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Datos del fragmento

Texto

                                          1

                                   El penitente.—I

        Yendo yo cuesta abajo,—volviera cuestas arriba;
       y encontrara un ermitaño—que vida santa facía.
       —Por Dios le pido, ermitaño,—por Dios y Santa María
       no me niegue la verdad—ni me diga la mentira;
       si el que trata con mujeres—tiene la gloria perdida.
       —La gloria perdida nó,— ni siendo cuñada o prima,
       —Yo traté con una hermana—y tambien con una prima,
       y, para mayor pecado,—con una cuñada mía.
       Estando en estas razones,—se oyó una voz que decía:
       «confiésalo, el ermitaño,—por Dios y Santa María,
       y dale de penitencia—conforme lo merecía.»
       Confesóle el ermitaño;—pena grande le ponía,
       y lo diera penitencia—con una culebra viva.
       La culebra era serpiente—que siete bocas tenía;
       con la más chiquita d' ellas—a la gente acometía.
       —Quien le quiera ver morir—traiga una vela encendida.
       Por deprisa que llegaron—ya el penitente moría.
       Ya se tocan las campanas,—¡campanas, oh maravilla!
       por l'alma del penitente—que para el cielo camina.

                                                 2

                                   El penitente.—II

        Allá arriba en alta sierra,—alta sierra montesía,
       donde cae la nieve a copos—y el agua menuda y fría,
       habitaba un ermitaño—que vida santa facía.
       Allí llegó un caballero,—desta manera decía:
        [p. 168] —Por Dios le pido, ermitaño,—por Dios y Santa María,
       que me diga la verdad—y me niegue la mentira;
       si hombre que trata en mujeres—tendrá el ánima perdida.
       —L'ánima perdida no,—non siendo cuñada o prima.
       —¡Ay de mí, triste cuitado;—qu' esa fué la mi desdicha!
       pues traté con una hermana—y tambien con una prima.
       Confiéseme, el ermitaño,—por Dios y Santa María,
       y deme de penitencia—conforme la merecía.
       —Confesar, confesaréte,—absolverte non podía.
       Estando 'n estas razones,—se oyó una voz que decía:
       «Confiésalo, el ermitaño,—por Dios y Santa María,
       y dale de penitencia—conforme lo merecía.»
       Metiéralo en una tumba—donde una serpiente había
       que daba espanto de verla,—siete cabezas tenía:
       por todas las siete come—por todas las siete oía.
       El ermitaño era bueno,—y a verlo va cada día.
       —¿Cómo te va, penitente—con tu buena compañía?
       —¡Cómo quiere que me vaya,—pues que ansí lo merecía!
       De la cinta para abajo,—ya comido me tenía;
       de la cinta para arriba—luego me comenzaría.
       El que quiera ver mi muerte—traiga una luz encendida.
       Cuando llega con la luz,—ya el penitente moría.
       Las campanas de la gloria—ellas de sou [1] se tanguían
       por l' alma del penitente—que pra los cielos camina.

Estos dos romances, que en rigor son uno solo con variantes, pertenecen a la importante clase de los que, siendo al principio históricos, se transformaron luego en novelescos. Aunque en ellos se omite el nombre del penitente, basta compararlos con el romance 7.º de la Primavera de Wolf para comprender que se refieren a la penitencia del rey D. Rodrigo. El asonante es el mismo en los tres romances, y hay bastantes versos que con leve diferencia son comunes a las tres versiones. Apuntaremos algunos del texto de Wolf para que se compare con el de la tradición asturiana:

       Porque en todo aquel desierto—solo una ermita había
       donde estaba un ermitaño—que hacía muy santa vida...
       ..............................................................................
       No recibas pesadumbre,—por Dios y Santa María.
       ................................................................................
        [p. 169] Fuéle luego revelado—de parte de Dios un día
       que le meta en una tumba—con una culebra viva.....
.............................................................................

Aquí acabó el rey Rodrigo—al cielo derecho se iba.....

Como rasgos muy primitivos de esta leyenda pueden considerarse el valor simbólico y supersticioso ligado al número siete; y el entierro con la culebra viva, que a varios críticos ha hecho recordar el Edda escandinavo, donde Gunnar es arrojado al pozo de las serpientes, y una de ellas le roe el corazón.

Ni el romance de las colecciones antiguas (que es juglaresco y lánguido), ni las versiones tradicionales asturianas, que tienen más viveza y conservan interesantes pormenores poéticos, pueden considerarse como originales. Unas y otras proceden, segun toda verosimilitud, de un romance viejo que se perdió, y éste, a su vez había salido de la Crónica novelesca de D. Rodrigo, escrita por Pedro del Corral en el siglo XV.

Y ya que se trata de romances relativos a la pérdida de España, no he de omitir uno del Conde D. Julián (llamado también del Conde de Ceuta), que sólo se conoce en portugués, y que trae Estacio da Veiga en su Romanceiro do Algarve (p. 5):

       Dom Rodrigo, Dom Rodrigo,
       reí sem alma e sem palavra,
       com a vida pagas hoje
       a traiçao de Dona Cava. [1]
       Don Juliano lá em Ceita,
       lá em Ceita a bem fadada,
       a jurar está vingança
       pelas suas mesmas barbas.
       Nao estivera elle enfermo,
       ja com armas se voltára,
       que onde Juliano chega,
       ninguem chega nem chegára;
       cavalleiro de armadura
       nao se lhe mostre com armas,
       que fadado foi Juliano
       para só vencer batalhas!
       Sete noites pensa o conde,
       todas las sete pensará
       como poderá vingar-se
       de quem tanto o magoára
       que escrever, mas nao pode,
       por seus servos rebradára,
       ao mais velho escrever manda
       e o conde a carta notava;
       mal acaba de escrever-se,
       ao rei moiro a enviava.
       Na carta lhe dava o conde
       todo o reino de Granada,
       se logo ao campo mandasse
       sua gente bem armada,
       para vingar sua filha,
       qu' el rei godo deshonrára.
       Mal recebe el rei la carta,
       sua gente aparelhava
       para vingar Juliano,
        para conquistar Granada.
        [p. 170] ¡Triste Hispanha, flor do mundo,
       tao nobre e tao desgraçada!
       Por vingança de un tredor
       serás dentro em pouco escrava!
       Tuas cidades e villas
       todas te serao ganhadas!
       Andalusía nao ha de
       dar-te mais vida, mais alma!
       Terras bemditas sao logo
       de perros moiros cercadas;
       o triste de Dom Rodrigo
       ao campo vai dar batalha,
       mas lo tredor de Dom Oppas
       tudo alli Ihe atraiçoara.
       Grande senhor de Moraima
       commandava grande armada;
       pondo o pe em terra firme
       toda a terra conquistava;
       o sange ja era tanto
       que todo o campo ensanguava.
       Assim perde Dom Rodrigo
       a sua grande batalha,
       tamben perde Andalusia,
       e tambem perde Granada;
       Guadalete outra nao vira
       tao fera e tao pelejada!
       Toda Hispanha se converte
       en poderosa Moirama.
       Dom Juliano e Dom Oppas
       Dona Cava assim vingavam!

Este romance, sea o no traducción del castellano, tiene trazas de ser muy moderno. Su estilo, nada popular, le hace altamente sospechoso.

       3
Gerineldo. —I

       —Gerineldo, Gerineldo,—paje del Rey más querido;
       ¡dichosa fuera la dama—que se casara contigo!
       —Porque soy criado suyo;—¡cómo se burla conmigo!
       —Non me burlo, Gerineldo;—advierte lo que te digo:
       a las doce de la noche—echa a andar para el castillo,
       desque mi padre y mi madre— estéan adormecidos.
       Aún no eran dadas las doce—ya llamaba en el postigo.
       Mas la Reina, con ser Reina,—aun no se había dormido.
       —Levántate, buen Rey,—levántate conmigo;
       o nos roban la Infantina,—o nos roban el castillo.
       Levantárase el buen Rey—con un camison vestido;
       cogió la espada en la mano,—y echó a andar por el castillo...
       Topólos boca con boca—como mujer y marido:
       alzó los ojos arriba, y dixo:—¡Válgame Cristo!
       yo si mato a la Infantina—queda mi reino perdido;
       y si mato a Gerineldo...—¡criélo desde muy niño!
       Puso la espada entre ambos:—Esta será buen testigo.
       A otro día de mañana—Gerineldo aborrecido. [1]
        [p. 171] —¿Tú que tienes, Gerineldo;—tú que tienes, paje mío?
       ¿Hízote mal el mi pan,—o te hizo mal el mi vino?
       —Non me hizo mal vuestro pan,—nin me hizo mal vuestro vino;
       falta un cofre a la Infantina—y a mi me lo habían pedido.
       —¡Dese cofre, Gerineldo,—la mi espada es buen testigo!...
       O te has de casar con ella—o la has de buscar marido.
       —Señor, mi padre non tiene—ni para echarla un vestido.
       —Echáselo de sayal—pues ella lo ha merecido.

                                           4

                                   Gerineldo.—II

        Gerineldo, Gerineldo,—paje del Rey más querido;
       ¡quién me diera, Gerineldo,—tres horas hablar contigo!
       —Como soy criado suyo,—señora, os burlais conmigo.
       —No me burlo, Gerineldo,—que de veras te lo digo.
       —Pues ya que me hablais de veras,—¿a qué hora vendré al castillo?
       —De las once pa las doce—al cantar del gallo pinto.
       De las once pa las doce,—Gerineldo fué al castillo;
       zapatos lleva en la mano—sin ser de nadie sentido.
       Anduviera siete puertas—hasta encontrar un postigo:
       cuando al postigo llegaba,—Gerineldo dió un suspiro.
       —¿Quién es eso quo a mi puerta,—que a mi puerta dió un suspiro?
       —Gerineldo soy, señora,—que vengo a lo prometido.
       Cogiérale por la mano;—para dentro le ha metido:
       se acostaron los dos juntos—como mujer y marido.
       Despertárase el buen Rey—de un sueño despavorido.
       «O Gerineldo se ha muerto,—o hay traición en el castillo.»
       Un paxarin respondiera,—que es de Gerineldo amigo:
       «Ni Gerineldo se ha muerto,—ni hay traición en el castillo;
       Gerineldo va en el baile,—porque es hombre divertido.»
       Buscaba el Rey las espadas,—las espadas de más filo:
       cogiera el Rey la dorada—y echó a andar por el castillo. [1]
       Topó con los dos durmiendo—como mujer y marido.
       Alzó los ojos al cielo,—y dijo: «¡Válgame Cristo!
       Yo si mato a la Infantina,—mi reinado está perdido;
       y si mato a Gerineldo...—¡criélo desde chiquito!
       Pondré la espada entre ambos—y ella será fiel testigo.»
       Con el frío de la espada—la Infanta ha espavorecido.
       —Levántate, Gerineldo,—que los dos somos perdidos;
        [p. 172] vé la espada de mi padre—que entre los dos la ha metido.
       Márchate sin que te sientan—por el mi jardin florido,
       y escóndete entre las ramas—para no ser conocido.
       Con el buen Rey se topara—en el medio del camino.
        —¿Tú que tienes, Gerineldo,—que vienes descolorido?
       —Perdiera un cofre la Infanta—y a mi me lo habían pedido.
       —Dese cofre que tu dices,—mi espada será testigo...
       O te has de casar con ella,—o la has de buscar marido.
       —Yo casárame con ella;—pero no querrá coomigo;
       que mis posibles no son—ni para echarla un vestido.
       —Comprálo de paño pardo;—pues así lo ha merecido.
       —De paño pardo, no tal;—¡de terciopelo... no digo!

                                                    5

                                       Gerineldo.—III

        —Gerineldo, Gerineldo,—mi caballero pulido;
       ¡dichosa fuera la dama—que se folgara contigo!
       —Se burla de mí, señora,—porque a su mandado vivo...
       —Non me burlo, Gerineldo,—que de veras te lo digo:
       a las diez se acuesta el Rey—y a las once está dormido.
       A eso de las once y media,—Gerineldo se ha vestido.
       Puso zapatos de seda,—porque no fuese sentido,
       y al cuarto de la Infantina,—sus pasos ha dirigido;
       y llamando en la su puerta—d' esta manera la dijo:
       —Abráisme, señora mía,—abráisme, cuerpo garrido.
       —¿Cuál es el hombre traidor,—cuál es el hombre atrevido
       que deshora de la noche,—sube a rondar mi postigo?
       —Gerineldo soy, señora,—que vengo a lo prometido.
       Juegos van y juegos vienen,—juegan a brazo partido,
       juegos van y juegos vienen,—los dos se quedan dormidos.
       Despertárase el buen Rey—con un sueño que ha tenido:
       a eso de las cuatro y media—el Rey pidió su vestido;
       non se lo dá Gerineldo,—y él solo se lo ha cogido.
       Para el cuarto de la Infanta—sus pasos se han dirigido...
       Hallólos boca con boca—como mujer y marido.
       Alzó los ojos arriba,—y dijo: «¡Válgame Cristo!
       ¡Si matare a la Infantina—está mi reino perdido!»
       Desenvainando la espada—entre los dos se ha metido.
       Recordado había la Infanta—y la espada conocido.
       —Levántate, Gerineldo,—que los dos somos perdidos;
       ¡pues la espada de mi padre—ha servido de testigo!
       Levantóse Gerineldo—muy triste y muy afligido;
       para el cuarto del buen Rey—sus pasos ha dirigido.
        [p. 173] —¿Dónde vienes, Gerineldo,—tan triste y tan afligido?
       —Vengo del jardín, señor,—de coger rosas y lirios.
       —Non lo niegues, Gerineldo,—que con la Infanta has dormido.
       —Déme la muerte buen Rey;—ella la culpa ha tenido.
        —Non te mato, Gerineldo;—que te crié de muy niño.
       Para mañana a las doce—seréis mujer y marido.
       —Señor, mi padre no tiene—ni para echarla un vestido.
       —Echáselo de sayal—pues ella así lo ha querido.
       —Yo iré a la guerra, señor,—para echárselo mas fino.

Tres son las versiones asturianas recogidas hasta ahora del romance de Gerineldo, uno de los más populares en todas las comarcas españolas, y origen del dicho vulgar más galán que Gerineldo. Cántanse los amores de Gerineldo en Asturias, en Portugal, en Andalucía, en Extremadura, en Cataluña, en las comunidades judías de Levante, y también entre los hebreos de Marruecos. [1] Durán y Wolf insertaron dos versiones (núms. 161 y 161 bis de la Primavera), tomada la primera de un pliego suelto gótico de 1537, y la segunda de otro mucho más moderno. A estos dos romances hay que añadir otro de la Tercera parte de la Silva de Zaragoza, 1551 (vid. núm. 46 del apéndice al tomo anterior. [Ed. Nac. vol. IX]). Prosigue imprimiéndose todavía, para uso del pueblo, una redacción de cordel, lastimosamente estropeada y vulgarizada, que lleva por título Canción nueva del Gerineldo, en la que se expresan los amores y fuga de un oficial ruso con la bella Enilda, sultana favorita del Gran Señor.

Las versiones orales castellanas irán apareciendo en el curso de este libro. En portugués conozco las siguientes:

[p. 174] a) Versión de Tras-os-Montes, publicada por Teófilo Braga (R. G. pp. 18-20). Se Llama al paje Gerinaldo.

b) Romance de Gerenaldo, tradicional en la isla de San Miguel (Azores), impreso en los Cant. Pop. do Arch. Açor. páginas 265-267.

c) Romance de Girinaldo, tradicional en la isla de San Jorje (Cant. Pop. do Arch. Açor. pp. 26~270).

d) Estoria de Gerinardo, tradicional en la isla de la Madera, publicado por Álvaro Rodrigues de Azevedo (Rom. do Arch. da Mad. pp. 63-66).

e) Otra variante de la misma isla, con el título de Gerinaldo (66-68).

/) Tercera variante del Archipiélago de la Madera con el título de Leonardo (pp. 69-72).

g) Reginalgo, lección de Almeida-Garrett (Rom. II, pp. 163-17), que viene a ser una taracea de varios fragmentos procedentes de Extremadura, Alemtejo, Beira y Minho. La última parte de este centón nada tiene que ver con Gerineldo, y A. Garrett pudo haberlo advertido hasta por el cambio de metro. En el Algarve se canta como romance independiente (E. da V., pp. 123-133) y tiene mucha analogía con el de Vergilios.

Además de los nombres que ya hemos consignado, recibe el famoso héroe de estos romances, en el Alemtejo, el de Generaldo, y en la Beira el de Eginaldo, que parece el más próximo al del historiógrafo (supuesto yerno) de Carlomagno, Eginardo, a cuyos legendarios amores con Emma, hija de aquel emperador, aluden estos romances, según opinión comúnmente aceptada y muy verosímil, aunque no libre de dificultades.

Todos estos romances portugueses coinciden en substancia con los de Asturias, y tienen el mismo asonante que ellos, lo cual indica su origen común, o más bien, su identidad primitiva. Por cierto que este romance es uno de los que más abiertamente contradicen la caprichosa teoría del Conde Nigra, que pretende clasificar los romances por sus asonancias, considerando como indígenas los que tienen terminaciones llanas y como de procedencia extranjera los que las presentan agudas. Los romances de Gerineldo, a pesar de su indudable origen transpirenaico, tienen asonantes paroxítonos; y por el contrario, muchos romances [p. 175] históricos, de cuyo carácter nacional y exclusivamente castellano no duda nadie, están compuestos en asonantes oxítonos. Nada más fácil, pero nada tampoco más arriesgado que teorizar en materias de poesía popular, más sujetas a incertidumbre que ninguna otra materia literaria.

La versión publicada por Almeida-Garrett difiere, en muchos pormenores y amplificaciones, de todas las demás conocidas, pero ya hemos indicado la poca fe que merece. En cuanto a los demás textos portugueses, asturianos, andaluces, etc., las leves diferencias que entre ellos hay se explican no solamente por el natural proceso de la poesía popular, sino por el cruzamiento con los romances análogos del Conde Claros [1] y aun con otros de diverso argumento. Algunos contienen rasgos epigramáticos que parecen indicio de una tradición menos pura.

El romance de Gerineldo, como otros muchos romances castellanos, pasó no solamente a Portugal, sino a Cataluña, donde todavía se canta en castellano, más o menos estropeado. Más adelante reproduciremos los fragmentos de dos versiones dadas a conocer por Milá (núm. 269 del Romancerillo), el cual habla también de una tercera versión más catalanizada, pero no la inserta. Es muy dudoso que exista ninguna enteramente catalana. La que trae Aguiló (núm. XXV), ha de tomarse a beneficio de inventario, pues tiene todas las trazas de ser composición artística del mismo Aguiló sobre el tema tradicional. El mismo la marca con el asterisco que emplea en todas las canciones de indudable origen castellano, de las cuales dice que «fueron traduciéndose por sí mismas».

                                                 [p. 176] 6

                                   El Conde del Sol

        Grandes guerras se publican—entre España y Portugal,
       y nombran a Gerineldo—por capitan general.
       —Adios, la Infantina, adios;—voime fortuna a buscar;
       si a los siete años no vuelvo,—con otro podeis casar.
       Los siete años han. pasado,—Gerineldo sin llegar.
       Vistióse de romerilla—y comenzóle a buscar.
       Siete reinos ha corrido,—sin que lo pudiese hallar:
       en el medio del camino—encontróse un rabadan.
       —Vaquerito, vaquerito,—por la Santa Eternidad;
       ¿de quién son esos ganados—con tanto hierro y collar?
       —De Gerineldo, señora,—que se esta para casar.
       ¡Cayó en suelo desmayada—las nuevas al escuchar!
       —Buen dinero te daré—si me llevas donde está.
       Cogiérala por la mano;—llevóla hasta su portal.
       Ella pide una limosna;—Gerineldo se la dá.
       —Romerita, romerita,—si hacia Francia caminais,
       direis a la Princesina—que ya se puede casar.
       —No está en Francia, Gerineldo,—que delante de tí esta.
       —Romera, ¿eres demonio—que me vienes a tentar? [1]
       —Gerineldo, no lo soy;—que soy tu esposa leal.
       Las bodas y los torneos—por Doña Elvira serán;
       la Princesa en un convento—su vida rematará.
       —Non será así, Princesina;—contigo quiero casar.
       Ya mandan a los criados—los coches aparejar;
       desque aparejados fueron—ya se parten, ya se van,
       para celebrar las bodas—en Francia la natural.

Aunque en esta variante asturiana (que por cierto es de las más abreviadas) se da al protagonista el nombre de Gerineldo, hemos puesto sin vacilar el título de El Conde del Sol, que es con el que más generalmente se conoce este romance, muy divulgado en varias partes de España, especialmente en Andalucía. Ya Durán y Wolf (núm. 135 de la Primavera) dieron a conocer una [p. 177] excelente versión de este origen, y otras añadiremos en su lugar respectivo. El trueque del Conde del Sol por Gerineldo es capricho de algún juglar y ejemplo curioso de contaminación o de soldadura de un romance con otro.

Uno de los romances portugueses más populares, tanto en el continente como en las islas, el de D. Martín de Azevedo o de la doncella que va a la guerra, del cual se han publicado ocho o diez versiones por lo menos, tiene en casi todas ellas idéntico principio que este romance castellano:

       Hoje se apregoam guerras entre
       França e Aragao...

Pero la semejanza se reduce a estos primeros versos siendo el asunto completamente distinto. Hasta ahora nuestro Conde del Sol no ha aparecido en la tradición portuguesa, y, por el contrario, el romance portugués no se encuentra en nuestras colecciones antiguas. Y, sin embargo, no puede dudarse que es de origen castellano, como ya lo reconoció lealmente Almeida Garrett. En el siglo XVI todavía los portugueses cantaban este romance en nuestra lengua, según testimonio de Jorge Ferreira de Vasconcellos en su Comedia Aulegraphia:

       Pregonadas son las guerras
       de Francia contra Aragón...
       ¿Cómo las haría triste,
       viejo, cano y pecador...

Versos que conforman admirablemente con estos de una de las variantes de la isla de la Madera:

       Hoje s'apregoam guerras
       de França contra Aragao.
       ¡Cuitado de mim! Sou velho;
       guerras ja p'ra mi na sao...

Los romances castellanos, al difundirse en Portugal y en Cataluña, se fueron traduciendo por sí mismos; pero la separación política fatalmente consumada en el siglo XVII hizo que este proceso de traducción avanzase más en portugués que en catalán, donde todavía los romances aparecen en una forma mestiza.

[p. 178] Tal acontece con las dos canciones que Milá tituló La boda interrumpida y La niña guerrera (núms. 244 y 245 del Romancerillo). En su lugar las transcribiremos, bastando advertir ahora que la primera corresponde al Conde del Sol, de la tradición asturiana y andaluza, si bien cambiando el nombre en Conde de Burgos y Conde Don Bueso, así como en otras versiones todavía más degeneradas se le llama Don Lombardo Ramírez, Don Llambago, Conde Elrico, Conde de Berjulita, etc.

La segunda canción, también mixta de castellano y catalán es el D. Martín portugués, trocado su nombre en Don Marcos. Aguiló, según su costumbre, formula ambos romances en muy buen catalán (núms. XIII y XXII), y ni siquiera les pone el asterisco que debían tener; pero es muy dudoso que ni uno ni otro existan en tal estado.

Por lo demás, ni una ni otra canción son indígenas de la Península, sino que pertenecen al fondo común de la poesía popular de Europa. Y limitándonos por ahora a la del Conde del Sol, es patente su analogía con la canción piamontesa Moran d' Inghilterra, de la cual ha publicado Nigra dos versiones [1] y Ferraro otra con el título de Morando, recogida en Monferrato. [2] Situaciones análogas se encuentran en cantos populares del país de Metz, del Franco-Condado y de otras provincias francesas, citados por Puymaigre, [3] y todavía más en la balada anglo-escocesa Susan Pye o Young Beichan, que puede leerse extractada en las notas del Sr. Menéndez Pidal a su Romancero. El Conde Nigra, insigne recopilador de los cantos piamonteses, que fué el primero en advertir esta analogía, se inclina a creer que la balada inglesa está fundada en la leyenda de Gilberto Becket, padre de Santo Tomás Cantuariense. [4] Admitido este fundamento histórico, puede [p. 179] conjeturarse que la balada inglesa pasó a Francia, y que desde Francia transmigró a España y a la alta Italia, siendo indicio de su remoto origen el nombre de Inglaterra que todavía se conserva en el canto piamontés.

Creo superfluo hacer notar que el argumento de este romance es precisamente inverso al del Conde Dirlos (núm. 164 de la Primavera ).

                                                   7

                                           Galanzuca

        —Galanzuca, Galanzuca,—hija del Rey tan galan,
       ¡quién te me diera tres horas,—tres horas a mi mandar!
       te besara y te abrazara—y no te hiciera otro mal.
       —Carlos, eres muy ligero; [1] — de mi te vas a alabar.
       —Non lo quiera Dios del cielo,—nin su Madre lo querrá;
       que mujer con quien yo holgara—della me vaya a alabar.—
       A otro día de mañana—al campo se fué a alabar.
       —Dormí con la mejor moza—que había en este lugar.—
       Míranse unas para otras,—¿quién será? ¿Quién no será?
       ¡Si será la Galanzuca—hija del Rey tan galan!
       Su padre desde un balcon—escuchando todo está.
       —Pues si con ella has dormido—con ella te has de casar;
       y si non casas con ella,—pronto la mando quemar.
       —Tanto me dá que la queme,—nin la deje de quemar;
       que mujeres en el mundo—para mi no han de faltar.
       Si non lo tienen de guapas,—lo tendrán de habilidad.—
       Siete criados tenía,—leña les mandó apañar
       para quemar Galanzuca—hija del Rey tan galan.
       Allí pasó un pajecillo—que ya le comiera el pan.
       —Escríbalo, Galanzuca,—a Carlos de Montalvan.
       —Escribir sí lo escribiera;—¿pero quién lo va a llevar?
       —Escríbalo, Galanzuca,—que yo se lo iré a llevar.—
       Cuando vá cuestas arriba—non se le puede mirar;
       cuando vá cuestas abajo—corre com'un gavilan.
       —Aquí le traigo Don Carlos—tres letras de mal pesar:
       escríbelas Galanzuca—que la diban a quemar.
       Confesó con siete curas—ninguno dijo verdad.—
        [p. 180] Quitó su traje de seda,—se vistió de padre Abad;
       arreó el caballo blanco,—tambien ensilló el ruan.
       Jornada de cuatro días—en uno la fuera andar.
       .......................................................................
       —Confiese, Padre, confiese;—que Dios se lo pagará.
        —Si tuvo que ver con hombres—casados o por casar.
       —Non tuve que ver con hombres—casados nin por casar
       si non han sido tres horas—con Carlos de Montalvan;
       una ha sido de mi gusto—las otras de mi pesar.—
       Cogiérala entre sus brazos—pusiérala en el ruan.
       —Ahora con esa leña—con ella quemar un can.
       En quemando bien los huesos,—al Rey idlos presentar;
       que Galanzuca es mi esposa—y yo la voy a llevar.
       —Llévela el Don Carlos, lleve;—Dios se la deje lograr;
       mas quiero que se la lleve—que non verla aquí quemar.

                                           8

                                   Galancina

        —Galancina, Galancina,—hija del Conde galan,
       ¡quién me dejara contigo—tres noches a mi mandar!
       te abrazara y te besara—y non t' hiciera otro mal.
       —Carlos, eres muy ligero;—de mi te vas a alabar...
       —Non lo quiera Dios del cielo—ni la Virgen del Pilar,
       que mujer con quien yo duerma—della me fuera a alabar.—
       A otro dia de mañana,—Don Carlos se fué a alabar:
       —Dormí con una muchacha—la mejor de la ciudá.—
       Dícense unos para otros:—«Quién será, quién no será?»
       —Es Galancina, señores,—hija del Conde galan.—
       Su padre desque lo supo,—mandárala prisionar.
       Caballeros de su casa—la diban a visitar.
       —¿No hay quien le lleve la nueva—a Carlos de Montalvan: [1]
       no hay quien le lleve la nueva—que a su amor le van quemar?—
       Allí hablara un pajecico—tal respuesta le fué a dar:
       —Escríbele, Galancina,—que yo se la iré a llevar.—
       Las cartas ya son escritas,—el paje las va a llevar.
       Jornada de quince dias—en ocho la fuera andar;
       que por las cuestas arriba—corre como un gavilan,
       y por las cuestas abajo—no le pueden divisar.
       Ha llegado a los palacios—a donde el buen Conde está.
       —Asómate ahi, Don Carlos—si te quieres asomar.
       Tráigole malas razones—que a su amor le van quemar.
        [p. 181] —Si lo dijeras de burla,—mandárate prisionar;
       si lo dijeras de veras—yo te diera de almorzar.
       —Coja la carta en la mano—y ella dirá la verdad.—
       Ya se partía Don Carlos;—ya se parte, ya se vá.
       Jornada de quince dias—en ocho la fuera andar.
       Fuese para un monasterio—donde los frailes están;
       quitóse hábitos de seda,—vistióse hábitos de fraile,
       y llegóse a las prisiones—donde Galancina está.
       Cuando Don Carlos llegaba—ya la diban a quemar.
       —Quítense de ahí, señores,—que la quiero confesar.
        Dime, Galancina, dime;—dime por Dios la verdad:
       mira que van a matarte—y te vengo a confesar;
       y en tanto que te confieso,—un abrazo me has de dar.
       —Apártese allá el traidor,—que a mi non ha de llegar;
       que tengo hecho juramento—a la virgen del Pilar,
       de no abrazar otro hombre—ni otro hombre besar
       si no fuera ese buen Conde—Don Carlos de Montalvan.
       —Pues mírale, Galancina,—que delante de tí está.—
       Bien pronto lo conociera—desde aquella oscuridá;
       y del placer que sentía—mucho comenzó a llorar.
       Tomóla el Conde en sus brazos—tercióla en el suo ruan.
       Siete guardias dejó muertos—por las puertas al pasar;
       y en aquellos campos verdes—¡quién los vía galopar!

Pertenecen estos romances al ciclo carolingio del Conde Claros de Montalbán, cuyo nombre ha transmutado el vulgo asturiano y portugués en Don Carlos de Montalbán y Don Carlos de Montealbar. Reservado para su lugar propio el estudio de esta leyenda, muy análoga a la de Gerineldo, y quizá de idéntico origen, basta indicar desde luego la comparación con el núm. 191 de la Primavera, que es de las antiguas versiones castellanas la de carácter más popular y la que menos se separa del dato tradicional en Asturias.

Pero son mucho más análogas las lecciones portuguesas, que en gran número se han recogido. Conozco las siguientes:

a) Dom Claros d' Alem-mar. Texto publicado por Almeida Garrett. (II, 189-203.)

b) Dom Carlos de Montealbar (la heroína se llama Silvana: no es el Conde quien se jacta de su aventura, sino que ésta llega a oídos del Rey por la delación de un paje). Versión de Porto y Beira Alta, publicada por T. Braga. (Romanceiro, pp. 79-83.)

c) Dona Lisarda. Variante de la Beira Baja (se habla en [p. 182] ella, como en casi todas las restantes, de la jactancia del Conde). Apud Braga, pp. 83-86. Se advierte en este romance la fusión con el de Albaninna.

d) Dona Areria. Variante de Coimbra. El principio corresponde al romance asturiano de Doña Ausenda, que veremos después. (Rom. de Braga, 87-89.)

e) Claralinda. Versión de la isla de San Jorge (Azores, páginas 243-246). El nombre del protagonista aparece cambiado en Juan de Gibraltar.

f) Dom Carlos de Montealvar. Variante de Ribeira de Areias. (Azores, 246-249.)

g) Las seis variantes descubiertas en la isla de la Madera (79-99), en una de las cuales se confunde al Conde Claros con el Conde Alarcos, no son de la familia de las anteriores, sino que hacen juego con el núm. 199 de la Primavera.

h) Dos lecciones de Celorico de Basto y de Peñafiel, publicadas por Carolina Michaelis de Vasconcellos en el Zeitschrift fur romanische Philologie.

i) Tres versiones del Brasil, publicadas por el Dr. Silvio Romero (I, pp. 13-19). En la tercera de ellas, procedente de Sergipe, la Princesa se llama Doña Blanca y el Conde Don Duarte de Montealbar.

No menos divulgado que en las regiones portuguesas está en Cataluña el presente romance, de indudable procedencia castellana, como lo prueba la jerga híbrida en que se canta. Lleva el título de La Infanta seducida en el Romancerillo de Milá (número 258), que reunió hasta doce versiones. Aguiló, según su costumbre, trae una sola (núm. 32), enteramente catalanizada por un procedimiento artificial.

                                          9

                                   Tenderina

        Por los palacios del Rey—Duques, Condes van entrando:
       allí entrara un Conde viejo—con un hijo por la mano.
       Detrás del altar mayor—Tenderina le ha llamado.
       —¡Válgame Dios, muchachuelo!—Si fueras de ventiun años,
       comieras conmigo en mesa—y durmieras a mi lado.
        [p. 183] —Para eso, mi señora,—ya estoy bastante criado...
       Calla, calla, muchachuelo—que te has de alabar n' el campo.
       —De mujer que me dió el cuerpo—nunca d' eso yo me alabo.—
       A otro dia de mañana—se fué a alabar en el campo.
       —Esta noche dormí en cama—un sueño muy regalado,
       que dormí con Tenderina—del Conde Zaragozano.
       —Calla, calla, muchachuelo;—cállate, mal educado...
       Si dormiste con mujer—con, ella serás casado.
       —Con esta espada me maten,—con esta que al lado traigo,
       si mujer que me dió el cuerpo—nunca con ella me caso.

Es patente la afinidad del breve romance de Tenderina con los de Gerineldo y con los de Galanzuca y Galancina [1] o sea con los del Conde Claros.

Almeida Garrett, que encontró en Tras-os-Montes una forma de este romance, a la cual dió el título de Albaninha (Rom. III, 14-17), dice que no se halla rastro de él en las colecciones castellanas. Existe, sin embargo, no sólo en la tradición popular, sino también en tres lecciones del siglo XVI con los títulos de Galiarda y Aliarda (núms. 138 y 139 de la Primavera). Tiene también analogía con el romance histórico «Alabóse en Conde Vélez» (núm. 12 del apéndice a la Primavera ) .

La versión portuguesa es más completa y dramática que la asturiana, pues comprende no sólo la jactancia del galán, sino la venganza de los hermanos de Albaninha, que también se indica en una de las variantes castellanas antiguas ( Primavera, 139).

                                          10

                          Bernaldo del Carpio.—I

        Íbase por un camino—el valiente Don Bernaldo;
       todo vestido de luto,—negro tambien el caballo:
       por los cascos echa sangre,—y sangre por el bocado.
       Con la prisa que traía—atrás deja los criados.
       Viéralo pasar su tío,—y a un meson fuera alcanzarlo.
       —Don Bernaldo, ¿dónde vás,—que así vienes preparado
       con una espada en la mano—y otra en el cinto colgando?
        [p. 184] —Voy libertar a mi padre,—que dicen que van a ahorcarlo.
       —Don Bernaldo sube, sube;—tomaremos un bocado.
       —Maldita la cosa quiero—hasta verlo libertado.—
       Entre que ambos descansaban,—volvieron ya los criados.
       Nadie les daba razon—de donde estaba su amo,
       sinon porque conocieron—el relincho del caballo.
       —¿Don Bernaldo dónde está?—Don Bernaldo está ocupado,
       que está comiendo y bebiendo—y un momento descansando.
       —Dígale que se dé prisa,—que a su padre van a ahorcarlo,
       y en el medio de la plaza—hemos visto ya el tablado.—
       Ciñó Bernaldo la espada—y montóse en su caballo:
       por las plazas donde pasa—las piedras quedan temblando.
       Sus ojos echaban fuego,—y espuma echaban sus labios:
       por donde quiera que pasa—todos se quedan mirando.
       Llegóse al medio la plaza,—y apeóse del caballo;
       diera un puntapié a la horca—y en el suelo la ha tirado;
       y una de las dos espadas—dióla a su tío Don Basco:
       —Tome esa espada mi tío—ríjala como hombre honrado;
       que ninguno de mi sangre—habrá de morir ahorcado.

                                                   11

                                   Bernaldo del Carpio.—II

        Preso va el Conde, preso,—preso y muy bien amarrado,
       por encintar una niña—n' el camino de Santiago.
       Como era de buena gente—gran castigo le habían dado;
       por castigo le pusieron—que habrá de morir ahorcado.
       Cerráronlo en una torre—tiénenlo bien custodiado;
       de día le ponen cien hombres—y de noche ciento cuatro.
       —Si estuviera aquí mi primo,—el mi primo Don Bernaldo,
       no temiera los cien hombres—ni tampoco ciento cuatro.—
       Inda no lo hubiera dicho,—cuando viene caminando;
       en el medio del camino—el buen Rey le había parado.
       —Suba, suba, Don Bernaldo—vamos a jugar un rato.
       —Voy ver a mi primo el Conde,—que está en la carcel guardado.
       —Si supiera que es tu primo—yo mandaría soltarlo.—
       No se había bien sentado—a la puerta dió un muchacho.
       —Baje, baje Don Bernaldo,—que van a ahorcar a su hermano,
       y en el medio de la plaza—he visto el tablero armado.—
       Tiró Don Bernaldo el naipe,—y al buen Rey se lo ha tirado.
       —Don Bernaldo poco a poco;—que en la corona me ha dado.
       —No se me da por el Rey—si en la corona le he dado.—
       Cien pasos hay de escalones—de un salto los ha bajado:
        [p. 185] sin poner pie en el estribo—de un salto montó a caballo;
       le dió un puntapié a la horca—y la hizo mil pedazos;
       dió una estocada al verdugo—la cabeza le ha cortado.

                                           12

                 * Bernaldo del Carpio.—III [1]

       Al conde le llevan preso,—al conde Miguel del Prado;
       no le llevan por ladrón,—tampoco porque ha matado;
       le llevan porque forzó—en el camino de Santiago
       una niña muy hermosa,—cogiérala sin reparo.
       Era sobrina del rey—y nieta del Padre Santo:
       Por eso le llevan preso—al conde Miguel del Prado,
       Sin tener apelación—a muerte le sentenciaron.
       Guárdanle de día cien hombres—y de noche ciento y cuatro.
       —Si estuviese aquí mi primo,—el mi primo Don Bernardo,
       no temiera yo cien hombres,—ni tampoco ciento y cuatro.—
       Bernardo estaba en el juego—y a la puerta le llamaron;
       al más apurar del juego—salió muy bien preparado
       con una espada en d cinto—y otra desnuda en la mano;
       y del brinco que pegó—doce pasos ha salvado,
       poniendo el pie en el estribo—ligero montó a caballo.
       Marchó por la calle arriba,—al rey Alfonso ha topado:
       —¿A dónde vas, caballero,—dónde vas, Don Bernardo?
       —A libertar a mi primo—que ya le estarán ahorcando.
       —Porque es un primo tuyo—yo mandaré libertarlo.
       —No quiero empeño del rey—ni de ningún soberano;
       quiero defenderle yo—con la fuerza de mi brazo.—
       Cuando llegara a la horca,—le estaban ya predicando.
       Diera un puntapié a la horca—la hizo dos mil pedazos,
       y al verdugo en la cabeza—que pronto marchó rodando.
       —Toma la espada, mi primo,—defiéndete por tu mano;
       no quiero que de mi sangre—ninguno muera ahorcado.

Precioso cuanto inesperado hallazgo para adicionar el genuino y épico romancero castellano ha sido el de estas tres canciones, que conservan rastros de una forma muy primitiva de la gesta de Bernardo. Nos haremos cargo de ellas al estudiar detenidamente, en el próximo volumen, [Ed. Nac. vol. VI págs. 155-189] las vicisitudes de esta famosa leyenda.

[p. 186] El docto y afortunado colector de estos fragmentos (uno de los cuales se imprime hoy por primera vez) hizo notar ya la analogía que en su fondo tienen con el segundo de los romances del Conde Grifos Lombardo, que comienza «En aquellas peñas pardas» (Primavera, 137), y también con los portugueses que llevan por título:

a) Justiça de Deus (Almeida Garrett, II, 285-294). Confundió y mezcló, según su costumbre, dos distintas versiones.

b) Romance do Conde Preso (versión de Tras-os-Montes, en el Rom. de T. Braga, 60-62).

c) Dom Garfos. Versión de la Beira Baja. (En T. Braga, 62-64.)

d) Justiça de Deus. Versión de la Beira Alta. (En T. Braga, 65-67.)

Aunque estos romances están amplificados con circunstancias novelescas, en todos se reconoce la degeneración del tipo épico, la cual puede estudiarse en otros muchos romances de los que hoy parecen novelescos; por ejemplo, en el núm. 136 bis de la Primavera, cuyo protagonista es también el Conde Grifos Lombardo, pero en el cual se perciben ciertos vestigios de la historia que la Crónica General cuenta acerca del Conde Garci Fernández «el de las fermosas manos».

                                          13

                                   La peregrina

        En la ciudad de Leon—(Dios me asista y non me falte)
       vive una fermosa niña—fermosa de lindo talle. [1]
        [p. 187] El Rey namoróse della—y de su belleza grande:
       aun non tiene quince años—casarla quieren sus padres.
       El Rey le prende el marido—que quiere della vengarse:
       ella por furtarse al Rey;—metiose monja del Carmen.
       Allí estuvo siete años—a su placer y donaire:
       desde los siete a los ocho—a Dios le plogo llevarle.
       Por los palacios del Rey,—pelegrina va una tarde,
       con su esclavina ahujerada—sus blancos hombros al aire.
       Lleva su pelo tendido:—parece el sol como sale.
       —¿Donde vienes, pelegrina—por mis palacios reales?...
       —Vengo de Santiago, el Rey,—de Santiago que vos guarde,
       y muchas más romerías...—¡plantas de mis pies lo saben!
       Licencia traigo de Dios:—mi marido luego dadme.
       —Pues si la traes de Dios—escuso más preguntarte.
       Sube, sube, carcelero,—apriesa trae las llaves
       y las hachas encendidas,—para alumbrar este ángel.
       .........................................................
       —Dios vos guarde Condesillo,—farto de prisiones tales.
       —Dios vos guarde, la Condesa—porque siempre me guardastes,
       Non pienses que vengo viva;—que vengo muerta a soltarte.
       Tres horas tienes de vida;—una ya la escomenzastes.
       Tres sillas tengo en el cielo:—una es para tú sentarte, [1]
       otra para el Señor Rey—por esta merced que face. [2]
       A Dios, a Dios que me voy;—ya non puedo más fablarte;
       que las horas deste mundo—son como soplo de aire.

Aunque Amador de los Ríos clasificó este romance entre los religiosos, es realmente histórico, y pertenece al ciclo de Fernán González. Es el único que nos conserva un recuerdo lejano de la prisión del Conde de Castilla, en León, y de su libertad, lograda por industria de la Condesa Doña Sancha, su mujer; tal como en la Crónica general se refiere. Ha sido admirablemente estudiado por D. Ramón Menéndez Pidal en su monografía sobre todos los romances de aquel ciclo (Homenaje a M. y P., 1899, t. I, páginas 463-465). Advierte este crítico sagacísimo que «los versos uno a ocho forman un fragmento independiente del texto, y deben eliminarse, pues ni el marido aprisionado de que en ellos se habla es un Conde, como después se le llama, ni se dice que la mujer muriese, como luego se infiere del verso 21, ni el tono de este [p. 188] primer fragmento es semejante al del segundo: es vulgar y prosaico, mientras el del siguiente tiene mucho más encanto en sus descripciones y en sus diálogos... En lo que el romance asturiano refleja otro más antiguo, de origen épico, es sólo en los doce versos en que se refiere la llegada de la Condesa a los palacios del Rey, diciéndose peregrina de Santiago, su subida a la cárcel del Conde y los saludos que marido y mujer cambian entre sí».

                                          14

                                   El aguinaldo

        Mañanita de los Reyes,—la primer fiesta del año,
       cuando damas y doncellas—al Rey piden aguinaldo;
       unas le pedían seda,—otras el fino brocado;
       otras le piden mercedes—para sus enamorados.
       Doña María, entre todas,—viene a pedirle llorando,
       la cabeza del Maestre—del Maestre de Santiago.
       El Rey se la concediera;—y al buen Maestre ha llamado.
       Salen criados y pajes,—cuando el Maestre es entrado:
       —Bien venidos caballero— Maestre, mal soes llegado,
       ca en tal día su cabeza—mandada está en aguinaldo.
       —Quien mi cabeza mandara,—ponga la suya a recabdo;
       que cabezas de maestres—non se mandan de aguinaldo.
       Villas e cibdades tengo—e freyres a mi mandado:
       non me las dió Rey ni Reina—ganélas yo por mi mano.—
       Estas razones dixiera—el Maestre de Santiago,
       cuando entre pajes del Rey—entrara en el su palacio.
       E más sin dubdar fablara—como home bien razonado;
       mas al sobir la escalera,—la cabeza le han quitado.
       Allí la entregan al Rey:—él, maguer era su hermano,
       mandó echarla en una fuente—por facer el aguinaldo.
       «Llevalda a Doña María»—dixiera a los sus criados.
       Doña María que la vido,—mucho se ha maravillado;
       ca el Rey amaba al Maestre,—y era muy grande el regalo.
       Prendióla de los cabellos,—de bofetadas le ha dado:
       —Agora me pagas, perro,—lo de aguaño y lo de antaño
       cuando me llamaste puta—del Rey Don Pedro tu hermano.—
       Prendióla de los cabellos—y lanzóla allí al alano;
       el alano es del Maestre,—e bien conoce a su amo.
       Cogióla con los sus dientes—e llevósela a sagrado:
       faz con las patas la fuesa—do la cabeza ha enterrado,
       Bien lo viera el Rey Don Pedro—donde se está paseando:
       bien lo viera ese buen Rey—que fizo atal aguinaldo,
        [p. 189] Llega al balcon y pregunta:—¿De quién era aquel alano?
        —Ese alano es del Maestre,—del Maestre de Santiago;
       que por facer la su obsequia—está, cual vedes, llorando.
       —¡Ay, triste de mi e mezquino,—ay triste de mi e cuitado:
       si el alano face aquello,—qué ha de facer un hermano!—
       Dormir non puede el buen Rey—dormir non puede el cuitado:
       porque en medio de la noche— el Maestre le ha llamado,
       viérale todo sangriento—sin cabeza, en su caballo;
       viérale todo sangriento—el su pecho amenazado.
       Dormir non puede el buen Rey,—que yaz todo desvelado,
       porque enmedio de la noche—Doña María le ha llamado.
       Viérala con la cabeza—que fué lanzar al alano.
       Doña María de Padilla—por los aires va volando;
       por sus buenas fechorías—non la quiere Dios ni el diablo.

Este magnifico romance histórico, que debe añadirse a los del ciclo del Rey D. Pedro, trata el mismo argumento que el núm. 65 de la Primavera: «Yo me estaba allá en Coimbra».

                                          15

                                   Mal te amores

        ¿Duque de Alba, estás casado?...—si nón, yo te casaría...
       —Estoy casado, buen Rey,—casado por vida mía;
       que tengo palabra dada—a una señora en Castilla.
       Aunque viva cincuent' años,—yo jamás la olvidaría.
       ...........................................................................
       Entre estas palabras y otras—el casamiento se hacía.
       Toda la gente lo sabe;—Doña Ana non lo sabía,
       si no es por una doncella—que anda en su compañía.
       —Novedad traigo, Doña Ana,—non sé si le placería;
       que el Duque de Alba se casa,—su palabra mal cumplía.
       —Que se case, que se vele,—¿a mí que se me daría?
       ¡Caballeros tien la corte—que conmigo casarían!—
       Los anillos de la mano—por el medio los partía;
       los pelos de la cabeza—por el uno los arrinca...
       Subióse en una ventana—de una sala que tenía;
       viólo que estaba jugando—con otros en compañía:
       —¡Duque de Alba de mis ojos!—¡Duque de Alba de mi vida!
       ¿Cómo tan presto olvidaste—a quién tanto te quería?
       El posó el naipe n' el suelo,—y corrió a ver a la niña.
       ¡En el medio de una sala—topárala flaquecida!
       Llamara cuatro dotores—por ver de qué mal moría;
       unos dicen que de susto,—y otros que de amor moría.

[p. 190] Este afectuoso romance, que aparece aquí incompleto por flaqueza de memoria de la anciana que se le recitó al Sr. Menéndez Pidal, alude al contrariado casamiento de Don Fadrique de Toledo, hijo del Gran Duque de Alba, y ha de ser muy poco posterior al suceso que narra.

                                  16

                          Don Bueso

        Camina Don Bueso—mañanita fría
       a tierra de moros—a buscar amiga.
       Fallóla lavando—en la fuente fría:
       —Quita de ahí, mora,—perra judía;
       dexa a mi caballo—beber agua fría.
       —Reviente el caballo—y quien lo traía;
       que yo no soy mora—ni fía [1] de judía;
       soy una cristiana,—de nombre María,
       en poder de moros—siet' años había.
       —Si fueras cristiana,—yo te llevaría;
       y si fueras mora—yo te dexaría. [2]
       —Los paños del moro—¿yo d'ellos qué haría?
       —Los que son ruanos,—traelos, María;
       los que son de grana—al mar los echarías.—
       Montóla a caballo—por ver que decía!
       en las siete leguas—no hablara la niña...
       Al pasar un campo—de verdes olivas,
       por aquellos prados—¡que llantos hacía!
       —¡Cuando el Rey mi padre—llantó [3] aquí esta oliva,
       sentada al amparo—de su sombra fría,
       la Reina mi madre—la seda torcía,
       mi hermano Don Bueso—los perros corría;
       yo, que era rapaza,—las flores cogía!...
       —Pues por estas señas—mi hermana serías!
       ¡Abra, la madre,—puertas de alegría;
       que por traer nuera—traigo la su fía!
       —Si eres la mi nuera,—seas bien venida;
       si mi fía no eres—bien lo parecías!
        [p. 191] ¡Para ser mi fía—color non tenías!
       —¿Cómo quiere madre,—color todavía?
       si fay siete años—que pan non comía,
       sino amargas yerbas—que en montes cogía!

                                  17

                          Don Bóyso

        Camina Don Bóyso—mañanita fría
       a tierra de Campos—a buscar la niña.
       Hallóla lavando—en la fuente fría.
       —¿Que haces ahí, mora,—hija de judía?
       Deja a mi caballo—beber agua fría.
       —Reviente el caballo—y quien lo traía;
       que yo no soy mora,—ni hija de judía.
       Soy una cristiana,—que aquí estoy cativa
       lavando los paños—de la morería.
       —Si fueras cristiana,—yo te llevaría,
       y en paños de seda—yo te envolvería;
       pero si eres mora—yo te dejaría.—
       Montóla a caballo,—por ver que decía;
       en las siete leguas—no hablara la niña.
       Al pasar un campo—de verdes olivas,
       por aquellos prados—¡que llantos hacía!
       —¡Ay prados! ¡Ay prados!—prados de mi vida!
       ¡Cuando el Rey mi padre—plantó aquí esta oliva,
       él se la plantara,—yo se la tenía;
       la Reina mi madre—la seda torcía;
       mi hermano Don Bóyso—los toros corría!..
       —¿Y cómo te llamas?—Yo soy Rosalinda;
       que así me pusieron,—porque al ser nacida,
       una linda rosa—n'el pecho tenía.
       —Pues tú, por las señas,—mi hermana serías!
       ¡Abra, la mi madre,—puertas de alegría;
       por traerle nuera,—tráigole su hija!
       —Para ser tu hermana,—¡qué descolorida!
       —Madre, la mi madre,—mi madre querida;
       que hace siete años—que yo no comía,
       sino amargas yerbas—de una fuente fría,
       dó culebras cantan,—caballos bebían...—
        Metióla en un cuarto—sentóla en la silla.
       —¡Mi jubon de grana,—mi saya querida,
       que te dejé nueva—y te hallo rompida!
        [p. 192] —Calla, hija, calla,—hija de mi vida;
       que quien te echó esa—otra te echaría.
       —¡Mi jubon de grana,—mi saya querida,
       que te dejé nueva—y te hallo rompida!
       —Calla, hija, calla,—hija de mi vida;
       que aquí tienes madre,—que otra te echaría.—
       Caminó Don Bóyso—que partir quería,
       a tierra de moros—a buscar la niña.

Antes de ser Don Bueso héroe de estos primorosos romancillos novelescos, fué personaje épico, enlazado con la leyenda de Bernardo del Carpio en sus más antiguas formas. La Crónica general refiere que el héroe leonés mató a «un alto ome de Francia llamado Don Bueso», y añade esta curiosa noticia: «Et dicen algunos en sus Cantares, segund cuenta la estoria, que este francés Don Bueso que so primo era de Don Bernaldo, mas esto non podríe ser.» Así en el manuscrito Escurialense y en todos los más antiguos y autorizados, pues la General, impresa por Ocampo, que es sólo un mal comprendió del texto primitivo, no habla de Cantares.

El nombre del personaje parece francés, pero Milá estima que debe tenerse por invención de los nuestros, pues no suena en los poemas franceses de la guerra de España, y sólo en el Girart de Rossilló figura un Bos de Escorpió o de Carpión, consejero del héroe.

Quizá su celebridad poética en los Cantares citados por la General hizo que el nombre se vulgarizase en España, llevándole en tiempo de Alfonso VII y de su hijo Don Sancho III el Deseado, un merino de Saldaña (Dominus Bueso o Boyso Majorinus in Saldaña), fundador del monasterio de Bueso, cerca de la villa de Ureña, a donde se retiró en sus últimos días y donde está enterrado. [1] Parece indudable que este personaje histórico nada tiene que ver con el Don Bueso legendario. En tiempo de Don Sancho III la epopeya castellana estaba ya formada, y seguramente existían cantares de Bernardo, cuyas fábulas iban a penetrar muy pronto en las historias latinas del Tudense y el Toledano.

[p. 193] En los actuales romances de Bernardo, que son relativamente muy modernos, no se encuentra el nombre de Don Bueso, pero la poesía popular no se olvidó de él, atribuyéndole muy varias aventuras. No sabemos qué cosa serían unos romances de Don Bueso que pasaban ya por una antigualla en tiempo de Enrique IV, como se deduce de una picaresca composición del ingenioso trovador madrileño Juan Álvarez Gato, el cual, comentando cierta aventura amorosa en la cual en vez de encontrar a la dama a quien servía tropezó con una espantable vieja, se queja de que le dieron

       Por palacios tristes cuevas,
       por lindas canciones nuevas
       los romances de Don Bueso.

En el romance burlesco inserto en el Cancionero de Hijar (también de fines del siglo XV) se da a un personaje el pseudónimo de Don Bueso. En la Ensalada, de Praga (perteneciente a la colección de pliegos sueltos góticos que dió a conocer Wolf), se citan los dos primeros versos de un romance que se ha perdido:

       A caza va el rey Don Bueso,
       por los montes a cazar...

Los irreverentes poetas del siglo XVII hicieron gran fisga y matraca del pobre Don Bueso, que aparece convertido en héroe de botarga y entremés en los dos romances burlescos que principian:

       Doliente estaba Don Bueso
       de amores, que non de fiebres...

                         (Núm 1.710 de Durán.)

       En la antecámara solo
       Del Rey Don Alonso el Bueno,
       De una losa en otra losa
       Paseando está Don Bueso...

                         (Núm. 1.719 de Durán)

Este último es excelente en su pícaro género: digno del mismo Quevedo, y acaso sea suyo.

[p. 194] Mejor librado, aunque no siempre, sale Don Bueso en la poesía popular. Además de los romances asturianos, que por su versificación hexasilábica no parecen de los más antiguos (a pesar de las ingeniosas razones que alega su editor), hay en el Algarve un romance de Dom Bozo, en la provincia portuguesa del Miño otro de Dom Bezo ambos en metro corto. [1] Otra variante recogida en el Brasil con el título de Flor do día omite ya el nombre del famoso caballero. En todos estos romances se pinta la crueldad de la madre de Don Bueso con su nuera.

En Cataluña le llaman Don Guespo (y también Don Buespo), y cuentan que murió envenenado por una vengativa doncella llamada Gudriana. Las tres variantes que recogió Milá (número 256, La innoble venganza), son taraceadas de catalán y castellano. Aguiló, según su sistema, le da en catalán solamente (número 18).

Nada tienen que ver estas historias con el encantador romance asturiano, que hasta ahora permanece solitario en la poesía de la Península, aunque dentro del Principado sea de los más repetidos por bocas infantiles o femeninas. Por lo demás, su tema, un reconocimiento de hermanos, es de los más frecuentes en las canciones populares de todos los países. [2] Limitándonos a los textos de nuestra propia casa, le hallamos en un romance catalán, de origen castellano, Los dos hermanos, del cual recogió Milá nada menos que diez y nueve versiones (núm. 250 de su Romancerillo). Es singular que la más completa de estas versiones, y al mismo tiempo una de las que conservan mayor numero de palabras y versos castellanos, proceda de la Cataluña francesa, es decir, del antiguo Condado del Rosellón. En la mayor parte de estas variantes aparecen revueltas las reminiscencias de algún [p. 195] romance análogo al de Don Bueso con otras del bien sabido de La Infantina. En las Cansons de la terra, de Pelayo Briz (t. V, página 95), hay otro romance sobre el mismo argumento.

                                           18

                                   El Conde Flor.—I

        El moro non fué a cazar—non cazó como solía;
       porque le encargó la Mora—que le traiga una cautiva
       que non sea mujer casada,—tampoco mujer pedida;
       que fuese una buena moza—para hacerle compañía.
       Encuentran al Conde Flor,—que viene de romería
       de San Salvador de Oviedo—y Santiago de Galicia,
       de pedir a Dios del Cielo—que le diese un hijo o hija;
       y, por gracia de Dios Padre—engendrado lo tenía.
       Preguntáronle si deja—a la hermosa compañía.
       —La compañía que traigo—muy tarde la dejaría.—
       Mataron al Conde Flor,—llevan la mujer cautiva,
       la llevan al mar abajo—para llegar más aina.
       Echan cartas a la Mora—porque salga a recibirla;
       y la Mora, muy contenta,—salió en su caballería.
       —Bien venida, la mi esclava,—bien venida esclava mía
       si eres buena, del palacio—yo las llaves te daría;
       y si tú me eres buena,—las del Moro guardarías.
       —Non me hacen falta las llaves—de sus salas y cocinas;
       si non fuera mi desgracia,—para mí llaves tenía!...
       —Háblame poco, la esclava;—háblame poco esclavina;
       si tu me gurgutas mucho,—tu vida poca sería.—
       Encinta estaba la Mora,—la esclava encinta venía;
       y, por gracia de Dios Padre,—ambas parieron un día.
       Un niño parió la esclava,—parió la Mora una niña;
       la bruja de la partera—maltrocado los había;
       que el niño diólo a la Mora—y la niña a la cautiva.
       —Diga, diga la mi esclava,—¿cómo ha llamarse la niña?
       —Por la leche que mamaba—llamase Doña María;
       y así se llama una hermana—que yo traigo en Morería...
       y así fío, Conde Flor,—que ansí le pertenecía...
       —Diga, diga, ¿la tu hermana,—diga que señas tenía?
       —En el costado derecho—una lunar le salía,
        y con sus cabellos rubios—todo su cuerpo ceñía.
       —¡Por las señas que me dabas,—eres tú la hermana mía!
       ¡Y si la mi hermana eres,—yo qué vida te hacer-hía!
       —Mujer pobre y sin marido,—¿con quién se consolaría?
       —Con tu fío Conde Flor,—que yo te lo volvería.
        [p. 196] Tú te levantas agora;—hoy fago yo ventiun días;
       cuatrocientos de a caballo—te pasaran a Castilla.—
       ...........................................................................
       ...........................................................................
       Por aquellos campos verdes—¡qué llantos hace la niña!
       —Hijo mío, Conde Flor,—cuando yo te criaría,
       que ya veo los palacios—donde tu padre vivía.

                                           19

                          El Conde Flor.—II

        A cazar iba el Rey moro,—a cazar como solía;
       porque le encargó la Mora—que le traiga una cautiva,
       que fuera hija de Condes—o de Reyes de Castilla.
       Hallaron. al Conde Flor,—que viene de romería
       de San. Salvador de Oviedo—y Santiago de Galicia;
       y una hija hermosa que tiene—la trae en su compañía.
       Mataron al Conde Flor;—en un pozo lo metían,
       y con piedras del camino—todo su cuerpo cubrían,
       y una grande a la cabeza—porque nao saliera arriba.
       Metieron la hija en un barco—para llevarla cautiva;
       y al mar abajo la echaron,—porque fuese mas aina.
       La Mora desque lo supo—salió alegre a recibirla;
       montada en caballo blanco,—con mucha caballería.
       Metiéronla en el palacio,—llorando lágrima viva.
       En cinta estaba la Mora—la esclava en cinta venía;
       y lo quiso Dios del cielo—que ambas parieran un día.
       La bruja de la partera,—por pedir al Moro albricias,
       usando de malas mañas—cambióles lo que tenían;
       y el niño diólo a la Mora—y la niña a la cautiva.
       La reina mora contenta,—levantóse al otro día:
       la cristiana congojada—a los veinte non podia.
       —Levántate, la cristiana;—vé bautizar esa niña.
       —¡Con lágrimas de mis ojos—la bautizo cada día!
       Si yo estuviera en mi tierra—presto la bautizaría;
       y ponerle había el nombre—de una hermana que tenía,
       que se llama Blanca Flor,—toda la flor de Castilla;
       y me la llevaron moros—a tierra de morería.
       —Diga, diga, ¿la su hermana,—diga, que señas tenía?
       —En el su hombro derecho—una lunar le salía,
       y con sus cabellos rubios—todo su cuerpo cubría.
       —¡Por esas señas, cristiana,—eres tú la hermana mía!
       Con esto le echó los brazas,—llorando que transvertía:
        —Vete ahí a la Casa Santa—que está en medio de Turquía;
        [p. 197] vete ahí a la Casa Santa,—a bautizar esa niña.—
       Respondióle la cristiana:—¡Pa mí remedio no había;
       que ya renegar me hicieron—de mi madre y mi madrina,
       de la leche que he mamado—y la sagrada María!
       —Yo te daré barco de oro,—trinquete de plata fina,
       y siete moros mancebos—que te llevan a Castilla:
       y si con esto no basta—yo dir he en tu compañía...
       En tu compañía non puedo,—porque renegado había;
       y aunque renegué de boca—de corazón non tovía. [1]

Parecen inspirados en la antiquísima novela, de origen bizantino, Flores y Blanca-Flor popular todavía entre nosotros en la forma de pliegos de cordel. Falta este asunto poético en los antiguos Romanceros, pero abunda en la tradición oral de la Península. Ya Wolf incluyó en la Primavera (núm. 130 Las dos hermanas ) una versión enteramente castellana, recogida en Cataluña por el Dr. Milá y Fontanals. Difiere muchísimo de la de Asturias. El mismo sabio maestro puso en su Romancerillo (núm. 242) otras [p. 198] lecciones híbridas o bilingües mucho mis próximas a la nuestra.

En portugués conozco las siguientes:

a) Rainha e captiva, publicada por Almeida Garrett (II, 179-188), que, ignorando el origen literario de este romance, le da una antigüedad disparatadísima, encontrando en él un fuerte color del siglo XII (!).

b) Romance de Branca Flor, versión de la Extremadura portuguesa, en el Rom. ger. de T. Braga (107-109).

c) Estoria da captiva Rainha. Lindísima versión de la isla de la Madera, publicada por Álvaro Rodrigues de Azevedo (211-219).

d) Romance das duas irmäs. Variante del Algarve, muy incompleta, dada a conocer por T. Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil (203-205).

e) Branca Flor.—Xacara de Flores-Bella. Dos variantes del Brasil, publicadas por Sylvio Romero (I, 41-44). La primera no es más que un fragmento.

Leyendas muy semejantes a ésta, y probablemente del mismo origen, hay en la poesía popular de varias naciones.

                                          20

                                   Gayferos

        Estando la Condesina—en su palacio real,
       con peine de oro en la mano—para su hijo peinar:
       —Dios te encreciente, mi niño;—Dios te deje encrecentar,
       que la muerte de tu padre—tú la vayas a vengar;
       porque a traición le mataron,—para conmigo casar,
       viniendo de romería—de San Juan el de Letran.—
       Estando 'n estas razones,—viene el Moro de cazar.
       —¿Qué dices tú, boca negra,—o qué te pones a hablar?
       que por eso que tú dices,—el niño ha de pasar mal.—
       Ha llamado dos criados,—que al padre comían pan:
       —Id a matar ese niño—a los montes de Aguilar;
       y por señas hais traerme—el su corazón leal,
       y de su mano derecha—tambien el dedo pulgar.—
       Iba una perra con ellos,—cuidando diban cazar:
       —Mataremos esta perra,—pues que Dios la truxo acá:
       corazón de perra blanca—del niño parecerá,
        [p. 199] le cortaremos el dedo,—por eso non morirá:
       le dexaremos aquí,—Cristo le consolará.—
       Pasára por allí un tío—que venía de cazar.
       —¿Quién te truxo aquí, sobrino,—a los montes de Aguilar?
       —Criados del perro Moro,—que me venían matar.—
       Ya le coge entre sus brazos—y le pone en su ruan;
       siete años le ha tenido—comiéndole vino y pan.
       Al cabo de los siet' años—el niño soltó a llorar.
       —¿Tú que tienes, mi sobrino;—tú que tienes que estás mal?
       ¿Hízote mal el mi vino,—o te hizo mal el mi pan;
       o te hacen mal mis criados?—Mandarélos despachar.
       ¿O ves alguna doncella—que non puedas alcanzar?
       —Non me hizo mal vuestro vino—ni me hizo mal vuestro pan;
       nin me hacen mal vuestros criados,—non los mande despachar:
       nin veo doncella alguna—que yo non pueda alcanzar:
       es la muerte de mi padre—que la quiero dir vengar.
       —Eres niño muy chiquito,—pa las armas menear.
        —Aunque soy niño chiquito,—me sobra la habilidad.
       Dadme el caballo y las armas—que yo le diré a vengar.
       —Tengo jurado, sobrino,—alla en San Juan de Letran,
       mis armas y mi caballo—a nadie las emprestar.—
       El niño desque esto oyó,—'n el suelo va desmayar.
       —Arriba, garzon, arriba,—non te quieras desmayar;
       mis armas y mi caballo—estarán a tu mandar:
       mi cuerpecito aunque viejo,—para el tuyo acompañar.—
       Quitaron ropas de seda,—vistiéronse de sayal:
       de día anduvieron monte,—de noche camino real.
       A puertas de la Condesa—van a pedir caridad.
       —Non lo quiera Dios del Cielo,—nin la santa Eternidad;
       que el Moro me ha prohibido—esta vez y muchas más,
       que a romeros de otras tierras—yo les diera caridad.
       Vayanse los romericos—al hospital de San Juan.
       —Non lo quiera Dios del Cielo,—nin la santa Eternidad,
       caballeros de alta sangre—al meson vayan cenar.
       —Daréles pan por dinero,—y vino de caridad...—
       Cuando lo estaban comiendo—viene el Moro de cazar.
       —¿Que te he dicho, Condesina,—esta vez y muchas más?
       Que a romeros de otras tierras—non les diera caridad;
       que yo a romeros maté,—romerillos me han matar.—
       Los dientes de la Condesa,—por la sala van rodar.
       El niño desque esto vió,—al pronto subiose allá,
       de la primer puñalada—mató el romero a Galvan.
       Vayan con Dios los romeros,—¡viuda me hicieron quedar!
       —Si vos non fuerais mi madre,—con vos hiciera otro tal.
       —Non tengo hijo nin hija:—sola en el mundo estoy ya;
       porque un hijo que tenía—murió en montes de Aguilar,
        [p. 200] y en mi cofrecito tengo—el su corazon leal,
       y de su mano derecha—tambien el dedo pulgar.
       —El corazón que tenéis—de la perra es de Galvan
       y ese dedo que guardais—aquí le vereis faltar.—
       Al verlo la Condesina,—comenzárale abrazar:
        las lágrimas y suspiros—en placer fuera tornar.

Es un genuino y viejo romance carolingio, variante muy curiosa de los dos primeros de Don Gaiferos (171 y 172 de la Primavera). La astucia de los escuderos, que engañan a Galván presentándole sólo el dedo de un niño y el corazón de una perrita, se repite mucho en cuentos populares (por ejemplo, el de la Ceneréntola), y está ya en el Roman de Berthe, del trovero Adenès (último tercio del siglo XIII), y en La gran conquista de Ultramar, compilación castellana de principios del siglo XIV, cuyo original francés no ha sido descubierto todavía.

                                           21

                          Blanca Flor y Filomena.—I

        Por las orillas del río—Doña Urraca se pasea [1]
       con dos hijas de la mano—Blanca Flor y Filomena.
       El Rey moro que lo supo—del camino se volviera;
       de palabras se trabaron,—y de amores la requiebra.
       Pidiérale la mayor—para casarse con ella:
       si le pidió la mayor,—le diera la mas pequeña;
       y por no ser descortés—tomara la que le dieran.
       —Non sea cuento, rey Turquillo,—que mala vida le hicieras ..
       —Non tenga pena, señora;—por ella non tenga pena.
       Del vino que yo bebiese,—tambien ha de beber ella;
       y del pan que yo comiese,—tambien ha de comer ella.
       Se casaron, se velaron,—se fueron para su tierra:
       nueve meses estuvieron—sin venir a ver la suegra.
       Al cabo de nueve meses,—Rey Turquillo vino a verla.
       —Bien venido, Rey Turquillo.—Bien hallada sea mi suegra.
       —Lo que más quiero saber—si Blanca Flor queda buena.
       Blanca Flor buena quedaba;—en días de parir queda,
       y vengo muy encargado—que vaya allá Filomena,
       para gobernar la casa—mientras Blanca Flor pariera.
        [p. 201] —Filomena es muy chiquita—para salir de la tierra;
       pero por ver a su hermana—vaya, vaya en hora buena.
       Llévela por siete días;—que a los ocho acá me vuelva;
       que una mujer en cabellos—no está bien en tierra agena.—
       Montó en una yegua torda,—y ella en una yegua negra:
       siete leguas anduvieron—sin palabra hablar en ellas.
       De las siete pa las ocho,—Rey Turquillo se chancea;
       y en el medio del camino,—de amores la requiriera.
       —Mira qué haces, Rey Turquillo,—mira que el diablo las tienta;
       que tú eres mi cuñado,—tu mujer hermana nuestra.
       Sin escuchar más razones—ya del caballo se apea:
       atóla de pies y manos—hizo lo que quiso della;
       la cabeza le cortara,—y le arrancara la lengua,
        y tiróla en un zarzal—donde cristiano non entra.
       Pasó por allí un pastor;—de mano de Dios viniera.
       Por la gracia de Dios padre—a hablar comenzó la lengua.
       —Por Dios te pido, pastor,—que me escribas una letra:
       una para la mi madre,—¡nunca ella me pariera!
       y otra para la mi hermana,—¡nunca yo la conociera!
       —Non tengo papel ni pluma,—aunque serviros quisiera ..
       —De pluma te servirirá—un pelo de mis guedejas;
       si tú non tuvieres tinta—con la sangre de mis venas:
       y si papel non trujeres,—un casco de mi cabeza.—
       Si mucho corrió la carta,—mucho más corrió la nueva.
       Blanca Flor, desque lo supo,—con el dolor malpariera;
       y el hijo que malparió,—guisólo en una cazuela
       para dar al Rey Turquillo,—a la noche cuando venga.
       —¿Qué me diste Blanca Flor,—qué me diste para cena?
       De lo que hay que estamos juntos—nunca tan bien me supiera.
       —Sangre fué de tus entrañas—gusto de tu carne mesma..;
       pero mejor te sabrían—besos de mi Filomena!!
       —¿Quién te lo dijo, traidora;—quién te lo fué a decir, perra?
       ¡Con esta espada que traigo—te he de cortar la cabeza!
       Madres las que tienen hijas,—que las casen en su tierra;
       que yo, para dos que tuve,—la Fortuna lo quisiera,
       una murió maneada—y otra de amores muriera.

                                          22

                 Blanca Flor y Filomena.—II

        Por esos campos arriba—se pasea una romera
       con dos hijas de la mano—Blanca Flor y Filomena.
       El traidor del Rey Tereno—al camino les saliera,
       pidiéndole la más grande—para casarse con ella:
        [p. 202] si le pidió la mayor,—diérale la más pequeña.
       Él casóse y él velóse,—llevóla para su tierra.
       Allá estuvo siete años—sin volver a ver la suegra;
       de los siete pa los ocho—él vino, ¡que no viniera!
       —Buenos días suegra mía,—Tereno, bien venido sea.
       Lo que más quiero saber—si Blanca Flor queda buena.
       —Blanca Flor buena quedaba,—en plazos de parir queda.
       —Si queda en esos temores,—nunca puede quedar buena.
       —Encárgame que le lleve—a su hermana Filomena.
       —Llevásela, si por cierto;—pero ten cuidado della.
       —Yo tendré el mismo cuidado—como si mi hermana fuera.—
       La cogiera entre los brazos—a caballo la pusiera.
       Siete leguas anduvieron—sin hablar verbo con ella;
       de las siete pa las ocho—de amores la pretendiera.
       —Tate quieto, Rey Tereno,—mira que el diablo te ciega;
       que mi hermana es tu mujer—y yo tu cuñada era.
       Abajóla del caballo,—hizo lo que quiso della:
       desque fizo lo que quiso—dejóla en monte señera,
       atada de pies y manos—a sombra d'una olivera.
       Vino por allí un pastor—le pareció de su tierra.
       —Por Dios le pido al pastor—por Dios y la Madalena,
       una carta pa mi madre,—la madre que me pariera.
       —Yo escribir escribiría,—si tinta y papel tuviera.
       —Buen papel sellado tienes,—del paño de mi cabeza,
       y buena tinta será—de la sangre de mis venas.
       El primer renglón que pongas—pónelo de esta manera:
       «La madre que tenga hijas—non las case en tierra agena;
       que mi madre tuvo dos—mala suerte le tuvieran!
        Casó una co 'l Rey Tereno—y otra en el monte muriera
       atada de pies y manos—a sombra de una olivera.»—
       Blanca Flor, desque lo supo,—de malos partos pariera:
       los malos partos que fizo,—los guisó 'n una cazuela
       para dar a su marido—a la noche cuando venga.
       —¿Que me diste, Blanca Flor;—que tan dulce me supiera?
       —¡Mas dulces, traidor serían,—los besos de Filomena!
       —¿Quién lo dijo, Blanca Flor;—Blanca Flor, quién lo dijera?
       —Díjomelo un pajarito—que por el aire viniera.
       —¡De malos fuegos quemara,—de malos fuegos ardiera,
       de malos fuegos quemara—donde la traicion se hiciera!—
       No acabara de decirlo,—cuando se le concediera.

Estos romances, que también se encuentran en Andalucía, son una transformación del mito clásico de Progne y Filomena del cual conservan los rasgos esenciales y hasta el nombre del Rey Tereo, trocado en Tereno y a veces en T'urquillo, acaso por [p. 203] confusión con el romano Tarquino, de quien tampoco se olvidó la poesía popular, y que, a título de injusto forzador, tenía alguna semejanza con Tereo. Hay mezcladas también reminiscencias de la horrible fábula de Tiestes y Atreo.

                                          23

                          El Conde Olinos.—I

        ¡Conde Olinos, Conde Olinos—es niño y pasó la mar!
       Levantóse Conde Olinos—mañanita de San Juan:
       llevó su caballo al agua—a las orillas del mar.
       Mientras el caballo bebe—él se pusiera a cantar:
       —«Bebe, bebe, mi caballo;—Dios te me libre de mal,
       de los vientos rigurosos—y las arenas del mar.».—
       Bien lo oyó la Reina mora,—de altas torres donde está:
       —Escuchad, mis hijas todas;—las que dormis, recordad [1]
       y oirédes a la sirena—como canta por la mar.—
       Respondió la mas chiquita,—(¡mas le valiera callar!)
       —Aquello no es la sirena,—ni tampoco su cantar;
       aquel era el Conde Olindos,—que a mis montes va a cazar.
       —Mis morillos, mis morillos,—los que me comeis el pan, [2]
       id buscar al Conde Olindos,—que a mis montes vá a cazar.
       Al que me lo traiga vivo,—un reinado le he de dar;
       el que me lo traiga muerto—con la Infanta ha de casar:
       al que traiga su cabeza,—a oro se la he de pesar.—
       Po 'l monte de los Acebos,—cien mil morillos se van
       en busca del Conde Olindos;—non le pueden encontrar.
       Encontráronlo durmiendo—debajo de un olivar.
       —¿Qué haces ahí, Conde Olindos?—¿Qué vienes aquí a buscar?...
       Si a buscar vienes la muerte,—te la venimos a dar,
       si a buscar vienes la vida—de aquí non la has de llevar.
       —¡Oh, mi espada; oh, mi espada—de buen oro y buen metal;
       que de muchas me libraste,—desta non me has de faltar:
       y si desta me librases,—te vuelvo a sobredorar!—
       Por la gracia del Dios Padre,—comenzó la espada a hablar:
       «Si tú meneas los brazas—cual los sueles menear,
        [p. 204] yo cortaré por los moros—como cuchillo por pan.»
       —¡Oh caballo, mi caballo;—oh, mi caballo ruan,
       que de muchas me libraste,—desta non me has de faltar!—
       Por la gracia de Dios Padre,—comenzó el caballo a hablar:
       «Si me das la sopa en vino—y el agua por la canal,
       las cuatro bandas de moros—las pasaré par a par. »
       Cuando era medio día,—no halló con quien pelear,
       sinon era un perro moro—que non lo pudo matar.
       Allí vino una paloma,—blanquita y de buen volar.
       —¿Qué haces ahí, palomita;—qué vienes aquí a buscar?
       —Soy la Infanta, Conde Olinos;—de aquí te vengo a sacar.
       Ya que non queda más qu' ese,—vivo no habrá de marchar.—
       Por el campo los dos juntos —e pasean par a par.
       La Reina mora los vió,—y ambos los mandó matar:
       del uno nació una oliva,—y del otro un olivar:
       cuando hacía viento fuerte,—los dos se iban a juntar.
       La Reina tambien los vió,—tambien los mandó cortar:
       del uno nació una fuente,—del otro un río caudal.
       Los que tienen mal de amores—allí se van a lavar.
       La Reina tambien los tiene—y tambien se iba a lavar.
       —Corre fuente, corre fuente,—que en ti me voy a bañar.
       —Cuando yo era Conde Olinos,—tú me mandaste matar;
       cuando yo era olivar,—tú me mandaste cortar;
       ahora que yo soy fuente,—de ti me quiero vengar:
       para todos correré—para ti me he de secar.
       —¡ Conde Olinos, Conde Olinos,—es niño y pasó la mar !


                                          24

                          Conde Olinos.—II

        ¡Quién se dol del Conde Olinos,—que niño pasara el mar!
       Lleva su caballo al agua—una noche de lunar;
       mientras el caballo bebe,—él le canta este cantar:
       «Bebe, bebe, mi caballo;—Dios te me libre de mal,
       de los peligros del mundo—y de las ondas del mar;
       de los castillos de Arriba—que me quieren mucho mal.»
       La Reina mora lo oyera—de altas torres donde está:
       —Escuchalde, mis doncellas—las que dormis, recordad,
       y oirédes a la serena—cómo canta por el mar.
       Respondió la mas chiquita,—(¡mas le valiera callar!)
       —Aquella no es la serena,—nin tampoco su cantar:
       aquel es el Conde Olinos—que conmigo va a casar.—
        [p. 205] La Reina, que aquello oyera,— ambos los mandó matar. [1]
       Uno lo entierran 'n el coro,—y otro 'n el pie del altar.
       D' ella nació verde oliva,—d' el nació verde olivar,
       Crece el uno, crece el otro,—ambos iban a la par;
       cuando hacía aire d' arriba,—ambos se iban a abrazar;
       cuando hacía aire d' abajo,—ambos se iban a besar.
       La Reina que aquello vé,—ambos los manda cortar:
       d' ella naciera una fuente,—d' el nació un río caudal.
       «Quien tuviere mal de amores—aquí se venga a bañar.»
       La Reina que aquello oyera—tambien se fuera a lavar.
       —Detente, Reina, detente,—no me vengas dexobar. [2]
       Cuando yo era Blanca Flor—tú me mandaste matar;
       cuando yo era verde oliva—tú me mandaste cortar;
       ahora soy fuente clara,—non me puedes facer mal;
       para todos he de correr—para ti me he de secar.

Estos poéticos y misteriosos romances, que pudiéramos llamar de las transformaciones, y que parecen conservar rastros del paganismo céltico, no proceden, sin embargo, de la antigua mitología de la Península (como pudiera sospecharse al ver que sólo se los encuentra en Asturias y en Portugal), sino que se derivan de los poemas franceses del ciclo de la Tabla Redonda, y especialmente del más célebre de ellos, Tristán e Iseo, cuya parte maravillosa pasó a estas canciones nuestras, que en su estado actual no han de ser muy antiguas, pues contienen inoportunas reminiscencias de otros romances, especialmente de El Conde Arnaldos y de La linda Melisenda (153 y 198 de la Primavera).

Hay en portugués las siguientes versiones:

a) Conde Nillo (III, 9-12 del Romanceiro de Almeida Garrett), que sospechó ya el origen extranjero de la canción, aunque no llegó a determinarle «Da nossa Hespanha e que elle näo me parece oriundo».

b) Romance do Conde Niño. Variante de Tras-os-Montes (T. Braga , Rom. gen., 37-40).

[p. 206] c) Dom Diniz. Versión del Algarve (Apud. Estacio da Veiga, 64-67).

d) Dom Duardos. Dos variantes de la isla de San Jorge (Cantos pop. do Archip. Açoriano, 271-274).

e) Dom Bernal y Don' Aninha (tradicional en la isla de la Madera, 118-122).

Por supuesto, que el Conde Niño de estos romances nada tiene que ver con el personaje histórico Don Pedro Nuño, Conde de Buelna, si bien la celebridad de sus aventuras pudo influir en que su nombre se aplicase arbitrariamente al héroe de estos romances, así como en el Algarve se le llamó Don Diniz por recuerdo del famoso Rey del mismo nombre y en las Azores Don Duardos, acaso por influjo del libro de Caballerías Primaleón y Tolendos, o de la tragicomedia de Gil Vicente.

Coinciden con estos romances, pero sólo en el final, A Ermida no mar, tradicional en las Azores (274-275); O Caçador, recogido en la isla de San Miguel por Th. Braga (notas a los Cantos populares do Brazil, II, 153- 158).

Nota el mismo Braga que el episodio de los dos árboles nacidos en la sepultura de los amantes es un elemento poético de carácter universal, que se halla en el cuento egipcio de Los dos hermanos, en tradiciones y leyendas de China, del Afganistán, de los cosacos de la Ukrania, etc., y de un modo muy próximo a nuestros romances, pero mucho menos poético, en un canto popular de Normandía, recogido por Beaurepaire:

       Sur la tombe du garçon
       on y mit une épine,
       sur la tombe de la belle
       on y mit une olive.
       L'épine crut si haut
       qu'elle embrassa l'olive,
       on en tira du bois
       pour batir des églises.

                                   [p. 207] 25

                 La esposa de Don García.—I

        En poder de moros va,—en poder de moros iba,
       en poder de moros va—la esposa de Don García.
       ........................................................................
       .........................................................................
       —Dios la guarde, la mi madre,—Dios la guarde, madre mía.
       ¿Por aquí pasó mi esposa,—la mi esposa tan querida?
       —Por aquí pasó esta noche—tres horas antes del día;
       vihuela de oro en las manos,—y muy bien que la tanguía.
       —Andes, andes, mi caballo;—guárdete Santa María:
       levarásme a los palacios—donde mi suegra vivía;
       que lo que mi madre ha dicho,—mi suegra revocaría.
       ........................................................................
       —Dios la guarde, la mi suegra;—Dios guarde la suegra mía.
       ¿Por aquí pasó mi esposa,—la mi esposa tan querida?
       —Por aquí pasó esta noche—tres horas antes del día;
       vihuela de oro en las manos—de pesar no la tanguía:
       toda vestida de luto—por donde iba oscurecía.
       —Andes, andes, mi caballo—guárdete Santa María;
       pasárasme aquella sierra,—aquella sierra bravía;
       si a aquella sierra llegares,—nunca mas aquí volvías.
       ......................................................................
       —Dios los guarde a los moros—y a toda la morería,
       grandes guerras les armasteis—al Infante Don García,
       y le robasteis la esposa—de los palacios de usia.
       —Tomelá, el caballero;—por cien doblas la darían,
       si doncella la trajimos,—doncella la volvería.—
       El la agarró por el brazo,—y a caballo la ponía.

                                  * 25

                 La esposa de Don García.—II

        Válgame Nuestra Señora—y la sagrada María;
       que cayó en poder de moros—la esposa de Don García.
       Diez mil moros la llevaban—y todos en romería.
       —Ande mi caballo, ande,—ande de noche y de día,
       hasta llegar al palacio—donde está la madre mía.
       ..................................................................
       —Dios ayude la mi madre.—Bien venido Don García.
        [p. 208] —Lo que voy a preguntar—pronto me respondería:
       si vió por aquí esta noche—mi esposa Doña María!
       —Por aquí pasó esta noche—dos horas antes del día,
       vestida de colorado,—que una reina parecía,
       vihuela de oro en sus manos,—y muy bien que la tangía.
       Cada vuelta que le daba,—cuernos, cuernos, Don García.—
       —Ande mi caballo, ande—de noche como de día,
       hasta llegar al palacio—donde estaba la mi tía.
       ...........................................................................
       ..........................................................................
       —Dios ayude a la mi tía.—Bien venido, Don García.—
       —Lo que voy a preguntar—pronto me respondería:
       si vió por aquí esta noche—mi esposa Doña María.—
       —Por aquí pasó esta noche—tres horas antes del día,
       toda vestida de negro,—que una viuda parecía,
       vihuela de oro en las manos,—de pesar no la tangía;
       cada vuelta que le daba,—¡valme, valme, Don García!—
       —Ande mi caballo, ande—de noche como de día.—
       Toca en el medio del monte—la bocina Don García:
       —Escanciador que da el vino,—escancie con cortesía,
       guárdeme un vaso de vino—para aquel de la bocina.
       —No le guardaría uno,—como dos le guardaría,
       sino fuera su hermano—o su esposo don García.—
       —Hermano no tengo yo,—y ni esposo conocía;
       es que lástima me dan—los que andan de montería.
       En estos y otros comedios—allí llega Don García:
       —Dios ayude a los morillos,—morillos de morería.
        —Bien venido el cristianillo,—que buen caballo traía.
       —Yo vengo de Santiago,—camino por Turquería.
       —Allá vamos todos juntos,—iremos en compañía.
       —Mi caballo tiene zuna—que jamás la perdería,
       que entre tropa de caballos—él delante nunca iría.
       —Nosotros delante iremos,—y usted detrás quedaría.
       —Allá abajo hay un reguero,—¿quién ha de pasar la niña?
       —Pasarála el cristianillo,—que buen caballo traía.
       —Mi caballo tiene zuna—que jamás la perdería,
       mujer que no tenga honra—sobre sí no consentía.
       —Si la trae de su tierra—nadie se la quitaría.—
       Cuando iba cuestas arriba—ojos que lo mirarían:
       cuando iba cuestas abajo—ni el diablo lo alcanzaría.
       —Vuelta, vuelta, mi caballo,—ya entramos en Turquería,
       Adiós, adiós los morillos—morillos de Morería.
       —Adiós, adiós el cornudo,—el cornudo Don García:
       esa mujer va preñada—de cuantos moros había.
       —Pára, moro perro, pára,—yo se lo bautizaría.
       Válgame Nuestra Señora—y la sagrada María.

[p. 209] Nada podemos conjeturar con fundamento acerca de estos dos singularísimos romances, que hasta ahora aparecen solitarios en la tradición de la Península, y que parecen ser degeneración de algún romance histórico. El segundo, inédito hasta ahora, parece más moderno que el primero, puesto que mezcla con rasgos afectuosos y delicados otros de una brutalidad extrema, y desfigura, sobre todo el final, de un modo libre y desvergonzado, que no es propio de la genuina poesía popular.

El Don García de estos romances, ¿será por ventura el Conde de Castilla Garci Fernández, que fué famoso por sus desventuras conyugales?

                                           26

                          El galán d' esta villa

        ¡Ay! un galán d' esta villa—¡ay! un galán d' esta casa,
       ¡ay! él por aquí venía,—¡ay! él por aquí llegaba.
       —¡Ay! diga lo qu' él quería,—¡ay! ¡diga lo qu' él buscaba!
       —¡Ay! busco la blanca niña—¡ay! busco la niña blanca
       que tiene voz delgadina,—que tiene la voz delgada;
       la que el cabello tejía,—la que el cabello trenzaba.
       —¡Ay! ¿trenzadicos traía?—¡Ay! ¿trenzadicos llevaba?
       ¡Ay! que non l' hay n' esta villa,—¡ay! que non l' hay n' esta casa,
       si non era una mi prima,—si non era una mi hermana,
       ¡ay! de marido pedida,—¡ay! de marido velada...
       ¡Ay! bien qu' ora la castiga,—¡ay! bien que la castigaba,
       ¡ay! con varas las d' oliva,—¡ay! ¡con varas las de malva!
       Es la causa otra su amiga,—es la causa otra su amada,
       que la tien allá en Sevilla,—que la tien allá en Granada...
       —¡Ay! diga a la blanca niña,—¡ay! diga a la niña blanca,
       ¡ay! que su amante la espera,—¡ay! que su amante la aguarda
       al pie d' una fuente fría,—al pie de una fuente clara,
       que por el oro corría,—que por el oro manaba,
       donde canta la culebra,—donde la culebra canta.—
       Por arriba d' una peña—por arriba d' una mata,
       donde canta la culebra,—donde la culebra canta,
       vi venir una doncella;—es hija del Rey d' Arabia.
       ¡Ay! llegó a la fuente fría,—¡ay! llegó a la fuente clara.
       ........................................................................
       Ya su buen amor venía,—ya su buen amor llegaba
       por sobre la verde oliva,—por sobre la verde rama;
       por dond' ora el sol salía,—por dond' ora el sol rayaba,
        [p. 210] ¡ay! mañana la tan fría,—¡ay! mañana la tan clara.
       ¡Ay! Antonio se decía,—¡ay! Antonio se llamaba;
       a su cuello una medida,—a su cuello una esmeralda.
        Perdiérala entre la yerba,—perdiérala entre la rama.
       Hallárala una doncella,—hallárala una zagala,
       la qu' el cabello tejía,—la que el cabello trenzaba.
       ¡Ay! agua la depedía,—¡ay! agua la demandaba;
       ¡ay! agua de fuente fría,—¡ay! agua de fuente clara.
       ¡Ay! ¡lo que allí le decía!—¡ay! ¡lo que allí le falaba!
       y celos la depedía,—y celos la demandaba:
       —¡Ay! la vinaja dorida,—¡ay! la vinaja dorada...
       —¡Ay! trájola de Sevilla,—¡ay! trájola de Granada,
       ¡ay! de mano de su amiga,—¡ay! de mano de su amada.
       —¡Ay! yo te la mercaría,—¡ay! que yo te la mercaba;
       ¡ay! más galana y pulida,—¡ay! más pulida y galana,
       ¡ay! si quies mi compañía,—¡ay! si quies la mi compaña.
       —¡Ay! sí, por el alma mía,—¡ay! sí, por la vuestra alma;
       ¡ay! qu' el que me dió la cinta,—¡ay! que el que me dió la saya,
       ¡ay!l non quiere que o la vista,—¡ay! non quiere que o la traiga:
       ¡ay! quier que la ponga en rima,—¡ay! quier que la ponga en vara,
       la quier para otra su amiga,—la quier para otra su amada,
       que la tien allá en Sevilla,—que la tien allá en Granada.—
       .................................................................................
       ¡Ay! ¡cantaba la culebra!—¡ay! ¡la culebra cantaba!
       ¡ay! ¡voz tiene la doncella!—¡ay! ¡voz tiene la galana!...
       —¡Ay! ¡padre, le tengo en vida!—¡ay! ¡padre, le tengo en casa!
       Un viene a la romería,—un viene a la Roma Santa
       con el que yo más quería,—con el que yo más amaba.
       ¡Ay! Antonio se decía,—¡ay! Antonio se llamaba;
       aquel qu' andaba en la guerra,—aquel que en la guerra andaba
       con espada y con rodela,—con rodela y con espada.
       Él se fuera y nao venía,—él se fuera y non tornaba,
        muy tiernas cartas me envía,—tiernas cartas m' enviaba:
       «Non te me cases, mi vida,—non te me cases, mi alma;
       presto será mi venida,—presto será mi tornada.»
       ..........................................................
       ..........................................................
       ¡Ay! fuese a la romería,—¡ay! fuese a la Roma Santa
       con el que ella más quería—con el qu' ella más amaba.
       ..........................................................
       ¡Ay! la niña estaba en cinta,—¡ay! la niña en cinta estaba.
       ¡Ay! llegaronse a la ermita,—¡ay! llegaronse a la sala,
       ¡ay! donde el abad diz misa,—¡ay! dond' el abad misaba;
       ¡ay! misa en n' la montiña,—¡ay! misa en n' la montaña:
       ¡ay! el molacin l' audiva,—¡ay! el molacin l' audava.
       ¡Ay! vueltas las que darían,—¡ay! vueltas las que le daban
        [p. 211] a redores de la ermita,—a redores de la sala;
       ¡ay! que el parto le venía,—¡ay! que el parto le llegaba.
       —¡Santa María es mi madrina!—¡Santa María es mi abogada!
       Un niño en brazos traía,—un niño en brazos llevaba;
       Jesucristo le decía,—Jesucristo le llamaba.
       El Niño rosas traía,—el Niño rosas llevaba,
       cuatro o cinco en una piña,—cuatro o cinco en una caña.
       —De la caña más florida,—de la caña más granada,
       ¡ay! dale a la blanca niña,—¡ay! dale a la niña blanca;
       ¡ay! pues ella estaba en cinta,—¡ay! pues ella en cinta estaba.—
       ¡Ay! parió una blanca niña,—¡ay! parió una niña blanca;
       bautizóla en agua fría,—bautizóla en agua clara;
       púsole en nombre Rosina,—púselo en nombre Rosaura;
       qu' el Nido rosas traía,—qu' el Niño rosas llevaba.
       ..........................................................
       ..........................................................
       ¡Ay! mandara el Rey prenderla,—¡ay! mandara el Rey prindarla;
        en cadenillas meterla—y en cadenillas echarla;
       ¡ay! arriba en la alta mena,—¡ay! arriba en la mena alta:
       quier que le sirva a la mesa,—quier que le sirva a la tabla,
       ¡ay! con la taza francesa,—¡ay! con la francesa taza;
       que file paños de seda,—que file paños d' Holanda,
       con rueca la de madera,—con rueca la de su casa;
       los que filaba la Reina,—los que filaba la Infanta,
       ¡ay! con el tortoriu d' oro,—co'l tortoriu de esmeralda.
       ¡Ay! tortoriu trae de piedra,—¡ay! ¡tortoriu, fuso y aspa!
       Llabra en él la seda fina,—llabra en él la seda clara;
       ¡ay! al Rey le fay camisa,—¡ay! al Rey le fay delgada
       ¡ay! del oro engordonida,—¡ay! del oro engordonada.

He aquí el romance más famoso y popular de Asturias, el que sirve de tiempo inmemorial para acompañar la danza prima. Ha sido también el primero en que se fijó la atención de la crítica. Ya Jovellanos le menciona en su carta sobre las romerías. Cuantos le han oído están contestes en afirmar el poético efecto que causa, a pesar de lo inherente de su contenido, o quizá por esta misma razón. Sus variantes son innumerables, pero la más completa es sin duda, la que publica el Sr. Menéndez Pidal. Ha sido impreso en varios libros de viajes, y también en una hoja suelta que publicó D. José Pérez Ortiz, antiguo catedrático de la Universidad ovetense, con el estrambótico título que sigue: El Galán de esta villa. Romance antiguo, natural compañero de la danza propia para ostentar el sexo femenino la alegre oficiosidad [p. 212] doméstica que le corresponde en la sociedad conyugal, y por cuyo olvido deja de practicarse aun por las honestas. Finalmente, de la popularidad de este romance da fe el verbo asturiano estavillar, que quiere decir hablar apresuradamente, sin tino ni concierto. Tal como suele cantarse este romance, parece, en efecto, una retahíla sin sentido; pero el Sr. Menéndez Pidal, reuniendo trozos de diversas versiones, ha llegado a ofrecer un conjunto bastante satisfactorio, aunque no sin lagunas. Ha de tenerse en cuenta que la segunda parte de cada verso es repetición del octosílabo anterior, puesto que el romance se canta por dos coros: uno de hombres y otro de mujeres.

                                          27

                                La ausencia. —I

        Estando yo ante mi puerta—labrando la fina seda,
       vi venir un caballero—por la alta Sierra Morena;
       con las armas n' el caballo,—a mi marido semeja.
       Atrevime a preguntarle—si venía de la guerra.
       —De la guerra, no, señora;—pero vengo cerca della.
       ¿Por qué lo entruga, [1] señora? —¿Por qué lo entruga, doncella?
       —Porque tengo a mi marido—há siete años en la guerra:
       de los siete años que estuvo,—nunca me envió una letra.
       Diga, diga, la señora;—diga de qué señas era...
       —Era alto como un pino—y galan como una estrella;
       llevaba un caballo blanco—todo cubierto de seda...
       —Por las señas que me dabais,—en la guerra muerto queda;
       su cuerpo revuelto en sangre,—su boca llena de arena.
       —¡Ay, triste de mí, cuitada!—¡Ay, de mi suerte tan negra!
       ¡Siempre truje toca blanca,—ahora vestiréla prieta!
       Tres hijos que me quedaron—los criaré en mi tristeza;
       y, en cuanto manejen armas,—mandarélos a la guerra
       para vengar a su padre—que le mataron en ella...
       —Non se aflija la señora;—no se acordoje, mi dueña,
       nin vista los negros paños,—que yo su marido era.

                                           [p. 213] 28

                               La ausencia. —II

        Estando un día a la puerta—labrando paños de seda,
       vi venir un caballero—allá por Sierra Morena.
       Atrevime y preguntéle—si venía de la guerra.
       —De la guerra, sí, señora;—de la guerra, sí, doncella.
       ¿Tiene allá algun primo hermano—o alguno que le dé pena?
       —Yo tengo allá a mi marido;—más hermoso que una perla.
       Déme las señas, señora;—señora, déme las señas.
       —Llevaba el caballo blanco,—la silla dorada y negra:
       dos criados que llevaba,—iban vestidos de seda;
       iban vestidos de luto—de los pies a la cabeza.
       —Vuestro marido, señora,—en la guerra muerto queda.
       —¡Ay, pobre de mí, cuitada;—que estoy sola en tierra ajena!
       ¡Mis pobres hijos queridos—quien los mandará a la escuela;
       y a mi hija Teresina—quien la casará en su tierra!
       —Los sus hijos y los míos—xuntos irán a la escuela,
       y a su hija Teresina—yo la casaré en mi tierra.
       A otro día de mañana,—madrugó a misa primera;
       iba vestida de luto—de los pies a la cabeza,
       y al tomar agua bendita—co 'l caballero se encuentra.
       —¿Por quién trae luto, señora;—por quién trae luto, doncella?
       —Tráigolo por mi marido,—que se me murió en la guerra.
       —Non llore por él, señora;—señora, non tenga pena,
       nin vista paños de luto,—que yo su marido era.

Es lugar común en la poesía popular el reconocimiento del marido que vuelve de la guerra, y rara vez se omite la enumeración de las señas que sirven para reconocerle. Se encuentra este tema en los cantos de la Grecia moderna, [1] en baladas alemanas [2] e inglesas, [3] en las canciones francesas Germaine o Germine y Le retour du mari, de las cuales se conocen muchas versiones, [4] en [p. 214] La esposa del Cruzado, canción bretona, [1] y en una canción italiana, La Prova, que se halla, más o menos íntegra, en el Piamonte, en Génova, en Lombardía, en Venecia, en la Marca de Ancona, en Ferrara, y en otras partes. [2] En rigor, el asunto es humano, y su expresión más poética y más antigua está ya en la Odisea, pero es tal la semejanza que tienen estas canciones en algunos pormenores, especialmente en lo que toca a las señas del marido, que hacen pensar en la trasmisión directa de un tema original, nacido no se sabe dónde.

Sin resolver tan ardua cuestión, nos ceñiremos a enumerar los romances españoles sobre este argumento. Corresponden a él desde luego los dos castellanos que comienzan Caballero, si a Francia ides (núms. 155 y 156 de la Primavera), muy tardíos uno y otro y con visibles reminiscencias de los viejos romances carolingios de Gaiferos y Valdovinos, y muy especialmente del que empieza Nuño Vero, Nuño Vero (núm. 168 de la Primavera).

Pertenecen también los siguientes romances portugueses:

a) Bella Infanta. Dos lecciones recogidas por Almeida Garrett (II, 7-14). El mismo Garrett intercaló este romance con mucho efecto dramático en el acto V de su drama O Alfageme de Santarem.

b) Dona Infanta.—Dona Catherina. Variantes de la Beira Baja. En el Romanceiro de T. Braga, 1-7.

c) Romance da Bella Infanta. Versión de la isla de San Jorje (Azores, 298-300).

d) Bella Infanta. Recogido en la isla de la Madera (202-204).

e) Bella Infanta. Variante de la provincia del Miño. [p. 215] Publicada por C. Michaelis de Vasconcellos en el Zeitschrift fur romanische philologie (III, 63). Difiere mucho de todas las demás.

f) Dona Infanta. Versión de Río Janeiro. En el tomo I de los Cantos populares do Brazil, 1-3.

En Cataluña existe La vuelta del marido (núm. 202 del Romancerillo de Milá), con algunas palabras castellanas, indicio evidente de su origen. La heroína se llama Blancaflor. Cf. Cansons de la terra, de Pelay Briz (I, 173; II, 191) y Aguiló, núm. IX, con el titulo de Blancaflor o la tornada del marit.

                                          29

                                La esposa infiel

        Estando una bella dama—arrimada a su balcon,
       vió venir a un caballero—miróle con atencion;
       de palabras se trabaron—de amores la comprendió.
       —Bella dama, bella dama,—con usted durmiera yo.
       —Suba, suba, el caballero—dormirá una noche o dos.
       —Lo que temo es su marido,—que tenga mala intencion.
       —Mi marido es ido a caza—a los montes de Leon:
       para que no vuelva nunca,—le echaré una maldición:
       «Cuervos le saquen los ojos—águilas el corazón,
       los perros de mis rebaños—le arrastren en procesion.»
       Estando en estas palabras—el marido que llegó.
       —Ábreme la puerta, luna,—ábreme la puerta, sol,
       que te traigo un cervatillo—de los montes de Leon.—
       Al bajar a la escalera,—la color se le mudó.
       —Tú tuviste calentura,—o dormiste con varon.
       —Yo ni tuve calentura—ni he dormido con varon;
       solo que perdí las llaves—de tu puerta del salon.
       —Si las perdiste de hierro,—de plata las haré yo.
       —El herrero está en la fragua,—y el platero en el meson...
       —¿De quién es aquel sombrero—que en mi cuarto veo yo?
       —Es tuyo, marido mío;—mi padre te lo mandó.
       —Da las gracias a tu padre;—buen sombrero tengo yo.
       ¡Cuando yo no lo tenía,—no me lo mandaba, no!
       ¿De quién es aquella capa—que en mi percha se colgó?
       —Es tuya marido mío—mi padre te la envió.
       Da las gracias a tu padre—buena capa tengo yo:
       ¡Cuando yo no la tenía—no me la enviaba, no!
       ¿De quién es aquel caballo—que en la cuadra relinchó?
       —Es tuyo, marido mío;—mi padre te lo endonó.
        [p. 216] Da las gracias a tu padre;—buen caballo tengo yo.
       ¡Cuando yo no lo tenía,—no me lo endonaba, no!
       ¿De quién es aquella espada—que colgada veo yo?
        —Clavadla, señor marido;—clavadla en mi corazon,
       que bien la muerte merece—quien a un marido engañó.

No menos universalmente divulgado que el anterior se halla este romance, cuyo asunto es tan viejo como la flaqueza y la malicia humanas. Querer enumerar todas las canciones de distintos pueblos que tienen argumento análogo sería tarea tan pueril como la de aquel buen señor de quien D. Manuel Milá me refirió que había tomado muy a pechos el demostrar que todos nuestros romances de esposas infieles castigadas por sus maridos eran trasunto del episodio de Francesca de Rímini. ¡Como si con la heroína dantesca se hubiese acabado la casta de las adulteras más o menos sentimentales!

Más adelante daremos a conocer otras versiones populares del romance asturiano. Baste advertir por ahora que es una variante de los números 136 y 136 bis de la Primavera, que comienzan Blanca sois, señora mia... y Ay cuán linda que eres, Alba.

Tiene en portugués las correspondencias siguientes:

a) Dona Branca. Variante de la isla de San Jorge. Sólo en el final coincide con el nuestro (Cantos Popul. do Archipelago Açoriano, 233-235).

b) Dom Alberto.—Flor de Marilia. Tradicionales en la misma isla. Substancialmente idénticos a los de nuestro romancero (Ib. , 236 241).

c) Dona Alda.—Dom Aldonso. Dos romances de la isla de la Madera (103-107). En el primero el marido mata al amante, pero se enternece con la mujer, y la perdona. En el segundo mata a los dos adúlteros.

En Cataluña se canta un romance mestizo (núm. 254 del Romancerillo, con el título de La adúltera castigada), del cual Milá recogió hasta doce versiones. La mejor y más completa tiene la particularidad de que el marido y el amante se matan mutuamente en desafío, quedando la triste dama sens consuelo ni amor. Cf. Briz, Cansons de la terra, tomo IV, Lo retorn soptat, y Aguiló, núm. X, Punició de la adultra.

                                           [p. 217] 30

                          El caballero burlado [1]

       Allá arriba en aquel monte,—allá en aquella montiña,
       do cae la nieve a copos—y el agua muy menudina;
       donde canta la culebra—responde la serpentina,
       al pié del verdoso roble—se veye la blanca niña,
       con peines d' oro en la mano,—conque los cabellos guía:
       cada vez que los guiaba—el monte resplandecía.
       Allá arriba en aquel monte—un caballero venía
       que las carreras perdiera,—que las carreras perdía.
       Tuvo miedo el caballero,—tuvo miedo y pavoría
       que se perdies' en el monte;—e que osos le comerían.
       —Non hayades, señor, miedo,—nin miedo nin pavoría;
       que yo cristianilla soy,—de las cristianas nacida.
        [p. 218] —A cual dello quiere ir,—¿a las ancas o en la silla?...
       —En la silla, el caballero;—que allí me pertenescía.—
       Ya camina el caballero;—con la doncella camina:
       en medio de las carreras—de amores la requería.
       —Tate, tate, caballero;—non toquedes ropa mía;
       que fija soy de un malato—y de una malatofiña.
       El home que me tocara—malato se tornaría;
       el campo que yo trillare—nunca otra yerba daría;
       caballo que yo montara,—muy xedo reventaría.
       —Apeadvos, apeadvos;—apeadvos por mi vida,
       e non culpeis a mi fé—si fago descortesía;
       que si el caballo revienta,—mal ganancia yo tendría.—
       Estas palabras diciendo—de la montaña salían,
       dó las campanas se oyeran—que en la ciudad se tañían.
       A la salida del monte—a la entrada de la villa,
       tornábase la doncella—con la su faz alegrina.
       Tornárase la doncella—calcárase grande risa
       y con falangueras chufas—al caballero decía:
       —¡A fijas del rey del monte—creyestes lo que decían!
       Fiz puesta con mis hermanos—cien vasos «de plata fina,
       de rondar con vos el monte,—volver con honra a la villa.
        —Atrás, atrás la señora;—atrás, atrás, vida mía,
       que en la fuente dó bebimos—quedó mi espada perdida.
       —Miente, miente el caballero;—ca la traedes ceñida.

Aunque imitado de un fabliau francés según opinión muy verosímil, el lindo y picante romance de La Infantina echó grandes raíces en la tradición poética de la Península, y se le encuentra por todas partes. En las antiguas colecciones, principiando por la de Amberes, sin año, está representado por la versión que comienza «De Francia partió la niña» (núm. 154 de la Primavera). Rodrigo de Reinosa, autor, al parecer, de la refundición de este romance contenida en un pliego suelto gótico (154 a de la Primavera) le amalgamó con otro de asunto diverso aunque análogo, que principia «A cazar va el caballero» (Primavera, 151) . Pero esta contaminación de los dos romances no fué capricho de aquel ingenioso versificador, puesto que también se encuentra en casi todas las versiones populares.

Abundan sobremanera en Portugal, aunque ninguna de ellas tiene tantos rasgos de antigüedad como la asturiana O Caçador (Romanceiro de Almeida Garrett, II, 21-24), corresponde al de [p. 219] «A cazar va el caballero»; pero todos los demás que vamos a citar son variantes de La Infantina propiamente dicha.

a) A Infeitiçada (Almeida Garrett, II, 32-35: texto ecléctico, según costumbre). Conserva los rasgos de hechicería que hay en el romance del Cazador, y tiene un final muy parecido al del romance asturiano de D. Bueso, puesto que el caballero reconoce que la Infantina es su hermana.

b) Romances da Infanta de França. Dos versiones recogidas por Teófilo Braga, una en Covilham (Beira Baja), otra en Foz do Douro (Rom. Geral., 26-29 ). La primera es muy análoga a la de Garrett: la segunda es muy abreviada.

c) Romance de D. Almendo (en otras versiones Alberto) recogido en el Algarve por Estacio da Veiga (Rom. do Alg., 38-44). Difiere mucho de todos los demás, pero tiene trazas de estar retocado por algún poeta culto.

d) Romance da filha do rei de França.—O Caçador e a donzilla.—Donzella encantada. Tres variantes de la isla de San Jorge, en los Cantos Populares do Archipelago Açoriano (183-191). En las dos últimas se repite la peripecia del reconocimiento de los dos hermanos.

e) La filha del rei de França. Variante de la isla de la Madera (apud Rodrigues de Azevedo, 360-363). Termina con el reconocimiento. Hay también rastros de La Infantina en otro romance, muy novelesco y al parecer no muy antiguo, recogido en la misma isla con el título de La rainha mulata (354-360). Mulata parece ser corruptela de la voz anticuada malata, que ya el vulgo no entiende.

f) O Caçador (versión de la isla de San Miguel, impresa por T. Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil, II, 153-155).

En Cataluña no es desconocido el romance de La Infantina, pero no debe de ser de los más populares, puesto que ni Milá ni Briz le insertaron en sus respectivas colecciones, y el infatigable Aguiló, que le trae con el núm. XI, sólo llegó a recoger cuatro versiones, dos de ellas en puntos tan excéntricos como las islas de Ibiza y Formentera. Su lección difiere poco de las dos de la Primavera, y carece, como ellas, de encantamientos, pero coincide con la mayor parte de las portuguesas en el infeliz final de [p. 220] la anagnorisis de los dos hermanos, que indudablemente es un pegote moderno y basta para echar a perder toda la gracia y malicia del primitivo romance, tal como se estampó en los romanceros de Amberes y Zaragoza, y tal como vive aún en labios del pueblo asturiano. La intervención de las hadas ha de tenerse también por cosa ajena y sobrepuesta al donoso y enteramente humano cuento que inventó el viejo juglar, francés o castellano.

Son numerosas las canciones populares de varios pueblos que presentan situaciones análogas a este romance. Puymaigre cita, a este propósito, una canción recogida por Gerardo de Nerval en Normandía, y que se canta también en Borgoña, en Provenza, en el país de Metz, en el Franco-Condado, en Champagne, en otras provincias francesas, y hasta en el Canadá. Existe tambien una balada anglo-escocesa, The baffled knight (Child, IV, 479-83).

Sobre el mismo tema versa una canción piamontesa, de la cual Nigra (Canti populari del Piemonte, 1888, pp. 375-378) ha publicado cuatro lecciones, con el título de Occasione mancata, a las cuales debe añadirse otra en dialecto de Monferrato, dada a conocer por Giuseppe Ferraro (Canti populari monferrini, 76).

Aunque la más antigua versión francesa se remonta al siglo XV, [1] las españolas no son trasunto de ella. Puede conjeturarse que proceden de otra más antigua que se ha perdido.

                                           [p. 221] 31

                                   Doña Arbola

        Estándose Doña Arbola—sentadita en su portal,
       guya d' oro, dedal d' oro,—cosía en un cabezal. [1]
       Entre puntada y puntada,—dolor de parto le dá;
       sus manos blancas retuercen,—sus anillos quiéen quebrar:
       —¡Oh, palacios los palacios,—palacios del Valledal:
       el Rey mi padre vos fizo—quien fuera parir allá!—
       Allí llegara la suegra—(¡Más valiera nao llegar!)
       —¿Tú que tienes, Arbolita,—que así non solías estar?
       Doña Arbola, —¿quiés parir?—Ve parir al Valledal;
       allí tienes padre y madre—que de tí se dolerán,
       allí tienes tus hermanos—que al niño bautizarán.
       —¿Y si mi Don Morcos viene,—quién le dará de cenar?
       —Yo le daré del mi vino,—yo le daré del mi pan;
       de la caza que él trujese—mandaréte la mitad;
       de la perdiz algo menos,—de la palomba algo mas.—
       A eso de la media noche—da Don Morcos en portal.
       —¿Dónde está mi espejo, madre,—donde me suelo espejar?
       —¿Qué espejo quieres, mi fijo,—el d' oro o el de cristal?
       Si quieres el d' azabache—tambien lo dir he a buscar.
       —Non quiero, madre, el de oro—nin tampoco el de cristal,
       nin tampoco el d' azabache,—non me lo vaya buscar.
       ¿Dónde está mi esposa Arbola,—que es mi espejo natural?
       —La tu esposa Doña Arbola—en fuego deben quemar;
       dolor de parto sintiera—fué parir al Valledal.
       A mi tratóme de puta,—a ti d' hijo de rufian.
       —Ensilla el caballo, mozo,—que la quiero dir buscar.—
       Sin detenerse un momento—fuese para el Valledal.
       Siete vueltas dió al palacio—sin hallar por donde entrar;
       el viejo padre de Arbola—asomóse a un ventanal:
       —Albricias vos doy, Don Morcos—que un fijo varon tien ya.
       —Tenga varon, tenga hembra,—que se baje para acá;
       e si a mandar se lo vuelvo—ha de ser con mi puñal.
       —Si muere por el camino,—tú ante Dios responderás.—
        Arbola, desque lo oyera—de la celda donde está,
       besando el recien nacido,—comenzara a suspirar.
       Sin detenerse un momento,—bajóse luego al portal:
       la cogiera entre sus brazos—tiróla encima el ruan.
        [p. 222] Siete leguas anduvieron—en sin palabras hablar.
       —¿Por qué no me hablas, Arbola,—como me solías hablar?
       —¿Cómo quieres que yo t' hable—si non puedo respirar;
       mujer parida d' un hora,—cómo podrá caminar?
       Mira estos montes de Cristo—colorados como están:
       las crines de tu caballo—bañadas en sangre van;
       la silla de tu caballo—semeya un fino coral. [1]
       Entre estas palabras y otras—a una ermita van llegar
       —Bájame aquí, Conde Morcos—que me quiero encomendar.
       ¡Este niño que aquí llevo—me lo dareis a criar!
       No lo deis a vuestra madre—que ella me lo ha de matar:
       a mi madre lo dareis;— ella bien lo criará.
       Por Dios os pido, ermitaño,—que me querais confesar.—
       Desque la confesion dicha—el alma quiso entregar.
       Desprende el niño los labios—por gracia que Dios le dá:
       «mi madre va por los cielos—yo voy a la oscuridad;
       a mi güela en los infiernos—los diablos la quemarán:
       mi padre, si non se enmienda,—non se sabe donde irá.»

                                          32

                                      Marbella

        Paseábase Marbella—de la sala al ventanal,
       con los dolores de parto—que le hacen arrodillar.
       —¡Si yo estuviera allá arriba,—allá arriba en Valledal,
       al lado del rey mi padre,—alguno me había aliviar!—
       La pícara de la suegra—que siempre la quiso mal:
       —Ve parir allá, le dijo,—non te lo puedo quitar,
       —¿Y si mi Don Boyso viene,—quién le dará de cenar?
       —Yo le daré de mi vino,—yo le daré de mi pan,
       cebada para el caballo,—carne para el gavilan.—
       Apenas salir Arbola,—Don Boyso entró en el portal.
       —¿Dónde está el espejo, madre,—en que me suelo mirar?
       —¿Quieres el de plata fina,—o quieres el de cristal;
       o lo quieres de marfil,—tambien te lo puedo dar?
       —No quiero el de plata fina,—ni tampoco el de cristal,
       ni tampoco el de marfil,—que bien me lo podeis dar;
       quiero la mi esposa Arbola,—que ella es mi espejo real.
       —La tu esposa fué a parir,—fué a parir al Valledal,
       como si yo no tuviera—pan y vino, que le dar:
       fué preñada de un judío—y a ti te quiere engañar.
        [p. 223] Sino me la matas, hijo,—¡oh, que mal hijo serás;
       ni conmigo has de vivir—ni mis rentas has gozar!
       —¿Cómo he de matarla, madre,—en sin saber la verdad?
       —Es tan verdad hijo mío,—como Cristo está en el altar.
       Posa la mula en que vienes;—monta en otra, y vete allá.
       Por donde le ve la gente,—poquito a poco se va;
       por donde no le ve nadie,—corre como un gavilan.
       Siete vueltas dió al palacio—sin una puerta encontrar;
       al cabo de las diez vueltas,—un portero vino a hallar.
       —Albricias vos doy, Don Boyso;—que ya tien un mayoral;
       —Nunca el mayoral se críe—ni la madre coma pan.—
       Sube para el aposento—donde Doña Arbola está.
       —Levántate, Doña Arbola,—levántate sin tardar;
       y si no lo faces presto,—tus cabellos lo dirán.—
        Doncellas que la vestían—no cesaban de llorar,
       doncellas que la calzaban—no cesaban de rezar.
       —¡Ay, pobre de mí cuitada,—vecina de tanto mal;
       mujer parida de un hora—y la mandan caminar!—
       Puso la madre a las ancas—y el niño puso al petral:
       el camino por donde iban—todo ensangrentado está.
       Siete leguas anduvieron—en sin palabras hablar:
       de las siete pa las ocho—Arbola comienza a hablar.
       —Pídote por Dios, Don Boyso,—que me dejes descansar;
       mira este inocente niño—que finando se nos va;
       las patas de tu caballo—echan fuego de alquitran,
       y el freno que las sujeta—revuelto con sangre va.
       No me mates en el monte,—que águilas me comerán;
       matárasme en el camino,—que la gente me verá;
       llamárasme un confesor,—que me quiero confesar.
       —Allá arriba hay una ermita—que la llaman de San Juan,
       y dentro hay un ermitaño—que al niño bautizará;
       te bajaré del caballo,—dejaréte descansar.
       Allegaron a la ermita—y él se comienza a apear;
       y al posarla del caballo—ella principia a espirar.
       Por la gracia de Dios Padre—el niño se puso a hablar:
       «Dichosina de mi madre,—que al cielo sin culpa va:
       desgraciada de mi abuela,—que en los infiernos está:
       yo me voy al limbo oscuro,—mi padre lo pagará.»
       Juramento hizo el Conde—sobre el vino y sobre el pan,
       de no comer a manteles—sin a su madre matar:
       dentro de un barril de pinchos—mandárala prisionar
       y echarla po 'l monte abajo,—por peor muerte le dar.

Los dos romances de Doña Arbola y de Marbella (de los cuales el segundo es muy superior al primero) son variantes del tema [p. 224] de la perversa madrastra, común en la poesía popular. No se encuentra en las antiguas colecciones castellanas, pero es de los que más abundan en la tradición oral de varias provincias. Almeida Garrett (Rom. III, 40-47) publicó una versión con el titulo de Helena, más moderna sin duda y menos poética que las de Asturias, especialmente en el final, que el refundidor quiso hacer ejemplar mediante el arrepentimiento y penitencia del marido y el perdón de la inocente y ofendida esposa. Mucho más valen los dos romances de Doña Helena recogidos en la isla de San Jorge (Cantos populares do Archipelago Açoriano, 225-230): el de Don Pedro, versión de la Beira Baja (apud T. Braga, Rom. Geral., 42-45), los dos de Doña Ouliva y Doña Eurives, procedentes de la isla de la Madera (apud Rodrigues de Azevedo, 186-190).

Se habrá observado que en el romance de Marbella el marido se llama Don Boyso (es decir, Don Bueso). Esta circunstancia sirve para entroncar este romance con otro bellísimo del mismo argumento, que se canta en el Algarbe, y cuyo protagonista se llama Don Bozo (vid. T. Braga, notas a los Cantos populares do Brazil , 183-184).

Así como en los Algarbes persistió el nombre de Don Bueso, como indicio de origen, así en Cataluña, adonde este romance transmigró desde Castilla como tantos otros, se conserva en versiones mestizas, de las cuales Milá recogió hasta ocho (número 243 del Romancerillo, «La mala suegra») el nombre de Dona Arbola, convertido muy frecuentemente en Doña Arbona, y también en Doña Arquela.

Las versiones puramente castellanas de Andalucía, Alto Aragón, etc., se pondrán más adelante.

                                                   33

                                           El Convite

        —Vengo brindado, Mariana,—para una boda el domingo...
       —Esa boda, Don Alonso,—debiera de ser conmigo.
       —Non es conmigo, Mariana;—es con un hermano mío.
       —Siéntate aquí, Don Alonso,—en este escaño florido;
       que me lo dejó mi padre—para el que case conmigo.—
       Se sentára Don Alonso,—presto se quedó dormido;
        [p. 225] Mariana, como discreta,—se fué a su jardín florido.
       Tres onzas de soliman,—cuatro de acero molido,
       la sangre de tres culebras,—la piel de un lagarto vivo,
       y la espinilla del sapo,—todo se lo echó en el vino.
       —Bebe vino, Don Alonso;—Don Alonso, bebe vino.
       —Bebe primero, Mariana,—que así esta puesto en estilo.—
       Mariana, como discreta,—por el pecho lo ha vertido;
       Don Alonso, como joven,—todo el vino se ha bebido:
       con la fuerza del veneno,—los dientes se le han caído.
       —¿Qué es esto, Mariana;—qué es esto que tiene el vino?
       —Tres onzas de soliman,—cuatro de acero molido,
       la sangre de tres culebras,—la piel de un lagarto vivo,
       y la espinilla del sapo,—para robarte el sentido.
       —Sáname, buena Mariana,—que me casaré contigo.
       —No puede ser, Don Alonso,—que el corazon te ha partido.
       —Adios, esposa del alma,—presto quedas sin marido:
       adios, padres de mi vida,—presto quedaron sin hijo.
       Cuando salí de mi casa,—salí en un caballo pío,
       y ahora voy para la iglesia—en una caja de pino.

Por uno de los más felices hallazgos del Sr. D. Juan Menéndez Pidal puede tenerse este romance, indisputablemente viejo, puesto que uno de sus versos se lee ya en la Ensalada de Praga (Wolf, Sammlung Spanischer Romanzen, 1850):

       ¿Qué me distes, Moriana,— qué me distes en el vino?

El argumento de este romance es análogo al que publicó Milá (Romancerillo, núm. 256) con el título de La innoble venganza, taraceado de castellano y catalán. El protagonista se llama Don Guespo y la vengativa mujer Gudriana. Aguiló, que pone dos versiones enteramente catalanas, y algo sospechosas por lo mismo, conserva el nombre de Gudriana, pero llama a la víctima Don Jordi (núm, XVIII, La venjança innoble o lo despit d' una metzinera).

Hallándose en Asturias este romance, era difícil que faltase en Portugal. Se encuentra, en efecto, no en la Península, sino en la isla de San Miguel (Azores), y lo que es más singular, en Pernambuco y Ceará (Brasil). Transcribimos la versión insular (recogida en Ponta-Delgada) por ser la mis breve, la más próxima a la asturiana, y seguramente más antigua que las brasileñas:

        [p. 226] —Deus te salve, Juliana,—sentada no teu estrado!
       —Deus te salve a ti, Don Jorje—em cima do teu cavallo.
       —Eu venho te convidar—se queres ir ao meu noivado.
       —Espera-me ahí, Don Jorje—espera-me um poucochinho,
       emquanto te vou buscar—una taça de bom vinho.
       —¿Qué me deste, Juliana,—n' esta taça com bom vinho?
       Que tenho o freio na mao,—nao enxergo o cavallinho!
       Ahí servirá de exemplo—a quem o quizer tomar:
       quem deve as honras alheias—consigo irá pagar.
       —Já minha madre o sabe—que nao tem o seu menino!
       Já minha madre o sabe—que eu que nao tenho marido.

                                          34

                          Venganza de honor.—I

        Por aquellos campos verdes —¡qué galana iba la niña!
       Llevaba saya de grana,—jubon broslado traía;
       el zapato pica en verde,—las calzas de lana fina;
       con los sus morenos ojos—amiraba a quien la mira.
       Mirábala un caballero,—traidor, que la pretendía,
       que diba, paso tras paso,—por ver si la alcanzaría.
       Señera la fué alcanzar—al pie d' una fuente fría.
       —¿Adónde por estos prados—camina sola la niña?
       —A bodas de una mi hermana,—d' una hermana que tenía.—
       Los dos del agua bebieron,—y se van en compañía.
       Él trata quitarle el honra—y la dice con falsía:
       —Mas abajo do bebiemos,—quedóme la espada mía.
       —Mientes, mientes, caballero;—qu' ende la traes tendida.—
       Dieron vuelta sobre vuelta;—derribarla non podía.
       A la postrera que daban,—una espada le caía.
       Trabóla con las sus manos—temblando toda la niña;
       metiósela por el pecho,—y a la espalda le salía.
       Con las ansias de la muerte,—el caballero decía:
       —Por donde quiera que vayas—non t' alabes, prenda mía
       que mataste un caballero—con las armas que traía.
       —Con los mis ojos morenos—la tu muerte lloraría;
       con la mi camisa blanca—la mortaja te faría;
       a la iglesia de San Juan—yo a enterrar te llevaría;
       con la tu espada dorada—la fosa te cavaría;
       cada domingo del mes—un responso te echaría.

                                           [p. 227] 35

                          Venganza de honor.—II

        Por los campos de Malverde—una muchacha venía,
       vestida de colorado,—mi Dios, qué bien parecía!
       Con el pie siega la yerba,—con el zapato la tría, [1]
       con el vuelo de la saya,—acá y acullá la tira.
       Bien la viera un caballero,—traidor, que la pretendía;
       que diba, paso tras paso,—por ver si la alcanzaría:
       un correr y otro correr,—alcanzarla no podía.
       Trató de quitarle el honra,—y ella le quitó la vida;
       que a la salida de un monte,—y a la entrada de una villa,
       cayó la espada al galán,—y se la cogió la niña:
       Se la metió por atrás—y adelante le salía.

                                          36

                          Venganza de honor.—III

        Por aquellos campos verdes,—por aquellas praderías,
       una doncella pasaba;—hija es del Rey d' Hungría.
       Era hermosa como un sol;—llámase Doña Lucía.
       Bien la viera un caballero,—traidor, que la pretendía;
       Diérase paso tras paso—por ver si la alcanzaría.
       Ella que le vió venir,—mas volaba que corría;
       que por las cuestas abajo—quien la divisar no había.
       Metiéronse en unas peñas—donde la mar trasvertía.
       —¿Cuánto me da la doncella—por que la saque a la orilla?
       —Yo non tengo que le dar,—yo que le dar non tenía,
       sino un triste cuerpecito—que yo conmigo traía.—
       Descalzárase el galan—y sacárala a la orilla.
       —Dame tu espada, galan,—ver como yo la ceñía.—
       Metiósela por el pecho,—y a la espalda le salía.
       Con las ansias de la muerte,—el caballero decía:
       —Si te alabas en tu tierra,—non te alabes en la mía:
       que mataste un caballero—con las armas que traía.
        [p. 228] —Nin me alabaré en tu tierra,—nin me alabaré en la mía;
       con los mis ojos menudos—la tu muerte lloraría—
       con la mi camisa blanca—la mortaya te faría;
       con la tu espada de oro—la fosa te cavaría.

                                          37

                          Venganza de honor.—IV

        Por aquellos campos verdes—una muchacha venía—
       viste saya sobre saya—y jubón de cotonía;
       con el vuelo de la saya—todas las yerbas tendía.
       Miraba a un lado y a otro,—por ver si alguien la veía.
       Bien la viera un caballero,—traidor, que la pretendía;
       jugando estaba a los dados—con el Príncipe de Hungría.
       Dejó el juego de los dados—y fué alcanzar a la niña:
       alcanzóla en unos montes—los más desiertos que había.
       —¿Adónde va la doncella;—adónde va, vida mía?
       —Voy a bodas d' un hermano—que casárseme quería.
       —Pues casémonos los dos,—e iremos en compañía.
       —Yo casarme, caballero,—yo casarme no quería.—
       Diérale unas siete vueltas,—derribarla non podía;
       de las siete pa las ocho,—de oro un puñal le caía:
       fué a cogerle la doncella;—fingiéndole cortesía;
       metióselo por el pecho—y a la espalda le salía.
       Con el hervor de la sangre,—el caballero decía:
       —Cuando vayas a tu pueblo—no te alabes, vida mía,
       que mataste un caballero—con las armas que traía.
       —Yo alabarme, caballero,—yo alabarme bien sabría;
       donde no encontrara gente,—yo a las aves lo diría.
       Estando en estas palabras—vieron venir la Justicia.
       —¿Quién mató este caballero?—Señor, yo le mataría:
       él quiso quitarme la honra,—y yo le quité la vida.—
       Todos dicen a una voz:—«¡Viva la gallarda niña;
       que ha matado un caballero—con las armas que él traía!»

                                          38

                          La hija de la Viudina

        Paseábase la Viudina—con dos fijas que ende había;
       por la mano las llevaba—por la mano las traía.
       Por la mano las llevaba—a la fuent del agua fría;
       más relucientes que estrellas—como las rosas garridas.
        [p. 229] Viéronlas dos caballeros—e muy bien les parecían:
       ya se acercan, ya se llegan—e por el camin decían:
       —¿Cuál será la mas fermosa?—¿Cuál ha de ser la mas linda?
       —La de lo morado es bella,—es bella por vida mía.
       —La que viste colorado—mejor donaire tenía.
       —Dexemos esta querella—que ya se fenesce el día.
       Venir que vino la noche—fueron en cas la Viudina:
       rezando estaba el rosario—como costumbre tenía.
       —Viudina, ambos le dixeron,—¿dónde están las tus dos hijas?
       Mis fijas, los caballeros,—fueron en una visita.
       A una voz ambos responden:—Miente, miente la Viudina;
       que sus fijas son en casa,—eso bien yo lo sabía.
       Encendamos una luz,—que yo se las buscaría:
       encendamos una luz;—veredes vuestra mentira.—
       Con el ruido que ficieron,—despertara la más linda.
       —Dexédesme, caballeros,—si lo sois en cortesía,
       dexédesme vestir solo—de mi morada basquiña.
       —Vestir podés, la señora—esa e cuantas más habría;
       vestir podés fasta cuatro—e fasta las cinco ansina.—
       Ya se viste, ya se viste,—ya sus sayas se vestía:
       e salir por la su puerta,—estas palabras decía:
       —Adios quedad, la mi madre;—adios, hermana querida;
       que ya non tornaré a veros—en los días de mi vida.—
       Fuéronse por unos montes,—fueron por una montiña;
       en un robledal fincaban—al pie de una fuente fría.
       En un robledal fincaban,—e de amor la requerían;
       e magüer que estaba sola,—su honor defiende la niña.
       —Tate, tate, caballeros,—non fagades bellaquía;
        tate, tate, caballeros,—que mi honra en vos se fía.—
       Allí su ruego no escuchan;—quieren hacer villanía:
       vuelta el uno, vuelta el otro;—un puñal de oro caía.
       Vuelta el uno, vuelta el otro,—allí lo agarra la niña,
       e metiólo por los pechos—del que mas fuerza facía.
       Metióselo por los pechos;—por la espalda le salía:
       con las ansias de la muerte,—estas palabras decía:
       —Perdon a los cielos pido,—e a vos mi perdon pedía;
       porque perdonarme quiera—la Virgen Santa María.—
       Con el agua de la fuente—diérale perdon la niña;
       con el agua de la fuente—sus pecados lavaría.
       Catando está el caballero—que menos fuerza facía;
       e de su boca fablando,—estas palabras decía:
       —Non te alabes en tu tierra;—nin te alabes en la mía
       que mataste un caballero—porque fuerza te facía.
       —Tengo alabarme en tu tierra,—tengo alabarme en la mía
       que di muerte a un caballero—porque me fiz bellaquía.
       —Si él quiso facerte afrenta,—yo facerla non quería;
        [p. 230] bien lo sabe Dios del cielo;—conmigo te casarías.—
       Ya cabalgan, ya cabalgan,—ya salen de la montiña;
       alegre va el caballero,—e mas alegre la niña.
       Ya llegaban a palacio,—ya doblan las siete esquinas:
       ya con el Conde se casa—la fija de la Viudina.

Estos cinco romances tienen en substancia el mismo argumento, y los cuatro primeros pueden considerarse como variantes de uno mismo, que al parecer es de los más populares en Asturias. Pero el quinto, o sea, el de La hija de la Viudina, se levanta sobre los otros por su sentido poético y elevación moral, en términos tales, que los deja bastante mal parados.

Coincide con estos romances, aun en la asonancia, uno portugués que se canta en las provincias del Miño y Tras- Os- Montes, y del cual se han impreso dos versiones: A Romeira, publicada por Almeida Garrett (III, 9-14), y A Romerinha, recogida por T. Braga (Rom. Geral., 24-25). Al parecer, no es conocido en las islas, ni tampoco en Cataluña.

Es patente, aunque remota, la analogía de estas canciones, en lo que toca a la situación culminante, con el romance viejo de Rico-Franco (Primavera, 119), y aun con el de Marquillos (Primavera, 120).

                                          39

                                   Doña Urgelia

        En mi huerto hay una yerba—blanca, rubia y colorada;
       la dama que pisa en ella,—della queda embarazada.
       Por Dios querer o la suerte,—Doña Urgelia la pisara.
       Un día yendo a la misa,—su padre la reparara.
       —¿Tú que tienes, Doña Urgelia,—tú que tienes que estás mala?
       —Señor, tengo un mal del cuerpo—que de niña me quedara.
       —Si lo dijeras en tiempo,—cirujanos te catara.—
       Cató siete cirujanos—de los mejores de España.
       Unos dicen: «No lo entiendo»:—otros, dicen que no es nada:
       el mas chiquillo de ellos—dice que está embarazada.—
       Callen, callen, los señores,—callen y no digan nada:
       si el Rey mi padre lo sabe—mi vida será juzgada.
       Fuése luego hacia su cuarto—donde cosía y bordaba,
        [p. 231] y a una ventana arrimóse—por ver quien se paseaba, [1]
       se paseaba un mancebo—embozado en la su capa.
       —Suba, suba el caballero;—que le quiero una palabra.....
       .....................................................................
       La palabra que te quiero,—sácame el niño de casa.
       Si encuentras al Rey mi padre,—dile que no llevas nada,
       sino rosas y claveles—para hacer una guirnalda.—
       Al bajar una escalera,—al Rey su padre encontrara.
       —¿Qué lleváis, el caballero,—n' el embozo de la capa?
       —Llevo rosas y claveles—para hacer una guirnalda.
       —De esas rosas y claveles,—dadme la mas encarnada.
       —La mas encarnada de ellas—tiene una hoja quebrada.—
       —Téngala que no la tenga,—al Rey no se niega nada.—
       Entre estas palabras y otras,—el niño varon llorara.
       —Lleva el niño, caballero,—que le den salud al alma.
       ¡Al árbol que dió ese fruto—yo le cortaré la rama!—
       La cogió por los cabellos,—la colgó de una ventana.
       —Si Doña Urgelia se muere,—aquí queda Doña Juana.

                                          40

                                   Doña Enxendra

        Hay una yerba en el campo—que le llaman la borraja;
       la mujer que la pisare—luego se siente preñada.
       Esta pisó Doña Enxendra,—por la su desdicha mala;
       un día yendo a la misa—su padre la reparara.
       —¿Tú que tienes, Doña Enxendra;—tú que tienes que estás mala?
       —Señor, tengo un mal del cuerpo—que de niña me quedara.
       —Si lo dixeras en tiempo,—cirujanos te cataran.—
       Llama siete cirujanos,—los mejores que encontrara.
       Unos le toman el pulso,—otros le miran la cara;
       todos dicen a una voz:—Doña Enxendra está preñada.
       —Callen, callen los señores,—callen y no digan nada;
       si el Rey mi padre lo sabe—mi vida será juzgada.—
       Subióse para su celda,—donde cosía y bordaba;
       cada dolor, un tormento,—un dolor cada puntada;
       entre dolor y dolor—un niño varon llorara.
        [p. 232] Se coge bocina de oro—y se pone a la ventana,
       en la vuelta de bocina—a su namorado llama.
       —Toma este niño, Don Juan,—en el bozo de tu capa,
       llevaráslo a una mujer—que le dé la leche clara.
       Si encuentras al Rey mi padre,—dile que no llevas nada,
       sino rosas y claveles—antojos de una preñada.
       Al bajar de una escalera—al Rey su padre encontrara.
       —¿Qué llevas ahí, Don Juan,—en el bozo de tu capa?
       —Llevo rosas y claveles—antojos de una preñada.
       —De esas rosas y claveles—daime la mas encarnada.
       —La mas encarnada dellas,—tiene una hoja quebrada.
       —Téngala que no la tenga—al Rey no se niega nada.
       Estando en estas razones—el niño varon llorara.
       —Anda, llévalo de prisa—que le den salud al alma;
       y el árbol que dió ese fruto,—yo le cortaré la rama.—
       Cógela por los cabellos;—n'un aposento la cierra,
       donde no vé sol ni luna—sino por una ventana.
        Ya se afilan los cuchillos,—ya se amuelan las navajas;
       fuése para el cuarto della—donde cosía y bordaba;
       Doña Enxendra que lo vió,—muy presto se levantara.
       —Tate, tate Doña Enxendra,—tate quieta en la tu cama;
       mujer parida de ha poco—non puede ser levantada.—
       Fízola cuatro pedazos,—púnxola n'una ventana;
       cuando venía de misa—su madre la reparara.
       —¡Ay Enxendra de mi vida!—¡Ay Enxendra de mi alma!
       ¡Cuantas cosas yo tenía,—yo para ti las guardaba;
       y ahora te veo aquí—colgada en una ventana!

                                          41

                          * La mala hierba [1]

       En la villa de Madrid,—junto a los caños del agua,
       allí se cría una hierba—muy viciosa y regalada:
       la dama que la pisara—se quedara embarazada.
       Por su desgraciada suerte—Doña Eugenia la pisara.
       Un día, yendo pa misa,—su padre la reparara.
       —¿Tú qué tienes, Doña Eugenia,—tú qué tienes que estás mala?
        [p. 233] —Tengo un dolor de cabeza—que me dió hoy de mañana.
       —Si en tiempo lo hubieras dicho,—yo pronto lo remediara.
       Buscara siete doctores—de los mejores de España.
       Unos dicen que sí es algo,—otros dicen que no es nada.
       Dice el mas chiquito de ellos:—La niña está embarazada.—
       —Callen, callen, los señores,—callen y no digan nada:
       si el Rey mi padre lo sabe,—la vida tengo juzgada.
       Subiérase para el cuarto—donde cosía y bordaba,
       y entre puntada y dolor,—un niño varón llorara.
       Llamara a su hermano Juan,—muy de priesa le llamara.
       Llévame, Juan, este niño—embozado en la tu capa.
       Si encuentras al Rey mi padre—dile que no llevas nada.
       Al bajar una escalera,—al embocar una sala,
       encontrara al Rey su padre—................................
       ¿Qué llevas ahí, Don Juan?—¿Qué tengo de llevar? Nada:
       llevo rosas y claveles—por antojos de una dama.—
       —De esas rosas y claveles—dame la más encarnada.—
       —La más encarnada de ellas—tiene la hoja quebrada.
       En estas palabras y otras—el niño varón llorara.
       —Anda, anda, picarón,—anda vete noramala,
       que el rosal que dió esa rosa—pronto le seca la rama.—
       Subiérase para el cuarto—donde Doña Eugenia estaba:
       Doña Eugenia que le vió—de levantarse tratara.
       —Déjate estar, Doña Eugenia,—déjate estar que estás mala;
       mujer que parió ha una hora—no puede ser levantada.
       Afilara los cuchillos,—afilara las navajas;
       hiciérala cuarterones,—y de un balcón la colgara.

Estos tres romances, poco limpios, recuerdan desde luego varios de las colecciones impresas, especialmente el de la Infanta [p. 234] y Don Galván (Primavera, 159), y todavía más al 160 «De cómo la Infanta, casada a hurto del Rey con el Conde, parió». Pertenecen a la misma familia el Don Galván, bilingüe, de la colección de Milá (núm. 268), y La Infanta y Don Gauvany de Aguiló (número XIV). Por el contrario, las versiones asturianas se parecen mucho más a las portuguesas, tienen muchos versos comunes, y el mismo asonante. Pero indudablemente conservan mejor la pureza primitiva, porque en todas las del reino vecino hay inoportuna mezcla de otros romances. Así en Extremadura, en el Alemtejo y en la isla de Madera, zurcen un final tomado del Conde Claros, y en el Algarbe le compaginan con el de Gerineldo. Las lecciones publicadas hasta ahora son, por orden de antigüedad, las siguientes:

a) Doña Ausenda (Almeida Garrett, II, 172-178).

b) Doña Areria (Variante de Coimbra, en el Rom. Geral. de T. Braga, 87- 89).

c) Doña Aldonça (en el Romanceiro da Algarre de Estacio da Veiga, 75- 80).

d) Doña Ausenda.—Doña Alberta (en el Romanceiro do Archipelago da Madeira, de Rodrigues de Azevedo, 15-158).

La virtud supersticiosa atribuida en estos romances a la borraja (en serio o en burlas), es la misma que se atribuye a la azucena en los romances de Tristán e Iseo (Primavera, 146):

       Allí nace un arboledo—que azucena se llamaba,
       cualquier mujer que la come—luego se siente preñada:
       comiérala Reina Iseo—por la su ventura mala.

                                          42

                                   Doña Alda. —I

        A cazar va el Rey Don Pedro,—a cazar como solía;
       le diera el mal de la muerte,—para casa se volvía:
       a la entrada de la puerta—vió un pastor que le decía:
       —Albricias, Señor Don Pedro,—que dármelas bien podía;
       que Doña Alda ya parió,—y un hijo varón tenía.
       —¡Pues si parió Doña Alda,—hijo sin padre sería...!
       Con estas palabras y otras,—el Rey subió para arriba.
       —Haga la cama, mi madre,—haga la cama de oliva:
        [p. 235] aprisa, aprisa con ella,—que presto me moriría.
       No diga nada a Doña Alda,—a Doña Alda de mi vida,
       que no sepa de mi muerte—hasta los cuarenta días.—
       Don Pedro que se murió—Doña Alda nada sabía.
       Viniera Pascua de Flores,—Doña Alda no ha oído misa.
       Diga, diga la mi suegra,—¿qué vestido llevaría?
       —Como eres alta y delgada—lo negro bien te estaría.
       —Yo no quiero llevar luto—que voy de linda parida.—
       A la entrada de la iglesia—toda la gente la mira.
       —Diga, diga D. Melchor,—consejero de mi vida,
       ¿por qué me mira la gente,—por qué la gente me mira?
       —Diréte una cosa, Alda—que de saberse tenía:
       Aquí se entierran los reyes—cuantos lo son de Castilla,
       y aquí se enterró Don Pedro—la prenda que mas querías.
       —Oh, mal haya la mi suegra,—qué engañada me traía,
       que en vez de venir de luto—vengo de linda parida!

                                          43

                                Doña Alda.—II

        A cazar iba Don Pedro,—a cazar como solía;
       los perros lleva cansados—y el halcon perdido había.
       Dierale el mal de la muerte;—para casa se volvía.
       —¡Non diga nada, mi madre,—a Doña Alda de mi vida;
       que como es niña pequeña,—de pena se moriría!
       Que non sepa de mi muerte—hasta los cuarenta días.—
       Doña Alda estaba de parto,—y un niño varon paría.
       —Diga, diga la mi suegra;—diga, diga suegra mía;
       ¿por quién tocarán a muerto—que las campanas tañía?
       —Son de la iglesia mayor—que están repicando a mísa.
       —Oyense cantar responsos,—¿a quién a enterrar irían?
       —Es el santo del patrono,—y hay procesión en la villa.—
       Viniera Pascua de Flores;—Doña Alda a ofrecer iría.
       —Diga, diga la mi suegra:—¿qué vestido llevaría?
       —Como eres blanca y delgada,.—lo negro bien te estaría.
       —¡Viva, viva mi Don Pedro,—la prenda que mas quería;
       que para vestir de luto—bastante tiempo tendría!—
       Las doncellas van de luto,—ella de Pascua Florida.
       
Encontraron un pastor—que tocaba la guacina;
       —¡Qué viudina tan hermosa;—qué viudina tan pulida!
       —Diga, diga la mi suegra;—¿ese pastor, qué decía?
       —Que caminemos, Doña Alda,—que perderemos la misa.—
       A la entrada de la iglesia,—toda la gente la mira.
       —¿Por qué me mira la gente,—por qué la gente me mira?
        [p. 236] —Dirételo, Doña Alda;—pues de saberlo tenías.
       Aquí se entierran los reyes,—caballeros de Castilla,
       y aquí se enterró Don Pedro,—la prenda que más querías...
       —¡Ay, triste de mí, cuitada,—qué engañada yo vivía!
       que en vez de venir de luto,—vengo de linda parida.
       ¡Desgraciado de mi hijo,—en mal hora lo paría!
       Que por la desgracia suya,—hijo sin padre sería.

Estos bellos romances de Doña Alda, o más bien de Don Pedro, son un eco de la famosa canción francesa Le Roi Renaud, tenida por la joya más excelente de la poesía popular de nuestros vecinos. Cuanto pudiera decirse para ilustrarla se encuentra reunido en un artículo de G. Doncieux, publicado en la Romania (abril del presente año 1900). El erudito filólogo enumera hasta sesenta versiones francesas de la canción (ya en lengua de oil, ya en lengua de oc) y seis piamontesas, publicadas por Nigra y Ferraro. Cita además, como estrechamente emparentadas con ella, la canción vasco-francesa de El Rey Juan, la canción veneciana de El Conde Anzolin, el presente romance asturiano, otro de Extremadura, que daremos a conocer más adelante, otro portugués de la misma familia, publicado por Leite de Vasconcellos en la Romania (tomo XI, 1882), y dos grupos de versiones catalanas El primero y más sencillo está representado por el célebre romance de Don Juan y Don Ramón, que Quadrado dió a conocer en 1842, y del cual hay numerosas variantes en los Romanceros de Milá y Fontanals (núm. 210), Pelayo Briz (III, 171) y Aguiló (núm. I). Tiene notable analogía con esta forma la canción piamontesa Mal ferito (Canti popolari del Piamonte, 149-150), y no es inverosímil que de Cataluña o de Provenza pasara al Norte de Italia. Piferrer, en el tomo de Mallorca de los Recuerdos y bellezas de España, tradujo al castellano el romance catalán, y conviene ponerle aquí para los que no le hayan leído en su lengua original:

       Ya Don Juan y Don Ramón—regresaban de la caza;
       Don Ramón cae del caballo,—pero Don Juan cabalgaba.
       Su madre lo ve venir—por un campo que verdeaba,
       para curar sus heridas—violetas cogiendo y malvas.
       —¿Qué tenéis, Ramón, mi hijo?—La color traéis mudada.
       ¡Ay, madre! Sangrado me he,—la sangría ha sido errada.
       ¡O mal haya tal barbero—que aquesta sangría os daba!
        [p. 237] ¡Ay, madre! No blasfeméis,—que esta es la postrer vegada.
       Entre mi caballo y yo—tenemos veinte lanzadas:
       el caballo trae nueve,—y yo todas las que faltan.
       El caballo hoy morirá,—y yo por la madrugada:
       el caballo lo enterrad—en lo mejor de la cuadra;
       a mi empero me daréis—sepultura en Santa Eulalia;
       sobre la tumba poned—una espada atravesada.
       Si demandan quién me ha muerto,—que «Don Juan el de la caza».

Como se ve, esta primera forma del romance no contiene más que el diálogo del caballero moribundo con su madre, asunto de las tres primeras coplas de Le Roi Renaud. Por el contrario, los romances asturiano, portugués y extremeño abarcan la totalidad de la canción, con el bellísimo episodio de la salida a misa de la viuda, llamada en Asturias Doña Alda, en Extremadura Doña Teresa y en Portugal Leonarda. Pero también en Cataluña se canta separadamente esta parte, debiéndose advertir, como en tantos otros casos, que no es indígena, sino mal traducida del castellano, siendo evidente indicio de su origen las muchas palabras de nuestra lengua que hay en todas las variantes recogidas por Milá (núm. 204 del Romancerillo ) y Briz (III, 159). Aguiló, según su costumbre, ofrece un texto elegantemente purgado de todas ellas (La viuda o La sortida a missa, núm. 2 del Romancero); pero no sólo confiesa que abundan, sino que en una de las variantes recogidas por él hay otro indicio de procedencia castellana en el nombre de Don Buesco o Don Besco (Don Bueso). Todo induce a creer, pues, que la canción del Rey Renaud, cuyos fragmentos aparecen en Cataluña desligados, llegó al Principado por dos caminos: directamente por Francia el trozo de Don Juan y Don Ramón; indirectamente, y por Castilla, el romance de la viuda, que no sólo coincide con los nuestros en la asonancia, sino que tiene la particularidad de estar en versos de seis sílabas, lo mismo que la versión de Extremadura. Este género de versificación suele ser indicio de origen reciente, y de todos modos estos romances no pueden ser muy antiguos, puesto que la canción francesa que les sirvió de tipo no parece remontarse más allá de la primera mitad del siglo XVI.

Pero esta canción tampoco era original ni mucho menos, aunque apareciese muy remozada y con todos los caracteres del [p. 238] ingenio francés. La sagaz erudición de nuestros días ha averiguado y establecido perfectamente su genealogía. Le Roi Renaud es feliz imitación hecha por un poeta probablemente bretón o nacido en los confines de Bretaña, de un gwerz o canto popular de la península armoricana, El Conde Nann, del cual existen hasta dieciocho variantes, bastando para el caso presente citar como más obvia la que trae Villemarqué en su Barzaz-Breiz (pp. 25-30). Pero hay entre la canción bretona y la francesa una diferencia profunda: en la segunda falta por completo el elemento sobrenatural que hay en la primera, la venganza del hada (korrigan) desdeñada por el caballero, y que lanza sobre él una maldición o suerte mortal. En lo demás es evidente el paralelismo de ambos cantos, y algunos versos están literalmente traducidos. Pero tampoco es original la canción bretona. Hay que remontarse más lejos y llegar hasta Escandinavia.

Allí se encuentra, nada menos que en sesenta y ocho versiones, danesas, noruegas, suecas, islandesas y en dialecto de las islas Feroe, la célebre canción de El Caballero Olaf, víctima de la venganza de la hija del Rey de los Silfos. La expansión de este canto no se ha limitado a las regiones de lengua escandinava. De él proceden una balada escocesa, Clerk Colvill, y dos canciones eslavas, una de Lusacia y otra de Bohemia (donde desaparece el elemento maravilloso).

En su forma escandinava la canción pertenece a un orden de tradiciones o supersticiones muy antiguas, a las cuales ya alude Gervasio de Tilbury en sus Otia Imperalia, compuestos por los años de 1211: «Hoc scimus... quos quosdam hujusmodi larvarum quas «fadas» nominant amatores (fuisse) audivimus, et, cum ad aliarum feminarum matrimonia se transtulerunt, ante mortuos quam cum superinductis, carnali se copula inmiscuerint».

Doncieux, cuyas investigaciones he procurado resumir, termina así su brillante análisis:

«Una misma canción, que se puede intitular, según la porción del asunto que se considere, «La venganza de la hada» o «La muerte secreta», ha revestido nueve formas y ha pasado a nueve idiomas diversos. Una semilla legendaria, esparcida en el dominio germánico, y de la cual algún grano caído a orillas del Rhin había dado nacimiento en el siglo XIV al poema de El Caballero de [p. 239] Stantenberg, fructifica en el terruño escandinavo, y el genio de un poeta danés del siglo XV o de principios del XVI le hace germinar en un canto popular, del cual proceden directamente tres ramas, una balada escocesa, una canción eslava, un gwerz armoricano. El gwerz engendra la canción francesa, de la cual han nacido la canción vasca, la veneciana, la catalana y los romances en castellano y portugués.»

                                          44

                              El Conde Alarcos

        La Infantina está muy mala,—llena de melancolía,
       por no dexarla casar—con el Cond' de Mayorguía. [1]
       —Cuando yo te quis' casar—con el Cond' de Mayorguía,
       fuísteme decir que aun eras—para maridar muy niña.
       Agora casarte quieres:—ningun de tu igual había.
       —Cáseme, padre, el mi padre,—pues que tengo mucha prisa;
       que otras fembras de mi tiempo—mantienen casa y familia.
       Mándele a llamar, mi padre,—a comer de mediodía:
       a los manteles alzados—dirále de parte mía
       que mate la su mujer—y case con la Infantina.
       Mandóle a llamar el Rey—con un paje que ende había.
       —¿Qué me quería el buen Rey,—el buen Rey, qué me quería...?
       —¿Que mates a tu mujer—y cases con la Infantina.—
       —¿Cómo he de matar yo, el Rey,—a quien tanto me quería...?
       —Mata la tu mujer, Conde,—si no yo te mataría.—
       Salió el Conde de palacio—e para su casa iba;
       salió el Conde de palacio—con mas pesar que alegría.
       Su mujer está a la puerta—que una estrella parecía.
       —¿Qué te quería el buen Rey,—el buen Rey qué te quería?
       —Lo que me quiere el buen Rey,—a ti non te placería;
       mándame que te dé muerte—e case con la Infantina.
       —¿Cómo has de matar tú, Conde,—a quien tanto te quería?
       —Está la sentencia dada,—será la tuya o la mía.
       —Para ser la tuya, Conde,—mi muerte pertenescía.
       Enviárasme a largas tierras,—que padre e madre tenía;
       los camisones de Holanda—de allá te los mandaría,
       yo te amara, Conde amigo,—como siempre te quería;
       yo te amara, Conde amigo—me or que la que vernía.
       —Callédes, mujer, callédes,—callédes por la mi vida;
       que la sentencia está dada—e non me pertenescía.
        [p. 240] —Dexédesme decir, Conde,—una oración que sabía.
       —Si la oración es muy larga,—primero amanescería.
        —La oración non es muy larga,—que luego se acabaría.—
       Fizo oración la cuitada,—fizo su oración bendita;
       diciendo: «¡Cielos, valedme!»—Llegó a su postrimería.
       El Conde le echó un pañuelo,—lo apretó cuanto podía;
       con el fervor de la sangre—estas palabras decía:
       «¡Válgame el Rey de los Cielos,—gloriosa Santa María!.....»
       Non dixera estas palabras—el page del Rey venía.
       «Non mates la mujer, Conde,—que ya murió la Infantina.»

Reservando para ocasión más oportuna algo de lo mucho que puede decirse sobre esta célebre y patética leyenda, cuya forma más conocida y también la más bella y conmovedora, aunque con resabios juglarescos, es el núm. 163 de la Primavera, me limitaré a apuntar aquí las demás versiones españolas de que tengo noticia.

En portugués hay las siguientes:

a) Conde Janno (Almeida-Garrett, II, 44-55). Advierte el colector que «es generalmente sabido por todo el reino, y que las variantes son numerosas».

b) Conde Alberto, versión de Oporto (T. Braga, Rom. Ger., 68-71).

c) Conde Alves, versión de la Beira Baja (T. Braga, Rom. Geral, 71-74).

d) Conde Alberto, versión de Vianna do Castello, publicada por Hardung (I, 149-152). Contiene el incidente maravilloso de la criatura que habla en el pecho de su madre, incidente que está en el texto de Almeida Garrett, pero que falta en las demás lecciones del continente portugués.

e) Romance do Conde Jano, versión de la isla de San Jorge (Cantos populares do Archipelago Açoriano, 259-264).

f) Conde Elarde.—Conde Alario, dos preciosas variantes recogidas en la isla de la Madera por Álvaro Rodrigues de Azevedo (Rom. do Archipelago da Madeira, 127-141).

g) O Conde de Alado, versión de la isla de San Miguel (Azores), publicada por T. Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil, II, 162-165.

h) Don Alberto, O Conde Albelto, versión brasileña (de [p. 241] Sergipe), muy incompleta y estragada (apud Sylvio Romero, Cantos populares do Brazil, I, 2-12). En catalán existe la canción de La cruel Infanta, de indudable origen castellano, de la cual Milá reunió hasta siete versiones (número 237 del Romancerillo), todas mestizas. En algunas de ellas se llama al Conde Alarcos el Conde Floris.

                                          45

                                   La aldeana

        En la mañana de un lunes—madrugaba la aldeana
       a lavar ricos pañales—al pie de una fuente clara.
       Acabando de lavarlos,—tambien lavó la su cara.
       Viéndola estaba el buen Rey—asomado a una ventana.
       —Aldeana, aldeanita,—tú has de ser mi enamorada.
       —No lo quiera Dios del cielo,—ni su madre soberana;
       que estimo yo a mi marido—en la vida y en el alma.—
       La Reina que tal oyó,—por una falsa criada,
       mandara llamar al Conde—para comer en su casa;
       y acabando de comer,—desta manera le habla:
       —La aldeana mata, Conde;—Conde, mata a la aldeana.
       —¡No la mataré yo tal,—sin saber muy bien la causa!
       —Toda mi vida por ella—vivo yo muy mal casada.—
       Entre estas palabras y otras,—el Conde fuese a su casa.
       —Ven acá, perra traidora,—hoy pagarás tu disfama.
       Y antes del amanecer—has de morir degollada;
       que el Rey así lo mandó,—y hay que cumplir lo que manda.
       —Si causa tuviere el Rey,—lo que mandó que se faga.—
       De tres hijas que tenía,—llamara la mas galana.
       —¿Qué me quiere, madre mía;—qué me quiere, o que me manda?
       —Quiérote, hija de mis penas,—que me fagas la mortaja;
       que antes del amanecer,—he de morir degollada.
       Quitarásme la cabeza,—presto tú irás a apañarla,
       y entre dos fuentes de oro—al Rey habrás de entregarla.—
       Estando el buen Rey comiendo,—la niña al palacio entraba.
       —«Buenos días, el buen Rey».—«Bien venida, hija galana».
       —Vengo a traer esta trucha—que mi madre le enviaba.
       —¡La Reina hallarála dulce,—para mí es triste y amarga!
       La aldeana murió de noche,—la Reina por la mañana. [1]

                                           [p. 242] 46

                                   Don Martinos

        Estaba un día un buen viejo—sentado en un campo al sol.
       —Pregonadas son las guerras—de Francia con Aragon....
       ¿Cómo las haré yo, triste—viejo, cano y pecador?—
       De allí fué para su casa—echando una maldicion.
       —¡Reventáres tú, María,—por medio del corazon;
       que pariste siete hijas—y entre ellas ningun varon.
       La mas chiquita de ellas—salió con buena razon.
       —No la maldigais, mi padre,—no la maldigades, non;
       que yo iré a servir al Rey—en hábitos de varon.
       Compraráisme vos, mi padre,—calcetas y buen jubon;
       daréisme las vuestras armas,—vuestro caballo troton.
       —Conoceránte en los ojos,—hija, que muy bellos son.
       —Yo los bajaré a la tierra—cuando pase algun varon.
       —Conoceránte en los pechos—que asoman por el jubon.
       —Esconderélos, mi padre;—al par de mi corazon.
       —Conoceránte en los pies,—que muy menudinos son.
       —Pondréme las vuestras botas—bien rellenas de algodón.....
       ¿Cómo me he de llamar, padre,—cómo me he de llamar yo?
       —Don Martinos, hija mía,—que así me llamaba yo.—
       Yera en palacio del Rey,—y nadie la conoció,
       sino es el hijo del Rey—que della se namoró.
       —Tal caballero, mi madre,—doncella me pareció.
       —¿En qué lo conoceis, hijo;—en qué lo conoceis vos?
       —En poner el su sombrero—y en abrochar el jubon,
       y en poner de las calcetas,—¡mi Dios, como ellas las pon!
       —Brindaréisla vos, mi hijo,—para en las tiendas mercar;
       si el caballero era hembra—corales querrá llevar.—
       El caballero es discreto—y un puñal tomó en la man.
       —Los ojos de Don Martinos—roban el alma al mirar.
       —Brindaréisla vos, mi hijo,—al par de vos acostar;
       si el caballero era hembra,—tal convite non quedrá.—
       El caballero es discreto—y echóse sin desnudar.
        —Los ojos de Don Martinos—roban el alma al mirar.
       —Brindaréisla vos, mi hijo,—a dir con vos a la mar.
       Si el caballero era hembra,—él se habrá de acobardar.—
       El caballero es discreto,—luego empezara a llorar.
        [p. 243] —¿Tú que tienes, Don Martinos,—que te pones a llorar?
       —Que se me ha muerto mi padre,—y mi madre en eso va:
       si me dieran la licencia—fuérala yo a visitar.
       —Esa licencia, Martinos,—de tuyo la tienes ya.
       Ensilla un caballo blanco,—y en él luego vé a montar.—
       Por unas vegas arriba—corre como un gavilán,
       por otras vegas abajo—corre sin le divisar.
       —Adios, adios, el buen Rey,—y su palacio real;
       que siete años le serví—doncella de Portugal,
       y otros siete le sirviera—si non fuese el desnudar:
       Oyólo el hijo del Rey—de altas torres donde está.
       reventó siete caballos—para poderla alcanzar.
       Allegando ella a su casa,—todos la van abrazar.
       Pidió la rueca a su madre—a ver si sabía filar.
       —Deja la rueca, Martinos,—non te pongas a filar;
       que si de la guerra vienes,—a la guerra has de tornar.
       Ya están aquí tus amores,—los que te quieren llevar.

Es la única lección enteramente castellana que hasta ahora se ha publicado del romance de La doncella que va a la guerra, vulgarísimo en la poesía popular portuguesa y no desconocido en la catalana, con la circunstancia de que una y otra le tomaron de la nuestra, como lo prueba respecto de la primera el testimonio de Jorge Ferreira de Vasconcellos en su comedia Aulegraphía (acto III, escena 1.ª), y respecto de la segunda las muchas palabras castellanas que hay en todos los textos recogidos por Milá, únicos que hacen fe para el caso. Diez años antes de publicar Almeida Garrett su Romanceiro, un poeta y crítico de bastante erudición, José María da Costa e Silva, insertó este romance en las notas de su poema Isabel ou a heroina de Aragäo (Lisboa, 1832). Se encuentran versiones de él en el Alemtejo, en Extremadura, en el Miño, en Tras-os-Montes, en las dos Beiras, en Lisboa, y por de contado en las islas. El supuesto nombre de la disfrazada y guerrera doncella varía en las distintas provincias, pero más comúnmente se llama D. Martín de Acevedo (por corruptela Avisado), que coincide perfectamente con el Don Martinos de Asturias. Las variantes que andan impresas son por este orden:

a) Donzella que vai a guerra (Garrett, III, 65-71).

b) Romance de D. Martinho de Avizado, versión de la Beira Baja (T. Braga , Rom. Ger., 8-11) .

[p. 244] c) Dom Martinho, de la misma procedencia (Braga, 11-14).

d) Don Baräo, variante de la Foz del Duero (Braga, 15-18).

e) Romance de Dom Varäo, de la isla de San Jorge (Cantos do Archipelago Açoriano, 211-215).

f) Donzella guerreira, también de las Azores (215-219).

g- h- i) Dom Martinho—Donzella que vae a guerra—Hoje s'apregôan guerras. Estos tres romances tradicionales en el Archipiélago de la Madera han sido publicados por Álvaro Rodrigues de Azevedo (159-170).

En Cataluña D. Martín se ha convertido en D. Marcos, a quien en una de las versiones se supone hijo del Conde Alarcos. No se encuentra solamente en forma de romance, sino también de narración en prosa. Vid. Milá (núm. 245, La niña guerrera) , y Aguiló (núm. XXII, Doncella qui va a la guerra).

El tema de esta canción es común a la poesía de muchos pueblos. Se encuentra en cantos griegos e ilíricos, en un fragmento bearnés (del valle de Ossau), y especialmente en Italia, donde además de varias lecciones procedentes de Venecia, Ferrara, Las Marcas, etc., sólo del Piamonte ha reunido cinco el Conde Nigra, ilustrándolas doctamente (núm. 48, La Guerriera, páginas 286-295). No conoció el romance asturiano, ni, lo que es más raro, el catalán, a pesar de estar impreso en el libro de Milá que con frecuencia cita; pero tiene razón en sostener que los romances portugueses, la canción bearnesa y las del Norte de Italia son idénticas en la substancia y en la forma, y tienen, por tanto, un solo y común origen. Este origen quiere buscarle en Provenza, de donde supone que esta canción fué trasmitida a las dos penínsulas itálica e ibérica, y quizá también a los países eslavos. Tratándose de poesía narrativa, más verosímil parece buscar el origen en la Francia del Norte que en la Francia meridional, sin que por eso neguemos que pudo haber una versión provenzal intermedia. Pero es cierto que ni la catalana ni la portuguesa se derivan de ella.

                                           [p. 245] 47

                               La Gayarda.—I

        Estándose la Gayarda en su ventana dorida
       peinando su pelo negro—que paez seda torcida,
       vió un bizarro caballero—venir por la calle arriba.
       —Venga, venga el caballero,—venga a ver la mi montisa;
       comerán pan de lo blanco,—vino tinto de Castilla.—
       Al subir una escalera—alzó los ojos y mira;
       reparó cien cabecitas—colgadas en una viga.
       —¿Qué es esto, la Gayarda;—qué es esto vida mía?
       —Son cabezas de lechones—que crió la mi montisa.
       —Mientes, mientes, la Gayarda,—mientes, mientes, vida mía:
       la cabeza de mi padre—yo aquí la conocería. [1]
       y tambien la de un hermano—de un hermano que tenía.—
       La Gayarda pon la mesa,—caballero non comía;
       la Gayarda escancia el vino,—caballero non bebía.
       Coma, coma, caballero,—no coma con cortesía;
       que el que viene de camino—gana de comer tendría.—
       La Gayarda fay la cama,—caballero miraría:
       en medio de dos colchones—un puñal de oro metía:
       a las doce de la noche—Gayarda se revolvía.
       —¿Qué buscabas, Gayarda;—qué buscabas vida mía?
       —Busco mi rosario de oro,—que yo rezarlo quería.
       —Mientes, mientes, la Gayarda,—mientes, mientes vida mía;
       que ese rosario de oro—en mis manos volaría.—
       Metióselo por el pecho—y a la espalda le salía.
       ¡Oh voces que al mundo daba,—voces que al mundo daría!
       Allí vino una doncella—que en su servicio traía.
       —¿De dó viene el caballero—que en esta tierra venía?...
       ¡Cuántos hijos de buen padre—aquí perdieron la vida!

                                          48

                               La Gayarda.—II

        Estando un día Gayarda—en su ventana florida,
       vió venir un caballero—por debajo de la oliva.
        [p. 246] —Sube arriba, caballero;—caballero, sube arriba.
       No suba, no, el caballero—que le han de quitar la vida.—
       Al subir el caballero—alzó los ojos arriba,
       y ve siete calaveras—colgadas en una viga.
       Gayarda pone la mesa,—caballero no comía;
       Gayarda trae del buen pan,—del más fino que tenía;
       Gayarda trae del buen vino,—que es el mejor que tenía;
       Gayarda hace la cama,—caballero bien la vía;
       entre sábana y colchon,—puñal de oro le metía.
       Allá por la media noche—Gayarda se revolvía.
       —¿Tú que buscas ahí, Gayarda—que tanto te revolvías?
       Si buscas el puñal de oro—yo en mis manos lo tenía.—
       Diérale tres puñaladas—de la menor se moría.
       —Abre las puertas, portero;—abrelas, que ya es de día.
       —No las abro, caballero;—Gayarda me mataría.
       —Abre las puertas, portero;—que Gayarda está ya fría.
       —¡Oh, bien haya el caballero—y madre que le paría!
       De cien hombres que aquí entraron,—ningun con vida salía.

                                          49

                          La Gayarda.—III

        Estábase la Gayarda—en su ventana florida;
       vió venir un caballero,—venir por la calle arriba.
       —Sube arriba, caballero;—sube, sube, por tu vida.—
       —De subir tengo, señora,—aunque me cueste la vida:
       Al abrir la primer puerta,—le entrara gran pavorida:
       viera cien cabezas de hombre—colgadas en una viga;
       tambien vió la de su padre,—que muy bien la conocía.
       —¿Qué es aquello, la Gayarda,—que tienes n'aquella viga?
       —Son cabezas de lechones—criados en mi montisa.
       —¡Voto al diantre la montina—que tales lechones cría!
       —Habla bien, mozo, si sabes;—habla bien con cortesía,
       que antes de la media noche—la tuya allí se pondría.—
       Gayarda pone la mesa,—caballero no comía;
       Gayarda escanciaba vino,—caballero no bebía.
       Allá para media noche—Gayarda se revolvía.
       —¿Qué es lo que buscas, Gayarda,—que tanto te revolvías?
       —Busco mi puñal dorado,—que a mi lado lo tenía.
       —Tu puñal de oro, Gayarda,—la vida te costaría.—
       Metióselo en el costado,—y al corazon le salía.
       —Abre las puertas, portera;—ábrelas, portera mía.
       —No abriré, no, caballero;—no abriré yo por mi vida;
       que si lo sabe Gayarda,—Gayarda me mataría.
        [p. 247] —No tengas miedo a Gayarda,—que ya muerta la tenías.
       —¡Oh, bien haya el caballero,—la madre que lo paría...!
       ¡Cuántos de los caballeros—entraban y no salían!
       Tengo de dirme con él,—servirle toda mi vida.

Estos romances de Gayarda, que al parecer no tienen similares en la tradición portuguesa, tienen en cambio, cierta analogía con los romances extremeños de La serrana de la Vera (Primavera, núm. 28 del apéndice), que también penetraron en Cataluña, como lo prueban las versiones recogidas por Milá (número 259, La Serrana).

                                          50

                                   Delgadina

        El buen Rey tenía tres hijas—muy hermosas y galanas;
       la más chiquita dellas,—Delgadina se llamaba.
       —Delgadina de cintura,—tú has de ser mi enamorada.
       —No lo quiera Dios del cielo,—ni la Virgen soberana;
       que yo enamorada fuera—del padre que me engendrara.—
       El padre que tal oyó,—la encerrara en una sala.
       Non la daban de comer—mas que de carne salada;
       non la daban de beber,—sino zumo de naranja.
       A la mañana otro día,—se asomara a la ventana,
       y viera a su madre enbajo—en silla de oro sentada:
       —¡Mi madre; por ser mi madre,—púrrame [1] una jarra d' agua;
       porque me muero de sede—y a Dios quiero dar el alma!
       —Calla tú, perra maldita;—calla tú, perra malvada;
       siete años que estoy contigo,—siete años soy mal casada.—
       A la mañana otro día,—se asomara a otra ventana:
       vió a sus hermanas enbajo—filando seda labrada.
       —¡Hermanas, las mis hermanas;—purriíme una jarra d'agua;
       porque me muero de sede—y a Dios quiero dar el alma!
       —Primero te meteríamos—esta encina por la cara.—
       Se asomara al otro día—a otra ventana más alta;
       vió a sus hermanos que enbajo—taban tirando la barra:
       —¡Hermanos, por ser hermanos,—purriíme una jarra d'agua,
       que ya me muero de sede—y a Dios quiero dar mi alma!
       —Non te la doy, Delgadina;—non te la damos, Delgada;
       que si tu padre lo sabe—nuestra vida es ya juzgada.—
        [p. 248] Se asomara al otro día—a otra ventana mas alta,
       y vió a su padre que embajo—paseaba en una sala:
       —¡Mi padre, por ser mi padre,—púrrame una jarra d'agua;
       porque me muero de sede—y a Dios quiero dar el alma!
       —Darétela, Delgadina,—si me cumples la palabra.
       —La palabra cumpliréla,—aunque sea de mala gana.
       —Acorred, mis pajecicos,—a Delgadina con agua;
        el primero que llegase,—con Delgadina se casa;
       el que llegare postrero,—su vida será juzgada.—
       Unos van con jarros de oro,—otros con jarros de plata...
       Las campanas de la iglesia—por Delgadina tocaban.
       El primero que llegó,—Delgadina era finada.
       La cama de Delgadina—de ángeles está cercada:
       bajan a la de su padre,—de demonios coronada.

                                          51

                                   Delgadina.—II

        El buen Rey tenía tres hijas—muy hermosas y galanas;
       la más chiquita de todas—Delgadina se llamaba.
       Un día, sentado a la mesa,—su padre la reparara.
       —Delgadina, Delgadina;—tú has de ser mi enamorada.
       —No lo quiera Dios del cielo,—ni su Madre soberana,
       que de amores me rindiera—al padre que me engendrara.—
       La madre qu' atol oyó,—n'un castillo la encerrara;
       el pan le daban por onzas—y la carne muy salada,
       y el agua para beber—de los pies de una llamarga,
       donde canta la culebra,—donde la rana cantaba.
       Delgadina por la sed,—se arrimara a una ventana,
       y a sus dos hermanas viera—labrando paños de grana.
       —¡Por Dios vos pido, Infantinas,—que hermanas non vos llamaba,
       por una de las doncellas—unviayme una jarra de agua;
       que el corazón se me endulza—y el ánima se me aparta!
       —Quítate allá, Delgadina;—quítate, perra malvada:
       un cuchillo que tuviera—te tiraría a la cara;
       Delgadina, por la sed,—se arrimara a otra ventana;
       viera a los dos hermanos—jugando lanzas y espadas.
       —Por Dios vos pido, Infantinos,—que hermanos non vos llamaba,
       por uno de vuestros pajes—unviayme una jarra de agua,
       que el corazón se me endulza—y el ánima se me aparta.
       —Quítate allá, Delgadina;—quítate, perra malvada;
       que una lanza que tuviera—yo contra ti la arrojara.—
       Delgadina, por la sed,—se arrimara a otra ventana,
       viera a su madre la Reina—en silla de oro sentada.
        [p. 249] —Por Dios vos pido, la Reina,—que madre non vos llamaba;
       por una de esas doncellas—unviayme una jarra de agua;
       que el corazón se me endulza—y el ánima se me aparta.
       —Quítate allá, Delgadina,—quítate, perra malvada,
       que ha siete años por tu culpa,—que yo vivo mal casada.—
       Delgadina, por la sed,—se arrimara a otra ventana,
       y vió a su padre que enbajo—paseaba en una sala.
        —Mi padre, por ser mi padre,—púrrame una jarra de agua,
       porque me muero de sed,—y a Dios quiero dar mi alma.
       —Darétela, Delgadina,—si me cumples la palabra.
       —La palabra cumpliréla—aunque sea de mala gana.
       —Acorred, mis pajecicos,—a Delgadina dad agua:
       el primero que llegase,—con Delgadina se casa;
       el que llegare postrero,—su vida será juzgada.—
       Unos van con jarros de oro,—otros con jarros de plata:
       las campanas de la iglesia—por Delgadina tocaban.
       El primero que llegó—Delgadina era finada.
       La Virgen la sostenía,—anxeles la amortayaban;
       en la cama de su padre—los degorrios se asentaban,
       y a los pies de Delgadina—una fuente fría estaba,
       porque apagase la sede—que aquel cadáver pasaba.

                                                52

                                   Delgadina.—III

        El buen Rey tenía una hija, [1] —Delgadina se llamaba.
       —Delgadina, Delgadina,—tú has de ser mi enamorada.
       —No lo quiera Dios del cielo—ni la Virgen soberana;
       que yo enamorada fuera—de un padre que me engendrara.—
       El buen Rey que aquello oyó—'n un aposento la cierra
       donde no ve sol ni luna,—sino por una ventana;
       cuando pide de comer,—le dan cecina salada;
       cuando pide de beber,—le dan zumo de naranja;
       tanta es la sede que tiene—que se asomó a una ventana
       y vió venir a su padre;—por la calle se paseaba.
       —Mi padre, por ser mi padre,—apúrrame una sed d' agua.
       —Yo dártela sí por cierto,—si haces lo que te mandaba.
       —No lo quiera Dios del cielo—ni la Virgen soberana,
        [p. 250] que yo namorada fuera—de un padre que me engendrara—
       Tanta es la sed que tiene,—que asómase a la ventana,
       bien vira vir a su madre—de lavar la fina plata.
       —Mi madre, por ser mi madre,—apúrrame una sed d' agua.
       —Quita d' ahí, perra traidora,—quita d' ahí, perra malvada,
       que va para siete años—que por ti soy niel casada.—
       Tanta es la sede que tiene,—que asomóse a la ventana:
       vira vir a sus hermanas—de lavar a la colada.
       —Hermanas, por ser hermanas,—apurriime una sed d' agua.
       —No te la podemos dar,—porque madre nos mataba.—
       Tanta es la sede que tiene,—se asomara a la ventana:
       vira estar a sus hermanos—labrando trigo y cebada.
       —Hermanos, por ser hermanos,—apurriime una sed d' agua.
       —Arriba pajes del Rey,—arriba con jarros de agua.—
       Cuando col' agua llegaron—Delgadina ya finara.
       Las campanas del paraíso—ellas de sou se tocaban,
       por l' alma de Delgadina—que a los cielos caminaba;
       el alma del Rey su padre,—pa los infiernos bajara.

A pesar de lo brutal y repugnante de su argumento, o quizá por esto mismo, puesto que la casta musa popular (que casta es a su manera) no suele reparar en tales melindres, el romance de Delgadina es uno de los más populares en España, hasta el punto de que apenas hay región donde no se encuentre. Prescindiendo por ahora de las demás versiones castellanas, indicaré sólo las catalanas y portuguesas.

Milá recogió muchas (casi todas mestizas), aunque por la naturaleza del argumento no se atrevió a ponerlas íntegras todas. En unas se llama a la protagonista Margarita, en otras Agadeta y en algunas Silvana, que es el nombre que tiene en casi todas las variantes portuguesas y en una asturiana de Rivadesella (véanse los núms. 29 y 272 del Romancerillo).

Almeida Garrett, que ya en 1828 había publicado una procedente de Lisboa, como fundamento e ilustración de su Adozinda, insertó en 1851 en su Romanceiro (II, 109-15) otra más correcta con el título de Sylvaninha, haciendo notar de paso que la antigua popularidad de este romance en Portugal estaba atestiguada por D. Francisco Manuel de Melo en su farsa del Fidalgo Aprendiz (Obras Métricas, León de Francia, 1665, pág. 247), donde se citan en castellano los primeros versos:

       Paseábase Sylvana—por un corredor un día.....

[p. 251] Teófilo Braga, en su Romanceiro Geral. (pp. 30-34 y 181-184) dió a conocer dos versiones, una de Lisboa y otra de Coimbra con el titulo de Faustina.

De la isla de San Jorge (Azores) se han publicado otras tres, una de ellas con el título de Aldina. Pueden verse en los Cantos populares de aquel archipiélago (183-200).

No menos abundante es la cosecha en la isla de la Madera, que presenta tres notables versiones con los títulos de Aldina, Galdina y Gaudina (Romanceiro de Rodrigues de Azevedo, 107-115). Dos de estas versiones son de más apacible carácter que las restantes, y terminan con el arrepentimiento del padre.

En la novela bizantina de Apolonio hay algo que tiene semejanza con estos romances en lo que toca a la pasión incestuosa del padre, pero a pesar de la difusión que esa leyenda alcanzó en los tiempos medios y del poema que inspiró en Castilla, no creo que nuestras canciones procedan de ella, puesto que difieren en todos los demás incidentes.

Almeida Garrett quiso remozar la materia de estos romances en el poemita Adozinda, que publicó durante su emigración en Londres, obrilla curiosa por ser la primera del género romántico que se escribió en portugués. Pero, a pesar de su gran talento poético, hubo de estrellarse en las dificultades inherentes a tan odioso tema, que acabó de echar a perder con cierto empalagoso sentimentalismo ajeno de la poesía peninsular y con una infeliz combinación de los octosílabos, que da aspecto informe y desaliñado a la ejecución métrica. Todavía más terrorífico que Delgadina es el romance de La Incestuosa (núm. 63 de la colección del Sr. Menéndez Pidal) que no incluimos, porque su estilo tiene mas de vulgar que de popular. El argumento parece tomado de la novela del Dr. Juan Pérez de Montalbán, La mayor confusión, y en la novela o en el romance se funda uno de los episodios más notables de El Drama Universal, de Campoamor: la historia de Leandra de Zúñiga.

                                           [p. 252] 53

                                   La aparición

                                              I
       En palacio los soldados—se divierten y hacen fiesta;
       uno solo non se ríe,—que está lleno de tristeza.
       El Alférez le pregunta:—Dime, ¿por qué tienes pena?
       ¿Es por padre, o es por madre,—o es por gente de tu tierra?
       —No es por padre, ni es por madre,—ni es por gente de mi tierra:
       es por una personita—que tengo ganas de verla.
       —Coge un caballo ligero,—monta en él y vete a verla.
       Vete por camino real,—non te vayas por la senda.—

                                             II
       En la ermita de San Jorge— una sombra obscura vi:
       el caballo se paraba,—ella se acercaba a mí.
       ¿Adónde va el soldadito—a estas horas por aquí?
       —Voy a ver a la mi esposa,—que ha tiempo que non la vi.
       —La tu esposa ya se ha muerto:—su figura vesla aquí.
       —Si ella fuera la mi esposa,—ella me abrazara a mí.
       —¡Brazos con que te abrazaba,—la desgraciada de mí,
       Ya me los comió la tierra:—la figura vesla aquí!
       —Si vos fuerais la mi esposa,—non me mirarais ansí.
       —¡Ojos con que te miraba,—la desgraciada de mí,
       Ya me los comió la tierra:—su figura vesla aquí!
       —Yo venderé mis caballos,—y diré misas por ti.
       —Non vendas los tus caballos,—nin digas misas por mí,
       que por tus malos amores—agora peno por ti.
       La mujer con quien casares,—non se llama Beatriz;
       cuantas más veces la llames,—tantas me llames a mí.
       ¡Si llegas a tener hijas,—tenlas siempre junto a ti,
       non te las engañe nadie—como me engañaste a mí!

Un juglar mal avisado zurció sin duda a este bellísimo y patético romance la introducción en diverso asonante, que le desfigura, No he querido suprimirla por respeto a la tradición, pero la he separado cuidadosamente del texto, y aconsejo a todo lector de buen gusto que empiece la lectura por el verso

       En la ermita de San Jorge...

[p. 253] Pocas cosas más bellas que este fragmento pueden encontrarse en la poesía popular.

Es romance muy viejo, pero que por caso raro no ha llegado íntegro a nosotros en las colecciones antiguas. En un pliego suelto gótico de la Biblioteca de Praga de los que dió a conocer Wolf (número 37 de nuestro apéndice a la Primavera) aparecen ya algunos versos de él:

       ¿Dónde vas, el caballero?—¿Dónde vas, triste de ti?
       Muerta es tu linda amiga,—muerta es, que yo la vi:
       las andas en que ella iba—de luto las vi cubrir.
       Duques, Condes la lloraban,—todos por amor de ti.

Luis Vélez de Guevara, en su comedia Reinar después de morir, sacó prodigioso efecto de estos mismos versos, haciéndolos cantar después de la muerte de Doña Inés de Castro, si bien modificados y parafraseados para acomodarlos al argumento:

       ¿Dónde vas, el caballero?—¿Dónde vas, triste de ti?
       Que la tu querida esposa—muerta es, que yo la vi.
       Las señas que ella tenía—yo te las sabré decir:
       su garganta es de alabastro—y su cuello de marfil...

Consérvase vivo este romance en varias provincias castellanas, y ya iremos encontrando otros vestigios de él. Existe también en Cataluña (núm. 227 del Romancerillo de Milá, La Condesa muerta). Una de las versiones no deja duda ninguna acerca de su procedencia:

       ¿Dónde vas, el caballero?—¿Dónde vá vosté per quí?
       ..............................................................................
       Cien hatxas l'acompanaran,—
cien leguas van resplandí;
       
cien mujeres la lloraban,—todas por amor de ti.

En Portugal este romance anda revuelto con el de Bernal-Francez (o de la Bella Mal Maridada), cuyas variantes son tan numerosas. [1]

[p. 254] Y por un fenómeno singular de atavismo, todavía el pueblo español se acordó de este romance, y le refundió a su modo, con ocasión de la muerte de la Reina Mercedes, primera mujer de D. Alfonso XII. Todavía oímos cantar en las ruedas o corros de los niños:

       ¿Dónde vas, Rey Alfonsito?—¿Dónde vas, triste de ti?
       —Voy en busca de Mercedes,—que ayer tarde no la vi.
       —Merceditas ya se ha muerto,—muerta está, que yo la vi.
       Cuatro Condes la llevaban—por las calles de Madrid.
       Al Escorial la llevaban,—y la enterraron allí,
       en una caja forrada—de cristal y de marfil.
       El paño que la cubría—era azul y carmesí,
       con borlones de oro y plata—y claveles más de mil.
       ¡Ya murió la flor de Mayo!—¡Ya murió la flor de Abril!
       ¡Ya murió la que reinaba—en la Corte de Madrid!
                54
       El mal de amor

       Aquel monte arriba va—un pastorcillo llorando;
       de tanto como lloraba—el gaban lleva mojado.
       —Si me muero deste mal,—no me entierren en sagrado;
       fáganlo en un praderío—donde non pase ganado;
       dejen mi cabello fuera,—bien peinado y bien rizado,
       para que diga quien pase:—«Aquí murió el desgraciado.»
       Por allí pasan tres damas,—todas tres pasan llorando.
       Una dijo: ¡Adiós, mi primo!—Otra dijo: ¡Adiós, mi hermano!
       La más chiquita de todas—dijo: ¡Adiós, mi enamorado!

En el romance de El Conde Preso, popular en Tras-os-Montes, hay versos muy semejantes a los que preceden:

       Nao me enterrem na egreja,
       nem tam pouco en sagrado:
       n' aquelle prado me enterrem
       onde se faz o mercado.
       Cabeça me deixem fóra,
       o meu cabello entrançado;
       de cabeceira me ponham
       a pelle do meu cavallo,
       que digam os passageiros:
       ¡Triste de ti, desgraçado,
       morreste de mal de amores
       que hé un mal desesperado!
(T. Braga, Romanceiro Geral., 61.)
[p. 255] El Sr. Menéndez Pidal que advirtió ya esta coincidencia, nota también la semejanza que tiene el estilo del romance asturiano con el de cierto poeta semi-popular del siglo XVI, llamado Bartolomé de Santiago (núm. 1.425 del Romancero de Durán):

       Acordarte has, si quisieres,
       de aqueste postrero día,
       y en las tierras do estuvieres
       tener has por compañía
       el corazón desdichado
       que en tu servicio moría.
       Regarás con los tus ojos
       ponerme has la sepultura
       muy lejos de compañía,
       con un mote en ella puesto
       que d' esta manera diga:
       «Aquí yace el desdichado
       que murió sin alegría.» el campo do padescía;

Tales conceptos, por mucho que llegaran a popularizarse, son evidentemente de origen trovadoresco.

       55
Amor eterno
       Allá en tierras de León—una viudina vivía;
       esta tal tenía una hija—más guapa que ser podía.
       La niña ha dado palabra—a aquel Don Juan de Castilla;
       la madre la tien mandada—a un mercader que venía,
       que es muy rico y poderoso...—y mal se la quitaría.
       El Don Juan desque lo supo,—para las Indias camina:
       allí estuvo siete años,—siete años menos un día,
       para ver si la olvidaba—y olvidarla non podía.
       Al cabo de los siete años,—para la España venía,
       y fuése la calle abajo—donde la niña vivía:
       encontró puertas cerradas,—balcones de plata fina;
       y arrimárase a una reja—por ver si allí la veía.
       Vió una señora de luto,—toda de luto vestida.
       —¿Por quién trae luto, mi prenda,—por quién trae luto, mi vida?
       Tráigolo por Doña Ángela,—que a Doña Ángela servía:
       con los paños de la boda—enterraron a la niña.—
       Fuérase para la iglesia—más tristes que non podía;
       encontróse al ermitaño—que toca el Ave-María.
       —Dígame do esta enterrada—Ángela la de mi vida.
       —Doña Ángela está enterrada—frente a la Virgen María.
       —Ayúdeme a alzar la tumba,—que yo solo non podía.—
       Quitaron los dos la tumba,—que es una gran maravilla,
       y debajo de ella estaba—como el sol cuando salía;
       los dientes de la su boca—cristal fino parecían.
        [p. 256] Por tres veces la llamaba,—todas tres le respondía:
       «Si es Don Juan el que me llama,—presto me levantaría:
       si es Don Pedro el que me llama,—levantarme non podría.»—
       —Don Juan es el que te llama:—levántate, vida mía;
       Don Juan es el que te llama,—el que tanto te quería.
       Levantóse Doña Ángela...............................
       y dió la mano a Don Juan:—«Éste há ser mi compañía,
       que non me quiso olvidar—nin de muerta nin de viva»—
        Tomóla Don Juan en brazos,—más alegre que podía;
       en un ruan la montara,—y echa andar la plaza arriba.
       Encontró con el marido—galan que la pretendía.
       —Deja esa rosa, Don Juan;—que esa rosa era la mía.—
       Armaron los dos un pleito,—un pleito de chancelía,
       y echaron cartas a Roma;—non tardaron más que un día:
       las cartas vienen diciendo—que Don Juan lleve la niña,
       que el matrimonio se acaba—echándole tierra encima. [1]

Como casi todos los romances asturianos, éste de Doña Angela (que es lástima que esté tan modernizado y estragado, porque el asunto es de veras poético e interesante) tiene su correspondiente forma portuguesa en el romance de Doña Agueda Mexía, del cual hay publicadas dos versiones, una por Almeida Garrett (III, 117-122), y otra por Teófilo Braga (Rom. Ger., 53-55).

Existe también en Cataluña, pero se canta en castellano (número 249 del Romancerillo de Milá, La amante resucitada).

                                          56

                                * La viuda fiel

        Estando a la puerta un día,—bordando la fina seda,
       vi venir un caballero—por alta Sierra Morena;
       atrevime y preguntéle—si venía de la guerra.
        [p. 257] —De la guerra, sí, señora,—¿a quién tenedes en ella?
       —Nella tengo a mi marido,—siete anos ha que anda nella.
       —El su marido, señora,—dígame que señas lleva.
       —Pues lleva caballo blanco,—la silla dorada y negra,
       y en lo alto de la silla—retrato de una doncella:
       los pajes que con él van—vestidos de seda negra,
       y él, para estremarse dellos,—vestidos de negra felpa.
       —Su marido, mi señora,—muerto ha quedado en la guerra;
       debajo de un pino verde,—túvele yo la candela.
       —¡Ay de mí triste cuitada!—¡Ay de mí triste la dueña!
       ¿Quién me va a calzar de plata?—¿Quién me va a vestir de seda?
       —Venga, si quiere, señora,—señora, conmigo venga;
       yo la calzaré de plata,—yo la vestiré de seda;
       no le mandaré hacer nada,—sino es contar moneda.
       «Vaya con Dios, caballero,—vaya con Dios y non vuelva,
       que dos hijos que quedaron—voy ponellos en la escuela,
       y a una hija que quedó—pondréla a bordar la seda;
       voy quitar mi toca blanca;—voy poner mi toca negra,
       lutar puertas y ventanas,—y también las escaleras,
       Llorade, fiyos, llorade,—vuestro padre muerto queda,
       —¿Quién se lo dijo, mi madre,—quién le dió tan mala nueva?
       —Me lo ha dicho un caballero—que ha venido de la guerra.
       En otro día de mañana—un hombre a la puerta llega.
       —¿Por quién se luta, señora?—¿Por quién se luta, mi dueña?
       —Lútome por mi marido,—que se me murió en la guerra.
       —¿Quién se lo dijo, señora?—¿Quién le dió tan mala nueva?
       Díjomele un caballero—que venía de la guerra.
       ¡Permita Dios, si es mentira,—que de puñaladas muera!
       —Que no muera, no, señora,—que aquel su marido era.
        —Hiciste mal, mi marido,—tentarme desa manera,
       que el juicio de las mujeres—ya puedes saber cómo era:
       es como vaso de vidrio,—que si se cae, se quiebra.

Recogido en el concejo de Boal. Es una preciosísima variante del romance de las señas del esposo. A él son aplicables, por consiguiente, todas las observaciones que hicimos a propósito de los dos romances que el Sr. Menéndez Pidal titula La ausencia.

                                          57

                                   El Marinero

        —Mañanita de San Juan—cayó un marinero al agua.
       ¿Qué me das marinerito—porque te saque del agua?
       —Doyte todos mis navíos—cargados d' oro y de plata,
        [p. 258] y además a mi mujer—para que sea tu esclava.
       —Yo no quiero tus navíos,—nin tu oro nin tu plata,
       ni a la tu mujer tampoco,—aunque la fagas mi esclava;
       quiero que cuando te mueras—a mí me entregues el alma.
       —El alma la entrego a Dios,—y el cuerpo a la mar salada.
       Válgame Nuestra Señora,—Nuestra Señora me valga.

En Cataluña se conserva una canción castellana (estropeada como todas), de la cual es un fragmento el romance asturiano:

       De Barcelona partimos—en una noble fragata
       que per nombre se decía—Santa Catalina Marta.

       {Número 34 del Romancerillo de Milá.—Comp. Pelay Briz,
& nbsp;        Cansons de la terra. t. IV, págs. 32-33.)

El romance portugués de la Nau Catherineta, del cual hay innumerables redacciones, [1] pertenece sin duda a la misma familia, pero es mucho más extenso, y al parecer se funda en el recuerdo de algún naufragio histórico de los que están relatados en la famosa compilación Historia trágico marítima. Garrett indica como la fuente más probable la narración de la tormenta que paso Jorge de Alburquerque Coelho volviendo del Brasil en 1565. No en todas las variantes, pero sí en algunas, aparece la tentación del diablo, que probablemente es el verdadero fondo tradicional del asunto y lo único que ha sobrevivido en Cataluña y Asturias. Así en la lección de Almeida Garrett:

       —«Capitäo, quero a tua alma—para conmigo a levar.»
       —«Renego de ti, demonio,—que me estavas a attentar!
       A minha alma e só de Deus;—o corpo dou eu ao mar.»

Y en una de las versiones de la isla de la Madera:

       En t'arrenego, diabo;—nao me venhas attentar!
       Seja minh'alma p'ra Deus;—fique meu corpo na mar.

En otro romance de la misma procedencia el tentador se disfraza de fraile.

                                   [p. 259] 58

                          La tentación


       
—¡Ay, probe Xuana de cuerpo garrido!
       ¡Ay, probe Xuana de cuerpo galano!
       ¿Dónde le dexas al tu buen amigo?
       ¿Dónde le dexas al tu buen amado?
       —Muerto le dexo a la orilla del río,
       muerto le dexo a la orilla del vado!
       ¿Cuánto me das, volverételo vivo?
       ¿Cuánto me das, volverételo sano?
       —Doyte las armas y doyte el rocino,
       doyte las armas y doyte el caballo.
       —No he menester ni armas ni rocino,
       no he menester ni armas ni caballo.....
       ¿Cuánto me das, volverételo vivo?
       ¿Cuánto me das, volverételo sano?

«Este interesante fragmento, ya por el metro, ya por la construcción poética, descubre íntimo enlace con la poesía popular gallega, y aun por el último título con la antigua portuguesa.» (Milá y Fontanals.) [1] Está compuesto, en efecto, en aquel género de endecasílabo que vulgarmente se denomina de gaita gallega y que sirve para acompañar el ritmo de la muñeira. Milá, que le estudió detenidamente, tanto en sí mismo como en sus relaciones con el verso decasílabo, le llamó endecasílabo anapéstico. Su aparición en la poesía popular castellana es un fenómeno singular, aun en Asturias misma, y hasta ahora no se ha presentado más ejemplo que éste.

                                          59

                               La fe del ciego

        Camina la Virgen pura,—camina para Belen,
       con un niño entre los brazos—que es un cielo de lo ver:
       en el medio del camino—pidió el niño de beber.
        [p. 260] —No pidas agua, mi niño,—no pidas agua, mi bien;
       que los ríos corren turbios—y los arroyos tambien,
       y las fuentes manan sangre—que no se puede beber.
       Allá arriba en aquel alto—hay un dulce naranjel,
       cargadito de naranjas—que otra no puede tener.
       Es un ciego el que las guarda,—ciego que no puede ver.
       —Dame ciego una naranja—para el Niño entretener.
       —Cójalas usted, Señora,—las que faga menester;
       coja d' aquellas más grandes,—deje las chicas crecer.—
       Cogiéralas d' una en una,—salieran de cien en cien;
       al bajar del naranjero—el ciego comenzó a ver.
       —¿Quién sería esa Señora—que me fizo tanto bien?—
       Érase la Virgen Santa,—que camina para Belen.


                                          60

                               Camino de Belén

        Caminando va la Virgen—en derechura a Belen
       con un niño de la mano;—Jesucristo, nuestro bien.
       Como es camino tan largo,—pidió el niño de beber:
       —Camina, niño, camina,—camina que 's nuestro bien;
       estas fuentes se secaron,—y ya no pueden correr;
       estos ríos van muy turbios,—no son para ti beber.—
       Caminaron más alante,—pidió el niño de comer:
       —Camina, niño, camina,—camina, que 's nuestro bien.
       A las puertas de Don Diego—está un rico naranjel,
       que lo guarda un pobre ciego,—ciego que no puede ver.
       —Ciego, dame una naranja—para el niño entretener.
       —Entre, señora, en el huerto,—y coja las que quisiér;
       en cogiendo para el niño,—coja para usted también.—
       Cuantas más quita la Virgen,—más salen al naranjel.
       La Virgen salir del huerto—y el ciego empezar a ver:
       —¿Quién es aquesta señora—que me hizo tanto bien?
       —Es la madre de Jesús;—camina para Belén.

Este piadoso y delicado romance se encuentra también en Andalucía y en la montaña de Santander.

El Sr. D. Braulio Vigón, que publicó la segunda variante asturiana en un periódico, cita también un romance portugués, que lleva el número XIV en el Romanceiro de J. Leite de Vasconcellos.

                                           [p. 261] 61

                                    La romera

        Por los senderos de un monte—se pasea una romera
       blanca, rubia y colorada,—relumbra como una estrella.
       Vióla el Rey desde sus torres,—y enamorárase della.
       —¿Donde va la romerita—por estos montes señera?
       —Non vengo sola, buen Rey,—compañía traigo y buena:
       atrás viene mi marido,—más hermoso que una estrella.
       A Santiago de Galicia—voy cumplir mi cuarentena,
       que me la ofreció mi madre—en la hora que naciera.
       Manda el Rey poner la tabla,—manda el Rey poner la mesa;
       al medio de su comida—se acordó de la romera:
       llamara un paje corriendo:—Ve buscar esa romera:
       nin por oro nin por plata—non tornes aquí sin ella.
       —Romeras se encuentran muchas,—y no sobre yo cuál era.
       —Como aquella romerita—non las hay por esta tierra:
       blanca, rubia, colorada,—relumbra como una estrella;
       zapato de cordobán,—una polida gorguera,
       y una jaca toledana—que tal non la tien la Reina;
       rosario porque rezaba—cinco extremos de oro lleva;
       Por el segundo decía:—«Muerto es quien vida espera.»
       Bajara el paje corriendo;—marchó tras de la romera.
       ¡Bien la viera relucir—en medio de la arboleda!
       La encontrara sentadita—en medio de una alameda.
       —Mándala llamar el Rey—para comer a su mesa.
       —Anda, paje, di a tu amo,—y dile desta manera:
       «Si él es Rey de su reinado,—yo soy de cielos y tierra.»
       —Si eres Reina de los cielos,—yo la gloria te pidiera,
       —Pajecico, sí por cierto,—y a cuantos de ti vinieran. [1]

                                           [p. 262] 62

                                    La devota

        En lo alto de aquel monte—un grande palacio había:
       allí habita un caballero—que tiene una hermosa hija.
       Róndanla muchos galanes—de noche y también de día:
       la niña, como es discreta,—a todos los despedía.
       Rosario de oro en la mano,—tres veces lo reza al día:
       uno por la mañanita,—otro por el mediodía,
       otro por la media noche,—cuando su padre dormía.
       Estando un día rezando,—como otras veces solía,
       llegó a buscarla la Virgen—para dir en romería.
       Fueron a ver a su padre—donde su padre dormía.
       —Despierte, señor mi padre,—despierte su señoría;
       que en el su palacio andaba—la Santa Virgen María,
       que me viene a buscar—para dir en romería.
       —Yo bien siento que te vayas,—porque otra hija no tenía;
       pero si vas con la Virgen,—ve con la bendición mía.
       Consejos que le iba dando—por aquella sierra arriba:
       consejos que le iba dando—como una madre a una hija.
       —Cuando hablares con los hombres,—baja los ojos, querida.—
       En el medio de la sierra—hallara una fuente fría.
       —Aquí has de quedar, galana,—aquí has de quedar, querida,
       aquí has de quedar, galana,—siete años menos un día;
       ni has de comer ni beber,—nin hablar con cosa viva.
       Las avecitas del monte—serán en tu compañía,
       y una palomita blanca—aquí vendrá cada día:
       en el pico te traerá—una flor muy amarilla;
       por el olor que te dé—ya verás quién te la envía.—
       Ya se cumplen los siete años,—siete años menos un día.
       —Ya es tiempo, la madamita,—ya es tiempo, la vida mía,
       ya es tiempo, la madamita,—que mudemos esta vida:
       tú, si te quieres casar,—buen marido te daría;
       si te quieres meter monja,—yo también te metería.
       —Yo no me quiero casar;—meterme monja quería.—
       Jesucristo trae el manto,—la Virgen se lo ponía:
        ya se rezan los rosarios,—y nadie los rezaría;
       ya se encendían las velas,—y nadie las encendía;
       ya se tocan las campanas,—y nadie las tocaría.

Esta versión, publicada por D. Braulio Vigón en un periódico asturiano, es superior en general a las dos que figuran en el [p. 263] Romancero de M. P. con los números 68 y 69; pero carece de un pormenor muy poético que hay en una de ellas:

       Cumplidos los siete años—bajó la Virgen María:
       —¿Cómo te va, la mi esclava?—¿Cómo te va, esclava mía?
       —A mí me va bien, señora,—mas de sede me moría.
       —Pues entre los tus pies sale—una fuente d' agua fría:
       bebe, bebe, la mi esclava,—bebe, bebe, esclava mía.

                                          63

                              La flor del agua.—I

        Mañanita de San Juan—anda el agua de alborada.
       Estaba Nuestra Señora—en silla de oro sentada,
       bendiciendo el pan y el vino,—bendiciendo el pan y el agua.
       —Dichoso varón o hembra—que coja la flor d' esta agua.
       La hija del Rey lo oyera—de altas torres donde estaba;
       si de prisa se vestía,—más de prisa se calzaba.
       —Dios la guarde, la señora.—Doncella, bien seas hallada.
       ¿De quien es esta doncella—bien vestida y bien portada?
       —Soy hija del Rey, señora;—mi madre Reina se llama.
       —Para ser hija de Rey—vienes mal acompañada.
       —Yo me viniera así sola—por coger la flor del agua:
       metiera jarra de vidrio—y de plata la sacara.
       —¿Quién he de decir, señora,—que me regaló esta jarra?
       —Que se la dió una mujer—de las otras extremada,
       y para mejor decir,—Nuestra Señora se llama.
       —Pues ya que es Nuestra Señora,—diga si he de ser casada.
       —Casadita, sí por cierto,—y muy bien aventurada;
       tres hijos has de tener,—todos cinguirán espada:
       uno ha ser Rey de Sevilla,—otro ha ser Rey de Granada,
       y el más chiquito de todos—será Príncipe de España:
       y una hija has de tener:—será Reina coronada.
       La niña que tal oyera,—se cayera desmayada.
       La coge Nuestra Señora—en regazos de su saya.
       Estando en estas razones,—allí su hijo llegara:
       —¿Qué tiene ahí la mi madre—en regazos de la saya?
       —Aquí tengo una doncella—que en palacio está sentada.
       Anda, llévala, hijo mío,—al palacio donde estaba.

                                           [p. 264] 64

                          La flor del agua. —II

        Mañanita de San Juan,—mañanita linda y clara,
       cuando las perlas preciosas—saltan y bailan en agua,
       la Virgen Santa María—de los cielos abajaba
       con un ramo entre las manos—y un libro po'l que rezaba.
       La Virgen, como es tan buena,—presto bendijera l' agua:
       —Dichosa sea la doncella—que coja la flor d' esta agua.—
       La hija del Rey lo oyera—de altas torres donde estaba;
       muy de prisa se vistiera,—muy de prisa se calzara;
       más de prisa se pusiera—donde la Virgen estaba.
       .........................................................................
       La Virgen, como es tan buena,—jarro de oro le prestara,
       y lo metiera en la fuente:—sacara la flor del agua.
       La hija del Rey que tal viera,—en el suelo se desmaya.
       ....................................................................
       —Recuerde la hija del Rey,—recuerde con mi palabra.
       —Yo le quería decir—solamente una palabra:
       si tengo de ser soltera—o tengo de ser casada.
       —Casadita, sí por cierto,—mujer bien aventurada;
       tres hijos has de tener,—todos han regir espada.

Hay otras variantes del mismo romance (núms. 70 y 71 de la colección del Sr. Menéndez Pidal), que comienzan:

       Mañanita de San Juan,—cuando el árbol floreaba.
       ............................................................................
       Mañanita de San Juan,—cuando el sol alboreaba.
       ............................................................................
       Mañanita de San Juan—anda el agua de alborada.

Pero hemos preferido la tercera variante del Sr. Menéndez Pidal y la que recogió en Colunga D. B. Vigón, que, aun siendo incompleta, parece la más sencilla y primitiva. Todas las demás tienen extrañas adiciones; por ejemplo:

       Has de tener siete hijos,—todos ceñirán espada:
       uno ha ser Rey en Sevilla,—otro serálo en Granada;
       y has de tener una hija—para monja en Santa Clara.

[p. 265] O bien:

       Has de tener siete infantes,—los siete Infantes de Lara:
       los ha de matar el turco—un lunes por la mañana.
       Aunque te los mate todos,—non te llames desdichada;
       que has de tener una hija—monjita de Santa Clara.
       En teniendo aquella hija—te tengo arrancar el alma,
       y te llevaré a los cielos—en silla de oro sentada.

Este romance, a pesar de su adaptación cristiana, conserva los restos de una antigua superstición de las que iban unidas con la fiesta del solsticio de verano y se reproducen en la del Precursor San Juan Bautista. La llamada flor del agua tiene, según la creencia popular, la virtud de hacer que se case dentro de un año la primera doncella que la recoge en la mañana de San Juan.

                                          65

                          El labrador y el pobre

        Caminaba un labrador—tres horas antes del día,
       y se encontró con un pobre—que muy cansado venía;
       el labrador se apeaba,—y el pobre se montaría.
       Le llevó para su casa,—y de cenar le daría:
       de tres panes de centeno,—porque de otro no tenía,
       cada bocado que echaba—de trigo se le volvía.
       A eso de la media noche,—que el labrador no dormía,
       se levantaba en silencio—por ver lo que el pobre hacía.
       Le estaban crucificando:—la cruz por cama tenía.
       ¡Oh quién lo hubiera sabido!—Yo mi cama le daría. [1]

                                                    [p. 266] 66

                                           El cautivo

        —Canta, moro, canta moro,—canta, moro, por tu vida.
       —¿Cómo he de cantar, señora,—si entre gentes no podía?
       —Canta, moro, canta, moro,—yo te lo remediaría.—
       De las damas y doncellas—la niña se despedía:
       —Adiós, damas y doncellas—que andáis en mi compañía;
       y si os pregunta mi padre—de lo bien que me quería,
       que él se ha tenido la culpa—que yo marche pa Turquía.
       A eso de la media noche,—cuando amanecer quería,
       marchan los enamorados—para el reino de Turquía.
       En los brazos de Leonardo—la niña se adormecía.
       —Despierta, niña, despierta,—despierta por cortesía,
       despierta, niña, despierta,—que ya vemos a Turquía.
       —¿De quién son aquellas torres—que relucen en Turquía?
       —Una era la del Rey,—otra de Doña María,
       otra es la de mi esposa,—de mi esposa Lazandría.
       —Por Dios me digas, Leonardo,—por Dios y Santa María,
       o me llevas por mujer—o me llevas por amiga.
       —Por esposa no por cierto,—que esposa yo otra tenía;
       la vida tengo de hacerte—que a mí tu padre me hacía:
       tengo darte de comer—a donde el cerdo comía;
       tengo de hacerte la cama—a donde el galgo dormía.—
       La niña desque esto oyera—ya se puso de rodillas:
       —¡Oh, Virgen de Covadonga,—Señora adorada mía,
       por Dios, señora, te pido—des al barco aquí otra vía!
       Íbanse la mar abajo,—vuélvense la mar arriba.
       —¡Rema, rema, remador,—rema, rema por tu vida!
       —¿Cómo he de remar, señor,—si la niña maldecía?
       A eso de la media noche,—cuando amanecer quería,
       se hallan los enamorados—en el reino de Sevilla.
       —Ahora canta, moro, canta,—que yo de ti me reiría.—
       Nuestra Señora me valga,—válgame Santa María. [1]

Notas

[p. 168]. [1] . De suo, provincialismo asturiano  por de suyo.

 

 

[p. 169]. [1] . Por corruptela popular Dona Clara, según advierte E. da Veiga.

[p. 170]. [1] . Triste, abatido, pesaroso.

[p. 171]. [1] . Según otra variante:

       Corredor tras corredor,—forase onde están dormindo:
       erguía las portas arriba,—por no hacer tanto ruido.

[p. 173]. [1] . Así se infiere de una carta firmada con las iniciales T. de C. e inserta en la Renaxensa (año 3.º, núm. 3):

«Ab tot no m' ha faltat paciensia per ferme cantar per una de aquestas juivas que encara sembla que conservan esma de la patria espanyola, lo romans de Girineldo que t' envio tan cabal com he pogut lograrlo, junt ab la tonada monótona ab que per tradició desde 'l segle XVI ó XVII l' acompanyan y que no deixa de recordar la mateisa ab que en certa part del nostre bon terral de Cataluña... lo havem sentit entonar per bocas femeninas. Sois que com veurás, lo que t' envio es mes llareh y 's parla en ell cap a l' ultim de la dona María Linares en qui s' torna la princesa y del capitá general «Conde Niño» com si fos lo mateix.... Girineldo que ha comensat

       Cortando paño de seda—para hacer al rey vestidos....»

[p. 175]. [1] . T. Braga cita también, sin indicación de año ni de lugar, un libro en prosa donde se encuentra relatada la historia de Gerineldo: Hora de recreyo nas ferias de maiores estudos e oppressao de maiores cuidados. A juzgar por el título, debe de ser alguna colección de cuentos de fines del siglo XVII o principios del XVIII.

[p. 176]. [1] . Otras variantes dicen:

       —Gerineldo, Gerineldo,—una limosna dame
       Mete mano en el su bolso—y dos maravedís dale.
       —Gerineldo, Gerineldo,—¡qué poca limosna faces,
       para la que en mi palacio—antaño solías dare!
       —Pelegrina ¿eres el diablo—que me vienes a tentare?, etc.

[p. 178]. [1] . Canti populari del Piemonte pubblicati da Constantino Nigra. Torino, 1888, pp. 263-266.

[p. 178]. [2] . Canti Monferrini, raccolti ed annotati dal Dr. Giusseppe Ferraro. Torino-Firenze, 1870, pp. 42-44.

[p. 178]. [3] . Chants populaires du Pays Messin, p. 33, y Petit Romancero, página 129.

[p. 178]. [4] . El erudito Child, a quien se debe la admirable colección que lleva por título The english and scottisch popular ballads (Boston, 1882-1886), opina que la balada es todavía más antigua que la leyenda, y, por consiguiente, anterior al siglo XIV. Trae de ella catorce lecciones diversas. (II, 454.)

[p. 179]. [1] . Esta palabra que en tal sentido no parece muy popular, quizá ha sido sustituida por el colector de estos romances, pudoris causa, en vez de alguna más expresiva que habría en el canto popular.

[p. 180]. [1] . Es una variante de Ribadesella Don Carlos de Montealbar.

[p. 183]. [1] . El uso frecuente de estos diminutivos familiares y mimosos es uno de los pocos rasgos de asturianismo que pueden encontrarse en estos romances.

[p. 185]. [1] . Recitado por doña Norberta Rivalla, natural de Bones (Ribadesella), Oviedo, 1885.

[p. 186]. [1] .                En las Cortes de Leon—donde está la xente grande
                                     vivía una hermosa niña—de condición y linaje.
                                     Aun non tiene quince años—casarla quieren sus padres:
                                     pidenla Duques y Condes—pa con ella maridarse, etc.

Así comienza la versión que de este romance hemos recogido en las montañas de Grado. Aunque poco distinto del que publicamos, cosechado por Amador de los Ríos en Luarca por los años del 50 al 60, preferimos éste como texto, por estar íntegro y aquél no; sin perjuicio de apuntar alguna variante que no debe ser relegada al olvido. (Nota del señor Menéndez Pidal.)

[p. 187]. [1] . Otra será. para mí—pues mi alma de penas sale.

[p. 187]. [2] . Estando 'n estas razones—oyera el gallo cantare.

[p. 190]. [1] . Contracción de fija.

[p. 190]. [2] . Te bautizaría, dice una variante recogida en Navia.

[p. 190]. [3] . Plantó.

[p. 192]. [1] . Ambrosio de Morales, Crónica general de España, libro XIII, capítulo 49.

[p. 194]. [1] . Publicó la versión del Algarve (recogida por Reis Damaso) Teófilo Braga en sus notas a los Cantos populares do Brazil (II, 183). En el tomo I, páginas 25-27, está la versión brasileña.

[p. 194]. [2] . Tiene especial analogía con Don Bueso la canción alemana Annelein, citada por Puymaigre (Vieux Auteurs castillans, 1862, II, 363-364). Wolf, Proben portugiesischer und Catalanischer Volksromancen, Viena, 1856, cita al mismo propósito cantos suecos y daneses, la balada escocesa de La Bella Aldelheid, etc., etc.

[p. 197]. [1] . En la variante de este romance que con el título de Las hijas de Conde Flor publico Amador de los Ríos en la Ilustración Española y Americana (septiembre de 1870), la acción es algo más extensa.

Nosotros no hemos podido encontrar ninguna variante distinta de las que incluímos en este Romancero, quizá porque el pueblo las ha olvidado. He aquí el final de la variante a que nos referimos:

       La reina, de que esto oyera
       fizo grandes alegrías;
       e como lo vido el Rey
       deste modo la decía:
       —¡Qué avedes, la mi mujer,
       que avedes esposa mía!
       —Que entendí tener esclava
       e tengo hermana querida.
       —Casaremos la tu hermana,
       que yo un hermano tenía.
       —Non lo quiera Dios del cielo
       nin la virgen lo permita.
       Grande vergoña e ludibrio
       para mi sangre sería,
       ¡las hijas del Conde Flores
       maridar en moraría!
       Dexad, rey, que 's torne luego
       a su tierra la cativa:
       non querades que vos mienta
       como yo siempre os mentía,
       ca en el ruedo de la saya
       traigo la Virgen María,
       que me amprea y me defienda
       contra las vuestras mentiras.
       María a quien rezo el rosario
       una vez en cada día:
       eso mesmo a medianoche,
       cuando la gente dormía.—
       El rey moro que lo supo,
       mudó el color de la ira;
       las hijas del Conde Flores
       en torre escura metía.
       Siete años y las toviera
       siete años y las tenía;
        al llegar la media noche,
       amas hermanas morían.
       Al pasar, que se pasaban
       llorando entrambas decían:
       —«Virgen Madre, Virgen Madre,
       que non oviste mancilla,
       hed piedad de los corderos,
       que entre fieros lobos fincan:
       dad amparo a nuestros fijos
       que salgan de morería.»
(Nota del Sr. Menéndez Pidal.)

 

[p. 200]. [1] . Según otra versión

       Por los jardines del Rey—se pasea la Reina, etc.

[p. 203]. [1] . Los versos a que apuntamos esta nota, son muy parecidos a los siguientes del romance de La linda Melisendra, que es el 198 de la Primavera y Flor de romances de Wolf:

       —Si dormis las mis doncellas—si dormides, recordad.

[p. 203]. [2] . —Moriscos, los mis moriscos,—los que ganais mi soldada.

[p. 205]. [1] .       —Si es el Conde Olinos, hija—yo le mandaré matar.
                                       —Non lo mande matar madre,—non me lo mande matar:
                                       si matan al Conde Olinos—a mi me han de degollar.—
                                       Uno muriera a las doce,—y el otro al gallo cantar;
                                       uno fué enterrado en coro, etc.

[p. 205]. [2] .      Enturbiar, ensuciar.

[p. 212]. [1] . Entrugar, preguntar, de interrogo.

[p. 213]. [1] . Chants populaires de la Gréce moderne (colección del Conde de Marcellus ) . París, 1860, pp. 155-162-163.

[p. 213]. [2] . Véase la titulada Liebes probe en el Deutsche Balladenbuch. Leipzig, 1858, p. 14

[p. 213]. [3] . Ya Almeida Garrett mencionó oportunamente una que está en Percy, Reliquies of ancient english poetry, London, 1823, sect. II, book I, pág. 261.

[p. 213]. [4] . Chansons populaires des provinces de France, por Champfleury y Wekerlin. París, 1860, p. 195.— Études sur la poésie populaire en Normandie, por E. de Beaurepaire. París, 1856, p. 76.— Chants et chansons populaires des provinces de l'Ouest, por Bujeaud. Niort, 1866, II, p. 215.— Chants et chansons populaires du Pays Messin, por el Conde de Puymaigre. París, 1869, p. 8. —Romancero de Champagne, por Tarbé. Reims, 1863, II, páginas 2-221.

[p. 214]. [1] . Barzaz Breiz: Chants populaires de la Bretagne, recueillis, traduits et annotés par le Vicomte Hersart de la Villemarqué. 6.4 ed. París, 1867, páginas 146-150.

[p. 214]. [2] . Véase noticia de todas estas variantes en la obra monumental de Nigra, pp. 317-318.

[p. 217]. [1] . El Romancero General dado a luz por nuestro docto y buen amigo el Sr. Durán (Tom. I, pág. 152, Madrid, 1851) tiene un romance al mismo asunto, el cual empieza:

       De Franca partió la niña,
       de Francia la bien guarnida, etc.

Ofreciendo también al lado de esta versión anónima otra de Rodrigo de Reinosa, versificador del siglo XVI. El Sr. Durán opinaba, al dar a la estampa su Romancero, que este romance «es de origen francés, e imitación de alguna trova caballeresca».

En el mismo año que salía a luz el Romancero del Sr. Durán, publicaba el suyo en Lisboa el docto Almeida Garrett, incluyendo en el tomo II otra versión de este canto, popular en Asturias, y teniéndolo, de igual modo que el crítico español, como originario de Francia (pág. 30).

Fúndanse, sin duda, ambos escritores en los siguientes versos, conservados en una y otra versión casi con las mismas palabras:

       —Sou filha d' el rey de França
       e da rainha Constantina.

En la versión asturiana, que ofrece notables vestigios de antigüedad respetable, nada hay, sin embargo, que se refiera a Francia; el color local de todo el romance, y la descripción con que empieza, sobre todo, huelen a montaña, dando a entender que si esta leyenda penetró en Asturias derivándose de la literatura caballeresca, se fundió allí en el molde común de los cantos populares antes de que tomase en Castilla y en Portugal carta de naturaleza. Las versiones recogidas por Durán y Garrett, son, en efecto, más artísticas que la asturiana, por vez primera recogida y dada a luz por nosotros. Durán puso a este romance título de La Infantina, Garrett lo imprimió con el de A Infeitiçada.—(N. de Amador de los Ríos.)

[p. 220]. [1] . Vieux Auteurs Castillans, II, 251. Otras canciones francesas pueden verse indicadas en el Petit Romancero del mismo autor, 140, y en otro libro posterior suyo que lleva por título Folk-Lore (París, 1885). Una de estas poesías populares francesas (vid. Vaux de Vire de Olivier Basselin, París, 1858) que parece remontarse al siglo XV, tiene evidente semejanza con nuestras versiones peninsulares:

       Quand elle fut au bois si beau;
       d' amour y l'a requise:
       je suis la fille d'un mézeau (leproso)
       de cela vous advise.

Cf. A. Gasté, Chants Normands du XV siècle... 1866, pág. 72.

[p. 221]. [1] . Otros dicen:

       Con la su rueca en la cinta—pocas ganas de filar.

[p. 222]. [1] . Otros dicen:

       Las ventanas de mi padre—cubiertas de luto están.

[p. 227]. [1] . De triyar, trillar. En bable se sustituye en muchas ocasiones la ll con la y, que después suelen suprimir en la pronunciación como en el presente caso. Así continúan pronunciando los judíos españoles residentes en Viena. (Nota del Sr. Menéndez Pidal.)

[p. 231]. [1] .       Vió venir al Rey Cien-hilos—por la calle empedreada.
                                     —Toma, llévame este niño—a criar a una buen ama,
                                     de la color morenita—y de la leche delgada;
                                     non te vayas por la calle,—vete por la rodeada, etc.
                                     (Variante del Espin, Navia)

[p. 232]. [1] . «Versión recogida en Colunga.

»Dos variantes de este romance inserta nuestro querido amigo D. Juan Menéndez Pidal en su notable Romancero asturiano (núms. 43 y 44, Doña Urgelia y Doña Enxendra). Su lección se distingue poco de la nuestra: en ésta la dama se vale de un hermano suyo para sacar de casa el recién nacido, mientras que en las versiones citadas Doña Urgelia entrega su hijo a un mancebo incógnito, y Doña Enxendra

       a su namorado llama

para que le preste análogo servicio.

La variante del texto, en nuestra humilde opinión, aparece más poética en cuanto resulta más viva la creencia popular sostenida en el romance, y a la cual se refiere este cantar:

       En el campo hay una hierba
       que la llaman la borraja;
       toda mujer que la pisa
       luego se siente preñada.
                                           B. Vigón.

(Este señor publicó el romance en un periódico asturiano.)

[p. 239]. [1] . Otra versión de Lombardía.

[p. 241]. [1] . Aunque este romance no es de los mejores, no he querido omitirle porque tiene reminiscencias de El Conde Alarcos. Pero todavía es mayor su semejanza con la canción de La inocente acusada, que es muy vulgar en Cataluña (versiones bilingües, y aun casi enteramente castellanas en Milá (núm. 248). Briz la publica con el título de La Contessa de Floris (V, 13), Aguiló con el de Les dues Dianes (núm. V).

[p. 245]. [1] .       Miente, miente la Gayarda,—y toda la gallardía:
                                     que una era de mi padre—la barba le conocía;
                                     y otra era de mi hermano,—la prenda que más quería.
                                                               (Variantes de Llamas, Aller.)

[p. 247]. [1] . Del latín porrigere, extender, alargar. (Nota del Sr. Menéndez Pidal.)

[p. 249]. [1] . Una preciosa variante recogida a última hora en Rivadesella, comienza así:

       En el jardín de Cupido—se paseaba Sildana:
       su padre la envió a llamar—por un paje que tenía.
       —¿Qué me quiere mi buen padre:—mi padre qué me quería?
       —Que te sientes a mi mesa—para hacerme compañía, etc.

[p. 253]. [1] . Almeida-Garrett (II, 129-135).—T. Braga (Rom. Ger., 34-37).—Cantos populares do Archipelago Açoriano (202-208).—Romanceiro da Madeira (141-150).

[p. 256]. [1] . Dice una variante recogida en Goviendes (Colunga):

       Metió la mano en el pecho,—sacó un puñal que traía,
       para matarse con él—y echarse en su compañía.
       Al tiempo de dar el golpe,—el brazo se detenía.
       —¿Quién me detiene mi brazo;—quién a mi me detenía?
       —Era la Virgen, Don Juan,—era la Virgen María:
       que le tienes ofrecido—un rosario cada día.
       —Ahora le ofrezco dos—si resucita la niña.—
       Oyera una voz del cielo,—que estas palabras decía:
       —«Logra la niña, Don Juan,—que para ti fué nacida.»

[p. 258]. [1] . Garret (II, 83-95).—T. Braga (Rom. Ger., 58-60) .—Cantos populares do Archipelago Açoriano (285-297), cinco versiones.— Romanceiro do Algarve (45-52): el colector Estacio da Veiga dice que reunió hasta once lecciones, entre las cuales no había dos idénticas, pero no publica más que una.— Romanceiro da Madeira (238-249), tres versiones.— Cantos populares do Brazil (I, 20-23), dos versiones.

[p. 259]. [1] . Obras completas, tomo V.— Opúsculos literarios, segunda serie, página 339.

[p. 261]. [1] . Hay una variante muy inferior, de más moderno y vulgar estilo, que comienza

       Por los campos de Castilla—se pasea una romera.
                         (Núm. 64 de la Colección del Sr. Menéndez Pidal.)

En esta versión la romera no es la Virgen, sino la Magdalena:

       Oyó una voz por el aire—que a los cielos se subiera:
       —Mal año para los hombres—y el fardo que Dios les diera,
       que se quieren namorar—n'a bendita Madalena.

Otro romance de la Soledad de María comienza en términos análogos a muchas versiones populares del romance de Silvana:

       Por los jardines del cielo—se pasea una doncella
       blanca, rubia y colorada,—relumbra como una estrella...

[p. 265]. [1] . Recogido por D. Ramón Menéndez Pidal en Pajares-Lena.

Es curioso, porque marca la transición del romance novelesco al devoto.

En la preciosa colección de su hermano D. Juan hay otros varios romances que omitimos, en los cuales se observa el mismo fenómeno; v. gr., uno de la Pasión, que comienza:

       Navegando va la Virgen,—navegando por la mar;
       los remos trae de oro,—la barquilla de cristal.
       El remador que remaba—va diciendo este cantar:
       «Por aquella cuesta arriba,—por aquel camino real,
       por el rastro de la sangre,—a Cristo hemos de encontrar...

Aquí hay, como se ve, reminiscencias de El Conde Arnaldos y de uno de los romances caballerescos de Durandarte.

[p. 266]. [1] . L. Giner Arivau, Folk-Lore de Proaza, contribución al Folk-Lore de Asturias, en el tomo 8.º de la Biblioteca del Folk-Lore Español, Madrid, 1886, pp. 149-151.

Hay en este romance algunas reminiscencias del de Don Duardos de Gil Vicente (núm. 288 de Durán):

       Al son de los dulces remos—la Infanta se adormecía.