que lleva por título The english and scottisch popular ballads (Boston, 1882-1886), opina que la balada es todavía más antigua que la leyenda, y, por consiguiente, anterior al siglo XIV. Trae de ella catorce lecciones diversas. (II, 454.)
[p. 179]. [1] . Esta palabra que en tal sentido no parece muy popular, quizá ha sido sustituida por el colector de estos romances, pudoris causa, en vez de alguna más expresiva que habría en el canto popular.
[p. 180]. [1] . Es una variante de Ribadesella Don Carlos de Montealbar.
[p. 183]. [1] . El uso frecuente de estos diminutivos familiares y mimosos es uno de los pocos rasgos de asturianismo que pueden encontrarse en estos romances.
[p. 185]. [1] . Recitado por doña Norberta Rivalla, natural de Bones (Ribadesella), Oviedo, 1885.
[p. 186].
[1]
.
En las Cortes de Leon—donde
está la xente grande
vivía una hermosa niña—de condición y
linaje.
Aun non tiene quince años—casarla
quieren sus padres:
pidenla Duques y Condes—pa con ella
maridarse, etc.
Así comienza la versión que de este romance hemos recogido en las montañas de Grado. Aunque poco distinto del que publicamos, cosechado por Amador de los Ríos en Luarca por los años del 50 al 60, preferimos éste como texto, por estar íntegro y aquél no; sin perjuicio de apuntar alguna variante que no debe ser relegada al olvido. (Nota del señor Menéndez Pidal.)
[p. 187]. [1] . Otra será. para mí—pues mi alma de penas sale.
[p. 187]. [2] . Estando 'n estas razones—oyera el gallo cantare.
[p. 190]. [1] . Contracción de fija.
[p. 190]. [2] . Te bautizaría, dice una variante recogida en Navia.
[p. 192]. [1] . Ambrosio de Morales, Crónica general de España, libro XIII, capítulo 49.
[p. 194]. [1] . Publicó la versión del Algarve (recogida por Reis Damaso) Teófilo Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil (II, 183). En el tomo I, páginas 25-27, está la versión brasileña.
[p. 194]. [2] . Tiene especial analogía con Don Bueso la canción alemana Annelein, citada por Puymaigre (Vieux Auteurs castillans, 1862, II, 363-364). Wolf, Proben portugiesischer und Catalanischer Volksromancen, Viena, 1856, cita al mismo propósito cantos suecos y daneses, la balada escocesa de La Bella Aldelheid, etc., etc.
[p. 197]. [1] . En la variante de este romance que con el título de Las hijas de Conde Flor publico Amador de los Ríos en la Ilustración Española y Americana (septiembre de 1870), la acción es algo más extensa.
Nosotros no hemos podido encontrar ninguna variante distinta de las que incluímos en este Romancero, quizá porque el pueblo las ha olvidado. He aquí el final de la variante a que nos referimos:
La reina, de que esto oyera
fizo grandes alegrías;
e como lo vido el Rey
deste modo la decía:
—¡Qué avedes, la mi mujer,
que avedes esposa mía!
—Que entendí tener esclava
e tengo hermana querida.
—Casaremos la tu hermana,
que yo un hermano tenía.
—Non lo quiera Dios del cielo
nin la virgen lo permita.
Grande vergoña e ludibrio
para mi sangre sería,
¡las hijas del Conde Flores
maridar en moraría!
Dexad, rey, que 's torne luego
a su tierra la cativa:
non querades que vos mienta
como yo siempre os mentía,
ca en el ruedo de la saya
traigo la Virgen María,
que me amprea y me defienda
contra las vuestras mentiras.
María a quien rezo el rosario
una vez en cada día:
eso mesmo a medianoche,
cuando la gente dormía.—
El rey moro que lo supo,
mudó el color de la ira;
las hijas del Conde Flores
en torre escura metía.
Siete años y las toviera
siete años y las tenía;
al llegar la media noche,
amas hermanas morían.
Al pasar, que se pasaban
llorando entrambas decían:
—«Virgen Madre, Virgen Madre,
que non oviste mancilla,
hed piedad de los corderos,
que entre fieros lobos fincan:
dad amparo a nuestros fijos
que salgan de morería.»
(Nota del Sr. Menéndez Pidal.)
[p. 200]. [1] . Según otra versión
Por los jardines del Rey—se pasea la Reina, etc.
[p. 203]. [1] . Los versos a que apuntamos esta nota, son muy parecidos a los siguientes del romance de La linda Melisendra, que es el 198 de la Primavera y Flor de romances de Wolf:
—Si dormis las mis doncellas—si dormides, recordad.
[p. 203]. [2] . —Moriscos, los mis moriscos,—los que ganais mi soldada.
[p. 205].
[1]
. —Si es el Conde
Olinos, hija—yo le mandaré matar.
—Non lo mande matar
madre,—non me lo mande matar:
si matan al Conde
Olinos—a mi me han de degollar.—
Uno muriera a las doce,—y
el otro al gallo cantar;
uno fué enterrado en coro,
etc.
[p. 205]. [2] . Enturbiar, ensuciar.
[p. 212]. [1] . Entrugar, preguntar, de interrogo.
[p. 213]. [1] . Chants populaires de la Gréce moderne (colección del Conde de Marcellus ) . París, 1860, pp. 155-162-163.
[p. 213]. [2] . Véase la titulada Liebes probe en el Deutsche Balladenbuch. Leipzig, 1858, p. 14
[p. 213]. [3] . Ya Almeida Garrett mencionó oportunamente una que está en Percy, Reliquies of ancient english poetry, London, 1823, sect. II, book I, pág. 261.
[p. 213]. [4] . Chansons populaires des provinces de France, por Champfleury y Wekerlin. París, 1860, p. 195.— Études sur la poésie populaire en Normandie, por E. de Beaurepaire. París, 1856, p. 76.— Chants et chansons populaires des provinces de l'Ouest, por Bujeaud. Niort, 1866, II, p. 215.— Chants et chansons populaires du Pays Messin, por el Conde de Puymaigre. París, 1869, p. 8. —Romancero de Champagne, por Tarbé. Reims, 1863, II, páginas 2-221.
[p. 214]. [1] . Barzaz Breiz: Chants populaires de la Bretagne, recueillis, traduits et annotés par le Vicomte Hersart de la Villemarqué. 6.4 ed. París, 1867, páginas 146-150.
[p. 214]. [2] . Véase noticia de todas estas variantes en la obra monumental de Nigra, pp. 317-318.
[p. 217]. [1] . El Romancero General dado a luz por nuestro docto y buen amigo el Sr. Durán (Tom. I, pág. 152, Madrid, 1851) tiene un romance al mismo asunto, el cual empieza:
De Franca partió la
niña,
de Francia la bien
guarnida, etc.
Ofreciendo también al lado de esta versión anónima otra de Rodrigo de Reinosa, versificador del siglo XVI. El Sr. Durán opinaba, al dar a la estampa su Romancero, que este romance «es de origen francés, e imitación de alguna trova caballeresca».
En el mismo año que salía a luz el Romancero del Sr. Durán, publicaba el suyo en Lisboa el docto Almeida Garrett, incluyendo en el tomo II otra versión de este canto, popular en Asturias, y teniéndolo, de igual modo que el crítico español, como originario de Francia (pág. 30).
Fúndanse, sin duda, ambos escritores en los siguientes versos, conservados en una y otra versión casi con las mismas palabras:
—Sou filha d' el
rey de França
e da rainha
Constantina.
En la versión asturiana, que ofrece notables vestigios de antigüedad respetable, nada hay, sin embargo, que se refiera a Francia; el color local de todo el romance, y la descripción con que empieza, sobre todo, huelen a montaña, dando a entender que si esta leyenda penetró en Asturias derivándose de la literatura caballeresca, se fundió allí en el molde común de los cantos populares antes de que tomase en Castilla y en Portugal carta de naturaleza. Las versiones recogidas por Durán y Garrett, son, en efecto, más artísticas que la asturiana, por vez primera recogida y dada a luz por nosotros. Durán puso a este romance título de La Infantina, Garrett lo imprimió con el de A Infeitiçada.—(N. de Amador de los Ríos.)
[p. 220]. [1] . Vieux Auteurs Castillans, II, 251. Otras canciones francesas pueden verse indicadas en el Petit Romancero del mismo autor, 140, y en otro libro posterior suyo que lleva por título Folk-Lore (París, 1885). Una de estas poesías populares francesas (vid. Vaux de Vire de Olivier Basselin, París, 1858) que parece remontarse al siglo XV, tiene evidente semejanza con nuestras versiones peninsulares:
Quand elle fut au bois
si beau;
d' amour y l'a
requise:
je suis la fille
d'un mézeau (leproso)
de cela vous
advise.
Cf. A. Gasté, Chants Normands du XV siècle... 1866, pág. 72.
Con la su rueca en la cinta—pocas ganas de filar.
Las ventanas de mi padre—cubiertas de luto están.
[p. 227]. [1] . De triyar, trillar. En bable se sustituye en muchas ocasiones la ll con la y, que después suelen suprimir en la pronunciación como en el presente caso. Así continúan pronunciando los judíos españoles residentes en Viena. (Nota del Sr. Menéndez Pidal.)
[p. 231].
[1]
. Vió venir al Rey
Cien-hilos—por la calle empedreada.
—Toma, llévame este niño—a
criar a una buen ama,
de la color morenita—y de la leche
delgada;
non te vayas por la calle,—vete por
la rodeada, etc.
(Variante del Espin, Navia)
[p. 232]. [1] . «Versión recogida en Colunga.
»Dos variantes de este romance inserta nuestro querido amigo D. Juan Menéndez Pidal en su notable Romancero asturiano (núms. 43 y 44, Doña Urgelia y Doña Enxendra). Su lección se distingue poco de la nuestra: en ésta la dama se vale de un hermano suyo para sacar de casa el recién nacido, mientras que en las versiones citadas Doña Urgelia entrega su hijo a un mancebo incógnito, y Doña Enxendra
a su namorado llama
para que le preste análogo servicio.
La variante del texto, en nuestra humilde opinión, aparece más poética en cuanto resulta más viva la creencia popular sostenida en el romance, y a la cual se refiere este cantar:
En el campo hay una
hierba
que la llaman la
borraja;
toda mujer que la
pisa
luego se siente
preñada.
B. Vigón.
(Este señor publicó el romance en un periódico asturiano.)
[p. 239]. [1] . Otra versión de Lombardía.
[p. 241]. [1] . Aunque este romance no es de los mejores, no he querido omitirle porque tiene reminiscencias de El Conde Alarcos. Pero todavía es mayor su semejanza con la canción de La inocente acusada, que es muy vulgar en Cataluña (versiones bilingües, y aun casi enteramente castellanas en Milá (núm. 248). Briz la publica con el título de La Contessa de Floris (V, 13), Aguiló con el de Les dues Dianes (núm. V).
[p. 245].
[1]
. Miente, miente la
Gayarda,—y toda la gallardía:
que una era de mi padre—la barba le
conocía;
y otra era de mi hermano,—la prenda
que más quería.
(Variantes de
Llamas, Aller.)
[p. 247]. [1] . Del latín porrigere, extender, alargar. (Nota del Sr. Menéndez Pidal.)
[p. 249]. [1] . Una preciosa variante recogida a última hora en Rivadesella, comienza así:
En el jardín de
Cupido—se paseaba Sildana:
su padre la envió a
llamar—por un paje que tenía.
—¿Qué me
quiere mi buen padre:—mi padre qué me quería?
—Que te
sientes a mi mesa—para hacerme compañía, etc.
[p. 253]. [1] . Almeida-Garrett (II, 129-135).—T. Braga (Rom. Ger., 34-37).—Cantos populares do Archipelago Açoriano (202-208).—Romanceiro da Madeira (141-150).
[p. 256]. [1] . Dice una variante recogida en Goviendes (Colunga):
Metió la mano en el
pecho,—sacó un puñal que traía,
para matarse con
él—y echarse en su compañía.
Al tiempo de dar el
golpe,—el brazo se detenía.
—¿Quién me
detiene mi brazo;—quién a mi me detenía?
—Era la
Virgen, Don Juan,—era la Virgen María:
que le tienes
ofrecido—un rosario cada día.
—Ahora le
ofrezco dos—si resucita la niña.—
Oyera una voz del
cielo,—que estas palabras decía:
—«Logra la
niña, Don Juan,—que para ti fué nacida.»
[p. 258]. [1] . Garret (II, 83-95).—T. Braga (Rom. Ger., 58-60) .—Cantos populares do Archipelago Açoriano (285-297), cinco versiones.— Romanceiro do Algarve (45-52): el colector Estacio da Veiga dice que reunió hasta once lecciones, entre las cuales no había dos idénticas, pero no publica más que una.— Romanceiro da Madeira (238-249), tres versiones.— Cantos populares do Brazil (I, 20-23), dos versiones.
[p. 259]. [1] . Obras completas, tomo V.— Opúsculos literarios, segunda serie, página 339.
[p. 261]. [1] . Hay una variante muy inferior, de más moderno y vulgar estilo, que comienza
Por los campos de
Castilla—se pasea una romera.
(Núm. 64 de la Colección del Sr. Menéndez
Pidal.)
En esta versión la romera no es la Virgen, sino la Magdalena:
Oyó una voz por el
aire—que a los cielos se subiera:
—Mal año para
los hombres—y el fardo que Dios les diera,
que se quieren
namorar—n'a bendita Madalena.
Otro romance de la Soledad de María comienza en términos análogos a muchas versiones populares del romance de Silvana:
Por los jardines del
cielo—se pasea una doncella
blanca, rubia y
colorada,—relumbra como una estrella...
[p. 265]. [1] . Recogido por D. Ramón Menéndez Pidal en Pajares-Lena.
Es curioso, porque marca la transición del romance novelesco al devoto.
En la preciosa colección de su hermano D. Juan hay otros varios romances que omitimos, en los cuales se observa el mismo fenómeno; v. gr., uno de la Pasión, que comienza:
Navegando va la
Virgen,—navegando por la mar;
los remos trae de
oro,—la barquilla de cristal.
El remador que
remaba—va diciendo este cantar:
«Por aquella cuesta
arriba,—por aquel camino real,
por el rastro de la
sangre,—a Cristo hemos de encontrar...
Aquí hay, como se ve, reminiscencias de El Conde Arnaldos y de uno de los romances caballerescos de Durandarte.
[p. 266]. [1] . L. Giner Arivau, Folk-Lore de Proaza, contribución al Folk-Lore de Asturias, en el tomo 8.º de la Biblioteca del Folk-Lore Español, Madrid, 1886, pp. 149-151.
Hay en este romance algunas reminiscencias del de Don Duardos de Gil Vicente (núm. 288 de Durán):
Al son de los dulces remos—la Infanta se adormecía.